Prólogo

PRÓLOGO

Cuando decidí escribir este libro, pensé que serían simples relatos acerca de las mujeres, pero al hacer memoria y recordar vivencias propias, que también están volcadas aquí, me di cuenta de que estaba ante un libro muy especial. Y esta sensación se hizo aún más fuerte cuando muchas mujeres cercanas estuvieron dispuestas a abrir su alma y a contarme sus experiencias.

Ha sido impactante compartir tantas situaciones por las que pasamos las mujeres en la vida por el solo hecho de ser mujeres, es decir, por pertenecer al género femenino. Pude sentir en carne propia ese dolor, el sufrimiento, pero también la alegría, la valentía y la resiliencia que nos caracteriza. Encontrarme con estas historias me hizo sentir orgullosa de ser mujer; porque a pesar de lo que sufrimos y seguimos luchando, no dejamos de ofrecer amor. Enfrentamos, como podemos, lo que nos sucede, nos caemos y luego nos levantamos, nos sacudimos el polvillo y seguimos construyendo en todas las instancias y momentos con amor.

Además, escribir los relatos de tantas pioneras me hizo descubrir lo que debe haber sido soñar con derechos que nunca ninguna otra había alcanzado, y asumir el desafío de luchar por ellas mismas y por todas las demás, por las generaciones que vendrían después.

Esos indudablemente son los relatos que tienen un sabor tan picante como la pimienta.

A estos se sumaron los cuentos dulces, dulcísimos, como una porción de torta, que son los que nos hacen pensar en el momento que los vivimos “qué lindo que soy mujer”.

Y los otros, los amargos, como un café sin azúcar, que nos hacen gritar “qué bronca, esto me pasa porque soy mujer” o “¡qué dolor, cuánta impotencia!”.

Y también están los relatos agridulces, como una salsa chutney con la mezcla del damasco y las especias.

Mujeres de mi vida: estoy agradecida de que hayan estado dispuestas a contarme sus vivencias. Me encantó ponerles voz.

Por último, espero disfruten del compendio de mundos íntimos que es este libro dedicado a las mujeres, pero también a los hombres que quieren conocer más acerca del alma de una mujer. Los invito a que nos adentremos en estos universos.

VIVIANA RIVERO

Agridulce
1
LA MAGIA DE LA NAVIDAD

Ella compra regalos para cada uno de los niños y de los no tan niños de su familia, los elige con cuidado, hace días que medita sobre qué preferirán y qué les gustará más; los envuelve y les pone tarjeta con el nombre de quien corresponde, los esconde, sonríe. A los más pequeños les explica que vendrá Papá Noel. Desempaca el pinito que junta polvo desde el año pasado, lo limpia, lo arma. Hace lo mismo con el pesebre; los niños lo ven y se emocionan. Por último, termina colgando la guirnalda de moño rojo en la puerta. La magia de la Navidad se ha instalado en su casa.

Sale a la calle y hace las compras para elaborar las comidas propias del festejo que todos esperan: vitel toné, pionono, etcétera. ¡Uf, cuánta gente hay en los negocios! Las filas para pagar son interminables, le duelen los pies.

En unas horas será Nochebuena, y ella cocina. Cocina y cocina. Pela y corta las naranjas para la ensalada de frutas. Se agota, quiere descansar, pero no puede, debe armar la mesa primorosamente. ¡Qué lindas servilletas de color verde que conseguí!, piensa mientras las coloca atadas con un moño dorado. La magia de la Navidad.

Son las nueve de la noche, llega toda la familia, hay algarabía. Su hermana le cuenta que, igual que ella, ha estado comprando y envolviendo regalos, cocinando, ilusionando a los niños con Papá Noel. Tal como alguna vez también lo hizo la madre de ambas y, más lejos en el tiempo, su abuela.

La noche transcurre entre regalos, villancicos, confituras y pan dulce. Las horas avanzan y lentamente el festejo se va apagando, dejando en el piso papeles brillantes usados, estrellitas que ya alumbraron, y platos sucios que decide lavará mañana. Los invitados se marchan, la familia se va a la cama. Ella termina la velada sentada en la silla del patio suspirando fuerte mientras se quita los zapatos y, cansada, pisa el pasto. Mira la luna sin imaginar que desde el firmamento la estrella más bonita se posa adrede sobre su cabeza y la alumbra con tanta fuerza casi como el sol. Se trata de un premio intangible que fuerzas superiores le dan, uno que ni siquiera ella se entera de que se ha ganado. Se lo merece, esa semana es quien ha sostenido la magia de la Navidad; porque hay una realidad, el 95 % de esta celebración descansa sobre la mujer de la casa; ella es quien les recuerda a los que viven en su hogar el encantamiento de la época del niño del pesebre y la fuerza de ese nacimiento, con sus actos, y quitando horas a su descanso les trae a la memoria la dulzura de la época. Ella dirige la orquesta de esa magia. Solo ella. Porque la magia de la Navidad y ella son casi lo mismo.

FIN

Amargo
2
MIEDO

Es invierno, la noche cae pesada y helada sobre las calles desiertas de Buenos Aires. Estoy cansada, acabo de salir del gimnasio y comienzo a caminar las siete cuadras que me distancian de mi departamento. En la calle no queda nadie, y el único negocio que suele estar abierto ya cerró. Hoy se me hizo más tarde, me demoré charlando con dos de mis compañeras con las que nunca había conversado, tomamos un jugo juntas y nos fuimos justo cuando cerraron. Nunca me quedo luego de hacer mi rutina, no me agrada volver tan tarde. No es seguro y menos para una mujer. Escondo en el abrigo mi pelo largo y claro en un intento de ocultar que soy una chica, ¡pero a quién quiero engañar! Sé que la calza azul apretada muestra mis curvas femeninas. Avanzo cien metros, primera cuadra, una menos, me digo aliviada. Aun así, acelero la marcha y llego a la segunda. Cruzo la calle y justo allí, cuando comienzo la tercera, empiezo a sentir pasos detrás de mí. Los metros transcurren entre pavor e incertidumbre. ¿Acaso alguien me está siguiendo? ¿Quién es? Marcho a paso acelerado y la persona hace lo mismo, me doy vuelta y no tan lejos descubro la figura de un hombre alto y joven que trae puesta la capucha del abrigo. El terror me eriza la piel. ¡Sí, me sigue! Recuerdo las recomendaciones de mi madre y mi respuesta: “No te anotes en el gimnasio a esa hora, es muy tarde y puede ser peligroso para una mujer”.“Pero si solo son unas pocas calles”. Ambas teníamos razón.

¿Ese hombre querrá robarme? ¿O quiere hacerme algo peor? A mi mente viene sin mi permiso el recuerdo de lo que le pasó a una amiga años atrás. La violaron a la salida del boliche. ¡Carajo! ¡Odio ser mujer, odio este terror que en algunas oportunidades ya sentí!

Camino tan rápido que ya casi corro; pero mi perseguidor también comienza a hacerlo. El corazón me late con violencia. Me maldigo por haberme quedado tomando el jugo y charlando. ¡Me maldigo por ser mujer! Cuarta cuadra, pasa un auto, adentro un grupo bullicioso escucha música, desesperada le hago señas con los brazos en alto; pero ellos ni siquiera se percatan de mi existencia. ¡Carajo! ¿Y si grito? Decido dejar esa opción para el caso de que el hombre me atrape. Quinta cuadra, corro. Él también. La distancia que nos separa se achica. ¿Y si golpeo en una casa? ¿O toco el timbre en un edificio? La crudeza de la respuesta me golpea: si alguien no sale rápido, el desconocido me atrapará. Sin pensarlo y solo guiada por el instinto, cruzo de calle, el frente está más iluminado. Para mi suerte, pasa un ómnibus y obliga al individuo a demorarse en cruzar; lo que me hace ganar unos metros de ventaja.

Cuadra seis, corro a todo lo que me dan las fuerzas. Ya casi llego, pero él también, me parece escuchar sus jadeos. Tomo la llave del bolsillo, no sé cómo haré para entrar, él puede forzarme e ingresar también, lo que será peor.

Llego a la puerta de vidrio, intento meter la llave, pero fracaso porque unas manos fuertes me toman de la cintura con violencia, me dan la vuelta, me fuerzan. Las llaves caen al piso y nosotros dos también. ¡Mierda!

—¡No, no! ¡Dejame! Grito sin atreverme a mirarle la cara; no quiero verlo.

Pero él, que sí quiere, me obliga por la fuerza a mirarlo. Yo aún no lo sé, pero es el terror de mis ojos lo que más lo excita. Manosea mis senos. ¡Estoy perdida!

Continúo chillando y forcejeando sobre la vereda del edificio cuando en medio de la lucha alcanzo a escuchar otros gritos más débiles, provienen desde adentro. Dos chicas que evidentemente venían bajando por el ascensor con la intención de salir a la calle, al ver lo que está sucediendo, ahora gritan mientras golpean el vidrio. El encapuchado, que con las manos en mi cintura intenta bajarme la calza, al descubrirlas, se detiene, duda. Las muchachas gritan, pero, aunque no le abren, se hacen oír. Los instantes se me hacen eternos. Yo, que sigo forcejando para sacarme de encima al hombre, no veo nada, pero atrás mío y tras el vidrio aparece el portero con un palo en la mano, junto a otro vecino. Mi atacante se pone de pie y se escapa corriendo mientras la puerta se abre y salen en mi ayuda los cuatro que estaban tras el vidrio. Yo aún en el suelo sollozo, las chicas me consuelan, los dos hombres llaman a la policía. Tiemblo, tengo miedo, terror. Me llevan adentro. Sentada en el piso del palier lloro amargamente, por el ataque, y de rabia por ser mujer.

FIN

Amargo
3
MADRES QUE EDUCAN A HIJOS VARONES

LA CASA DE ROSA

La escena en la cocina es hogareña y dulce, exhibe un momento de familia de esos donde actitudes y pequeñas frases enseñan y educan sin estridencias. Rosa saca del horno las milanesas mientras sus hijos, los mellizos Cata y Juan, de ocho años, juegan en el suelo. La niña arma un rompecabezas y el niño construye una ciudad con legos; cada uno está concentradísimo en lo suyo.

—Cata, poné la mesa por favor —ordena la voz de la madre.

—No puedo —responde la niña, que tirada en el piso lucha con una pieza del puzle.

—¿Se puede saber por qué?

—Estoy jugando.

—Ponela. Ya está lista la comida.

—¿Por qué no la pone mi hermano?

—Hacelo vos.

—¿Por qué él no?

—Porque es varón.

LA CASA DE BLANCA

La escena en la vereda es motivadora, alegre. Blanca cierra la puerta de su casa y sube al auto junto a su hijo Joaquín y a un compañerito de su mismo grado. Los llevará al club, hoy juegan la final del campeonato.

—El entrenador pidió que estemos una hora antes —le aclaran los chicos.

—Tranquilos, llegaremos bien —dice ella mientras escucha que su hijo le dice al amigo:

—¡De suerte que arreglaste tu camiseta! —exclama Joaquín mirando la parte que ayer estaba descosida. Sabe que el entrenador le ha dado un ultimátum para que lo haga; de lo contrario no podría jugar.

—¡Sí, la cosí!

—¿La cosiste vos?, le pregunta Joaquín riendo.

—No, mi hermana.

—¿Y por qué no la arreglaste vos? —pregunta Blanca, a quien no le ha gustado la risa de su hijo y empieza a barajar la idea de que tal vez ese sea el momento adecuado de enseñarle a Joaquín que los hombres también pueden coser su ropa. El compañerito le responde:

—Porque las mujeres cosen, y los hombres no.

—¿Y quién dice eso? —pregunta Blanca.

—Mi mamá —responde el chiquillo.

La respuesta shockea a Blanca. Se siente boicoteada por otra mujer.

LA CASA DE LILA

—Bruno… ¿Dónde me decís que van a estar? —pregunta Lila a su hijo.

—En la placita que está a mitad de cuadra.

—¿Seguro que no se mueven de ahí?

Lila duda en otorgar el permiso. A pesar de que Bruno ya tiene once años, aun así le da miedo; pero son vacaciones de invierno, ya no sabe que más hacer con sus hijos y la verdad que el lugar está a muy cerca, a cincuenta metros de su casa. Solo tres viviendas la separan de la plaza.

—Dale, ma.

—Bueno, pero en dos horas te quiero acá.

—Sí, claro, mami —dice Bruno.

—¿Y yo puedo ir con él?

Se escucha la voz de Melisa, su hija de casi la misma edad.

—¿A la calle?

—Sí, seguro en la plaza también están las chicas. ¿Me das permiso?

—No.

—¿Por qué?

—Porque sos mujer. Las nenas se quedan en la casa.

Melisa refunfuña y desde la puerta de su cuarto, a punto de dar un portazo, explota y grita:

—¿Sabés qué? ¡Odio ser mujer!

—Ah, ¿sí? Andá acostumbrándote —dice su madre de manera inmutable.

FIN

Picante
4
TIERRA DE MUJERES

ISLANDIA, 24 DE OCTUBRE DE 1975

Sigrún Hermannsdóttir saludó a su amiga María en el teléfono y dio por terminada la llamada con la frase:

—Te veo en una hora. ¡Vivan las mujeres!

María le respondió igual. Sigrún trabajaba en el banco y su amiga en el periódico; una era rubia, la otra morocha, una tranquila, la otra osada, ni siquiera tenían las mismas ideas políticas, pero esa jornada estaban hermanadas por algo tan grande que esas menudencias no importaban.

Al fin había llegado el día que venían planeando desde hacía un año. No estaban seguras de si lo que estaban a punto de hacer les traería los resultados que esperaban, pero solo saber que las mujeres del país entero estaban involucradas las emocionaba. Todo se había iniciado muchos meses atrás, con reuniones donde algunas oficinistas habían expuesto que no lograban equiparar sus sueldos con los de los hombres que realizaban las mismas tareas que ellas. Esas tertulias femeninas que comenzaron de manera informal con el tiempo se consolidaron con más trabajadoras de distintas empresas que padecían el mismo problema. Luego, a esa actividad se agregó un programa de radio que empezó a ser escuchado por las amas de casa, lo que condujo a que ellas también se sumaran al movimiento que ese día llevaría a cabo la gran protesta nacional.

Las mujeres de Islandia se habían encargado de hacer correr la voz de una en una sobre levantarse juntas; en el último tiempo algunos grupos organizados de mujeres habían visitado distintos lugares del país para explicar lo que estaban a punto de concretar, motivando a las demás para que fueran parte; y ahora el género femenino del país entero se hallaba en estado de ebullición a causa de la gran protesta organizada, cuyo detonante había sido una simple pregunta: “¿Cómo podemos hacerles saber a los hombres que si las mujeres no realizamos nuestras tareas diarias, también se detendrá el mundo de ellos? Nuestro trabajo vale, pesa en la sociedad, y si no nos igualan los derechos, pararemos y entonces el mundo masculino también se detendrá”.

Decidieron convocar a una huelga esa jornada; pero esta palabra, debido a sus connotaciones políticas, había inquietado a muchos, razón por la cual decidieron llamarla “un día libre”. La idea la había sugerido una dama mayor. Porque los jefes podían despedir a alguien por hacer huelga, pero no por tomarse un día libre. Y así lo habían promocionado, pues todas las mujeres de Islandia debían parar de trabajar. Por 24 horas ninguna movería un dedo, ni siquiera las amas de casa. No se tenderían las camas, no se cocinaría, no se cuidaría a los niños, y los hombres tendrían que encargarse de esas tareas; igual pararían las operadoras de teléfonos, las fileteadoras de pescado, las que trabajaban en el diario, en el banco, las dependientas de tiendas y demás negocios.

Una empleada de las manufactureras de pescado había dicho en el noticiero cuando le consultaron: “Estoy harta de ver cómo al hombre que trabaja a mi lado fileteando pescados le pagan el doble solo por no ser mujer. Así que si me preguntan si iré a la protesta, digo que sí, que claro que me presentaré en la plaza”.

Esa mañana, Sigrún saludó a su amiga y comenzó a prepararse para partir al “día libre”. Ella trabajaba en el Landsbankinn y faltaría. Sabía que lo que estaba por hacer le podía costar su trabajo, pero no le importaba, estaba demasiado harta de que en el piso bajo del banco trabajaran las mujeres efectuando todas las tareas, y de que las órdenes solo salieran de la parte alta del edificio, habitada únicamente por el género masculino. Ellos mandaban y siempre lo harían si ellas no se quejaban de manera contundente; y si venía organizando la protesta, era porque estaba cansada de que al banco entraran a trabajar muchachitos a los que ella les enseñaba el oficio y que en poco tiempo se convirtieran en sus jefes. Porque había una realidad: por más eficientes que fueran en su labor, jamás serían ascendidas de cargo simplemente por ser mujeres. Esa injusticia debía acabarse, ellas lo habían pedido de buenas maneras, habían rogado, pero nadie hacía nada. Los jefes se escudaban en la frase: “Así son las cosas”.

A punto de salir, el teléfono volvió a sonar, era una de sus compañeras del banco. La chica le preguntó:

—¿Estás lista?

—Sí, nerviosa, pero lista.

—Una pregunta: ¿vas a maquillarte?

—No.

—¿Irás bien vestida?

—¿A qué te refieres?, preguntó Sigrún.

—A si te pondrás vestido y tacones.

—No, la idea es que queremos quejarnos. No deseamos acceder al sistema de poder impuesto y establecido por los hombres. Lo que queremos es cambiarlo. Hoy lo importante son las ideas y no el aspecto, y queremos que también lo entiendan por la imagen que damos.

—Tienes razón, iré de jean.

Se despidieron con la misma frase de “Vivan las mujeres”. Luego Sigrún se dio una última mirada en el espejo grande de la sala.

Llevaba el cabello suelto con flequillo, acababa de cortárselo. Calzaba jean de botamanga ancha y una polera roja. Así iría, habían decidido entre todas que a la protesta se presentarían vestidas de manera simple; nada de esos vestidos arreglados que marcaban la cintura, esos que por años habían usado sus madres y abuelas; tampoco llevarían peinados complicados que tardaban horas en la peluquería. Recordó las frases “las mujeres deben dormir con ruleros, pero tienen que colocárselos a la noche, cuando sus maridos ya se han dormido, para que no las vean desarregladas”, y “las esposas deben levantarse antes para tener tiempo de maquillarse y que no las vean con mala cara”.

Esa manera de pensar, junto con las desigualdades laborales, las había cansado; y ya no querían seguir siendo las mismas. Habían llamado a que las mujeres de todo el país salieran a la calle a reunirse, que se declararan en queja; por 24 horas ninguna mujer movería un dedo, así ya verían lo que le pasaría al mundo. Los hombres se darían cuenta de cuán necesarias eran.

Sigrún tomó la cartera junto a las llaves, y entonces, a punto de salir, sintió terror, porque una duda se clavó en su interior: ¿y si solo somos un puñado las que paramos?, ¿y si a la plaza solo vamos unas pocas?, ¿y si hacemos el ridículo? Recordó la frase que algunas decían: “Pierden el tiempo, esto jamás cambiará”. Suspiró fuerte, tomó coraje y salió dando un portazo. No importa que seamos 30 o 40 en cada ciudad, al menos todo el país se quejará, pensó. No sabía qué le deparaba el día, pero estaba haciendo lo que le dictaba su corazón y eso le daba fuerzas.

FIN

Picante
5
VIENTO DE MUJERES

ISLANDIA, 24 DE OCTUBRE DE 1975

María Sigurdardóttir terminó de saludar por teléfono a su amiga Sigrún y sin paciencia salió a la calle. Ya no quería quedarse ni un minuto en su casa juntando nervios, deseaba ir ya mismo a la protesta del “día libre”, sabía bien que, aunque la nombraran así, era una verdadera huelga y de las más duras. Nadie iría a trabajar y habían preparado un palco en el que varias mujeres representativas de la sociedad darían fuertes discursos en reclamo por la desigualdad frente a los hombres.

Caminó dos cuadras mientras el viento le volaba el pelo, llevaba puesta una pollera corta bajo la cual refulgían largas medias rojas; algunas mujeres en señal de protesta habían decidido ese color. “Las medias rojas”: así llamaban algunas al grupo donde se reunían. Lo lindo de ser “medias rojas” era que podían serlo por una tarde, o cuando el marido no estaba, o serlo siempre, porque la característica de lo que había surgido en Islandia era la libertad en todos los sentidos; no tenían una líder y por lo tanto todas lo eran. No estaban impregnadas de ideologías políticas porque dentro de los grupos las había de todas las tendencias. Estas eran las cosas que la habían cautivado y convencido de que se trataba del camino correcto para lograr las mejoras que buscaban. Estaba harta de que en el diario donde trabajaba las mujeres solo pudieran realizar el trabajo duro, es decir, ser las mecanógrafas. Los periodistas solo eran hombres. Claro que había correctoras que se encargaban de corregir y embellecer las notas que escribían ellos y, muchas veces, reescribirlas; pero si pedían escribirlas de cero, les decían que no.

Esa semana, ella había disertado en la radio y había podido sentir la fuerza del movimiento femenino. Hablar en la emisora de lo que la preocupaba la había emocionado. La radio pública las había apoyado permitiéndoles conducir su propio programa y dejándolas expresar sus ideas sin filtros, lo cual era mucho.

María pensaba en estas cosas mientras caminaba las calles apretando la cartera bajo el brazo. Avanzaba cuando pudo ver que el banco estaba cerrado, igual que la tienda donde compraba el pan, y también todos los negocios de la ciudad que eran atendidos por mujeres. Al ver uno tras otro con las persianas bajas se le erizó la piel de la espalda por la emoción; sabía que las aerolíneas también habían cancelado los vuelos, los teatros habían suspendido sus funciones y hasta los colegios no habían abierto sus puertas. María soñaba con cambiar el mundo, por mejorarlo para todas, incluidas las que vendrían. No quería que las que hoy eran niñas tuvieran que pasar lo mismo que ella: que el día de cobro su compañero varón recibiera el doble o que le negaran la posibilidad de escribir una nota a pesar de que podía hacerlo mejor que muchos de los hombres.

Apuró el paso y justo después de la subida lo vio, no estaba sola, muchas mujeres comenzaban a acercarse. Cada vez aparecían otras y otras. Las mujeres bajaban hacia el lugar del palco como auténticos ríos, eran cientos, no, miles. Miles y miles. Sintió deseos de llorar, no había esperado tanto. Traían pancartas, cantaban, reían; el ambiente era una auténtica fiesta; la algarabía reinaba. Llegaban desde todos los puntos cardinales, se juntaban más y más; muchas habían viajado especialmente, otras como ella simplemente salieron de sus casas y caminaron unas calles. Observó a su alrededor y vio mujeres hasta donde le daban los ojos, eran un mar, un enorme océano colorido. Ella no sabía que los diarios del mundo al día siguiente confirmarían que el 90 % de las mujeres de Islandia se habían tomado “el día libre”.

María descubrió que junto al escenario había decenas de periodistas extranjeros. ¡El mundo nos va a oír! ¡Al fin nos van a oír!, pensó mientras le caían las lágrimas. A punto de comenzar el acto, cuando la primera disertadora empezó a subir, las mujeres, sin ponerse de acuerdo, pero tal como si lo hubieran hecho, comenzaron a cantar el himno que las había distinguido el último año. De a poco cada grupo iba sumando su voz, conocían las palabras y las hacían suyas: “Y nuestros hijos dirán: mira, mamá lo ha arreglado. Este es el mundo en el que quiero vivir. ¿Pero me atreveré? ¿Puedo? ¿Lo haré?”.

De repente no quedó mujer sin recitarlo; lo cantaban a una misma voz y con la fuerza de la tempestad. El ambiente se paralizó y hasta el viento se detuvo, no eran miles sino una sola. Allí estaban las más cultas de la sociedad y las que hacían los trabajos más rudos y simples; las que tenían hijos y las que no; las mayores y las jovencísimas; las conservadoras y las liberales; las que vivían en grandes casas lujosas y las que apenas contaban con una pieza. Las había casadas, solteras, viudas. Todas juntas siendo una sola. El género femenino despertaba y nunca más se quedaría mudo. El espectáculo era electrizante y abrumador, todas cantaban y muchas lloraban. No estaban furiosas, simplemente había llegado el momento y ellas habían aceptado realizar la parte que les tocaba.

FIN

Nota de la autora: terminado el acto, algunas dirían frente a las cámaras que acababan de vivir el momento más importante de sus vidas, junto al nacimiento de sus hijos. Actualmente, Islandia está considerado uno de los mejores países donde vivir para una mujer, y mucho se debe a lo que ellas consiguieron en esa famosa protesta femenina del año 1975. En 1980 los islandeses fueron los primeros en el mundo en tener una mujer como presidenta, elegida democráticamente.

Picante
6
SOL DE MUJERES

ISLANDIA, 1946

Vigdís Finnbogadóttir es una adolescente rubia, desgarbada, y desde niña le encanta mirar los barcos. Todos los días va al puerto, vive muy cerca del lugar. Pasa largo rato observando las embarcaciones y mientras el viento vuela su cabello, imagina a qué lugares lejanos partirán; esos sitios que ella desea conocer. Quiere ver el mundo entero, viajar, tiene curiosidad por observar cómo es la vida más allá de Islandia, su hermoso país. Sueña que algún día se irá a pesar de que en su casa siempre se entabla la misma conversación; la que ha tenido con su madre, con su padre, también con sus tías y hasta con vecinos; porque su afán de escuchar otras respuestas la ha llevado a hablar con infinidad de personas. Pero el diálogo es casi siempre igual, con más o menos palabras, pero se resume en las mismas ideas:

—Hola amorcito, ¿dónde estabas? –pregunta su madre.

—En el puerto –responde Vigdís.

—Ah, siempre mirando los barcos, no sé qué piensas encontrar en ellos.

—Nada, solo me gusta observarlos porque me imagino que van a lugares lejanos y eso me pone contenta. Despierta mi imaginación sobre cómo son esos sitios.

—Islandia es bonita y la tienes cerca.

—Sí, pero me gustaría conocer el mundo entero.

—El mundo es grande, ¿cómo piensas hacerlo?

—Seré capitana de barco.

—Pero cariño, eso no puede ser.

—¿Por qué?

—Porque eres niña.

—Si fuera varón, ¿podría ser capitán?

—Sí, pero eres mujer.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Quiere decir que te vas a casar y vas a tener hijos. Lo de ser capitana y viajar es un sueño loco.

—Pero quiero conocer el mundo.

—Ya te harás grande y se te pasará.

***

Gudrún Erlendsdóttir es una típica niña islandesa, su casa queda cerca de la de Vigdís, pero nunca hablan entre ellas, porque la diferencia de edad, aunque son solo unos pocos años, las hacen vivenciar distintas etapas. Pero si charlaran, encontrarían muchas más similitudes, además del hecho de que ambas tienen los cabellos del color del sol; si conversaran, hallarían puntos en común en sus deseos y en las respuestas que encuentran cuando exponen sus sueños. Gudrún ha repetido con sus padres esta conversación:

—Mami, cuando sea grande quiero ser abogada.

—Mi amor, solo eres una niña.

—Ya sé, por eso digo cuando sea grande.

—Pero eres mujer.

—¿Y qué tiene que ver?

—Que las mujeres no son abogadas.

—¿Por qué?

—¿Porque apenas tengas dieciocho años te querrás casar y te olvidarás de ser abogada.

—Pero quiero ser abogada, aunque me case.

—Hum…

—¡Si tengo que elegir, seré abogada!

—Deja de decir tonteras.

FIN

Nota de la autora: Vigdís y Gudrún participaron en el famoso día de la protesta en 1975. Fueron oradoras en el palco. Ellas han contado en notas grabadas acerca de esos diálogos que mantenían con sus familias sobre sus sueños, y cómo fue necesario persistir.

Vigdís Finnbogadóttir en 1980 fue la primera mujer presidenta de un país en el mundo y estuvo 16 años en el cargo. Actualmente tiene 95 años.

Gudrún Erlendsdóttir se recibió de abogada, fue profesora universitaria, jueza y en 1982 se convirtió en la primera mujer parte del Tribunal Superior de su país; lo presidió durante dos mandatos. Actualmente tiene 89 años.

Dulce
7
INTIMIDAD DE MUJERES

Las cinco amigas se han reunido en lo de Sonia, ella suele poner su casa y preparar café con torta cuando situaciones como la de esa tarde lo ameritan; a veces la juntada es para celebrar momentos felices y otros, como en esta oportunidad, para consolar tristezas, esta vez porque Gabriela les había anunciado por teléfono que se separaba después de 15 años de matrimonio. Las cinco se conocen desde la escuela y se quieren.

Con los años, a sus maridos no les quedó otra opción que también hacerse amigos y se juntan a jugar al fútbol. Ellas, por su parte, se reúnen una vez al mes, pero a pesar de que se vieron hace solo una semana, ahora están aquí todas para Gabriela porque ella las necesita; son amigas y se apoyan.

Pasados algunos minutos, la amiga que se divorcia ya se encuentra en plena explicación mientras la dueña de casa sirve café para todas.

—Y me dijo así, sin más, que ya no me quiere, que tiene ganas de gozar de su libertad. —Ella habla en medio de llantos.

—Debe tener otra… —dice Sonia al tiempo que corta la torta.

—Eso pensé yo —agrega Gabriela mientras se seca las lágrimas y pregunta—: ¿Ustedes qué opinan?

—Que no necesariamente su decisión de pedirte un tiempo es porque tiene otra mujer —dictamina segura María.

—¿Por qué pensás que no?

—Porque yo acabo de decirle lo mismo a mi marido.

—¡¿Qué?! —exclama Gaby.

—Sí, como lo escuchaste.

Casi todas le preguntan por qué; el estupor las altera, no esperaban esa noticia, el bullicio se instala en la cocina hasta que al fin María puede hablar y dice:

—Sí, le pedí un tiempo.

—Vos estás loca —dice Gabriela, mientras llora con más fuerza.

—Somos humanos, a veces sentimos inseguridades y necesitamos espacios propios —dice María e inmediatamente empieza una larga explicación acerca de qué la llevó a pedirle una separación que por ahora es momentánea.

Todas la escuchan con atención porque imaginaban que el matrimonio de Gabriela podía terminar, siempre había sido endeble, pero el de María, no. Ella y su marido eran la pareja perfecta. No lo pueden creer.

El grupo hace preguntas, saca conclusiones sobre ambos casos y las dicen en voz alta, encuentran similitudes y diferencias. Todas hablan fuerte, por momentos hasta discuten, aunque por otros pronuncian palabras de empatía; pero sobre todo consuelan a Gaby, que parece ser la que más sufre.

—¡Ojo que yo también sufro! —aclara María.

—Callate, si vos sos la que dejaste a Matías —dice Gaby, que la mira con malos ojos, tal como si se tratara de una traidora. Porque la escucha y le parece oír las palabras de su marido.

Pero María, que no se da por vencida, vuelve a dar razones y a explicar lo que en ese momento tiene en su corazón; habla no solo en un intento de ayudar a Gaby, sino también porque necesita hacer su propia catarsis. Todas tratan de entender lo que les pasa a las dos, que esa tarde están en crisis; aun por momentos y luego de un par de horas de charla hay permiso para otros temas, y hasta para intercambiar algunos chistes que arrancan risas al grupo. La torta y el café ayudan al buen humor, siempre ayudan. No es la primera vez que se juntan por una emergencia, hace unos años fue por el cáncer de mama de Sonia, también la pelea de Martina con su hijo, que duró meses, la crisis económica de varias de ellas. Aunque también ha habido momentos memorablemente felices para festejar ascensos en el trabajo, viajes soñados que pudieron realizar, porque para eso están las amigas.

La tarde va llegando a su fin y la reunión también, en la cocina resuenan los últimos comentarios:

—Gaby, contá conmigo para lo que sea, aun si es necesario hablar en medio de la noche —dice Carla, que es la soltera del grupo.

Todas se ofrecen a tomar café, a juntarse, a…

—Sí, sí, chicas, las llamo, gracias.

—Tené paciencia, tal vez sea solo una crisis pasajera —insiste María.

—Veremos qué pasa… —dice Gaby. Oír el punto de vista de una amiga que siente parecido a su marido le ha servido.

Por último, se dan consejos unas a otras sobre los distintos temas que tocaron: vitaminas, hijos, compras, pero sobre todo se los dan a Gaby, la que está peor en este momento. Se despiden, se besan, se abrazan, quedan en verse pronto, algunas empezarán juntas el gym. Hay una realidad: la intimidad entre ellas como siempre fue sanadora. Pudieron hablar de lo que sienten, de lo que hay en sus almas, no quedaron temas sin tocar, ni opinión sin dar; y se han aceptado sin prejuicios. El consuelo ha llegado cual bálsamo, como en cada reunión que comparten. Intimidad de mujeres la llaman.

***

Esa misma noche los hombres se reúnen para jugar al fútbol como lo hacen desde hace años, el marido de Gabriela faltó a la cita, no quiere hablar de lo sucedido con su mujer. Pero Matías sí, aunque luego de jugar, mientras comen el asado del tercer tiempo, él está taciturno, no habla, no cuenta, y ninguno se atreve a preguntarle. Por momentos él recuerda el infierno que está viviendo desde que su mujer le pidió un tiempo, pero ese lugar no es el correcto para conversar acerca de lo que hay en su alma, no hay intimidad; en realidad, no se siente preparado ni sabe con quién conversarlo. Está pensando que tal vez podría hablarlo con su hermana.

FIN

Dulce
8
SENSIBILIDAD ÚNICA

Apoyo la cabeza en la almohada y apago la luz. Vicky salió a bailar, y la verdad que en las noches en que ella o su hermano salen no descanso bien. Duermo como dormimos las madres en estos casos, con un solo ojo. Esto es peor desde que ella chocó. Por suerte esa vez no le pasó nada grave, aunque sí al auto. Me acuerdo clarísimo de esa madrugada en que entró a mi cuarto y dijo:

—Ma…

—¿Qué? —pregunté imaginando que algo no andaba bien; si un hijo entra al cuarto de los padres cuando duermen y los llama, es porque algo sucedió. La respuesta fue rápida:

—Choqué…

—¡Ay, no! ¿Estás bien? ¿Te lastimaste?

—Me golpeé un poco pero el auto se rompió bastante. —Su voz sonaba acongojada.

El vehículo no me importó. Ella estaba bien, su cuerpito veinteañero estaba a salvo. Y todo terminó en una anécdota que ahora recuerdo en medio del cansancio. Porque hoy, sábado a la noche me encuentro agotada, estuve gran parte del día detrás de los preparativos y la comida para el cumpleaños de mi marido, que es mañana. El agotamiento de la jornada hace que se me cierren los ojos, y el descanso, aunque inquieto, me abraza.

Los minutos transcurren, llevo un rato soñando, ¿dos horas, tres? No lo sé, pero escucho la voz de Vicky que me llama:

—¡Mami!

Me despierto por completo. Asustada y en la oscuridad, me siento en la cama.

—¿Qué pasa? —digo mientras viene un pensamiento: ¡volvió a chocar!

Pero como ella no me responde insisto:

—¿Qué pasó? —le pregunto mientras prendo la luz del velador ¡y descubro que la puerta está cerrada!

¿Y esa voz entonces qué fue? Tal vez mi hija me llamó y se marchó. Me levanto y apurada voy a su cuarto. La cama de ella vacía, el acolchado extendido prolijamente. Me preocupo, busco el teléfono y le hago una llamada. Pero nada, no hay respuesta.

Pienso que tal vez está volviendo y yo la distraigo mientras maneja, entonces decido no insistir. Solo le mando un mensaje y vuelvo a la cama; allí el cansancio me vence y me duermo.

Estos últimos pensamientos se quedan dando vueltas en mi cabeza, hacen mi sueño liviano y a las seis de la mañana ya estoy despierta. Descalza y apurada camino hasta la habitación de mi hija. Abro la puerta y la veo acostada. ¡Qué alivio! Suspiro fuerte. Pero algo me llama la atención: está despierta y también vestida.

—¿Estás bien?

—Sí, pero no sabés lo que pasó, ma.

—¿Qué?

—Salí y me pusieron algo en el vaso donde tomé Aperol.

—¿Algo como qué?

—Algo raro, ma. Tomé un solo trago y me caí desmayada. Cuando abrí los ojos no podía marcar los números del celu. Me asusté, lo primero que vi fue un chico que me quería acariciar, le dije que no quería. Abrí el WhatsApp y solo pude marcar el número de Marti.

—¡Ay, ¿y qué pasó?! —Sé que Marti es su mejor amiga.

—Le pedí a Marti que me buscara y ella vino con el novio. Yo estaba tan mal que no podía manejar, así que ella me trajo en su auto y el novio manejó el mío.

—¡Dios mío!

—¿Pero sabés una cosa? Mami, todo esto pasó exactamente a la hora que me mandaste el mensaje para ver cómo estaba. ¿Por qué me mandaste ese mensaje?

—Te juro que escuché que me llamabas. Oí tu voz clarita.

—¡Oh, ma, qué tremendo!

Nos abrazamos, agradecidas de que Marti estuvo allí, maravilladas de la conexión que hubo entre nosotras dos. Intuición de madre, sensibilidad femenina. ¿Es buena? ¿Sirve? ¿Siempre se da? No lo sé, pero algo es seguro, las mujeres la tenemos. Sé que su padre duerme plácidamente y no se enteró de nada.

FIN

Nota de la autora: esta es una historia real, pasó en mi casa hace unos años. Una experiencia que me llevó a crear en mi libro Una luz fuerte y brillante un personaje femenino que pasara por lo mismo cuando su hijo estaba en peligro.