Capítulo 1. Tres niños

Capítulo 1
TRES NIÑOS

Berlín, febrero de 1933

Era una mañana fría y gris de invierno en Berlín, se escuchaban gritos y risas de chicos en el patio de una escuela. De pie en un rincón, mientras miraba a sus compañeros patear la pelota, Hans interrumpió las ensoñaciones de David, cuya mente parecía estar volando por la estratósfera, y le dijo con voz alarmada:

—Mañana tenemos las pruebas de medio término de matemáticas y no entiendo nada. Por más que miro los apuntes y las hojas, para mí son todos números sueltos. Necesito que me expliques y me ayudes, David.

—Ufff, enseñarte va a llevar bastante tiempo. ¿Qué podemos hacer para ganar unos días? —se preguntó David, que nunca tenía problemas con las matemáticas. Había heredado de su padre, Isaac, una mente aguda para las cuentas y para los negocios—. Tenemos el acto y se me ocurre una idea para evitar la clase de matemáticas y ganar una semana para prepararte mejor. Este examen es clave para ingresar al liceo; si no, te quedarás fuera de la universidad. Son los últimos tres años de educación y no puedes fallar, Hans.

David se acercó con cuidado a la gata que estaba en el rincón, una siamesa llamada Bianca, de pelo atigrado, con un andar suave y gracioso, típico de esos felinos. Era la mascota del colegio, que siempre alimentaban y cuidaban los chicos del curso. La alzó con amor, tomó su pote de leche y le dijo a Hans:

—Debes hacer de «campana» en la entrada al Hall Germania, que nadie pase hasta que yo vuelva a salir.

David ingresó al salón de actos lentamente. Sabía que había otra puerta para los profesores, que también tenía acceso al hall. Faltaba aún media hora para que el acto comenzara y el lugar estaba desierto. Caminó despacio para que el piso de madera no lo delatara. Con mucha delicadeza, abrió la tapa del piano de cola, introdujo a Bianca suavemente junto con su pote de leche y le dijo, casi risueñamente:

—Bianca, quédate ahí tranquila hasta que comience el show.

En la puerta, Hans transpiraba y le hablaba a la profesora de música mientras David salía a sus espaldas sin que ella lo viera, y todo volvió a transcurrir con normalidad.

A los diez minutos, sonó la campana de la Dirección y todos los alumnos formaron filas en la entrada del salón, divididos en niños y niñas. Hans le sonrió a Ewa, la hermana de David, que formaba en la línea de al lado, y ella lo miró con esos ojos de un azul profundo y con una amplia sonrisa.

Ewa, de estatura mediana y cabello rizado castaño, tenía un año menos que David. Era una joven despierta y carismática, líder de su clase. Ganaba todos los torneos de debate. Junto a su hermano, eran inseparables; ella lo seguía a todos lados. A pesar de su edad, era consciente de sus encantos. Había dejado de pensar en muñecas y juegos. Estaba más entusiasmada con divertirse junto a sus amigas y admirar a esos jóvenes apuestos que en estudiar.

Hans era muy atractivo, y a sus trece años poseía un cuerpo de atleta; se destacaba en todas las competiciones deportivas. Tenía una sonrisa contagiosa de dientes brillantes, aunque sus ojos siempre estaban melancólicos. Una pequeña cicatriz en forma de media luna ocupaba una porción de su rostro angular en el pómulo izquierdo. De vez en cuando tartamudeaba, en especial cuando se sentía impotente, preso del miedo o presionado para hacer algo. Por eso en esas ocasiones prefería callar.

Allí estaban, a la distancia, ambos parados mirándose de lejos.

Ante una nueva campanada, las filas fueron ingresando ordenadamente para dar comienzo al evento.

—Este acto debe ser importante porque participan los alumnos más grandes del liceo —le dijo Hans a David.

A esa edad, los jóvenes tres o cuatro años mayores les parecían enormes a los chicos de trece años, y toda su atención se centraba en ellos, que estaban sentados en las últimas filas del hall.

El director de la escuela, Herr Frings, de aire distinguido e impecable traje marrón, pronunció unas palabras de bienvenida a todos los alumnos. El profesor comenzó un breve discurso que explicaba las razones de la conmemoración. Con el transcurrir de los minutos, la mayoría de los chicos empezaban a distraerse. En ese momento, el director anunció que se entonarían las estrofas del himno alemán y todos los alumnos se pusieron de pie.

Cuando la maestra de música comenzó a tocar los primeros acordes, se escuchó un fuerte maullido, y las corridas de Bianca dentro del piano interrumpieron la solemne partitura. Primero todos se quedaron atónitos. Inmediatamente después, los alumnos estallaron en risas y aplausos.

Lo que nunca previeron ni David ni Hans fue que los más grandes aprovecharían la ocurrencia y el caos para tirar bombitas de olor, pequeñas cápsulas de vidrio que contenían sulfuro de amonio, que generaron un hedor apestoso que inundó el ambiente. Hans pudo distinguir a su hermano mayor, Otto, liderando la revuelta.

Los profesores y el director dieron la orden de evacuar el hall en forma ordenada, y los chicos salieron en medio de carcajadas, pese a que algunos no se sentían demasiado bien. David se apuró a tomar de la mano a Ewa y se quedó más tranquilo al estar con ella.

—Mira —le dijo Hans a David, mientras observaban cómo algunos profesores apartaban de sus filas a varios de los jóvenes más grandes, probablemente los que habían tirado las bombitas de olor. Entre ellos, a quienes el director retaba a los gritos con gestos ofuscados, se distinguía el alto y desgarbado Otto Hartmann, quien siempre se metía en problemas, ya sea por ser muy temperamental o por molestar y cargar a otros chicos, generalmente más pequeños.

Hans les dijo a sus amigos:

—Mi padre se va a enojar mucho con Otto otra vez.

—No te preocupes, Hans, él es más grande y sabe cuidarse —le contestó David—. Lo más importante es que hemos cumplido la misión; logramos el objetivo. En este caos perderemos la clase de matemáticas y tendrán que postergar el examen.

Tal como había previsto David, la conmoción por lo ocurrido consumió largos minutos hasta poder ordenar el colegio y que los jóvenes volvieran a sus clases. Ya era casi el mediodía; los chicos del primario terminaban sus horas de escuela y los venían a buscar sus madres.

La de David era Edith Mendelsohn, hasta hacía unos pocos años una relevante concertista de chelo. En aquel momento se acercaba vivaz, caminando decidida, envuelta con un abrigo de cuello de armiño que la resguardaba del penetrante frío del invierno berlinés. Detrás de unos anteojos pequeños de marco fino que se posaban sobre su prominente nariz aguileña, había una mirada intensa.

Buscaba atenta a su hija menor, la pequeña Rebecca, de ocho años, precoz violinista. David y Ewa, ya en el secundario, tenían clases por la tarde, pero habían salido, junto a Hans, a saludar a su madre en el recreo del mediodía.

Hans siempre se sorprendía de lo efusivos y cariñosos que eran los Apfelbaum cuando se encontraban. En su casa, en cambio, todo el trato familiar era más bien marcial y distante. Tan solo su madre, Helga, era afectuosa con él, pero últimamente estaba tan enferma y dolorida que tenía pocos momentos para compartir con sus hijos.

Luego de que se retiraran Edith y Rebecca, David reunió a Hans y a Ewa y les dijo:

—Aprovechemos la confusión que hay en el colegio hoy para ir a pasear un rato por la ciudad, y volvamos a la tarde antes del final de clases.

Hans lo miró con ojos perplejos y quedó inmovilizado, pero Ewa lo tomó de la mano con firmeza y no le dio tiempo de pensar. Comenzaron a caminar los tres con naturalidad hacia el portón de salida. El portero de la escuela se encontraba distraído hablando con una madre, y los jóvenes aprovecharon el momento para escabullirse a través del pesado portón metálico, que estaba abierto. En pocos segundos, los tres chicos se encontraban en la calle rodeados de muchas madres y algún que otro padre con sus niños pequeños.

—Genial, vamos a la zona de teatros, siempre quise ir ahí —tomó la iniciativa Ewa, y los jóvenes aceleraron el paso rumbo a la calle Kurfürstendamm, hasta perder de vista el colegio.

En los 30, Berlín era una ciudad imponente y, a pesar del fuerte impacto por la crisis mundial producto de la Gran Depresión, aún conservaba su esplendor como gran capital de Prusia y ahora de la Alemania unida. No solo tenía importantes avenidas, teatros, palacios e iglesias, sino que, además, presentaba una amplia y variada vida cultural.

Una de las crecientes atracciones artísticas era el vodevil, que se había originado como una expresión de la clase baja. Con el paso de las décadas, los shows habían ganado en brillo y atractivo en su puesta en escena, y junto con el nuevo fenómeno del cine, habían desplazado a una parte del público del teatro, más tradicionalista —como también de la ópera y el ballet—, hacia estas formas más dinámicas y populares del arte. Berlín era una ciudad bastante cosmopolita y de avanzada en sus espectáculos culturales que, inclusive, atraían a espectadores de otras ciudades alemanas, de Europa y Norteamérica.

Hacía poco menos de un mes que Adolf Hitler había asumido como canciller alemán. En las recientes elecciones, el nacionalsocialismo había sido el partido más votado, aunque sin lograr una mayoría ni de sufragios ni de escaños en el Parlamento. Los otros partidos se negaban a formar gobierno con ellos, en parte por la lógica violenta que había impuesto el propio Hitler para acceder al poder. Sin embargo, los líderes conservadores convencieron al presidente Hindenburg de nombrarlo canciller.

Hitler formó el gobierno sumando a los conservadores nacionalistas de derecha y al partido denominado Zentrum, que pretendía representar a los católicos moderados y realizaba buenas elecciones, en especial en Baviera. Rápidamente, utilizando siempre las mismas armas —la oratoria como mecanismo de propaganda, la extorsión para obligar a los socios y enemigos a ceder y la violencia extrema—, Hitler se encargaría de concentrar más poder e iría eliminando tanto los mecanismos democráticos como a sus opositores políticos, transformarse en el líder absoluto de Alemania.

En ese contexto violento y enrarecido, Ewa, David y Hans caminaban por una vibrante pero conflictuada Berlín. Los tres chicos se acercaron al famoso Scala Vaudeville Theatre y vieron una puerta lateral sin vigilancia. Cuando la oportunidad surgió, se introdujeron por allí al teatro y, siguiendo el sonido de la muchedumbre, avanzaron por una serie de pasillos que daban a los palcos laterales de la sala.

Desde allí asistieron asombrados a un espectáculo que combinaba acciones circenses con malabaristas, enanos y animales, que desplegaban imponentes actos de notables coreografías. Estas incluían mujeres glamorosas con vestidos sensuales de escotes sugerentes, que bailaban coreografías complejas acompañando en un coro a los actores principales.

En pocos minutos todos quedaron conmovidos por las luces, el baile y la música. El impacto de las coreografías, cantos y desarrollo escénico era insuperable en los sentidos de los tres muchachos. El shock de colores y vibraciones los tenía pasmados, pero la más impresionada parecía ser Ewa, hipnotizada con el show.

Los varones estaban fascinados con la bailarina principal, Bonnie, que se contoneaba como si no tuviera caderas, ensimismada en el ritmo, despertando en los jóvenes los primeros ímpetus de su masculinidad. Era una joven alemana de madre inglesa que tenía un cuerpo escultural. Se deslizaba por el escenario con la autoridad que le daba su metro setenta y cinco, mientras lucía un vestido con transparencias que permitían adivinar sus abundantes pechos.

Ewa la miraba extasiada, impactada por su don más seductor, que era su dulce voz. Bonnie entonaba diversas canciones en alemán, inglés y francés mientras bailaba junto con los bailarines que la acompañaban.

David les sugirió que se acercaran un poco más. Deambularon un rato por varios pasillos y puertas, tratando de aproximarse a los artistas. Guiados por el sonido, llegaron al fondo del escenario, donde se escondieron detrás de unos telones y una escenografía. Desde allí, a pocos metros de los actores, pudieron ver el final del espectáculo.

Al terminar el ensayo general, los artistas fueron saliendo en distintas direcciones hacia los camerinos y vestuarios. Tras algunos saludos de rigor, Bonnie se retiró caminando en dirección a los chicos. Hans y David se ocultaron bien dentro de los telones y eran imperceptibles, pero no advirtieron que Ewa había salido de su escondite e interceptó súbitamente en el camino a la escultural vedette.

—¡Estuviste increíble y tienes una hermosa voz! —le dijo mientras la observaba.

Bonnie miró sorprendida al principio, pero rápidamente sonrió:

—Muchas gracias, princesita. ¿Y tú qué estás haciendo sola aquí? —le preguntó inclinándose y apoyando el brazo sobre su hombro.

—No estoy sola. Me acompañan mi hermano David y nuestro amigo Hans —dijo, apuntando a los telones.

Los dos chicos salieron muertos de vergüenza de su escondite y Bonnie soltó una carcajada.

—¡Miren qué sorpresa! Nunca habíamos contado con actores tan jóvenes para la función. —Y tras una pausa agregó—: Les diré qué vamos a hacer. Los voy a llevar a mi camerino, donde guardo unas ricas galletas y chocolates y, mientras tomamos un té juntos, ustedes me cuentan quiénes son y qué hacen aquí.

—¡Iuuppi! —dijo exaltada Ewa, que agarró de la mano a Bonnie y la siguió, charlando todo el camino hasta llegar al camerino.

El vestidor era impresionante, no tanto por su tamaño sino por la cantidad de espejos, vestidos que colgaban de perchas y maniquíes, pelucas de distintos colores; todo parecía salido de un libro de fantasías. Los chicos se sentaron en un sofá lleno de mullidos almohadones y se abalanzaron sobre el plato de galletas y chocolates que Bonnie puso en una mesita frente a ellos.

—Mi nombre es Bonnie y soy la cantante y bailarina principal del show. Díganme, ¿cómo se llaman ustedes y qué hacen por aquí en vez de estar en la escuela?

—Soy David Apfelbaum, y estamos aquí porque hoy tenemos la tarde libre en la escuela —mintió rápidamente el joven.

—Ahhh, entiendo —respondió Bonnie con una sonrisa cómplice.

—Me llamo Hans Hartmann —interrumpió el otro muchacho, que no podía sacar sus ojos del cuerpo de la actriz.

—Y tú, pequeña de ojos bonitos, ¿cómo te llamas?

—Ewa, y soy hermana de David. Me encanta lo que haces. ¿Quién te enseñó a cantar de manera tan bella?

—Gracias, princesita. Por un lado, tengo un don con el que he nacido y que me permite cantar bien y entonada, pero también he tomado clases de canto y practico mucho para mejorar. Todos podemos nacer con facilidades para alguna actividad, pero si realmente nos gusta, debemos estudiar y practicar para ser buenos en lo que hacemos.

—Yo quiero representar a mi país en los Juegos Olímpicos en arquería, tengo muy buena puntería y mucha fuerza, sé que lo hago muy bien —dijo Hans con una amplia sonrisa, muy seguro de sí mismo.

—Qué bueno que quieras representar a tu país, Hans, pero tendrás que esmerarte mucho para llegar a los seleccionados nacionales.

—Lo sé, pero siempre que me propongo algo me esfuerzo y trabajo para lograrlo.

—Y tú, ¿qué deseas ser cuando crezcas? —le preguntó Bonnie a David, mirándolo fijamente.

—Me gustaría estudiar en la universidad y un día ser profesor.

—¿Y qué estudiarías?

—Algo relacionado con los números o el dinero, creo que soy bueno para eso. Pero también me gustaría ser político y ayudar a construir un país más justo, sin tantas agresiones.

—Mire usted —dijo sorprendida Bonnie, y agregó algo ensombrecida—: Serías un político mucho mejor que los actuales, que son unos verdaderos bárbaros, en especial nuestro pequeño canciller, que se la pasa gritando todo el día.

Bonnie cambió de tono y, mirando a Ewa, preguntó:

—Y tú, princesita, ¿qué deseas hacer cuando crezcas?

—Yo quiero ser una actriz como tú, Bonnie, y poder bailar y cantar tan lindo como tú lo haces. Los Apfelbaum venimos de una familia de artistas. Tengo abuelos y tíos que han sido directores, compositores y músicos. De hecho, mi madre tocaba el chelo muy bien y mi pequeña hermana Rebecca parece ser un genio con el violín.

—¡Qué bien, una familia de músicos! Quizás lleves el talento en la sangre, Ewa. Pero te aseguro que llegar no es fácil. ¿Por qué no estudias música clásica antes de decidir qué te gusta exactamente?

—Me aburre un poco la música clásica; en cambio, lo que vimos hoy fue… ¡Guau! Impresionante.

—¡Ja, ja, ja! Entonces serás una gran vedette y, quién sabe, tal vez un día actuemos juntas.

—¡Sí, sería genial! —dijo eufórica Ewa.

La conversación siguió girando sobre el show, las artes y el estudio. Bonnie les enseñó algunas canciones en inglés, y todos reían por lo desentonado que era Hans. La tarde fue pasando hasta que David preguntó:

—¿Qué hora es?

—Las cuatro —contestó Bonnie, mirando un lindo reloj en su muñeca.

—¡Uyyy!, ya terminó la escuela, debemos volver corriendo o se darán cuenta de que nos fuimos toda la tarde. —Se puso en evidencia y se sonrojó David, que agarró del brazo a Ewa, y todos comenzaron a salir sin saber muy bien para dónde ir.

—Yo los acompaño —dijo Bonnie, guiándolos por un largo pasillo hasta llegar a un hall de entrada del teatro que daba a una puerta con salida a la calle—. Vayan rápido, pero con cuidado, y espero volver a verlos.

Los tres chicos corrían en dirección a la escuela, pero Ewa alcanzó a darse vuelta y, con su mejor sonrisa, le gritó:

—¡Bonnie, pronto actuaremos juntas!

—Así será, princesa —le contestó la joven, despidiéndose a la distancia con el brazo en alto.

Llegaron exhaustos al colegio luego de correr unas quince cuadras. En la puerta pudieron ver a Edith Mendelsohn, con cara y gestos de preocupación, y a Dieter, padre de Hans, junto a su hermano Otto. Con ellos se encontraban una maestra y el director Frings, quien al verlos les dijo:

—¿Dónde estaban? ¡Nos hicieron pasar un buen susto!

—Nos fuimos a caminar por la zona de los teatros y los museos. Después del acto interrumpido, como no arrancaban las clases, decidimos salir al mediodía, seguros de que volveríamos a tiempo, pero calculamos mal la distancia y llegamos tarde —dijo David, contando una media verdad.

—Ustedes saben muy bien que está terminantemente prohibido salir de la escuela sin permiso de los profesores y directivos. Mañana veremos qué sanción les cabe por esta actitud y también cuál será la del joven Otto Hartmann, ya que lo que hizo con sus compinches en el acto es mucho más grave.

Dieter miró a sus hijos con ojos enfurecidos, los tomó a ambos firmemente de las solapas y los llevó sin decir una sola palabra, mientras que Edith abrazó a los suyos y dijo:

—Cometieron un error, pero lo más importante es que están sanos y salvos. Deben comprender que nos hicieron sufrir a todos por un buen rato.

Ewa tenía los ojos llorosos y se fundió en un abrazo con su madre. Herr Frings, que era un hombre calmo y siempre cariñoso con los chicos, intervino:

—Bueno, ya está, lo importante es que están todos bien. Ha sido un día agitado en la escuela. Mañana será otro día y todos estaremos más tranquilos. —Le tendió la mano a Edith y agregó antes de despedirse—: Hasta mañana, señora Mendelsohn. Los chicos son buenos alumnos, solo deben comprender el peligro de merodear en esta Berlín tan violenta a su edad. En cambio, ese Otto Hartmann… es terrible. Un joven lleno de resentimiento. En fin, debemos tener paciencia. Hasta mañana, alumnos.

—Hasta mañana, director Frings —respondieron los tres al unísono.

Edith Mendelsohn y sus hijos caminaron varias cuadras en esa tarde fría hasta llegar al departamento donde vivía la familia Apfelbaum. Era un edificio de unos cuatro pisos en el centro de Berlín, y ellos eran dueños de todo el tercero. Había sido construido por un joven arquitecto, alumno de Mies van der Rohe, y era uno de los primeros edificios racionalistas de Berlín. Se caracterizaba por sus líneas sencillas basadas en formas geométricas simples y por el uso de materiales industriales. Las habitaciones del departamento eran blancas y luminosas, sin las ornamentaciones propias del barroco alemán.

Era un departamento de avanzada para la época, lo que generaba cierto rechazo en la sociedad clásica y conservadora de Berlín, especialmente en el nazismo, que pronto cerraría la Bauhaus, la escuela a la que pertenecía Van der Rohe.

El departamento estaba amueblado de manera sencilla. Sobresalían en sus paredes pintadas de color blanco marfil cuadros coloridos de importantes pintores impresionistas como Monet y Renoir, y también algunos artistas de vanguardia como Kandinsky y Paul Klee. La familia Apfelbaum tenía un fuerte interés por la cultura, y Edith aconsejaba a su marido Isaac preservar el esfuerzo de su trabajo en esos cuadros maravillosos.

David ingresó rápidamente al estudio de su padre, colgó su saco en el perchero y desplegó sus libros sobre el escritorio para hacer sus tareas. Ser el hijo mayor de la familia le daba el privilegio de poder usar esa habitación con una importante biblioteca, muebles de estilo y cuadros muy valiosos, según le había transmitido su padre.

Tenía unos trece años, al igual que su mejor amigo, Hans, de quien era compañero desde los seis. Portaba con soltura su metro setenta en un cuerpo flaco y algo desgarbado. Tenía los hombros anchos, el pelo negro arremolinado y un mentón prominente. Usaba anteojos de marco recto, algo que le daba un aire de intelectual. Era un joven brillante, muy bueno para las matemáticas, con un interés prematuro por la política y siempre deseoso de comprender mejor los difíciles momentos que el país venía atravesando a partir de la crisis económica.

—David, aquí te encuentro estudiando una vez más —lo interrumpió su madre—. Quiero que sepas que tu padre está muy enojado por la actitud que tuviste y por haber llevado a tu hermana a ese lugar peligroso.

—Mamá, no es para tanto. El colegio era un caos y aprovechamos junto con Hans y Ewa para ir al teatro. Tú siempre nos motivas a conocer las distintas formas del arte, y eso hicimos.

—David, no te pases de listo. Debes reconocer que tomaste una decisión equivocada y hacerte cargo de tus actos. Yo siempre voy a promover que disfruten del teatro o de un concierto, pero no en horario escolar, ni aceptaré que te pongas en riesgo a ti y a tu hermana.

—Tienes razón, mamá. No pensé que pudiera ser tan peligroso irnos a caminar por Berlín un rato. Prometo que no lo volveré a hacer —le contestó, bajando la vista, algo compungido.

—Solo quiero que tomes conciencia. Voy a tratar de que tu padre se tranquilice un poco porque quiere hablarles y retarlos.

—Llévale un té y un pedazo del strudel que te sale tan rico. Eso le va a cambiar el humor. ¡Eres la mejor cocinera del mundo! —le dijo entre risas y guiñándole un ojo.

—Ja, ja, ja. Eres increíble, David —le contestó la madre, bajando la guardia mientras le besaba la frente y volvía a la cocina.

Edith se retiró del estudio. En el momento en el que David se concentraba nuevamente en la lectura de sus libros, fue interrumpido por su hermana Ewa, quien ingresó a la habitación a los saltos, haciendo piruetas entre los muebles. Estaba a punto de regañarla cuando se percató de que bailaba con un plumero atado a su espalda, sobresaliendo por sobre su cabeza como si se tratara de una corona de plumas. Iba envuelta en una chalina de su madre, cuyos bellos colores hacían las veces de un vestido de gala. Ewa no dejaba de cantar y bailar, y David no pudo más que estallar de la risa al verla tan desenvuelta.

Ewa, de doce años, era inseparable de su hermano, a quien admiraba. Era graciosa, inteligente, enamoradiza, seductora, y manifestaba un histrionismo propio de una futura artista. Si bien era buena alumna, tenía una personalidad aventurera y no podía quedarse quieta ni un segundo; lo suyo era una constante hiperactividad.

Lo que se proponía lo lograba. Se sentía atraída por Hans y, con mucha habilidad, aún a temprana edad había logrado llamar la atención del amigo de su hermano.

En un momento, Ewa detuvo sus saltos y canciones, y David le preguntó curioso:

—¿Quién te crees que eres? Estás muy glamorosa y divertida.

—Soy Bonnie, la artista principal del show... ¡Y ahora, señoras y señores, les voy a presentar a la banda de música conducida por la pequeña genio Rebecca! —dijo efusivamente, mientras la hermana menor ingresaba a la habitación tocando el violín, envuelta en unas pieles de su madre, mientras marchaba alegre y orgullosa alrededor de Ewa, que no dejaba de bailar.

—Has montado tu propio show de vodevil, Ewa, y has traído a la maravillosa Becca —exclamó David mientras aplaudía a sus dos hermanas.

Rebecca, la hermana menor, ya demostraba ser una violinista prodigio. Era pecosa, de ojos marrones, nariz respingada y cuerpo pequeño. Debía adaptarse entre ser la pequeña consentida de los padres y, a la vez, crecer rápido para estar cerca de sus hermanos mayores. Estaba presente en las atractivas conversaciones que abundaban en la casa y absorbía todo con ansiedad. No hablaba tanto, pero cuando intervenía parecía ser una mujer adulta dentro del cuerpo de una niña. Tenía que sobreadaptarse para estar a la altura de una familia tan activa, pero no dejaba de ser una pequeña buscando la atención de sus padres y hermanos.

Aunque muchas veces se notaban los celos, en especial entre Ewa y Rebecca, los tres hijos Apfelbaum tenían una relación de gran complicidad.

Mientras esto sucedía en la casa de los Apfelbaum, a tan solo tres cuadras de distancia, Dieter Hartmann regañaba a sus hijos, a quienes había hecho entrar a los empujones a su pequeño departamento, uno de varios en ese piso.

—¡Par de niños imberbes! —les gritó—. Todo el esfuerzo que hemos realizado con su madre para estar en este departamento en esta maldita ciudad de Berlín, y ahora que ella está enferma ustedes nos agradecen con este comportamiento inaudito. —Y lanzó un sopapo que estalló en la cara de Hans. Al mismo tiempo, tomó con fuerza del pelo a Otto y le dijo—: ¡Y tú, bueno para nada, en qué problema te has metido otra vez! ¡Cuántas veces te voy a tener que golpear hasta que entiendas que te debes comportar como el joven que ya eres!

Los gritos y los golpes despertaron a Helga, quien, convaleciente, desde la habitación, con sus pocas fuerzas, les dijo con angustia:

—Por favor, dejen ya de gritar.

Luego de la intervención de la madre, se recompuso una cierta calma, pero no era más que una tregua antes de que estallara un nuevo conflicto en ese hogar devastado por la crisis. La Gran Depresión había terminado con el empleo más reciente en la fábrica de indumentaria de las afueras de Berlín en la cual trabajaba Dieter, quien hoy sobrevivía haciendo pequeñas tareas puntuales y mal pagas. Para colmo de males, atravesaban la degradante enfermedad de Helga, que le producía dolores cada vez más intensos, solo menguados por los remedios opiáceos, que costaban una pequeña fortuna en la quebrada economía familiar.

Otto se asomó de su cama al escuchar a su hermano menor llorando y le gritó de manera brutal:

—No seas mariquita, Hans. No debes llorar por una simple paliza. Tan fuerte y lindo que pareces, y lloras al menor castigo. Debes ser fuerte y aprender a aguantar.

—Tú no entiendes nada. Solo te importan tus amigos y hacerte el rebelde.

—Niñito malcriado, ahora vas a ver lo que es un golpe de verdad.

Otto le arrojó un puñetazo que Hans esquivó con mucha habilidad. Y, antes de que intentara un nuevo golpe, el menor se arrojó sobre su hermano y, con una llave, lo inmovilizó por completo.

—¿Por qué no te atreves a pegarme, borrego? —le gritaba Otto, quien intentaba con todas sus fuerzas liberarse. Pero solo se movía con impotencia, sin poder ponerse en pie.

Hans, de tan solo trece años, era fuerte, hábil, de una lealtad superior y con un acendrado sentido del deber. Su hermano Otto recelaba de todos esos atributos, pero desde hacía un año, y pese a que lo atormentaba con la palabra, ya no podía dominarlo físicamente.

—Cuando me liberes, ni tu amigo David te va a salvar de la golpiza que te voy a dar —le gritó, ya sin fuerzas, el mayor, totalmente frustrado—. Es más, como venganza, le voy a dar una paliza al pequeño bastardo judío de tu amigo.

—No te metas con él. Si lo molestas, por fin vas a conseguir que te dé la golpiza que te mereces.

Para Hans, David era su amigo del alma. Eran inseparables, ya fuera en una actividad deportiva o en alguna travesura.

Hans había tenido que ayudar trabajando en su casa desde chico. Estaba acostumbrado a recibir órdenes y a actuar en consecuencia. Era bueno en la lucha cuerpo a cuerpo y, entre sus numerosas habilidades, poseía una enorme puntería disparando tanto con armas de fuego como con arco y flecha. Su padre lo había introducido desde muy pequeño en la materia. Tenía una capacidad motriz muy desarrollada, a pesar de ser apenas un adolescente.

Al liberar a Otto, este se dedicó a amenazar e insultar a su hermano:

—Maldito borrego. Yo no dormiría tan tranquilo a la noche. Uno de estos días no tendré compasión de ti, y ya verás de lo que soy capaz cuando pierdo el control.

Otto, de dieciséis años, envidiaba la destreza física del menor y siempre se burlaba de él. Tenía un cuerpo alto y esmirriado, con los ojos un tanto salidos de sus órbitas. No parecían hermanos, ni desde lo físico ni por su temperamento. En el barrio se comportaba como un matón y lideraba una pequeña banda de amigos atraídos por las ideas de los nacionalsocialistas.

—¡Qué mierda está pasando en este cuarto! ¡Ya ni puedo escuchar la radio tranquilo porque sus gritos y golpes me impiden concentrarme! —gritó Dieter.

—No pasa nada, padre. Ya me voy a dormir —contestó Hans sin confrontar la mirada.

—No quiero escucharlos más. ¡A dormir, mierdas!

Otto se retiró de la habitación sin mirar a su padre, y Hans se dio vuelta en la cama, tapándose la cabeza con la almohada.

Dieter Hartmann acomodó el cuadro con el retrato de Adolf Hitler que colgaba sobre la pared del cuarto de los jóvenes y apagó la luz al retirarse de la habitación.

Dieter había peleado en la Primera Guerra Mundial para convertirse luego en un obrero y próspero capataz. Pero su trabajo en la industria de armamentos había desaparecido, producto de los acuerdos del Pacto de Versalles. Como buen alemán nacionalista y afectado por las condiciones de la posguerra, se sentía muy atraído por el mensaje reivindicatorio de Hitler, así como por su creciente resentimiento hacia los judíos, que parecían ser los únicos que prosperaban en la Alemania inflacionaria de la República de Weimar.

Detestaba a los judíos y a los políticos que, sostenía, discutían y terminaban haciendo negociados en contra de Alemania. Luego de haber perdido su trabajo en la región del Somme, y de que esta fuera anexada a Francia, se había mudado a Berlín para intentar conseguir mejores tratamientos médicos para su esposa.

Helga, una persona bondadosa pero sin demasiadas luces, sufría de una enfermedad degenerativa que, para el año 1933, la mantenía postrada en su cama. Trataba de apaciguar los ánimos de Dieter, que estaba en permanente ebullición, y también procuraba que la relación entre sus hijos mejorara, pero era imposible. Otto y Hans eran el agua y el aceite.

Luego del crack de la Bolsa en 1930, que generó un caos económico en Alemania, Dieter se quedó sin trabajo, lo que coincidió con la etapa de recrudecimiento de la enfermedad de su esposa. Estaba desesperado, con muy poco empleo, y eso le generaba ataques de ira. Su furia era directamente proporcional a su devoción por Hitler.

En la casa de los Apfelbaum reinaba un clima más distendido. Isaac se encontraba en el living leyendo el diario mientras saboreaba su rico strudel, que le había devuelto el humor y que interrumpía cada tanto con un sorbo de té. Isaac Apfelbaum era un exitoso comerciante berlinés de familia judía practicante, casado con Edith Mendelsohn, hija y nieta de artistas, cuyo padre había sido violinista y su madre, pintora. Era respetado como empresario y colaboraba con el Partido Socialdemócrata, comprometido con el desarrollo democrático de Alemania. Conformaban una familia estimulante y trabajadora.

Siendo muy joven, Isaac había participado brevemente de la Primera Guerra Mundial, pero debido a su fuerte miopía nunca había estado en el frente de combate, aunque sí cumplió funciones durante más de un año en el Departamento de Logística. Allí se calculaban todos los detalles operativos para el Ejercito alemán: desde las raciones que debían llegar a los soldados que combatían en el frente, hasta la cantidad de municiones y bombas que podían arrojar por semana en determinada zona de batalla para asegurarse de que la industria armamentista pudiera sostener el esfuerzo de guerra de manera permanente por años.

En tiempos de paz, con el aporte económico de su tío Aron —su padre había muerto siendo tan solo un niño— y su extraordinaria habilidad para el cálculo y las matemáticas, había construido un exitoso imperio comercial con tres tiendas de venta de ropa, ubicadas en pleno centro de Berlín. Eso le daba un muy buen pasar a la familia y les había permitido comprar el piso en el que residían.

Edith sacó a Isaac de su concentrada lectura:

—Si quieres hablar con los niños, este es un buen momento, ya que en un rato deben cenar y retirarse a sus cuartos a dormir.

—Me parece bien. ¿Los puedes traer al living, por favor? Que vengan los tres. Creo que será un buen aprendizaje para todos charlar sobre lo que ha ocurrido.

Los tres chicos se sentaron en el sillón frente a sus padres. Isaac abandonó su pipa a un costado y, mientras dejaba salir lentamente el humo por sus fosas nasales, los miró atentamente antes de empezar a hablar.

—Niños, ¿cómo se les ocurrió escaparse del colegio para ir a un teatro de mala reputación? Esto es muy grave.

—Papá —respondió primero Ewa—, el espectáculo fue impresionante. Había una actriz llamada Bonnie que tenía una voz hermosa. ¡Y nos invitó a tomar el té junto a ella!

—¿Pero quién era esta Bonnie? —preguntó preocupado Isaac.

—Una artista llena de brillos. Nos invitó a tomar el té con galletas y chocolates, y nos contó cuánto había estudiado para llegar a participar de ese show —le contestó Ewa.

—Sí, era una mujer amable y afectuosa, que se preocupó por cómo íbamos a volver a la escuela —intervino David para tranquilizar a su padre.

—Era muy talentosa y tenía unas piernas muy largas. Me encantó cómo podía bailar tan coordinada mientras cantaba unas melodías bellas al mismo tiempo —siguió Ewa.

—¿Por qué te gustó el espectáculo, Ewa? —preguntó interesada Edith. Ewa, con toda naturalidad, contestó:

—Tenía canciones y coreografías increíbles, y por momentos había decenas de artistas bailando y cantando en el escenario.

—Sí, fue asombroso. También actuaban animales entrenados y malabaristas que hacían pruebas dificilísimas —se sumó David.

—¡Qué maravillosa experiencia! —exclamó Edith sin poder contenerse, e Isaac la interrumpió:

—Pero, Edith, ¿cómo puede ser que te focalices en el espectáculo? Imagina si les pasaba algo a los chicos en esta Berlín plagada de nazis violentos —continuó, mirando a sus hijos—. Quiero que nunca más vuelva a pasar algo como esto. Tomen conciencia del riesgo que corrieron. Fue un enorme error. Recuérdenlo siempre: la curiosidad mató al gato. Por esta vez, estoy dispuesto a perdonarlos y dejar pasar el castigo, pero de ahora en más deberán reportar a su madre sobre todos sus movimientos. Esta es la última advertencia. Ahora pueden retirarse.

Edith mandó a bañar a los chicos, y una vez que se retiraron del living, contestó con paciencia:

—Amor, es cierto que los chicos al escaparse hicieron una travesura que no deben repetir, pero al menos fueron a disfrutar de un espectáculo artístico, algo que los motiva y moviliza su imaginación. Además, no debes exagerar todo el tiempo con la cuestión de los nazis y la política.

—No exagero nada, Edith. Por momentos creo que no comprendes la verdadera dimensión de la amenaza que se cierne sobre Alemania, y en especial sobre nosotros.

En ese momento de ríspida discusión entre sus padres, Ewa caminó envuelta en un toallón cruzando el living y contoneándose como hacía Bonnie, entonando una de sus bellas canciones, cortando el clima de tensión y enojo. Todos estallaron de risa.

Dentro de la familia Apfelbaum se respiraban los tiempos y humores de una época contradictoria. Isaac se encontraba muy preocupado por el peso creciente del nazismo y su antisemitismo explícito, como también por el fracaso de la joven democracia alemana. Tenía amigos en el Partido Socialdemócrata que nunca habían administrado un comercio y, por ello, no comprendían cómo manejar la economía. Esto lo llenaba de frustración porque hacía crecer los extremos: comunistas y nacionalsocialistas, que ganaban adeptos sin parar.

En simultáneo, su comercio no paraba de crecer. Ya había abierto el tercer salón de vestidos para damas en el centro de Berlín, que era un éxito absoluto. Por sugerencia de su esposa, había decidido poner foco en la moda de las mujeres más jóvenes, y su nueva tienda era la atracción obligada entre las modernas muchachas berlinesas. A pesar de la ayuda circunstancial a su marido, Edith estaba mucho más concentrada en el espíritu artístico de la época en esa ciudad en ebullición que era Berlín.

Edith se había criado en un ambiente un poco más sofisticado, donde se fomentaban el gusto artístico y un espíritu más liberal y contestatario propio de la burguesía de la época. Pertenecía a una primera generación de mujeres que se animaban a expresar libremente sus opiniones y se ponían en una situación de igualdad en su matrimonio. A pesar de los diferentes entornos en los que habían crecido, se amaban con pasión, se admiraban mutuamente y se respetaban en sus diferencias.

La mañana del 27 de febrero había amanecido fría y soleada en Berlín. Hans y David salieron de excursión escolar al Tiergarten, en el centro de la ciudad, para ver sus esculturas, incluyendo el ángel victorioso que simbolizaba el éxito prusiano sobre las tropas francesas un siglo antes. También fueron a visitar el zoológico para admirar las nuevas jirafas, recientemente llegadas de África.

En determinado momento, los chicos corrían por el parque mientras las maestras no les quitaban los ojos de encima para no perder a algún distraído, cuando una de las niñas gritó:

—¡Miren la nube! ¡Qué rara!

Una gran nube negra se extendía en el cielo y pronto llamó la atención de todos los niños. Se empezaron a escuchar gritos y la sirena de los carros de bomberos que se dirigían hacia esa dirección.

Instintivamente, alumnos y maestras se acercaron al epicentro del ruido y el humo, para encontrarse con el monumental Reichstag envuelto en llamas, como si fuera un gigante surgiendo del averno. Los chicos quedaron paralizados. Solo se escuchaba el sollozo de la maestra Frida ante aquel espectáculo dantesco.

Hans preguntó, azorado:

—David, ¿puedes explicarme qué está pasando?

David solo atinó a decir:

—Se está quemando el Reichstag, la sede de la democracia.

Ewa, que había agarrado la mano de su hermano, preguntó conmovida:

—¿Quiénes trabajan en ese edificio?

—Los legisladores que votan las leyes y gobiernan el país —contestó David, sin poder creer lo que veía.

—¿Y crees que ha muerto alguien? —preguntó asustado Hans.

—Espero que no.

Los chicos se acercaron a la avenida para ver mejor el espectáculo, y en eso Hans le llamó la atención a David, tocándole el hombro y apuntando hacia su izquierda. Un imponente Mercedes-Benz descapotable, rodeado de otros autos y vehículos militares, estaba estacionado a pocos metros de donde observaban el edificio arder rápidamente. En el Mercedes se veía, nítida, la figura del canciller Adolf Hitler, quien le hablaba ampulosamente a Joseph Göbbels, presidente del Parlamento ese año.

Los chicos se quedaron observando, atónitos, al pequeño líder nazi cuando, de repente, este fijó la vista en ellos con una mirada penetrante y desafiante. Ambos amigos se quedaron helados. Rápidamente, David bajó la vista; no podía soportar la intensidad de la mirada desafiante del Führer.

Por el contrario, Hans estaba como hipnotizado frente a la electrizante figura. Durante unos largos segundos sostuvo los ojos fijos en él. Le pareció una eternidad. Hasta que Hitler levantó su brazo derecho, a lo que Hans respondió automáticamente con el mismo gesto.

Rápidamente, los autos se pusieron en movimiento, con el rugido de sus poderosos motores, y avanzaron hacia la zona en crisis. Los jóvenes estaban impresionados y no podían salir de su asombro por todo lo que ocurría a su alrededor, cuando sus maestros los convocaron a volver a la escuela.

Habían pasado tan solo cuatro semanas desde el nombramiento de Adolf Hitler como canciller de Alemania. Esa noche del 27 de febrero, en la casa de la familia Hartmann, Hans les contó a su padre y a su hermano —con una mezcla de entusiasmo, temor y asombro— lo que había vivido ese día.

—Te juro, padre, que vi al mismísimo Adolf Hitler parado en su auto descapotable, hablando con Göbbels, según me explicó David, mientras el Reichstag ardía a metros de distancia.

—Hijo, has sido testigo de un momento bisagra para nuestra patria. Has presenciado el atropello de los comunistas al poder constituido. Así fue como comenzó toda la debacle en Rusia —dijo Dieter. Y agregó—: Lo mismo quieren hacer en Alemania, donde ese puerco de Lenin estuvo viviendo por tantos años financiado por los judíos. Pero no lo van a lograr, porque aquí está Adolf Hitler. Y todos nosotros le pondremos freno a esta locura comunista. Lo mismo haremos con aquellos que financian a estos apátridas que quieren destruir el país, pero no lo van a conseguir —dijo con tono amenazante.

Hans lo miró sin comprender plenamente lo que escuchaba, pero había visto a su padre despotricar contra los políticos y los judíos durante años, y ahora había gente en el poder que decía lo mismo.

Otto se sumó al coro de insultos y diatribas, y agregó:

—Escuché en la radio que hay varios comunistas de diferentes nacionalidades detenidos. Ojalá ahorquen en la plaza pública a todos los responsables de la quema del Parlamento, y que Hitler ponga orden de una vez por todas en Alemania.

—¡Sí, señor, muy bien dicho, Otto! ¡Eso es! ¡Poner orden y expulsar a todos los malditos judíos y demás extranjeros que quitan el trabajo a los alemanes honestos y pudren el país! —gritó Dieter.

Hans estaba azorado y confundido, con una mezcla de sentimientos. Por un lado, le gustaba la idea de tener una Alemania fuerte y respetada, pero le molestaba toda la agresividad contra los judíos, en especial porque su mejor amigo era uno de ellos.

Por el contrario, cuando David relató los hechos a su familia esa misma noche, el clima en el hogar de los Apfelbaum era bien distinto:

—Padre, te puedo asegurar que Hitler nos miró con unos ojos fríos y penetrantes, mientras a pocos metros se incendiaba el Reichstag. Un miedo helado recorrió mi cuerpo y no pude sostenerle la mirada. Estaba charlando en su auto con Göbbels, y gesticulaba y gritaba de manera muy vehemente.

—Seguramente, hijo, estaba planificando cómo sacar provecho de este desastre político. El enfrentamiento entre los extremos lo único que logra es debilitar la democracia. Y a los moderados que... bien gracias, miran cómo el poder se les escurre de las manos y cada día que pasa, Hitler y su banda acumulan más autoridad.

—Pero, padre, yo estuve escuchando a los líderes nazis en la radio, y no solo culpan a los comunistas, sino que también hablan de los judíos que financian a los comunistas. Pero nosotros somos judíos. ¿A qué se refieren?

La cara de Isaac se ensombreció y tardó un buen rato en contestarle a su hijo. Íntimamente, estaba muy preocupado por los hechos que venían ocurriendo y la retórica de los nazis.

—Querido hijo, nuestro pueblo ha sido perseguido por siglos, pero siempre hemos logrado mantener nuestra religión y sobrevivir a todos los embates. Me temo que una vez más deberemos enfrentar el odio contra los judíos, como lo sufrieron nuestros antepasados. Si es necesario pensar en un nuevo destierro hasta construir otra patria, lo haremos —sostuvo con tono firme pero apesadumbrado.

—No exageres —lo interrumpió Edith—. Ya hemos sufrido abusos y maltratos en el pasado, pero vivimos en Berlín y, finalmente, en una democracia. No siembres la desesperanza en tu hijo, que, además, es muy joven para procesar todo esto.

La mirada de Isaac fue hacia el piso. No compartía la posición de su esposa, pero entendía que no podía llenar de temores a sus hijos, que eran muy jóvenes para comprender plenamente la amenaza que se avecinaba.

—Tiene razón tu madre, David. No hay que preocuparse de más. Pero sí debemos estar atentos a cómo evoluciona todo esto y, como familia, estar más unidos que nunca. Si te agreden por ser judío, te pido que no reacciones; eso es lo que buscan estos necios para atacar.

—Sí, padre —le dijo David, mientras se abrazaba con su madre e Isaac los miraba con ojos vidriosos.

Ambos ya vislumbraban el odio racial del que sus propios progenitores y abuelos les habían hablado, pero que hasta ese momento no habían experimentado en sus vidas con semejante virulencia. Isaac, de mayor apego religioso y con amigos en la política germana, se encontraba devastado ante el nuevo panorama. Pero Edith buscaba bajar la carga negativa de su marido.

Cuando David se retiró a su cuarto para ir a dormir, el matrimonio continuó la discusión:

—Los judíos han sido maltratados en Europa por siglos y ha habido momentos de mayor y menor violencia, pero no debes ser tremendista, Isaac, ni aislar a tu hijo de aquellos que no son judíos. Hoy estamos integrados en nuestra comunidad y somos todos alemanes, además de judíos.

—Eso es lo que me tiene más enojado, Edith, porque, más allá de mi religión, no comprendo por qué mi país, Alemania, al cual defendí en la Primera Guerra Mundial, está siendo destruido desde adentro y no encuentra la manera de salir de esta crisis económica y de identidad.

—No tengo respuestas para eso, querido, pero debemos educar a nuestros hijos para que no tengan ese odio y resentimiento que los nazis nos demuestran. Ellos deben ser ciudadanos alemanes, ante todo, y respetados como tales.

—Eres muy sabia, Edith. Por eso me he enamorado de ti y soy muy feliz a tu lado —le respondió Isaac mientras la besaba y abrazaba con cariño.

El fin de semana, los tres chicos jugaban a las escondidas con amigos de la escuela en el barrio. Las escaleras de entrada a los edificios, los pasillos que los dividían y llevaban a los jardines internos, los enormes tilos y robles, y las plantas que los rodeaban, eran excelentes escondites para evitar ser encontrados.

David era quien buscaba y, en esa ocasión, Hans y Ewa, muy juntos, se habían escondido detrás de una escalera, cubiertos también por varios arbustos. David se aproximaba, y ambos jóvenes retenían la respiración, sin hacer ningún ruido. Cuando la cercanía de David hizo que su descubrimiento fuera inminente, a Ewa se le ocurrió arrojar una piedra hacia la puerta de la casa justo al frente, cerca del gran árbol de tilo que enmarcaba la calle. Ese ruido desvió la mirada y la trayectoria de David, y ambos jóvenes rieron a hurtadillas por cómo habían evitado ser encontrados.

En ese momento de diversión, se escuchó un ruido intenso y alguien agarró a Hans del brazo. Era su padre, Dieter, que le gritaba:

—¡¿Qué haces aquí tirado en el suelo?! ¡¿No ves que ensucias toda la ropa y tu madre está muy enferma para lavar?!

La cara de terror de Hans se contagió a Ewa, quien se quedó muda junto a su amigo. En eso llegó David, atraído por el ruido en ese rincón de la cuadra, y saludó a Dieter para distraer y calmar los ánimos.

—¿Y tú quién eres? —preguntó Dieter, de malos modos.

—Soy David, amigo de su hijo Hans.

—¡Ahh! Me han hablado bien de ti. Eres quien ayuda a Hans con sus matemáticas.

—Así es —contestó muy orgulloso David.

—Y esta chiquilla de ojos tan bellos debe ser tu hermana.

—Sí, se llama Ewa Apfelbaum.

La cara de Dieter se deformó en un gesto de desprecio, como si hubiera olido o visto algo en mal estado.

—Hans, vámonos ya. De aquí en adelante, deberás pensar y elegir mucho mejor tus amistades, querido hijo —dijo, retirándose del lugar y llevando casi a rastras, agarrado del brazo, a un contrariado Hans.

Los chicos, aún muy jóvenes, empezaban a ver con sus propios ojos la construcción del resentimiento y el odio. Eran sentimientos y mecanismos necesarios tanto para edificar un régimen totalitario, como para justificar la guerra y las atrocidades que estaban por llegar a toda Europa.