2. La espera

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LA ESPERA

(11 de enero de 2014)

Lo único que asoma fuera de la cama es su brazo izquierdo. En medio de sábanas blancas con dibujos celestes parecidos a cristales de hielo, aún se puede leer —a pesar de la pigmentación de la piel— el número 4 0 5 7 8, al lado de un lunar que hace las veces de cero. Vier null fünf sieben acht. Dafne, mi hermana, decide eternizar el momento en una foto. A su brazo. Al tatuaje. Al número que, no contentos con perpetuarlo en tinta, convirtieron en su identidad para así diferenciarla de los otros objetos del inventario del campo. Una silla. Una carretilla. Una persona. Naturaleza muerta.

El respirador artificial le insufla aire a las mejillas, como si estuviera resoplando de aburrimiento, mientras los pitidos de un sinnúmero de máquinas marcan una cuenta regresiva que precipita su fin. Se muere. Los doctores dijeron que no pasaría de la noche, pero de eso ya van dos días. Y dos noches. «Es una luchadora», dicen para justificar el error que nos ha llevado a despedirnos tres veces. «Esta vez sí, es cuestión de minutos», dice la doctora, una mujer vestida y maquillada como si estuviera recién saliendo de la prueba para el papel de Cruella de Vil de algún musical amateur de 101 dálmatas.

Nosotros, en tanto, como gitanos errantes, hacemos base en los pasillos de la Clínica Indisa, en Providencia: tenemos nuestro propio espacio y lo celamos con la fiereza de un perro que delimita su territorio, sin distanciarnos demasiado por miedo a perder el lugar. Entre los ascensores y los ventanales que miran hacia un escaso río Mapocho, hay tres bancas deliberadamente incómodas. Su mensaje es claro: «No se queden aquí». Pero respondemos con la misma franqueza: «De aquí no nos movemos». Estamos a la espera, sin sala de espera, porque ese es nuestro espíritu familiar: ante la desgracia nos convertimos en ovillos.

Hacemos vista gorda de las miradas desaprobatorias de las enfermeras sentándonos en el piso, tanto más cómodo que las sillas metálicas que ahora brillan con la caída del sol. El llamado de la clínica reza «Clínica de familia» y así es la nuestra. «Que se jodan», me justifico mientras pienso en cuánto falta; no porque tenga apuro, sino por la necesidad de certeza, como si me hiciera falta que algo o alguien me diga cuándo debo empezar a llorar.

Pero no pasa nada, solo gente. Para un lado van preocupados y desde el otro vuelven tristes. Los menos se ven alegres por, supongo, alguna noticia positiva, una mejora o un alta. Nosotros no vamos ni venimos, solamente estamos.

Para espantar el creciente pesar por las cosas nunca dichas y mi incapacidad para experimentar el dolor, me hago cargo de hablar con doctores y pretender que entiendo lo que dicen, tramitar seguros y planificar lo que se viene.

—¿Alguien necesita algo de la cafetería?

Varias cabezas se mueven de lado a lado, incluso algunas que no reconozco. Bajo. En la calle se me acerca una mujer con un chaleco de lana desgastado en pleno verano para ofrecerme servicios funerarios; si no fuera porque tengo la boca seca por la falta de alimento y sueño, creo que mi reacción hubiese sido distinta. Apenas atino a mirarla con rechazo y sigo mi camino hacia la isapre. «Desubicada». Lo pienso, no lo digo.

Está todo listo. Los papeles, los trámites funerarios y el aviso a la jevra kadushá. Pero falta lo más importante. Me complica el orden de los factores. Es violento, pero práctico, rutinario, como parte del ritual previo. Así, cuando ocurra, podremos concentrarnos en la pena. Y en llorar en silencio. «¿Y ahora qué?», no tengo con qué llenar el tiempo y los pensamientos amenazan con convertirse en sentimientos.

En el décimo piso se empieza a conglomerar cada vez más gente. Mi familia materna, la que desciende de Dezi, es pequeña, pero la paterna compensa con creces su escasez de miembros; los Alvo son de Temuco y aparentemente en esa época no había mucho más que hacer. Están todos: primos, tíos, hermanos, cuñados.

De vez en cuando nos turnamos para entrar a la UTI y hablarle, pese a su inconciencia. Decirle que fue suficiente, que hizo todo y más. Que logró lo impensado, que existimos por su valentía. Que ya no tiene para qué seguir peleando. Uno a uno le repetimos, por si lo necesitara, que tiene nuestro permiso para irse. Todos, menos uno: Pepito, su hijo menor. No la deja ir y se aferra a su brazo desnudo. «Mamá... mamita», es todo lo que logra balbucear. Ella parece necesitar que se lo diga, que todo va a estar bien, que él va a estar bien. Pero no es verdad y ambos lo saben. Entonces esperamos. Quizás, si los pronósticos de los doctores se siguen posponiendo, como nubes negras que amenazan con disiparse, es posible que la única hija que falta en este improvisado campamento del décimo piso alcance a llegar a tiempo.

—La está esperando —dicen como si fuesen capaces de adivinarle el pensamiento.

El avión, desde Tel Aviv a Santiago, atraviesa el océano mientras el sonido de la máquina conectada a su cuerpo sigue contando los latidos. El tiempo se acaba.

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ENTREVISTA - PARTE II

(19 de noviembre de 1996)

—Hoy es noviembre diecinueve de 1996, estamos en Santiago, Chile y el idioma es español —comienza a modo introductorio quien se presentará como Katy Renner; se dirige hacia la cámara con una voz suave, amable, mientras desliza sus manos por los hombros de Dezi intentando que parezca una muestra de cariño, de crear intimidad con su entrevistada. Pero Dezi no está cómoda y el gesto se convierte en algo forzado que termina por incomodarla más.

Ya sea por no estar habituada a las cámaras o por la reticencia a hablar de su pasado, mi abuela se mantiene inmóvil como si posara para una foto, con los labios estirados en una sonrisa forzada.

Sé que yo estaba ahí cuando se grabó la entrevista, pero ahora cuando me pongo a escribir esto, casi veinticinco años después, únicamente recuerdo que Dezi estaba muy nerviosa. No por lo que iba a decir, eso lo tenía claro, sino por cómo se veía. Se cambió tres veces de blusa y pasó varios minutos frente al espejo. «Te ves bien, abuelita», me hubiese gustado haberle dicho. Se lo digo ahora, pero no es cierto eso de que nunca es demasiado tarde.

—¿Me puede decir su nombre completo por favor? —dice Katy.

—Dezi Barsilai Herrera —hace una pausa— de Kalderon.

Deletrea cada palabra para que no haya posibilidad de errores en una eventual transcripción. Del otro lado de la pantalla pareciera como si me lo estuviera dictando. Obedezco y tomo nota, como si no lo supiera.

—¿La fecha de nacimiento? —Por su forma esquematizada de preguntar, asumo que son preguntas estándar para registrar todos los testimonios bajo un mismo patrón1.

—Mira. —Dezi se acomoda en la silla—. La verdad es que no sé si fue en 1925 o 1927, porque cuando volví a mi casa, en Salónica, estaba todo quemado y no pude encontrar nada.

—¿Y el mes y el día?

Dezi cierra los ojos unos segundos antes de responder.

—Supe por vecinos que había nacido el diecinueve de... —Levanta la vista—. Diecinueve de julio.

Pareciera ser una fecha que no tiene fresca en la memoria, como si le preguntaran por la independencia de Grecia o la capital de Ucrania.

—¿Qué edad tiene hoy?

—Voy a cumplir setenta, según pienso yo.

Sí, se ve de setenta y es así como la recuerdo hoy cuando pienso en ella, con esos lentes que le cubren dos tercios del rostro, bien maquillada, elegantemente vestida y combinada con el tapiz del sillón, como si ropa y muebles se vendieran por juego en una tienda por departamentos.

—¿En qué ciudad y en qué país nació?

—En Salónica.

—¿En qué país?

—Salónica —vuelve a repetir nerviosa, intentando guardar la compostura.

—¿El país? —insiste con ternura la periodista, como una profesora que, a través de la pregunta, intenta darle la respuesta a su alumna favorita.

—¡Ah! Grecia.

—¿Tenía hermanos?

—Sí, uno: Alberto. Pero casi no lo conocí. Se fue muy joven a Palestina. Luego de eso no supimos mucho de él, porque era muy difícil comunicarse en aquel tiempo. —Sus respuestas todavía siguen siendo mecánicas, pero intenta darles emoción apoyándolas con gestos de sus manos que mueve nerviosa.

—¿Qué recuerdos tiene de él?

—Era lo que ahora se llama un «playboy». —Sonríe por primera vez al evocar el recuerdo de su hermano—. Un chico muy inquieto. Le gustaba mucho tocar la guitarra y era un peluquero de damas de mucho nombre. —No sé por qué, pero me parece una exageración o una mentirilla blanca; gran parte de la narración de su infancia parece estar idealizada de una manera casi infantil, como si esos recuerdos se hubiesen quedado en la niña de ocho años que lo vio partir.

—¿Dónde tenía la peluquería?

—En la calle Kinali 2250. —Me sorprende que esto sí lo recuerde y sin un ápice de duda, a diferencia de su propio cumpleaños.

—¿Cómo era su relación?

—Como teníamos mucha diferencia de edad, teníamos poca. Me cuidaba como a una niña chica; cuando él estaba saliendo del colegio, yo recién entraba.

—¿Me podría describir a sus padres? —pregunta Katy ya fuera de cámara. Con un zoom el plano se concentra exclusivamente en Dezi y puedo ver con mayor detalle sus marcas de expresión, sobre todo en el entrecejo.

—Los dos eran de Salónica, pero mi papá me contó que nació entre Bulgaria y Grecia. No recuerdo el lugar exacto. —Se excusa y vuelve a moverse incómoda en el asiento.

Se ve que hace calor, pero las cortinas no se mueven. Deben haber cerrado las ventanas para mejorar el audio de la entrevista. Dezi transpira. O quizá solo está nerviosa. El primer plano intensifica sus gestos. Sus parpadeos y movimientos son erráticos.

—No se hablaba mucho con los padres en esa época —continúa Dezi—. Cómo será que cuando yo llegué a Alemania no sabía nada, me contaban de cosas allá que, por ejemplo —se interrumpe—, ¿no sé si te puedo contar de eso?

—Eso lo vamos a hablar después. Me interesa saber la relación que tenía con su papá y su mamá, antes de la guerra.

—Muy buena —responde con celeridad—, porque siempre se tenía que comer junto a los padres, sobre todo en shabat. Aunque nos veíamos poco porque yo iba al colegio y mi papá trabajaba de noche, entonces casi que nos cruzábamos en la puerta.

—¿Y cómo se llamaban los padres?

—¿De mi papá?

—No, sus padres —la corrige2.

—David Basilai.

—¿Y la mamá?

—Yamila. Herrera.

—¿Cómo era ella?

—Muy dulce, muy cariñosa y de muy poco hablar. —Vuelve a aparecer esa sonrisa nostálgica; hablar de Yamila la hace feliz y su postura se relaja—. Lo único que hacía todo el día era cocinar, como buena sefardí. Sobre todo en shabat.

—¿Cuándo la vio por última vez?

—En el tren. —La sonrisa desaparece, como si las frases que tendrá que pronunciar a continuación le generaran repulsión.

Quiero retroceder el video y borrar esa pregunta para que vuelva a sonreír, maldigo a la periodista por interrumpir la remembranza del pasado alegre y casi mágico en el que estaba sumida.

El video sigue y la sonrisa se convierte en un personaje secundario de esta película.

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EL TESORO ESCONDIDO

(23 de enero de 2014)

El desmantelamiento de una casa es lo más cercano al saqueo de una tumba. Parecemos aves de rapiña escudriñando entre los restos todavía frescos de una presa ajena, buscando objetos de valor y desparramando el cuerpo inerte de un lado al otro para encontrar más carne.

Conocemos de memoria cada espacio del departamento de mi abuelita3, en el décimo piso de Carmen Sylva 2850, en Providencia. Está intacto, suspendido en el tiempo. Hago memoria y no recuerdo ningún cambio significativo en casi treinta años. Ahí están las cortinas rojas del living combinadas en complicidad con los muebles de tapiz floreado, una reinterpretación kitsch del estilo victoriano. Algo así como la casa de muñecas que nunca tuvo.

Su pieza es otra cosa: un santuario de fotos familiares, en donde no hay espacio para ninguna más. Incluso, debajo de algunas de ellas hay otras escondidas, como capas de papel fotográfico apiñado que se asemejan a una cebolla. Durante años nos peleábamos en secreto por el protagonismo y la tribuna, rescatando nuestras fotos de la penumbra y volviéndolas a poner al frente para que las pudiera ver cada vez que entrara a la pieza. Pienso en cuántas veces enumeré las mías en comparación a las de mis hermanos. Había siete. Todos queríamos ser el favorito, aunque sabíamos que ese lugar lo ocupaba mi hermana, Karina: tenía doce.

Vuelvo a rescatar del fondo una de mis fotos para dejarla al frente, por última vez.

Nosotros, mis cuatro hermanos, mi madre y yo, nos paseamos mudos sin saber por dónde empezar. Hay algo de sacrilegio en la moda actual de clasificar las pertenencias en tres categorías: «Conservar» /«Donar» /«Botar». ¡Botar! ¿Qué derecho tenemos a decidir lo que carece de valor? Más aún cuando se trata de objetos que probablemente la acompañaron por más tiempo que nosotros mismos. Casi por derecho propio (no por meritocracia sino por permanencia) se han ganado su espacio en los primeros dos lotes. Las tazas, donde tantas veces me sirvió, al llegar del colegio, ese té colmado de azúcar al extremo de convertirlo en mermelada, «conservar». Los hiperdecorados y completamente dispares marcos de fotos, que sobrevivieron con mayor dignidad que las fotos emblanquecidas en su interior: «conservar». Cojines tan desgastados, que se niegan a dejarla ir de tal manera que todavía recuerdan su forma y mantienen embotellados los últimos rastros de su perfume. Revistas extintas con crucigramas a medio completar, tachados y vueltos a llenar. Lápices Bic, por montones, con el último rastro de tinta. Monedas devaluadas, sin valor histórico. Conservar, conservar, conservar y conservar.

Luego de una infinidad de objetos, las categorías dos y tres carecen completamente de utilidad; todo está agazapado en una sola pila, atestando el living en un equilibrio inestable y amenazante. Y eso es únicamente con lo que se puede vislumbrar a simple vista, sin siquiera abrir un cajón. Sin invadir la privacidad de su pieza.

Aún.

En mi memoria ahí solo había dulces. O pastillas, como les decía ella. «¿Una pastillita, mi pishundeto?». No recuerdo haberle aceptado jamás una4, ni saber qué significaba pishundeto. No exactamente. Otra cosa que nunca le pregunté. Lo usaba en tantos contextos que tanto podía tratarse de un cariñoso saludo o, incluso, de un reto. «Basta pishundeto». A veces lo usaba para decir fastidioso y revoltoso, y otras, regodeón o malcriado. Sin embargo, la mayoría de las veces era algo así como «mi amor».

Abro el cajón. Siguen habiendo pastillas, pero de otro tipo. Pastillas para el corazón, pastillas para la memoria. Para el colesterol. Para el dolor.

El primer cajón era un precario resumen de los últimos años, cuando la voluntad que retenía los recuerdos la había abandonado, quizá para sepultar a los enemigos de su pasado, que tironeaban desde lo más profundo de la memoria y amenazaban con emerger. Para eso estaban las pastillas, al alcance de la mano, para cuando la emoción sobreviviera al recuerdo y ella no fuera capaz de identificar lo que la había causado5.

Ansiolíticos y sedación para detener esa sensación estomacal de que algo va mal, de que algo terrible está por suceder, aunque ese peligro ya había sucedido hacía tiempo y solo quedaba huir de la memoria.

Lorazepam. Oxazepam. Alprazolam.

Botar. Botar. Botar.

Segundo cajón. Papeles. Estampillas. Fotos. Cuadernos amarillentos y notas en hebreo. Mi hebreo es horrible pero con algún esfuerzo logro leer, como un niño que quiere impresionar a sus padres estirando las vocales, y descubro que son indicaciones en fonética de dónde están escondidas sus cosas de valor... que ya no están ahí: un mapa del tesoro, sin tesoro.

De entre una pila de documentos quebradizos, cae una hoja suelta escrita a máquina, en inglés y con una firma al pie que ocupa un tercio de la carta: «Steven Spielberg, founder USC Shoah Foundation». Así, abandonada entre boletas de supermercado y recetas médicas, está el agradecimiento personal que le escribió el hombre detrás de La lista de Schindler por la valentía de narrar su historia y perpetuarla en el archivo audiovisual que el director estaba construyendo para preservar la memoria de todos los sobrevivientes del holocausto que aún quedaban con vida. Entre los cincuenta y cinco mil testimonios recogidos, está el de ella, sentada en ese mismo sillón que mira hacia Tobalaba, contando —con su mejor español— cómo entró a Auschwitz en 1943 junto a sus padres, y cómo salió, dos años más tarde, sola.

Guardar.

Una agenda. Reconozco la letra pequeña y redondeada, repleta de faltas de ortografía. Hay fotos pegadas y anotaciones en distintas fechas. En la primera página se lee «este libro es mi pequeño diario de vida». ¡El tesoro escondido! Nadie sabía de su existencia y estuvo ahí, anónimo por décadas, sin acumular polvo ni amarillando sus páginas, en el segundo cajón de su velador. Otro sobreviviente del tiempo. Cada página es una semana y, en los recuadros de cada día, hay textos escritos con una letra azul a veces ininteligible, algunas en hebreo, otras en griego y la mayoría en español. Es una narración desperdigada en el tiempo que se rige por la fecha (día y mes), pero el año puede saltar como una pulga del tiempo, abarcando varias décadas en una semana. Hay eventos de 1947 y otros de 1983 separados por apenas unos renglones.

Leo algunas inscripciones:

6 de enero:

mi primera foto en Grecia despues de bolver (sic) de Alemania.

Diciembre 1946

Al lado, pegada con precisión, una foto en blanco y negro de dos mujeres con abrigos cortos y piernas descubiertas en medio de un camino de tierra mirando algo que pareciera ser... un celular. Si no fuera por la fecha diría que se estaban tomando una selfie.

11 de enero:

partió el Pepito para israel con el colegio. Lo llamamos i lo esta pasando muy bien. ojala venga con mas animo i con ganas de bolver al colegio.

(1978)

17 de enero:

partieron la sol y Pepe a Venezuela. fue una despedida muy triste ya que dejo aca alas niñas conmigo.

(1976)

Sol y Pepe son mis papás. Las niñas —que ya no son niñas—, mis tres hermanas: Nicole, Dafne y Karina, que luego se reunieron con mis papás en Caracas cuando ya se establecieron. Yo nací allá, dos años después.

La mayoría de los textos se comprimen para restringirlos a los centímetros cuadrados que determina la agenda, pero otros, los más autónomos, deciden liberarse de la prisión de los márgenes y escapan sueltos atravesando el espacio que les corresponde a los días siguientes. Cuando la emoción supera al hecho, las palabras corren en caudal. Otras, las más, se remiten a narraciones concretas.

En la fecha de mi cumpleaños anota:

27 de junio

alfombrí la pieza y me costo $6.800 pesos. mi deseo hera hacerlo color calipso pero como soy indesisa lo hice beige.

(1977)

Ok. No puso los cumpleaños. Para corroborar la hipótesis viajo unas páginas hacia adelante, al 20 de octubre, el cumpleaños de Jacky, mi hermano menor:

20 de octubre

nacio en la clinica las condes el veinte de octubre mi 5 nieto Jaqui Andres. gracias a dios que todo salio bien ya que fue con cesaria y nacio con 20 dias antes. El brit es hoy despues de 15 dias. los padrinos son Vivi y Pepe. Peso 2900.

(1983).

¡Con lujo de detalles! Kilos, padrinos y clínica, versus una alfombra beige de $6.800 pesos. Además, sacando la cuenta, mi

hermano es su séptimo nieto, no el quinto6. Miro alrededor y planeo mi venganza: me voy a quedar con el diario. Me rio en voz baja. No lo hacía hace días. Se lo agradezco. Me recuerda su sentido del humor y su predisposición a estar siempre alegre, un optimismo innato, impensable luego de lo que le tocó vivir. Hay poder en la risa, pienso. Me parece que lo hizo a propósito, como un chiste de despedida.

Me llevo el diario, la carta, tazas y copones, un cuadro y la caja de música Grundig (para mi sorpresa fabricada en Núremberg), cuyas manillas eché a perder hace treinta años. Voy a arreglar la radio y cumplir mi promesa de escribir su historia.

—Fisho, tú vas a escribir todo lo que te contí ¿cierto? —me dice trayendo el postre «especialmente» hecho para mí.

—Sí, abuelita.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo. —Le señalo el postre—. ¿Qué es?

—Comeicalla.

Mi desconocimiento de gran parte de su pasado será nuestro último gran viaje de despedida por el territorio de su memoria.

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SALÓNICA

(19 de julio de 1935)

Dezi, mi abuela, no nos habló mucho de su infancia en Grecia. Ni a mí ni a sus hijos. Celebrábamos ritualmente su cumpleaños cada 2 de mayo entre olores a pan dulce, tortas y empanadas de jandrasho. Nunca me cuestioné que esa no fuese su verdadera fecha de nacimiento, hasta que, buceando por caramelos en las profundidades de una cartera que parecía no tener fin, me topé con su cédula de identidad que apuntaba al 19 de julio como su fecha de origen. La miré curioso.

—Elegí celebrar mi segundo nacimiento en vez del primero; cuando fuimos liberados de Auschwitz. Ahí volví a la vida. —Fue todo lo que me dijo y nunca más volvimos a hablar del tema.

Para ella no era tabú. Para mí sí.

No podía imaginarme a esta señora delgada y bajita, que llevaba orgullosamente en su Mazda plateado a todos quienes hicieran dedo, siendo torturada por soldados alemanes. Ella, que se preocupaba por decirles a todos los que se subían a su auto que era judía y así —con un servicio de transporte gratuito de cuarenta kilómetros por hora— mejorar la imagen de un pueblo lleno de enemigos, no podía haber pasado por los horrores de Auschwitz.

Tampoco necesitaba que me lo dijera. El miedo había quedado tan arraigado en su ADN, que yo podía sentirlo dos generaciones después, sin necesidad de un relato. El hecho de hablar de nazis y campos de exterminio sigue provocándome el mismo efecto que una uña arañando un pizarrón: una reacción tan desagradable como involuntaria y automática. Prefería no saber. No, lo que no quería era imaginar, no quería recrear esa imagen mental ni evocar sus recuerdos. Ella no dejó ser definida por eso. Jamás se dejó victimizar ni quiso ser recordada como una de esas mujeres que no piensan en otra cosa más que en su doloroso pasado, y siempre tuvo la elección de actuar como una sobreviviente que toma el sufrimiento con humildad, o una víctima, que lo enarbola con orgullo.

Quizás esa fuera una de la razones de su sobrevivencia: hizo de la esperanza una armadura para el dolor, convirtiendo los recuerdos en cosas selladas.

Pero volvamos a intentar recuperar su infancia, antes de que la barbarie corriera el velo de la ingenuidad: es el año 1935 en la Jerusalén de los Balcanes, Salónica7. La población es mayoritariamente judía y todos hablan ladino, ese judeoespañol medieval con algunas mezclas de hebreo, que suena a palabras inventadas o mal dichas.

David, panadero de profesión y herrero por heráldica, despierta a las cinco de la mañana, antes de que despunte el sol, y recorre en total oscuridad las doce cuadras que lo separan de su trabajo. Se enfunda su traje panaderil para comenzar a amasar la harina con sus grandes y pesadas manos —que perfectamente podrían prescindir del uslero— y elabora diversas recetas. Su especialidad: el nuevo pan de Viena, que emplea vapor de agua en sus primeras etapas de cocción, consiguiendo una corteza dura y crujiente. «El secreto está en la crocancia, Dudún», le decía a su hija cuando lo acompañaba al trabajo. Su mayor orgullo era la costra fina y brillante que bautizó con su propio apellido en diversos formatos: molde, barra o individual. Aún no lo sabe, pero el pan duro con una corteza de hongos, esa bazofia repugnante que no se la daría ni a los gatos de Kalamaria, sería lo que salvaría a su hija de la inanición algunos años después.

El negocio no prospera, la clientela no crece y los ingresos escasean, pero David mantiene la rutina: luego de tener las manos en la masa todo el día, en una soledad fantasmal, sin personal de apoyo, llega a casa, se acicala de punta en blanco (literalmente: traje blanco, camisa blanca y pantalones blancos), para ir a su café habitual y ponerse al día con los amigos.

Hoy es un día especial: Alberto, el primogénito, ha anunciado que se casa. Ronda para todos. Al principio la mezcla de ouzo y agua es meticulosamente aplicada en partes iguales, pero a medida que sube la música y comienzan los bailes, el agua escasea tanto como el pudor. Son en su mayoría judíos sefardíes, a quienes el gen de la inhibición no les fue heredado del todo. Platos al suelo, brazos al aire y muchos gritos de alegría siguen a cada brindis. David abraza a un puñado de amigos a quienes les puede sentir el anís en la saliva, bailando, dando saltos en el aire y golpeando el piso con los puños8.

Pero es viernes y la tradición indica que debe volver a cenar con la familia para celebrar shabat, además, es el encargado de llevar la jalá, trenzada y horneada por él mismo, y bendecir el vino que debía traer de la taberna. En casa lo espera Yamila con la cena lista. La imagen clásica de la esposa abnegada: luego de pasarse todo el día ajándose las manos lavando ropa de extraños a cambio de unos cientos de dracmas, llega a casa a cocinar durante el resto del día para recibir a su familia con un banquete digno de reyes, dominando como nadie el arte de la supervivencia mediterránea con los ingredientes más baratos de la feria (berenjenas, aceitunas y zapallos), bajo la consigna de no tirar jamás nada. Yanyá, como la conocen todos, sabe que el núcleo de toda cultura está constituido por su gastronomía, así que hoy, como manda la tradición, hay hamin: un ragout de carne con legumbres secas (trigo, garbanzos y porotos blancos) cocido durante todo el día a fuego lento. Un delicioso estofado de sobras.

Como perro en carnicería, Dezi sirve la mesa para cinco: los novios cenarán en casa para celebrar el compromiso, aunque de momento están solas en casa, sin rastro de los comensales que vienen ya con bastante retraso. Mira la comida con ansias bajo la atenta y cómplice mirada de la madre. Aun cuando sabe que es impensado comer antes de que llegue David, Yamila le cierra un ojo aprobativo para que se robe el huevo duro cocido en café y vinagre; una excepción que únicamente autorizaría el día de su cumpleaños y en Purim, así que Dezi lo acepta de inmediato «antes de que se arrepienta el faraón», como solía decir su padre ante las oportunidades que se presentan.

—Tómame cuando me ves... —le dice en complicidad Yamila.

—Y no cuando me quieres —responde Dezi con la boca llena.

Mientras se lo devora en dos mordidas cargadas de pimienta y sal, piensa que si su madre no le hubiese dado permiso se lo estaría comiendo igual, solo que con más culpa y a mayor velocidad, escondida en la pieza mirándose en el nuevo espejo que había recibido de regalo por la mañana. Cumplía nueve años, o diez. No podía esperar a que la vida empezara y su cuerpo creciera.

—¿Mamá?

Yamila levanta una ceja por toda respuesta, mientras termina las últimas labores del chape blanche que disfrutarán de postre, mezclando azúcar, agua y limón.

—¿Por qué se tiene que ir Alberto? —pregunta Dezi.

—Tu papá lo decidió así. —Era la respuesta obvia.

—Sí... pero ¿por qué? —ya no quedaban rastros del huevo y discretamente alargaba la mano por el segundo—, ¿tiene que ver con las marcas de la casa?

—En parte. —Yamila la mira buscando rastros de miedo—. Y porque tu papá no quiere que Alberto haga el servicio militar. Deja ese huevo tranquilo pishundeta.

—No quiero que se vaya. —Esconde las manos tras la espalda—. Y menos que se case con ella. La odio.

Como si oyera el llamado, el primero en llegar es el novio. Entra en la cocina con guitarra en mano entonando en ladino una extraña versión de cumpleaños feliz, enmarañando la pronunciación de las R, signo inequívoco del exceso de anís en la sangre. Besa a ambas mujeres en la frente y se sienta en la mesa, no sin antes robar su huevo del hamin.

—¿Y Regina? —pregunta Dezi felizmente sorprendida.

—No la invité.

—Pero... ¡pero es tu novia!

—Ya no me voy a casar. Es demasiado fea. —Toma a Dezi en brazos y la hace volar en una especie de danza arrítmica—. Pero no se lo digan todavía a papá.

—Demasiado tarde fishico, papá ya escuchó —dice David dejando la jalá en el centro de la mesa y comenzando a servir el vino en su copa.

—¡Papá! —Corre a abrazarlo Dezi.

—Primero la brajá —responde tajante—. Dudún, trae la copa de shabat.

Sin espacio a réplica, comienza con el rezo del vino y luego el del pan: Hamotzi lejem min haaretz, quien saca el pan de la tierra. Cada viernes cuando pronuncian en coro esta parte de la brajá, todos miran en sincronía a David y él asiente como diciendo «de nada». El pan es mitad obra de dios y mitad de David. Amén, amén. Dezi reparte la jalá entre los comensales. Siguiendo los pasos de un ritual propio, David toma el tercer huevo y con la boca llena le dispara una mirada inquisitiva a su primogénito, el peluquero de damas más famoso de Kinali (no precisamente por sus habilidades con las tijeras).

—¿Así que no te vas a casar? —dice la voz de su padre.

—No la conozco, papá. —Es todo lo que logra decir Alberto, escondiendo la vista.

—Eso no importa. Lo que importa es la tradición: era la prometida de tu primo y tras su muerte nos corresponde a nosotros que tomes su lugar.

—Pero...

—No hay peros. —Levanta la mano sin levantar la vista—. Se casan en un mes y parten de inmediato a Palestina. Está arreglado.

—El mazal de la fea la ermoza lo dezea9 —suelta Dezi con una risotada.

—Siempre hay un infierno peor —sentencia David—. Ahora a comer.

—Mi primo se murió a propósito, Dudún, para no casarse con Regina —le susurra en complicidad Alberto a Dezi, que no pudo evitar escupir la comida en medio de la carcajada, ante la mirada desaprobatoria de su madre.

—Mamá, este es mi plato favorito —dijo Dezi desviando la atención—. ¡Gracias!

—Como dios no podía estar en todas partes, hizo a las madres —dijo David guiñándole el ojo a su mujer y levantando la copa—. ¡Por los novios!

—Lejaim! —respondieron dos de los tres.

Sin saberlo, al casar a su hijo y enviarlo a Palestina, David y la tradición judía estaban salvándolo de recorrer Europa en un vagón de ganado para terminar depositado en Auschwitz, el campo de exterminio más infame de la historia.

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ENTREVISTA - PARTE III

(19 de noviembre de 1996)

—Cuando Hitler sube al poder en 1933, ¿ustedes se enteraron? —continúa la periodista.

—Nos enteramos, pero la verdad es que no le prestamos mucha atención: esto pasaba en otra parte y Salónica no tenía nada que ver con... con... —No quiere decir su nombre y deja que la frase se desvanezca. El silencio se hace eterno y la periodista no acude a su rescate.

Silencio. Se miran. Las miro. Estamos los tres incómodos.

—¿Había antisemitismo en Salónica? —Al fin, gracias.

—Sí. —Busca aire y desvía la mirada—. Yo era jovencita y tenía mucho miedo porque muchas puertas estaban marcadas. —Dibuja en el aire una cruz con una brocha imaginaria.

—¿Quién marcaba las casas? —Por primera vez la entrevistadora parece preguntar desde su curiosidad y no siguiendo una pauta preestablecida.

—Esto es lo que no se sabía, porque las marcaban de noche mientras estábamos durmiendo. —Pasea sus manos con movimientos erráticos antes de encontrar y atenazar con firmeza el posabrazos del sillón, que emite un leve crujido. Pausa dramática—. Muchas veces las marcaban con sangre. —Así era como me contaba las historias para que me comiera la comida, cargadas de efectos teatrales y silencios misteriosos.

—¿Cómo le afectaba eso a usted?

—Vivía con miedo. —Noto cómo se le aprieta el pecho al evocar el recuerdo—. Por eso mucha gente se fue a Palestina en esa época.

—¿Cómo se despidió de su hermano?

—Muy contenta porque fue el mismo día del matrimonio. —La tensión baja, pero no alcanza a dibujar una sonrisa; le da un respiro al posabrazos—. Se casó a las siete de la tarde. A las nueve y media ya partía para allá. Pero no partieron como marido y mujer, partieron como hermanos, porque estaba prohibida la inmigración a Palestina10. Entonces familias que tenían el permil, la visa —aclara—, los inscribían como hijos. Cómo será que después de diez o quince años mi hermano todavía no tenía su propio apellido registrado: supuestamente se llamaba Sadikario, que era el nombre de la señora que se los llevó.

—¿Y siguieron casados?

—Sí, tuvieron cuatro maravillosos hijos. —Se queda pegada en el recuerdo y de pronto cambia el semblante—. Mi hermano murió el año pasado.

—Después vamos a hablar más de eso. —La corta, sin delicadeza.