Es la una y media de la mañana. Los chicos duermen hace rato. Allá afuera, el resto del mundo también. Yo no puedo. Otra vez no puedo. Me entretengo pensando, circulando una y otra vez por los mismos pasillos mentales de todas las noches hasta llegar a la conclusión de siempre: ninguna. El problema del insomnio es que las ideas no llegan para quedarse, sino que se posan apenas un segundo, como monos inquietos saltando de rama en rama. No hay forma de aferrase a una sola, de desarrollarla, de resolver nada. Solo una selva mental caótica, salvaje, donde el pensamiento brinca sin rumbo y la calma es un imposible. Uno se resigna ante esta enfermedad nocturna con bronca y esto lo complica mucho más. No es una entrega tranquila, ni una rendición zen. Acá no hay aceptación. Lo que hay es odio, frustración, impotencia. Una lucha interna cargada de agotamiento y desesperación. Piernas temblando. Ganas de romperlo todo.
Enciendo la luz del velador y me siento en la cama. El despertador dice que son las tres de la mañana. No puedo entender cómo perdí una hora y media en nada. Miro el cuaderno que descansa en la mesita de luz y lo traigo conmigo. Me digo mentalmente que es hermoso. Me quiero convencer. Me digo en voz alta: Supongo que estás acá porque sos hermoso. Acaricio la tapa de un cuero perfecto, sin arrugas, liso y suave como la piel de un bebé. Deslizo los dedos sobre su superficie, pero es como si tocara aire. No la siento. Me llevo el cuaderno a la nariz y lo inhalo con fuerza como si fuera la última pitada de un cigarrillo. Tampoco me llega el olor. Confirmo que se trata de otro rastro que no está.
Lo pruebo. Lo recorro con la lengua, lento, de abajo hacia arriba. De arriba hacia abajo. Paseo la mirada hacia los costados como si buscara algo o alguien que oficie de testigo de lo que acaba de pasar: ningún sabor. Ni sal. Ni dulzura. Ni siquiera la amargura del cuero recién curtido. Insisto en lamer la sombra de algo que no existe. No hay pulso. Solo el eco de lo que hoy se transformó en un recuerdo.
Lo abro en la primera hoja. Lo miro y me mira. Ninguno de los dos dice nada. Hace tiempo se rompió el diálogo entre nosotros. Solo hay vacío. Un cruel e inexplicable vacío. Apoyo la punta de la lapicera en el primer renglón, pero no se mueve. La sostengo hasta que me canso de hacer fuerza y la dejo caer. La observo de reojo con enojo y la tiro al suelo como castigo.
Me miro las manos como ayer. Y como antes de ayer. Siguen mudas. Desconectadas. No son mías. Algo de ellas no me pertenece. Hago fuerza para no llorar. No es angustia. Es ira. Bronca. Me atormenta no saber qué me pasa. No me queda claro si estoy perdiendo los sentidos o la memoria. No sé si no recuerdo cómo se escribe o si la falta de movimiento por estar tanto tiempo en la cama alteró mi sensibilidad.
La escritora que habita en mí está en coma.
Logro que una idea se asiente por un instante. Mierda. Justo este pensamiento que desearía que se fuera se queda más de cuatro segundos en una de mis ramas mentales.
Basta resistirse para que persista. Es ley.
Recuerdo que hace un año (uno, dos, da igual) me tomé el cóctel de pastillas y siempre supuse que, a pesar de no haber muerto, esa ingesta debió haber dejado secuelas.
Me saco el pelo de la cara como si se tratara de una mosca. Quiero despabilar este pensamiento intrusivo, pero lo alimento al darle más atención. El muy choto se afianza. Se agarra con fuerza de la rama y de repente la idea se vuelve certeza: alguna bacteria desconocida me dejó mentalmente incapacitada y rompió el canal de inspiración que alguna vez tuve liberado. Dios mío. Lo que te pido es poco. Tan solo una palabra. Una letra. Un garabato. Lo que sea. Dame lo que sea.
Pero nada. La escritura, mi refugio, desapareció. Mi capacidad, mi pasión, mi identidad como escritora, o quizá mi identidad a secas, no existen más.
Apago la luz, me apoyo en el respaldo de la cama, con el cuaderno a upa. Me llevo la mano hacia la cabeza. Como una pinza, tomo un solo pelo entre el pulgar y el índice, y lo deslizo suavemente hacia arriba. Nunca fumé. Pero no me cabe ni una sola duda de que esta acción es mi cigarrillo. Es algo que, mientras empiezo a crear diferentes hipótesis, me calma.
Seguro es una bacteria. ¿Qué duda cabe? La manguera. La manguera que usaron para hacerme el lavaje de estómago hace un año… Fue la manguera. O… el suero. ¿Acaso alguien en ese hospital de morondanga habrá chequeado lo que metían en ese suero? Quizás las pastillas estaban vencidas. No es lo mismo tomar pastillas podridas que en buen estado. Tanta gente entrando y saliendo en ese consultorio improvisado debió ser algo poco aséptico y lo contaminó todo. La jeringa… Algo metieron en esa jeringa. Quién corroboró que esa jeringa no haya sido utilizada en otro cuerpo antes. Necesito llamar a Sofía. Ella debe tener alguna respuesta. O quizá Inés. Inés era la que estaba ahí. Miro el reloj. Sé que no están despiertas, pero al menos dejarles un mensaje adelanta el resultado del enigma.
Sigo con el mismo pelo atrapado entre los dedos. Es como una especie de masturbación. Un placebo entretenido que me serena mientras descargo tensión acumulada. Juego con él, deslizándolo desde el centro del tallo hacia un lado y hacia el otro, derecha, izquierda, una y otra vez como si buscara un secreto en su textura hasta que, por fin, llego al orgasmo: lo arranco de raíz. Qué placer, por favor. Lo observo con deleite y lo hago pasar, ahora utilizando las dos manos como pinzas, como si fuera un hilo dental, por la hendidura de mis dos paletas. Intervengo los espacios que separan los demás dientes hasta que, como a un chicle que perdió el azúcar, decido escupirlo. Enciendo la luz y me levanto de la cama.
Arrastro los pies hacia ningún lugar y mi voz interior me vuelve a susurrar una posibilidad que, dada las circunstancias de los últimos meses, cada vez me resulta más atinada: mi nueva vocación es no hacer nada. Nada es lo que me convoca. Quizá todo esto se trate de un error en la búsqueda de sentido y deba, por fin, rendirme ante mi destino: ser linyera. Convertirme en una vieja linyera, vivir en una plaza, libre, sin más obligaciones que las de hurgar en un tacho de basura alguna porquería para engañar al estómago y dormir en un banco sin patinar mi sueldo en impuestos pudorosos y gastos fundamentales para llevar la vida de mierda que finalmente llevo. Al fin y al cabo, ¿para qué estoy haciendo semejante esfuerzo? Descanso un poco en este sueño incumplido, y cuando tomo conciencia de mí, me observo con la cara torcida, los ojos cerrados y una leve sonrisa asintiendo en silencio. Todo mi cuerpo está de acuerdo con que quizá deba darle rienda suelta a esta fantasía y empezar a despegarme desde ahora de todo lo que me genera preocupación. No es la primera vez que me regodeo en esta representación. Me da aire.
Suelo compartir esta idea con Sofía, quien, en un intento de masajear mis pensamientos, según ella delirantes, me cuenta las veces que hacía viajes cotidianos de una hora a su trabajo solo para quedarse adentro del auto, petrificada frente al volante, resistiéndose a bajar.
Carola, no te pasa solo a vos, amiga. Todos sufrimos altibajos o desconciertos vocacionales y la gente no se hace linyera como salida laboral. Estás equivocada. ¿Quién no quiere huir de su vida una vez cada tanto? Pero esto de estar tirada en bancos de plazas, es algo que nunca lo escuché. La gente se saca pasajes al Caribe, yo qué sé. Cosas más comunes. Tomate unas copitas. Ponete botox, mirá como está esa frente. Cambiá el auto. ¿Por qué andás en ese auto? No te lo digo como la salvación, te lo digo como una meta chiquita. Hacete un mimo, mandalo a lavar. Ya te vas a sentir mejor. Te lo juro. Con los problemas que tenés, no podés no ir al gimnasio, ¿sabés cómo transpiro las toxicidades de todo el día ahí? ¿No hay algo intermedio entre el replanteo existencial y el linyerismo? No podés ser tan extrema, Carol. Estás romantizando la pobreza… ¿Los nenes? ¿Con qué criterio tu psicólogo te dio de alta? ¿Seguís tomando las pastillas?
Sofía, a diferencia de mí, encontraba un atajo. Se quedaba en el auto. Montaba una oficina ambulante y cumplía con sus funciones de manera estoica. ¿Con angustia? ¿Con incomodidad? Claro. Pero podía hacerlo. Su conciencia moral la obligaba a seguir a pesar del rechazo visceral que, cada tanto, sentía hacia su profesión. Pero además de la disciplina, ella contaba con algo más que yo había perdido: la memoria. La capacidad de recordar cómo se hacía.
El cerebro de Sofía era una gran extensión de tierra dividida en lotes. Cada parcela albergaba un área distinta de su vida, y si una se secaba o quedaba baldía, las demás seguían verdes, fértiles, a resguardo. La insatisfacción no contaminaba el resto del terreno. Al contrario: esa falta puntual la impulsaba a ser más creativa, más activa. Sofía compensaba el displacer con momentos de diversión, con actividades, incluso con pequeñas superficialidades que mantenían vivo el resto de su campo. Su manera de mitigar el dolor era aislándolo.
Conmigo, en cambio, las cosas resultaban diferentes.
Meses, pasaron meses en los que cada vez que me sentaba a escribir me encontraba con la nada. Pero no era solo el desconcierto y la presión de un papel en blanco que exigía ser narrado. A estas alturas, ya había desistido de esperar semejante inspiración. El problema era más profundo, tan profundo que no podía encontrarlo. La cuestión es que algo propio de mi identidad se había ido de mí. Algo se había perdido. Volado.
A diferencia del terreno de Sofía, compartimentado y protegido, el mío era un campo abierto, sin alambrados ni lindes. Cuando una parte se arruinaba, el resto se infectaba. La sequía avanzaba como una peste silenciosa, la maleza crecía descontrolada, el agua estancada terminaba pudriendo lo poco que había quedado en pie. No había diques ni lotes que contuvieran el daño. Bastaba un rincón enfermo para que todo el campo se echara a perder.
No solo no recordaba cómo era ser yo mientras escribía, sino que tampoco recordaba dónde estaba la caja de herramientas para volver a hacer lo que antes salía de forma automática y placentera. No se trataba únicamente de no querer escribir más. Realmente no sabía cómo hacerlo. Intenté forzarme. Me dije que era solo un bloqueo pasajero, que bastaba con insistir, con disciplinarme más, con encontrar un método. Pero nada funcionó. El silencio me seguía gobernando. Cada tanto miraba mi nombre en la tapa de los libros en la biblioteca, las fotos de mis presentaciones en diferentes lugares del continente, las entrevistas en diarios y televisión. Era una tentativa improvisada de hacerle respiración boca a boca a mi coma artístico, así como los amantes desenamorados tratan de aferrarse a fotos que capturan los mejores momentos vividos, para convencerse de que allí donde hubo fuego, pues, cenizas quedan, y asegurarse de que seguir intentando revivir el amor es algo que vale la pena hacer.
Pero en mi caso lo único que lograba era aumentar mi desesperación.
No solo había olvidado cómo escribir. Había olvidado cómo hice para llegar a todo eso a través de las palabras que hoy me resultaban ajenas, desconocidas. Y, sobre todo, había olvidado dónde estaba la parte de mí que era feliz al hacerlo.
Esa era la diferencia que nos acercaba en nuestra amistad. Una diferencia que se hacía patente cada vez que le contaba todos mis problemas en forma de catarata y Sofía, abrumada por mi propio relato, intentaba ordenarlos con el cerco que disponía y a mí me faltaba.
Me llamaba y escuchaba con paciencia. Pero cuando yo le decía que estaba mal, su respuesta revelaba la estructura mental de cada una de manera evidente.
—¿Mal en qué rubro?
—En todos, Sofía. No hay rubros. Es un efecto dominó.
—No, no. Pará. Así es un quilombo. ¿Qué tiene que ver la muerte de tu mamá con que el vecino es una mala persona? Los otros días, como discutiste con tu hermana Julia, dejaste de ir a entrenar. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? No podés mezclar y pretender resolver todo junto, no todo se juega en la misma instancia, no todo está en un mismo nivel. Tenés que aprender a separar porque de otro modo te volvés loca. Así, cualquiera se quiere limpiar.
Tenía razón, no podía. Pero esa no era solamente la gran diferencia entre nosotras. Quizá fuera la que separa la salud y la enfermedad: la manera en que estaba distribuido el loteo en el territorio mental de cada una. Sofía podía aislar, parcelar, dividir lo que dolía y mantenerlo en su sitio. Al delimitarlo, el peso de un conflicto siempre era el mismo. En cambio, el mío se expandía, ocupaba nuevas hectáreas, engordaba día a día al sumarle las calorías de los demás hasta volver el campo un lugar inhabitable.
Al dividir, ella seguía triunfando.
Al sumar, yo explotaba.
Entiendo su lógica y tiene sentido. Pero la verdad es que no podía fragmentarme. En mí, todo estaba correlacionado. Nunca fui buena para administrar correctamente el dolor. Mi cabeza era un campo abierto. Yo era un solo ser, y cuando una tormenta llegaba, arrasaba con todo. Supongo que por eso después del imperio de la nada, siempre venía algo peor.
El vacío.
La opresión en el pecho. La respiración entrecortada. La incapacidad de dormir persuadida por el ruido de mis propios latidos. La ansiedad incrustada en el cuerpo. La preocupación de un peligro inminente.
La angustia. El llanto. El sinsentido.
Un vacío tan grande que ni siquiera podía nombrarlo.
Si al menos pudiera decir cómo se llama, lo sacaría de mí, lo sentaría en una silla y lo miraría a la cara. Qué sé yo para qué. Para conversar con él. Para patotearlo. Para escucharlo. Para pedirle su amistad. Para lo que fuera.
Pero no.
La cabeza bloqueada.
El cuerpo inanimado.
Las manos ajenas.
La pérdida de memoria.
La falta de concentración.
La incapacidad de percibir el mundo que me rodea.
Las palabras muertas.
El miedo a recaer.
Vuelvo a mirar el reloj. Son las cuatro y veinte a. m. Me dirijo hacia la ventana. Corro la cortina y mientras me balanceo sobre mis pies, miro los autos estacionados en las casas de mis vecinos. Me gustaría estar en otro lado: un lago oscuro, el golpe manso del agua contra la orilla, el chasquido de la leña encendida. Todo iluminado por la luz fría de la luna, las estrellas clavadas en el cielo, el parpadeo mínimo de las luciérnagas. Mi casita del campo. En mi casita del campo… Qué hermoso es todo en ese lugar calmo. Alejado. Austero. Simple. Limpio de pasado… Pasado inexistente.
El maullido de un gato me saca de mi fantasía y vuelvo a la realidad a la fuerza. Me pregunto qué estarán haciendo ellos. Me pongo en puntas de pie intentando espiar el interior de sus vidas ¿Dormirán? ¿Mirarán televisión? ¿Harán el amor mientras sus hijos duermen? ¿Esta gente no tiene problemas que resolver, dudas que los partan, preguntas que les quiten el sueño? ¿Será que son felices así, lo suficiente como para entregarse al descanso sin pelea? ¿No estarán anhelando su casita en el campo? O quizá, ¿no querrán separarse de la persona que tienen al lado? ¿Engañarla? ¿O, por qué no, incluso fantasearán con matarla? ¿Cuáles son sus heridas, sus arrepentimientos, sus pérdidas? ¿Querrán morirse de vez en cuando?
En cuanto a mí, entiendo con criterio profesional que el insomnio es lo más sano que me está pasando. A veces llego a la conclusión de que no me duermo porque no quiero despertarme. Una forma de procrastinar la vida. De delegarla por un tiempo. Alguien que se la lleve, la resuelva y después me la devuelva. Esa sensación infantil, reciclada, amenazante, tan particular que sentía los domingos a la noche como antesala de los lunes escolares. El cuerpo es sabio, muchas veces se mantiene encendido y en estado de hipervigilancia, como una forma inconsciente de ganarle tiempo al encuentro con lo desagradable. Pero qué. ¿Qué es lo desagradable que me espera? Lo que sea que fuera, qué tan grave puede ser. Sin embargo, esto que estoy padeciendo es muy saludable. ¿Quién en su sano juicio puede dormir con la cabeza llena de ratas? No dormir es la garantía inequívoca de que todavía no enloquecí del todo.
Se me pierde la mirada entre el adentro y el afuera y decido dejar de espiar. También estoy perdiendo la capacidad de concentrarme. Corro la cortina nuevamente. Por inercia bajo las escaleras y abro la heladera. Me como una banana. Muerdo un pedazo de milanesa que había quedado de la noche anterior, mientras saco del freezer dos churros con dulce de leche. Los pongo treinta segundos en el microondas y antes de que suene ese pitido intenso, abro la puertita. Me trago uno detrás del otro. Me sirvo un vaso de agua para darle frío a la lengua que me acabo de quemar. Vuelvo a la cama. No se me ocurre otro lugar adónde ir. Estoy cansada de esta escena. Agobiada. Dejo de entender lo que hace cinco minutos entendí de manera muy elegante acerca de las supuestas causas de mi insomnio y empiezo a sentir un hartazgo oscuro. Un hartazgo que conozco bien. Me digo que no, basta Carola, pero otra vez mi mano derecha se dirige a la cabeza. No puedo evitar que lo haga. El pelo. Otra vez empiezo a tocarme el pelo de manera compulsiva. Siento la calma una vez más. Me llena el agujero. Lo levanto nuevamente y lo recorro como hice hace un rato. Como aprendí a hacerlo de chiquita cuando no sabía el nombre de la angustia. Desde la raíz hasta la punta. Una y otra vez. Presiono un poco. Un poco más. Acariciarlo ya no sirve. Necesito destruirlo para no destruirme. La violencia que se dirige hacia afuera es la misma violencia que se dirige hacia adentro. Lo único que cambia es el receptor de la ira. No solo arranco uno. Arranco el siguiente que toco. Y el siguiente. Y el siguiente. Me duele, pero sé que, si suelto el otro dolor, el verdadero, es más difícil de reparar. Mis piernas están temblando. Inquietas. Miro el reloj. La almohada es un cementerio de pelos. Los junto y los apoyo en la mesita de luz, mientras hago una arcada. Me quedan dos horas para poder descansar. No llego. Si sigo así, no llego.
Siento los nervios como si fueran entidades separadas, objetivables. Caminan. Me chupan la sangre. Miles de piojos que se están reproduciendo mientras se me meten por los folículos del pelo y bajan hasta los órganos de la cara. Se expanden. Un fuego comienza a subir por mi estómago. Los dedos de mis manos se arquean con presión. Aumentan su tamaño. Siento los piojos en la garganta. Un grito. Un grito violento sale de mi boca y me hacen saltar de la cama. Se terminó. Se terminó. Basta. Basta. Mierda. Suéltenme. Váyanse, déjenme en paz, por lo que más quieran. Saco una a una las almohadas de la cama y las revoleo por el aire. ¿Para qué quiero siete almohadas? Siete, ocho. ¿Para qué? ¿Para qué están acá si no cumplen ninguna función? Camino hacia el espejo del baño de mi cuarto mientras pateo algunas que se me pusieron frente a los pies y no me dejan pasar. Salgan. Salgan de acá. Inútiles. Tengo la cara desacomodada. Es mi momento animal. Soy un orangután, las manos abiertas, los dedos arqueados en una garra que tiembla por la fuerza. Mi respiración es un jadeo entrecortado, áspero, que entra tropezando y sale como un bufido caliente, casi un rugido que quema la garganta. Me acerco al espejo y ladeo la frente de un lado al otro, igual que una hiena rabiosa que acecha su propio reflejo olfateando la furia que no encuentra salida. Me separo por un instante y me agarro del pelo apretándolo fuerte contra la palma de mis manos sin soltarlo. Lo paseo de un lado a otro con violencia. Las venas de mis sienes se hinchan tanto que tengo miedo de que me dé un ACV. Quiero cortarme el pelo. Necesito cortarme el pelo. No, no. No me refiero a cortar hebra por hebra. No tengo tiempo. Ya no tengo tiempo. Esto que me late no es un impulso. Para nada. Lo siento. Es la certeza de la intuición guiándome. Una fantasía más, de esas que vienen persiguiéndome hace rato en la búsqueda constante de mi camino de sanación: pelarme. Una fantasía que no me animo a cumplir, aun sabiendo que me va a resolver la vida. Me quiero pelar a mordiscones. Las tijeras. ¿Dónde mierda están las tijeras en esta casa? Revuelvo los cajones y nada. La mochila. La mochila de Tomás. Estoy segura de que ahí debe tener una guardada en la cartuchera. ¿Dónde está la mochila de Tomás? Bajo las escaleras corriendo y la veo en la puerta. Acá estás, te encontré. ¿A dónde te ibas? La pongo arriba de la mesa de la cocina. Saco la cartuchera y como obra del destino lo primero que toco es la tijera. Gracias, vida.
Subo las escaleras con entusiasmo sin perder el cuidado. Una vez en el antebaño la miro. Pero esto es diminuto. Es como la que usaba en el jardín. Un color celeste pastel que hace rato no veía. Sonrío con ternura. Es preciosa. Cuántos recuerdos hermosos se me aparecen. Hermosos, sí, pero cargados de nostalgia. Me dan ganas de llorar. La miro otra vez y me la apoyo en la mejilla como si fuera una rosa. Asumo que tiene las asas del tamaño de mi dedo meñique, pero no estoy para exquisiteces. Sirve. Puedo empezar mechón por mechón como si mordiera cada hebra hasta dejarme la cabeza vacía. Despoblada como una playa virgen. Sin pisadas ni rastros de vida. O de muerte. La adrenalina se desata en mis venas como una maratón sin meta, cada latido es un zancazo que me deja sin aire. Ya no soy un orangután. Tampoco una hiena. Ahora soy un perro callejero, desesperado y hambriento a punto de devorarse un trozo de carne cruda y roja. Estoy frente a la metáfora de mi nueva muerte, o de un nuevo nacimiento y eso me excita. Da igual cómo se mire. Esta vez seré más precavida y no voy a ir tan lejos como lo hice con la ingesta de las pastillas. No tengo intenciones de terminar como aquella vez con una manguera llena de bacterias atravesándome la garganta en ese hospital sucio y frío, frente a una pared que en algún momento debió ser blanca.
Una muerte.
Claro que sí.
Pero esta vez bien planeada.
Con un toque mágico, tal vez.
La idea, la idea esperanzadora de que, en esa limpieza profunda, en ese vacío, algo nuevo puede nacer. Algo que venga de ningún lado. Un estado puro, sin contaminación ambiental ni genética, ni heridas infantiles. Ni muertes cercanas. Ni sentimientos de orfandad. Ni bloqueos artísticos. Ni planteos existenciales. Ni un solo rastro de dolor. No quiero empezar otra vez. De hecho, siempre pensé que esa frase es contradictoria. Empezar otra vez sugiere que hay un resto del pasado. No habla de un comienzo absoluto, sino de un reinicio de la que ya se vivió. Es como el bebé nacido envuelto en la sangre de la madre. Ya está arruinado de por vida. Nadie empieza de cero con semejante huella.
Yo quiero nacer de la nada.
No quiero la memoria como testigo.
Ni la sangre como herencia.
No quiero marcas.
Ni experiencias ni heridas.
No me alcanza con eso.
Yo necesito salir de la nada.
Que tras de mí no haya nada.
Que eso que nazca sea otra.
Estoy cansada. Estoy re cansada. Ya se lo dije a Hernán. Incluso antes del mismo día en que me diera el alta terapéutica. Miles de veces se lo dije. Pero él insiste en que mi pensamiento infantil me desvía del flujo de la vida. De la aceptación de su ambivalencia. Repite que lo interesante y el desafío es, como para todos los mortales, aprender a convivir con eso de otra manera.
Lo entiendo. Sigo intentando construir mi baldosa, la baldosa en la cual quiero vivir de una manera más fácil o por lo menos más cercana a la realidad que pretendo sentir.
Pero necesito que me vea ahora. Necesito grabarme y enviarle este documento para que comprenda de lo que le hablo cuando le digo que no soy normal. Necesito llamarlo y contarle del estado en el que estoy. No quiero molestarlo: son horas en las que la gente sana duerme.
Pero creo que es una necesidad que él —y no solo él, también mi psiquiatra— corrobore que esa respuesta que me dio me está resultando insuficiente, casi insultante. Yo acepto, o trato. Pero el dolor —el dolor sin nombre, sin objeto— otra vez acá invadiéndolo todo, atravesándolo todo, me empuja a querer desaparecer. Ojo. No estoy queriendo decir que para siempre. Comprendo que a primera línea parece contradictorio, pero no lo es. Es metafórico. No está al alcance de cualquier intelecto lo que acabo de decir. Lo que yo necesito es tirarme: agarrarme del cuello de la camisa que no tengo puesta, abrir el tacho de basura y dejarme ahí.
No para siempre, por supuesto que no. No estoy loca. Tirar mis pertenencias. Incendiar la casa. Por Dios y la Virgen Santa que estalle toda la humanidad. Algo radical e inmediato. Una experiencia cumbre. Vital.
Otra vez el espejo. Mi cara frente a este espejo. Los aros de las manos de la tijera son de juguete. Ni siquiera me entra el meñique. Me vas a entrar. El flequillo. Voy a empezar por el flequillo. Ahí va. Lo levanto, ubico por fin las pequeñas cuchillas sobre la raíz y de repente la voz del miedo se hace presente. Mi voz interna. Mi voz prudente. Mi voz cautelosa. Mi voz errada me dice que no. El rapto de lucidez otra vez dijo presente para arruinarlo todo. Vas a quedar pelada, Carola. Sí, querida. Bien pelada. Pero en la misma cama que te retiene hace meses con pelo.
No es un paisaje que me guste demasiado, y cubierta de enojo, revoleo la tijerita a la mierda. Perdón Tomás. Mañana que ya debe ser hoy, te compro otra, hijito. Sin tijera, frustrada, con los pelos parados como un plumero dirijo la mirada hacia la baulera de mi placar y tironeo las manijas de un bolso que me está mirando desde lo más alto de la pared. Cuando cae sobre mi cara me doy cuenta de que no está vacío. Las botas del invierno reposaban allí y me dan mi merecido por haberlas despertado. Con la nariz cubierta de sangre, me arranco el bolso y manoteándome del aire para no caerme por semejante peso, escucho el ruido del espejo de las puertas de mi placar: se quiebra y estalla. Mierda. Mierda. Mierda. Siete años de mala suerte. No lo puedo creer. En medio de la maldición, logro sacarme el bolso de encima y ponerlo arriba de la cama. Lo abro para darlo vuelta y sacudirlo hasta que no quede nada. Entre aullidos descontrolados y una fuerza salvaje ya conocida, arranco la ropa de las perchas, lo que sea, camperas, remeras, jeans, un par de bombachas y medias de los cajones y el resto que ya no sé qué es… La fuerza con la que cierro el bolso rompe el cierre. Los siete años ya empezaron. Lo tiro al piso y le pego una patada. Odio. Es odio. Hartazgo. Busco plata que no tengo, le escribo un mensaje al papá de los nenes avisándole que me voy por un tiempo. Intento precisar cuál de los diez pasaportes que tengo en la mesita de luz es mío, y cuál de los míos no está vencido. Antes de dar enviar al mensaje, diviso a lo lejos el barral de hierro, ese que cruza de punta a punta sosteniendo el ochenta por ciento de mi indumentaria. Repleto. Está repleto. Entre la maraña de perchas, observo mi campera de nieve que nunca usé, y que por algún motivo ahora considero que es imprescindible. Estiro el brazo para arrancarla de un tirón y en el mismo gesto siento un crujido metálico seco. Los dos extremos del barral se tuercen y de golpe todo el peso se viene abajo: perchas, camperas, pantalones, compras inútiles que fui acumulando cada vez que intenté tapar el vacío. La avalancha de tela y plástico me cubre los pies. Me quedo quieta. Tiesa. Mirando el desastre con una mirada soberbia. Altanera. Fuera de lugar. No es solo un placar derrumbado; es mi vida entera cayéndose con ese ruido, todo lo que fui apilando para no sentir de repente dice basta. Basta.
Basta.
Basta.
El llanto sale de un tirón, sin aviso, y en ese momento lo sé: esta es la gota que revienta el vaso. El disparo final que abre la herida y deja escapar todo lo que venía conteniendo. Los nervios, la furia, la impotencia, la locura, otra vez la locura dice presente.
Vidrios por todos lados.
Mierda por todos lados.
El desastre.
Mi cuerpo estresado y castigado me deja tirada en el piso. Una vez ahí tumbada, todo empieza. La verdad empieza a ser revelada.
Lloro con el estómago hasta el cansancio, con un silencio ahogado retenido. Aprisionado. Lloro y lloro acurrucada en ese suelo cubierto de pelo, tijeras, botas, sangre, perchas, telas, vacío, sin nadie que me contenga, que me dé abrigo, amor, consuelo. Una palabra sale de mi boca. Una sola palabra de manera compulsiva. Un grito. Un pedido implícito. Una palabra: el nombre de mi vacío, el agujero en el pecho, un pozo oscuro interminable que no conduce a ningún lado. El nombre atrapado en manos de palabras que no podía nombrar, ni tipear. La muerte de mi creatividad. El miedo atorado en la garganta a volver a caer en las garras de esa cama devenida en un ataúd. Un fantasma. Un fantasma que sigo cargando por una simple razón: no quiero soltar. No quería. No quiero. No puedo. No me animo. No es justo. No. No.
No te vayas. No me dejes. Por favor. Ayudame. Ayuda.
Un nombre. Una palabra.
Una palabra que escupe mi boca como una llama de fuego y se desparrama por toda la habitación manchándolo todo.
Incendiándolo todo.
Limpiándolo todo.
Dolor.
La muerte otra vez. La cama deshecha. La vida deshecha.
Una mujer de cuarenta y siete años en posición fetal que en ese momento tiene cinco. Pateando el piso. Rogando consuelo.
Ayudame. Por favor, ayudame. Sacame de acá. No te vayas. No me dejes.
Una palabra enredada en las tripas, desdoblándome lentamente por cada uno de mis órganos hasta que, por fin, por fin, puede ser exorcizada.
Mamá.