
Canciones para ver,
dibujos para observar
Por Rodrigo Fresán
UNO Digámoslo así: el viaje, el trip, de mi generación (y, presumo, seguro, de todas las generaciones que vinieron después y que seguirán viniendo mañana) a la hora de cantar con los ojos y los oídos bien abiertos, se inicia, una vez superado el trámite más o menos obligatorio y desafinado de las canciones de cuna a cargo de nuestros mapadres, con las Canciones para mirar de María Elena Walsh.
Sí, saltamos del “que duermas bien” al “que te despiertes mejor” para iniciarnos en el más juguetón de los surrealismos con animales animados y reinos del revés. Después, casi enseguida, si hay suerte (ya lejos de la cuna de bebé pero con una voz que está yendo del living hacia una cama adolescente igualmente indefensa a la vez que feroz) nos enteramos, de una buena vez por todas, de que una mañana encontraremos a La Muerte dentro de nuestra habitación. Y que vendrá a acostarse con nosotros. Y que esa no será la petit mort de uno de los tantos orgasmos soñados y húmedos que empezamos a conseguir por las nuestras (y, si hay suerte, acompañados), sino La Gran Muerte que encontraremos una mañana tarareándonos bajito que es hora de destender sábanas como sudarios e irnos lejos, más lejos todavía.
Pero todavía no.
Quedan muchos años y canciones para ver.
DOS Porque si María Elena Walsh compuso canciones para mirar (y lo cierto es que muchas de sus canciones podrían ser de rock nacional así como muchas de rock nacional podrían ser de ella; pienso en “La balsa” y en “El oso” y en “Mr. Jones” y en “Mariel y el Capitán”), Charly García recompone canciones para ver.
García (¿será mejor y más apropiado llamarlo Charly desde aquí y ahora, como se lo llama en la portada de este libro llamado Charly absoluto?) es, a la hora de la estrofa inolvidable y del estribillo memorable, a veces eléctrico y a veces electrocutado y a veces metiendo los dedos en el unplugged, no sólo el hombre con los ojos de rayos X, sino también, además, el hombre con los oídos de rayos X. Charly, se sabe, es amo y señor y a su vez esclavo de eso que se conoce como oído absoluto. Una suerte (buena para nosotros, a veces mala para él) de maldición y estigma, de don que te dan a cambio de una calma que es siempre la del ojo del huracán. Charly es ese superhéroe llamado Hear-Man. Charly es el supervillano llamado The Keyborder, a.k.a. El Borde del Teclado.
Una vez, hace ya mucho, entrevisté a Charly y no me lo cantó pero sí me lo contó así: “Yo nunca hablé demasiado sobre esto. El oído absoluto lo tiene una persona entre no sé cuántos miles. Por ahí hay revistas donde un

yanqui medio trolín te propone alcanzarlo en cómodas cuotas y lecciones. Puede ser. Pero eso no es más que entrenar el oído relativo para que oiga como el oído absoluto. Es lo que hacen buena parte de los músicos, después de todo. Qué sé yo. Tener oído absoluto no implica que seas músico: implica que la tenés más fácil para serlo. Yo una vez trabajé de oído absoluto, de acompañar a cualquiera. Hace mucho tiempo, en Canal 7, en uno de esos programas donde los aficionados van a cantar... Yo tenía que escuchar al participante y acompañarlo en cualquier tipo de género, tono o lo que sea. Yo no era un Zelig musical, ojo: era algo más pedestre. Y esa es la historia y el misterio. Sé que es genético. Sé que mi bisabuelo también tenía oído absoluto. Y sé que a veces, cuando paso de largo o estoy preparando un concierto, cuando no duermo, es cuando la cosa se pone un poquito difícil. Ahí el grado de sensibilidad sonora se te filtra a los otros cuatro sentidos y es el sonido el que te lleva y te arrastra. Ves el sonido y tocás el sonido y olés el sonido y gustás el sonido...”.
Y siguió hablando como quien escucha cómo suena el pasado: “A mí me encantaba la música que leía. Partituras. Desde chico.
Realmente no escuchaba música de la radio. Todo me parecía muy desafinado... una grasada, bah. Yo estaba muy inmerso desde muy temprano en otra cosa, en lo que tocaba: Beethoven, Chopin y pa-pa-pa-pá. Daba conciertos una vez por año. Los mejores del conservatorio. Y ya tenía mis fans. Mis señoras gordas y fans me llevaban a la Confitería Ideal y me daban muchas masitas y mucho helado. Me acuerdo de otro lugar con una orquesta que para mí se llamaba Tropicana. Y todo eso es como un glimpse, como un reflejo distante de una época que yo recuerdo en blanco y negro. ¿Y sabés qué pasó entonces? El mundo se hizo technicolor. Escuché dos notas y listo. Alcanzó y sobró. ‘There’s a place’. Los Beatles. Fue lo primero que escuché de ellos, y es como si todavía lo estuviera escuchando por primera vez. Fue la primera canción que escuché que tenía una novena. Me emocionó. Cuando dice mind —cuando dice mente—, la nota es un fa sostenido. Mi nota. Una nota muy filosa. Es mi nota porque me toca acá, en el pecho. Yo estoy compuesto y afinado en fa sostenido y eso, milagrosamente, no cambia nunca, por más que estés más gordo o más flaco. Es tu sonido. Todo el mundo tiene su propio sonido, pero muy pocos se toman el trabajo de buscarlo y encontrarlo. Si te buscás el tiempo o un afinador, escuchá y mirá en qué tono resuenan tu aire acondicionado, tu aspiradora, tu heladera... Seguramente van a sonar en un tono que tiene que ver con el tuyo. Así, uno siempre acaba rodeándose de cosas, consciente o inconscientemente, que vibran a determinado ciclaje. Yo no sé muy bien qué quiere decir esto. Pero lo que sí sé es que uno se pasa la vida buscando ese sitio, there’s a place, donde todo suene como uno”.
TRES Lo de Rep —consumado voyeur, al igual que Charly— se ve como dentro del mismo parámetro, pero diferente: lo de Rep es el Ojo Absoluto con el más impecable de los oídos. Rep siempre en la(piz) sostenido. Rep dibuja —Rep también recompone— lo que escucha con los ojos y ve con los oídos.

De ahí que lo suyo siempre suene tan bien y afinado y afilado y que sea —todo y todos los que lo rodean, cosas y cosas a las que rodea él— y que suenan como él, all together now, para que él averigüe cómo suenan. Y nos lo cuente y nos las cante por dibujado y por escrito. Rep —como Charly— es uno de esos escasos maníacos referenciales que se nutre de lo que pasó pero nunca pasará y que lo centrifuga hasta convertirlo en algo propio. Algo remixeado y haciendo equilibro sobre la delgada pero firme línea que separa/une a la reverencia de la irreverencia. Un ADN de OVNI con IN (Inteligencia Natural y Nada Artificial). Nada más y nadie menos que Quino precisó la rareza que se vuelve normaleza si se la entiende como resultante de alguien con apellido onomatopéyico para su ruido único y blanco y negro. Ese rep que replantea y repone y representa repunta y reprisa y reproduce y reporta y repleta y repiensa y reparte y repara y replica.
Y reportó Quino: “Rep es sin duda el dibujante más original que ha producido la Argentina en los últimos años. Hasta su aparición todos habíamos llegado a este oficio con nuestros papeles aburridamente en regla: hijo de Oski: sobrino de Divito; nieto de Lino Palacio; ahijado de Hugo Pratt... Él no. Rep exhibe extrañas cartas de identidad que lo muestran primo de García Lorca, hermano de Edvard Munch, compadre de Boris Vian y yerno de Cátulo Castillo. Tal vez por eso su línea es una curiosa lombriz que se adentra bajo la tierra de este cautivante Planeta Rep, tratando de descubrir su propio origen como una pregunta que se interroga continuamente a sí misma. Y, a fin de cuentas, eso no es otra cosa que la raíz de la poesía”.
Sí: como sucede con Charly, Rep como aquel que se contagia de influencia para volverse influyente.
Rep —al igual que Charly, de nuevo— para quien todo y todos los demás está ahí para ser abducido y poseído y personalizado a su manera.
Así, Rep ya invitó a tomar el té —con tetera de María Elena y Alicia de Charly— a las
grandezas y chiquezas de patriotas y traidores, a Dante y al Quijote, a peronistas que van y a vinos que vienen, a Borges y a Cortázar y a Kerouac y a Bukowski y a Gramsci y a Caparrós, a Maradona y a Messi, a Martín Fierro y a Miguel Hernández. Y a todos sus propios personajes (mi favorito siempre fue el necroilógico El Recepcionista de Arriba; y le pregunto a Rep si alguna vez, cuando se oiga el último aliento de la última nota, dibujará a un Charly knockin’ on heaven’s door luego de haberlo hecho a los portales de su reino en la calle Coronel Díaz; y me dice que no, que de ningún modo, que su Charly termina en este libro, final abierto; y le comento que, en lugar de ascender hasta las nubes del Paraíso celestial, tal vez Charly alcanzase su Más Allá descendiendo a los humos de la Cavern de Liverpool en la que los Beatles twisteaban y shouteaban).
Y, a ni dudarlo, siguen y seguirán las firmas a ser afirmadas por Rep.
Y atención: no es casual que sus Postales fuesen reunidas en una colección de narrativa. Sí: Rep cuenta el cuento, emite radiaciones (es un gran hablador radial capaz de hacer hablar hasta al más parco de los invitados a su micrófono).

era tan necesario como obvio el que Rep por fin se pusiese a postalear a fondo el mapa de un hombre no de esquina rosada sino de angulosidades multicolor (en NY y en BUE) con ojos de videotape CinemaScope y fiel curiosidad de cinema verité, y qué se puede hacer salvo ver películas o escuchar dibujos que no son más que formas distintas pero complementarias de contar.
CUATRO Y le pregunto a Rep cómo es dibujar a Charly y Rep me contesta: “Todavía estoy dibujándolo para el libro. Recién cuándo el libro esté terminado, voy a poder precisar cuáles son los primeros Charlys que dibujé. Y precisar también todos los cambios que le fui haciendo. Cambios de narices mutantes (hay algo en su nariz, que esconde muy bien; en realidad, siempre habló desde su nariz), de gestos, ojitos caídos, anteojos siempre de distintos tamaños, pelambre cambiante (nunca calvicie). Y ese bigote, claro... Y sus manos, claro. No sus pies: Charly parece siempre muy lejos de sus pies... Y es poco macho, muy juguetón, Bambi torpe... Hoy ya lo dibujo de memoria, sin basarme en fotos ni en YouTube. Pero, cuando se me cruza alguna nueva imagen, aprendo algo y lo sumo. Charly para mí es como cuando dibujé a El Quijote. Lo voy a seguir dibujando siempre. No me pasa con mis libros anteriores. Ni con Evita ni con Diego ni con Messi. Charly es una crisálida de sí mismo. Y nunca es dramático, ni siquiera en los momentos más dramáticos de su vida... Es muy lindo dibujarlo. Me encantaría hacer un dibujo animado con él. Es más flexible que el Jack Skellington de Tim Burton. Está como hecho de una plastilina que él mismo amasa muy mal. Y me lo imagino SIEMPRE tocando y componiendo y cantando y contando”.
CINCO Y mejor reconocerlo y no protestarlo y, sí, oíd mortales: el himnótico nacional e hipnótico sin fronteras Charly es el mejor contador del rock’n’pop en español y en cualquier otro idioma. Es un virtual y virtuoso songwriter/storyteller. Charly canta el cuento a
Y Rep no solo pinta su aldea: también hace los barrios.
Y aquí rehace a Charly.
“A mí Charly me entró primero por los ojos: con la tapa que dibujó Crist para el primer disco de La Máquina de Hacer Pájaros. Crist, quien ya firmaba la historieta García y La Máquina de Hacer Pájaros”, me explica Rep.
“Y seguía a Charly, porque salía en las tapas de revistas como Hurra y en las páginas de Gloria Guerrero en Hum®... Y sucumbí con La Grasa de las Capitales”.
Y la música absoluta de Charly se le metió por los oídos para ya no salir de allí.
Y Rep, me dice, tuvo su epifanía personal Made by Charly cuando, en 1980, escuchó por primera vez “Canción de Alicia en el País” y se lanzó a pintar cartones a partir de sus versos sabiendo que entonces era algo que no podía publicar en ninguna parte pero que, absolutamente, necesitaba poner por dibujado. “Recuerdo el impacto que me provocó Alicia, y compré varios cartones montados y anilinas y acuarelas. Hice varias estampas, con una Alicia morena, de mucho rulo, como mi novia de esos años”, se acuerda Rep.
Visto y admirado y evocado lo anterior,