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Sobre esta edición

En el año 2005, Galaxia Gutenberg publicó el tomo IV de las Obras completas de Julio Cortázar con toda la poesía del autor que hasta entonces se había podido recopilar. La edición corrió a cargo de Saúl Yurkievich con la colaboración de Gladis Anchieri, prólogo de Rosalba Campra y la compilación y las notas de los poemas dispersos de Daniel Mesa Gancedo. Recientemente, el profesor Jesús Rubio Jiménez, al estudiar el Fondo Daniel Devoto y María Beatriz del Valle-Inclán depositado en la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid, descubrió una serie de poemas inéditos que venían a completar la exhaustiva compilación realizada en su día por Saúl Yurkievich y sus colaboradores.

La presente edición, meramente divulgativa, pretende reunir en un solo volumen la totalidad de la valiosa y aún poco conocida poesía de Julio Cortázar, pero prescindiendo de notas y variantes. Para ello, hemos incluido todos los poemas del tomo IV de las Obras completas, descartando el libro en prosa Imagen de John Keats e incluyendo los inéditos encontrados por Rubio Jiménez. Los poemas que en la edición de Yurkievich se agrupaban bajo el epígrafe «Poemas inéditos» pasan a denominarse aquí «Otros poemas», por razones obvias. Por «Poemas inéditos» nos referimos ahora sólo, en consecuencia, a los de Rubio Jiménez.

En la sección de inéditos, se incluye primero un libro íntegro, Fábula de la muerte, escrito en 1941 y firmado con el pseudónimo de Julio Denis. Cortázar lo escribió bajo la impresión de la muerte de su amigo Alfredo Enrique Mariscal, y de él sólo se tenían hasta ahora vagas referencias. Luego, de los poemas descubiertos por Rubio Jiménez, incluimos tan sólo aquellos que se han considerado estrictamente inéditos y descartamos todos los que ya aparecían, con ligeras variantes, en el tomo IV de la Obra completa y que por tanto están incluidos también en esta edición. Hay dos poemas, «Un día como un viento» y «Daniel poeta», que se encontraron en dos versiones con ligeras variaciones y que nosotros reproducimos tan sólo en la primera, por parecer la más acabada.

El lector tiene pues en las manos la compilación más completa que se ha podido hacer hasta la fecha de la poesía de un escritor que ya en 1969 se consideraba «un viejo poeta» —Cortázar firmó su primer poemario en 1971—, aunque hasta entonces hubiera llevado en secreto esa otra faceta de su imaginación que ilumina como un fuego oculto la riqueza de sus conocidas ficciones.

ANDREU JAUME

PRESENCIA [1938]

Imágenes

Continuación

Música

Ala de estela lúcida, en la albura

libre de los levantes policromos,

salina, dilatada por los lomos

de las olas que exaltan la llanura

letárgica del agua. Luz, criatura

latente de aleluyas; eso somos,

libres bajo las carnes, en asomos

de lírica, de ilímite, de altura.

Lampo en la luna, el reflejar del ala

que levanta consigo epifanías

en salmodia sin líneas y sin lenguas;

límpida de cristal, la voz que exhala

loores de su aliento, en melodías

sin sollozos, sin lazos y sin menguas.

Récit

Para aquellas tardes en que el horizonte tiene un color mallarmé.

Todo, en consigna de alentada espera

describe aureola y nimbo de premura

iluminando frente de blancura

poética, estival, pensada afuera.

Decir de este brillar de enredadera

que ha vestido la antigua vestidura,

¡ay, la tarde es tan breve!

Y la escultura

mueve una mano aquí y otra en la hoguera.

Incendio cristalino, cuando el lago

rompe espejos al paso de sus aves

ansiosas de horizonte denegado,

y el lago ya no es lago sino halago

de plumas despedidas en las naves

que van a preludiar el viaje alado.

Oración

Para los días baudelerianos.

Descúbreme el contorno que, escondido

espera tras las luces del diamante,

en la equívoca risa de mi amante

y en el colapso del amor bebido.

Dame, Vivir, la fiebre del herido

que rompe sus sollozos en bramante,

para extraer un ritmo agonizante

y hacerlo seminario de latido.

Quiebra mis huesos y húndeme en las heces

donde dice el gusano su misterio

y esboza su nacer la sementera;

quiero saber, Enigma, por qué creces,

quiero ser, en mí mismo, el cementerio

donde se pudra Dios, cuando me muera.

Música II

Ala de estela lúcida, en la albura

libre de los levantes policromos,

salina, dilatada por los lomos

que prolongan en juego la llanura.

Ilírica, en asomos de tersura

que abren canción de dólmenes y domos

y que trizan el día en los aromos

donde sueña la grávida criatura.

¡Música, y la medida columbrada

por detrás de los días y el espanto,

por encima de Dios y del destino;

canción cantada y libre, ¡oh, saludada

deidad de rubio peplo!, ¡puro canto

de amaranto y marfil y luz y lino!

Versos a la luna

De tanto soportar nuestras canciones

sacrificas arrugas al dios Cronos,

y usas la gama pálida de tonos

que aureola luto en las inhumaciones.

Luna, luna dormida en sus telones,

¡cómo te hastían estos blancos monos

con sus versos de vacuos semitonos

y con sus falsas improvisaciones!

Candileja senil del paraíso,

es preciso encontrar el canto liso

que te diga sin ruido nuestra pena

y que, tras de alcanzarte con su acento,

eleve la caricia del lamento

hasta el espejo de tu cara llena.

Jazz

Es, incierta y sutil, tras de la tela

donde un hilo de voz teje motivo,

y no es, si en el oído sensitivo

encuentra sombra impar, no encuentra vela.

Que está fuera del molde y de la escuela

en un regocijarse de nativo

—libertar de eslabones y cautivo

sonido— que una selva hurtada anhela.

Bébeme, noche negra de los cantos

con tu boca de cobre y aluminio

y hazme trizas en todos tus refranes;

yo quiero ser, contigo, uno de tantos

entregado a una música de minio

y a la liturgia ronca de tus manes.

Fantasma

I have been here before.

But when or how I cannot tell—

ROSSETTI

Tiniebla mansa con aceite vivo,

pero no quiero ya niebla y sudario

frío de tiempo, ¡espera en el santuario

mata y desata! enigma de cautivo.

Sombra sin señas, de definitivo

columpiarse en su nada, en su ser vario,

transmigro sin azares, funerario

avatar, no soñar, peligro esquivo.

Fantasma de maderas —en sonidos

sin aviso de luz, en el recuerdo

de una lectura, de atisbar y verme—,

paso con mi blancura, en alaridos

de perro loco, y toco, cuando muerdo

la sombra, mi castigo de saberme.

Línea perdida

Las esferas, sin rumbo decidido

trazan, música grave, longitudes

teñidas por el siempre recorrido

panorama de nada, multitudes

de espacio y de atención. Ah, se ha perdido

la línea original de latitudes

imperiosas, brotada del tendido

dedo puesto a ordenar las actitudes.

¡Se ha perdido, dolor, y el torbellino

cunde en dislocación contemporánea!

Mira y se hunde, solícito, el Destino,

pero hay un desecharlo, en la instantánea

rebelión de los astros. Armonías

rotas en un gritar de autonomías.

Paisaje de guerra

Cenizas de aleluya por los suelos,

badajos fulminados, ¡ay, callados,

locos de nada!, dedos resignados

a no alcanzar ya el pez con sus anzuelos.

Velos de amianto, espanto, ciegos cielos,

cantados himnos ya no más cantados,

amados rostros ya no más amados,

y sobre el fuego de la fe, los hielos.

Madre, tus ojos doblan cráter de granada,

tu lengua dice plomo, dice cobre,

tu carne, geografía de temores;

cansada Tierra —nunca fatigada

para negar su faz de agua salobre—

quemada de su fuego, sus dolores.

Flecha

Seguir de flecha rápida la estrecha

dedicación al blanco destinado.

Ver el astil que luego de emplumado

se figura ser ave a más de flecha

y sufre horizontal, donde no echa

peso de garra sobre el descuidado,

y sujeta pasión en el fijado

volar por ojo y por mano derecha.

¡Oh, Pándaro!, no sabes los destinos

que da tu arquear, los vuelos no pensados

de plumas fenecidas, de campanas;

en el aire hay un mundo de caminos

sin esquinas ni señas, traspasados

por los hoy que se van a los mañanas.

En el tren

Un cisne de aluminio, perseguido

de sombras, claroscuro en el poniente,

mancha abierta en el círculo, y el diente

de la noche en su estar anochecido.

Bebido el vino, el lino, comprendido

el nunca comprender de lo presente,

yo me tiendo en la nada de mi mente

y sin estar dormido voy dormido.

Canta la voz isócrona del hierro

dirigida por ritmos paralelos

y abren su flor, por mí, ventiladores;

quisiera ser la nada, ser un perro,

ser la langosta hartándose de cielos,

y el silbato, quemando ruiseñores.

Campo nuestro

Por la abierta ventana, amanecido,

cae sobre mis ojos deslumbrados

y corta con su luz los despoblados

países de la noche que ha vencido.

Sentido su color, su definido

ser, su espuma de verdes, sus dorados

escudos, y los mudos arbolados

que alzan dique de sombras a lo huido.

La visión se destroza en mil visiones

sin otra fijación que los ardidos

latidos de un cordial entendimiento;

campo nuestro, lamento, proporciones

de Dios, espacios suyos adheridos

al hondo palpitar de este momento.

Retratos

Continuación

Crucifixión

Tanta la sed, que el agua hubiera sido

sucedáneo de Dios en ese instante.

Tanto el dolor como el clamor quemante

a cada descender del pecho herido.

Y el corazón latiendo, con latido

tenaz y mantenido y delirante,

reloj trizando un tiempo agonizante,

matando en más vivir lo Prometido.

Jesús alzó los ojos hasta el cielo

y halló tan sólo un resplandor de hielo

tras del cual se escondía indiferencia;

y comprendió el porqué de ese latido

prolongado en el ansia del gemido,

y comprendió el porqué de su Presencia.

Pena de una tarde

Silencio de la siesta, adormecido

por un sol falso, que se acuesta en linos,

mientras el verdinegro de mis trinos

preludia un lamentar de anochecido.

Viene, con agua y rosas, que he pedido

para borrar la sed de estos caminos,

pájaros, letras, filos, bizantinos

empujándose aquí, no, ya vencido.

Silencio del soñar tras la lectura,

con la guardia de un alto centinela

y el redoble lejano de la tarde;

no triste, pero triste, criatura

de sombras, trasplantado a extraña vela,

enfermo en mi saber de ser cobarde.

Quitadme

J’en mourrais sans la mort

qui veut m’avoir vivant.

JEAN COCTEAU

Quitadme de las manos el tesoro

—porque en vano atesoro— de mis flores.

Quitad colores, luz, velas, amores;

quitadme cuanto tengo y cuanto añoro.

Quitadme el corazón, puesto que ignoro

si es esto un corazón —haz de dolores

ardidos en la cal de los ardores—

o suplicio de agujas que devoro.

Quitadme el rostro, el pelo, las pestañas,

quitadme a Dios, el cielo, la poesía,

quitadme todo en una sola herida;

yo os digo que no temo vuestras sañas

porque esto que llamáis la vida mía

es mi muerte fingiéndose mi vida.

Claroscuro de Góngora

[…]

aquel ruiseñor llora, que sospecho

que tiene otros cien mil dentro del pecho

que alternan su dolor por su garganta.

[…]

GÓNGORA

Ni cifra ni conjuro para verte

—oscuro sol no se descifra, genio

ni lis de flor confiada— en un milenio

sin el amor que ayuda a conocerte.

No senda en el azar de comprenderte

—comprenderte, quererte— ni el ingenio

de disecar al Flechador y al Genio

para alcanzar tu luz, para aprehenderte.

Entrega a ti, por ti ser y nutrirse

—gracia, color, disfrázanse en la pluma—;

cante espuma de tiempos el encanto

milagroso de un irse que es venirse

—morir, vivir, ensueños en la Suma—

y el milagro presente de tu canto.

Neruda

Porque no valen verbos, es que digo

mi sorpresa acendrada en relectura,

y busco definirte en la figura

que detrás de las cosas es testigo.

Caballo de las noches, yo no sigo

tu galopar tendido en la llanura

donde vela la arcaica criatura

que está contigo y que no está conmigo.

No sigo, pero escucho la revuelta

de tus dogos teñidos en locura

vertical de una génesis simbioica;

que tu mundo es un mundo dado vuelta

donde pasan las sombras en oscura

condensación de cacería heroica.

Sonetos a la presencia

Estos nueve sonetos te están dedicados,

Eduardo A. Jonquières

Continuación

Razón

Se precisa tener —en esta herida

torturada de lágrima candente—

eje donde girar, razón viviente

que justifique estar, consciente, en vida.

No vida de árbol que despierta, ardida

por las solas urgencias del presente.

No vida de animal, ida al oriente

común a la manada y la guarida.

Se precisa tener, como yo tengo,

el eje directriz de una presencia

inamovible en el cordial concierto;

nombres —amigo, ideal, mujer— de luengo

resonar en el alma, siendo esencia

tan sólo de uno, vivo, y de uno, muerto.

La presencia en el paisaje

Tan inútil buscar imagen pura

de tu luz, como ansiarte en mi camino

vigilando el paisaje vespertino

que es réplica ideal de tu figura.

Tan inútil. Estás, alta criatura,

en la rosa, en la alondra, en el molino.

Donde miro tú estás, sello divino

privilegiando cúspide y llanura.

No tengo ya paisajes del pasado

sólo míos. Te agregas a mis ojos

para volcar en ellos tus celajes.

Ausente de mis manos, transmutado

en la belleza de oros y de rojos

y en la gracia sutil de los paisajes.

La presencia en la música

Tan inútil buscar sonido ausente

de tu voz. Hoy viniste en un Ravel,

y estás ahora en el violín de aquel

que dialoga con Bach un hilo huyente.

Ayer te conocí, tras el relente

de la guitarra huésped del burdel.

Latigazo, saber que estabas, fiel,

reproche, exasperante, hiel caliente.

Si se caen los pétalos, asomas

para decir tu voz. Y si levanta

plumas la brisa malva de la tarde

te ciñes a su talle, le haces bromas,

vienes a mi ventana… ¡Canta, canta,

hazte música viva, y luego arde…!

Carta

Fondo de historia reza la cubierta

que me entregan. ¡Señor, yo no he pedido

tanto de su bondad! (Temor ardido:

el de que esta corriente acabe yerta

y que su letra alada yazca, muerta,

donde late el trasmundo no nacido).

¡Yo no he pedido, Dios, el bendecido

pan de una carta suya! Miga cierta

detrás de la corteza que ahora hienden

dedos de sed. Ascienden panoramas

—un cielo suyo y unas tierras suyas

por su bondad cedidos— que trascienden

mis pobres panoramas.

—Hoy me llamas.

¿Habrá quizá un mañana en que me huyas?

La presencia burlona

Afán incontenido de decirte

cuánto y por qué, en silencio, me desplazo

en tu luz, y amo el llanto que te trazo

—yo canto y allí tú, en un sonreírte

burlón, y en un mirar y un encubrirte

mordaz—.

Cazo por ti con triple lazo.

Pasión, angustia y fe. Por ti yo cazo.

Herirte, amor, flor mustia, amor, hundirte.

Allí tú, siempre allí. Todas las fuentes

golpeando las compuertas de tu risa.

¡Ah, mis ríos secándose en la espera!

Riendo —siempre allí— manos ausentes,

muertas de carne, pero allí, sonrisa

de diez bocas burlonas, calavera.

Why not?

Que mis palabras vienen, desprendidas

de sentido —fatal, ese sentido

que es castigo mortal—. He decidido

que mis palabras tengan llaves idas.

Puedo cantar las gemas elegidas

y decirle, al diamante, lirio herido;

puedo alzar un anzuelo, convencido

—why not?— que en su meñique están las vidas

de la nube que ilustra un sentimiento,

del pájaro, a quien llamo esta mañana

ventilador, o cáliz, o postigo,

y de todas las cosas que un momento

sublimado de antojo espeja vana

travesura de nombres que persigo.

Recuerdo

Acudes —limpidez de lejanía—

dándote en mí bajo blasón de llanto,

y arropas hiel de sufrimiento, en manto

pálido de distancia y agonía.

Fría la rosa blanca de este día,

muerta la melodía de este canto;

yo soy solo y tú estás con el espanto

de no ser, siendo tanto en mi sangría.

Recuerdo intransmutable —líneas puras

de vacío, ilusión en el paisaje

y daga en el filtrar de las arenas—

estás en mí, relámpago en oscuras

nubes, sangre letal, bajo el encaje

de todo mi valor, bajo mis penas.

Súplica

Yo te pido, Señor, que esta existencia

vista su faz de nieve no posada.

Quiero verlo hecho luz —ya deslumbrada

en su afán de alumbrar— alba de esencia

singular. Que no sea su presencia

un número en la cifra inacabada.

Dale una voz, Señor; no le des nada

sino voz para alzar toda su ciencia.

Yo te pido un latido del futuro

en que el mundo comprenda que ha tenido

fragmentos de su Dios en un poeta;

dale voz y valor frente a lo oscuro;

luego, déjalo solo, que ha nacido

para surcar el viaje hecho saeta.

Devolución

Hay acordes. Lo sé. Me lo has probado

viniendo con tu corte de armonías.

Pasado turbio, el mío, yo hice mías

lecciones de tu ser, transfigurado,

deshecho, trascendido, transformado

por la luz, el amor, las melodías.

Hay acordes. Lo sé. Tuyos los días

que me enseñaron cuanto hay de Elevado.

Aprendí la liturgia del ocaso,

supe de la poesía y de la magia,

descubrí los idiomas de las cosas.

Devuelvo ínfima parte, en este vaso

que destila mi vino, que presagia

tu destino de cimas y de rosas.

Músicas

Lloré en la flauta penas y sentí de improviso que el mundo era tan sólo una música viva.

ARTURO MARASSO

Continuación

I
Amanecer

Doblan ritos nocturnos, a la espera

de la espada naranja —derramada

sin fin, adelfa sobre carne alada—

y juegan lirios a la primavera.

Niegan —niégate tú— cisnes de cera

la caricia rendida por la espada;

ellos van —vete tú— norte a la nada

nadando espuma hasta que el sol se muera.

Muro de planos únicos se crea.

¡El disco, el disco! ¡Míralo, Jacinto,

piensa cómo por ti abatió su altura!

Música de las nubes, melopea

puesta a formar para su vuelo el plinto

que ha de ser vespertina sepultura.

II
Himno matinal

¡Rey! ¡Albípena luz, plectro candente,

satisfacción azul, por mí y por todo!

¡Brinca, canción, al dionisíaco modo

y hazte un nudo de llamas en su frente!

(¿Siente el tallo lo que esta mano siente,

y es mi modo de ver modo del lodo?

¿Sabe la flor que entre ella y yo hay un nodo

donde su esencia es mía, y suyo mi ente?).

¡No, que todo sea risa, pitonisa

la selva y agorera la corneja,

y que la voz del Rey derrame su oro!

¡Himno, canción de luz, lanza mi risa

con la infantil partida de la teja

que aleja duelo en su girar sonoro!

III
Flores del mediodía

Mi calor se ha perdido en el calor

que el mundo leve y la caricia breve

derraman en mis manos con la leve

vibración que es la lengua de la flor.

Comprendo nieve, azules, y el hervor

de los rayos batiéndose en la nieve;

nada se mueve aquí, y todo se mueve

en la teoría ardiente del color.

Vegetación de tiempo, mis diez dedos

yéndose a las hermanas, a besarlas

—pétalo ajado, sí, beso de muerte—;

¡horror quemado, besos míos ledos,

cuanto más quieren ellos adorarlas

más pronto su ala se les torna inerte!

IV
El lago

Fábula ilimitada, donde avanza

barca de nieve, de clarín, de llanto,

donde el canto litúrgico es encanto

que abre lirios de sueño, de esperanza.

¡Lago! Fecundo endriago de mudanza

antaño de poetas, cuyo manto

era alfombra tendida para un canto

taraceado de amor, de cruz, de lanza.

Aguas siempre parejas, nada os muda

mientras zumba el zumbel, mientras voltea

el capricho fugaz de nuestra esencia;

lago de ciencia, nicho, estela ruda

de pluma rompe hielos, cabrillea…

Es siempre virgen, alta, tu paciencia.

V
Voces

Soledad, terciopelo de esta gruta

que es musgo y caracol y adormidera,

cansancio de una siesta primavera,

nostalgia prematura de la ruta.

¡Voces! ¡Escucha! Pez de bajo enluta

y alta soprano asciende por la esfera,

mientras violín de hierba y luz de cera

por monedas de sol llanto permuta.

Me quedaré —acompáñame— callado,

oyendo este concierto derramado

sobre plateas de alga y de amaranto.

¡Voces en esta tarde equivocada,

en que alarde de sueño y paz de almohada

han abierto los pórticos del canto!

VI
Idilio

Láminas de cristal, tu voz ceñida

por el miedo al silencio, al infinito…

—Pastor, amor, detente cabe el grito

de infinito en tu frente desceñida.

Partida la ilusión de una partida,

¿qué infinito no ya canción de mito?

¿Qué amor —aún nuestro amor— no es fiero rito

que alisará de espuma a la homicida?

—Pastora, mi canción no tiene dueño,

mi amor llega hasta ti con la impetuosa

concisión de la flecha que perdura…

—Tu amor, manso juguete de alto sueño

que deshojan los dedos de la diosa

con un tibio limar de sepultura…

VII
Muerte del sol y de las músicas

Silencio. Te lo pide la escondida

premura del que sabe, del que espera.

¿Acaso el sol no va, por vez primera

a sumergir su faz no más ardida?

Todo morir es nuevo, toda herida

desigual a la antigua, a la postrera.

Puede que alguna vez el sol no muera,

que lo canse su muerte repetida…

¡Y entonces gritarás! ¡Ah, calcinado,

sin carrera, sin sombra, que te huye,

luz, sólo luz, la luz, incandescente!

Mas no temas. Despídelo, callado,

piensa su ausencia, que ahora sustituye

sonrisa de una estrella adolescente.

Sonetos a mí mismo

Continuación

I

Cuando el espejo se abra en aleluyas

y se vistan con árboles los mares,

cuando cantares viejos no cantares

porque jóvenes ya, quizá los huyas;

cuando suyas las cosas que eran tuyas

y vuelto el mundo en furia de talares,

lo negro blanco, Apolo en vez de Ares,

arguyas bueno y luego malo arguyas.

Cuando polo en hervor, trópico helado,

mi mano un alfiler, tu mano un beso,

perro la luna, manantial el muro,

puede que allí, tal vez, parapetado

detrás de los contrarios, halles eso

que llamas hoy anhelo de ser puro.

II

¿Por qué, alma mía, ardía tu pestaña

en la lucha sin par del imposible?

Yo te pregunto el tópico increíble

que te llevó a la tela de la araña.

Tela que cela rapto y luego saña,

fuego de inverosímil luz visible

y tú, mi pobre vida, inconmovible

en una indagación de pura hazaña.

¿Por qué, por qué buscar, si nada existe

que no tenga los sellos de lo vano

y la triple coraza de lo esquivo;

por qué, alma mía, erraste dulce y triste,

queriendo hacer humano lo inhumano,

queriendo ver la vida en lo no vivo?

III

La leyenda lo dice: amanecía

sobre la tierra espesa de ambiciones,

y un horizonte de constelaciones

con la sola Belleza sonreía.

Misterio de creación: atardecía

sobre una tierra viuda de oraciones,

y la tetralogía de estaciones

lloraba la Belleza, comprendía.

De un ritmo principiante los azares

hubieron de sumirla en el vivero

de donde brotan árboles humanos;

hoy, los que en ella nacen, los impares,

alzan las manos por sobre el sendero

donde el triste hormiguero hunde las manos.

IV

Que no busque el instante indefinido

donde se opera la fusión ansiada

si carece de aliento, y del bebido

filtro que sella esencia separada.

Concluido en la nada, constreñido

a ceder cercanía conquistada,

más valdría una huella en el teñido

por ilusiones mar, huella no arada.

Que para erguirse en el crisol donde arde

la pureza precisa de los versos

y la llama inefable de su infierno

es menester haber velado tarde,

descubierto sin luz los universos,

alzado voces sabias a lo eterno.

V

No te vale mirar vastos calveros

donde quema la luna sus cendales,

ni aprender taumaturgia de cristales

en un amanecer de campaneros.

Siempre queda algo más, que en agujeros

de sombra se te pierde, ay, en vitrales

de las en sí tan claras catedrales,

de los en sí tan blancos reverberos.

Siempre queda algo más, y no te vale

alzar jaculatorias del ingenio

a todo aquello que se queda afuera;

nace de sí, tan sólo de sí sale

y está en ti mismo o no lo está, ese genio

que habrá de transmutar tu vida entera.

VI

En un principio cabe el desconcierto

si detrás de la sombra no hay fanales

y al nacer siguen sombras vesperales

y al lado del desierto hay más desierto.

Cabe el asombro, sí, porque el concierto

del alma y la ambición pide canales

donde volcar anhelo de ideales

que busca la Belleza a cielo abierto.

¡Muerto, ah, sí, muerto!, inanimado y yerto

el gesto de crear las catedrales,

el ritmo de las olas junto al puerto;

y ya no es cierto aquello que era cierto,

y entra la noche por los ventanales

abiertos al dominio de lo incierto.

VII

Pero aún no está todo examinado:

déjame ver tu sombra, por si riela

luz misteriosa que en la sombra vela

esperando el mirar desembozado.

Cansado, sí, mas con valor cansado

—buscar, buscar la trascendida estela,

buscar la rosa, buzo, centinela;

quizá está allí la luz, trasluz, traslado…—.

Búscala, está. No todas son tinieblas

en el cristal teñido de tus nieblas,

y quizá fuegos hay donde mirarnos;

busca, te ruego, el fuego, con las manos

del dolor y el amor, que son hermanos

en la lustral tarea de guiarnos.

VIII
Viaje del alma

Por encima, debajo, imaginada

de luces, torbellino inconcebible

—pronto el abismo mismo de lo horrible,

pronto la helada luz de la alborada—.

Cansada de reptar, volar, doblada

por el visible ser de lo tangible,

perder, hallar, perder, ¡oh, tu increíble

afán de los fanales en la nada!

Vuélvete, con tus aguas, vuelve entera

de angustia, a adormilarte en mi morada

puesta a labrar la piedra del destino;

vuélvete, palidez, antes que muera

tu viudo corazón, tu inacabada

fiebre de equivocarte de camino.

IX
Llanto

Sangre, sangre morada, sangre fría,

cómo sangra mi sangre, y cómo duele

saber que en vano vela aquel que vele

detrás de una falaz sabiduría.

Sangre, sangre de noche, de porfía,

sangre de estupro, de pasión —anhele

menos, aquel que pise y desnivele

mi sombra— sangre de la sangre mía.

Te lloro en ríos de abortada espuma,

te lloro en selvas de inefables hieles,

te lloro en cintas de siete colores;

¡amor, amor, candor de esta mi pluma,

plenilunios de sangre, andariveles

por donde siguen ruta mis errores!

X
Canto de ángeles

Vuelve el rostro y verás la prefigura

que el sol te arranca y clava en el sendero

para hacerte entender que eres un mero

cuerpo de cieno opaco y de espesura.

Vuelca la mano lívida, que augura

destino de abismado prisionero,

y aprende, ¡aprende al fin!, que el carcelero

de la celda es tu misma criatura.

No busques el avión, no el telescopio,

no te inclines en campo de azulejos,

no rompas la palabra en tristes rimas;

acopio de tu ciencia, vil acopio

mientras flote una nube en los espejos,

mientras la voz de Dios cimbre las cimas.

Bolívar, 1937/1938

SALVO EL CREPÚSCULO

Arrimos

Prefacio

Discurso del no método, método del no discurso, y así vamos.

Lo mejor: no empezar, arrimarse por donde se pueda. Ninguna cronología, baraja tan mezclada que no vale la pena. Cuando haya fechas al pie, las pondré. O no. Lugares, nombres. O no. De todas maneras vos también decidirás lo que te dé la gana. La vida: hacer dedo, autostop, hitchhiking: se da o no se da, igual los libros que las carreteras.

Ahí viene uno. ¿Nos lleva, nos deja plantados?

Cita

Sans doute avait-il la fièvre. Mais peut-être la fièvre permet-elle de voir et d’entendre ce qu’autrement on ne voit et n’entend pas.

MARGUERITE YOURCENAR,

Anna, soror

Continuación

Billet doux

Ayer he recibido una carta sobremanera.

Dice que «lo peor es la intolerable, la continua». Y es para llorar, porque nos queremos, pero ahora se ve que el amor iba adelante, con las manos gentilmente

para ocultar la hueca suma de nuestros

pronombres.

En un papel demasiado.

En fin, en fin.

Tendré que contestarte, dulcísima penumbra, y decirte: Buenos Aires, cuatro de noviembre de mil novecientos cincuenta. Así es el tiempo, la muesca de la luna presa en los almanaques, cuatro de.

Y se necesitaba tan poco para organizar el día en su justo paso, la flor en su exacto linde, el encuentro en la precisa.

Ahora bien, lo que se necesitaba.

Sigue a la vuelta, como una moneda, una

alfombra, un irse.

(No se culpe a nadie de mi vida).

Background

Tierra de atrás, literalmente.

Todo vino siempre de la noche, background inescapable, madre de mis criaturas diurnas. Mi solo psicoanálisis posible debería cumplirse en la oscuridad, entre las dos y las cuatro de la madrugada —hora impensable para los especialistas. Pero yo sí, yo puedo hacerlo a mediodía y exorcizar a pleno sol los íncubos, de la única manera eficaz: diciéndolos.

Curioso que para decir los íncubos haya tenido que acallarlos a la hora en que vienen al teatro del insomnio. Otras leyes rigen la inmensa casa de aire negro, las fiestas de larvas y empusas, los cómplices de una memoria acorralada por la luz y los reclamos del día y que sólo vuelca sus terciopelos manchados de moho en el escenario de la duermevela. Pasivo, espectador atado a su butaca de sábanas y almohadas, incapaz de toda voluntad de rechazo o de asimilación, de palabra fijadora. Pero después será el día, cámara clara. Después podremos revelar y fijar. No ya lo mismo, pero la fotografía de la escritura es como la fotografía de las cosas: siempre algo diferente para así, a veces, ser lo mismo.

Presencia, ocurrencia de mi mandala en las altas noches desnudas, las noches desolladas, allí donde otras veces conté corderitos o recorrí escaleras de cifras, de múltiplos y décadas y palindromas y acrósticos, huésped involuntario de las noches que se niegan a estar solas. Manos de inevitable rumbo me han hecho entrar en torbellinos de tiempo, de caras, en el baile de muertos y vivos confundiéndose en una misma fiebre fría mientras lacayos invisibles dan paso a nuevas máscaras y guardan las puertas contra el sueño, contra el único enemigo eficaz de la noche triunfante.

Luché, claro, nadie se entrega así sin apelar a las armas del olvido, a estúpidos corderos saltando una valla, a números de cuatro cifras que disminuirán de siete en siete hasta llegar a cero o recomenzarán si la cuenta no es justa. Quizá vencí alguna vez o la noche fue magnánima; casi siempre tuve que abrir los ojos a la ceniza de un amanecer, buscar una bata fría y ver llegar la fatiga anterior a todo esfuerzo, el sabor a pizarra de un día interminable. No sé vivir sin cansancio, sin dormir; no sé por qué la noche odia mi sueño y lo combate, murciélagos afrontados sobre mi cuerpo desnudo. He inventado cientos de recursos mnemotécnicos, las farmacias me conocen demasiado y también el Chivas Regal. Tal vez no merecía mi mandala, tal vez por eso tardó en llegar. No lo busqué jamás, cómo buscar otro vacío en el vacío; no fue parte de mis lúgubres juegos de defensa, vino como vienen los pájaros a una ventana, una noche estuvo ahí y hubo una pausa irónica, un decirme que entre dos figuras de exhumación o nostalgia se interponía una amable construcción geométrica, otro recuerdo por una vez inofensivo, diagrama regresando de viejas lecturas místicas, de grimorios medievales, de un tantrismo de aficionado, de alguna alfombra iniciática vista en los mercados de Jaipur o de Benarés. Cuántas veces rostros limados por el tiempo o habitaciones de una breve felicidad de infancia se habían dado por un instante, reconstruidos en el escenario fosforescente de los ojos cerrados, para ceder paso a cualquier construcción geométrica nacida de esas luces inciertas que giran su verde o su púrpura antes de ceder paso a una nueva invención de esa nada siempre más tangible que la vaga penumbra en la ventana. No lo rechacé como rechazaba tantas caras, tantos cuerpos que me devolvían a la rememoración o a la culpa, a veces a la dicha todavía más penosa en su imposibilidad. Le dejé estar, en la caja morada de mis ojos cerrados lo vi muy cerca, inmóvil en su forma definida, no lo reconocí como reconocía tantas formas del recuerdo, tantos recuerdos de formas, no hice nada por alejarlo con un brusco aletazo de los párpados, un giro en la cama buscando una región más fresca de la almohada. Lo dejé estar aunque hubiera podido destruirlo, lo miré como no miraba las otras criaturas de la noche, le di acaso una sustancia primera, una urdimbre diferente o creí darle lo que ya tenía; algo indecible lo tendió ante mí como una fábrica diferente, un hijo de mi enemiga y a la vez mío, un telón musgoso entre las fiestas sepulcrales y su recurrente testigo.

Desde esa noche mi mandala acude a mi llamado apenas se encienden las primeras luces de la farándula, y aunque el sueño no venga con él y su presencia dure un tiempo que no sabría medir, detrás queda la noche desnuda y rabiosa mordiendo en esa tela invulnerable, luchando por rasgarla y poner de este lado los primeros visitantes, los previsibles y por eso más horribles secuencias de la dicha muerta, de un árbol en flor en el atardecer de un verano argentino, de la sonrisa de una mujer que vive una vida ya para siempre vedada a mi ternura, de un muerto que jugó conmigo sus últimos juegos de cartas sobre una sábana de hospital.

Mi mandala es eso, un simplísimo mandala que nace acaso de una combinación imaginaria de elementos, tiene la forma ovalada del recinto de mis ojos cerrados, lo cubre sin dejar espacios, en un primer plano vertical que reposa mi visión. Ni siquiera su fondo se distingue del color entre morado y púrpura que fue siempre el color del insomnio, el teatro de los desentierros y las autopsias de la memoria; se lo diría de un terciopelo mate en el que se inscriben dos triángulos entrecruzados como en tanto pentáculo de hechicería. En el rombo que define la oposición de sus líneas anaranjadas hay un ojo que me mira sin mirarme, nunca he tenido que devolverle la mirada aunque su pupila esté clavada en mí; un ojo como el Udyat de los egipcios, el iris intensamente verde y la pupila blanca como yeso, sin pestañas ni párpados, perfectamente plano, trazado sobre la tela viva por un pincel que no pretende la imitación de un ojo. Puedo distraerme, mirar hacia la ventana o buscar el vaso de agua en la penumbra; puedo alejar a mi mandala con una simple flexión de la voluntad, o convocar una imagen elegida por mí contra la voluntad de la noche; me bastará la primera señal del contraataque, el deslizamiento de lo elegido hacia lo impuesto para que mi mandala vuelva a tenderse entre el asedio de la noche y mi recinto invulnerable. Nos quedaremos así, seremos eso, y el sueño llegará desde su puerta invisible, borrándonos en ese instante que nadie ha podido nunca conocer.

Es entonces cuando empezará la verdadera sumersión, la que acato porque la sé de veras mía y no el turbio producto de la fatiga diurna y del eyo. Mi mandala separa la servidumbre de la revelación, la duermevela revanchista de los mensajes raigales. La noche onírica es mi verdadera noche; como en el insomnio, nada puedo hacer para impedir ese flujo que invade y somete, pero los sueños sueños son, sin que la conciencia pueda escogerlos, mientras que la parafernalia del insomnio juega turbiamente con las culpabilidades de la vigilia, las propone en una interminable ceremonia masoquista. Mi mandala separa las torpezas del insomnio del puro territorio que tiende sus puentes de contacto; y si lo llamo mandala es por eso, porque toda entrega a un mandala abre paso a una totalidad sin mediaciones, nos entrega a nosotros mismos, nos devuelve a lo que no alcanzamos a ser antes o después. Sé que los sueños pueden traerme el horror como la delicia, llevarme al descubrimiento o extraviarme en un laberinto sin término; pero también sé que soy lo que sueño y que sueño lo que soy. Despierto, sólo me conozco a medias, y el insomnio juega turbiamente con ese conocimiento envuelto en ilusiones; mi mandala me ayuda a caer en mí mismo, a colgar la conciencia allí donde colgué mi ropa al acostarme.

Si hablo de eso es porque al despertar arrastro conmigo jirones de sueños pidiendo escritura, y porque desde siempre he sabido que esa escritura —poemas, cuentos, novelas— era la sola fijación que me ha sido dada para no disolverme en ese que bebe su café matinal y sale a la calle para empezar un nuevo día. Nada tengo en contra de mi vida diurna, pero no es por ella que escribo. Desde muy temprano pasé de la escritura a la vida, del sueño a la vigilia. La vida aprovisiona los sueños pero los sueños devuelven la moneda profunda de la vida. En todo caso así es como siempre busqué o acepté hacer frente a mi trabajo diurno de escritura, de fijación que es también reconstitución. Así ha ido naciendo todo esto.

SÍ, Y más atrás, siempre, lo que nadie habrá dicho mejor que Ricardo E. Molinari en Analecta:

Mi cuerpo ha amado el viento y unos días hermosos de Sudamérica.

Dónde andarán con sus pies mordidos, con mi cara sola.

(Los días mueren en el cielo,

como los peces sedientos, igual que la piel gris sobre los seres,

sobre la boca que se destruyó amando).

Dónde andará mi cara, aquella otra, que alguien tuvo entre sus manos

mirándola como a un río asustado.

Mi cuerpo ha querido su sangre y mi alma ha visitado algunos muertos,

igual que a una fuente, donde a veces llega la tarde con un lirio.

Crónica para César

Y levantarás una gran ciudad

Y los puentes de la gran ciudad alcanzarán a otras ciudades

como la peste de las ratas cae sobre otras ratas y otros hombres

Todo lo que en tu ciudad esté vivo proclamará tu nombre

y te verás honrado

alabado y honrado

y tú mismo dirás tu nombre como si te miraras al espejo

porque ya no distinguirás entre los adoradores y el ídolo

Probablemente serás feliz

como todo hombre con mujer como todo hombre con ciudad

probablemente serás hermoso

como todo ídolo con piedra en la frente

como todo león con su aro de fuego corriendo por la arena

y levantarás una torre

y protegerás un circo

y darás nombre al séptimo hijo de las familias trabajadoras

No importa que en la sombra crezcan los hongos rosados

si el humo de las fábricas escribe tus iniciales en lo alto

El círculo de tiza se cerrará

y en las cavernas de la noche acabarán de pintar las imágenes protectoras

De hoy en adelante serás el sumo sacerdote

de mañana en mañana el oficiante de ti mismo

Y levantarás una gran ciudad

como las hormigas diligentes exaltan sus pequeños montículos

y harás venir la semilla de Rumania y el papel de Canadá

Habrá una loca alegría en las efemérides

y en el retorno de los equipos victoriosos

Todo esto no pasará de los límites de tu cuarto

pero levantarás una gran ciudad

de mediodía a medianoche

una ciudad corazón una ciudad memoria una ciudad infamia

La ciudad del hombre crecerá en el hombre de la ciudad

y se protegerán los unos de los otros

las sombras de las sombras

los perros de los perros

los niños de los niños

aunque las mujeres sigan tendidas contra los hombres

y clamen los pacifistas en las esquinas

Creo que morirás creyendo

que has levantado una ciudad

Creo que has levantado una ciudad

Creo en ti

en la ciudad

Entonces sí

ahora que creo

entonces sé que has levantado una ciudad

Ave César

El héroe

Con los ojos muy abiertos,

el corazón entre las manos

y los bolsillos llenos de palomas

mira el fondo del tiempo.

Ve su propio deseo, luces altas,

guirnaldas, flechas verdes, torres

de donde caen cabelleras

y nacen las espléndidas batallas.

Corre, el fervor lo embiste,

es su antorcha y su propio palafrén,

busca la entrada a la ciudad,

enarbola el futuro, clama como los vientos.

Todo está ahí, la calle abierta

y a la distancia el espejeo,

la inexplicable cercanía de lo que no alcanza

y cree alcanzar, y corre.

No es necesario un tropezón ni una estocada,

los cuerpos caen por su propio peso,

los ojos reconocen un momento

la verdad de la sombra.

Todavía se yergue,

todavía en su puño late el halcón de acero.

En las piedras rebota la clamante pregunta

del hombre por fin solo a la llegada.

Después es titubeo,

sospecha de que el fin no es el comienzo;

y al fondo de la calle

que parecía tan hermosa

no hay más que un árbol seco

y un abanico roto.

A un dios desconocido

Quienquiera seas

no vengas ya.

Los dientes del tigre se han mezclado a la semilla,

llueve un fuego continuo sobre los cascos protectores,

ya no se sabe cuándo acabarán las muecas,

el desgaste de un tiempo hecho pedazos.

Obedeciéndote hemos caído.

—La torre subía enhiesta, las mujeres

llevaban cascabeles en las piernas, se gustaba

un vino fuerte, perfumado. Nuevas rutas

se abrían como muslos a la alegre codicia,

a las carenas insaciables. ¡Gloria!

La torre desafiaba las medidas prudentes,

tal una fiesta de estrategos

era su propia guirnalda.

El oro, el tiempo, los destinos,

el pensar, la violenta caricia, los tratados,

las agonías, las carreras, los tributos,

rodaban como dados, con sus puntos de fuego.

Quienquiera seas, no vengas ya.

La crónica es la fábula para estos ojos tímidos

de cristales focales y bifocales, polaroid, antihalo,

para estas manos con escamas de cold-cream.

Obedeciéndote hemos caído.

—Los profesores obstinados hacen gestos de rata,

vomitan Gorgias, patesís, anfictionías y Duns Scoto,

concilios, cánones, jeringas, skaldas, trébedes,

qué descansada vida, los derechos del hombre, Ossian,

Raimundo Lulio, Pico, Farinata, Mio Cid, el peine

para que Melisendra peine sus cabellos.

Es así: preservar los legados, adorarte en tus obras,

eternizarte, a ti el relámpago.

Hacer de tu viviente rabia un apotegma,

codificar tu libre carcajada.

Quienquiera seas

no vengas ya.

—La ficción cara de harina, cómo se cuelga de su mono

el reloj que puntual nos saca de la cama.

Venga usted a las dos, venga a las cuatro,

desgraciadamente tenemos tantos compromisos.

¿Quién mató a Cock Robin? Por no usar

los antisudorales, sí señora.

Por lo demás la bomba H, el peine con música,

los detergentes, el violín eléctrico,

alivian el pasaje de la hora. No es tan mala

la sala de la espera: tapizada.

—¿Consuelos, joven antropólogo? Surtidos:

usted los ve, los prueba y se los lleva.

La torre subía enhiesta,

pero aquí hay Dramamina.

Quienquiera seas

no vengas ya.

Te escupiríamos, basura, fabricado

a nuestra imagen

de nilón y de orlón, Yahvé, Dios mío.

Para escuchar con audífonos

Un técnico me lo explicó, pero no comprendí mucho. Cuando se escucha un disco con audífonos (no todos los discos, pero sí justamente los que no deberían hacer eso), ocurre que en la fracción de segundo que precede al primer sonido se alcanza a percibir, debilísimamente, ese primer sonido que va a resonar un instante después con toda su fuerza. A veces uno no se da cuenta, pero cuando se está esperando un cuarteto de cuerdas o un madrigal o un lied, el casi imperceptible pre-eco no tiene nada de agradable. Un eco que se respete debe venir después, no antes, qué clase de eco es ése. Estoy escuchando las Variaciones reales de Orlando Gibbons, y entre una y otra, justamente allí en esa breve noche de los oídos que se preparan a la nueva irrupción del sonido, un lejanísimo acorde o las primeras notas de la melodía se inscriben en una audición como microbiana, algo que nada tiene que ver con lo que va a empezar medio segundo después y que sin embargo es su parodia, su burla infinitesimal. Elizabeth Schumann va a cantar Du bist die Ruh, hay ese aire habitado de todo fondo de disco por perfecto que sea y que nos pone en un estado de tensa espera, de dedicación total a eso que va a empezar, y entonces desde el ultrafondo del silencio alcanzamos horriblemente a oír una voz de bacteria o de robot que inframínimamente canta Du bist, se corta, hay todavía una fracción de silencio, y la voz de la cantante surge con toda su fuerza, Du bist die Ruh de veras.

(El ejemplo es pésimo, porque antes de que la soprano empiece a cantar hay un preludio del piano, y son las dos o tres notas iniciales del piano las que nos llegan por esa vía subliminal de que hablo; pero como ya se habrá entendido (por compartido, supongo) lo que digo, no vale la pena cambiar el ejemplo por otro más atinado; pienso que esta enfermedad fonográfica es ya bien conocida y padecida por todos).

Mi amigo el técnico me explicó que este pre-eco, que hasta ese momento me había parecido inconcebible, era resultado de esas cosas que pasan cuando hay toda clase de circuitos, feedbacks, alimentación electrónica y otros vocabularios ad hoc. Lo que yo entendía por pre-eco, y que en buena y sana lógica temporal me parecía imposible, resultó ser algo perfectamente comprensible para mi amigo, aunque yo seguí sin entenderlo y poco me importó. Una vez más un misterio era explicado, el de que antes de que usted empiece a cantar el disco contiene ya el comienzo de su canto, pero resulta que no es así, usted empezó a partir del silencio y el pre-eco no es más que un retardo mecánico que se pre-graba con relación a, etc. Lo que no impide que cuando en el negro y cóncavo universo de los audífonos estamos esperando el arranque de un cuarteto de Mozart, los cuatro grillitos que se mandan la instantánea parodia un décimo de segundo antes nos caen más bien atravesados, y nadie entiende cómo las compañías de discos no han resuelto un problema que no parece insoluble ni mucho menos a la luz de todo lo que sus técnicos llevan resuelto desde el día en que Thomas Alva Edison se acercó a la corneta y dijo, para siempre, Mary had a little lamb.

Si me acuerdo de esto (porque me fastidia cada vez que escucho uno de esos discos en que los pre-ecos son tan exasperantes como los ronroneos de Glenn Gould mientras toca el piano) es sobre todo porque en estos últimos años les he tomado un gran cariño a los audífonos. Me llegaron muy tarde, y durante mucho tiempo los creí un mero recurso ocasional, enclave momentáneo para librar a parientes o vecinos de mis preferencias en materia de Varèse, Nono, Lutoslawski o Cat Anderson, músicos más bien resonantes después de las diez de la noche. Y hay que decir que al principio el mero hecho de calzármelos en las orejas me molestaba, me ofendía; el aro ciñendo la cabeza, el cable enredándose en los hombros y los brazos, no poder ir a buscar un trago, sentirse bruscamente tan aislado del exterior, envuelto en un silencio fosforescente que no es el silencio de las casas y las cosas.

Nunca se sabe cuándo se dan los grandes saltos; de golpe me gustó escuchar jazz y música de cámara con los audífonos. Hasta ese momento había tenido una alta idea de mis altoparlantes Rogers, adquiridos en Londres después de una sabihonda disertación de un empleado de Imhof que me había vendido un Beomaster pero no le gustaban los altoparlantes de esa marca (tenía razón), pero ahora empecé a darme cuenta de que el sonido abierto era menos perfecto, menos sutil que su paso directo del audífono al oído. Incluso lo malo, es decir el pre-eco en algunos discos, probaba una acuidad más extrema de la reproducción sonora; ya no me molestaba el leve peso en la cabeza, la prisión psicológica y los eventuales enredos del cable.

Me acordé de los lejanísimos tiempos en que asistí al nacimiento de la radio en la Argentina, de los primeros receptores con piedra de galena y lo que llamábamos «teléfonos», no demasiado diferentes de los audífonos actuales salvo el peso. También en materia de radio los primeros altoparlantes eran menos fieles que los «teléfonos», aunque no tardaron en eliminarlos totalmente porque no se podía pretender que toda la familia escuchara el partido de fútbol con otros tantos artefactos en la cabeza. Quién iba a decirnos que sesenta años más tarde los audífonos volverían a imponerse en el mundo del disco, y que de paso —horresco referens— servirían para escuchar radio en su forma más estúpida y alienante como nos es dado presenciar en las calles y las plazas donde gentes nos pasan al lado como zombies desde una dimensión diferente y hostil, burbujas de desprecio o rencor o simplemente idiotez o moda y por ahí, andá a saber, uno que otro justificadamente separado del montón, no juzgable, no culpable.

Nomenclaturas acaso significativas: los altavoces también se llaman altoparlantes en español, y los idiomas que conozco se sirven de la misma imagen: loud-speaker, haut-parleur. En cambio los audífonos, que entre nosotros empezaron por llamarse «teléfonos» y después «auriculares», llegan al inglés bajo la forma de earphones y al francés como casques d’écoute. Hay algo más sutil y refinado en estas vacilaciones y variantes; basta advertir que en el caso de los altavoces, se tiende a centrar su función en la palabra más que en la música (parlante/speaker/parleur), mientras que los audífonos tienen un espectro semántico más amplio, son el término más sofisticado de la reproducción sonora.

Me fascina que la mujer que está a mi lado escuche discos con audífonos, que su rostro refleje sin que ella lo sepa todo lo que está sucediendo en esa pequeña noche interior, en esa intimidad total de la música y sus oídos. Si también yo estoy escuchando, las reacciones que veo en su boca o sus ojos son explicables, pero cuando sólo ella lo hace hay algo de fascinante en esos pasajes, esas transformaciones instantáneas de la expresión, esos leves gestos de las manos que convierten ritmos y sonidos en movimientos gestuales, música en teatro, melodía en escultura animada. Por momentos me olvido de la realidad, y los audífonos en su cabeza me parecen los electrodos de un nuevo Frankenstein llevando la chispa vital a una imagen de cera, animándola poco a poco, haciéndola salir de la inmovilidad con que creemos escuchar la música y que no es tal para un observador exterior. Ese rostro de mujer se vuelve una luna reflejando la luz ajena, luz cambiante que hace pasar por sus valles y sus colinas un incesante juego de matices, de velos, de ligeras sonrisas o de breves lluvias de tristeza. Luna de la música, última consecuencia erótica de un remoto, complejo proceso casi inconcebible.

¿Casi inconcebible? Escucho desde los audífonos la grabación de un cuarteto de Bartók, y siento desde lo más hondo un puro contacto con esa música que se cumple en su tiempo propio y simultáneamente en el mío. Pero después, pensando en el disco que duerme ya en su estante junto con tantos otros, empiezo a imaginar decursos, puentes, etapas, y es el vértigo frente a ese proceso cuyo término he sido una vez más hace unos minutos. Imposible describirlo —o meramente seguirlo— en todos sus pasos, pero acaso se pueden ver las eminencias, los picos del complejísimo gráfico. Principia por un músico húngaro que inventa, transmuta y comunica una estructura sonora bajo la forma de un cuarteto de cuerdas. A través de mecanismos sensoriales y estéticos, y de la técnica de su transcripción inteligible, esa estructura se cifra en el papel pentagramado que un día será leído y escogido por cuatro instrumentistas; operando a la inversa el proceso de creación, estos músicos transmutarán los signos de la partitura en materia sonora. A partir de ese retorno a la fuente original, el camino se proyectará hacia adelante; múltiples fenómenos físicos nacidos de violines y violoncellos convertirán los signos musicales en elementos acústicos que serán captados por un micrófono y transformados en impulsos eléctricos; éstos serán a su vez convertidos en vibraciones mecánicas que impresionarán una placa fonográfica de la que saldrá el disco que ahora duerme en su estante. Por su parte el disco ha sido objeto de una lectura mecánica, provocando las vibraciones de un diamante en el surco (ese momento es el más prodigioso en el plano material, el más inconcebible en términos no científicos), y entra ahora en juego un sistema electrónico de traducción de los impulsos a señales acústicas, su devolución al campo del sonido a través de altavoces o de audífonos más allá de los cuales los oídos están esperando en su condición de micrófonos para a su vez comunicar los signos sonoros a un laboratorio central del que en el fondo no tenemos la menor idea útil, pero que hace media hora me ha dado el cuarteto de Bela Bartók en el otro vertiginoso extremo de ese recorrido que a pocos se les ocurre imaginar mientras escuchan discos como si fuera la cosa más sencilla de este mundo.

Cuando entro en mi audífono,

cuando las manos lo calzan en la cabeza con cuidado

porque tengo una cabeza delicada

y además y sobre todo los audífonos son delicados,

es curioso que la impresión sea la contraria,

soy yo el que entra en mi audífono, el que asoma la cabeza

a una noche diferente, a una oscuridad otra.

Afuera nada parece haber cambiado, el salón con sus lámparas,

Carol que lee un libro de Virginia Woolf en el sillón de enfrente,

los cigarrillos, Flanelle que juega con una pelota de papel,

lo mismo, lo de ahí, lo nuestro, una noche más,

y ya nada es lo mismo porque el silencio del afuera amortiguado

por los aros de caucho que las manos ajustan

cede a un silencio diferente,

un silencio interior, el planetario flotante de la sangre,

la caverna del cráneo, los oídos abriéndose a otra escucha,

y apenas puesto el disco ese silencio como de viva espera,

un terciopelo de silencio, un tacto de silencio, algo que tiene

de flotación intergaláxica, de música de esferas, un silencio

que es un jadeo silencio, un silencioso frote de grillos estelares,

una concentración de espera (apenas dos, cuatro segundos), ya la aguja

corre por el silencio previo y lo concentra

en una felpa negra (a veces roja o verde), un silencio fosfeno

hasta que estalla la primera nota o un acorde

también adentro, de mi lado, la música en el centro del cráneo de cristal

que vi en el British Museum, que contenía el cosmos centelleante

en lo más hondo de la transparencia, así

la música no viene del audífono, es como si surgiera de mí mismo, soy mi oyente,

espacio puro en el que late el ritmo

y urde la melodía su progresiva telaraña en pleno centro de la gruta negra.

Cómo no pensar, después, que de alguna manera la poesía es una palabra que se escucha con audífonos invisibles apenas el poema comienza a ejercer su encantamiento. Podemos abstraernos con un cuento o una novela, vivirlos en un plano que es más suyo que nuestro en el tiempo de lectura, pero el sistema de comunicación se mantiene ligado al de la vida circundante, la información sigue siendo información por más estética, elíptica, simbólica que se vuelva. En cambio el poema comunica el poema, y no quiere ni puede comunicar otra cosa. Su razón de nacer y de ser lo vuelve interiorización de una interioridad, exactamente como los audífonos que eliminan el puente de fuera hacia adentro y viceversa para crear un estado exclusivamente interno, presencia y vivencia de la música que parece venir desde lo hondo de la caverna negra.

Nadie lo vio mejor que Rainer Maria Rilke en el primero de los sonetos a Orfeo:

O Orpheus singt! O hoher Baum im Ohr!

Orfeo canta. ¡Oh, alto árbol en el oído!

Árbol interior: la primera maraña instantánea de un cuarteto de Brahms o de Lutoslawski, dándose en todo su follaje. Y Rilke cerrará su soneto con una imagen que acendra esa certidumbre de creación interior, cuando intuye por qué las fieras acuden al canto del dios, y dice a Orfeo:

da schufst du ihnen Tempel im Gehör

y les alzaste un templo en el oído.

Orfeo es la música, no el poema, pero los audífonos catalizan esas «similitudes amigas» de que hablaba Valéry. Si audífonos materiales hacen llegar la música desde adentro, el poema es en sí mismo un audífono del verbo; sus impulsos pasan de la palabra impresa a los ojos y desde ahí alzan el altísimo árbol en el oído interior.

Continuación

vem navio

    vai navio

        vir navio

            ver navio

                ver não ver

            vir não vir

        vir não ver

    ver não vir

                ver navios

HAROLDO DE CAMPOS,

«Fome de forma»

De edades y tiempos

Continuación

EL SENTIMIENTO de la poesía en la infancia: me gustaría saber más, pero temo caer en las extrapolaciones a la inversa, recordar obligadamente desde el hic et nunc que deforma casi siempre el pasado (Proust incluido, mal que les pese a los ingenuos).

Hay cosas que vuelven a ráfagas, que alcanzan a reproducir durante un segundo las vivencias profundas, acríticas del niño: sentirme a cuatro patas bajo las plantaciones de tomates o de maíz del jardín de Banfield, rey de mi reino, mirando los insectos sin intermediarios entomológicos, oliendo como me es imposible oler hoy la tierra mojada, las hojas, las flores. Si de esa revivencia paso a las lecturas, veo sobre todo las páginas de El tesoro de la juventud (dividido en secciones, y entre ellas El libro de la poesía que abarcaba un enorme espectro desde la Antigüedad hasta el modernismo). Mezcla inseparable, Olegario Andrade, Longfellow, Milton, Gaspar Núñez de Arce, Edgar Allan Poe, Sully Prudhomme, Victor Hugo, Rubén Darío, Lamartine, Bécquer, José María de Heredia… Una sola cosa segura: la preferencia —forzada por la del antólogo— por la poesía rimada y ritmada, tempranísimo descubrimiento del soneto, de las décimas, de las octavas reales. Y una facilidad inquietante (no para mí, para mi madre que imaginaba plagios disimulados) a la hora de escribir poemas perfectamente medidos y de impecables rimas, por lo demás signifying nothing más allá de la cursilería romántica de un niño frente a amores imaginarios y cumpleaños de tías o de maestras.

Otra ráfaga: recuerdo haber amado un eco interno en una elegía escrita después de la lectura de El cuervo, sin sospechar que eso se llamaba aliteración:

¡Pobre poeta, desdichado Poe!

Y un final de soneto, escrito después de haber visto Buenos Aires de noche, desde el balcón de un décimo piso:

Y la ciudad parece así, dormida,

Una pradera nocturnal, florida

Por un millón de blancas margaritas.

Bonito ¿no? Nocturnal… el pibe ya no le tenía miedo a las palabras, aunque todavía no supiera qué hacer con ellas.

Un buen programa

Poeta

Antipoeta

Culto

Anticulto

Animal metafísico cargado de congojas

Animal espontáneo sangrando sus problemas

VICENTE HUIDOBRO, Altazor

Policronías

Es increíble pensar que hace doce años

cumplí cincuenta, nada menos.

¿Cómo podía ser tan viejo

hace doce años?

Ya pronto serán trece desde el día

en que cumplí cincuenta. No parece

posible.

El cielo es más y más azul,

y vos más y más linda.

¿No son acaso pruebas

de que algo anda estropeado en los relojes?

El tabaco y el whisky se pasean

por mi cuarto, les gusta

estar conmigo. Sin embargo

es increíble pensar que hace doce años

cumplí dos veces veinticinco.

Cuando tu mano viaja por mi pelo

sé que busca las canas, vagamente

asombrada. Hay diez o doce,

tendrás un premio si las encontrás.

Voy a empezar a leer todos los clásicos

que me perdí de viejo. Hay que apurarse,

esto no te lo dan de arriba, falta poco

para cumplir trece años desde

que cumplí los cincuenta.

A los catorce pienso

que voy a tener miedo,

catorce es una cifra

que no me gusta nada

para decirte la verdad.

Nairobi, 1976

Ándele

1

Como una carretilla de pedruscos

cayéndole en la espalda, vomitándole

su peso insoportable,

así le cae el tiempo a cada despertar.

Se quedó atrás, seguro, ya no puede

equiparar las cosas y los días,

cuando consigue contestar las cartas

y alarga el brazo hacia ese libro o ese disco,

            suena el teléfono: a las nueve esta noche,

            llegaron compañeros con noticias,

            tenés que estar sin falta, viejo,

o es Claudine que reclama su salida o su almohada,

o Roberto con depre, hay que ayudarlo,

o simplemente las camisas sucias

amontonándose en la bañadera

como los diarios, las revistas, y ese

            ensayo de Foucault, y la novela

            de Erica Jong y esos poemas

de Sigifredo sin hablar de mil

trescientos grosso modo libros discos y películas,

más el deseo subrepticio de releer Tristram Shandy,

Zama, La vida breve, el Quijote, Sandokán,

                        y escuchar otra vez todo Mahler o Delius

                        todo Chopin todo Alban Berg,

                        y en la cinemateca Metrópolis, King Kong,

                        La barquera María, La edad de oro —Carajo,

la carretilla de la vida

con carga para cinco décadas, con sed

de viñedos enteros, con amores

que inevitablemente superponen

tres, cinco, siete mundos

que debieran latir consecutivos

y en cambio se combaten simultáneos

en lo que llaman poligamia y que tan sólo

es el miedo a perder tantas ventanas

sobre tantos paisajes, la esperanza

de un horizonte entero—

2

Hablo de mí, cualquiera se da cuenta,

pero ya llevo tiempo (siempre tiempo)

sabiendo que en el mí estás vos también,

y entonces:

No nos alcanza el tiempo,

o nosotros a él,

nos quedamos atrás por correr demasiado,

ya no nos basta el día

para vivir apenas media hora.

3

El futuro se escinde, maquiavelo:

el más lejano tiene un nombre, muerte,

y el otro, el inmediato, carretilla.

¿Cómo puede vivirse en un presente

apedreado de lejos? No te queda

más que fingir capacidad de aguante:

agenda hora por hora, la memoria

almacenando en marzo los pagarés de junio,

la conferencia prometida,

el viaje a Costa Rica, la planilla de impuestos,

Laura que llega el doce,

      un hotel para Ernesto,

          no olvidarse de ver al oftalmólogo,

              se acabó el detergente,

                  habrá que reunirse

                      con los que llegan fugitivos

                          de Uruguay y Argentina,

darle una mano a esa chiquita

      que no conoce a nadie en Amsterdam,

          buscarle algún laburo a Pedro Sáenz,

              escucharle su historia a Paula Flores

                  que necesita repetir y repetir

                      cómo acabaron con su hijo en Santa Fe.

Así se te va el hoy

en nombre de mañana o de pasado,

así perdés el centro

en una despiadada excentración

a veces útil, claro,

útil para algún otro, y está bien.

Pero vos, de este lado de tu tiempo,

¿cómo vivís, poeta?,

¿cuánta nafta te queda para el viaje

que querías tan lleno de gaviotas?

4

No se me queje, amigo,

las cosas son así y no hay vuelta.

Métale a este poema tan prosaico

que unos comprenderán y otros tu abuela,

dese al menos el gusto

de la sinceridad y al mismo tiempo

conteste esa llamada, sí, de acuerdo,

el jueves a las cuatro,

de acuerdo, amigo Ariel,

hay que hacer algo por los refugiados.

5

Pero pasa que el tipo es un poeta

y un cronopio a sus horas,

que a cada vuelta de la esquina

le salta encima el tigre azul,

un nuevo laberinto que reclama

ser relato o novela o viaje a Islandia

(ha de ser tan translúcida la alborada en Islandia,

se dice el pobre punto en un café de barrio).

Le debe cartas necesarias a Ana Svensson,

le debe un cuarto de hora a Eduardo, y un paseo

a Cristina, como el otro

murió debiéndole a Esculapio un gallo,

como Chénier en la guillotina,

tanta vida esperándolo, y el tiempo

de un triángulo de fierro solamente

y ya la nada. Así, el absurdo

de que el deseo se adelante

sin que puedas seguirlo, pies de plomo,

la recurrente pesadilla diurna

del que quiere avanzar y lo detiene

el pegajoso cazamoscas del deber,

la rémora del diario

con las noticias de Santiago mar de sangre,

con la muerte de Paco en la Argentina,

con la muerte de Orlando, con la muerte

y la necesidad de denunciar la muerte

cuando es la sucia negación, cuando se llama

Pinochet y López Rega y Henry Kissinger.

(Escribiremos otro día el poema,

vayamos ahora a la reunión, juntemos unos pesos,

llegaron compañeros con noticias,

tenés que estar sin falta, viejo).

6

Vendrán y te dirán (ya mismo, en esta página)

sucio individualista,

tu obligación es darte sin protestas,

escribir para el hoy para el mañana

sin nostalgias de Chaucer o Rig Veda,

sin darle tiempo a Raymond Chandler o Duke Ellington,

basta de babosadas de pequeñoburgués,

hay que luchar contra la alienación ya mismo,

dejate de pavadas,

elegí entre el trabajo partidario

o cantarle a Gardel.

7

Dirás, ya sé, que es lamentarse al cuete

y tendrás la razón más objetiva.

Pero no es para vos que escribo este prosema,

lo hago pensando en el que arrima el hombro

mientras se acuerda de Rubén Darío

o silba un blues de Big Bill Broonzy.

Así era Roque Dalton, que ojalá

me mirara escribir por sobre el hombro

con su sonrisa pajarera,

sus gestos de cachorro, la segura

bella inseguridad del que ha elegido

guardar la fuerza para la ternura

y tiernamente gobernar su fuerza.

Así era el Che con sus poemas de bolsillo,

su Jack London llenándole el vivac

de buscadores de oro y esquimales,

y eran también así

los muchachos nocturnos que en La Habana

me pidieron hablar, Marcia Leiseca

llevándome en la sombra hasta un balcón

donde dos o tres manos apretaron la mía

y bocas invisibles me dijeron amigo,

cuando allá donde estamos nos dan tregua,

nos hacen bien tus cuentos de cronopios,

nomás queríamos decírtelo, hasta pronto—

8

Esto va derivando hacia otra cosa,

es tiempo de ajustarse el cinturón:

zona de turbulencia.

Nairobi, 1976

A ver ustedes, con la mano en el corazón

díganme, digan si no es hora que

nos juguemos la piel a cara o ceca

para que el pueblo saque la sortija,

antes que suenen las sirenas y el

caballo ciego empiece de nuevo.

JULIO HUASI,
Increíble de la suerte