Siempre estamos vendiendo algo. Hay quienes creen que vender se limita a ofrecer un producto o un servicio. No es así. En realidad, todos vendemos mucho más que eso, y en simultáneo.
Vendemos nuestra empresa, nuestra imagen, nuestra historia personal. Cuando buscás pareja, te presentás como un buen candidato; cuando hablás con tus padres, mostrás que sos un buen hijo. En todos los vínculos hay, de algún modo, una venta en curso.
Incluso en situaciones que parecen ajenas o inversas a las ventas, el principio es el mismo. Cuando negocio con un proveedor de hierro, le vendo la idea de que soy una empresa sólida, confiable, solvente; le transmito que soy un cliente que cumple, que merece crédito, que puede pagar en 30 o 60 días. Le demuestro que hacer negocios conmigo le conviene. Incluso cuando compro, estoy vendiendo. Cuando vendo en mi rubro, no vendo solamente un edificio: vendo confianza, reputación, previsibilidad.
La venta aplica a todo. Vos le vendiste a tu maestra que eras un buen alumno; a tu jefe, que sos el empleado ideal; a los dueños de una empresa, que merecés un ascenso o un bono. Le vendés a un inversor que tu proyecto es la mejor opción, o a tus amigos una idea, un lugar para ir juntos de vacaciones, etcétera. Cada vez que intentás convencer a alguien, estás vendiendo.
Entender esto es clave. Vender no es manipular: es ayudar al otro a comprender, mostrarle tu punto de vista y explicarle por qué le conviene acompañarte en una determinada idea. Es construir un puente entre tu propuesta y su necesidad. Y cuando ese acuerdo se formaliza —cuando se firma, se concreta o se ejecuta—, ahí sí puede decirse que la venta está cerrada.
Yo me posiciono ante mis suegros como un buen novio, alguien que cuida y es confiable. Me presento ante mis amigos como un compañero leal, alguien que está en las buenas y en las malas. En todos los casos, me estoy vendiendo, aunque no sea por motivos comerciales.
Por eso sostengo que, tanto si estás desempleado como si estás desarrollando tu propio negocio, la habilidad más importante que podés adquirir —aplicando muchas de las técnicas que explico en este libro— es aprender a hacer marketing de vos mismo: promocionarte ante una empresa que podría contratarte, ante un cliente potencial, ante cualquier persona a la que quieras convencer de los beneficios de tu servicio o producto.
Los actores van a un programa de entrevistas y “venden” su obra; los financistas venden sus inversiones; los políticos, sus propuestas; las modelos, su belleza, estando siempre visiblemente lindas; los escritores venden sus libros hablando de ellos. La conclusión es simple: todo es una venta. En todo hay algo de marketing, y vos tenés que aprender a promocionarte como aquello que querés que los demás vean en vos.
Nos estamos promocionando todo el tiempo, en cualquier ámbito. Por eso este libro sirve para todos. En cada capítulo muestro que promocionar y vender no es algo complejo: podés empezar hoy mismo. No hace falta estar totalmente preparado. Empezá a promocionarte y ajustá mientras avanzás. Lo importante es hacer. Y estoy convencido de que si aplicás el Método Briones, vas a lograr resultados.
Hace varios años que me dedico al negocio inmobiliario: construcción, promoción y venta de edificios enteros. Conozco el mercado y sé cómo hacerlo.
Nací en Buenos Aires y me formé en Argentina, Sudáfrica y Estados Unidos, donde también superviso y desarrollo proyectos. Si bien a lo largo de mi vida estudié bastante, lo más importante lo aprendí trabajando. Ocupé muchas posiciones en la empresa, tuve varios puestos distintos —muchas veces varios a la vez, incluso hoy—, y eso me dio una comprensión integral de toda la unidad de negocio.
Empecé con mi padre, que ya estaba involucrado en el negocio inmobiliario, y una de mis primeras funciones fue en el área de tesorería. Allí se manejaban pagos, cobros y bancos. Luego me involucré en compras, facturación, contabilidad, temas bancarios, etcétera. Mi objetivo era que entrara más plata a la empresa de la que salía. Simple.
Al investigar cómo lograrlo, busqué responderme las siguientes preguntas: ¿Por qué no ingresa más plata? Porque no hay ventas. ¿Por qué no hay ventas? Porque no hay visitas. ¿Por qué no hay visitas? Porque no hay prospectos (una persona que te contacta preguntando por tu producto o te deja sus datos para que lo contactes). ¿Por qué no hay más prospectos? Porque no hay marketing. ¿Por qué no hay marketing?
En la última pregunta estaba la clave. El marketing era lo que faltaba para incrementar las ganancias y el ingreso. Esa era la razón fundamental por la cual no entraba tanta plata como podría entrar.
Le dije a una de las personas que trabajaba en la empresa y manejaba el Instagram (nuestro único tipo de marketing en ese entonces) si me dejaba hacerlo a mí. “Feliz de la vida, pibe, me hacés un favor”, contestó. Así que comencé a manejarlo. Al principio era un desastre, sin ningún tipo de conocimiento ni experiencia. Pero ya con muy pocas acciones empezamos a conseguir más prospectos, que desembocaron en más visitas, que desembocaron en más ventas de departamentos, que desembocaron en… mayores ingresos.
Así logré mi objetivo como tesorero (que entrara más plata), pero poniendo atención e involucrándome en el marketing, que pasó a ser una de mis principales funciones en la compañía. Siempre con el fin de alcanzar mayor solvencia (tener suficiente dinero para hacer frente a tus deudas) y más rentabilidad (que al final de un ciclo haya entrado más plata de la que salió), que es el fin último de todas las acciones que uno desarrolla cuando tiene un objetivo empresarial.
Arranqué desde abajo, en la parte más baja del organigrama (esquema que muestra las distintas partes de una empresa, y cómo se relacionan entre sí). Empecé como vendedor, por decisión propia, y enseguida vi que el área de Ventas estaba dormida: pocos clientes, pocas operaciones. Me enteré de que necesitaban gente en el área de Compras y me pasé sin pensarlo mucho. Era un área con más movimiento. Ahí aprendí a negociar con proveedores, cerrar contratos y entendí cómo se manejaba la plata en la empresa.
Con el tiempo, me hice cargo de pagos, cobranzas y todo lo financiero. Sin darme cuenta, llegué a ser el tesorero. Crecí rápido porque preguntaba, aprendía, aplicaba los conocimientos enseguida, y además no había mucha gente, así que me fui haciendo cargo de todo.
En un momento, decidí subir videos explicando temas contables y financieros. Esos videos explotaron y el crecimiento siguió en redes sociales, lo cual se tradujo en más prospectos, más visitas, más ventas y más plata.
Al cabo de un tiempo logré posicionarme como referente del rubro inmobiliario, dando charlas en universidades, colegios, empresas, televisión, radios, eventos empresariales, entre otros ámbitos.
También creé El Club del Ladrillo, el podcast de real estate más escuchado de Argentina, y en el interín conseguí más de 250.000 prospectos a través de las redes sociales, un número realmente demencial, teniendo en cuenta que en la Ciudad de Buenos Aires se suelen vender unas 6000 propiedades por mes.
Después de varios años trabajando en la empresa, junto a mi padre y otros socios, decidimos abrir la propia: el Grupo Briones, también una desarrolladora inmobiliaria. La fundamos desde cero con mi papá y hoy me dedico por completo a eso: a construir, promocionar y vender edificios.
Gran parte de lo que comparto en este libro nace de esa experiencia: crear una empresa desde cero, posicionar una marca y lograr vender departamentos (o cualquier otro producto) a través de ella.
Soy desarrollador inmobiliario y mi empresa también. Pero la mayoría de la gente no sabe bien a qué se dedica una desarrolladora. Lo encuesté. ¿Qué es? Es una empresa que supervisa el negocio de real estate de punta a punta, que incluye la compra del terreno, el dibujo de los planos arquitectónicos, la aprobación municipal de esos planos, la construcción del edificio, la venta de los departamentos y, finalmente, la entrega.
No tenés que ser un experto en nada, pero sí saber perfectamente quién se puede ocupar de cada una de estas cosas, porque todos son temas bastante específicos:
En ese marco, el desarrollador sabe hacer cada una de esas cosas o, al menos, sabe a quién contratar o elegir para cumplir cada función. Pero, sobre todo, quien quiera involucrarse en este rubro tiene que entender de finanzas.
Si, por ejemplo, el desarrollador vende un departamento en pozo (es decir, que aún no está construido), luego tiene que utilizar ese dinero para financiar la obra, debe asegurarse de contar con los fondos para completarla y también de haber vendido lo suficientemente caro para que quede una ganancia y poder pagarle al estudio de arquitectura, a la constructora y a la inmobiliaria.
Ahora, si tenés todo in-house, como en nuestro caso (que nos ocupamos de comprar el terreno, del dibujo de los planos, la construcción y de la venta de los departamentos, aunque algunas cosas las derivamos a terceros), la prioridad es asegurarte de poder responder a todas las obligaciones, pagos y honorarios.
Tenés que entender financieramente cómo evitar quedar descalzado (tener más pagos que cobros), cómo hacer que el ingreso sea mayor al egreso, cómo mantener un buen caudal de ventas, cómo direccionar el marketing para vender los departamentos, cómo ponerles precio de forma que, al costo de construcción del momento, te resulte rentable, cómo calcular el costo de construcción, cómo determinar el precio de tu producto, cómo atender al cliente si surge una eventualidad que haya que manejar con rapidez para asegurar la satisfacción del comprador, entre muchas otras cosas.
Al igual que en casi cualquier rubro, en real estate tenés que entender un poco acerca de todo: contratación de personal, ventas, tesorería, contabilidad, construcción, control de calidad, hate, aspectos legales y decisiones financieras estratégicas.
Pero lo más importante es entender que el desarrollo inmobiliario es, ante todo, un negocio financiero: hay que saber cómo y cuándo entra y sale el dinero, y asegurarse siempre de que ingrese más de lo que egresa.