El sueño de Úrsula

Una mujer quiere verme.

Espera a las puertas de la ciudad.

Es una mujer pálida dice el monje que la anuncia.

Viene como yo de muy lejos. Ha llegado a Basel desde el Este con un cortejo de mujeres que la siguen un cansancio luminoso. Como si hubiera estado expuesta a un peligro grave uno de esos que no se ven. La felicidad. Y sus gestos tenues refinados parecieran destinados a decir lo nunca dicho. Todas las entonaciones del amor visto desde el objeto amado. Dicen que inventa lo que sueña y después rechaza aquello que no cuadra con la imagen que guardó del sueño. Que sabe responder a las preguntas del deseo. A los enigmas que arrojamos al abismo que habita dentro nuestro.

Me siento en una tarima de madera cubierta por cueros de oveja y ordeno que la conduzcan a la cripta. Sola.

Cuando entró la tarde declinaba. Junto a mí un tablero de ajedrez. Un velón encendido un candelabro. Quise averiguar si su mirada consolaba. Yo tenía pan y un jarro de leche de cabra. Se lo ofrecí. Sonrió apenas y vi una cicatriz en su mejilla. Un poco amarillenta. Había empezado a llover.

—¿Qué ven las mujeres a través de mí? —le pregunté para probarla.

No la plegaria masculina dice esos cantos violentos contra las armadas satánicas, sino la plegaria que consiste en oír. Tu procesión interminable, Úrsula, hacia el fin de la noche y del miedo. Esas mujeres te siguen, como arrancadas a la turbulencia. Tienden una trampa a su corazón y así lo atraen hacia lo inaprehensible. Ah dejar la casa, los parientes, la aldea solidaria. Caminar por meses, años. El viaje desconcierta, destruye, purifica. En espera del desconocimiento mayor: la revelación de lo que fuimos, antes de la memoria.

Sus palabras retumbaron contra las paredes vacías de la cripta. Por un instante creí que había alguien más.

—¿Quién eres?

Isabel de Schönau dice. Y se arrodilla para besar mi mano.

Una mujer de senos pequeñísimos que habla en estado de trance. Envuelta en un manto de lino. Un rostro marcado por huellas de cosas olvidadas. Recortada en la embriagante multiplicidad de las ojivas parece todavía más conjetural más bella. La bendigo con un rocío consagrado Nuestra Señora del Próximo Siglo y dibujo sobre su frente un signo. Después me quedo anegada en su mirada anhelante la oigo decir.

Yo también vengo de lejos. Emigré como tú. Crucé fronteras. Seguía la ruta que marcaban los pájaros, descifraba imágenes que proponía el viento. Atravesé cruzados, eremitas, templarios enfermizos, guerreros rezagados, procesiones de hambrientos. Atravesé la muerte y los muros. Yo también busco al Alejado, al Oculto en su Ciudad Perfecta. Yo repito palabras que son presentimientos: flecha y rosa, cordero y laurel, vitral. En Schönau, estudié la astrología y la justicia canónica, la gramática y la música, el intelecto enamorado de Plotinus. Allí aprendí a conmemorar el simbolismo de la luz, la corona de espinas, el concepto de la muerte posible. Me gusta observar la realidad de las cosas y después transcribirlas en una obra figurada, como si yo misma fuera el tiempo y las cosas un torbellino de percepciones sin dueño, una mera excusa para la gloria de lo efímero. Yo conozco el futuro. Yo contaré tu historia algún día, Úrsula. Yo volveré a nacer y contaré tu historia, los caminos azarosos de tu alma.

—¿Y cuándo ocurrirá todo eso? —aventuré.

Pronto. Cuando el famoso Eckbert pronuncie su Sermón contra los Cátaros. Los hombres se volcarán a la desolación de las estepas en busca del ombligo del mundo: la ciudad reina, cuyo nombre no importa porque siempre es el mismo. (Los hombres siempre buscan sin saber qué, sin querer saber qué). Por los ríos, habrá hospitales flotantes para atender a los enfermos. Y niños vendidos como esclavos en Berberia, como fueron vendidos los amigos de Étienne de Cloyes, y también guerreros teutónicos invadiendo los territorios del Oder, donde el arzobispo de Bremen encontrará la muerte después de haber sembrado el hambre y la disputa de botines. Habrá reyes que tomarán la guerra como un ersatz del amor y otros que morirán en las dunas de Cartago. Infinitos acontecimientos saturarán los libros que se caligrafíen en los monasterios. Se traducirán las invectivas de Anna Commena, el Himno a las Vírgenes de Beda el Venerable y las teorías de Basílides que enseñan cómo odiar el mundo y sus obras, y se oponen a la propagación de las especies que es, sostienen, el peor de los pecados. Y habrá un Libro Secreto cuyas páginas repetirán las revelaciones de Irenaeus y su secta de los Adeptos de la Madre, causando la pérdida de la memoria. Y el arte de la iluminación será puro esplendor, sobre todo en los Grimorios. Los hombres creerán que viven el último viaje y su sentido de la verdad será errático y precario. Todo, como ves, prácticamente igual a ahora...

La noche casi.

Si esta capilla no estuviera escondida bajo tierra. Si hubiera una tronera en el muro para mirar. Medir el instante ese magnífico instante en que las cosas no han desaparecido aún no han comenzado. Hace tanto abandoné Cornwallis. Si pudiera retroceder para atrapar el odio que entonces me empujaba y ya no encuentro. La figura de la mujer que habla es de un azul abstracto. Hace frío. Pienso en las jóvenes que han venido con ella. Instaladas en los bordes del río altas como empalizadas. Estáticas entre la muralla y la fatiga. Como si concentraran así toda la galería de sus sueños para poder después de imagen en imagen ascender a lo más alto de su perfección el todo de ellas mismas.

Mi pensamiento y la fuerza que irradia esta mujer. El Obispo de Basel es un hombre culto. Sabe latín sajón islandés. Ha traducido las Encomias de Egil y la Navigatio de Brendan ese abad de Ardfert que sorteando montañas magnéticas e islas de ratones atravesó el abismo en naves precarias y dio con la Isla de las Promesas. Ordeno a Brictola que hable con él. Que interceda en mi nombre para que las deje entrar.

Acompañé a Isabel a la salida. Afuera nevaba.

La nieve es una categoría de la luz susurró al despedirse.

Yo pensé que esa luz la acariciaba.

El Obispo no se hizo rogar me comunicó su negativa en el acto. Acogerlas podría estimular a otras mujeres, ya son muchos los seres que vagan por los campos, se exponen a múltiples peligros, complican los frágiles acuerdos entre el poder terrenal y el papado. No podemos hacernos cargo, Úrsula, darles protección, alimentos, refugio... y además, ¿quién dice que Isabel de Schönau no está loca? Reverendissimus Dominus Patriarcha Noster, Miserere mei, etcétera.

Pero las mujeres no se mueven. Cada noche a la hora en que se borra el día comienzan un canto apenas perceptible un réquiem casi mudo y su voz pautada por un tambor apenas por el tañido regular de las campanas parece el murmullo luctuoso del río. Y nadie puede dormir ni adentro ni afuera de la ciudad de Basel. Ni los taladores de bosques ni los catadores de aguas hondas ni esos hombres que pescan con la mano alrededor de nuestras casas de madera sobre el agua. Y después durante el día los rumores crecen. La gente dice que ha visto a las jóvenes de negro iluminadas por un canto que es una escalera de silencios de un cielo a otro. Un pensamiento vertical en busca de un sueño crucial. Y dicen que la noche y la pena y la muerte no son lo opuesto de la felicidad y la vida. Que ese es el secreto que las mujeres buscan. Que ellos lo han oído así en el murmullo sin frases el lamento crónico y siniestramente bello que es su canto. En esa insistencia pautada por campanas elevándose piadosa infinita hasta que el Obispo no tiene más remedio que dejarlas entrar.