Compañera, muy buenos días, buenas tardes, buenas noches... Adonde quiera que le llegue a usted mi voz, en onda corta o larga, quiero hacerle llegar un afectuoso saludo desde las regiones desconocidas.
En vida me dijeron de todo: pije relamido, gigoló mapochino, senador por La Habana. Por ahí se dijo que mi nombre verdadero, el que me puso mi madre al nacer, era Salvador Isabelino del Sagrado Corazón de Jesús. Un chiste entre amigos que después se usó en mi contra. Me llamo Salvador y mis amigos me decían «Chicho». Para mis colaboradores y guardaespaldas fui el «doctor» y para mi pueblo, el «compañero presidente».
Antes de gobernar un país y hablarles a las masas fui médico y solo tuve tres tipos de paciente: los locos, los muertos y mujeres durante el parto.
Cinco años pasé como interno en la Casa de Orates, compañera. Quizá, de no haber sido por la dictadura de Ibáñez, yo nunca hubiera salido de ahí y habría terminado mis días como un venerable experto en patologías mentales.
Debo aquí aclarar que, en esa época, una cosa era el manicomio, otra distinta el hospital psiquiátrico y una tercera el asilo.
El hospital psiquiátrico era para los que recién se les estaban arrancando las cabritas para el monte. Para los alcohólicos y los toxicómanos estaba el asilo. El manicomio era el destino de los locos irrecuperables, de los peligrosos, los que te podían saltar encima y arrancarte la oreja de un mordisco. Esa era la sección que más me atraía.
Me tocó ver mujeres con delirios místicos, hombres que hablaban con las paredes o que repetían la misma frase durante horas. Otros que no hablaban nunca y se encontraban como en un estado de sueño, letárgicos, muertos en vida.
Yo estaba obsesionado con saber si estos pobres infelices estaban condenados de nacimiento o habían enloquecido producto de traumas, accidentes o agresiones. Muchos eran verdaderos peligros para la sociedad, otros eran sus víctimas. Yo me dediqué a los primeros, a los derechamente malos, los que habían cometido cosas abominables.
Hice mi tesina sobre «higiene mental y delincuencia» y me fue estupendo. Calificación máxima. Me creía el hoyo del queque con mi diploma de médico cirujano, pero cuando intenté buscar trabajo, me encontré con una pared infranqueable: ningún hospital me contrató, compañera. Concursé no sé cuántas veces, pero las juntas seleccionadoras me cerraban la puerta en las narices. Estaba quemado por haber sido dirigente universitario durante esos meses agitados de 1931 y 1932, cuando obreros y estudiantes hicimos caer la dictadura de Ibáñez y se constituyó la breve y pintoresca República Socialista de Chile.
Como no me dejaron ser médico de los vivos, terminé trabajando con los muertos.
Durante otros cinco años fui ayudante de anatomía patológica en el hospital de Valparaíso, donde aprendí que Chile era una carnicería, un matadero de hombres y mujeres, especialmente de pobres. Todos los días había un par de muertos por riña, alguna mujer estrangulada por el marido o el amante, un obrero triturado por una máquina o atropellado por un camión conducido por un borracho o un enajenado.
Hice cientos de autopsias y así me quedaron las manos de tanto aplicar el serrucho.
Pese a este lóbrego oficio, guardo un recuerdo afectuoso de aquellos años y de este puerto que me vio crecer.
Qué nostalgia, compañera, de esos tiempos de idealismo cuando creamos el Partido Socialista, esos días en que salíamos a desfilar por Valparaíso con nuestros flamantes uniformes detrás del compañero Schnake, del compañero Grove, con el brazo izquierdo en alto y cantando La marsellesa a todo pulmón.
Y al día siguiente, otra autopsia, otro pobre fiambre acuchillado, envenenado, muerto por asfixia, llorado por sus seres queridos o suicidado en la más triste soledad.
Mi vida era entonces un tango de no ser por los placeres de la vista y del paladar. Una buena cazuela de mi mama Rosa, un buen plato de empanadas con pebre, una conversación amena con los amigos, una ida a la piscina de Recreo, donde se reunían las niñas lindas de Viña del Mar. Yo era un fanático del deporte, hacía natación, corría, practicaba la meditación y la autosugestión. Tenía un cuerpo impecable, si bien poco espigado y algo corto de piernas.
Nunca me faltaron amigas ni me faltó el amor, compañera.
En esos años juveniles falleció mi padre, con quien nunca tuve una relación cercana. Mi hermano mayor se inició en el gris oficio del derecho administrativo y yo pasé a ser prácticamente el único hombre de la casa.
Décadas después, cuando ya era un político reconocido, admirado y odiado, volví a vestir el uniforme de médico cirujano para entrar a una sala de operaciones.
Ya no eran locos, toxicómanos ni criminales a los que les tomaba el pulso o preguntaba cómo se sentían. Ya no eran cadáveres tumefactos que pasaban por mis manos para establecer la causa de su muerte. Asumí voluntariamente retomar las herramientas de Hipócrates para ayudar a las hijas de mis amigas a dar a luz. Hijas de mujeres a las que amé, madres de criaturas recién llegadas a este mundo tan absurdo, tan violento, tan injusto.
Apliqué sedativos en trastornados, removí las entrañas de cadáveres, corté cordones umbilicales de criaturas que respiraban por primera vez. Ayudé a contener la locura, a explicar la muerte y a nacer la vida.
Agnóstico y a la vez respetuoso del misterio, siempre estoy disponible para conversar a través de macumbas, avemarías, sesiones de hipnosis o de espiritismo, cualquier mecanismo para cruzar el espacio y el tiempo que separa las dimensiones.
Gracias por invocar mi nombre, compañera. Yo nunca me hago de rogar. Sepa usted, compañera, que aquí en estas regiones tan tranquilas yo me aburro.
Los pequeños desconocen el significado del ayer, del anteayer, del mañana, todo se reduce a esto, al ahora: la calle es esta, el portón es este, las escaleras son estas, esta es mamá, este es papá, este es el día, esta es la noche. Yo era pequeña y, a fin de cuentas, mi muñeca sabía más que yo.
Elena Ferrante
La amiga estupenda
Tuvieron que pasar más de veinte años desde que mataron a mi papá. Recién entonces, con mis hermanas y mi mamá, comenzamos a reunirnos para recordar lo que pasó, lo que nos pasó. Pese al tiempo transcurrido, todavía hay vacíos, inconsistencias, preguntas que nadie respondió.
Esta vez es especial y no solo porque se cumple medio siglo del hecho que cambió nuestras vidas. Vengo recién llegando de la selva, de un viaje largo y en el que tuve una visión que quiero compartir con mis hermanas. Es una suerte de punto de partida para esta historia.
—¿Se acuerdan de la noche en que mi papá conoció a Allende? —les pregunto.
—¡Claro! —exclama la Antonia, la menor de las tres.
—La noche en que nos pusimos a bailar —dice la Claudia con una sonrisa.
Fue en el invierno de 1971 durante una cena en honor de una delegación de científicos y académicos franceses.
Nosotras teníamos ocho, seis y cuatro años respectivamente. La Claudia recuerda a mi papá entusiasmado, hablando hasta por los codos mientras mi mamá terminaba de maquillarse delante del espejo. Ella no compartía su entusiasmo por Allende, en cambio él lo llamaba por su famoso apodo: el Chicho, como si lo conociera.
—Pórtense bien —nos dijo—. Y háganle caso a su tía.
No era muy habitual que mi papá y mi mamá salieran juntos. Las pocas veces que lo hacían, para nosotras era sinónimo de «pasarlo bien», especialmente si tocaba viernes, cuando la Pina, la empleada de la casa, se iba donde su familia y la encargada de cuidarnos era mi tía Cecilia Montenegro.
En esa época no había aparatos de video y la programación infantil terminaba temprano. De noche solo daban programas políticos o películas para adultos. Mi tía Cecilia nos hacía pintar, jugar con esas muñequitas recortables que venían en las revistas, cambiarles de zapatos, de sombrero y vestido. Nos preparaba tazones de leche con Milo y galletas, pero en la cocina no iba más allá de eso. No era de traernos golosinas. Tampoco nos leía cuentos para hacernos dormir. Su estrategia era mucho más inteligente y entretenida, consistía en doblegarnos por cansancio y para ello tenía una herramienta superpoderosa.
—Ya, niñitas, a mover el esqueleto
Nosotras observábamos fascinadas sus dedos de uñas pintadas posando delicadamente la aguja sobre el vinilo y esperábamos a que la música comenzara a brotar de los altavoces para dar nuestro veredicto. Como DJ infantil mi tía Cecilia era variada y ecléctica. Podía poner Tom Jones o Sérgio Mendes, los Rolling Stones o Santana, pero también música infantil, nuestra favorita. Así llegábamos a un consenso y comenzaba la fiesta.
Las sesiones se prolongaban hasta tarde y no solo implicaban baile, sino toda una teatralidad.
—¡Muy bien, Antonia! ¡Bravo, Claudita! —nos decía aplaudiendo, animándonos a dejarlo todo en la pista.
Nuestros estilos de baile tenían una fuerte impronta televisiva. Los sacábamos de Música Libre, un programa juvenil que transmitía Televisión Nacional y que nosotras no nos perdíamos.
Chico de mi barrio
Con la cara sucia y el cabello largo
Música Libre nos enseñaba a sincronizar nuestros pasos, nuestros saltitos, a mover la cintura, a sacudir la cabeza y dejar que el pelo volara con libertad.
Después de un buen rato bailando, comenzábamos a caer. Una a una, muertas de la risa, exhaustas. Yo solía ser la última y terminaba conversando con mi tía Cecilia antes de que apagara la luz.
Ella era distinta a todas las mujeres adultas que conocía, distinta a mi mamá, por ejemplo, para qué decir respecto de mi abuela, por completo distinta de las amigas de mi mamá, pero no sabía por qué. ¿Femenina? Sí, no. No fumaba, era soltera, no tenía novio ni pololo y una vez le pregunté por qué si era tan guapa.
—No es obligación tener —me contestó.
En esa época las mujeres de clase media o estaban en la casa o trabajaban de secretarias, pero mi tía Cecilia no era ni lo uno ni lo otro.
—¿Tú en qué trabajas? —le pregunté
—Predigo el futuro.
—¿Como una bruja?
—Más o menos.
Si me hubiera dicho que era economista y que trabajaba en el Banco Central, yo no habría podido entenderlo. Años después supe que era una profesional brillante y que su trabajo efectivamente se parecía a predecir el futuro.
Sus predicciones sobre el futuro terminaron siendo tan acertadas, tan precisas, que sus colegas de todas las tendencias le agarraron una bronca increíble. En el invierno de 1971 ella ya sabía que Allende y la realidad iban en ruta de colisión.
Fui la última en acostarme esa noche, cuando mi papá y mamá fueron a esa cena en honor de los franceses y donde él conoció a Allende (mi mamá también, pero a regañadientes)
—¿A ti te gusta el Chicho? —le pregunté a mi tía.
—Se le dice «compañero presidente».
—¿Te gusta el compañero presidente?
—Me cae bien, demasiado para tenerle respeto.
No dijo nada más y yo no insistí. El ochenta por ciento de las cosas que decían los adultos eran incomprensibles.
Mi tía Cecilia me dio un beso en la frente y apagó la luz.
Siempre he sospechado que en la historia de Allende hay gato encerrado. Un vacío, una gigantesca omisión que proyecta su sombra en el presente. Vidas como la mía y la de mis hermanas atrapadas durante años en un laberinto de mentiras.
Esta noche vamos a hablar de eso. Del desenlace rápido y grandilocuente de la Unidad Popular, el dolor sin anestesia de los derrotados, de los que celebraban la caída de Allende con champaña. Falta un pedazo entero de la foto, unos personajes que alguien editó y que voy a rescatar del olvido.
Es curioso, se siguen escribiendo libros y realizando reportajes sobre Allende y su tiempo, documentales o películas de ficción que muestran a una familia típica de clase media alta, desde la perspectiva de un niño que recuerda. Voy a asumir ese género, pero desde la niña que fui, y comenzaré por confirmar y refutar lo que siempre se dice: es verdad que la historia la escriben los ganadores, pero también es falso.
Es falso porque los ganadores de un hecho histórico, de un conflicto, de una guerra no son siempre los mismos. Cambian con el tiempo. Los que derrocaron a Allende vivieron siempre cargando una culpa: haber engendrado un fantasma que volvería por ellos desde la tumba.
La escritora italiana Elena Ferrante describe a su Nápoles natal como una ciudad donde las cosas tienen su origen en algo feo, destrozado, que luego cobra forma como un bello edificio, una calle o un monumento que pierde su sentido original. Donde antes hubo un patíbulo o un basural ahora hay una iglesia. Las cosas mejoran, empeoran, siguen un camino imprevisible. Parece que partieran de cero, pero en realidad siempre regresan al punto de partida.
Tres hermanas y una madre se juntan para recordar a un hombre que ya no está: padre, esposo, militar en retiro, funcionario del Estado.
Estamos en casa de la Antonia, la más cercana para todas dentro de la dispersión urbana. El menú lo diseñó ella tomando en cuenta todas las sensibilidades, gustos y alergias alimentarias de las cuatro. Es minuciosa y ecuménica para estas cosas, y solo nos tiene de lo mejor, lo que nos da más placer sin hurgar en nuestras culpas. Yo y la Claudia, que venimos de más lejos, trajimos una botella de vino cada una. La Claudia trabaja como corredora de propiedades, pero además es una persona espiritual y trajo cuarzos e inciensos.
Yo vengo llegando hace poco de la selva amazónica. Me fui a curar algunos achaques y una pena. Regresé con una historia que en algún momento les voy a contar.
Como siempre, habrá una primera ronda de actualización, puestas al día y decisiones familiares. Mi mamá preguntará por sus cuñados y sus nietos y cada una entregará su informe de situación, sazonado de reflexiones sobre la vida contemporánea. No tenemos vidas terribles, pero cada una ha pasado por lo suyo.
Recién después de comer volveremos al tema. Les mostraré todo lo que he reunido en este último año gracias a ellas, a contactos que me dieron y otros que yo misma busqué. Archivos, notas sacadas de libros, diarios y revistas de la época, memorias de protagonistas y gente que estuvo en La Moneda con Allende.
Así que comencemos. A la cuenta de tres, dos, uno...
Dix, neuf, huit, sept, es una cuenta regresiva en francés que brota de un altavoz dentro de un búnker de cemento construido en un islote en medio del mar. Los observadores se acomodan las gafas y apuntan sus binoculares hacia el objetivo.
La fecha es el 6 de junio de 1971. La hora local, 10.45 am. Nosotras estamos del otro lado del mundo, en Chile, y somos niñas. Son casi las once de la noche, pero del día anterior.
De pronto, encima del horizonte de la Polinesia se forma una bola de fuego. Sin sonido. Solo luz. Luz incandescente, cegadora, mortal.
Su nombre código es Dioné, igual que una de las lunas de Saturno y que una diosa oracular, hija de Urano y Gaia, parte de la primera generación de titanes de la mitología griega.
La bola de fuego se ensancha, se transforma en una rosca, en un brócoli o coliflor gigantesca. El agua alrededor se evapora en segundos, junto con peces, crustáceos, algas y todas las formas de vida aspiradas por este vórtice que rota con la violencia de un pequeño universo en formación.
Dioné forma parte de un programa y de una política. Está siendo filmada, observada y medida por sensores. Sus efectos serán analizados y resumidos en un informe confidencial catalogado como secreto de Estado.
Pasados siete minutos Dioné comienza a estabilizarse en torno a los doce mil metros de altura. En los pliegues amarillos del hongo se vislumbran líneas y filigranas rojizas.
Los observadores inclinan la cabeza, hacen gestos de aprobación como si fueran eruditos admirando una naturaleza muerta en el Louvre o una junta de críticos gastronómicos asignando estrellas en la guía Michelin. Comparan a la modesta luna de Saturno con los colosos de temporadas anteriores.
La mayoría de las partículas de cesio, iodo y estroncio generadas por Dioné se acumulan en la parte superior de la nube. Allí entrarán en interacción con los vientos de la atmósfera, generándose olas gravitacionales y ondas de sonido de alta frecuencia.
Las partículas mayores y más radioactivas se depositarán durante las primeras horas después de la explosión en el entorno cercano del atolón. Las más pequeñas subirán hacia la estratósfera y permanecerán allí durante semanas, meses o incluso años.
Según diversos estudios practicados en zonas cercanas a pruebas o accidentes nucleares el cesio, al ingresar al cuerpo humano, se distribuye de manera más o menos uniforme en los tejidos y suele ser eliminado al cabo de unos setenta días. Al igual que las plantas y demás animales, los humanos somos bioacumuladores de cesio, pero en dosis elevadas podemos concentrarlo en el páncreas y desarrollar tumores.
Dioné es el primer ensayo de la temporada y se desarrolla conforme a lo planificado.
«C’est beau, mais ce n’est pas la guerre», bromea un general del Estado Mayor.
Al cabo de dos días el agua condensada terminará de evaporarse y Dioné parecerá haberse disipado como un fantasma en el horizonte de la Polinesia. Es una ilusión porque las partículas seguirán suspendidas en el aire. Comenzarán su viaje en primera clase rumbo a Australia, Nueva Zelanda y América del Sur, donde yo y mis hermanas dormimos. Las partículas precipitarán como lluvia, granizo y nieve y entrarán en nuestros organismos sin que nuestros padres lo sepan.
—Capaz que por eso estemos cagadas —dice la Antonia en son de broma—. Nos dieron leche contaminada por culpa de los franceses.
—Antonia, por favor —se queja mi madre sin captar la ironía.
Casualidad o no, en los días posteriores a los ensayos nucleares comenzaron a suceder cosas extrañas aquí, del otro lado del Pacífico.
A partir de junio de 1971 en Chile aumentaron los accidentes domésticos y de tránsito, las muertes absurdas e inexplicables. Aumentaron también los suicidios y los homicidios sin motivo aparente, los atropellos intencionales, los temblores y terremotos y el clima extremo.
Estas cosas las sé porque desde pequeña fui buena para leer. Tenía ocho años y leía los diarios de mi papá, las revistas de mi mamá, y los llenaba a los dos de preguntas que no siempre respondían. Nunca perdí la costumbre de leer, pero las preguntas me las empecé a guardar porque ya en esos años me di cuenta de que algunas podían ser incómodas o incluso peligrosas.
Tengo varias carpetas con fotocopias y recortes de periódicos. Clasificados por año y tema. Este es el primero de la serie y tiene fecha 8 de junio de 1971:
A las 10.50 am. el exministro del Interior Edmundo Pérez Zujovic conducía un vehículo marca Mercedes Benz en compañía de su hija María Angélica. En la esquina de las calles Hernando de Aguirre y Carmen Sylva, comuna de Providencia, Santiago, fue interceptado por un Chevy Nova del cual se bajaron varios hombres armados. Uno de ellos ametralló a Pérez Zujovic a corta distancia y un segundo le disparó dos veces con una pistola automática. La hija sobrevivió de milagro y sin un rasguño: el padre la protegió.
—¡Mataron a Pérez Zujovic! —llegó diciendo mi papá ese día y mi mamá le respondió con una mueca de horror, como advirtiéndole que lo mejor era irse acostumbrando a este tipo de cosas.
Pérez Zujovic era una persona importante, eso fue lo único que entendí en ese momento.
Allende ordenó un operativo militar y policial para dar con los asesinos. Se declaró el estado de emergencia y toque de queda en Santiago entre la medianoche y las seis de la mañana. El responsable de aplicarlo fue el general Augusto Pinochet Ugarte, hasta entonces un completo desconocido.
Tan desconocido era que en una nota de Clarín se le identifica como Eugenio Pinochet. «Que me perdonen las piluchas, pero el toque debe continuar», dijo en un curioso derroche de buen humor durante una conferencia de prensa, aludiendo a la suspensión de los espectáculos nocturnos con strippers y bailarinas del caño.
En una nota más seria, Pinochet leyó en esa ocasión un boletín de siete puntos. Informó que 231 personas habían sido detenidas por violar el toque de queda y quedaron a disposición de los tribunales de justicia. Que un cabo primero de la Escuela de Paracaidistas se hirió casualmente en el abdomen con su arma reglamentaria. Que en el sector de Quinta Normal se produjo un tiroteo entre carabineros y desconocidos, al que calificó de «hecho netamente policial». Por último, Pinochet refutó que se estuviera aplicando censura previa. Reconoció, sin embargo, que se estaba ejerciendo un «severo control» de los órganos de prensa, radio y TV a fin de evitar la propagación de noticias que afecten las investigaciones o causen alarma a la población.
Los asesinos de Pérez Zujovic eran hombres de expresión hosca, de frente estrecha y cejas prominentes: los hermanos Rivera Calderón. Aparecieron en todas las portadas y a mí me daban terror.
Los Rivera Calderón no sonreían y después supe que tampoco hablaban mucho ni eran capaces de armar una frase o un enunciado marxista mínimamente articulado. Tenían un único programa: matar y morir.
La muchacha apaga el despertador, se frota los ojos y sale del saco de dormir sin mayor trámite. Desde que entró a trabajar en el laboratorio de biología marina está acostumbrada a levantarse de madrugada. Se turnan con el Goyo y esa vez es él quien ha quedado a cargo del niño.
Enciende la luz y el gas para calentar la tetera. Se prepara un Nescafé y le da un mordisco a una manzana. Son las tres de la madrugada cuando sale de la casa ubicada en la avenida Borgoño, a unos treinta pasos del laboratorio. Las luces de Valparaíso titilan a lo lejos, amortiguadas por la vaguada costera que envuelve aquella parte de la bahía.
La muchacha se viste con su ropa de trabajo, pantalón de pana y abrigo, botas y mandil de hule, y un detalle fundamental que aprendió de los pescadores: un grueso gorro de lana blanca terminado en un pompón.
La muchacha es estadounidense y se formó como botánica en la Universidad de California, Berkeley. Es una joven espigada y rubia y con la sonrisa a flor de labios. Los seis años que lleva viviendo en Chile ya han colonizado su castellano con modismos locales. Ella no lo sabe todavía, pero algún día será mi suegra.
No hay ningún vehículo circulando a esa hora y el sonido hipnótico del mar es lo único que entra por sus oídos. Camina a paso firme hacia el instituto, cuya mole rectangular se yergue en la madrugada húmeda de los roqueríos poblados por gaviotas, cormoranes y leones marinos.
El pescador ya tiene el bote aparejado. Se saludan echando vapor por la boca y él, dando un tirón con el brazo, echa a andar el motor. La muchacha observa la línea de costa retroceder en el horizonte.
La lancha se aleja y ella trata de imaginar la vida que bulle debajo de ellos.
El pescador apaga el motor y prepara las cuerdas y las totas. Arroja la primera carnada, espera. Nada. Vuelve a lanzar otra. La espera se prolonga. Es extraño, pues la semana anterior, la última de mayo, le pesca fue abundante.
Después de tres cuartos de hora de espera la cuerda se tensa, el pescador hace un gesto afirmativo y el rostro de la muchacha se vuelve a iluminar con una sonrisa.
El pescador debe jalar la tota con mucha fuerza hasta que, de pronto, del oscuro océano brota una criatura viscosa que lucha por su vida agitando sus ocho brazos. La muchacha lanza un grito de júbilo y observa a la jibia moviéndose al fondo del bote. Ella desenvaina el cuchillo, la sujeta con los brazos y hace una incisión longitudinal. El pescador la observa en silencio.
—No es muy grande —comenta él.
—Sí, pero igual sirve.
La muchacha extrae los mantos internos de la jibia y los deposita en una caja de plumavit. Sus guantes quedan completamente manchados de tinta negra.
—¿Y qué hacen con esta cuestión si no es para comerla? —pregunta el pescador
—Estudios científicos —explica ella—. Para comprender cómo funciona el cerebro.
—Ah.
—Nuestro cerebro funciona casi igual al de una jibia.
—¿O sea que son inteligentes?
Todo comenzó hace más de diez años, cuando el profe Mario estaba haciendo su doctorado en neurofisiología en Harvard y se enfrentó al «dilema del axón». El cable que conecta las neuronas de los humanos y mamíferos es de un tamaño tan reducido que se requieren microscopios muy poderosos para estudiarlo. Pero algún colega le comentó que existe en la naturaleza un organismo que tiene un axón del diámetro de un espagueti: la jibia.
La dosidicus gigas tiene ocho brazos, dos tentáculos provistos de ventosas y un gancho parecido al pico de un loro, capaz de triturar caparazones de crustáceos y pulgas, pero lo que más interesa a la muchacha y a sus colegas del Instituto de Biología Marina es su cerebro. Un masivo conjunto de neuronas y axones de fácil extracción y manipulación.
Esperan media hora, una hora completa por si cae otra jibia. Dentro de poco amanecerá. La muchacha imagina la frustración de sus colegas del instituto al verlos llegar con apenas un ejemplar.
—¿Qué estará pasando?
—Capaz que algo se las esté comiendo mar afuera.
La muchacha que algún día será mi suegra sonríe y no lo encuentra del todo descabellado.
El pescador, tras un gesto de ella, enciende de nuevo el motor para iniciar el regreso.
Con la Claudia y la Antonia nos ha tomado años armar esta historia, reunir las piezas y hacerlas encajar. Al principio éramos las tres solas, sin ayuda de nadie más que del abogado. Mi mamá se mantuvo al margen hasta que comprendió lo importante que era recordar.
—¿Qué quieren saber? —nos pregunta sin mirarnos.
—La cena con los franceses —respondo yo.
—Cuando nos dejaron con la tía Cecilia —agrega la Claudia.
Mi mamá se toma su tiempo.
—Quedamos en una misma mesa con tres franceses y una pareja de chilenos. Había un hombre muy raro, con la cabeza totalmente rapada y unos lentes de filósofo, que se anduvo emborrachando.
Mi mamá recuerda a otro académico parecido, muy serio y que parecía cura y a una escritora feminista que tenía el pelo muy corto y hablaba con un acento como español sin ser español. Los chilenos eran una pareja de médicos o profesores universitarios, no lo recuerda bien. Dice haber visto a ese señor ya más viejo en las noticias, con el pelo todo revuelto y cano.
—Yo era la única que no hablaba francés, así que no les podría decir de qué hablaron —dice mi mamá dándole otro sorbo a su pisco sour—. Era «la señora de». ¿Me entienden?
Allende fue con su esposa, Hortensia Bussi, alias la Tencha, y con dos de sus tres hijas, Isabel y Beatriz, y sus respectivos maridos.
—Era como estar en una corte. Cenando y mirando de reojo al rey que está en la mesa de al lado.
—A ti no te gustaba Allende —comento.
—Le tenía miedo —replica mi mamá—. No a él, pero a los que estaban con él, los socialistas y los comunistas.
—¿Y qué te pareció?
—Entrador, seguro de sí mismo. Hasta me piropeó.
Por distintos libros y biografías que he leído de Allende, dicen que esa era una experiencia muy importante para todo hombre allendista casado. Una especie de rito de pasaje: que Allende piropeara a tu mujer. Pero aquella ocasión fue crucial para todos ellos por otra cosa.
Esa noche mi papá se reencontró con un antiguo alumno suyo de la Escuela Militar, de cuando mi papá fue instructor. Se llamaba Pedro Pozo Morales y se encontraba allí en un rol insólito para un exmilitar: guardaespaldas de Salvador Allende.
—Entre ellos había una relación jerárquica, ¿me entiendes? Tu papá se salió del Ejército antes, con el grado de capitán. A este caballero lo echaron como teniente o subteniente.
Hay más de una versión de cómo y por qué Pedro Pozo Morales fue dado de baja del Ejército. La más conocida, la oficial, consta en un decreto del 4 de mayo de 1970 donde su nombre figura con otros militares del regimiento de paracaidistas de Peldehue, también conocidos como boinas negras. Se habló de «necesidades del servicio», pero trascendió que habían cometido algo parecido a la traición: entregar instrucción militar a militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria.
—¿Qué pensaba mi papá del MIR? —pregunta la Antonia.
—A tu papá no le gustaba el MIR. Tampoco es que los odiara. No como mis amigos del colegio, que eran todos momios.
Ese mismo año, nos cuenta mi mamá, durante la campaña electoral mi papá le mostró una foto en la portada de un diario: «¡No puede ser!», le dijo. «El pelado Pozo está de guardaespaldas de Allende».
Lo habían dado de baja del regimiento de paracaidistas por simpatizar con subversivos y ahora figuraba como protector del presidente. Mi papá no entendía nada.
—¿Cómo fue ese reencuentro durante la cena con los franceses?
—Se cruzaron en el baño. Seguramente este caballero no estaba invitado a la cena. Era guardaespaldas, nomás. En cambio, tu papá era un ingeniero de la CORFO. La cosa esa de la jerarquía que te acabo de decir. Después, cuando ya nos íbamos, me lo presentó.
—¿Y cómo era? —pregunto yo.
—Estatura normal, fornido —los ojos de mi mamá se van hacia adentro—. Medio tímido.
Es como si Pedro Pozo Morales se configurara en algún punto frente a ella, solo para sus ojos. Un fantasma tendiéndole la mano mientras nosotras observamos el vacío.
La primera vez que mi mamá mencionó al «hombre muy raro, con la cabeza totalmente rapada y unos lentes de filósofo», yo pensé de inmediato: Michel Foucault.
No es del todo imposible que Foucault haya visitado Chile durante esos años. Muchos intelectuales lo hicieron: Eric Hobsbawm, Julio Cortázar y Graham Greene, entre otros. Busqué en algunas biografías de Foucault, pero no encontré nada muy interesante de esos años. Hubo una misión de académicos y científicos franceses y Allende asistió a una cena en su honor, junto con varios ministros y funcionarios. Eso sí es un hecho, pero supongamos que entre ellos estaba Michel Foucault y que su viaje a Chile comenzó a fraguarse un par de meses antes.
Me lo imagino a comienzos de junio de 1971 dictando su clase magistral en el Collège de France a propósito de la disciplina militar.
—He aquí la figura ideal de un soldado tal como se le describe a comienzos del siglo xvii —explica mostrando una diapositiva—. El soldado se reconoce desde lejos por portar signos. Signos de coraje, de fuerza.
El auditorio está lleno a la mitad por un público variopinto de jóvenes de cabello largo que escuchan en silencio y mujeres de aspecto burgués que toman nota en cuadernos con tapas de cuero. Un par de japoneses de edad indefinida intentan seguir la conferencia con evidente esfuerzo.
A la fecha el profesor Foucault ha publicado un par de libros e iniciado un fructífero diálogo con lingüistas y semióticos de otras latitudes, como el italiano Eco y el norteamericano Chomsky. Su curso despierta un interés creciente entre el público. Las palabras brotan de su boca con elegancia, a la que contribuye además el aspecto cuidadosamente diseñado del personaje que está construyendo, con su calva afeitada, el pullover blanco con el cuello alargado y las gafas de montura delgada.
Foucault está aprendiendo a contagiar al auditorio con su propio entusiasmo por entender cómo el poder, el saber y los cuerpos de las personas se entrecruzan a lo largo de la historia. Los cuerpos son intervenidos, modelados y construidos como campos de saber. El poder construye al soldado, al prisionero o al pupilo de un internado: como un conjunto de órdenes y prohibiciones.
El profesor Foucault observa discretamente su reloj, hace un resumen de lo expuesto y anticipa lo que va quedando del curso antes del receso de verano. Para cerrar, agradece la atención de los presentes, coge sus notas y se retira por una puerta lateral.
Imagino a Foucault caminando por la Rue des Écoles hacia la rue Vaugirard, donde vive en un conjunto habitacional moderno de fachada neutra, con jardines y espacios verdes entremedio. Se detiene delante de su casilla de correo, introduce su llave y retira la correspondencia.
Se prepara una tisana. Hace a un lado las facturas de la electricidad y del gas. De pronto, entre invitaciones a coloquios de verano, una carta de mamá y otra de Roland Barthes, descubre un sobre con un remitente singular.
Lo abre con un cuchillo de cocina y se encuentra con un membrete tricolor de aspecto vagamente oficial.
Estimado profesor Foucault,
Tenemos el agrado de hacerle llegar esta invitación para tomar parte en una delegación de académicos, científicos y personalidades de la cultura que viajarán a Chile en agosto próximo. El objetivo es conocer el proceso político que sigue esta nación sudamericana desde octubre del año pasado, cuando asumió el gobierno el doctor Salvador Allende.
Gastos de viaje y estadía cubiertos por la organización. Breve listado de confirmados. Repondez s’il vous plaît.
Foucault debiera sentir desconfianza ante semejante invitación. Sus alarmas ante el poder se han aguzado desde 1968, cuando hacía clases en la Universidad de Túnez y un grupo de policías le hicieron una emboscada después de un encuentro amoroso con un joven tunecino.
Sin embargo, visitar Chile le resulta una idea atractiva por varias razones. La primera, no se lo puede negar, es la novedad del destino, la posibilidad de escapar del verano parisino y conocer un punto del mapamundi que probablemente nunca visitaría de otro modo. La geografía del deseo masculino en un lugar así, enclavado en los Andes, implica un territorio valioso de explorar. Lo mismo que las cuestiones teóricas y prácticas de un gobierno que pretende construir el socialismo sin los métodos ni la épica revolucionaria tradicional, respetando las instituciones de la democracia liberal.
Foucault se ha venido escorando poco a poco en el sentido opuesto, hacia la izquierda radical extraparlamentaria. Ha participado en manifestaciones contra los ensayos nucleares en la Polinesia, se ha vinculado con un grupo maoísta y formado con otros intelectuales una organización abocada a observar y denunciar la política carcelaria francesa.
Para salir de la duda Foucault entra a una cabina telefónica y marca el número que aparece en la invitación. Tras unos segundos de espera responde una voz femenina. Foucault guarda silencio, su corazón palpita con fuerza.
—Buenos días. ¿Con quién tengo el gusto?
Foucault cuelga sin decir nada y se queda pensando.
Escribir de Pedro Pozo Morales es un poco más complicado que escribir de Foucault. No usaré su nombre verdadero porque no me quiero meter en problemas, pero puedo decir que de él hay poco más que un puñado de datos y un largo signo de interrogación.
Pedro Pozo Morales debió ser un enigma para todos quienes lo conocieron, incluyendo a mi papá. Oriundo de la provincia del Ñuble, el mayor de cinco hermanos, Pozo creció en una familia de cierto patrimonio y reputación. Sus padres eran figuras locales del Partido Radical. En la Escuela Militar fue alumno destacado, admirado por sus pares y elogiado por sus superiores. En el anuario de 1967 figura como receptor del codiciado premio Embajada de los Estados Unidos de América «al subteniente que con mayor esfuerzo haya logrado su grado, sea buen compañero y reúna condiciones de líder». El premio consistió en una pistola marca Colt.
—Tu papá fue miembro de la comisión —dice mi mamá en un primer acto de desclasificación de archivos que yo corro a anotar en una libreta.
Tras salir de la escuela, Pedro Pozo Morales fue enviado al regimiento Tucapel de Temuco, donde estuvo tan solo un año antes de ser transferido a la Escuela de Paracaidistas de Peldehue, donde comenzó su entrenamiento para ser un boina negra.
Aprendió a vencer el vértigo y arrojarse desde un avión al vacío, a caer sin quebrarse un hueso y a propinar golpes letales. Se hizo experto en cuchillos y bayonetas, su cuerpo se tornó fibroso, sus oídos se aguzaron y sus ojos se transformaron en radares de movimiento. Era tan bueno que rápidamente escaló a instructor.
Esto ocurrió en los años del Che Guevara, cuando América Latina ardía y Pozo era un candidato perfecto a la Escuela de las Américas para formarse en contrainsurgencia y lucha antisubversiva. Era un alumno premiado, el embajador norteamericano le había regalado una Colt, pero algo sucedió entre el segundo semestre de 1969 y el primero de 1970. Su conducta se tornó errática y su destino descarriló de forma espectacular.
Por entonces el gobierno democratacristiano de Eduardo Frei Montalva comenzaba a despedirse en medio de huelgas, tomas universitarias y conflictos en los campos debido a la reforma agraria. Más encima, un grupo hasta entonces desconocido, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, comenzó a ganar notoriedad pública.
Los jóvenes del MIR asaltaban bancos, encañonaban a los cajeros, pero eran deferentes con las damas y arrancaban suspiros de las muchachitas. En la huida incluso respetaban las luces rojas como si la revolución no estuviera reñida con las buenas costumbres. Eran la expresión de una juventud universitaria e insatisfecha como los Rolling Stones, justiciera como Robin Hood y audaz como el Che Guevara.
En el Ejército también se vivía un clima de inquietud y frustración. Los militares trabajaban con material vetusto, en unos cuarteles desmejorados, por unos salarios absurdos que se desvanecían por culpa de la inflación. En octubre de 1969 un importante regimiento de artillería de la capital, el Tacna, se acuarteló sin mediar una orden superior. Personal de otras unidades comenzó a sumarse. Se trataba de la primera huelga militar desde que se tuviera memoria en la república y la lideró un general de ultraderecha.
Pozo se encontraba entonces en el regimiento de Peldehue y escuchó a un oficial manifestar abiertamente su simpatía por la «huelga» del Tacna. Se llamaba Florencio, era capitán y se había formado en paracaidismo con los norteamericanos en Panamá, en la Escuela de las Américas. El capitán Florencio era también uno de los instructores más duros del regimiento y solía expresar ideas poco convencionales, que colindaban con el nazismo para luego sonar socialistas: el amor a la patria y culto a los héroes, el desprecio por la fronda aristocrática y el odio al capital extranjero; la necesidad imperiosa de superar la pobreza, la mortalidad infantil, el alcoholismo y todos los males sociales que gangrenaban a la nación y se interponían con su progreso.
El entrenamiento de los boinas negras estaba orientado a combatir detrás de las líneas enemigas, contra un ejército regular, como los regimientos de paracaidistas alemanes y aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Pero eso cambió con la guerrilla del Che en Bolivia. La instalación de un foco insurgente allí atrajo a militantes de distintos países e hizo sonar las alertas en todos los mandos militares de la región. En el caso chileno eran socialistas y cruzaron la frontera gracias a la coordinación logística de la hija de un importante miembro del Senado. Su presidente, nada menos. Salvador Allende.
Tras la captura y ejecución del Che, se decidió reorientar paulatinamente la formación de los futuros paracaidistas y fuerzas especiales hacia la neutralización de un enemigo interno e irregular. Y entonces, en octubre de 1969, uno de los instructores más importantes de este regimiento de élite comienza a hablar en favor de un general rebelde y en contra de los políticos de derecha y de la democracia cristiana en el poder.
No solo eso. En Peldehue, en la unidad militar destinada a sofocar eventuales guerrillas, algunos oficiales y suboficiales comenzaron a discutir ciertas cosas, a hablar positivamente de los estudiantes en huelga, de las familias que se tomaban terrenos para construirse un techo.
El 30 de abril de 1970 El Mercurio publicó una escueta noticia que no pasó desapercibida en los círculos políticos y militares.
El comandante en jefe del Ejército estima conveniente y necesario informar a la ciudadanía sobre un hecho recientemente ocurrido. Por conducto de organismos internos del Ejército se tuvo conocimiento de que dos oficiales y algunos clases de la institución habrían desarrollado durante este último tiempo actividades extrainstitucionales totalmente reñidas con la ética profesional y la doctrina militar, existiendo evidencia de su concomitancia con determinado movimiento civil clandestino.
Se filtró que dos oficiales y una decena de suboficiales fueron descubiertos dando entrenamiento militar a miembros del MIR. Una variante de esta misma historia sostiene que intentaron armar un foco guerrillero en la población La Bandera. Otra, que intentaron asaltar el regimiento y robar armamento. A Pozo se le acusó de robar granadas de mano.
No los expulsaron, pero su estatus pasó a ser «baja temporal» mientras avanzaba el proceso en su contra en la fiscalía militar.
Hubo algunos puntos que nunca cuadraron del todo en este curioso romance entre miristas y boinas negras, sensibilidades tan distintas como el agua y el aceite. El capitán Florencio, por ejemplo, entrenado en Panamá por los norteamericanos, resultaba un candidato impensado para encabezar un amago de revolución o siquiera un cambio en la correlación de fuerzas. O el enfermero que apareció de un día para otro en el regimiento, en pleno verano y sin explicación. Era un joven alto, macizo, de bigotes, que hablaba tan bien y sabía tanto de historia militar.
Pozo y el enfermero tenían más o menos la misma edad e hicieron buenas migas, tan buenas que a él jamás se le hubiera pasado por la mente pensar mal o poner en duda su profesión ni sus habilidades para curar las heridas, esguinces y contusiones que se podían dar en un regimiento de paracaidistas. Cuando se enteró de que no era enfermero sino un egresado de medicina, comenzó a atar algunos cabos y terminó sabiendo que se trataba de uno de los hombres más buscados del país, cosa que no le sorprendió del todo. De hecho, su curiosidad aumentó.
Lo que siempre le llamó la atención fue la manera en que se trataban el supuesto joven enfermero y el capitán Florencio, con una indiferencia que parecía fingida, poco espontánea, como si en realidad se conocieran de mucho antes.
Que doce paracaidistas altamente entrenados para combatir guerrilleros se pasaran a la subversión solo podía tener dos interpretaciones excluyentes entre sí: o fue una derrota colosal para el Ejército, o bien la operación de inteligencia más genial y fríamente calculada que haya salido de sus cuarteles.
Imagino a mi papá enterándose de la noticia, sacudiendo la cabeza y lamentándose por la falta de criterio de Pedro Pozo Morales al dejarse seducir por algo tan reñido con la vía chilena al socialismo como era la subversión armada. Imagino también al propio Pozo deambulando por Santiago después de su baja temporal del Ejército. Los transeúntes solo ven pasar a un joven melancólico, de cuello y corbata, con la mirada hundida en el asfalto húmedo.
Le escribe una carta a su madre contándole una versión editada de lo que sucedió. La va a ver a Chillán y se queda algunos días con ella disfrutando de sus cazuelas. Luego regresa a Santiago para buscar trabajo. Pero ¿de qué puede trabajar un joven como él, un paracaidista, un experto en armas y defensa personal?
La campaña presidencial ha comenzado y Pedro Pozo Morales se suma a los actos de la Unidad Popular. Corea con el mismo entusiasmo que los demás «el que no salta es momio» y levanta su puño izquierdo al marchar por las grandes avenidas de la capital detrás de las banderas que llevarán al pueblo a la victoria.
No es una impostura. Pedro Pozo Morales siente genuinamente que algo nuevo comienza a nacer en él, una vibración en el pecho, un diapasón capaz de alcanzar grandes intensidades al son de la música y del canto.
Y ahora el pueblo
Que se alza en la lucha
Con voz de gigante
Gritando, ¡adelante!
Un día, en medio del gentío reconoce al joven enfermero. Se miran y algo intenso se desplaza en un sentido y el otro antes de transformarse en una sonrisa de reconocimiento
Los imagino tomándose una «pílsener», como se decía en esa época. Ha nacido algo más profundo que una amistad y más peligroso que un amor.
América Latina renace luego de décadas de oscurantismo y ellos, su generación, van a ser los protagonistas de una segunda independencia nacional. Las cuestiones teóricas son importantes, pero secundarias al lado de la acción concreta. Cientos de jóvenes quieren ingresar al movimiento, pero por ahora solo cabe operar como una célula capaz de asestar golpes estratégicos al capitalismo y el latifundio.
Lo primero es hacerse una chapa. La del joven enfermero es Juan Carlos. Pedro Pozo Morales pasa a llamarse Julio y se inventa una historia, una biografía completa, con datos, fechas, nombres de colegios y liceos. Juan Carlos lo ayuda a confeccionarla y ensayarla. «El trabajo clandestino es un desafío psíquico y también teatral», suele decir.
Urden un primer plan que no prospera, luego un segundo que casi termina en desastre. Quieren robar otro arsenal del Ejército, una instalación secreta cerca del parque Cousiño donde se guardan algunas ametralladoras SIG, pero no pueden siquiera neutralizar al guardia y terminan huyendo entre balazos, sin otro botín que un equipo de radio inutilizable. No se dan por vencidos.
El martes 2 de junio de 1970 El Mercurio publica la siguiente nota en portada.
SEGUNDO ASALTO AL MISMO BANCO
Quince individuos, presumiblemente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, metralleta en mano y vistiendo uniformes del Ejército de Chile, asaltaron a las 13.30 horas de ayer, por segunda vez en noventa días, la sucursal Vega Poniente del Banco Nacional del Trabajo, desde donde se llevaron 198 mil escudos luego de poner manos arriba a dos carabineros y a los empleados de la institución.
Para consumar el delito los asaltantes habían utilizado tres vehículos robados y no al azar. El primero, un jeep Ford Bronco perteneciente al Cuerpo de Paz de los Estados Unidos. El segundo, un Chevrolet blanco propiedad del director del diario La Tercera, Agustín Picó Cañas.
Uno de los testigos oculares declara de manera enfática:
«Yo estuve dos años en el Ejército y puedo asegurar que los movimientos del jefe que daba las órdenes eran exactamente iguales a los de un militar... Hasta la manera de pararse... todo en él y en los otros cuatro hacía presumir que eran militares auténticos».
Para ese entonces Pedro Pozo ya sabe el nombre verdadero del joven. Se llama Luciano Cruz y es uno de los máximos líderes del MIR, quizá el más carismático. Un verdadero transformista capaz de camuflarse en cualquier espacio, dejarse bigotes, cortárselos, usar gafas, sombrero, pelo corto, chaqueta y corbata o uniforme de enfermero militar. Pozo descubre que su paso por el regimiento de Peldehue tiene una explicación asombrosa: es primo hermano del capitán Florencio.
Pese al éxito de la última operación, la campaña de expropiaciones se suspende. Miguel Enríquez, el líder máximo del MIR, se ha entrevistado en secreto con Salvador Allende y este le pide que dejen de rayarle la pintura, que cesen con la tontera esa de asaltar bancos y cuarteles y le permitan competir en igualdad de condiciones con el candidato de la derecha. Si llega a ganar, el eterno candidato de la izquierda institucional se compromete a apoyarlos para que no tengan que andar por ahí como forajidos.
Luciano Cruz se siente decepcionado, la clandestinidad es su elemento y el electoralismo burgués le provoca repugnancia. Es totalmente imposible que Allende gane la elección.
—Pero, guatón, París bien vale una misa —le recuerda Miguel Enríquez medio en broma
Enríquez insiste en una decisión pragmática para entrar en la disputa del poder. La presidencia de la República se va a pelear voto a voto y el hombre (Allende) necesita muchas cosas. Por ejemplo, un guardaespaldas.
Ahí surge el nombre de Pedro Pozo Morales.
Primero se entrevista con el secretario privado de Allende, el señor Osvaldo Puccio. Luego con su secretaria privada, Miria Contreras, la Payita o Paya para los amigos. Pasa los dos escrutinios y le queda el más duro.
Lo llevan a una casa de seguridad con todas las medidas del caso, lo dejan encerrado en una pieza durante mucho tiempo (¿una media hora o más?), hasta que la puerta se abre y entra una mujer joven, de piel lisa y facciones regulares, linda y dura como una diosa griega, camisa y falda, sin maquillaje, el pelo tomado tras la nuca en un moño austero.
Pedro Pozo Morales la toma en un principio por una monja de clase alta, pero pronto se da cuenta de su error. La mujer enciende un cigarrillo sin ofrecerle uno a él. Lo observa con dureza y comienza a hacerle preguntas. Las cuarenta primeras son del tipo «Sí o no». Ella anota sus respuestas en una plantilla. Suma puntajes, revisa el resultado en otra libreta.
—Usted sabe combatir —dictamina.
Él asiente. La ha reconocido y seguramente se le nota porque ella deja el lápiz sobre la mesa y clava sus ojos en Pedro Pozo Morales.
—¿Por qué razón podría yo confiarle a usted la vida de mi padre? —pregunta Beatriz Allende.
Él siente esa voz como la punta de una daga en su garganta. La joven es capaz de eso y mucho más por su padre y Pozo responde sin titubear:
—Porque sé hacerlo.
La joven asiente satisfecha.
—A mi padre lo han tratado de matar ya dos veces. Les meten mano a los autos, les cortan los frenos. Dos de sus mejores colaboradores murieron en accidentes de tránsito sospechosos.
—No se preocupe por los autos, cuando sea presidente tendremos que aprender a revisar aviones.
Beatriz Allende sonríe por primera vez.
—Celebro su optimismo, compañero.
Y así es como dos meses después de su baja del Ejército, Pedro Pozo Morales figura en fotos, películas y transmisiones televisivas detrás de Allende, siguiendo al candidato del pueblo como si fuera su sombra durante actos públicos, caminatas por la ciudad, discursos en teatros y plazas donde sus partidarios repiten con entusiasmo:
—¡Se siente, se siente, Allende presidente!