Un mapa para volver a vos

Un mapa para volver a vos

Hablar de salud mental no debería requerir valentía, pero sigue haciéndonos falta. No porque falten razones, sino porque muchas veces sobran los miedos: a sentirnos débiles, a no estar a la altura, a que nadie nos entienda. Pero la verdad es que todos, en algún momento, necesitamos frenar, mirar hacia adentro y preguntarnos: ¿cómo estoy?

Este libro nació de una idea tan sencilla como necesaria: que todos precisamos recursos para atravesar la vida emocional con más claridad, menos culpa y mejores estrategias. No se trata de tener todo resuelto, sino de aprender a acompañarnos un poco mejor y sin juicio.

Por eso, lo que vas a encontrar acá es un mapa de propuestas. Un recorrido pensado desde el marco de la Terapia Cognitivo Conductual para que te adentres en vos y profundices a tu propio ritmo.

En la primera parte, EMPEZAR A MIRARNOS, te invito a poner en palabras esas voces internas que influyen en cómo nos vemos: la autoexigencia, la culpa, la autoestima, la dificultad para decir “no” y el síndrome del impostor. Aprender a observarnos es el primer paso para entendernos de verdad y abrirnos al cambio.

En la segunda parte, DE LO QUE SENTIMOS A LO QUE HACEMOS, vas a encontrar claves para gestionar lo que sentís y traducirlo en acción: regular la ira y otras emociones, atravesar el fracaso y la frustración sin quedarte atascado, y desarmar profecías autocumplidas y presiones externas. También te propongo estrategias para enfrentar la procrastinación y cuestionar creencias que te limitan.

En la tercera parte, PENSAR NO SIEMPRE AYUDA, descubrirás de qué modo la rumiación, la búsqueda de control, los sesgos cognitivos, la ansiedad y el “¿y si…?” catastrófico pueden debilitarnos, y te propongo algunas formas para soltar esos patrones.

En la cuarta parte, LO QUE NO SE VE, PERO SE SIENTE, vas a explorar realidades muchas veces silenciadas: la depresión, el suicidio, las huellas que deja el trauma y el proceso de duelo. Son experiencias que pesan, pero al nombrarlas -con cuidado y sin tabúes- abren la puerta al acompañamiento y a la ayuda.

Y en la quinta y última parte, EL CAMBIO ES POSIBLE, te invito a experimentar recursos para anclarte en el presente y fortalecer la resiliencia. Además, exploraremos cómo aprovechar la neuroplasticidad en miras a generar nuevos hábitos, y cómo hacer para construir relaciones saludables.

Este libro no necesariamente es para leer de corrido: podés abrirlo donde quieras, subrayar lo que te resuene, dejarlo y volver más tarde. Cada capítulo es una pequeña estación para detenerte, repensar y volver a empezar.

No es un manual para “arreglarte”, sino un espacio para acompañarte en el proceso.

Y si en algún momento algo de lo que leas hace clic y podés ponerlo en práctica, entonces todo esto valió la pena.

Empezar a mirarnos

Hablemos de salud mental

¡Hola! Te doy la bienvenida a un espacio para hablar de salud mental de una forma simple, cercana y real. Soy Johanna Sacalovich, psicóloga. Tal vez me conozcas de @psicoeducacionhoy, donde comparto ideas, recursos y reflexiones de psicología.

Si tenés este libro en las manos, probablemente te interese la salud mental. Quizás venís de una experiencia difícil, estás buscando entenderte un poco mejor o simplemente querés herramientas para sentirte más en equilibrio. Sea cual fuere el motivo, ¡me alegra que nos encontremos acá!

En los últimos años, sobre todo después de la pandemia, empezamos a hablar más de lo que nos pasa. La salud mental dejó de ser un tema tabú y empezó a aparecer en los medios de comunicación, en redes sociales, en charlas con amigos. No quiero decir que antes no se hablara de salud mental pero el encierro, lo antinatural de esa situación, nos obligó a mirar hacia adentro. Y nos encontramos con cosas que no siempre supimos manejar: ansiedad, insomnio, miedos, tristeza, cansancio, desregulación emocional.

Cada uno se adaptó a este nuevo contexto como pudo. El aislamiento nos afectó a todos, pero cada persona tuvo que enfrentarlo de acuerdo con sus circunstancias. Algunos en soledad, otros atrapados en un monoambiente con una pareja en crisis y algunos tuvieron que aprender a convivir 24/7 con sus hijos. En mayor o menor medida, todos sufrimos las consecuencias de vernos privados de nuestra libertad (suena fuerte, pero así fue) y de tener que relacionarnos (o dejar de hacerlo) con nuestros seres queridos de una manera completamente nueva. Y muchos, por primera vez, empezamos a hablar de salud mental con todas las letras, fuerte y claro.

Pero aún hoy, con todo lo que avanzamos, sigue habiendo prejuicios. Hay gente que todavía cree que ir al psicólogo es “para locos”. Recuerdo que mi abuelo me preguntaba: “¿Cómo andan tus loquitos?”. Yo le respondía: “Abuelo, ¡no son loquitos! Son personas que necesitan ayuda y se animan a pedirla”. Esa broma repetida escondía una idea bastante instalada de su época. Por suerte eso está cambiando. Hoy, cada vez más personas se animan a decir: “Trabajo, hago pilates y voy al psicólogo”, algo que antes se ocultaba por vergüenza. Las personas con problemas de salud mental solían cargar con el estigma de ser consideradas vulnerables o incapaces, y en algunas culturas se las veía como débiles. Con estas construcciones sociales, no es raro que alguien quiera ocultar su diagnóstico o evitar la terapia por miedo a ser discriminado o juzgado.

Aun así, cuesta. Cuesta hablar de lo que sentimos. Cuesta pedir ayuda. Cuesta reconocer que no podemos solos. Por eso creo que necesitamos más empatía y menos juicios. Necesitamos educación emocional desde chicos, y una sociedad que no castigue la vulnerabilidad.

En mi caso, durante la pandemia encontré en las redes una nueva forma de acercarme a quienes necesitaban ayuda. Empecé a combinar el trabajo clínico con la psicoeducación, esa herramienta que une psicología con la educación para que más personas puedan comprender su mundo emocional.

Este libro representa un compromiso renovado con mi profesión y con la psicoeducación. Nace desde ese lugar. No necesitás ser psicólogo ni haber pasado por una gran crisis para leerlo. Acá vas a encontrar conceptos explicados con un lenguaje sencillo, ejemplos cotidianos y ejercicios que podés aplicar en tu día a día. La idea es ayudarte a conocerte mejor, regular tus emociones, fortalecer tu autoestima y sentirte más preparado para afrontar lo que te toca vivir. No prometo fórmulas mágicas, pero sí herramientas prácticas pensadas con amor y profesionalismo que te permitirán potenciar tu bienestar y así mejorar tu calidad de vida. Ojalá que cada capítulo te de algo: una idea, una pregunta, una práctica o una manera distinta de mirar lo que te pasa. Y que, al terminar el libro, sientas que diste un paso más hacia un mayor equilibrio emocional.

El camino hacia una buena salud mental es un proceso continuo de aprendizaje. Va a ser un placer acompañarte, ofreciéndote herramientas y el apoyo necesario para que te sientas más seguro para afrontar tus desafíos.

¿Empezamos?

Cuando me perdí
(y aprendí a volver)

Existe una idea bastante extendida: que por ser psicólogos tenemos más herramientas que el resto de las personas para enfrentar las dificultades emocionales. Si bien hay algo de cierto en eso, la realidad es que eso no nos vuelve inmunes a los trastornos mentales. Por eso, hoy quiero contarte una parte muy personal de mi historia, una experiencia que me mostró que, incluso con herramientas, a veces nos encontramos perdidos.

Hace algunos años, trabajaba como coordinadora en una escuela, y mi trabajo me generaba mucha satisfacción. El desafío de crear, de poner en marcha proyectos y de contribuir al crecimiento del equipo me motivaba todos los días. Cada mañana, al abrir mi agenda llena de actividades, me sentía como si pudiera con todo. Las llamadas de padres, los alumnos angustiados y las urgencias de los profesores formaban parte de mi rutina diaria. Me sentía responsable, comprometida. Hasta que, de repente, un día —uno que nunca voy a olvidar— todo empezó a tambalear, como si el piso empezara a desestabilizarse.

Me senté frente al escritorio, miré la agenda desbordada y pensé: “Es demasiado. No puedo con todo esto”. Lo que antes hacía de manera natural ahora se sentía como una maraña imposible de desentramar. Mi mente parecía ir en cámara lenta y mi cuerpo se sentía diminuto frente a esa pila de tareas. Era como si estuviera al borde de un abismo, mirando al vacío, sin saber qué camino tomar.

Me resultaba extraño sentirme así. La angustia era profunda y no entendía qué me pasaba. Esa confusión no solo afectaba mi trabajo, sino que se colaba en todos los aspectos de mi vida. Recuerdo un día, viajando en colectivo, cuando de repente me di cuenta de que no sabía dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Mis ojos miraban por la ventana, pero mi mente estaba completamente desconectada.

Con el correr de los días, en lugar de mejorar, la sensación solo se intensificaba. Era como si el cielo se fuera oscureciendo más y más. Me sentía atrapada en una nube espesa que me arrastraba, impidiéndome avanzar. Dormir se convirtió en un desafío, y ni hablar de levantarme de la cama. Comer se volvió casi imposible. Cocinar, ordenar, masticar... todo parecía una montaña. Lo mismo con bañarme: cada paso se sentía como escalar el Everest. No era falta de ganas; simplemente no podía. Mi cuerpo no respondía. La sensación era que todo a mi alrededor se movía a gran velocidad, mientras yo estaba quieta, atrapada en esa nube, con la certeza de que una gran tormenta estaba por estallar.

En medio de toda esa niebla, hubo una sesión de terapia que me marcó especialmente. Lloré los 45 minutos sin poder decir una sola palabra. Sentía que me habían desenchufado, como si algo se hubiera apagado por dentro. No sé si fue por ese llanto ininterrumpido, por el silencio que ocupó todo el espacio, o por ambas cosas, pero al final de la sesión mi psicólogo me sugirió hacer una interconsulta con psiquiatría. Nunca había ido, no entendía bien qué implicaba, pero sabía que algo dentro mío se estaba desmoronando. Y también sabía que sola no iba a poder.

Nadie sabía lo que me pasaba, y la verdad es que yo tampoco sabía cómo explicarlo. ¿Cómo decir que no podía con las tareas más simples del trabajo? ¿Que quedarme en la cama era lo único que me aliviaba? ¿Cómo contar que el placer que antes sentía al comer un chocolate o disfrutar de un helado ya no existía, y que me daba lo mismo eso que una hoja de lechuga? No era vergüenza por lo que los demás pudieran pensar. Era, simplemente, que no lograba ordenar las ideas en mi cabeza, y mucho menos encontrar la forma de expresarlo.

La vida seguía, aunque para mí todo se volvía cada vez más gris. Mientras acompañaba a mi mamá y a mi hermana en la clínica, esperando que operaran a mi papá, salí un momento a la calle para intentar conseguir un turno con un psiquiatra. Fue en ese instante —en medio del caos, el miedo y la angustia— cuando conocí a quien siempre voy a recordar como “Mery Cristi, mi salvadora”.

Desde la primera consulta, me sentí cómoda, contenida. Como si, por fin, hubiese encontrado un refugio, alguien que pudiera sostenerme. Aun con esa tristeza tan profunda, supe que ya no estaba sola. El consultorio estaba en un piso alto, y el ascensor que me llevó hasta la salida se sintió eterno. Me fui con las recetas de la medicación que tenía que tomar, el certificado laboral y un diagnóstico en mano: trastorno depresivo mayor. Ver esas palabras me impactó, pero también me dio cierta claridad. Si había un diagnóstico, había un tratamiento. Y si había tocado fondo, lo que venía era subir.

Esto es algo que hoy les digo a mis pacientes: podés estar en el pozo más oscuro, pero siempre hay una salida. Siempre se puede elegir entre rendirse o seguir. Yo elegí seguir.

Es curioso, porque cuando quien busca ayuda llega a mi consulta, no suelo pensar en lo difícil que fue mi propia experiencia ni en lo mal que la está pasando. Más bien, siento una especie de alivio al pensar: “Qué bueno que pediste ayuda, porque ya no estás tan solo como creés. Si yo pude, vos también podés”. Porque, aunque en el momento pareciera que todo está perdido, siempre hay una salida. Lo sé, porque lo viví.

Hoy, agradezco profundamente mi profesión, que me permite acompañar a otros a encontrar esa luz en medio de la tormenta. Porque, aunque la tormenta pueda durar, siempre es mejor tener a alguien que te acompañe con un paraguas, hasta que el sol vuelva a salir. Yo aposté a ver el sol, y te animo a que hagas lo mismo. Vos también podés.

La trampa de la autoexigencia

La autoexigencia es un término que casi todos conocemos, pero al que a veces no le prestamos la atención que merece. Se refiere a esa tendencia de ponernos estándares muy altos, lo que a menudo nos lleva a vivir bajo una presión constante por lograr la perfección.

Por un lado, puede ser un gran motor que nos impulsa a crecer. Pero, si se desborda, tiende trampas difíciles de detectar: nos impone metas inalcanzables y pone en jaque nuestro bienestar. Según cómo impacte en nuestra vida, la autoexigencia puede ser una aliada… o un obstáculo.

Veamos primero su lado positivo. Cuando está bien gestionada, la autoexigencia puede ser una fuente poderosa de motivación. Nos ayuda a ser disciplinados, organizados, a esforzarnos por alcanzar metas desafiantes y a lograr un crecimiento personal y profesional significativo.

Pensemos, por ejemplo, en alguien que busca un ascenso en el trabajo. Su autoexigencia lo impulsará a generar proyectos, a buscar nuevas oportunidades, a cumplir con las tareas con responsabilidad y compromiso.

Sin embargo, la autoexigencia tiene su lado oscuro. La búsqueda constante de la inalcanzable perfección puede generar niveles altísimos de estrés y ansiedad. Cuando la vara se pone demasiado alta, en vez de impulsarnos, la autoexigencia se convierte en una carga insoportable que afecta nuestra salud mental.

Se haga lo que se haga, nunca es suficiente. Aparece una voz interna que nos presiona: todo lo juzga y lo critica con dureza.

Muchas veces, la autoexigencia va de la mano del perfeccionismo. Una combinación que puede ser extremadamente dañina. El foco ya no está en todo lo que alcanzamos, sino en lo que falta. Una persona con rasgos perfeccionistas que obtenga una calificación de 9 sobre 10 no celebrará el resultado: se quedará pensando en el punto que faltó. Vivir con la atención puesta en lo que no se logró da lugar a sensación de fracaso o de insatisfacción permanente. En algunos casos, la exigencia no sólo aplica a uno mismo, sino también hacia los demás, deteriorando los vínculos. Además, esa carrera hacia metas imposibles puede generar un profundo desgaste físico y emocional. La motivación se transforma en desgano y agotamiento, y la ilusión en frustración.

La gran pregunta es: ¿cómo encontrar un equilibrio para que la autoexigencia sea funcional y no un obstáculo?

El primer paso es poder establecer metas ambiciosas pero realistas. Objetivos claros, que se puedan alcanzar paso a paso. Si una meta parece inabordable, desglosala en partes más pequeñas. Así evitás la sensación de desborde y el “no voy a poder”.

Después viene un punto vital: la autocompasión. No somos robots programados para cumplir metas. Somos humanos. Fallar no debería ser motivo de autocastigo, sino una oportunidad para comprender, aprender y reconocer que es parte del proceso. Adoptar una actitud resiliente nos permite crecer con cada desafío.

También es clave preguntarte cuál es el verdadero motor de tu autoexigencia. ¿Te estás exigiendo porque querés crecer o porque buscás satisfacer las expectativas ajenas? A veces, la presión social es tan fuerte que terminamos confundiendo los sueños de los demás con los propios.

Recordá que el descanso no es un lujo, es una necesidad. Alternar momentos de esfuerzo con espacios de relajación es indispensable para sostener la motivación sin desgastarte. Parar para no perder tiempo: es una manera de seguir.

Y, por último, algo que muchas veces subestimamos: hablar de nuestra autoexigencia con los demás. Nombrarla. Ponerle palabras. Compartir ese “no voy a poder”, “es inalcanzable”, “esto me sobrepasa” puede ofrecernos el alivio y la claridad que perdimos al ponernos vara tan alta.

MENTE EN ACCIÓN

Te dejo dos preguntas para que reflexiones:

  • ¿Qué tan alta estoy poniendo la vara… y a qué costo?

  • ¿Mi exigencia me impulsa… o me está agotando?

Poné el foco en crecer, no en agotarte.