ANTES DE COMENZAR
Desde el inicio de la literatura, muchos escritores en el mundo han venido discurriendo sobre el sexo: de Egipto a Grecia, y a Japón, el tema es una de las principales preocupaciones humanas. Pero a pesar de los millones de libros publicados al respecto, todavía no entendemos nada del asunto, y no creo que Once minutos pueda hacerlo mejor: porque la única conquista viable en la sexualidad es acabar con las mentiras que pueblan nuestro imaginario, y eso sólo es posible cuando tenemos la osadía de practicar, de equivocarnos, pero de decir la verdad sobre lo que sentimos. Nosotros, los hombres, no tenemos el valor de decir a la mujer: enséñame tu cuerpo. Y la mujer tampoco nos dice: aprende cómo soy. Nos quedamos en el instinto primitivo de supervivencia de la especie, en la pseudo libertad de poder hablar abiertamente sobre el tema en la mesa de un restaurante, pero cuando estamos entre cuatro paredes, terminamos por descubrirnos como animales asustados, frágiles, inseguros. Lo que debería ser un momento mágico se transforma en un acto de culpa, de creernos siempre por debajo de las expectativas de los demás. Olvidamos que ésta es una de las pocas situaciones en la vida en que la palabra “expectativa” debe ser eliminada por completo.
En el transcurso de mi existencia, he vivido el sexo de muchas maneras diferentes y contradictorias: nací en una época conservadora, cuando la virginidad era esencial para definir a una mujer de carácter. Asistí al surgimiento de la píldora anticonceptiva y de los antibióticos, indispensables para la revolución sexual que seguiría. Viví intensamente el periodo hippy, cuando nos fuimos al extremo opuesto, practicando el amor libre en los conciertos de rock. Terminé volviendo a una época medio conservadora, medio liberal, con una nueva enfermedad contra la cual los antibióticos son inútiles, y en la que nadie sabe exactamente hacia dónde ir.
Pasamos a vivir en mundo de comportamiento-estándar: estándar de belleza, de calidad, de inteligencia, de eficiencia. Creemos que existe un modelo para todo y que, al seguir ese modelo, estaremos seguros. También establecemos un “estándar de sexo”, que en realidad está compuesto de una serie de mentiras: orgasmo vaginal, virilidad por encima de todo, mejor fingir que dejar al otro decepcionado, etcétera. Como consecuencia directa, ese tipo de actitud ha dejado a millones de personas frustradas, infelices, culpables.
Parte del mundo del escritor es reflexionar sobre su propia vida, y un libro sobre sexualidad se convirtió en una prioridad para mí. Al principio imaginaba partir directamente de una relación ideal entre dos seres; intenté diversos abordajes, y no lo logré. Hasta que, al conocer a la prostituta que sirve de hilo conductor de mi libro, entendí por qué no lograba desarrollar la historia: para hablar de sexo sublime, es preciso partir del punto donde todos comenzamos: el miedo a que todo salga mal.
Once minutos no se propone ser un manual ni un tratado sobre el hombre y la mujer ante el mundo todavía desconocido de la relación sexual. Es un análisis de mi propio recorrido, sin pretender, en ningún momento, juzgar lo que viví. Me costó mucho aprender que el encuentro físico de dos cuerpos es más que una simple respuesta a ciertos estímulos carnales o al instinto de perpetuación de la especie. En realidad, lleva consigo toda una carga cultural del hombre y de la humanidad.
El sexo es una de las áreas de la vida en que la mentira se acepta como algo normal. Mentimos para dar placer al otro, sin darnos cuenta de que esa mentira puede —y va a— infectar todo lo que es más importante. Olvidamos que ahí está la manifestación de una energía espiritual llamada amor.
Esta comprensión es muy difícil de poner en términos prácticos, pero debemos intentarlo. Entonces, lo primero es entender que está compuesta de dos extremos, que caminarán juntos durante todo el acto: relajamiento y tensión.
¿Cómo poner esos estados opuestos en sintonía? Muy fácil: no tener miedo de equivocarse. En la medida en que la búsqueda de placer se realiza con entrega, con sinceridad, sentimos que el cuerpo se va tensando como la cuerda de un arco, pero la mente se va relajando, como la flecha que se prepara para ser disparada. El cerebro ya no gobierna el proceso, que pasa a ser conducido por el corazón. Y el corazón utiliza los cinco sentidos para mostrarse al otro: tacto, olfato, vista, oído, gusto, todos están involucrados, como en las experiencias de éxtasis religioso. Es curioso que, en la mayoría de las relaciones sexuales, las personas intentan usar sólo el tacto y la vista: actuando así, empobrecen la plenitud de la experiencia.
Si alguien se entrega por completo, rompe el bloqueo del otro, por más fuerte que éste sea. Porque el acto de entrega significa “confío en ti”. En ese momento, entra en juego la verdadera energía sexual, y ésta no se concentra solamente en las partes que llamamos “eróticas”. Se derrama por todo el cuerpo, por cada hebra de cabello, por cada punto de la piel. Cada milímetro está ahora emitiendo una luz diferente, que es reconocida por el otro cuerpo y que se combina con él.
Cuando eso ocurre, entramos en una especie de ritual ancestral, que es una oportunidad de transformación. Un ritual, sea cual fuere, exige que estés listo para dejarte conducir a una nueva percepción del mundo. Y es esa voluntad la que hace que el ritual tenga sentido.
¿No es complicado todo esto? Es mucho más complicado hacer sexo como vemos que se hace hoy, un simple acto mecánico que provoca tensión durante su transcurso y un vacío al final. Es preciso tener conciencia de que cuando dos cuerpos se encuentran, están entrando juntos en un territorio desconocido. Transformar eso en una experiencia banal es perder la maravilla de la aventura.
Pero nada de eso se puede aprender en un libro, que en realidad sólo comparte la experiencia o la visión de su autor. El sexo significa, ante todo, tener el coraje de vivir sus paradojas, su individualidad, su voluntad de entrega. Para eso fue que escribí Once minutos: para ver si podía decir, a estas alturas de mi vida, a mis cincuenta y cinco años de edad, que tuve el coraje de aprender todo lo que la vida quiso enseñarme al respecto.
PAULO COELHO Julio de 2003