Hello

HELLO

¿Qué pasa contigo?

Cantame algo nuevo.

NOEL GALLAGHER, “Stand by Me”

El verano europeo de 1995 fue una locura. Londres se había convertido en la caja de resonancia mediática de una guerra musical fabulosa cuya batalla principal se produjo el 14 de agosto. Frente a la postal que prevalece en la mente de aquellos que sueñan con visitarla, la ciudad oponía una realidad absolutamente diferente de la de ese arquetipo donde siempre llueve y hace frío, con las gotas cayendo en perfecta diagonal, empapando el Big Ben y el Palacio de Buckingham. Durante aquel agosto, el sol se empecinó en brillar arrasadoramente, generando una ola de calor tan inconcebible que a los propios ingleses sorprendía, disipándoles de un sofocón el famoso SAD (seasonal affective disorder), una suerte de depresión inducida por la falta de sol.

Las radios, los periódicos musicales, los tabloides sensacionalistas y hasta la televisión se habían enganchado en una histeria que retroalimentaban a más no poder, y si bien se suponía que solo se trataba de una cuestión pasajera que se olvidaría en pocas semanas, “la batalla del Britpop” se libraba con uñas, dientes, declaraciones arrogantes y guitarras eléctricas. Algún desprevenido aseguraba que desde los tiempos de The Beatles vs. The Rolling Stones no se veía algo así, sin darse cuenta de que jamás se había visto algo así como la competencia feroz, a todo o nada, que protagonizaron Oasis y Blur el 14 de agosto de 1995. Hubo una previa, un combate, un ganador y muchas consecuencias, pero no hubo ningún muerto ni daños materiales que lamentar. Una guerra sin lágrimas, más parecida a una final de fútbol que a las atrocidades de las guerras mundiales, que los ingleses conocen tan bien como el fútbol.

A la gente le encanta creer en las rivalidades y tomar partido, y por esa pulsión humana de la competencia que viene desde el inicio de los tiempos —cuando dos neandertales decidieron ver cuál de ellos llegaba más rápido a la cima de una colina—, las antinomias se vienen repitiendo para divertimento público y lucro mediático. Pero en los maravillosos años sesenta, Beatles y Stones se consultaban unos a otros para no pisarse en las ediciones de sus simples con tal de no dividir el mercado, y sí repartirse potenciales Nº 1 en los rankings. Lo charlaban entre ellos, informalmente, en un pub frente a algunas pintas de cerveza. Pero a la gente le gusta más imaginarlos como enemigos acérrimos. Esa creencia mueve toneladas de dinero en venta de discos, pasadas de radio, ratings televisivos, y crea un teatro ficticio que alimenta a la industria musical y los medios de comunicación.

Por supuesto, se buscó repetir aquel glorioso escenario una y otra vez, pero las fuerzas eran asimétricas y el interés que generaba una hipótesis bélica entre Sex Pistols y The Clash en tiempos del punk no era el mismo. Pero en 1995 el escenario no solo estaba perfectamente dispuesto, sino que además existía la infraestructura mediática capaz de amplificarlo, aunque internet estuviera en pañales. Y un calor inusitado promovía la vida al aire libre, favoreciendo la concurrencia a festivales, verdaderas instituciones musicales que atraen a cientos de miles de turistas al Reino Unido todos los veranos, generando divisas a través del turismo propiciado por su alcurnia rockera.

Fue ese el clima que me recibió en Londres la primera vez que pude viajar allí cumpliendo un sueño incubado durante décadas, de esos que están destinados a permanecer en la imaginación y nunca cumplirse. Sin embargo, ahí estaba yo, muerto de calor, enloqueciendo frente a librerías y disquerías, comprándome periódicos, tratando de captar el ambiente, húmedo y caliente como cualquier verano porteño. Me puse a escuchar disc-jockeys que vociferaban enloquecidos en las radios, que pasaban una y otra vez “Roll with It” de Oasis y “Country House” de Blur, los dos simples nuevos de las bandas que libraban “la batalla del Britpop”. Y fue un momento memorable, porque permitía comprobar que el Reino Unido había recobrado su histórica fortaleza rockera.

Se puede decir que el Britpop fue un invento mediático, sí, pero las bandas eran reales. Y no solo las dos que se enfrentaban por ver quién capturaría la primera posición en el chart que se publicaría el domingo 16 de agosto. Había muchas otras que eran superlativas: Supergrass, Pulp, Manic Street Preachers, Suede, Gene, Black Grape, Del Amitri, The Verve, Cast, Teenage Fanclub, Elastica, por mencionar solo algunas relacionadas o cercanas al fenómeno Britpop, ya que se podrían sumar nombres de grupos de larga trayectoria, como U2, Simply Red y The Beatles —resucitados con su Anthology—, o solistas de la talla de Paul Weller, Elvis Costello, Morrissey y Annie Lennox. Ni hablar de la fortaleza que exhibieron los norteamericanos en el primer lustro de los años noventa con el grunge y el rock alternativo, también presentes en el Reino Unido, porque el verano británico no conoce de fronteras y da lugar a una catarata de festivales que hacen que a un argentinito como yo se le salgan los ojos de las órbitas y se le derrita la cera de los oídos por el calor.

A casi treinta años exactos de “la batalla del Britpop”, los que siguieron el devenir musical, con mínima atención, ya saben cómo terminó todo. De no ser así, los invito a seguir leyendo estas páginas, en las que se explicará con detalle el antes, el durante y el después de aquel momento histórico fundamental para entender las últimas décadas de la música. Pero el objetivo real de este libro es Oasis, que perdió la batalla y ganó la guerra, que embriagado por la victoria que lo consagró como el grupo de rock más importante de aquel momento en el planeta quedó atascado en una tormenta de nieve tan potente como la que detuvo el avance nazi frente a Rusia en la Segunda Guerra Mundial, y que luego intentó ponerse de pie, pero para recobrar el paso triunfal de 1995-1996, y sucumbió en 2009 ante el enfrentamiento fratricida de los hermanos Gallagher.

Hoy, en 2025, Oasis concretó la reconciliación familiar que todo el mundo quería ver, con una gira mundial que agotó sus entradas en un suspiro. En Buenos Aires se esperan con impaciencia los dos shows que la banda ofrecerá en el estadio de River Plate, duplicando así la audiencia que había presenciado, sin saberlo, uno de los últimos conciertos —el show favorito de Noel en aquella gira— de la primera encarnación del grupo que dejó un recuerdo imborrable en los corazones. También existe otro poder de atracción: el reanudado vínculo entre los hermanos Noel y Liam Gallagher, y la incertidumbre de si podrán mantener la paz entre ellos. Ambos son conscientes del morbo que despierta la (mala) relación entre ambos y están dispuestos a dar un buen show en ese sentido, aunque todavía no han abierto sus bocazas. No tardarán en hacerlo porque es parte del juego, pero tampoco pueden hacerlo antes que el juego comience. Hay muchísimo dinero en riesgo, y el valor monetario es muy importante para dos hermanos de clase trabajadora que han logrado lo imposible en un medioambiente más que desfavorable.

Así como hay mucha gente que espera los dardos verbales entre hermanos, otros quieren emocionarse ante el reencuentro con esas maravillosas canciones que hicieron de Oasis el último grupo de rock en lograr un alcance indiscutiblemente legendario. A no equivocarse, sus canciones son las verdaderas protagonistas de esta resurrección. Himnos como “Wonderwall”, “Live Forever”, “Don’t Look Back in Anger” o “Stand by Me”, por nombrar solo algunos, trascendieron las fronteras, las generaciones y los lenguajes. Son las canciones de Noel, un compositor que merece su lugar entre los grandes del rock, y la voz de Liam, que vale oro. El resto es ruido que suma al gran paquete. Porque habrá gira, pero además habrá streaming, banda nueva, ríos de artículos, documentales, una película o dos y, por supuesto, libros.

★★★★★

Faltaba jugar la última fecha de la ronda clasificatoria para el Mundial de Fútbol de 2018 en Rusia, y Argentina, en octubre de 2017, todavía no tenía su boleto asegurado. El partido frente a Ecuador sería el último y el que, victoria mediante, podía extender el pasaporte al mundial del equipo celeste y blanco. Noel Gallagher, hincha fanático del Manchester City y también de Boca Juniors —como lo dijo en varias entrevistas y hasta en vivo en un concierto—, se encontraba en Buenos Aires con sus High Flying Birds para actuar como soporte en dos conciertos de los irlandeses U2. Y en una ronda de prensa que se celebró en The Roxy, lanzó un interrogante al aire.

—¿Cómo es posible que Argentina todavía no haya clasificado?

Un periodista local le respondió con justeza.

—Es igual que la relación con tu hermano Liam. ¡No lo entendemos!

Zorro viejo, Noel no mordió el anzuelo y no movió ni un músculo facial. Ya estaba entrenado en las trampas del periodismo para que hablase de su hermano y sabía cómo eludirlas… cuando quiere, porque a veces elige responder, pero la clave está en su decisión. A Noel no se le sale la cadena, o rara vez. Es inteligente, rápido y cerebral. Al que sí se le sale la cadena es a Liam, lo que forma parte de su encanto y su formidable carisma. Pero si uno se mete en las profundidades de las personalidades de los dos hermanos, podrá comprobar que lo de Liam es como un ejercicio profesional de la bravuconada. No es ni loco ni tonto, ni deja de saber lo que hace, aunque su temperamento suela traicionarlo y sus palabras viajen a gran velocidad, lo que por períodos lo lleva a chocar con inusitada frecuencia.

Define Liam las personalidades de ambos hermanos: “Él es un gato y yo soy un perro. No tengo dudas. Es arrogante, pone el culo para arriba, va y viene como se le antoja, se mantiene aparte, supervisando a todo el mundo. Adora que lo acaricien. Una puta absoluta. Te quiere cuando se le antoja. A mí me sacan con correa, no se me permite el sofá; corro con la manada, ladrando, con la lengua colgando. Él está ahí arriba, distante, observando, lamiéndose y tramando cosas”. Se podría pensar que Liam es un hermano que denuncia una situación de arbitrariedad familiar que viene de la niñez, pero al indagar en la infancia de los Gallagher, uno se da cuenta de que la situación es completamente diferente. Mucho de lo que explica la fortaleza de Oasis tiene que ver con esa configuración familiar. Para bien y para mal.

Si se desea comprender a Oasis es importante conocer la trama que hace posible la existencia de una banda de sus características, alejada de los laboratorios de marketing, forjada en plena calle y enraizada en un devenir de acontecimientos que desembocan en la existencia del Britpop. Oasis encarna el fenómeno, pero es la punta del iceberg. Y a la vez protagoniza otro, más grande quizá: el de ellos mismos, con su éxito enloquecedor, su lenta dispersión y su enorme influencia, aún palpable aunque el paisaje se vea tan diferente al de tres décadas atrás cuando gobernaban el mundo.

Ninguna banda opera en el vacío, y mucho menos tiene éxito sin estar sujeta a otras conexiones que hacen posible un derrotero, una órbita, una trayectoria que, de salir bien las cosas, dejará fijado su nombre en el firmamento de la historia. Parte de lo que hace a Oasis, y a cualquier banda, tan especial tiene que ver con su origen, con su “inglesitud” a cara descubierta, con su pertenencia a Manchester y con su tradición irlandesa, que convierte a la ciudad en la capital de Irlanda en Gran Bretaña, según el no menos tradicional chiste. Si bien compite con Birmingham por el título de “segunda ciudad” en importancia después de Londres, con la única que comparte ese título de “embajada irlandesa” es con Liverpool, que supo brindar a su país alegrías musicales, tan grandes como las que Oasis le dio a Manchester, a través de The Beatles, los inventores de todo este asunto. Los hermana un país, una herencia y una música, son perlas de un mismo collar.

En 1996, ya extinguidos los fuegos de “la batalla del Britpop”, me encontré en un escenario completamente distinto pero igual de caluroso: Santa Clarita, California. Allí vivía Marcelo Berestovoy, un amigo muy querido que nos invitó a disfrutar de su hogar y su hermosa pileta. Fumamos un riquísimo joint californiano y pusimos en el reproductor (What’s the Story) Morning Glory?, para deleitarnos al borde de la piscina con la calidad de las canciones; detectamos las “citas musicales” pertenecientes a otros intérpretes y paladeamos un momento inolvidable gracias a aquel disco de sonidos gloriosos, de temas sublimes que dan ganas de cantar a los gritos, de tocar: de vivir. Where were you while we were getting high?

Ya transcurrieron tres décadas de aquellos veranos unidos mágicamente por la música de Oasis, que alcanzó la gloria y se convirtió en leyenda. Ante la reunión, uno no puede menos que preguntarse: ¿podrán estar a la altura de su propio legado? ¿Podrán darle satisfacción a los millones de fans que reventaron la taquilla apenas se pusieron a la venta las entradas? ¿Podrán Noel y Liam sostener un sistema de convivencia hasta el final de la gira? ¿Harán otras? ¿Llegarán a un disco nuevo o solo podrán editar un registro en vivo? Todas esas son preguntas del futuro que comenzarán a responderse una vez que este libro haya sido escrito y ya enviado para su impresión. Intentaré, en estas páginas, responder todas aquellas otras preguntas que tienen que ver con su historia y el curioso camino que los ha traído hasta aquí para poner al rock de pie una vez más.

Como bien apuntó Bob Dylan: el futuro es una cosa del pasado. Y sin conocerlo será imposible tener una pista sobre lo que puede depararnos el porvenir, que ojalá desemboque en un mañana glorioso y pletórico de buen rock.

SERGIO MARCHI

1

EL PLAN MAESTRO

Era el mejor de los tiempos. Era el peor de los tiempos.

CHARLES DICKENS

—¡Esto es rock and roll!, ¿no? —aulló Liam Gallagher entrando furioso y borracho en el camarín donde sus compañeros de Oasis lo habían estado esperando unas cuantas horas.

Con un golpe de vista, su hermano Noel emitió para sus adentros un diagnóstico reservado: “Esta va a ser la peor noche de mi vida”. Habían quedado en encontrarse a las cinco de la tarde para el segundo de los shows de Oasis en Wembley, un estadio que posee un significado especial para cualquier amante del fútbol, y los Gallagher eran furiosos fanáticos, al límite de convertirse en hooligans del Manchester City. Ya se habían dado el gusto de colmar el estadio de su equipo en 1996, por aquel entonces el Maine Road, que dejó de funcionar en 2003 y donde recibieron a 80000 fans repartidos en dos noches de un frío paralizante. El ardor de Oasis sobre el escenario le puso calor a una noche imposible. Era la vuelta a casa, cubiertos de gloria. Y pensaban ir por más.

Cuatro meses más tarde, Oasis quebró el récord de asistencia con dos shows monumentales en Knebworth, un predio de fábula al norte de Londres, también conocido por haber sido sede de conciertos mitológicos. Pink Floyd había encabezado un festival en 1975, al igual que The Rolling Stones al año siguiente; el lugar también presenció el paso tambaleante de Led Zeppelin en su retorno-no-tan-triunfal de 1979, con sus engranajes oxidados por una pausa prolongada —y por una serie de desgracias, drogas y alcohol—. Queen tocó por última vez en Knebworth en 1986, aunque nadie podría haberlo imaginado ante un Freddie Mercury majestuoso, aunque ya infectado por el retrovirus del sida. La cifra más alta de asistencia alcanzaba los 120000 espectadores. Oasis subió la vara a 125000 cada noche de las dos que protagonizaron aquella epopeya, con un total de un cuarto de millón de personas. Tenían al mundo en un puño, venían de buena racha: eran la banda más grande del mundo y la más querida en Gran Bretaña.

—¡Esto es historia! —le dijo Noel al público la segunda noche, el 11 de agosto de 1996, embravecido por la imaginable convocatoria.

—¡No! —lo interrumpió Liam—. ¡Esto es Knebworth!

Era el típico humor de su hermano, que tenía una compulsión a no dejar que el centro de la atención recayera en otra persona que no fuera él. A Noel le causó gracia, y se dispusieron a tocar. Luego de aquellos dos shows, lo que venía iba a ser menor en número. Mucha gente pensó que Oasis debió separarse ahí. Que jamás iban a poder igualar aquello. Uno de ellos pertenecía a la banda, se trataba de Paul “Bonehead” Arthurs, que con el beneficio de la perspectiva temporal, años más tarde cuando ya estaba fuera de Oasis, dijo: “Mirando hacia atrás, honestamente creo que tendríamos que habernos ido; muchas gracias a cada uno de ustedes por traernos hasta aquí. Una reverencia final, en ese escenario. Fuimos Oasis: ¡buenas noches! Y después marcharnos”.

Noel también jugueteó con esa idea del renunciamiento histórico más tarde, cuando todas las cartas se habían jugado. “Sentí que [Knebworth] fue el final de algo más que el comienzo de otra cosa. Ojalá hubiésemos tenido la inteligencia de dar un paso atrás e irnos; vamos a seguir nuestros caminos en forma separada por un tiempo. Deberíamos haber desaparecido en una bola de humo. ¡Imaginate! ¡Después de haber hecho esos shows históricos! Hubiera sido increíble”. A Liam esa idea no le causaba ninguna gracia, ni le encuentra sentido alguno en la actualidad; si hay alguien fanático de Oasis dentro de la banda, su nombre es Liam Gallagher. Nunca quiso que el grupo se separara y siempre intentó que regresara, después de la amarga separación de 2009. Su sueño se hizo realidad en 2025. Pero siempre se opuso a esa fantasía de dejar todo en el mejor momento con su modo brutal de expresión.

“Bonehead lo dijo mil veces, ¿separarnos para qué? ¿Para ser malditos mecánicos? Yo me hubiera tomado un tiempo libre y lo hubiera hecho todo otra vez al año siguiente, para toda la gente que no pudo conseguir tickets”, sostuvo Liam. Oasis convocó a 250000 fanáticos, pero hubo solicitudes de entradas por parte de ¡dos millones y medio de personas! Liam ratificó: “Lo haría todo de vuelta en un instante; ahora es muy fácil decir que tendríamos que haber terminado con la banda en 1996. ¿Para qué? ¿Para volver a casa a contar la fucking guita? No funciona así, ¡a la mierda con eso! Cuando le metés tres goles al United [rivales acérrimos del Manchester City] en los primeros minutos, no mirás al banco y pedís el cambio”.

Cuatro años después, ya en el año 2000, cuando Oasis intentaba volver a capturar el gran momento de aquellos días de Knebworth tocando en Wembley el 21 y 22 de julio, Liam Gallagher parecía estar tirando demasiado de la soga sujeta a la paciencia de su hermano Noel. “Nos juntamos a ver el show de la primera noche y estuvo genial. Al día siguiente, todos llegamos a las cinco y la pregunta era la de siempre: ‘¿Dónde está Liam?’. Llegó a las seis o a las siete, hablando solo, todo de negro, anteojos oscuros y con un taco de billar en la mano. No hacía falta ni hablar, la atmósfera se vino abajo; todos se dispersaron, y él dijo: ‘¿Qué pasa? ¿Huelo mal o algo así?’. No, no, no; fue algo horrible”.

El segundo show en Wembley, el 22 de julio de 2000, fue exactamente eso: algo horrible. En el marco de la presentación de Standing on the Shoulder of Giants, Oasis venía estrenando nueva formación con Gem Archer y Andy Bell, que reemplazaron a Bonehead y al bajista Paul “Guigsy” McGuigan, quienes dejaron el grupo por razones que se explicarán más adelante. Liam completamente borracho, probablemente drogado y sin dormir, se había transformado en un monstruo. Oasis no era un club de abstemios; el alcohol era el combustible habitual del grupo, pero cada cosa tenía su lugar y, sobre todo, su momento.

Liam confirmó: “La noche del viernes fue genial. La del sábado… no dormí, no fui a casa, estaba rayado y no me acuerdo de nada. No sé adónde fui. Recuerdo estar en un pub con un montón de chicas a las doce pensando que mejor me voy a casa y me doy un baño. Atravesé toneladas de mierda, me volví loco una noche, ¿y qué? No vi el show y no lo quiero ver, estoy seguro de que fue realmente malo. Perdí la cabeza, loco, y si vas a perder la cabeza, al menos que sea frente a 70000 personas. ¿Por qué no? Al día siguiente estaba bien. Perdí la cabeza una hora y media. ¿Es un delito?”.

No era un delito, pero fue un crimen.

★★★★★

Liam estaba pasando por un pésimo momento en lo personal, separándose de su esposa, la modelo, cantante y actriz Patsy Kensit, madre de su hijo Lennon. A Noel le sucedía algo parecido, ya que su matrimonio de tres años con Meg Mathews, madre de Anaïs, había entrado en zona de colapso. Sin embargo, Noel fue el capitán inalterable de un barco un tanto averiado en la segunda noche de Wembley; con calma y fina ironía condujo a Oasis hasta el final de aquel show que Liam Gallagher se había empecinado en arruinar a toda costa. Antes de subir al escenario, el resto de la banda esperaba que Liam al menos mantuviera algún decoro. No tuvo restricción alguna y vomitó toda su furia en una catarata de incoherencias verbales, cantó las canciones por la mitad, les cambió la letra, desafinó abundantemente y comenzó a invadir el espacio de su hermano, besuqueándolo, tratando de desequilibrarlo sin lograrlo. Pero casi lo consigue. Oasis trataba de subir nuevamente a la cumbre tras haber rodado barranca abajo; Wembley le permitiría volver a la cima o, en todo caso, a un lugar parecido. Liam se soltó, y casi arrastra a todos en su caída.

El concierto fue sostenido también por el público, que en buena parte parecía festejar las lamentables ocurrencias de Liam en plan de sabotear un show que se estaba transmitiendo en vivo a través de varias radios y canales de televisión. Para colmo, los dos conciertos se grabaron con la idea de publicar un disco en vivo, el primero de Oasis, y para dejarlo bien, tuvieron que utilizar algunas grabaciones de un show en Kanagawa, Japón, que hicieron en marzo de 2000. Y ya entonces había chispazos entre los hermanos Gallagher, que vaticinaban, de nuevo, un tiempo tormentoso. Noel había hecho un esfuerzo hercúleo para dejar los malos hábitos que sentía que comenzaban a afectar a la banda, pero Liam no hizo la menor de las concesiones. Fue justamente en el Yokohama Stadium, en la prefectura de Kanagawa, donde se escuchó la primera detonación.

“Si vinieras a los ensayos, te sabrías las letras”, le dijo Noel sin pelos en la lengua a su hermano, que no movió su monoceja. “¿Funcionaría esto mejor si apuntáramos los parlantes al pub más cercano al ensayo?”, insistió Noel, enojado por la falta de profesionalismo de Liam.

El material registrado durante la segunda noche en Wembley fue inutilizable, y en la primera hubo algunos inconvenientes técnicos menores, pero que no se podían publicar en un álbum. De hecho, se pensó que la grabación de la primera presentación fuera el respaldo de la segunda; generalmente, hay imprevistos en la primera fecha de una serie que se subsanan en la segunda y en las sucesivas, si las hubiese. La red de seguridad resultó ser ese concierto en Japón en el que las reprimendas de Noel parecieron surtir cierto efecto en Liam, que cantó bastante bien. No podía pedírsele la perfección porque la voz no le daba, tenía la garganta destruida y no solo por cantar.

Durante la velada infame del 22 de julio en Wembley, Liam aulló las letras, gritó estupideces durante todo el show y se mostró en un estado prácticamente de catarsis por su separación. Al parecer, su futura exmujer había aprovechado el primer show en Wembley para apersonarse en el hogar con sus abogados y un camión de mudanzas y desvalijar prácticamente la casa. Cuando Liam llegó al día siguiente alrededor de las doce, se encontró con un hogar desierto. La relación ya estaba rota, pero todavía no se había procedido con los bienes materiales, y el atrevimiento de Kensit lo enfureció.

El show arrancó con Liam maldiciendo a Wembley —al que llamó repetidas veces shithole, o sea, un cagadero— y a varios de los que alguna vez tocaron ahí, como Simple Minds o Bob Geldof “y su maldito Live Aid”, aunque agradeció la presencia del público. Noel contraatacó con un calmante de corto efecto, tomando su micrófono y diciendo: “Por otro lado, yo quiero desearle paz y amor a toda persona presente en el estadio. Muchas gracias”. Poco le duraron la paz y el amor a Liam: “Lo dice el vago que se sentó sobre su culo todo el año pasado”. Ya se entraba en sector de balacera, pero sin mencionarla comenzó a dirigir sus disparos a Patsy.

—Es solo un pedazo de mueble. Se lleva esto, se lleva lo otro. ¡Maldita vaca!

Luego, alguien le arrojó a Liam un bolsito. “¿Qué soy? ¿El maldito cartero de Pat? Hey, si voy a tocar en Wembley por última vez, es mejor hacerlo completamente enloquecido”. Vaya si lo estaba. Otras declaraciones al público de Wembley prolongaron el infortunio: “Es difícil no poder ver a tu hijo si no vas con un fucking abogado”. “Si esperan que esto sea algo profesional es que estuvieron aspirando pegamento. Me chupa un huevo, le chupa un huevo: nos chupa un huevo”. “¿Dónde está mi maldito televisor? Ahí va ella con más muebles, y no me dejó ni un puto saquito de té”.

Los hermanos Gallagher parecen hallar un punto de conflicto públicamente potable cuando Liam se mete con Genesis, después de volver a tratar de convencer al público de que no esperen algo profesional “como los malditos Genesis y todo eso”.

—Un momento —interrumpe Noel—, no le pegues a Genesis. Cualquiera que tenga un baterista pelado, que se ve como un idiota, pero que puede CANTAR, ya me gustaría tenerlo en vivo. Estoy hablando de Phil Collins. Quizá quieras tratar la cuestión con él. Yo lo voy a hacer en tu habitación.

Liam se acerca amenazante a Noel, como si fuera a pegarle, pero lo abraza al modo inglés y anuncia:

—¡Y esta canción es para todos los alcohólicos! Y, créanlo o no, Noelito G. es más borracho de lo que yo he sido alguna vez. Así que ¡esta es para Noel!

—No me parece que alguien te vaya a creer eso. Si había cuarenta latas de cerveza en casa, yo solamente conseguía dos. Lo que agradablemente me lleva a la próxima canción.

Y tocan “Roll with It” —algo traducible como “seguir la corriente”—. Después, Liam va a demandarle al público femenino que muestre sus pechos, que quiere verlos en la pantalla, una idea muy peligrosa para una transmisión en vivo. Por suerte siempre hay una demora programada de unos cuantos minutos entre lo que pasa en el estadio y lo que llega a los hogares, por si surge algún problema. Este era uno de primera magnitud.

—Es una tradición. ¡Pechos! En la pantalla —indicó Liam didácticamente y señaló a un espectador que llevaba a una chica sobre sus hombros—. ¡Y no vamos a tocar la maldita canción hasta que vos hagas que tu estúpida pajarita muestre sus pechos!

La chica no se hizo rogar demasiado, se sacó la remera sin chistar y quedó en corpiño, con su imagen replicada en la pantalla. No fue suficiente para Liam.

—¡Hey! Eso es una mierda de catálogo. ¡Sacalos afuera!

La multitud masculina rugió como si aquello fuera un circo romano, y la muchachita le dio al público lo que quería, ante la amplia sonrisa de Liam, contentísimo por haberse salido con la suya.

—Menos mal que no estoy casado, porque me ligaría un tirón de orejas, pero él se va a ganar una patada en el culo —reflexionó sobre el pobre fan que tuvo que soportar su capricho.

El delirio de Liam prosiguió hasta el final y solo se aplacó durante las canciones que cantó Noel, simplemente porque él no estaba sobre el escenario, sobre el que permaneció deambulando y haciendo ruido cuando el resto de sus compañeros ya se había escabullido presuroso a los respectivos camarines tras el último bis.

En su trayecto, Noel se encontró con algunos allegados que le aseguraron que el show había sido formidable. “¡Váyanse a la mierda! Yo me voy a casa”. Cuando llegó a su hogar, se encontró con su esposa Meg esperándolo en la cama con el televisor que mostraba en diferido los últimos momentos de aquel show terrorífico.

—¡Apagá eso! —le ordenó.

Luego se tomó un Valium, se lavó los dientes, se metió en la cama y tardó un buen rato en dormirse. Estaba mental y físicamente agotado, pero la rabia fluyó por su sangre hasta que el ansiolítico logró calmarla.

La expresión “anochecer de un día agitado” nunca le sonó tan exacta.

★★★★★

Todo el año 2000 fue un tiempo de absoluta incertidumbre para Oasis. Como dicen los británicos, “les habían robado el trueno” y se compenetraron para volver a capturar ese momento en el que fueron la banda más importante del planeta. De ahí la idea de grabar un nuevo disco, con un productor diferente, salir a defenderlo gira mediante, con nueva formación, y volver a ocupar el centro del ring mediático.

Acallados los ruidos del Britpop y con la sensación de que Oasis ya había conocido sus mejores días, el resultado de este plan maestro no parecía garantizado. Ni Blur ni Pulp ni Supergrass parecían ser en ese momento una competencia, pero sí Stereophonics, Travis y, sobre todo, Coldplay. De todos modos, Oasis venía con el peso de la historia sobre sus espaldas, aunque era como un boxeador que decidía pelear en otra categoría, o que se había retirado y decidió regresar. Los hermanos Gallagher ya conocían el sabor de la gloria, pero también habían aspirado el polvo del fracaso.

Lo que de ninguna manera se podía decir de ellos era que no tuvieran chance; el mundo ya conocía que los Gallagher eran luchadores natos y que iban a presentar batalla contra quien fuese. Pero Oasis no sabía —hasta un punto— que el peor enemigo no estaba en las otras bandas ni en la industria ni en el cambio del gusto de la gente. Lo tenían adentro, y no se trataba de sus compañeros de banda, ni de los que ya se habían ido ni los que habían llegado para reemplazarlos.

¿Cómo pelear con eficiencia cuando el enemigo más difícil que tenés que derrotar es tu propio hermano?

2

QUIERO SER ADORADO

En la Gran Bretaña de 1988, el rock estaba bien muerto, como una cucaracha a la que el aerosol fatal alcanzó en plena huida. Pisoteado, arruinado, desvencijado, desguazado, sin pulso. Y todos pensaban que el certificado de defunción era auténtico. Había pruebas y eran contundentes: las raves explotaban de gente que antes iba a conciertos de rock y parecía divertirse mucho más ahora. Eran básicamente bailes que no se llevaban a cabo en discotecas, sino en lugares mucho más informales —un buen galpón podía servir—, a espaldas de las autoridades, donde se escuchaba acid-house, se bailaba y se consumía MDMA, la droga que acompañaba la movida y que se popularizó como “éxtasis”.

Esto comenzó a suceder en la segunda mitad de 1987 y se prolongó durante 1988, alcanzando un pico a mediados de 1989 cuando se celebró el “segundo verano del amor”, habilidosa movida de marketing tratando de replicar el original, de 1967, que tenía a Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band, de The Beatles, como banda de sonido. Paolo (Paul) Hewitt, periodista de música y escritor, proveniente de Manchester y muy amigo de los hermanos Gallagher, sintió el impacto de lleno: “Para entender esto tenés que remontarte al momento en que el New Musical Express publicó ese cassette C86, proclamando que todas esas bandas indies eran el futuro de la música. Yo pensé que estaban locos. Para mí, esa música no significaba absolutamente nada. Era muy subestándar. En aquel tiempo, yo estaba investigando mucho hip-hop y soul contemporáneo, muy entusiasmado, y junto con otros periodistas tratábamos de explicar que esa era la música que el NME debía apoyar. Un día le pedí a Danny Kelly que me pasara ese cassette C86, pensé que, si estaban tan entusiasmados con esa música, algo debía haber. No pasé de la quinta canción. Crecí con The Beatles y el mejor soul, de manera que conocía la buena música, y esta era simplemente pobre. Entonces llegó el acid-house, y yo fui uno de los primeros periodistas en cubrirlo a tiempo; el acid-house era el futuro y el rock estaba muerto para bien”.

Paolo tuvo la confirmación de que estaba en lo cierto una noche, en Dingwalls —un lugar donde aún hoy se pasa música, se bebe y se baila—, cuando se le acercó alguien que lo reconoció: “Vos sos Paolo Hewitt del New Musical Express y tenés razón sobre el acid-house”. Le dio unas palmadas de felicitación y se fue. Era Alan McGee, de Creation Records, uno de los sellos que había participado en la compilación de C86, y uno de los tantos que estaba en la “movida indie” de la Gran Bretaña de los años ochenta. Indie significa “independiente”, aun cuando esos sellos traben relaciones carnales —pero bien ocultas— con algunas de las compañías majors, multinacionales como Sony, Warner o Universal, las más grandes que han quedado en pie.

Nadie podría haber sospechado que Alan McGee, pocos años más tarde, contrataría a la banda británica de rock más grande de los noventa, ni que Paolo se convertiría en su biógrafo oficial, de la banda y de McGee. Es más, Noel Gallagher era un feliz habitante de las raves de Manchester en The Haçienda. “Pasé algunas de mis mejores noches en raves, pero nunca anduve por ahí corriendo en cueros, tocando la flauta o algo por el estilo”, se sinceró Noel.

Hewitt tenía razón en algo: la música de la cinta C86 —hija de la original C81, correspondiente a 1981— era bastante pobre y mostraba un claro agotamiento del rock británico que exhibía un primer síntoma a mitad de 1987 con la separación de The Smiths, banda clave del rock de los años ochenta, la poca repercusión de The Jesus and Mary Chain y la atención que concitan bandas irlandesas como U2 o escocesas como Simple Minds. Si bien se lo llama Reino Unido, el regionalismo continúa presente en mayor o menor medida de acuerdo con la región y los tiempos. La única banda de esa cinta que tendría algún futuro sería la que figuraba en primer lugar, Primal Scream, el grupo de Bobby Gillespie, quien había sido baterista de The Jesus and Mary Chain y que era íntimo amigo de Alan McGee, dueño de Creation Records. Pero en aquella cinta eran como un ruido digestivo, expelido por la resaca del rock gótico que parecía estar con la cotización a la baja.

El acid-house fue como la venganza de la música disco, sepultada en 1980; en estado de larva atravesó mutaciones lógicas de un tiempo en que surgían la tecnología digital y su producto estrella, el compact-disc. Pero también aparecían baterías electrónicas, secuenciadores y nuevos procesadores que le dieron al rock de su tiempo una sonoridad tan estridente como la batería de Phil Collins en “Sussudio”. No importaba que hubiese un baterista real detrás de cada grupo; todo reverberaba porque las herramientas de los estudios de grabación se multiplicaban, deslumbrando a los productores y al público que pedía más eco. En Detroit y en Chicago, en algunos clubes selectos, varios disc-jockeys como Frankie Knuckles o asociaciones como Phuture se transformaron en productores y lograron una música disco digital, con bombo en cuatro, sonidos robóticos, poca melodía y muchos efectos, que se llamó house music porque se realizó en laboratorios caseros: discotecas selectas donde tocaban esos disc-jockeys de avanzada, a los que se les buscaría un nombre más marketinero. Al parecer las ideas no abundaban, y acortaron el nombre a DJ.

El estilo se expandió a las discotecas de Nueva York, y luego saltó a Ibiza. Los británicos no tardaron en importarlo e imponerlo como acid-house, una variable con más beats por minuto. De hecho, fue la música que suplantó para siempre al pop en las discotecas y se transformó en furor entre los ingleses, que ya tenían en los charts a un pop sintético modelado por Stock, Aitken & Waterman, tres productores que encontraron un sonido que implantaron en sus artistas, con distintas variaciones: Rick Astley, Kylie Minogue, Jason Donovan, gente joven, bien vestida, con grata apariencia y canciones más inofensivas que una clase de yoga. El sueño húmedo de una compañía discográfica. Todos esos y otros artistas incorporaron el beat del acid-house, lo vistieron de canción y lo cubrieron de caramelo aural.

Muchos DJ británicos crearon sus propios grupos de fantasía; no había una banda o un cantante, tan solo un nombre pretendidamente moderno como S’Express o Beatmasters, a los que se sumaban entidades de otras latitudes, como Black Box (Italia) y Technotronic (Bélgica). El prototipo ideal había aparecido en 1987 con el grupo M/A/R/R/S, que alcanzó un Nº 1 con su irresistible “Pump Up the Volumen”. Y luego vino la fabricación en serie: C+C Music Factory, Yazz & The Plastic Population, Corona, Snap! y muchas variables de una misma cosa; más cancionera, más o menos humana, como resultara más apetecible el envoltorio del producto.

Este escenario fue el que decretó “la muerte del rock”, “el fin de la guitarra eléctrica”, la sepultura de la estrella de rock y la entronización del DJ como nueva figura de idolatría. Un visionario de Manchester, Morrissey, cantante de The Smiths, pide en su tema “Panic” que cuelguen al maldito DJ porque la música que pasa “no me dice nada sobre mi vida”. Pero el acid-house había llegado para quedarse y mutar en otros estilos muchos más nutritivos que se nombrarían más genéricamente como “electrónica”, así como todas las variantes con raíz de blues pasarían a llamarse en algún momento “rock”, y todo lo que tuviera mínimamente que ver con el country o la música tradicional estadounidense sería nombrado como “americana”.

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El DJ no sería colgado, The Smiths jamás volvería a funcionar como grupo, pero de Manchester saldría la novedad de un rock revitalizado gracias a The Stone Roses, cuarteto que resucitó un estilo que se había dado por muerto. En sus comienzos, en 1985, estaban tan desorientados como todos los demás, pero en tres años de ensayos, rechazos, módicos triunfos y un drástico cambio de escenario en la historia musical británica lograron un sonido único y brillante que cambiaría todas las piezas de lugar. Tuvieron la habilidad de incorporar algo de la rítmica del acid-house en un simple llamado “Elephant Stone” (1988), producido por Peter Hook, bajista de New Order, dando así lugar al nacimiento de un ritmo novedoso que llegó al Nº 8 de las listas británicas.

The Stone Roses era de Manchester: el cantante Ian Brown, el virtuoso guitarrista John Squire, el sorprendente baterista Reni y el bajista Mani. Su primer disco fue algo de orden cósmico: un debut contundente con un sonido expansivo y mucha melodía, que tomaba ideas del rock de los años sesenta, pero las ponía en un contexto diferente, más psicodélico, probablemente mérito del productor John Leckie, que venía de trabajar con los geniales XTC y su banda paralela, The Dukes of Stratosphear, donde hacían de cuenta que eran un grupo psicodélico de los sesenta. Tan bien salió ese juego que las ventas de 25 O’Clock, primer álbum de The Dukes, superaron a las de la banda original. Por lo que XTC cambió de rumbo y grabó Skylarking, una de sus obras maestras, en 1986, buscando el adictivo sabor de la psicodelia.

The Stone Roses preferían como productor a DJ Pierre del colectivo Phuture, pioneros del house; pero con buen tino, Silvertone Records los indujo a trabajar con Leckie, que optimizó el sonido del cuarteto de Manchester y logró una mezcla entre el rock tosco que ya traían los Roses de fábrica, algo de la actitud libre del acid-house y las raves, con fuerte impronta psicodélica. Tenían una arrogancia propia de Manchester, manifestada en títulos insolentes como “I Wanna Be Adored” (Quiero ser adorado) y “I Am the Resurrection” (Soy la resurrección). Ian Brown era un cantante con carisma; John Squire, un guitarrista serio, virtuoso y creativo, mientras que Mani y Reni constituían una base exuberante, maleable y creativa. Ese primer álbum de The Stone Roses marcó una revolución y el comienzo de un sonido made in Manchester, que no solo pondría en el mapa un nuevo género nombrado Madchester, haciendo espacio para otros grupos que coparían el centro de la escena, sino que además crearía un punto de inicio para el resurgimiento del rock en Gran Bretaña, generando las condiciones para que años después floreciera el Britpop.

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Se afirma que Tony Wilson ha sido quien acuñó el término Madchester, que sirvió para darle nombre a la escena musical de Manchester a fines de los años ochenta. En la ciudad, Wilson era toda una celebridad, no solo por su trabajo en medios, sino también por haber fundado Factory Records junto con Alan Erasmus, sello que editó a Joy Division y continuó publicando los trabajos de New Order, cuando Ian Curtis se suicidó a los 23 años, en 1980. También fue uno de los mánagers de The Haçienda, mítico club nocturno que se inauguró en 1982 y albergó la explosión del acid-house, beneficiándose por el fenómeno pero, paradójicamente, afectado de manera letal por él, ya que comenzó a perder dinero cuando las ventas de alcohol bajaron drásticamente por el consumo de éxtasis. Se comprobó que el alcohol anulaba el efecto psicotrópico del E —tal como se lo llamaba de entrecasa— y entre una borrachera y una experiencia que parecía trascendente en aquel momento, con el éxtasis impulsando el baile desenfrenado y cierto sentido místico de comunión, la gente prefirió lo nuevo.

Tony Wilson echaba mano a los recursos de Factory Records para sostener The Haçienda, pero cuando las pandillas mafiosas de Manchester comenzaron a apelar a las armas, dentro y fuera del local mitologizado por la película 24 Hour Party People en 2002, el fin del establecimiento parecía estar escrito pese a que el municipio de Manchester se opuso fuertemente a su cierre. La actividad del lugar era esencial para regenerar zonas muertas de la ciudad. Hoy, The Haçienda es un complejo de departamentos hecho desde cero, aunque manteniendo cierta estética similar a la del club. Sin embargo, a los que supieron frecuentarlo no les gustó el eslogan utilizado por el millonario que edificó el complejo para publicitar su emprendimiento: “Ahora que la fiesta terminó… podés volver a casa”.

Factory Records fichó a una banda que fue muy importante para el contingente de Madchester: Happy Mondays, un grupo cuyas caras más reconocibles eran la de su indescriptible cantante Shaun Ryder y la de Bez, un bailarín que, de vez en cuando, tocaba las maracas y cuyo crédito era: vibes (ondas). Su primer disco, publicado en 1987, fue producido por John Cale, y el segundo, editado al año siguiente, contó con la producción del célebre Martin Hannett, que trabajó también con Joy Division en los dos álbumes que alcanzó a grabar el grupo antes de la muerte de Ian Curtis. Hannett es conocido como el creador del “sonido de Manchester”,1 y así figura en su epitafio; su muerte temprana se produjo por un ataque cardíaco en 1991, casi al mismo tiempo que Factory Records comenzaba a decaer.

Antes, la etiqueta gozaría de un gran suceso de la mano del tercer disco de Happy Mondays, que ingresaba oficialmente en la escena Madchester con Pills ‘n’ Thrills and Bellyaches, producido por el DJ Paul Oakenfold y Steve Osborne, que cambió radicalmente el sonido del grupo, enfatizando un estilo bailable que no se privaba de sabores rockeros ni de tomar prestadas canciones enteras y escriturarlas bajo su nombre. Ese es el caso de “Kinky Afro”, uno de los hits de Happy Mondays, cuyo estribillo con la letra cambiada fue robado descaradamente de “Lady Marmalade”, un Nº 1 fulminante en Estados Unidos durante 1975. Curiosamente, no hubo abogados que reclamaran regalías por este delito tan flagrante. “Kinky Afro” llegó al Nº 5 del ranking británico, al igual que la versión de “Step On”, un hit del sudafricano John Kongos (1971), que sí obtuvo los créditos correspondientes. El álbum tenía, al igual que el de The Stone Roses, una cantidad importante de fantásticos temas, pero Happy Mondays poseía una impronta más fiestera y resultaba un buen complemento para la escena. Hasta recibieron cierto cariño de Paul McCartney, quien dijo que los Mondays le recordaban a The Beatles en su etapa más psicodélica.

Desafortunadamente, Factory Records apostó su destino a repetir el éxito de Pills ‘n’ Thrills and Bellyaches, y el cuarto álbum de Happy Mondays, Yes Please!, producido por la base rítmica de Talking Heads, Tina Weymouth y Chris Frantz, fue un fracaso y se llevó puesto al sello, que tampoco podía seguir sosteniendo las pérdidas de The Haçienda y quebró. De alguna manera, Shaun Ryder y Bez lograron rehacerse bajo el nombre Black Grape, que tuvo un seductor éxito en 1995 con “In the Name of the Father” y el álbum titulado It’s Great When You’re Straight… Yeah! (Es genial cuando estás sobrio… ¡sí!), un nombre engañoso porque Shaun Ryder continuó consumiendo todas las drogas inventadas por la humanidad y la naturaleza hasta 2002, momento en que dejó la heroína con un tratamiento muy novedoso: se dedicó al ciclismo y dejó de tener alcohol en su casa, reservando su consumo para salidas sociales.

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Madchester tuvo un “sagrado triunvirato” —otro término más, popularizado por la prensa— y la tercera pata en esta institución fue Inspiral Carpets (Alfombras de inspiración), que venía remando desde comienzos de los años ochenta bajo el nombre de The Furs (Las pieles) y en algún momento cambió de denominación para que sonara más psicodélico. Su lugar de origen fue Oldham, un área comprendida en el Gran Manchester (Greater Manchester). Recién pudieron acceder al éxito en 1990 cuando sucedieron algunas cosas que modificaron su panorama, como cambiar al cantante Stephen Holt y poner a Tom Hingley al micrófono. Con él completaron la grabación de su primer disco, Life, que les permitió incorporarse al fenómeno Madchester en ese año, alcanzando el segundo puesto de los charts británicos.

Inspiral Carpets visitó Buenos Aires para formar parte del Derby Rock Festival en 1991, fecha que abrió Nito Mestre y que cerró Paul Simon en el estadio de River. Para ellos fue la oportunidad de conocer un país muy lejano, al que arribaron a caballito de dos de sus hits: “This Is How It Feels” y “She Comes in the Fall”, que sonaban en algunas radios que se hacían eco del Madchester, aunque sin demasiado convencimiento. Noel Gallagher vino con ellos en calidad de asistente y se enamoró de Buenos Aires, sus lugares típicos, su gastronomía y su ardorosa pasión por el fútbol. Fue el destino más exótico que conoció, ya que acompañó a los Carpets en todas sus presentaciones por Gran Bretaña, el resto de Europa y Estados Unidos, que estaban más al alcance para una banda inglesa. Tenía 23 años y conocía muchos más países que el resto de sus amigos.

El vagón de Madchester aceptó algunos polizones siguiendo la tradición de sus mayores. Cuando The Beatles logró su primera oleada de popularidad en Gran Bretaña durante los tempranos años sesenta, se impuso el término Merseybeat, que aludía a todos los grupos provenientes de Liverpool, ciudad que, hasta que aquellos triunfaron, era más conocida por su actividad portuaria que por su producción artística. Además era una “ciudad del norte”, lejos de Londres y también por eso menospreciada. La beatlemanía cambió el juego y de repente se pudo observar la repentina avidez de la industria discográfica por subirse al fenómeno del Merseybeat, lo que benefició a otras bandas como Gerry & The Pacemakers, The Merseybeats y The Searchers, así como a algunos vecinos de Manchester: The Hollies y Herman’s Hermits. Eran solamente poco más de 50 kilómetros. Quizá por eso en la movida Madchester tuvieron lugar otros dos grupos como The Charlatans, de Birmingham, y The Farm, de Liverpool.

El estilo Madchester no solo tiene influencias de los grupos británicos de los años sesenta, la psicodelia en general y algo del acid-house, sino que además está empapado de lo que los ingleses llaman “Nortern Soul”, que es el soul norteamericano clásico, pero con el acento en temas con determinadas rítmicas que lo hagan bailable y evitando los hits más obvios. Podría resumirse como soul para disc-jockeys que se enorgullecían de haber descubierto tal o cual tema, que luego haría furor en las pistas de bailes distribuidas a lo largo y a lo ancho de Gran Bretaña. Ese link a Madchester lo propicia un ritmo improvisado por Clyde Stubblefield, uno de los tantos bateristas de James Brown, resaltado por el jefe en “Funky Drummer”, canción sampleada hasta el hartazgo por números de hip-hop. También por The Stone Roses, aunque existen dudas al respecto; se dice que el beat de su exitoso simple “Fools Gold” ha sido aprendido por Reni y Mani, la base rítmica, y tocado naturalmente por ellos. Y también se habla de otra canción como originadora de ese beat manchesteriano: “Hot Pants”, de Bobby Byrd, músico que ha sido uno de los descubridores de James Brown en los años cincuenta, al que respaldaba con su banda The Famous Flames. Ambas canciones fueron publicadas en 1971.

The Charlatans utilizó ese beat, acelerado y adaptado, en el mayor hit de su trayectoria: “The Only One I Know”, un Top 10 en Gran Bretaña en 1990. El primer álbum de la banda liderada aun hoy por Tim Burgess, Some Friendly, encabezó los rankings de álbumes en 1990 y consolidó al grupo dentro de la escena Madchester, que mezclaba cierta sonoridad similar a la de The Stone Roses con el sonido del órgano que destacaba a Inspiral Carpets.

Los otros polizontes, The Farm, provenían de Liverpool e impactaron los charts a fines de 1990 con una melancólica canción llamada “All Together Now”, que se transformó en un clásico que fue utilizado para avisos de televisión, presentaciones de programas deportivos e incluso llegó a musicalizar la publicidad de un banco. The Farm tenía una impronta un poco más ligada al acid-house, aunque no fuera una banda electrónica como lo fue 808 State, estos sí de Manchester, que sonaron a morir en las raves y fueron disfrutados por Noel Gallagher en las noches de The Haçienda.

El Madchester comenzaría a diluirse en 1991 porque la escena del rock británico, ya revitalizado por el estilo, vería la aparición de nuevos jugadores que, aunque influenciados por las ondas de Manchester, provendrían de diferentes ciudades. Londres brindó uno de los últimos éxitos en el estilo Madchester que llevó a su primer Top 10 a una banda que se transformaría en una de las más exitosas de los años noventa. “There’s No Other Way” llegó al Nº 8 en abril de 1991 y le otorgó su primer éxito contundente a Blur, que marcaba el ritmo de Manchester como si nunca hubiera pertenecido a otra ciudad.

1. El término “sonido de Manchester” suele confundirse con la escena Madchester, sobre todo en la Argentina, donde grupos como The Stone Roses y otros sonaban asiduamente en la emisora Z-95 de Buenos Aires, que popularizó el acid-house en este país en 1989. El “sonido de Manchester” estaba más vinculado con Joy Division y New Order, mientras que Madchester define la escena de fines de los años ochenta.