Capítulo 1

CAPÍTULO 1

Existe una leyenda sobre la laguna de Mar Chiquita que afirma que quienes se meten en sus aguas por primera vez tendrán un cambio significativo en su vida; se lo relaciona con Ansenuza, la diosa de la laguna.

Buenos Aires, 2023

Alex Müller buscó con la mirada la mesa que ocupaba para cenar desde hacía tres noches en el restaurante del hotel Design Suites, donde se alojaba en Buenos Aires, y no pudo evitar el fastidio al descubrir que su mesa estaba ocupada. La maîtresse, una muchacha de elegante tailleur negro, se le acercó:

—Doctor Müller, tengo otra mesa para usted. Una muy tranquila, ubicada bajo la ventana.

—Gracias.

La chica lo acompañó y le sonrió seductoramente. Le gustaba ese médico prolijo, metódico, de trato agradable, ojos claros, linda sonrisa, y barba rubia, probablemente de cuarenta años o menos. La primera vez que lo vio llegar al restaurante se había dirigido a él en inglés, pero enseguida descubrió que era argentino y desde entonces le hablaba en español. Sabía que era la estrella del grupo de médicos que estaban en la ciudad dando conferencias de dermatología.

Müller había viajado especialmente para ese evento desde EE. UU., donde residía. Él y su equipo habían logrado desarrollar un medicamento que ayudaría en los casos de epidermólisis ampollar y beneficiaría a muchos niños aquejados por ese mal, que no solo se limitaba a las feas cicatrices en tobillos o manos, sino que podía provocar trastornos funcionales para caminar. La noticia había revolucionado el ambiente médico publicándose en prestigiosas científicas.

Alex se acomodó bajo la ventana y pidió lo de siempre: una copa de malbec y agua mineral. También repitió lo que venía ordenando para comer: entraña con ensalada. No le gustaban los cambios. Su lema era “si algo funciona, para qué meterse en problemas”. Estaba convencido de que ese gusto por lo metódico era fruto de su ascendencia alemana, pero se trataba de algo tan extremo que hasta lo había hablado con su psicólogo. Solo se sentía cómodo entre el orden y lo sistematizado. A veces era un problema, porque no lo dejaba disfrutar de lo inesperado. De todas maneras, lo dejaba tranquilo que la semana en Buenos Aires transcurriera de acuerdo a lo previsto. Al principio se había tomado un par de días para asuntos personales, como visitar viejos conocidos, y luego había comenzado con la vorágine de las conferencias. Su estadía en Capital ya casi llegaba al fin y pronto estaría en Córdoba, en la laguna de Mar Chiquita, donde había planeado quedarse unos días.

Pero el trabajo científico no era lo único que estaba en la agenda del doctor Müller. El viaje a la Argentina tenía, además, un motivo muy personal, solo que en la Capital no había encontrado las respuestas que buscaba. Cuando visitó a un par de parientes demasiado lejanos para hacerles una pregunta muy puntual, solo había encontrado evasivas. Claro que el tema no era muy agradable: “¿Sabés cuán comprometido estuvo mi abuelo con el partido nazi?” era un planteo difícil de digerir y nadie parecía recordar nada. Pero él iba a insistir.

Dos meses atrás, una mañana en que desayunaba en su casa de Nueva York, vio a través de la ventana que el frente de su residencia había amanecido escrito con pinturas en aerosol que acusaban a su apellido de nazi. En cuanto lo vio pensó que nada más ridículo que identificar su nombre con esas ideas, él era un médico completamente dedicado a la investigación y a la salud. ¡Quién podía ligarlo a semejante locura! Llegó a la conclusión de que debía tratarse de algún niñato de los que escriben las paredes; y aunque ese día se perturbó porque evidentemente se trataba de alguien que conocía su nombre y algo de su historia familiar; luego, cuando contrató un obrero para que con pintura blanca lo tapara, se olvidó de lo sucedido.

Pero a la semana siguiente la escena se repitió. Entonces fue a la policía a hacer la denuncia y él mismo pintó el frente, porque la situación lo avergonzaba. Lo sucedido lo había llevado a buscar en su memoria lo que contaba Ticito, su padre. Pero no era mucho lo que recordaba, porque su padre nunca hablaba del tema, salvo alguna alusión a que su madre era judía y su padre un nazi arrepentido. ¿Acaso su abuelo había hecho algo malo? ¿Qué significaba realmente ser un nazi arrepentido? ¿Y por qué pintaron las paredes del frente de su domicilio con esa infamia? Lo pensaba y más se indignaba, él era un profesional reconocido y no quería manchas sobre su nombre, mucho menos comentarios absurdos. Lo único que sabía era que su abuelo alemán había estado en la guerra, luego viajó a la Argentina y cuando culminó la contienda, volvió a Alemania. ¿Quién podía recordar que su apellido había estado unido al nazismo? Si él mismo tenía familia de origen judío. ¿Por qué perseguirlo justamente a él?

Pensaba que podía tratarse de un enemigo suyo, uno de los tantos que habían aparecido desde que comenzó a estar en la TV. Tenía un programa donde hablaba de dermatología con gran éxito en toda la ciudad. El rating alto provocaba celos. Como fuera, los escritos en su casa le habían despertado interés por conocer mejor la historia familiar completa y ahora quería detalles; no solo los necesitaba para defenderse, sino que también quería saber qué clase de hombre había sido su abuelo. Al fin y al cabo, investigar significaba conocer qué sangre corría por sus propias venas; no quería quedarse con solo saber que había heredado hablar bien el idioma alemán.

Cuando sucedió lo de los grafitis, lo primero que hizo fue contarle a su hermana Ana; ella no le había prestado demasiada atención. Desde su traumático divorcio, ya hacía una década, Ana vivía solamente para su trabajo de odontóloga en Médicos Sin Fronteras, y no tenía otro interés que no fuera esa labor. La entendía, se trataba de una tarea tremendamente sacrificada y noble. Se había casado con un colega que conoció en España, un musulmán que luego de haber estudiado odontología en Madrid se la llevó a vivir a El Líbano durante tres años. Durante esa época, los episodios que Ana sufrió fueron tan espantosos que la condujeron a la separación. No fue nada fácil: para rescatarla toda la familia necesitó hacer uso de contactos y hasta tuvieron que viajar. Alex la había visto por última vez cuatro años atrás, el día del funeral de su madre. Su padre Ticito —lo llamaban así para diferenciarlo de Marthin, el abuelo nazi— había muerto mucho antes.

Müller iba por la mitad de la comida cuando el ingreso de una muchacha captó su atención. Ella lo miró, pidió la mesa frente a la suya y a partir de ese momento no paró de observarlo. Claro que él tampoco a ella; se trataba de una mujer muy llamativa. Por unos minutos se transformó en un juego de miradas recíprocas. La chica tenía el cabello largo y enrulado, pero llevaba un recogido medio salvaje de donde se escapaban algunos mechones. Su piel trigueña contrastaba con sus ojos verdes. Se trataba de un rostro que era imposible no voltearse a ver, o de recordar por lo exótico. La miró de arriba abajo; vestía un jean gastado, remera blanca y zapatillas; tal vez su atuendo era demasiado informal para lo refinado del restaurante, pensó, pero se movía con elegancia cuando pidió una ensalada y un agua mineral.

Alex terminaba su cena cuando su celular sonó para avisarle que en diez minutos tenía un Zoom; lo tomaría en la habitación. La muchacha lo había distraído, se puso de pie de inmediato y fue hasta la maîtresse, que con celeridad le permitió firmar la cuenta para cargarla a la habitación. Se marchó a paso apurado, no sin antes mirar de reojo otra vez a la muchacha. Ella hizo lo mismo y llamó al camarero.

Agradeció que el ascensor llegara pronto. Si ella se me hubiera acercado, no sé qué habría pasado, pensó. A veces estos juegos de seducción podían terminar con un trago en el bar y noche de mal sueño culpa de un encuentro sexual, y él en este viaje tenía demasiado trabajo. Prácticamente había atiborrado la agenda para cumplir sus compromisos en pocos días, a fin de que le quedara más tiempo para pasar en Miramar de Ansenuza. Había leído una publicación médica escrita por un español que hablaba sobre las bondades del agua de la laguna para los problemas graves en la piel; entonces mataría dos pájaros de un tiro: satisfaría las inquietudes personales y también le serviría para constatar lo que se decía de Mar Chiquita. Porque si bien reconocía ser mujeriego, también se enorgullecía por lo perfeccionista que era en su profesión.

Los amoríos eran la única área donde se permitía saltearse todas las reglas. Según su psicólogo, se trataba de una válvula de escape, una evasión que se le daba muy bien, pero que le había hecho perder las relaciones serias que había tenido hasta el momento. El último intento había sido con Alice, una dulce doctora muy dedicada a su profesión con quien había salido durante casi dos años; pero bastó que ella nombrara las palabras “casamiento”, “hijos”, para que él saliera huyendo. Las mujeres eran para pasar una noche, tres, diez, o muchas más, pero solo eso; formar una familia era otra cosa, esa posibilidad lo ponía nervioso, le daba miedo y no le producía ninguna buena sensación, sino lo contrario: lo ahogaba. Tal vez tuviera que ver con la familia pequeña en la que se había criado o simplemente porque le gustaban todas. Siempre se sentía solo y una única mujer no le bastaba. La variedad lo ayudaba a combatir esa estúpida soledad melancólica.

Entró a su cuarto y el celular le avisó que estaba empezando el Zoom. Se trataba de una reunión con la gente de la clínica de su propiedad allá en Nueva York. Deseó que fuera corta, estaba demasiado cansado, y al día siguiente empezaba la actividad bien temprano; tenía una disertación a las nueve de la mañana, y la segunda a la tarde. En el medio habría una conferencia de prensa. El descubrimiento acerca de un tratamiento para la epidermólisis ampollar llamaba la atención, sobre todo porque se creía que, al estar relacionado con la regeneración de la piel, serviría también para el rejuvenecimiento, y ese tema siempre interesaba; aún más que las enfermedades.

***

En el restaurante, Coralina Carreño pagó la cuenta y salió contrariada del hotel. Tanto sacrificio que había hecho para estar a esa hora y en ese lugar, y nada. El hombre se había marchado; ahora tendría que ver si podía cruzarlo al día siguiente. Necesitaba hablar con él a pesar de que el médico había dado instrucciones de no recibir a nadie durante este viaje. Pero para ella esa negativa no sería un impedimento, si había algo que sabía hacer era luchar.

***

Alex esa mañana se levantó, y durante unos instantes miró por la ventana de su cuarto en el Design Suites; desde allí tenía la más magnífica panorámica de Buenos Aires, esa ciudad que amaba porque en ella se había criado.

Cuando culminó la contemplación se dedicó a organizar su ropa. Puso sobre la cama el traje de Purple Label que usaría para dar las conferencias. Le gustaba esa firma, hacían las prendas a medida, se trataba de la marca de lujo de Ralph Lauren; él en EE. UU. se había acostumbrado a usarla tanto en lo formal como en lo casual.

Se daría una ducha, su ajetreado día empezaba.

***

Las primeras horas del día fueron un torbellino para Alex. Tuvo un desayuno con la gente del laboratorio y después la disertación a los médicos.

Recién descansó durante el almuerzo, pero aprovechó esa hora para responder mensajes y correos desde el celular. Cuando terminó, fue al lobby donde lo esperaba Julieta —la muchacha contratada por los laboratorios responsables de su estadía—, de impecable traje blanco. Ella lo tomó del brazo y lo llevó directo a la sala de prensa; a él le agradó el contacto con la chica. La intimidad con el sexo femenino siempre le sentaba bien, lo hacía sentir menos solo en esos viajes. La miró y le sonrió, Julieta respondió también con una sonrisa. Quizás habría una oportunidad con ella esa noche. Era una joven agradable y preparada, con quien podía hablar sobre cualquier tema, inclusive sobre medicina; en general, quienes realizaban esa tarea eran estudiantes de esa carrera.

Una vez en el salón, ella lo acompañó a una mesa donde había una jarra de agua y dos sillas. Müller se sentó. Le agradaba ese hotel, tenía clase.

—Doctor Müller, ¿quiere un café antes de que llegue la prensa?

—Sí, por favor, Julieta.

La chica notó que él había memorizado su nombre y nuevamente le sonrió. En minutos volvió con la taza y se sentó junto a él para conversar sobre el éxito de la conferencia en la mañana. Cuando vio que Müller había terminado su café, le consultó si podía hacer pasar a los periodistas.

—Sí, estoy listo —señaló él mientras se acomodaba.

Unas doce personas, algunas con micrófonos, ingresaron ruidosamente. Julieta, desde el frente, lo presentó con todos los títulos y honores. Y entonces la primera pregunta se oyó en el recinto.

—¿Es verdad que ya hay laboratorios que están trabajando con su hallazgo para aplicarlo al rejuvenecimiento? ¿Es cierto que con una pastilla podrá una persona rejuvenecer su piel diez años?

—Creo que por ahora lo más importante es centrarnos en que hemos encontrado una solución para los niños enfermos de epidermólisis ampollar.

Alex terminó de responder esa pregunta y enseguida lo ametrallaron con otras. Calculaba que iba por la mitad de la conferencia cuando una figura desde el fondo llamó su atención, la misma muchacha que había visto en la cena entró en la sala. Él siguió adelante con la conferencia, pero alcanzó a distinguir que ella, que no llevaba apuntes, ni micrófono, tampoco hizo ninguna pregunta, aunque escuchaba con total atención como si entendiera del tema. ¿Quién era esa chica? ¿Cómo había logrado entrar?

Cuando terminó con la prensa y le tomaron algunas fotos, se marchó rumbo a su habitación mientras buscaba con la mirada a la chica misteriosa. No la halló, casi todas las personas se habían marchado. “Esmeralda”, la bautizó sonriendo. Ese nombre no podía caerle mejor, ella le recordaba a la protagonista de la película El jorobado de Notre Dame.

***

Dos horas después, Alex se miró en el espejo del baño del lobby, se pasó la mano por su corta barba rubia, se peinó con las manos el cabello claro y le pareció ver algunas canas. Pensó que solo le faltaban dos años para cumplir cuarenta y sonrió. Se acomodó el traje y estuvo listo para dar su charla.

Entró al salón y se sintió abrumado; lo esperaban al menos quinientas personas. El laboratorio había tomado la decisión de abrir la charla al público por el interés que generaban los productos que podían estar relacionados con el rejuvenecimiento; sumado a la publicidad gratis que significaba mostrar a la ciudad los muchos asistentes que tenían esa tarde. Alex suspiró profundamente y pasó al frente, era como estar en un escenario. Lo presentaron, hizo dos carraspeos nerviosos, pero enseguida las palabras fluyeron y se sintió como pez en el agua. Le gustaba hablar de la medicina regenerativa y de la contribución de su clínica a la salud, ese hallazgo que tanto revuelo había causado y que estaba seguro de que tendría múltiples aplicaciones. Una hora después, el aplauso cerrado le daba la tranquilidad de que su exposición había sido un éxito.

Antes de marcharse, conversaba con algunos médicos cuando de lejos vio salir del recinto a la muchacha de rulos. Esmeralda había ido también esa noche.

La cena fue en el restaurante del hotel y con un grupo selecto de personas; los minutos pasaban y él se dividía entre las charlas y las miradas que cruzaba con la chica. Claro que también estaba sentada a la mesa Julieta compartiendo la velada. Con ella había quedado en tomar una copa después de la comida.

Cuando llegó el postre él sintió que sus obligaciones terminaban. Al día siguiente se marchaba, si pensaba tener algo con su diligente colaboradora, debía ser esa noche.

La sobremesa fue breve, todos ansiaban terminar la cena de trabajo. Esmeralda seguía en la mesa cercana a la de Alex y no paraba de mirarlo. Pero cuando se fue el último comensal, Julieta lo tomó del brazo, como ya había hecho en otras oportunidades, y le dijo:

—Vamos al bar, entonces.

—Sí, claro —dijo él advirtiendo que ella acababa de quitarse el saco del sobrio traje blanco que llevaba puesto y con ese cambio se había transformado totalmente.

Porque Julieta ahora exhibía una blusa azul con brillos que mostraba su escote y debajo el formal pantalón se transparentaba. Alex nunca dejaba de admirarse por cómo las mujeres se las ingeniaban para convertirse en otras en solo un minuto.

La situación se repetía: terminaba sus obligaciones laborales y aparecía un vacío que solo se llenaba con la piel de una mujer, así que bienvenido fuera si Julieta iba a acompañarlo esa noche. Por suerte la conquista femenina se le daba bien gracias a los genes de su abuelo Marthin. Muchos decían que era su vivo retrato.

Alex y Julieta caminaron dos pasos, y él le colocó el brazo en la cintura. Sus dedos de hombre tocaron la piel a través de la tela; comenzaba el acercamiento, ese que tanto le gustaba y que tan bien le sentaba, y que necesitaba con desesperación porque ya sin ningún reto laboral por delante, se sentía solo. Avanzaron hacia el sector del bar y mientras se marchaba, la mirada de Müller se cruzó con la de Esmeralda, pero no hubo sonrisas, no correspondía; en este momento él le pertenecía totalmente a Julieta. La miró disimuladamente y no pudo dejar de impresionarse, esos ojos tan claros en esa piel trigueña eran una delicia.

Esmeralda, cuyo verdadero nombre era Coralina Carreño, los miró hasta que ambos desaparecieron rumbo al mostrador del bar. Otra vez Müller se le había escapado, ¡y en esta ocasión con una mujer! No le importó, lo determinante aquí era que, según había averiguado, al día siguiente él se marchaba y sería la última oportunidad para hablarle. Por la mañana lo intentaría de nuevo, y lo lograría. ¡Como que era una Carreño!

Alex y la muchacha pidieron un trago, charlaron, y dejaron que la noche trajera lo que quisiera traer. Pero él, con cuidado y sutileza, le dio a entender que no buscaba compromisos. No le gustaba engañar a sus acompañantes, aunque sabía que, cuando daba estas explicaciones, corría el riesgo de que ella se marchara. Le había sucedido un par de veces, pero no fue el caso de Julieta, que sabía muy bien a qué se atenía, él se iba al día siguiente. Aun así, a estas alturas miraba la boca de Alex deseando el beso. Ella tampoco quería nada serio, pero el doctorcito era demasiado atractivo para dejarlo pasar; y ni hablar de que se trataba del médico estrella del equipo. En breve subiría al cuarto con él. Estaba decidido.

CAPÍTULO 2

Salud por aquellas personas mágicas e inesperadas que aparecen y revolucionan nuestra vida.

JUAN ZENGARO

Laguna de Mar Chiquita, Córdoba, 1945

Ingreso al Hotel Viena por la puerta principal, me anuncio y paso a la salita que está junto a la recepción; me ubico en ese cuarto tranquilo, de paredes empapeladas con rombos beige. Me gusta este sitio, me permite estar alejada de los huéspedes que llegan o parten. Lo mejor es pasar desapercibida, por esa razón finjo traer manteles limpios en el paquete, ese envoltorio que es mi coartada si me preguntan a qué vine, y que cuando me marche llevaré sin abrir, como siempre. También hoy, como cada miércoles, le avisarán a la dueña del hotel que ya estoy aquí; este lugar que a pesar de su belleza yo encuentro triste.

Me siento en el único sillón y, nerviosa, cruzo las piernas. Miro mis zapatos blancos de tacón que hacen juego con el vestido del mismo color. Tal vez debería haberme puesto el de flores, pienso y me siento frívola. Porque a pesar de lo que esta visita significa, quiero verme bonita. Será que, más allá de la terrible realidad que estoy viviendo, mis veintitrés años aún me exigen naderías. Controlo que las hebillas doradas que llevo a cada lado de mi cabello rubio estén donde deben. Luego toco los dos bombones de chocolate que traigo en el bolsillo para regalarle a él.

Busco entretenerme y fijo la mirada en el cuadro de la bailarina que cuelga frente a mí y que fue pintado por el francés Edgard Degas. No puedo dejar de preguntarme cómo es que semejante pintura ha venido a parar aquí, a este hotel perdido en Mar Chiquita, Córdoba, Argentina; este lugar por el cual he cambiado todos los sitios, desde mi amado Buenos Aires, hasta mi querida casa en las sierras de La Falda, donde los últimos años he sido tan feliz.

Desde la pared, la bailarina parece mirarme, y un cosquilleo me recorre entera; sé que la observación de ese cuadro siempre es la antesala del placer, del amor, de la sensualidad, de los sentimientos, pero también de la aflicción.

Mis ojos verdes saben de memoria el orden de las imágenes que se suceden hasta que llega el momento que espero con ansias: primero el empapelado de los rombos, luego la pintura de la bailarina, los mosaicos claros, el chirrido de la puerta, y entonces él… su cabello claro y su cuerpo fuerte. Sus ojos azules cargados de deseo y una extraña desesperación que nos une cuando nuestras miradas se encuentran. Es difícil explicar que se puede ser feliz mientras se está triste, porque la alegría del reencuentro no quita la melancolía, esa dualidad es la que siento cuando veo a Marthin, el amor de mi vida.

Me pregunto cómo es que hemos llegado a esta situación. ¿Es que acaso no hemos sufrido lo suficiente? ¿Hasta cuándo continuará esta horrible guerra? Esta sangrienta contienda de la cual mi esposo y yo hemos quedado como sus rehenes. ¿Hasta cuándo nuestro amor será perseguido? Pertenecemos a las dos nacionalidades que probablemente más se odian entre sí. Sin embargo, nosotros nos amamos, demostrando cuán errados se encuentran los seres humanos. Yo, una judía; él, un alemán que perteneció al partido nazi; aquí estamos, desafiando al mundo.

Los pensamientos profundos de hasta dónde el odio puede llevar a los hombres me atormentan, me atrapan; y aquí, sentada en la sala del Hotel Viena, me angustian porque sé que ese horrible sentimiento tiene la fuerza de una correntada que puede ahogar todos mis sueños de felicidad, toda esperanza de una existencia normal.

Llevo diez minutos con las piernas cruzadas cuando la dueña del hotel, doña Melita, vestida austeramente y con rodete alto, aparece, y sin siquiera saludarme me habla en forma seca.

—Pase… él la espera.

Me pongo de pie y abandono el sofá de cuero color crema mientras un suspiro largo sale de mi boca. No me importa el tono seco de ella, no me interesa si mi visita la incomoda, en mi mente solo hay lugar para la idea de que voy a ver a mi hombre.

Dejo el paquete en el asiento, cuando me marche volveré por él, luego sigo a la mujer por el pasillo. Conozco de memoria el recorrido hasta el cuarto de Marthin, sin embargo, Melita siempre me acompaña como señal de que es ella quien manda en este lugar. Claro, cómo no, es su hotel, su reino. Hace meses que vengo una vez a la semana y se repite el ritual: la espera, mis ansias, la figura de Melita que aparece y me lleva con él.

Camino y, al llegar a la puerta del cuarto, mis nudillos golpean ansiosos. La voz masculina desde adentro pregunta:

—¿Quién es?

—Yo… Amalia.

—Un instante, ya te abro…

Por prudencia siempre cierra con llave. Tomamos todos los recaudos necesarios para que nadie se entere de que él se hospeda allí. La comida se la alcanza una empleada, la señora mayor de más confianza en el sitio; la única que sabe quién en verdad es ese huésped, la misma que lleva la ropa a lavar, la trae limpia, y cambia las flores del florero. Nunca la he visto, no conozco su rostro, ella solo viene por la mañana.

Melita desaparece y mis manos tiemblan de emoción. De adentro se escuchan las noticias en la radio que él tiene en el cuarto. Supongo que la apaga porque el aparato enmudece.

La puerta se abre con un chirrido y la imagen del hombre que amo golpea mis retinas. Una vez más él está ante mí…

Entro y, rodeados por el empapelado de margaritas, nos miramos profundo. Enseguida él me toma entre sus brazos, me aprisiona con fuerza, con desesperación. Me besa el cuello mientras me dice:

—Llegas tarde, pensé que no vendrías…

Su voz ronca es una mezcla de deseo y reclamo.

—Es que Melita se demoró.

—Ya no soporto este encierro ni este lugar.

Le veo la desazón en el rostro, lo observo a punto de quebrarse.

—Ya estoy aquí, todo estará bien —le digo con voz suave mientras le acaricio el cabello.

Marthin está por comenzar a hablar, pero le tapo la boca con un beso, uno largo, sin fin. Apenas transcurren unos pocos minutos y nuestra piel, saliva y suspiros se transforman en uno. Nuestros cuerpos se reconocen y en ese reencuentro se extravían las preocupaciones, los miedos y los dolores. En instantes mi vestido blanco y la ropa de él caen al piso, y entonces la guerra que envuelve al mundo pierde por completo su poder. Los bombones quedan en mi bolsillo, ¿a quién puede interesarle comer uno cuando hay un hambre más atroz? Y tan feroz que hasta lastima.

Un rato de cadencia ardorosa, de vaivén húmedo, y nos incendiamos. Ardemos al son de una danza dulce y violenta. Mis ojos verdes miran la profundidad de los azules mientras lo siento estallar adentro mío; y allí, abrazando su cuerpo con mis piernas y brazos, mientras la calma llega para ambos, pienso que no puedo concebir mi existencia sin él. No podría vivir sin Marthin Müller, y si para no perderlo es necesario escondernos toda la vida, estoy dispuesta a hacerlo.

Mein Schatz1… ¿me escuchas?

La voz de él llamándome con palabras de cariño en alemán me saca de mis pensamientos.

—Sí, dime…

—Ya no soporto este encierro —me repite separándose de mi cuerpo desnudo y añade mientras se tiende a mi lado—: No nací para esconderme.

Lo que dice se estrella contra los pensamientos que acabo de tener. Le digo lo que opino:

—¡Pero no tenemos otra solución!

—Sí, la hay.

—¿Cuál? Yo no la veo.

—Que me entregue a las autoridades.

—¡No puedes, no sabemos qué sucederá contigo si lo haces! Esperemos un tiempo más.

Otra vez me atormenta la idea de que me sería imposible subsistir sin Marthin. Realmente no podría. Me pregunto cómo vivía antes de conocerlo. ¿Acaso tenía una vida? Solo era una niña ingenua que no conocía el dolor y tampoco este sentimiento de fuerza arrolladora.

Busco huir de la conversación y adrede me sumerjo en el recuerdo de la primera vez que vi a Marthin, el diplomático alemán del partido nazi que había venido para repatriar a los marinos del Graf Spee. Buceo en el recuerdo de ese día y las imágenes del Hotel Edén aparecen nítidas...

***

RECUERDOS

Hotel Edén, La Falda, 1940

Amalia Peres Kiev acababa de terminar su caminata por el parque del lujoso hotel donde ese verano pasaba las vacaciones con sus padres y hermanas.

El atardecer mostraba sus últimas claridades y ella regresaba a su cuarto apurada luego de tener una extraña y fuerte experiencia con un desconocido. Momentos antes había subido la cuesta hasta la enorme piscina turquesa y allí se había topado con un hombre joven y rubio que nadaba. Se había quedado hipnotizada mirando las brazadas de ese cuerpo masculino bien formado hasta que él salió del agua y la descubrió. Sus miradas se habían cruzado con profundidad durante unos instantes y él le había sonreído; ella también, pero luego, avergonzada, se había alejado y ahora, ya a varios metros de la pileta, se preguntaba por qué esa imagen la había perturbado tanto. El hombre, que llevaba un traje de baño azul, le había parecido atractivo. Pero no solo se trataba de atracción física. No, había algo más, sentía una profunda conmoción interior. ¿Acaso ese encuentro sería importante? Se preguntó también si las personas presentían cuando conocían a alguien que marcaría su vida. Estaba convencida de que sí. Sonrió, ella en sus ratos libres escribía versos, y ese gusto muchas veces la volvía soñadora, su hermana le decía “fantasiosa”. Tal vez Lea tuviera razón y debía olvidarse de ese tonto encuentro. Miró cómo desaparecía la última luz de la tarde y exclamó en voz alta:

—Más vale que me apure o llegaré tarde para la cena. Aún debo vestirme.

Amalia no podía imaginar que esa noche en el comedor sucedería un hecho inesperado con ese hombre como protagonista, el comienzo de una gran historia cuyos capítulos se desarrollarían en el Hotel Edén de La Falda y en el Viena de Mar Chiquita, ambos comandados en esa época de guerra por dueños alemanes.

Caminaba risueña rumbo a su cuarto sintiéndose exultante. En pocos días cumpliría 18 años y tenía muchos planes para su futuro, incluido el de estudiar letras, tal vez hasta podría hacerlo en La Sorbona. Solo entorpecía su meta la sombra de la guerra que se había desatado en Europa. “¡Ridícula contienda que arruina mis planes!”, se había quejado con ingenuidad cuando sus padres se lo prohibieron.

Amalia llegó a su habitación y vio que ninguna de sus hermanas estaba allí. Se tendió en la cama boca arriba decidiendo qué vestido se pondría en esa velada. Pero la distrajo un titular del diario que las mucamas dejaban cada tarde en los cuartos. Ojeó las letras grandes:

El gobierno alemán ha enviado a nuestro país una comitiva diplomática; buscan presionar a las autoridades argentinas para que repatrie a los mil marinos alemanes que se salvaron del hundimiento del barco Graf Spee, y que en este momento se encuentran en Buenos Aires.

—¡Otra vez la guerra! —dijo Amalia en voz alta y, despreocupada, lanzó el diario al piso. ¿Qué podía importarle a ella esa noticia escrita por un tal Walter Fisher? Lo que debía hacer era elegir el vestuario para esa noche. Ese barco distante nada tenía que ver con su realidad.

No sabía lo equivocada que estaba; su vida estaría unida durante años a esa noticia que acababa de leer. El hombre que había visto momentos antes en la piscina era uno de esos diplomáticos.

***

Buenos Aires, 1940

En el tercer piso de un departamento de la calle Callao, Walter Fisher, el autor de la nota sobre la comitiva diplomática, estaba orgulloso. Había recibido numerosas felicitaciones por la publicación. El tema de la guerra, y sus consecuencias a nivel mundial, lo apasionaban y le abría las puertas a nuevas posibilidades laborales acordes a su ambición.

Se refregó los ojos claros, y tecleó en su ruidosa máquina de escribir la primera tanda de palabras de una nueva noticia relativa al hundimiento del Graf Spee:

Los diplomáticos que envió Alemania para tratar el tema de los marinos continúan de tratativas con el gobierno argentino aquí en Capital, aunque existen rumores de que han llegado nuevos enviados germanos con la intención de tener reuniones más discretas en lugares que simpatizan con el partido nacionalsocialista.

A Fisher le habían llegado comentarios de que había un grupo de diplomáticos alemanes instalados en el Hotel Edén de La Falda; le faltaba certeza para incluir ese dato en la nota, por lo que había decidido contarlo de manera velada. Siguió escribiendo y luego, cuando releyó la página, se sintió conforme, sonrió y se rascó la calva; a pesar de tener solo treinta y dos años, le quedaban pocos pelos en la cabeza. No le importaba, creía que su pelada le daba un aire erudito, al igual que los anteojillos redondos, que no tenían aumento; solo los usaba para subrayar su aspecto de intelectual.

La guerra le daba la oportunidad que tanto había buscado de escribir en un periódico importante. Y como sus padres eran alemanes, Walter tenía contactos y acceso a una información que a otros periodistas les costaba conseguir. Justamente esa tarde iría a la embajada alemana, en el sector de prensa le habían prometido novedades recién llegadas desde Europa. Sumado a que esa noche cenaría con una de las muchachas que trabajaban allí y que siempre le conseguía algún extra, como había sido la del Edén, ese hotel cuyos dueños eran alemanes que apoyaban a Adolfo Hitler.

1 Mi amor.

CAPÍTULO 3

La laguna de Mar Chiquita tiene una comunidad de 300.000 flamencos que pertenecen a tres especies: una autóctona y dos migratorias de Perú y Chile.

La mañana que Alex partía a Córdoba, él y Julieta se despidieron temprano; se prometieron comunicarse en la semana para así calmar los ánimos del adiós, pero ambos sabían que no lo harían. No tenía sentido, él en poco tiempo volvería a su vida en Estados Unidos. Y no buscaba una relación seria. En algún momento de la noche, durante alguna conversación íntima en la oscuridad, él le había contado que no podía serle fiel a una sola mujer. Cuando tenía veinte años, había creído que encontraría a la mujer perfecta que llenara sus vacíos, pero luego de probar y probar a lo largo del tiempo, no la había encontrado. Ya no la buscaba, sino solo se dedicaba a conocer a todas las que se cruzaban en su camino. Así encontraba algo de cobijo; pero lo malo estaba en que se había acostumbrado, ya era casi un vicio conocer nuevas pieles. Julieta no le había creído, tal vez les daba la misma explicación a todas. ¿A quién no le daba pena un hombre que decía que buscaba refugio? Mejor me voy ya mismo de esta habitación, fue su último pensamiento esa mañana.

Eran las nueve, y Alex estaba desayunando; su avión rumbo a Córdoba salía al mediodía. Iba por la segunda taza de café cuando entró Esmeralda, la chica de rulos. Lo tomó por sorpresa, y más cuando fue directo hacia la mesa de él mientras lo miraba fijo.

Coralina Carreño avanzó hacia el doctor Alex Müller. Ya nada la detendría. Tenía en su casa alguien de nombre Fortunato, que llevaba su mismo apellido y que era quien le daba la fuerza; se trataba de un pequeñín de cuatro años por el que ella haría cualquier cosa. Incluso acercarse a ese médico lleno de manías; porque había observado que el lindo doctor comía cada día lo mismo, y en una secuencia idéntica; tomaba el mismo malbec, y en exacta cantidad; sus trajes, camisas y zapatos eran siempre iguales, solo cambiaban de color; y cuando comenzaba a dar una charla, suspiraba profundamente, carraspeaba y recién entonces decía la primera frase. Claro, ¿quién no tenía manías? Incluso a ella, que trataba de llevar la vida lo más liviana y sin reglas posible, de vez en cuando alguna le afloraba.

Coralina caminó dos pasos, enfrentó a Alex y su boca habló sin su permiso, lo que no era extraño en ella.

—¡Ay, doctor Müller! ¿Es que alguna vez voy a poder hablar con usted?

Él se sorprendió.

—¿Usted quiere conversar conmigo? ¡Y yo cómo voy a saberlo!

—Ahora lo sabe. Necesito hablar con usted.

—Dígame…

—¿Puedo sentarme?

Alex le señaló la silla libre de su mesa. La muchacha se sentó, se presentó y le contó.

—Sabe… tengo un hijo pequeño, con problemas en la piel. Ya he consultado con muchos médicos. Y tal vez usted pueda ayudarme. ¡He visto muchas fotos suyas con niños con enfermedades de piel! Y las madres contentas y agradecidas por sus tratamientos.

—¿Su hijo tiene epidermólisis ampollar?

—No, pero pensé que usted al venir de Estados Unidos quizás sepa si hay algún avance. O que su hallazgo pueda servirle a mi hijo.

—Cada caso es diferente, así que explicame un poco más, y ya no me trates de usted.

Ella debía ser más joven que él, le calculaba 30 años o menos, y él tenía 38, pero no estaban en un consultorio, sino sentados en la mesa de un restaurante, por lo que podrían tratarse sin formalidad.

La muchacha se presentó y luego comenzó con una larga explicación donde la escuchó usar términos médicos.

—Veo que sabés bastante.

—He tenido que aprender, la psoriasis de mi hijo me ha obligado.

—La verdad es que no creo que lo que propone el laboratorio sea aplicable a tu pequeño. Por lo menos no en esta etapa del hallazgo.

—¿Está seguro de que no puede hacer nada por él?

Ella insistía en tratarlo de usted.

—Mirá, vos debés saber muy bien cómo se comporta la psoriasis; es una enfermedad crónica y autoinmune, difícilmente se cure con un medicamento. Pero podría ver a tu hijo, para evaluarlo.

Él le preguntó los síntomas una y otra vez. Ella le daba detalles. Entre estos se le escapó que cuando ella se levantaba para abrir la librería, el niño solía estar mejor. Evidentemente la chica trabajaba en un negocio de libros.

Hablaron un rato más hasta que Coralina propuso:

—¿Te parece que te lo traiga? Yo sé que has dado instrucciones sobre no atender pacientes, pero se trata de un niñito.

—Ese no es el impedimento. Sucede que hoy tengo un vuelo a Córdoba. ¿En cuánto podrías estar acá? —Comenzaba a comprometerse con el caso; así era la medicina clínica para los que, como él, la ejercían por vocación.

Ella sonrió de forma luminosa. Su rostro se dulcificó y respondió:

—En menos de una hora.

—¡Estás cerca!

—Sí, en una casa antigua en Palermo. Arriba vivimos y abajo instalé la librería.

Él levantó las cejas con asombro.

—Sí, soy la dueña y la atiendo casi todos los días. Ese es uno de los dos trabajos que tengo, porque también soy ilustradora de libros para niños —dijo con orgullo.

—Hum, trabajás mucho… —La voz de Müller sonó entre admiración y crítica.

La psoriasis tenía una veta emocional. Si ella no pasaba tiempo con su hijo, los síntomas podían empeorar.

—Para mantener un niño se necesita dinero y más si está enfermo.

Él escuchó la respuesta y se arrepintió de sus pensamientos. Era evidente que ella se hacía cargo del pequeño.

—Perfecto, traeme a tu hijo. Estaré aquí o en los sillones del lobby —dijo señalando los asientos.

Coralina se puso de pie y se marchó sin siquiera saludar.

Alex se sirvió una última taza de café mientras pensaba que el acercamiento de la chica había sido extraño. Tal vez se trataba de sus propias costumbres, influenciada por el largo tiempo que llevaba viviendo en otro país y ahora le parecían raras las maneras argentinas. Aunque con Julieta se había relacionado muy bien. Pero Coralina era una madre: siempre estaría dispuesta a hacer lo que fuera por su hijo.

Mientras esperaba a Coralina, aprovechó para responder mensajes y correos atrasados en su iPhone. Llevaba un rato instalado allí cuando la vio aparecer caminando apurada, esta vez traía un niñito de la mano con rulos idénticos a los de ella.

Cuando los tuvo enfrente, descubrió que también eran iguales los ojos verdes de ambos. Parecía ser la versión masculina y pequeña de su madre.

—Él es mi hijo Fortunato, tiene cuatro años.

Müller lo miró y detectó enseguida un caso grave de psoriasis. El pequeño tenía las típicas escamas entre plateadas y rojas en el rostro, pero también sobre las cejas y los párpados. Sus brazos mostraban enormes círculos colorados casi en carne viva. Lo vio rascarse.

—Él es el doctor del que te hablé —le dijo Coralina a Fortunato.

Si ese hombre rubio y detallista recién llegado de Estados Unidos no tenía una solución para su pequeño, nadie la tendría. Ella había descubierto en internet múltiples artículos que hablaban bien de él, de su clínica y de sus hallazgos científicos.

Müller en la rápida mirada que le dio al niño advirtió que en las manos también tenía la placa escamosa, y que portaba un juguete con forma de perro idéntico a los dibujos perrunos de su remera.

—Así que te gusta la Patrulla Canina —dijo Alex, que había leído esa leyenda en la prenda.

—Sí, me encanta, igual que el Gato Félix —contestó muy ufano.

—¿Ese dibujito no es muy antiguo?

El niño se encogió de hombros.

—Ni me lo digas. Imaginate que pago una plataforma solo para que él pueda verlo —dijo ella.

—A mí lo que me encanta es el helado. ¿Y a vos? —dijo Alex, buscando complicidad con su pequeño paciente.

—También —dijo Fortunato moviendo la cabeza afirmativamente—. Mi preferido es el de chocolate.

Müller rio y extendiendo su mano le dijo:

—¡Choque los cinco! Igual que yo. Si me dejás revisarte, te prometo que mamá te comprará un helado enorme de chocolate.

Fortunato no se dejó engañar, sino que miró expectante a su madre, sabía que ella era quien tenía la última palabra.

—Sí, claro que te compraré uno —dijo ella.

—¿Hoy…? —insistió el pequeño mientras se rascaba el brazo lastimado tan fuerte que Müller temió que sangrara.

—Sí, Fortu, hoy después de almorzar —dijo la joven quitándole la mano para evitar que siguiera refregándose.

Müller le levantó la remera y pudo verle la piel del torso. A pesar de que estaba acostumbrado a las pieles enfermas, se apenó; el niño no solo tenía las marcas rojas, elevadas y cubiertas de escamas, sino que algunas se veían agrietadas con líneas de sangre en el medio.

—¿Está medicado?

—Sí, claro. Sucede que está en crisis.

Ella le contó un poco más y él la escuchó nombrar palabras como metotrexato, ciclosporina, ácido salicílico y otras parecidas.

—¿Probaste con Deucravacitinib? ¿Sotyktu? Es bastante nuevo y funciona muy bien.

—El médico no quiso recetárselo porque dijo que es para adultos.

—En otros países, si el caso es muy grave, se aplica a los niños. Comentalo con tu doctor de nuevo.

Müller, que se hallaba sensibilizado con el caso, se dedicó a compartir con ella todo lo que había aprendido de esa enfermedad durante los últimos años, aunque estaba seguro de que el especialista del pequeño debía haberle dicho más o menos lo mismo. Era una enfermedad crónica que ponía a prueba la paciencia de la madre, del niño y hasta del médico. Pero el que sufría la peor parte era el enfermo, pensó mientras le levantaba nuevamente la remera y miraba los hilillos de sangre cerca del ombligo. Le dio unos últimos consejos e intercambiaron números de teléfono por si en algún momento él se enteraba de algún medicamento nuevo. Se saludaron con un beso, y allí notó que la chica olía a duraznos. Era una madre joven y bonita, le dio pena tanto sufrimiento. Ella le agradeció varias veces. Ojalá los hubiera podido ayudar más.

El chico de la recepción le avisó que había llegado el taxi que lo llevaría al aeropuerto. Debía marcharse.

***

Dos horas después Alex subía al avión rumbo a Córdoba. Al despegar, pensaba en si descubriría algo sobre su familia. No estaba seguro, pero lo intentaría. Ya no veraneaba en la Argentina así que serían unos días diferentes. Se había visto obligado a aceptar el viaje para averiguar lo que quería, de lo contrario tendría que visitar Alemania; porque los intentos vía mail no habían dado resultado, entendía la razón, la información que requería era demasiado sensible dada la relación con el nazismo.

Llegó al Hotel Ansenuza conduciendo el Toyota que había alquilado en el aeropuerto. Manejar los 197 kilómetros había sido un placer, la música de los Beatles y el paisaje le habían hecho corto el viaje.

Bajó sus maletas, se instaló y, apenas escuchó el acento cordobés de los chicos que trabajaban en la recepción, los recuerdos afloraron. En dos o tres oportunidades habían pasado vacaciones en las sierras, aunque nunca en Miramar de Ansenuza. Uno de los recepcionistas le explicó que desde el año 2017 ese era el nombre del lugar, antes simplemente le decían Mar Chiquita. Escuchar la tonada lo retrotrajo a esa época de la infancia sin preocupaciones ni soledades. Recordaba los juegos con su hermana Anita, las amistades con los chicos locales que hablaban con esa tonada tan particular. Visitar la Argentina abría ciertas compuertas de memorias familiares en su vida, algunas lo ponían feliz, pero también había melancolía.

Claro que cuando pensaba que sus abuelos habían vivido en esa pequeña localidad donde se hospedaría, se sentía raro. Quería ver si podía ubicar la casita que ellos alquilaban cuando jóvenes, tenía algunos datos: vivienda sencilla junto a un bosquecito de pinos, con techo de tejas y una arcada de piedras en la entrada, supuestamente ubicada a pocas cuadras del Hotel Viena, donde se sabía que ellos habían pasado algunos días, quizás vacaciones, o algunas noches antes de alquilar. Manejaba esa información, aunque entendía que a veces los años podían distorsionarla. No tenía detalles, salvo que fueron épocas duras, y justamente por eso es que ellos dos nunca hablaban de esos tiempos; ¿o quizás no lo hacían porque había algo que no querían contar? Lo que fuera vendría bien sacarlo a la luz.

Esa noche le costó dormir, no había metas laborales que perseguir, y entonces la soledad le dolía. Ojalá conozca alguna chica para pasar con ella estos días, pensó. Tenía por delante varias semanas.

Se levantó temprano, quería trotar un poco al aire libre antes de que el calor ya no se lo permitiera, recordaba que los veranos en Córdoba eran tórridos.

Una vez afuera, vestido de short azul y remera blanca, comenzó a correr por la costanera; el aire fresco le daba en el rostro. A su izquierda podía observar el bello espejo de agua. El camino desde el hotel al centro del pueblito era una fiesta para los sentidos: la brisa, la laguna que se perdía en el horizonte semejando al mar y los miles de pájaros entre garzas y flamencos revoloteando sobre el cielo turquesa volvían perfecto el recorrido. Se felicitó por haber tomado una reserva de varias semanas. Aprovecharía para descansar; hacía más de un año que el ritmo del trabajo no se lo permitía; la última vez había sido en Fort Lauderdale, cuando salió de vacaciones con Alice, y a la vuelta terminó la relación.

Llevaba diez minutos de trote cuando comenzaron a aparecer los primeros negocios que exhibían los famosos peluches de flamencos color rosa, el ave típica del lugar. Los locales comerciales le advirtieron que había llegado a la zona céntrica.

Continuó el trayecto hasta alejarse de allí. Llevaba un rato avanzando por las calles de tierra poco pobladas cuando vio un cartel blanco con una flecha negra que señalaba la izquierda. Anunciaba “Hotel Viena”. Se salió del camino para llegar al lugar que indicaba el anuncio, y en unos pocos minutos estaba frente a la gran construcción. Quedó impactado por lo enorme y derruido de un edificio que se notaba que había sido bello y elegante.

Se acercó. Quería saber a qué hora se hacían las visitas guiadas. Un papel pegado en el vidrio de una puerta explicaba que se realizaban durante la tarde y también por la noche.

Entró a la recepción y habló dos o tres palabras con la muchacha que atendía a los turistas que le explicó en qué consistían los recorridos. Él le agradeció y se marchó. Quería aprovechar para darle una mirada a la laguna desde allí.

Caminó hasta la orilla y entonces divisó un paisaje inesperado e impactante: las ruinas del que había sido el enorme anfiteatro de la antigua Mar Chiquita, que había quedado sepultado bajo el agua, y que ahora, al descender la creciente, emergían los centenares de butacas de cemento con sus respectivas mesitas.

Luego de unos minutos de contemplación trotó unas vueltas más por los caminos solitarios con grandes y añosas arboledas hasta que decidió emprender el regreso. Aceleró el ritmo, el último esfuerzo, porque quería llegar al centro y detenerse en el muelle.

Otra vez lo recibieron los peluches rosados de las tiendas. Avanzó por la avenida principal y, al ver la escollera, fue hacia allí. Respiró profundo disfrutando de la agradable sensación producida por el ejercicio físico. Caminó por la rambla y fue hasta la punta. Desde allí tenía la sensación de estar dentro del agua.

De pie, ubicado en el extremo, a solo centímetros de la laguna, se agachó y se sentó, cruzó las piernas como lo hacía en sus clases de yoga en Brooklyn Hights en Nueva York. Quería observar a sus anchas ese horizonte tan amplio que parecía el mar.

Reconocía que la Argentina era tan descontracturada al lado de EE. UU. que a alguien como él, que gustaba del orden y la prolijidad, a veces le daba miedo. Ambos países tenían sus puntos fuertes y débiles. Pero cada vez que pisaba este país se sentía abrazado; y por más que se consideraba un cosmopolita a causa de la vida que había llevado, su corazón todavía latía más fuerte aquí que en cualquier otro lado.

Llevaba allí un rato, observando a unos niños que se bañaban a pocos metros de él, cuando sintió que el sol pegaba con fuerza. No se había puesto protector solar y su piel se quemaba fácilmente, así que decidió que era momento de regresar; pero al ponerse de pie, el agua lo tentó: se quitó la remera, las zapatillas, las medias, y se lanzó de cabeza desde la punta de la escollera.

El fresco le dio en todo el cuerpo y se sintió revitalizado. Se quedó allí unos minutos nadando y chapoteando. Oía las risas de los chicos a su lado, le hubiera gustado jugar con ellos, pero no se animó, una iniciativa como esa podía ser mal vista en los tiempos que corrían. Igual siguió disfrutando. El agua era saladísima, tanto que casi no lograba sumergirse por completo, ideal para flotar.

Miró a los niños jugar y no pudo evitar que la imagen de Fortunato viniera a su mente, imaginó cómo desearía su madre que el pequeño pudiera nadar allí y disfrutar de una vida normal. La piel y las emociones... No podía dejar de pensar en cómo los conflictos, las culpas, los traumas, los miedos podían exteriorizarse en ese órgano. ¿Sería lo que le pasaba a Fortunato? Le había sugerido que también probara con terapias alternativas y sesiones con un psicólogo.

Para él elegir la especialidad de dermatología había sido fruto de sufrir acné en la adolescencia, dolencia que afloró cuando Ana, su única hermana, se marchó a España. La piel es la barrera que nos separa de las demás personas, el exterior de nuestra alma.

Pensó en la chica, y en su hijo y lo inundó la necesidad de ayudarlos.

***

Salió del agua. Tenía un largo trecho hasta el hotel, el sol pegaba con fuerza y la piel le ardía. Él, un dermatólogo, había caído en ese descuido imperdonable. Pero había disfrutado mucho, y eso era lo importante. Encontró un extraño placer en caminar chorreando agua, la sensación le pareció deliciosa y pacífica.

Después de almorzar, y de una siesta reparadora, decidió ir en el auto que había alquilado al Hotel Viena. En minutos se hallaba caminando con un grupo de diez personas por el edificio en ruinas de ese hotel que alguna vez había sido una construcción de gran belleza, según explicaba Florencia Gaitán, la guía, una morocha delgada de tacos muy altos y cabello lacio peinado con una coleta alta.

La chica les contaba que había comenzado siendo la Pensión Alemana, luego Melita Fleischberger y su esposo Máximo Pahlke invirtieron dinero en las instalaciones y pasó a llamarse Gran Hotel Viena. El matrimonio se convirtió finalmente en el único dueño. En 1944, el edificio se autosustentaba; dentro de las instalaciones, funcionaba un banco, un correo, y una central telefónica. Tenía lavandería, piscina, servicios médicos, panadería propia, taller mecánico y un frigorífico. Disponía de electricidad, aire acondicionado central y calefacción, y hasta de una peluquería. Las paredes estaban revestidas de mármol de Carrara, traído de Italia, y del cielorraso colgaban imponentes arañas de cristal.

Alex Müller y los demás visitantes miraban a su alrededor y no podían creer lo que escuchaban, era difícil imaginarse tanto adelanto en una construcción ahora muy deteriorada; había sufrido una gran inundación en 1977 que había dejado una zona sumergida. La laguna había crecido cubriendo gran parte del pueblo, y fue tan grave que casi desapareció la ciudad. Las personas hacían preguntas: que si era verdad que albergaban nazis, que si a la noche se oían fantasmas, que si lo construyeron con dinero del partido nacionalsocialista, que si un médico allí hacía experimentos, que, y que…

La chica los miraba divertida y de a poco les respondía:

—Por lo que sé, lo construyó la familia Pahlke con dinero propio. Hay muchas historias que son simples especulaciones.

—Perdón Florencia, sé de buenas fuentes que mis abuelos estuvieron hospedados aquí —le preguntó Alex en un momento en que caminaban los dos juntos, algo apartados del grupo—. ¿Ha quedado algún registro escrito de los nombres de quienes lo visitaron?

—Creo que no —dijo la chica con una sonrisa, le había agradado que Müller la llamara por su nombre, luego en voz baja le comentó—: Hay algunos detalles que se me escapan. No soy la guía oficial, solo estoy reemplazando a Patricia, la persona que siempre hace este recorrido, y que conoce como nadie la historia del Hotel Viena.

—¿Podremos preguntarle a ella?

—Sí, pero recién en un mes, porque ahora está en España, visitando a su hija.

—¿Y hay fotos de los huéspedes?

—No, casi nada —dijo Florencia con tono sugestivo—, justamente eso critican los que dicen que aquí se hospedaban nazis. Es extraño que no hayan quedado fotos de los visitantes.

Hablar de nazismo siempre daba un interés extra que se volvía rentable. Era un tema sobre el que los visitantes querían saber.

El recorrido iba llegando a su fin, los que quisieran podían comprar un folletín que hablaba del Viena para interiorizarse de datos más ilustrados con fotos o simplemente adquirirlo como recuerdo. Los visitantes comenzaron a marcharse y Alex se quedó hablando con Florencia.

—Según creo, mis abuelos se hospedaron aquí algunos días y también vivieron un tiempo en el pueblo. Me gustaría saber más acerca de su vida. Quedaron muchos detalles sin contar y ellos ya no están. ¿Será posible averiguar un poco más?

—Podría intentar averiguar si hay algún material que te sirva.

—Te lo agradecería —dijo él y luego, con voz seductora, añadió—: ¿Sos del pueblo?

—Nací en Morteros, una ciudad pequeña que queda cerca. Vine solo por unos meses a ver a mi madre que ahora vive acá y no está bien de salud.

—Oh, lo lamento. Sé lo que significa tener un ser querido que no está bien. Soy médico.

Florencia lo miró y un nuevo interés se sumó al que ya tenía por ese hombre. Había en él algo de mirada triste y solitaria que daban ganas de consolarlo, pero al mismo tiempo esos ojos azules parecían desnudarla incitándola a lo que fuera. Un cóctel demasiado explosivo para que pasara inadvertido a una mujer.

—En realidad, no se trata de una enfermedad, se cayó, se quebró y hubo que operarla, pero ya está mejor. Me vine a ayudarla y tomé este trabajito por el tiempo que esté aquí.

Hablaron dos o tres frases más acerca del hotel, y otras tantas sobre la vida de Florencia en la ciudad de Córdoba; trabajaba como guía de turismo haciendo recorridos en la Manzana Jesuítica. Descubrieron que compartían el mismo pasatiempo: probar sugerencias culinarias en restaurantes exclusivos y exóticos. Acordaron verse por la noche, él le llevaría el libro que había traído: Lugares originales de Nueva York para degustar bocadillos. Ella le mostraría dónde se comían los mejores pejerreyes, el plato típico de Miramar.

Florencia le contó que cuando la laguna creció a causa de las inundaciones vinieron peces, luego el agua bajó, y volvió a ser extremadamente salada, entonces desaparecieron todas las especies salvo la de un crustáceo con el que se alimentaban los flamencos. La laguna se trataba de una especie de Mar Muerto solo que este último tenía 605 kilómetros cuadrados y Mar Chiquita 6.000 kilómetros cuadrados.

Se decía que las aguas de la laguna, a causa de las subas y bajas sufridas por las inundaciones, tenían una energía especial; y que cuando alguien se metía en estas por primera vez algún cambio grande en su vida se producía. ¿Acaso la vida de Alex se salvaría de estas consecuencias? ¿Existía en verdad este encantamiento? Las respuestas se irían revelando a lo largo de los días que vendrían.

CAPÍTULO 4

El destino se lleva siempre su parte y no se retira hasta obtener lo que le corresponde.

HARUKI MURAKAMI

Laguna de Mar Chiquita, Córdoba, 1945

Este miércoles la espera se me hace eterna en el Hotel Viena; ni siquiera logra entretenerme la Quinta sinfonía de Beethoven que alguien toca en el piano de cola del comedor y llega hasta la salita. Mi vista pasa de los rombos beige de las paredes al cuadro de Degas que me sé de memoria: la bailarina, su brazo en alto, el tutú claro.

La Quinta de Beethoven sigue sonando con fuerza, y por momentos la melodía me calma, pero por otros aumenta mis ansias, depende de cómo pulsen los acordes; algunos son tan apasionados como los ramalazos que me atacan, y que gritan dentro mío: Marthin, quiero verte. Marthin, quiero tocarte. Marthin, quiero que me toques.

El tiempo parece transcurrir más lento que nunca; es que hoy extraño especialmente a mi esposo, mi cuerpo de mujer lo necesita. Soy simplemente una joven de veintitrés años que, por culpa de la guerra, solo ve a su marido una vez a la semana.

Trato de tener otra mirada de la situación; pienso en que podría ser mucho peor y suceder lo que tememos, lo que tratamos de evitar escondiéndolo a él aquí. Rememoro cuando varios años atrás me hizo su mujer por primera vez, me acuerdo de mi inexperiencia en esos tiempos tumultuosos y los riesgos que tomé. Luego vino la paz o al menos eso creíamos cuando nos casamos, tengo intacta la escena de nuestra noche de bodas, porque hoy las urgencias que tiene mi piel me llevan una y otra vez a esta clase de recuerdos ardorosos. ¿Acaso alguna vez volveremos a hacer el amor en paz? ¿Volveremos a vivir en nuestra casa?

La figura de doña Melita viene a salvarme de los oscuros pensamientos que traen esas preguntas. Un saludo de la austera mujer, dos palabras mías y la sigo por las escaleras.

Enseguida mis nudillos pegan con fuerza en la puerta de la habitación 72, adentro se escucha la voz de Marthin, Melita se va, y otra vez allí estamos nosotros dos frente a frente.

Ingreso al mundo del empapelado con margaritas y él cierra con violencia la puerta. Hoy no hay palabras, solo deseo. Parece que ambos estamos hambrientos por igual. Marthin desprende con impaciencia los botones de mi blusa de seda celeste y luego me arranca la pollera, la enagua y la ropa interior. Me besa los senos, sus manos grandes me tocan por fuera y por dentro, del derecho y del revés.

Por un instante nos detenemos, la melodía del piano llega lejana, y nos envuelve cual música de fondo; nos observamos profundo, y yo me pierdo en su mirada azul; ya no soporto el deseo, lo quiero dentro mío ya mismo. Le toco el cabello, aún está húmedo. Se acaba de bañar como siempre que llego. Nuestras bocas se buscan de nuevo, esta vez con desasosiego brusco.

—Llévame a la cama —le pido.

Él lo intenta, pero otra vez los besos y las caricias ardientes nos llenan de codicia y no nos dejan avanzar. Terminamos tendidos en el suelo y con urgencia le desprendo el pantalón. Con mis manos introduzco su piel de hombre en mi interior y entonces él arremete en mis humedades recónditas. Somos fuego y pasión. Ardemos junto al son de la Quinta sinfonía. El mundo se detiene.

Dos o tres palabras entrecortadas, algunos suspiros y todo acaba.

Hoy la urgencia nos ha ganado la partida, se ha adueñado de nosotros. Como sucedió esa primera vez en el hotelito de Río Ceballos. Besos, decisión, pasión; lo recuerdo con claridad. También había margaritas, pero en un florero.

***

RECUERDOS

Río Ceballos, Córdoba, 1940

Esa mañana aún era temprano cuando Amalia y Marthin ya se vestían en el cuarto del sencillo hotel que habían elegido para escapar de las miradas indiscretas. El día empezaba en Río Ceballos y ellos debían enfrentar lo que había sucedido durante la noche en esa cama que tenían enfrente. Él miró las sábanas y comprobó que una diminuta mancha roja chispeaba en la blancura de la tela. Habían unido sus vidas a pesar de lo que eso significaba en época de guerra.

Al principio, desconocían el origen el uno del otro, para cuando supieron que él era un diplomático nazi y ella una chica de familia judía ya no había vuelta atrás. Él pensó en qué les depararía el futuro, en qué dirían los padres de Amalia… Ella apenas tenía 18 años cumplidos esa semana. Si los Peres Kiev se oponían a la relación, ellos dos mucho no podrían hacer. ¿Qué sucederá con mi carrera de abogado en el partido nazi? ¿Recibiré un castigo por tomar la decisión de estar con esa chica argentina de origen judío?, se preguntaba Marthin. Era evidente que el futuro de ambos estaría unido al desenvolvimiento de la guerra.

La miró y también la encontró pensativa, llevaba la mirada perdida en las margaritas del florero de ese sencillo cuarto. Todo allí contrastaba con los lujos del Hotel Edén, de donde habían escapado por una noche, y al que ahora debían regresar.

—¿Qué sucede, Amalia? ¿Estás arrepentida?

—No.

—¿Preocupada?

—Temo la reacción de mis padres cuando hables con ellos.

—Soy un buen hombre, mis intenciones contigo son serias. Nos casaremos.

—No será tan sencillo, tu país está en guerra. Por esa razón estás aquí y en algún momento deberás volver a Alemania.

—Falta para que eso suceda.

—Tarde o temprano tendrás que regresar.

—Por ahora sigo en el Edén, cumpliendo con el trabajo para el que fui enviado —dijo él tratando de no caer en la desesperanza.

Marthin entendía los obstáculos a los que deberían enfrentarse, pero no quería preocupar aún más a Amalia.

—Y cuando regreses a Alemania ¿qué pasará contigo allá? Además, ¿realmente volverás por mí?

—No tengo todas las respuestas, salvo prometerte que regresaré por ti y que hoy hablaré con tu padre.

Se abrazaron y sellaron su pacto con un último beso. Solo les quedaban unos pocos minutos para estar juntos en el cuarto y luego, cuando lo abandonaran, deberían volver a la vida real.

—La guerra acabará pronto y entonces podremos estar juntos y tranquilos —señaló Marthin buscando llevar serenidad a los ánimos atribulados de ambos. Estaba consciente de que se trataba de un mero deseo, porque ¡quién podía saber cuándo terminaría la guerra! Lejos de acabar, en ese enero de 1940 se extendía día a día, y pronto él debería volver a su país.

***

Buenos Aires, 1940

Si bien la guerra preocupaba a muchos, a algunos, los menos, los alegraba; entre ellos estaban los que vendían armas y se hacían ricos, los que comerciaban trigo a precio de oro, y también algunos más que, aunque conseguían paupérrimas ganancias se hallaban contentos; como Walter Fisher, quien esa tarde en Buenos Aires contaba los billetes que le habían entregado ese día por su último artículo. Sonrió mientras los miraba, luego los hizo un rollo y los escondió en una lata de café en la alacena de su cocina. No solo le habían dado efectivo, sino que también le habían encargado un próximo escrito con la promesa de retribuirle el doble. ¿Qué más podía pedir? Su vida se encaminaba gracias a la contienda mundial. Estaba ganando bien, y la muchacha que trabajaba en la embajada había aceptado juntarse con él un par de veces más. Ella era quien le había brindado la información de que la comitiva alemana instalada en el Hotel Edén estaba a cargo de dos diplomáticos, un tal Ernest Schulze y otro de apellido Müller. No era un secreto, pero a él —o a cualquier periodista— le hubiera costado obtener la certeza y conocer el nombre de los responsables.

Reconoció que todo iba mejor de lo que él hubiera soñado, pues esa noche se volvería a encontrar con la muchacha. Gretel vivía sola y muy cerca de su casa. Lo había invitado a cenar comida alemana hecha por ella en su departamento; lo que vaticinaba que pasarían la noche juntos. Se sentó en su pequeño escritorio frente a la máquina de escribir y se quitó las gafas, el cristal le molestaba para ver bien los datos en letra chica que lo ayudarían a escribir su artículo. Leyó una vez los nombres de las personas y las fechas del escrito y no necesitó más para memorizarlos. Su memoria fotográfica siempre lo ayudaba, como en este caso que trabajaba contra reloj. Se acomodó y comenzó a teclear, y durante media hora el ruido mecánico inundó su cuarto.

Las ideas bullían, recordaba a la perfección los datos que apenas había leído, la nota que escribía tomaba forma y comenzaba a quedar atractiva. Se sintió orgulloso de su trabajo y de sus aptitudes, esas que por mucho tiempo había creído no tener. Tantos años considerándose un inútil, trabajando como vendedor en una oscura ferretería, para al fin florecer en otra labor completamente distinta. Se deleitó. En buena hora que escribiera rápido, bien, y que tuviera memoria fotográfica, necesitaba terminar el artículo cuanto antes porque quería llegar temprano a la casa de Gretel.

CAPÍTULO 5

La laguna de Mar Chiquita se originó hace aproximadamente 60.000 años debido a la reactivación de fallas geológicas que levantaron los bordes creando un dique natural. Los ríos Dulce, Suquía y Xanaes comenzaron a desaguar en esta depresión.

Alex y Florencia llevaban tres días de encuentros, pero los dos tenían claro que en unas semanas él debía regresar a Nueva York y ella a la ciudad de Córdoba; en algún momento él le había aclarado que le costaba la fidelidad. La rutina entre ambos se había repetido: una vez que bajaba el sol y ella terminaba con su trabajo de guía en el hotel, llegaba al Ansenuza y en la habitación de él hacían el amor escandalosamente. Luego, tendidos entre las sábanas, charlaban unos minutos y enseguida salían a comer a algún restaurante que Florencia sugería. Cenaban, pero después cada uno iba a dormir a su propia cama. Ella en la casa de su madre y él al hotel.

Pero esa noche a él se le había ocurrido pedir la cena a la habitación. Había una razón: ella había traído folletos del pueblo de Miramar y los dos se dedicaron a examinar los papeles.

—Me costó conseguírtelos.

—¿De dónde los sacaste?

—De diversas fuentes. Hice copias del material que hay en el museo, otros los encontré en casa de mi madre y de mi tía, y algunos de…

—Gracias —la interrumpió él. Estaba muy agradecido.

A Alex algunos datos le resultaron interesantes: la laguna tenía una antigüedad de 60.000 años y sus aguas era salutíferas, se trataba de la mayor superficie lacustre de la Argentina y el quinto lago salado más grande del planeta. El lugar disfrutaba de un turismo internacional que venía atraído por el avistaje de aves. El pueblo había sido fundado oficialmente en el año 1924, pero ya antes de que Julio Roca hijo marcara el ejido, existía allí un asentamiento.

A cinco kilómetros de Miramar estaban las ruinas de la antigua colonia Müller, un lugar de inmigrantes alemanes e italianos que llevaba ese nombre porque a principio de los años cuarenta la población había crecido y George Müller, dueño de varias propiedades, ofreció una vivienda para que comenzaran a dictarse clases. Años antes allí había funcionado una colonia naturista —y nudista— donde se tomaban baños, se practicaba el ayuno y una dieta vegetariana, algo completamente innovador para la época. Su fundador, el doctor español José Abentín, había vivido allí. Décadas después, en 1977 y, más tarde, en 2003, las grandes inundaciones acaecidas a causa del crecimiento de la laguna habían obligado a los habitantes a abandonar el lugar.

—¿Tu familia pertenece a los Müller de la colonia?

—No.

—Pero tenés el mismo apellido —dijo ella.

—En el mundo somos muchos los Müller —le respondió Alex con una carcajada.

Durante la segunda guerra, su abuelo había brindado sus servicios a Alemania y al partido nazi; justamente por esa razón quería llegar al fondo del asunto: saber si Marthin Müller había estado involucrado —y hasta qué punto— con esas ideas. Pensó en comentárselo a Florencia, pero desistió, no quería que lo tildara de nazi; tampoco tenía, ni quería tener, tanta confianza con ella. Así estaban bien.

Entre el material desparramado en la cama un artículo llamó su atención, llevaba por título “Nazismo en Mar Chiquita”. Lo leyó, decía que se sospechaba que existía una ruta entre la laguna y el pueblo de Morteros que se usaba para trasladar nazis. Le interesó, recordó la frase del historiador Abel Basti en su libro La segunda vida de Hitler:

… le dijo que él quería conocer Miramar ya que sabía que el Führer había ido asiduamente con Eva Braun según le había contado el custodio … a Hitler le encantaba observar desde la playa la enorme laguna de Mar Chiquita especialmente en horas del atardecer.

El artículo tenía que estar relacionado con lo que decía ese libro, lo tomó y lo leyó en voz alta casi hasta el final cuando escuchó a Florencia decir:

—Bah, más de lo mismo…

A ella el tema la aburría, pero para él tenía connotaciones personales. Trataría de averiguar más sobre la ruta de la que hablaba el escrito.

— Pronto te traeré fotos. Algunas son bastante interesantes.

Alex solo asintió, comenzaba a pensar que no sería fácil dar con alguna pista sobre la vida de sus abuelos allí. En Buenos Aires nadie sabía nada, salvo que en la década de los cincuenta ellos se habían instalado en la Capital y comenzaron a vivir la vida de un matrimonio normal en la casona de Belgrano.

Acomodaban los papeles cuando golpearon la puerta. Un camarero les traía la cena. Comerían y luego Flor se marcharía, ella misma se lo había anticipado, no deseaba regresar tarde a su casa. Al día siguiente tenía doble turno de guía en el Viena.

***

Después del desayuno, Alex visitó el spa del hotel, y allí se enteró de que todos los tratamientos que brindaban se hacían con barro de la laguna. Después de nadar en la piscina cubierta, se encerró en el cuarto y se dedicó a interiorizarse mediante algunos folletos sobre las propiedades del agua. Según hablaban era maravillosa, el tema le interesó tanto que se metió en internet para buscar artículos científicos sobre esas aguas. Encontró tres, uno escrito por el doctor Anselmo Comba sobre balneoterapia, otro del químico Héctor Salvetti sobre los compuestos minerales enzimáticos. Y el último de José Abentín, el fundador de la colonia naturista.

Motivado por lo que había leído, decidió abandonar el confort del hotel para ir a bañarse en la laguna, según recordaba la vez anterior había sido una experiencia preciosa. Esta vez llevó el protector solar.

Caminó por la costanera disfrutando del aire limpio hasta llegar a la rambla cerca del centro. Se zambulló en la laguna durante un largo rato. Había algo en esa agua que lo energizaba. Nadó y flotó durante largos minutos hasta que decidió salir y emprender el regreso. Hizo exactamente lo mismo que la última vez: emergió chorreando agua y así se marchó. Había algo que invitaba a no quitarse el líquido salado del cuerpo. Llevaba unos metros avanzando por la arena cuando vio que su piel lucía blanquecina como si tuviera talco; se trataba de la sal que, a medida que el agua se secaba, iba quedando adherida al cuerpo. Esto debe ser excelente para la piel, pensó; y enseguida vino a su cabeza la imagen del pequeño Fortunato.

Sus ideas fluyeron: recordó el artículo de la revista científica que hablaba de los valiosos componentes de esa agua, también se acordó de la exposición de Florencia cuando en la visita guiada en el Viena contó que Melita, la dueña del hotel, se había quedado a vivir en Mar Chiquita porque había encontrado salud para su asma, y para la psoriasis de su hijo. La imagen de la sal pegada a su cuerpo completó su razonamiento. Tenía que decírselo a Coralina Carreño cuanto antes, ella en algún momento debía traer al niño, estaba seguro de que le haría bien.

Cruzó la calle y así, húmedo, se sentó en una mesa exterior bajo la sombrilla de uno de los barcitos ubicados frente a la laguna. Miró a su alrededor, varios habían tenido la misma idea que él: después del chapuzón nada mejor que tomar una bebida al aire libre, cómodamente sentados mientras se contemplaba el horizonte. Pidió un café doble bien cargado, tomó su celular y llamó a Coralina. Ella le respondió al instante.

—Hola… —dijo la voz femenina.

—Ay, pero qué rápido atendés… —sonrió, y añadió por las dudas—: Soy el doctor Müller.

—Ah, ¡hola! es que estoy en la librería y pensé que se trataba de una llamada de la editorial que estaba esperando.

—¿Es un buen momento? Si no, te llamo luego —dijo Alex.

—No hay problema, Müller, soy la dueña de la librería. Puedo atender cuando quiero —dijo ella mezclando las palabras con la risa explosiva y contagiosa que le había oído cuando hablaron personalmente—. Hasta tengo una empleada, Mili, que está a mi lado escuchándote.

—Mejor, porque probablemente te será más fácil convencerla para que te ayude en lo que voy a sugerirte que hagas.

—Contame… —dijo ella poniéndose seria.

Alex le explicó en pocas palabras dónde estaba, lo que pensaba del agua, y los beneficios que podía proporcionar a la sufrida piel de su hijo.

—Bien vale la pena probar —terminó diciendo.

Ella le dijo que faltaban dos meses para que el pequeño comenzara la escuela, y así como estaba, le sería muy difícil empezar.

—Entiendo que no podés venir ya mismo por tus responsabilidades, pero apenas tengas una oportunidad, traelo.

—¿Cuánto tiempo tendríamos que quedarnos allí con Fortu?

—A más tiempo, mejores resultados. Supongo que unas vacaciones servirían.

—¿Quince días? ¿Veinte?

—Sería perfecto.

—Intentaré ir pronto —dijo Coralina.

—Me parece bien. Seguramente yo ya no estaré. Pero no te preocupes, no me necesitás. Solo precisás la laguna —dijo de forma graciosa.

—Comprendo. Escuchá, Alex… —Ella hizo silencio y al fin, emocionada, terminó la frase—: Gracias por pensar en mi hijo.

—Soy médico, pero más allá de eso, te juro que no me he podido sacar de la cabeza a Fortunato.

—Por eso... gracias.

Se despidió de Coralina justo cuando llegó su café. En el momento en que tomaba el último sorbo, una mujer de apariencia extraña caminó hacia él. Se trataba de una gitana, con las típicas trenzas y el vestido multicolor. Era fornida y mayor. Lo miró, observó la taza que él acababa de dejar sobre la mesa y le dijo tres palabras que le bastaron para comprender que le quería leer la suerte en la borra del café.

—No, no —dijo Alex negando también con la cabeza.

Desde que era pequeño le habían enseñado que no debía hacer ningún trato con los gitanos. Pero la mujer no se dio por vencida y, tomando la taza, posó sus ojos sobre el fondo. Sin dejar de mirar, le dijo:

—¡Oye, guapo, cuántos cambios se avecinan en tu vida! ¡Pero eres tú el que los quiere, y el que los elegirá! La borra no miente. Menos con los que toman tanto café como tú.

Alex hizo un gesto de recriminación, no le había dado permiso para que le adivinara nada y ella igual lo había hecho. Pero la mujer sonrió y descaradamente agregó:

—Si quieres saber más acerca de esos cambios, me tendrías que dar algún billetito. Solo así podría darte detalles.

—No, gracias —dijo él enojado y poniéndose de pie fue hasta dentro de local para pagar su cuenta en la caja.

Cuando salió la gitana ya no estaba. Lo había puesto de malhumor que le vaticinara cambios, justamente lo que a él menos le gustaba.

***

A Coralina la había puesto nerviosa la llamada de Müller. Para ella no había nada más importante que la salud de su hijo. Tal vez debería llevar a Fortunato al lugar que le recomendaba el doctor. Por unas horas se movió indecisa en la librería. Pero al llegar la tarde, lo tenía decidido; le pediría a Mili que se hiciera cargo de la librería durante unos días. Se conocían desde hacía años, la chica amaba su trabajo entre libros y también a Fortunato, estaba segura de que le diría que sí cuando le explicara la razón.

En cuanto a los dibujos que tenía que entregar la semana siguiente, bien podía llevarse los bocetos para terminarlos allá. Necesitaba ir a ese lugar y que su hijo probara lo que este médico le recomendaba. Tenía ahorros suficientes para tomarse unas largas vacaciones, y este sería el mejor uso que podía darle a ese dinero. No existía nada más importante que Fortunato. Nada.

Así como ella inició los trámites para poder viajar lo antes posible, también el universo empezó a mover sus engranajes para que comenzara a dar la vuelta la rueda de la vida; esa que, por las buenas o por las malas, acomodaba lo que había quedado desordenado muchas décadas atrás. No importaba cuándo hubiese sucedido la injusticia, el universo no la olvidaba y ordenaba los tantos. No había manera de escaparse, si alguien había quitado algo, esas fuerzas se encargaban de restituirlo. Y así el que lo había perdido lo recuperaba. La balanza volvía a su equilibrio.

Las generaciones transcurrían y se redimían las faltas y los dolores.