Abro la boca lo más grande que puedo. No puedo respirar hondo. Siento que me asfixio. Un pensamiento me atraviesa: me estoy muriendo.
Mi corazón se acelera. Percibo la circulación de la sangre corriendo con violencia por mis venas. Fluye demasiado rápido.
Respiro entrecortado. Me ahogo. El aire no pasa. Abro la boca intentando captar más oxígeno. Es inútil: cuanto más lo intento, más se me cierra el pecho. Jadeo. Siento vértigo. ¿Me voy a morir?
Me tiemblan las manos. Siento calor, y también frío. Un ardor que sube por el cuello y me explota en la cara.
Me voy a desmayar. Me va a dar un infarto y estamos en el medio de la nada.
Corría el año 2010. Yo tenía 18 años. Estaba en el auto con mi familia yendo a Rosario. Era una mañana de verano fresca. El sol entraba de costado por la ventanilla dibujando una franja de luz sobre mi pierna. El viaje era largo, unas 16 horas de ruta. Mi papá estaba al volante. Le encanta manejar. Mi mamá iba de copiloto, absorta en un libro. En el asiento de atrás, Cami, mi hermana, escuchaba música con auriculares. Y yo leía, mirando por la ventana, también en el asiento de atrás, dejando que las horas pasaran. No me acuerdo qué libro tenía en la mano. Todo estaba bien. Era un viaje de ruta normal. De repente, algo cambió. Sentí una puntada en el estómago.
Debe ser el cinturón de seguridad. Lo aflojo. No funciona. La sensación sigue ahí clavada como un nudo que no se desarma. Capaz estoy sentada raro. Me enderezo y apoyo toda la espalda en el asiento del auto. O quizás son las horas de viaje. Intento ignorarlo. Miro el paisaje. Me repito: ya pasa. Pero el nudo me aprieta cada vez más fuerte. Intento hacer algunas respiraciones profundas. Nada. El aire queda a mitad de camino. Me está pasando algo. Tengo miedo. Me agito. Siento el corazón latir cada vez más fuerte. Me parece escuchar los latidos en los oídos, como un tambor interno. Esto no es normal. ¿Qué me está pasando? Miro a mi familia: cada quien en lo suyo, tranquilos, ajenos a mi desesperación.
El auto se achica, el techo se me viene encima y el aire se vuelve todavía más escaso.
Me miro las manos, empezaron a temblar. ¿Qué me pasa? ¿Por qué no para? Intento contar hasta diez. Inhalo. Exhalo. No me llega el aire. Las piernas tiemblan. Es algo grave. Cierro los ojos. Me concentro. Si no lo pienso, se va a ir. Pero no se va. El campo de visión se reduce, se hace túnel. Siento todo el cuerpo pesado como si me hubiera bajado la presión. Estoy mareada. ¿Y si me desmayo? Una catarata de preguntas me atropella: ¿Un ACV? ¿Un ataque al corazón? ¿Algo en los pulmones? Estamos en una ruta en el medio de La Pampa, solos. Hace más de doscientos kilómetros que no nos cruzamos con ningún auto y lo único que veo es campo. ¿Dónde hay un hospital? No respiro bien. No respiro. El aire es denso. Como si se hubiera escapado todo el oxígeno del auto. No aguanto más.
La voz me sale en un susurro:
—Me siento rara. Creo que me bajó la presión.
Cami no me escucha. Mi papá percibe que emití sonido porque baja el volumen de la música. Mi mamá se da vuelta, me mira de frente. Me ve pálida.
—Hija, ¿qué pasa? ¿Estás bien?
Digo que sí con la cabeza.
—¿Querés que frenemos?
A unas cuadras hay una estación de servicio. Mi papá maneja hasta ahí. Bajo tambaleando. Apoyo las manos en el capó del auto. Respiro agitada como si hubiera corrido kilómetros. Todo mi cuerpo tiembla.
Mi mamá se baja detrás mío. Me da espacio para respirar pero no se mueve de mi lado. Me pregunta si me duele algo. Solo puedo sacudir la cabeza, negando. No sé qué decir. No puedo explicar lo que me pasa. Me abraza sin decirme nada. Me agarra fuerte las manos, me mira fijo y me dice que respire con ella, que todo está bien. Inspira hondo marcando un ritmo pausado y circular de respiración. Al principio me cuesta, pero me obligo a aferrarme a sus manos, y voy imitando su pulso. De a poco, me voy calmando. El mareo baja y la sensación de ahogo se atenúa. En algún momento logro inhalar profundo otra vez.
Después de varias respiraciones profundas, vuelvo a sentarme en el asiento del auto con la puerta abierta. El aire me pega en la cara. Cami me pregunta algo sobre la salida de ayer con mis amigas. Me doy cuenta de que quiere distraerme, y la sigo. Entretenerme me viene bien. Hablamos un rato largo. Después retomamos viaje con las ventanillas bajas, despacio. Ya no estoy en pánico, pero tampoco estoy bien. Me queda una sensación pesada, una mezcla de cansancio y angustia difícil de explicar, que me acompaña todo el día. Esa noche me cuesta dormir.
No lo sabía en ese momento, pero lo que estaba experimentando era un ataque de pánico. Mi primer encuentro con algo que, con el tiempo, aprendería a reconocer, a entender y, poco a poco, a manejar. Pero esa parte de la historia vino después. No tenía idea de que lo que había sentido tenía nombre ni que, años después, sería el principio de un camino que me llevaría a entender mi cuerpo, mi mente y, finalmente, a mí misma.
Durante mucho tiempo, ese episodio me atormentó. No entendía qué me había pasado ni por qué mi cuerpo me había traicionado de esa manera.
Después vinieron muchas crisis similares. Empecé un proceso terapeútico y ahí pude ponerle nombre: ansiedad. También descubrí que esto que me pasaba me había acompañado toda la vida. Creía que yo era simplemente “así”: perfeccionista, preocupada, catastrófica, hiperactiva. Había escondido lo que sentía en una descripción de mi personalidad. Qué me iba a imaginar que esa urgencia constante, esa necesidad de anticiparme a los problemas y ese nudo que aparecía bastante seguido en mi pecho no eran una parte intrínseca de mí.
Me llevó catorce años superar o al menos tener a raya a la ansiedad. Después de muchas caídas y aprendizajes, encontré algo que se parece bastante a la calma. Ahora, con el paso del tiempo y las herramientas que fui construyendo, miro hacia atrás y puedo ver que todo eso que parecía gigante y aterrador, ya no lo es.
Y aunque por momentos fue un infierno, lo que viví dejó marcas en mí que hoy me hacen ser quien soy. Si nunca hubiera tenido ataques de pánico, mi vida hoy sería completamente distinta. A veces pienso que seguro habría sido un poco más tranquila, pero definitivamente menos profunda también. Habría llegado hasta acá algo distraída, corriendo de un lado a otro, sin detenerme en ningún momento a notar cómo estoy, cómo se siente mi cuerpo, qué necesita. Probablemente hubiera seguido huyendo de lo que dolía, me hubiera perdido la oportunidad de conocer esas partes propias que me dan vergüenza, que me lastiman, que me angustian, y que hoy me permiten ser auténtica.
La ansiedad me enseñó a escucharme. A registrar que el cuerpo siempre habla, incluso cuando yo me tapo fuerte los oídos. Me enseñó que escapar solo agranda al monstruo, y que lo único que lo achica es animarse a enfrentarlo, aunque tiemble todo por dentro. También a valorar la calma como un tesoro, a no darla por sentada. A elegir mis batallas, a decir “no” sin sentirme culpable, a aceptar que no puedo con todo. A ser más humana. A dejar de lado la ilusión de perfección que me hacía creer que tenía que ser siempre brillante, rendir sin fallas y poder con todo. A reconocer que mi vulnerabilidad me conecta más con otros que cualquier fachada de “yo puedo sola”. Me empujó a buscar sentido. Lo que al principio creí una condena terminó siendo el inicio de mi mayor pasión: comprender la mente humana y acompañar a otros a caminar a través de su propio laberinto.
Este libro nace de ese viaje. También es el resultado de años de investigación, porque si bien mi historia personal me trajo hasta acá, este libro no está basado solo en ella, sino que está construido a partir de mi experiencia clínica con personas que conviven con una ansiedad intensa, frecuente y con un alto impacto en su calidad de vida. Además de las enseñanzas de grandes referentes que me permitieron entender en profundidad el mecanismo de la ansiedad. Varios de ellos, a quienes iré citando a lo largo del libro, han dejado algo muy claro: las herramientas para trabajar nuestros pensamientos y emociones son sorprendentemente sólidas, al punto de que hay métodos que han demostrado ser más eficaces disminuyendo la ansiedad que los medicamentos mejor probados. Estos resultados sorprendieron a la comunidad científica y abrieron la puerta a una nueva forma de entender la ansiedad. No hay nada que me interese más que compartirlos.
Pero esto no es solo un libro. Es también un mapa que nos permite tomar distancia y ampliar la perspectiva para entender la experiencia ansiosa en su totalidad. Está dividido en 8 estaciones. En las primeras dos, vamos a empezar por lo fundamental: entender qué es la ansiedad y por qué aparece. A este momento inicial en que entendemos cómo funciona tu sistema nervioso, qué sentido tienen los síntomas y por qué tu cuerpo y tu mente reaccionan como reaccionan, se le llama psicoeducación. La psicoeducación es el primer paso en todo tratamiento para la ansiedad. Es poderosa porque la ansiedad se alimenta de la incertidumbre y cuando entendemos lo que nos pasa, el miedo baja. No es que comprender resuelve por sí solo, pero sí es la base desde la cual podemos ganar margen de acción.
Luego, desde la estación 3 a la 7, vamos a zambullirnos en los cinco territorios de la experiencia ansiosa: el cuerpo, la mente, la conducta, el contexto y la dimensión existencial. Si bien cada uno se enfoca en un aspecto particular, no funcionan aislados. No son compartimentos estancos, sino regiones de un mismo mapa. Cada territorio invita a entender y a pausar. Algunos pueden incomodar o doler. Otros, ojalá, te traigan alivio y claridad. Cada uno de ellos está acompañado de ejercicios prácticos. Mi recomendación es que los hagas al finalizar cada territorio. Si al terminar una estación sentís que te quedaron preguntas, o tenés ganas de seguir explorando, volvé a los ejercicios: ahí es donde el cambio empieza a tomar forma.
Al final del libro, después de haber recorrido todas las estaciones y hecho los ejercicios, vas a encontrar un último momento de pausa para ordenar lo transitado. Ahí te voy a invitar a armar tu propio kit de regulación emocional, que consiste en seleccionar un conjunto de herramientas ajustadas a tu experiencia personal, que te acompañen cuando la ansiedad se intensifique o sientas que perdiste el eje.
No hay un único camino para llegar a la calma, pero sí hay sendas que otras personas atravesaron antes. Herramientas, preguntas y prácticas que fueron abriendo camino en la selva espesa del miedo. Este libro las reúne, para que no te pierdas y sepas que hay salida.
En cada estación vas a encontrar historias de otras personas y también mías, prácticas concretas, ejercicios, e invitaciones a probar algo distinto. Es justamente ahí donde este libro cobra sentido: en lo que pasa no solo cuando leemos, sino cuando hacemos. Quizás no percibas los resultados enseguida. Pero si te mantenés cerca de esas prácticas, si volvés a ellas aunque sea por unos minutos con constancia, en algún momento algo adentro, te aseguro, se va a mover.
Escribir este libro significó para mí la culminación de un proceso que comenzó mucho tiempo atrás. Fue volcar años de luchar contra una ansiedad rebelde, que no aflojaba, para encontrarme por fin, a través de la escritura, con el camino recorrido que me permite estar donde estoy hoy. Entre estas hojas hay tropiezos, noches oscuras y algunas victorias. Si estas páginas logran, aunque sea un poquito, acompañarte, si consiguen que te sientas menos solo en medio del desborde, entonces, todo habrá tenido sentido.
No tenés por qué quedarte atrapado en la ansiedad viviendo con miedo a que aparezca el próximo ataque de pánico. No te acostumbres a sufrir. Existen muchísimas herramientas para bajar la intensidad de la ansiedad. Funcionan, son efectivas.
Eso sí, depende de vos. No va a ser fácil, va a incomodar, va a doler. Vas a querer huir, y en lugar de eso, vas a tener que elegir quedarte y enfrentar. Lo importante es que confíes en que podés. Porque podés.
Bienvenido, bienvenida a este viaje. Estoy convencida que vale la pena.
Aclaración importante: el primer paso siempre es descartar causas orgánicas. ¿Tenés certeza de que lo que sentís es ansiedad? ¿Podés afirmar que no hay una enfermedad física que explique todos esos síntomas juntos? Si la respuesta es no, frená un momento. Lo mejor es hacerte los chequeos médicos básicos. Es completamente lógico que aparezca la duda: “¿Y si no es ansiedad? ¿Y si hay algo más grave detrás?”. Esa pregunta necesita respuesta, porque mientras persista, ninguna herramienta psicológica te va a dar verdadera calma. Tu cabeza va a seguir buscando, convencida de que hay algo grave de fondo que todavía no fue detectado. Y mientras la ansiedad siga disfrazada de “algo grave que todavía no descubrí”, no hay trabajo psicológico posible.
Si todavía no estás convencido, te dejo una tarea: consultá con un médico para que te indique los análisis básicos, y preguntale si existe alguna otra afección que explique todos tus síntomas al mismo tiempo1. Probablemente esa respuesta te traiga la calma que necesitás. Y entonces sí, todo lo que leas en estas páginas va a tener sentido.
La ansiedad es desagradable y molesta, pero no es peligrosa. Por sí sola, no provoca infartos, ni derrames cerebrales. Tampoco puede causar daños físicos graves.
Es lógico asustarse cuando el cuerpo se desborda, y también caer en búsquedas de internet que terminan alarmando más de lo que ayudan. Quiero que tengas la certeza de que aunque una crisis de ansiedad se sienta como el fin del mundo, no te va a matar. Lo que sí puede pasar, si se instala demasiado tiempo, es que desajuste tu equilibrio interno: el sueño, las hormonas, la glucosa. La buena noticia es que, si accionamos a tiempo, todos esos desequilibrios son reversibles.
Otra aclaración: este libro no reemplaza una terapia. No puede, no debe, y tampoco lo intenta. La profundidad que se alcanza en un proceso terapéutico es única, porque se construye en el encuentro humano, en la escucha, con tiempo, a fuego lento.
Lo que vas a encontrar en estas páginas es otra cosa. Para algunas personas, este libro puede acompañar un proceso terapéutico y ayudar a ordenarlo. Para otras, quizás sea el primer contacto con una comprensión más amable y rigurosa de la ansiedad: un modo de dejar de sentirse a la deriva, empezar a entender qué está pasando y recuperar orientación. En ese sentido, este libro funciona como una guía de viaje para atravesar los territorios de la ansiedad. No es un atajo ni una promesa de camino fácil. Es, más bien, un mapa confiable que te permite dejar de caminar a ciegas y empezar a moverte con mayor firmeza.
Las herramientas que aparecen acá no son opiniones ni recetas rápidas, sino prácticas respaldadas por la ciencia, pensadas para orientarte cuando todo se vuelve confuso y ayudarte a tomar decisiones más conscientes incluso en medio del malestar.
Algunas historias que aparecen están inspiradas en casos reales, otras en vivencias propias. En todos los casos, las identidades fueron modificadas para preservar la intimidad de quienes confiaron en mí, procurando mantener la esencia del trabajo que hicimos juntos. Lo importante no son los nombres, sino lo que esas historias despiertan en vos.
A lo largo del libro vas a encontrar frases en las que uso el masculino o el femenino genérico para hablar de personas. Sé que no es la forma más precisa ni completamente inclusiva de usar el lenguaje, pero decidí priorizar la fluidez de lectura. Confío en que lo que realmente importa —el respeto, la inclusión, el cuidado— se transmite en el contenido, en lo que decimos y en cómo lo decimos.
Leé con libertad. Subrayá, discutí, anotá al margen. Este libro es un espacio al que podés volver cada vez que lo necesites.
1 Siempre se puede hacer un estudio más. Después del análisis de sangre viene la radiografía, después la tomografía, después la resonancia, después otra cosa, y así. El cuerpo humano admite una búsqueda infinita. Por eso no se trata de “descartar todo lo descartable”, sino de construir una base razonable, que no es igual para todos: para algunas personas alcanzará con un control clínico simple, para otras —especialmente para quienes son más ansiosos— esa base puede necesitar un poco más, y está bien. Lo importante es que, en algún punto, puedas frenar y decirte con honestidad: “Ya me hice los estudios de base necesarios. Mi cuerpo está bien. Si bien la certeza absoluta no existe, puedo escuchar la explicación que este libro tiene para ofrecerme”.