En el año 2005, Galaxia Gutenberg publicó el tomo IV de las Obras completas de Julio Cortázar con toda la poesía del autor que hasta entonces se había podido recopilar. La edición corrió a cargo de Saúl Yurkievich con la colaboración de Gladis Anchieri, prólogo de Rosalba Campra y la compilación y las notas de los poemas dispersos de Daniel Mesa Gancedo. Recientemente, el profesor Jesús Rubio Jiménez, al estudiar el Fondo Daniel Devoto y María Beatriz del Valle-Inclán depositado en la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid, descubrió una serie de poemas inéditos que venían a completar la exhaustiva compilación realizada en su día por Saúl Yurkievich y sus colaboradores.
La presente edición, meramente divulgativa, pretende reunir en un solo volumen la totalidad de la valiosa y aún poco conocida poesía de Julio Cortázar, pero prescindiendo de notas y variantes. Para ello, hemos incluido todos los poemas del tomo IV de las Obras completas, descartando el libro en prosa Imagen de John Keats e incluyendo los inéditos encontrados por Rubio Jiménez. Los poemas que en la edición de Yurkievich se agrupaban bajo el epígrafe «Poemas inéditos» pasan a denominarse aquí «Otros poemas», por razones obvias. Por «Poemas inéditos» nos referimos ahora sólo, en consecuencia, a los de Rubio Jiménez.
En la sección de inéditos, se incluye primero un libro íntegro, Fábula de la muerte, escrito en 1941 y firmado con el pseudónimo de Julio Denis. Cortázar lo escribió bajo la impresión de la muerte de su amigo Alfredo Enrique Mariscal, y de él sólo se tenían hasta ahora vagas referencias. Luego, de los poemas descubiertos por Rubio Jiménez, incluimos tan sólo aquellos que se han considerado estrictamente inéditos y descartamos todos los que ya aparecían, con ligeras variantes, en el tomo IV de la Obra completa y que por tanto están incluidos también en esta edición. Hay dos poemas, «Un día como un viento» y «Daniel poeta», que se encontraron en dos versiones con ligeras variaciones y que nosotros reproducimos tan sólo en la primera, por parecer la más acabada.
El lector tiene pues en las manos la compilación más completa que se ha podido hacer hasta la fecha de la poesía de un escritor que ya en 1969 se consideraba «un viejo poeta» —Cortázar firmó su primer poemario en 1971—, aunque hasta entonces hubiera llevado en secreto esa otra faceta de su imaginación que ilumina como un fuego oculto la riqueza de sus conocidas ficciones.
ANDREU JAUME
Ala de estela lúcida, en la albura
libre de los levantes policromos,
salina, dilatada por los lomos
de las olas que exaltan la llanura
letárgica del agua. Luz, criatura
latente de aleluyas; eso somos,
libres bajo las carnes, en asomos
de lírica, de ilímite, de altura.
Lampo en la luna, el reflejar del ala
que levanta consigo epifanías
en salmodia sin líneas y sin lenguas;
límpida de cristal, la voz que exhala
loores de su aliento, en melodías
sin sollozos, sin lazos y sin menguas.
Para aquellas tardes en que el horizonte tiene un color mallarmé.
Todo, en consigna de alentada espera
describe aureola y nimbo de premura
iluminando frente de blancura
poética, estival, pensada afuera.
Decir de este brillar de enredadera
que ha vestido la antigua vestidura,
¡ay, la tarde es tan breve!
Y la escultura
mueve una mano aquí y otra en la hoguera.
Incendio cristalino, cuando el lago
rompe espejos al paso de sus aves
ansiosas de horizonte denegado,
y el lago ya no es lago sino halago
de plumas despedidas en las naves
que van a preludiar el viaje alado.
Para los días baudelerianos.
Descúbreme el contorno que, escondido
espera tras las luces del diamante,
en la equívoca risa de mi amante
y en el colapso del amor bebido.
Dame, Vivir, la fiebre del herido
que rompe sus sollozos en bramante,
para extraer un ritmo agonizante
y hacerlo seminario de latido.
Quiebra mis huesos y húndeme en las heces
donde dice el gusano su misterio
y esboza su nacer la sementera;
quiero saber, Enigma, por qué creces,
quiero ser, en mí mismo, el cementerio
donde se pudra Dios, cuando me muera.
Ala de estela lúcida, en la albura
libre de los levantes policromos,
salina, dilatada por los lomos
que prolongan en juego la llanura.
Ilírica, en asomos de tersura
que abren canción de dólmenes y domos
y que trizan el día en los aromos
donde sueña la grávida criatura.
¡Música, y la medida columbrada
por detrás de los días y el espanto,
por encima de Dios y del destino;
canción cantada y libre, ¡oh, saludada
deidad de rubio peplo!, ¡puro canto
de amaranto y marfil y luz y lino!
De tanto soportar nuestras canciones
sacrificas arrugas al dios Cronos,
y usas la gama pálida de tonos
que aureola luto en las inhumaciones.
Luna, luna dormida en sus telones,
¡cómo te hastían estos blancos monos
con sus versos de vacuos semitonos
y con sus falsas improvisaciones!
Candileja senil del paraíso,
es preciso encontrar el canto liso
que te diga sin ruido nuestra pena
y que, tras de alcanzarte con su acento,
eleve la caricia del lamento
hasta el espejo de tu cara llena.
Es, incierta y sutil, tras de la tela
donde un hilo de voz teje motivo,
y no es, si en el oído sensitivo
encuentra sombra impar, no encuentra vela.
Que está fuera del molde y de la escuela
en un regocijarse de nativo
—libertar de eslabones y cautivo
sonido— que una selva hurtada anhela.
Bébeme, noche negra de los cantos
con tu boca de cobre y aluminio
y hazme trizas en todos tus refranes;
yo quiero ser, contigo, uno de tantos
entregado a una música de minio
y a la liturgia ronca de tus manes.
I have been here before.
But when or how I cannot tell—
ROSSETTI
Tiniebla mansa con aceite vivo,
pero no quiero ya niebla y sudario
frío de tiempo, ¡espera en el santuario
mata y desata! enigma de cautivo.
Sombra sin señas, de definitivo
columpiarse en su nada, en su ser vario,
transmigro sin azares, funerario
avatar, no soñar, peligro esquivo.
Fantasma de maderas —en sonidos
sin aviso de luz, en el recuerdo
de una lectura, de atisbar y verme—,
paso con mi blancura, en alaridos
de perro loco, y toco, cuando muerdo
la sombra, mi castigo de saberme.
Las esferas, sin rumbo decidido
trazan, música grave, longitudes
teñidas por el siempre recorrido
panorama de nada, multitudes
de espacio y de atención. Ah, se ha perdido
la línea original de latitudes
imperiosas, brotada del tendido
dedo puesto a ordenar las actitudes.
¡Se ha perdido, dolor, y el torbellino
cunde en dislocación contemporánea!
Mira y se hunde, solícito, el Destino,
pero hay un desecharlo, en la instantánea
rebelión de los astros. Armonías
rotas en un gritar de autonomías.
Cenizas de aleluya por los suelos,
badajos fulminados, ¡ay, callados,
locos de nada!, dedos resignados
a no alcanzar ya el pez con sus anzuelos.
Velos de amianto, espanto, ciegos cielos,
cantados himnos ya no más cantados,
amados rostros ya no más amados,
y sobre el fuego de la fe, los hielos.
Madre, tus ojos doblan cráter de granada,
tu lengua dice plomo, dice cobre,
tu carne, geografía de temores;
cansada Tierra —nunca fatigada
para negar su faz de agua salobre—
quemada de su fuego, sus dolores.
Seguir de flecha rápida la estrecha
dedicación al blanco destinado.
Ver el astil que luego de emplumado
se figura ser ave a más de flecha
y sufre horizontal, donde no echa
peso de garra sobre el descuidado,
y sujeta pasión en el fijado
volar por ojo y por mano derecha.
¡Oh, Pándaro!, no sabes los destinos
que da tu arquear, los vuelos no pensados
de plumas fenecidas, de campanas;
en el aire hay un mundo de caminos
sin esquinas ni señas, traspasados
por los hoy que se van a los mañanas.
Un cisne de aluminio, perseguido
de sombras, claroscuro en el poniente,
mancha abierta en el círculo, y el diente
de la noche en su estar anochecido.
Bebido el vino, el lino, comprendido
el nunca comprender de lo presente,
yo me tiendo en la nada de mi mente
y sin estar dormido voy dormido.
Canta la voz isócrona del hierro
dirigida por ritmos paralelos
y abren su flor, por mí, ventiladores;
quisiera ser la nada, ser un perro,
ser la langosta hartándose de cielos,
y el silbato, quemando ruiseñores.
Por la abierta ventana, amanecido,
cae sobre mis ojos deslumbrados
y corta con su luz los despoblados
países de la noche que ha vencido.
Sentido su color, su definido
ser, su espuma de verdes, sus dorados
escudos, y los mudos arbolados
que alzan dique de sombras a lo huido.
La visión se destroza en mil visiones
sin otra fijación que los ardidos
latidos de un cordial entendimiento;
campo nuestro, lamento, proporciones
de Dios, espacios suyos adheridos
al hondo palpitar de este momento.
Tanta la sed, que el agua hubiera sido
sucedáneo de Dios en ese instante.
Tanto el dolor como el clamor quemante
a cada descender del pecho herido.
Y el corazón latiendo, con latido
tenaz y mantenido y delirante,
reloj trizando un tiempo agonizante,
matando en más vivir lo Prometido.
Jesús alzó los ojos hasta el cielo
y halló tan sólo un resplandor de hielo
tras del cual se escondía indiferencia;
y comprendió el porqué de ese latido
prolongado en el ansia del gemido,
y comprendió el porqué de su Presencia.
Silencio de la siesta, adormecido
por un sol falso, que se acuesta en linos,
mientras el verdinegro de mis trinos
preludia un lamentar de anochecido.
Viene, con agua y rosas, que he pedido
para borrar la sed de estos caminos,
pájaros, letras, filos, bizantinos
empujándose aquí, no, ya vencido.
Silencio del soñar tras la lectura,
con la guardia de un alto centinela
y el redoble lejano de la tarde;
no triste, pero triste, criatura
de sombras, trasplantado a extraña vela,
enfermo en mi saber de ser cobarde.
J’en mourrais sans la mort
qui veut m’avoir vivant.
JEAN COCTEAU
Quitadme de las manos el tesoro
—porque en vano atesoro— de mis flores.
Quitad colores, luz, velas, amores;
quitadme cuanto tengo y cuanto añoro.
Quitadme el corazón, puesto que ignoro
si es esto un corazón —haz de dolores
ardidos en la cal de los ardores—
o suplicio de agujas que devoro.
Quitadme el rostro, el pelo, las pestañas,
quitadme a Dios, el cielo, la poesía,
quitadme todo en una sola herida;
yo os digo que no temo vuestras sañas
porque esto que llamáis la vida mía
es mi muerte fingiéndose mi vida.
[…]
aquel ruiseñor llora, que sospecho
que tiene otros cien mil dentro del pecho
que alternan su dolor por su garganta.
[…]
GÓNGORA
Ni cifra ni conjuro para verte
—oscuro sol no se descifra, genio
ni lis de flor confiada— en un milenio
sin el amor que ayuda a conocerte.
No senda en el azar de comprenderte
—comprenderte, quererte— ni el ingenio
de disecar al Flechador y al Genio
para alcanzar tu luz, para aprehenderte.
Entrega a ti, por ti ser y nutrirse
—gracia, color, disfrázanse en la pluma—;
cante espuma de tiempos el encanto
milagroso de un irse que es venirse
—morir, vivir, ensueños en la Suma—
y el milagro presente de tu canto.
Porque no valen verbos, es que digo
mi sorpresa acendrada en relectura,
y busco definirte en la figura
que detrás de las cosas es testigo.
Caballo de las noches, yo no sigo
tu galopar tendido en la llanura
donde vela la arcaica criatura
que está contigo y que no está conmigo.
No sigo, pero escucho la revuelta
de tus dogos teñidos en locura
vertical de una génesis simbioica;
que tu mundo es un mundo dado vuelta
donde pasan las sombras en oscura
condensación de cacería heroica.
Estos nueve sonetos te están dedicados,
Eduardo A. Jonquières
Se precisa tener —en esta herida
torturada de lágrima candente—
eje donde girar, razón viviente
que justifique estar, consciente, en vida.
No vida de árbol que despierta, ardida
por las solas urgencias del presente.
No vida de animal, ida al oriente
común a la manada y la guarida.
Se precisa tener, como yo tengo,
el eje directriz de una presencia
inamovible en el cordial concierto;
nombres —amigo, ideal, mujer— de luengo
resonar en el alma, siendo esencia
tan sólo de uno, vivo, y de uno, muerto.
Tan inútil buscar imagen pura
de tu luz, como ansiarte en mi camino
vigilando el paisaje vespertino
que es réplica ideal de tu figura.
Tan inútil. Estás, alta criatura,
en la rosa, en la alondra, en el molino.
Donde miro tú estás, sello divino
privilegiando cúspide y llanura.
No tengo ya paisajes del pasado
sólo míos. Te agregas a mis ojos
para volcar en ellos tus celajes.
Ausente de mis manos, transmutado
en la belleza de oros y de rojos
y en la gracia sutil de los paisajes.
Tan inútil buscar sonido ausente
de tu voz. Hoy viniste en un Ravel,
y estás ahora en el violín de aquel
que dialoga con Bach un hilo huyente.
Ayer te conocí, tras el relente
de la guitarra huésped del burdel.
Latigazo, saber que estabas, fiel,
reproche, exasperante, hiel caliente.
Si se caen los pétalos, asomas
para decir tu voz. Y si levanta
plumas la brisa malva de la tarde
te ciñes a su talle, le haces bromas,
vienes a mi ventana… ¡Canta, canta,
hazte música viva, y luego arde…!
Fondo de historia reza la cubierta
que me entregan. ¡Señor, yo no he pedido
tanto de su bondad! (Temor ardido:
el de que esta corriente acabe yerta
y que su letra alada yazca, muerta,
donde late el trasmundo no nacido).
¡Yo no he pedido, Dios, el bendecido
pan de una carta suya! Miga cierta
detrás de la corteza que ahora hienden
dedos de sed. Ascienden panoramas
—un cielo suyo y unas tierras suyas
por su bondad cedidos— que trascienden
mis pobres panoramas.
—Hoy me llamas.
¿Habrá quizá un mañana en que me huyas?
Afán incontenido de decirte
cuánto y por qué, en silencio, me desplazo
en tu luz, y amo el llanto que te trazo
—yo canto y allí tú, en un sonreírte
burlón, y en un mirar y un encubrirte
mordaz—.
Cazo por ti con triple lazo.
Pasión, angustia y fe. Por ti yo cazo.
Herirte, amor, flor mustia, amor, hundirte.
Allí tú, siempre allí. Todas las fuentes
golpeando las compuertas de tu risa.
¡Ah, mis ríos secándose en la espera!
Riendo —siempre allí— manos ausentes,
muertas de carne, pero allí, sonrisa
de diez bocas burlonas, calavera.
Que mis palabras vienen, desprendidas
de sentido —fatal, ese sentido
que es castigo mortal—. He decidido
que mis palabras tengan llaves idas.
Puedo cantar las gemas elegidas
y decirle, al diamante, lirio herido;
puedo alzar un anzuelo, convencido
—why not?— que en su meñique están las vidas
de la nube que ilustra un sentimiento,
del pájaro, a quien llamo esta mañana
ventilador, o cáliz, o postigo,
y de todas las cosas que un momento
sublimado de antojo espeja vana
travesura de nombres que persigo.
Acudes —limpidez de lejanía—
dándote en mí bajo blasón de llanto,
y arropas hiel de sufrimiento, en manto
pálido de distancia y agonía.
Fría la rosa blanca de este día,
muerta la melodía de este canto;
yo soy solo y tú estás con el espanto
de no ser, siendo tanto en mi sangría.
Recuerdo intransmutable —líneas puras
de vacío, ilusión en el paisaje
y daga en el filtrar de las arenas—
estás en mí, relámpago en oscuras
nubes, sangre letal, bajo el encaje
de todo mi valor, bajo mis penas.
Yo te pido, Señor, que esta existencia
vista su faz de nieve no posada.
Quiero verlo hecho luz —ya deslumbrada
en su afán de alumbrar— alba de esencia
singular. Que no sea su presencia
un número en la cifra inacabada.
Dale una voz, Señor; no le des nada
sino voz para alzar toda su ciencia.
Yo te pido un latido del futuro
en que el mundo comprenda que ha tenido
fragmentos de su Dios en un poeta;
dale voz y valor frente a lo oscuro;
luego, déjalo solo, que ha nacido
para surcar el viaje hecho saeta.
Hay acordes. Lo sé. Me lo has probado
viniendo con tu corte de armonías.
Pasado turbio, el mío, yo hice mías
lecciones de tu ser, transfigurado,
deshecho, trascendido, transformado
por la luz, el amor, las melodías.
Hay acordes. Lo sé. Tuyos los días
que me enseñaron cuanto hay de Elevado.
Aprendí la liturgia del ocaso,
supe de la poesía y de la magia,
descubrí los idiomas de las cosas.
Devuelvo ínfima parte, en este vaso
que destila mi vino, que presagia
tu destino de cimas y de rosas.
Lloré en la flauta penas y sentí de improviso que el mundo era tan sólo una música viva.
ARTURO MARASSO
Doblan ritos nocturnos, a la espera
de la espada naranja —derramada
sin fin, adelfa sobre carne alada—
y juegan lirios a la primavera.
Niegan —niégate tú— cisnes de cera
la caricia rendida por la espada;
ellos van —vete tú— norte a la nada
nadando espuma hasta que el sol se muera.
Muro de planos únicos se crea.
¡El disco, el disco! ¡Míralo, Jacinto,
piensa cómo por ti abatió su altura!
Música de las nubes, melopea
puesta a formar para su vuelo el plinto
que ha de ser vespertina sepultura.
¡Rey! ¡Albípena luz, plectro candente,
satisfacción azul, por mí y por todo!
¡Brinca, canción, al dionisíaco modo
y hazte un nudo de llamas en su frente!
(¿Siente el tallo lo que esta mano siente,
y es mi modo de ver modo del lodo?
¿Sabe la flor que entre ella y yo hay un nodo
donde su esencia es mía, y suyo mi ente?).
¡No, que todo sea risa, pitonisa
la selva y agorera la corneja,
y que la voz del Rey derrame su oro!
¡Himno, canción de luz, lanza mi risa
con la infantil partida de la teja
que aleja duelo en su girar sonoro!
Mi calor se ha perdido en el calor
que el mundo leve y la caricia breve
derraman en mis manos con la leve
vibración que es la lengua de la flor.
Comprendo nieve, azules, y el hervor
de los rayos batiéndose en la nieve;
nada se mueve aquí, y todo se mueve
en la teoría ardiente del color.
Vegetación de tiempo, mis diez dedos
yéndose a las hermanas, a besarlas
—pétalo ajado, sí, beso de muerte—;
¡horror quemado, besos míos ledos,
cuanto más quieren ellos adorarlas
más pronto su ala se les torna inerte!
Fábula ilimitada, donde avanza
barca de nieve, de clarín, de llanto,
donde el canto litúrgico es encanto
que abre lirios de sueño, de esperanza.
¡Lago! Fecundo endriago de mudanza
antaño de poetas, cuyo manto
era alfombra tendida para un canto
taraceado de amor, de cruz, de lanza.
Aguas siempre parejas, nada os muda
mientras zumba el zumbel, mientras voltea
el capricho fugaz de nuestra esencia;
lago de ciencia, nicho, estela ruda
de pluma rompe hielos, cabrillea…
Es siempre virgen, alta, tu paciencia.
Soledad, terciopelo de esta gruta
que es musgo y caracol y adormidera,
cansancio de una siesta primavera,
nostalgia prematura de la ruta.
¡Voces! ¡Escucha! Pez de bajo enluta
y alta soprano asciende por la esfera,
mientras violín de hierba y luz de cera
por monedas de sol llanto permuta.
Me quedaré —acompáñame— callado,
oyendo este concierto derramado
sobre plateas de alga y de amaranto.
¡Voces en esta tarde equivocada,
en que alarde de sueño y paz de almohada
han abierto los pórticos del canto!
Láminas de cristal, tu voz ceñida
por el miedo al silencio, al infinito…
—Pastor, amor, detente cabe el grito
de infinito en tu frente desceñida.
Partida la ilusión de una partida,
¿qué infinito no ya canción de mito?
¿Qué amor —aún nuestro amor— no es fiero rito
que alisará de espuma a la homicida?
—Pastora, mi canción no tiene dueño,
mi amor llega hasta ti con la impetuosa
concisión de la flecha que perdura…
—Tu amor, manso juguete de alto sueño
que deshojan los dedos de la diosa
con un tibio limar de sepultura…
Silencio. Te lo pide la escondida
premura del que sabe, del que espera.
¿Acaso el sol no va, por vez primera
a sumergir su faz no más ardida?
Todo morir es nuevo, toda herida
desigual a la antigua, a la postrera.
Puede que alguna vez el sol no muera,
que lo canse su muerte repetida…
¡Y entonces gritarás! ¡Ah, calcinado,
sin carrera, sin sombra, que te huye,
luz, sólo luz, la luz, incandescente!
Mas no temas. Despídelo, callado,
piensa su ausencia, que ahora sustituye
sonrisa de una estrella adolescente.
Cuando el espejo se abra en aleluyas
y se vistan con árboles los mares,
cuando cantares viejos no cantares
porque jóvenes ya, quizá los huyas;
cuando suyas las cosas que eran tuyas
y vuelto el mundo en furia de talares,
lo negro blanco, Apolo en vez de Ares,
arguyas bueno y luego malo arguyas.
Cuando polo en hervor, trópico helado,
mi mano un alfiler, tu mano un beso,
perro la luna, manantial el muro,
puede que allí, tal vez, parapetado
detrás de los contrarios, halles eso
que llamas hoy anhelo de ser puro.
¿Por qué, alma mía, ardía tu pestaña
en la lucha sin par del imposible?
Yo te pregunto el tópico increíble
que te llevó a la tela de la araña.
Tela que cela rapto y luego saña,
fuego de inverosímil luz visible
y tú, mi pobre vida, inconmovible
en una indagación de pura hazaña.
¿Por qué, por qué buscar, si nada existe
que no tenga los sellos de lo vano
y la triple coraza de lo esquivo;
por qué, alma mía, erraste dulce y triste,
queriendo hacer humano lo inhumano,
queriendo ver la vida en lo no vivo?
La leyenda lo dice: amanecía
sobre la tierra espesa de ambiciones,
y un horizonte de constelaciones
con la sola Belleza sonreía.
Misterio de creación: atardecía
sobre una tierra viuda de oraciones,
y la tetralogía de estaciones
lloraba la Belleza, comprendía.
De un ritmo principiante los azares
hubieron de sumirla en el vivero
de donde brotan árboles humanos;
hoy, los que en ella nacen, los impares,
alzan las manos por sobre el sendero
donde el triste hormiguero hunde las manos.
Que no busque el instante indefinido
donde se opera la fusión ansiada
si carece de aliento, y del bebido
filtro que sella esencia separada.
Concluido en la nada, constreñido
a ceder cercanía conquistada,
más valdría una huella en el teñido
por ilusiones mar, huella no arada.
Que para erguirse en el crisol donde arde
la pureza precisa de los versos
y la llama inefable de su infierno
es menester haber velado tarde,
descubierto sin luz los universos,
alzado voces sabias a lo eterno.
No te vale mirar vastos calveros
donde quema la luna sus cendales,
ni aprender taumaturgia de cristales
en un amanecer de campaneros.
Siempre queda algo más, que en agujeros
de sombra se te pierde, ay, en vitrales
de las en sí tan claras catedrales,
de los en sí tan blancos reverberos.
Siempre queda algo más, y no te vale
alzar jaculatorias del ingenio
a todo aquello que se queda afuera;
nace de sí, tan sólo de sí sale
y está en ti mismo o no lo está, ese genio
que habrá de transmutar tu vida entera.
En un principio cabe el desconcierto
si detrás de la sombra no hay fanales
y al nacer siguen sombras vesperales
y al lado del desierto hay más desierto.
Cabe el asombro, sí, porque el concierto
del alma y la ambición pide canales
donde volcar anhelo de ideales
que busca la Belleza a cielo abierto.
¡Muerto, ah, sí, muerto!, inanimado y yerto
el gesto de crear las catedrales,
el ritmo de las olas junto al puerto;
y ya no es cierto aquello que era cierto,
y entra la noche por los ventanales
abiertos al dominio de lo incierto.
Pero aún no está todo examinado:
déjame ver tu sombra, por si riela
luz misteriosa que en la sombra vela
esperando el mirar desembozado.
Cansado, sí, mas con valor cansado
—buscar, buscar la trascendida estela,
buscar la rosa, buzo, centinela;
quizá está allí la luz, trasluz, traslado…—.
Búscala, está. No todas son tinieblas
en el cristal teñido de tus nieblas,
y quizá fuegos hay donde mirarnos;
busca, te ruego, el fuego, con las manos
del dolor y el amor, que son hermanos
en la lustral tarea de guiarnos.
Por encima, debajo, imaginada
de luces, torbellino inconcebible
—pronto el abismo mismo de lo horrible,
pronto la helada luz de la alborada—.
Cansada de reptar, volar, doblada
por el visible ser de lo tangible,
perder, hallar, perder, ¡oh, tu increíble
afán de los fanales en la nada!
Vuélvete, con tus aguas, vuelve entera
de angustia, a adormilarte en mi morada
puesta a labrar la piedra del destino;
vuélvete, palidez, antes que muera
tu viudo corazón, tu inacabada
fiebre de equivocarte de camino.
Sangre, sangre morada, sangre fría,
cómo sangra mi sangre, y cómo duele
saber que en vano vela aquel que vele
detrás de una falaz sabiduría.
Sangre, sangre de noche, de porfía,
sangre de estupro, de pasión —anhele
menos, aquel que pise y desnivele
mi sombra— sangre de la sangre mía.
Te lloro en ríos de abortada espuma,
te lloro en selvas de inefables hieles,
te lloro en cintas de siete colores;
¡amor, amor, candor de esta mi pluma,
plenilunios de sangre, andariveles
por donde siguen ruta mis errores!
Vuelve el rostro y verás la prefigura
que el sol te arranca y clava en el sendero
para hacerte entender que eres un mero
cuerpo de cieno opaco y de espesura.
Vuelca la mano lívida, que augura
destino de abismado prisionero,
y aprende, ¡aprende al fin!, que el carcelero
de la celda es tu misma criatura.
No busques el avión, no el telescopio,
no te inclines en campo de azulejos,
no rompas la palabra en tristes rimas;
acopio de tu ciencia, vil acopio
mientras flote una nube en los espejos,
mientras la voz de Dios cimbre las cimas.
Bolívar, 1937/1938
Discurso del no método, método del no discurso, y así vamos.
Lo mejor: no empezar, arrimarse por donde se pueda. Ninguna cronología, baraja tan mezclada que no vale la pena. Cuando haya fechas al pie, las pondré. O no. Lugares, nombres. O no. De todas maneras vos también decidirás lo que te dé la gana. La vida: hacer dedo, autostop, hitchhiking: se da o no se da, igual los libros que las carreteras.
Ahí viene uno. ¿Nos lleva, nos deja plantados?
Sans doute avait-il la fièvre. Mais peut-être la fièvre permet-elle de voir et d’entendre ce qu’autrement on ne voit et n’entend pas.
MARGUERITE YOURCENAR,
Anna, soror
Ayer he recibido una carta sobremanera.
Dice que «lo peor es la intolerable, la continua». Y es para llorar, porque nos queremos, pero ahora se ve que el amor iba adelante, con las manos gentilmente
para ocultar la hueca suma de nuestros
pronombres.
En un papel demasiado.
En fin, en fin.
Tendré que contestarte, dulcísima penumbra, y decirte: Buenos Aires, cuatro de noviembre de mil novecientos cincuenta. Así es el tiempo, la muesca de la luna presa en los almanaques, cuatro de.
Y se necesitaba tan poco para organizar el día en su justo paso, la flor en su exacto linde, el encuentro en la precisa.
Ahora bien, lo que se necesitaba.
Sigue a la vuelta, como una moneda, una
alfombra, un irse.
(No se culpe a nadie de mi vida).
Tierra de atrás, literalmente.
Todo vino siempre de la noche, background inescapable, madre de mis criaturas diurnas. Mi solo psicoanálisis posible debería cumplirse en la oscuridad, entre las dos y las cuatro de la madrugada —hora impensable para los especialistas. Pero yo sí, yo puedo hacerlo a mediodía y exorcizar a pleno sol los íncubos, de la única manera eficaz: diciéndolos.
Curioso que para decir los íncubos haya tenido que acallarlos a la hora en que vienen al teatro del insomnio. Otras leyes rigen la inmensa casa de aire negro, las fiestas de larvas y empusas, los cómplices de una memoria acorralada por la luz y los reclamos del día y que sólo vuelca sus terciopelos manchados de moho en el escenario de la duermevela. Pasivo, espectador atado a su butaca de sábanas y almohadas, incapaz de toda voluntad de rechazo o de asimilación, de palabra fijadora. Pero después será el día, cámara clara. Después podremos revelar y fijar. No ya lo mismo, pero la fotografía de la escritura es como la fotografía de las cosas: siempre algo diferente para así, a veces, ser lo mismo.
Presencia, ocurrencia de mi mandala en las altas noches desnudas, las noches desolladas, allí donde otras veces conté corderitos o recorrí escaleras de cifras, de múltiplos y décadas y palindromas y acrósticos, huésped involuntario de las noches que se niegan a estar solas. Manos de inevitable rumbo me han hecho entrar en torbellinos de tiempo, de caras, en el baile de muertos y vivos confundiéndose en una misma fiebre fría mientras lacayos invisibles dan paso a nuevas máscaras y guardan las puertas contra el sueño, contra el único enemigo eficaz de la noche triunfante.
Luché, claro, nadie se entrega así sin apelar a las armas del olvido, a estúpidos corderos saltando una valla, a números de cuatro cifras que disminuirán de siete en siete hasta llegar a cero o recomenzarán si la cuenta no es justa. Quizá vencí alguna vez o la noche fue magnánima; casi siempre tuve que abrir los ojos a la ceniza de un amanecer, buscar una bata fría y ver llegar la fatiga anterior a todo esfuerzo, el sabor a pizarra de un día interminable. No sé vivir sin cansancio, sin dormir; no sé por qué la noche odia mi sueño y lo combate, murciélagos afrontados sobre mi cuerpo desnudo. He inventado cientos de recursos mnemotécnicos, las farmacias me conocen demasiado y también el Chivas Regal. Tal vez no merecía mi mandala, tal vez por eso tardó en llegar. No lo busqué jamás, cómo buscar otro vacío en el vacío; no fue parte de mis lúgubres juegos de defensa, vino como vienen los pájaros a una ventana, una noche estuvo ahí y hubo una pausa irónica, un decirme que entre dos figuras de exhumación o nostalgia se interponía una amable construcción geométrica, otro recuerdo por una vez inofensivo, diagrama regresando de viejas lecturas místicas, de grimorios medievales, de un tantrismo de aficionado, de alguna alfombra iniciática vista en los mercados de Jaipur o de Benarés. Cuántas veces rostros limados por el tiempo o habitaciones de una breve felicidad de infancia se habían dado por un instante, reconstruidos en el escenario fosforescente de los ojos cerrados, para ceder paso a cualquier construcción geométrica nacida de esas luces inciertas que giran su verde o su púrpura antes de ceder paso a una nueva invención de esa nada siempre más tangible que la vaga penumbra en la ventana. No lo rechacé como rechazaba tantas caras, tantos cuerpos que me devolvían a la rememoración o a la culpa, a veces a la dicha todavía más penosa en su imposibilidad. Le dejé estar, en la caja morada de mis ojos cerrados lo vi muy cerca, inmóvil en su forma definida, no lo reconocí como reconocía tantas formas del recuerdo, tantos recuerdos de formas, no hice nada por alejarlo con un brusco aletazo de los párpados, un giro en la cama buscando una región más fresca de la almohada. Lo dejé estar aunque hubiera podido destruirlo, lo miré como no miraba las otras criaturas de la noche, le di acaso una sustancia primera, una urdimbre diferente o creí darle lo que ya tenía; algo indecible lo tendió ante mí como una fábrica diferente, un hijo de mi enemiga y a la vez mío, un telón musgoso entre las fiestas sepulcrales y su recurrente testigo.
Desde esa noche mi mandala acude a mi llamado apenas se encienden las primeras luces de la farándula, y aunque el sueño no venga con él y su presencia dure un tiempo que no sabría medir, detrás queda la noche desnuda y rabiosa mordiendo en esa tela invulnerable, luchando por rasgarla y poner de este lado los primeros visitantes, los previsibles y por eso más horribles secuencias de la dicha muerta, de un árbol en flor en el atardecer de un verano argentino, de la sonrisa de una mujer que vive una vida ya para siempre vedada a mi ternura, de un muerto que jugó conmigo sus últimos juegos de cartas sobre una sábana de hospital.
Mi mandala es eso, un simplísimo mandala que nace acaso de una combinación imaginaria de elementos, tiene la forma ovalada del recinto de mis ojos cerrados, lo cubre sin dejar espacios, en un primer plano vertical que reposa mi visión. Ni siquiera su fondo se distingue del color entre morado y púrpura que fue siempre el color del insomnio, el teatro de los desentierros y las autopsias de la memoria; se lo diría de un terciopelo mate en el que se inscriben dos triángulos entrecruzados como en tanto pentáculo de hechicería. En el rombo que define la oposición de sus líneas anaranjadas hay un ojo que me mira sin mirarme, nunca he tenido que devolverle la mirada aunque su pupila esté clavada en mí; un ojo como el Udyat de los egipcios, el iris intensamente verde y la pupila blanca como yeso, sin pestañas ni párpados, perfectamente plano, trazado sobre la tela viva por un pincel que no pretende la imitación de un ojo. Puedo distraerme, mirar hacia la ventana o buscar el vaso de agua en la penumbra; puedo alejar a mi mandala con una simple flexión de la voluntad, o convocar una imagen elegida por mí contra la voluntad de la noche; me bastará la primera señal del contraataque, el deslizamiento de lo elegido hacia lo impuesto para que mi mandala vuelva a tenderse entre el asedio de la noche y mi recinto invulnerable. Nos quedaremos así, seremos eso, y el sueño llegará desde su puerta invisible, borrándonos en ese instante que nadie ha podido nunca conocer.
Es entonces cuando empezará la verdadera sumersión, la que acato porque la sé de veras mía y no el turbio producto de la fatiga diurna y del eyo. Mi mandala separa la servidumbre de la revelación, la duermevela revanchista de los mensajes raigales. La noche onírica es mi verdadera noche; como en el insomnio, nada puedo hacer para impedir ese flujo que invade y somete, pero los sueños sueños son, sin que la conciencia pueda escogerlos, mientras que la parafernalia del insomnio juega turbiamente con las culpabilidades de la vigilia, las propone en una interminable ceremonia masoquista. Mi mandala separa las torpezas del insomnio del puro territorio que tiende sus puentes de contacto; y si lo llamo mandala es por eso, porque toda entrega a un mandala abre paso a una totalidad sin mediaciones, nos entrega a nosotros mismos, nos devuelve a lo que no alcanzamos a ser antes o después. Sé que los sueños pueden traerme el horror como la delicia, llevarme al descubrimiento o extraviarme en un laberinto sin término; pero también sé que soy lo que sueño y que sueño lo que soy. Despierto, sólo me conozco a medias, y el insomnio juega turbiamente con ese conocimiento envuelto en ilusiones; mi mandala me ayuda a caer en mí mismo, a colgar la conciencia allí donde colgué mi ropa al acostarme.
Si hablo de eso es porque al despertar arrastro conmigo jirones de sueños pidiendo escritura, y porque desde siempre he sabido que esa escritura —poemas, cuentos, novelas— era la sola fijación que me ha sido dada para no disolverme en ese que bebe su café matinal y sale a la calle para empezar un nuevo día. Nada tengo en contra de mi vida diurna, pero no es por ella que escribo. Desde muy temprano pasé de la escritura a la vida, del sueño a la vigilia. La vida aprovisiona los sueños pero los sueños devuelven la moneda profunda de la vida. En todo caso así es como siempre busqué o acepté hacer frente a mi trabajo diurno de escritura, de fijación que es también reconstitución. Así ha ido naciendo todo esto.
SÍ, Y más atrás, siempre, lo que nadie habrá dicho mejor que Ricardo E. Molinari en Analecta:
Mi cuerpo ha amado el viento y unos días hermosos de Sudamérica.
Dónde andarán con sus pies mordidos, con mi cara sola.
(Los días mueren en el cielo,
como los peces sedientos, igual que la piel gris sobre los seres,
sobre la boca que se destruyó amando).
Dónde andará mi cara, aquella otra, que alguien tuvo entre sus manos
mirándola como a un río asustado.
Mi cuerpo ha querido su sangre y mi alma ha visitado algunos muertos,
igual que a una fuente, donde a veces llega la tarde con un lirio.
Y levantarás una gran ciudad
Y los puentes de la gran ciudad alcanzarán a otras ciudades
como la peste de las ratas cae sobre otras ratas y otros hombres
Todo lo que en tu ciudad esté vivo proclamará tu nombre
y te verás honrado
alabado y honrado
y tú mismo dirás tu nombre como si te miraras al espejo
porque ya no distinguirás entre los adoradores y el ídolo
Probablemente serás feliz
como todo hombre con mujer como todo hombre con ciudad
probablemente serás hermoso
como todo ídolo con piedra en la frente
como todo león con su aro de fuego corriendo por la arena
y levantarás una torre
y protegerás un circo
y darás nombre al séptimo hijo de las familias trabajadoras
No importa que en la sombra crezcan los hongos rosados
si el humo de las fábricas escribe tus iniciales en lo alto
El círculo de tiza se cerrará
y en las cavernas de la noche acabarán de pintar las imágenes protectoras
De hoy en adelante serás el sumo sacerdote
de mañana en mañana el oficiante de ti mismo
Y levantarás una gran ciudad
como las hormigas diligentes exaltan sus pequeños montículos
y harás venir la semilla de Rumania y el papel de Canadá
Habrá una loca alegría en las efemérides
y en el retorno de los equipos victoriosos
Todo esto no pasará de los límites de tu cuarto
pero levantarás una gran ciudad
de mediodía a medianoche
una ciudad corazón una ciudad memoria una ciudad infamia
La ciudad del hombre crecerá en el hombre de la ciudad
y se protegerán los unos de los otros
las sombras de las sombras
los perros de los perros
los niños de los niños
aunque las mujeres sigan tendidas contra los hombres
y clamen los pacifistas en las esquinas
Creo que morirás creyendo
que has levantado una ciudad
Creo que has levantado una ciudad
Creo en ti
en la ciudad
Entonces sí
ahora que creo
entonces sé que has levantado una ciudad
Ave César
Con los ojos muy abiertos,
el corazón entre las manos
y los bolsillos llenos de palomas
mira el fondo del tiempo.
Ve su propio deseo, luces altas,
guirnaldas, flechas verdes, torres
de donde caen cabelleras
y nacen las espléndidas batallas.
Corre, el fervor lo embiste,
es su antorcha y su propio palafrén,
busca la entrada a la ciudad,
enarbola el futuro, clama como los vientos.
Todo está ahí, la calle abierta
y a la distancia el espejeo,
la inexplicable cercanía de lo que no alcanza
y cree alcanzar, y corre.
No es necesario un tropezón ni una estocada,
los cuerpos caen por su propio peso,
los ojos reconocen un momento
la verdad de la sombra.
Todavía se yergue,
todavía en su puño late el halcón de acero.
En las piedras rebota la clamante pregunta
del hombre por fin solo a la llegada.
Después es titubeo,
sospecha de que el fin no es el comienzo;
y al fondo de la calle
que parecía tan hermosa
no hay más que un árbol seco
y un abanico roto.
Quienquiera seas
no vengas ya.
Los dientes del tigre se han mezclado a la semilla,
llueve un fuego continuo sobre los cascos protectores,
ya no se sabe cuándo acabarán las muecas,
el desgaste de un tiempo hecho pedazos.
Obedeciéndote hemos caído.
—La torre subía enhiesta, las mujeres
llevaban cascabeles en las piernas, se gustaba
un vino fuerte, perfumado. Nuevas rutas
se abrían como muslos a la alegre codicia,
a las carenas insaciables. ¡Gloria!
La torre desafiaba las medidas prudentes,
tal una fiesta de estrategos
era su propia guirnalda.
El oro, el tiempo, los destinos,
el pensar, la violenta caricia, los tratados,
las agonías, las carreras, los tributos,
rodaban como dados, con sus puntos de fuego.
Quienquiera seas, no vengas ya.
La crónica es la fábula para estos ojos tímidos
de cristales focales y bifocales, polaroid, antihalo,
para estas manos con escamas de cold-cream.
Obedeciéndote hemos caído.
—Los profesores obstinados hacen gestos de rata,
vomitan Gorgias, patesís, anfictionías y Duns Scoto,
concilios, cánones, jeringas, skaldas, trébedes,
qué descansada vida, los derechos del hombre, Ossian,
Raimundo Lulio, Pico, Farinata, Mio Cid, el peine
para que Melisendra peine sus cabellos.
Es así: preservar los legados, adorarte en tus obras,
eternizarte, a ti el relámpago.
Hacer de tu viviente rabia un apotegma,
codificar tu libre carcajada.
Quienquiera seas
no vengas ya.
—La ficción cara de harina, cómo se cuelga de su mono
el reloj que puntual nos saca de la cama.
Venga usted a las dos, venga a las cuatro,
desgraciadamente tenemos tantos compromisos.
¿Quién mató a Cock Robin? Por no usar
los antisudorales, sí señora.
Por lo demás la bomba H, el peine con música,
los detergentes, el violín eléctrico,
alivian el pasaje de la hora. No es tan mala
la sala de la espera: tapizada.
—¿Consuelos, joven antropólogo? Surtidos:
usted los ve, los prueba y se los lleva.
La torre subía enhiesta,
pero aquí hay Dramamina.
Quienquiera seas
no vengas ya.
Te escupiríamos, basura, fabricado
a nuestra imagen
de nilón y de orlón, Yahvé, Dios mío.
Un técnico me lo explicó, pero no comprendí mucho. Cuando se escucha un disco con audífonos (no todos los discos, pero sí justamente los que no deberían hacer eso), ocurre que en la fracción de segundo que precede al primer sonido se alcanza a percibir, debilísimamente, ese primer sonido que va a resonar un instante después con toda su fuerza. A veces uno no se da cuenta, pero cuando se está esperando un cuarteto de cuerdas o un madrigal o un lied, el casi imperceptible pre-eco no tiene nada de agradable. Un eco que se respete debe venir después, no antes, qué clase de eco es ése. Estoy escuchando las Variaciones reales de Orlando Gibbons, y entre una y otra, justamente allí en esa breve noche de los oídos que se preparan a la nueva irrupción del sonido, un lejanísimo acorde o las primeras notas de la melodía se inscriben en una audición como microbiana, algo que nada tiene que ver con lo que va a empezar medio segundo después y que sin embargo es su parodia, su burla infinitesimal. Elizabeth Schumann va a cantar Du bist die Ruh, hay ese aire habitado de todo fondo de disco por perfecto que sea y que nos pone en un estado de tensa espera, de dedicación total a eso que va a empezar, y entonces desde el ultrafondo del silencio alcanzamos horriblemente a oír una voz de bacteria o de robot que inframínimamente canta Du bist, se corta, hay todavía una fracción de silencio, y la voz de la cantante surge con toda su fuerza, Du bist die Ruh de veras.
(El ejemplo es pésimo, porque antes de que la soprano empiece a cantar hay un preludio del piano, y son las dos o tres notas iniciales del piano las que nos llegan por esa vía subliminal de que hablo; pero como ya se habrá entendido (por compartido, supongo) lo que digo, no vale la pena cambiar el ejemplo por otro más atinado; pienso que esta enfermedad fonográfica es ya bien conocida y padecida por todos).
Mi amigo el técnico me explicó que este pre-eco, que hasta ese momento me había parecido inconcebible, era resultado de esas cosas que pasan cuando hay toda clase de circuitos, feedbacks, alimentación electrónica y otros vocabularios ad hoc. Lo que yo entendía por pre-eco, y que en buena y sana lógica temporal me parecía imposible, resultó ser algo perfectamente comprensible para mi amigo, aunque yo seguí sin entenderlo y poco me importó. Una vez más un misterio era explicado, el de que antes de que usted empiece a cantar el disco contiene ya el comienzo de su canto, pero resulta que no es así, usted empezó a partir del silencio y el pre-eco no es más que un retardo mecánico que se pre-graba con relación a, etc. Lo que no impide que cuando en el negro y cóncavo universo de los audífonos estamos esperando el arranque de un cuarteto de Mozart, los cuatro grillitos que se mandan la instantánea parodia un décimo de segundo antes nos caen más bien atravesados, y nadie entiende cómo las compañías de discos no han resuelto un problema que no parece insoluble ni mucho menos a la luz de todo lo que sus técnicos llevan resuelto desde el día en que Thomas Alva Edison se acercó a la corneta y dijo, para siempre, Mary had a little lamb.
Si me acuerdo de esto (porque me fastidia cada vez que escucho uno de esos discos en que los pre-ecos son tan exasperantes como los ronroneos de Glenn Gould mientras toca el piano) es sobre todo porque en estos últimos años les he tomado un gran cariño a los audífonos. Me llegaron muy tarde, y durante mucho tiempo los creí un mero recurso ocasional, enclave momentáneo para librar a parientes o vecinos de mis preferencias en materia de Varèse, Nono, Lutoslawski o Cat Anderson, músicos más bien resonantes después de las diez de la noche. Y hay que decir que al principio el mero hecho de calzármelos en las orejas me molestaba, me ofendía; el aro ciñendo la cabeza, el cable enredándose en los hombros y los brazos, no poder ir a buscar un trago, sentirse bruscamente tan aislado del exterior, envuelto en un silencio fosforescente que no es el silencio de las casas y las cosas.
Nunca se sabe cuándo se dan los grandes saltos; de golpe me gustó escuchar jazz y música de cámara con los audífonos. Hasta ese momento había tenido una alta idea de mis altoparlantes Rogers, adquiridos en Londres después de una sabihonda disertación de un empleado de Imhof que me había vendido un Beomaster pero no le gustaban los altoparlantes de esa marca (tenía razón), pero ahora empecé a darme cuenta de que el sonido abierto era menos perfecto, menos sutil que su paso directo del audífono al oído. Incluso lo malo, es decir el pre-eco en algunos discos, probaba una acuidad más extrema de la reproducción sonora; ya no me molestaba el leve peso en la cabeza, la prisión psicológica y los eventuales enredos del cable.
Me acordé de los lejanísimos tiempos en que asistí al nacimiento de la radio en la Argentina, de los primeros receptores con piedra de galena y lo que llamábamos «teléfonos», no demasiado diferentes de los audífonos actuales salvo el peso. También en materia de radio los primeros altoparlantes eran menos fieles que los «teléfonos», aunque no tardaron en eliminarlos totalmente porque no se podía pretender que toda la familia escuchara el partido de fútbol con otros tantos artefactos en la cabeza. Quién iba a decirnos que sesenta años más tarde los audífonos volverían a imponerse en el mundo del disco, y que de paso —horresco referens— servirían para escuchar radio en su forma más estúpida y alienante como nos es dado presenciar en las calles y las plazas donde gentes nos pasan al lado como zombies desde una dimensión diferente y hostil, burbujas de desprecio o rencor o simplemente idiotez o moda y por ahí, andá a saber, uno que otro justificadamente separado del montón, no juzgable, no culpable.
Nomenclaturas acaso significativas: los altavoces también se llaman altoparlantes en español, y los idiomas que conozco se sirven de la misma imagen: loud-speaker, haut-parleur. En cambio los audífonos, que entre nosotros empezaron por llamarse «teléfonos» y después «auriculares», llegan al inglés bajo la forma de earphones y al francés como casques d’écoute. Hay algo más sutil y refinado en estas vacilaciones y variantes; basta advertir que en el caso de los altavoces, se tiende a centrar su función en la palabra más que en la música (parlante/speaker/parleur), mientras que los audífonos tienen un espectro semántico más amplio, son el término más sofisticado de la reproducción sonora.
Me fascina que la mujer que está a mi lado escuche discos con audífonos, que su rostro refleje sin que ella lo sepa todo lo que está sucediendo en esa pequeña noche interior, en esa intimidad total de la música y sus oídos. Si también yo estoy escuchando, las reacciones que veo en su boca o sus ojos son explicables, pero cuando sólo ella lo hace hay algo de fascinante en esos pasajes, esas transformaciones instantáneas de la expresión, esos leves gestos de las manos que convierten ritmos y sonidos en movimientos gestuales, música en teatro, melodía en escultura animada. Por momentos me olvido de la realidad, y los audífonos en su cabeza me parecen los electrodos de un nuevo Frankenstein llevando la chispa vital a una imagen de cera, animándola poco a poco, haciéndola salir de la inmovilidad con que creemos escuchar la música y que no es tal para un observador exterior. Ese rostro de mujer se vuelve una luna reflejando la luz ajena, luz cambiante que hace pasar por sus valles y sus colinas un incesante juego de matices, de velos, de ligeras sonrisas o de breves lluvias de tristeza. Luna de la música, última consecuencia erótica de un remoto, complejo proceso casi inconcebible.
¿Casi inconcebible? Escucho desde los audífonos la grabación de un cuarteto de Bartók, y siento desde lo más hondo un puro contacto con esa música que se cumple en su tiempo propio y simultáneamente en el mío. Pero después, pensando en el disco que duerme ya en su estante junto con tantos otros, empiezo a imaginar decursos, puentes, etapas, y es el vértigo frente a ese proceso cuyo término he sido una vez más hace unos minutos. Imposible describirlo —o meramente seguirlo— en todos sus pasos, pero acaso se pueden ver las eminencias, los picos del complejísimo gráfico. Principia por un músico húngaro que inventa, transmuta y comunica una estructura sonora bajo la forma de un cuarteto de cuerdas. A través de mecanismos sensoriales y estéticos, y de la técnica de su transcripción inteligible, esa estructura se cifra en el papel pentagramado que un día será leído y escogido por cuatro instrumentistas; operando a la inversa el proceso de creación, estos músicos transmutarán los signos de la partitura en materia sonora. A partir de ese retorno a la fuente original, el camino se proyectará hacia adelante; múltiples fenómenos físicos nacidos de violines y violoncellos convertirán los signos musicales en elementos acústicos que serán captados por un micrófono y transformados en impulsos eléctricos; éstos serán a su vez convertidos en vibraciones mecánicas que impresionarán una placa fonográfica de la que saldrá el disco que ahora duerme en su estante. Por su parte el disco ha sido objeto de una lectura mecánica, provocando las vibraciones de un diamante en el surco (ese momento es el más prodigioso en el plano material, el más inconcebible en términos no científicos), y entra ahora en juego un sistema electrónico de traducción de los impulsos a señales acústicas, su devolución al campo del sonido a través de altavoces o de audífonos más allá de los cuales los oídos están esperando en su condición de micrófonos para a su vez comunicar los signos sonoros a un laboratorio central del que en el fondo no tenemos la menor idea útil, pero que hace media hora me ha dado el cuarteto de Bela Bartók en el otro vertiginoso extremo de ese recorrido que a pocos se les ocurre imaginar mientras escuchan discos como si fuera la cosa más sencilla de este mundo.
Cuando entro en mi audífono,
cuando las manos lo calzan en la cabeza con cuidado
porque tengo una cabeza delicada
y además y sobre todo los audífonos son delicados,
es curioso que la impresión sea la contraria,
soy yo el que entra en mi audífono, el que asoma la cabeza
a una noche diferente, a una oscuridad otra.
Afuera nada parece haber cambiado, el salón con sus lámparas,
Carol que lee un libro de Virginia Woolf en el sillón de enfrente,
los cigarrillos, Flanelle que juega con una pelota de papel,
lo mismo, lo de ahí, lo nuestro, una noche más,
y ya nada es lo mismo porque el silencio del afuera amortiguado
por los aros de caucho que las manos ajustan
cede a un silencio diferente,
un silencio interior, el planetario flotante de la sangre,
la caverna del cráneo, los oídos abriéndose a otra escucha,
y apenas puesto el disco ese silencio como de viva espera,
un terciopelo de silencio, un tacto de silencio, algo que tiene
de flotación intergaláxica, de música de esferas, un silencio
que es un jadeo silencio, un silencioso frote de grillos estelares,
una concentración de espera (apenas dos, cuatro segundos), ya la aguja
corre por el silencio previo y lo concentra
en una felpa negra (a veces roja o verde), un silencio fosfeno
hasta que estalla la primera nota o un acorde
también adentro, de mi lado, la música en el centro del cráneo de cristal
que vi en el British Museum, que contenía el cosmos centelleante
en lo más hondo de la transparencia, así
la música no viene del audífono, es como si surgiera de mí mismo, soy mi oyente,
espacio puro en el que late el ritmo
y urde la melodía su progresiva telaraña en pleno centro de la gruta negra.
Cómo no pensar, después, que de alguna manera la poesía es una palabra que se escucha con audífonos invisibles apenas el poema comienza a ejercer su encantamiento. Podemos abstraernos con un cuento o una novela, vivirlos en un plano que es más suyo que nuestro en el tiempo de lectura, pero el sistema de comunicación se mantiene ligado al de la vida circundante, la información sigue siendo información por más estética, elíptica, simbólica que se vuelva. En cambio el poema comunica el poema, y no quiere ni puede comunicar otra cosa. Su razón de nacer y de ser lo vuelve interiorización de una interioridad, exactamente como los audífonos que eliminan el puente de fuera hacia adentro y viceversa para crear un estado exclusivamente interno, presencia y vivencia de la música que parece venir desde lo hondo de la caverna negra.
Nadie lo vio mejor que Rainer Maria Rilke en el primero de los sonetos a Orfeo:
O Orpheus singt! O hoher Baum im Ohr!
Orfeo canta. ¡Oh, alto árbol en el oído!
Árbol interior: la primera maraña instantánea de un cuarteto de Brahms o de Lutoslawski, dándose en todo su follaje. Y Rilke cerrará su soneto con una imagen que acendra esa certidumbre de creación interior, cuando intuye por qué las fieras acuden al canto del dios, y dice a Orfeo:
da schufst du ihnen Tempel im Gehör
y les alzaste un templo en el oído.
Orfeo es la música, no el poema, pero los audífonos catalizan esas «similitudes amigas» de que hablaba Valéry. Si audífonos materiales hacen llegar la música desde adentro, el poema es en sí mismo un audífono del verbo; sus impulsos pasan de la palabra impresa a los ojos y desde ahí alzan el altísimo árbol en el oído interior.
vem navio
vai navio
vir navio
ver navio
ver não ver
vir não vir
vir não ver
ver não vir
ver navios
HAROLDO DE CAMPOS,
«Fome de forma»
EL SENTIMIENTO de la poesía en la infancia: me gustaría saber más, pero temo caer en las extrapolaciones a la inversa, recordar obligadamente desde el hic et nunc que deforma casi siempre el pasado (Proust incluido, mal que les pese a los ingenuos).
Hay cosas que vuelven a ráfagas, que alcanzan a reproducir durante un segundo las vivencias profundas, acríticas del niño: sentirme a cuatro patas bajo las plantaciones de tomates o de maíz del jardín de Banfield, rey de mi reino, mirando los insectos sin intermediarios entomológicos, oliendo como me es imposible oler hoy la tierra mojada, las hojas, las flores. Si de esa revivencia paso a las lecturas, veo sobre todo las páginas de El tesoro de la juventud (dividido en secciones, y entre ellas El libro de la poesía que abarcaba un enorme espectro desde la Antigüedad hasta el modernismo). Mezcla inseparable, Olegario Andrade, Longfellow, Milton, Gaspar Núñez de Arce, Edgar Allan Poe, Sully Prudhomme, Victor Hugo, Rubén Darío, Lamartine, Bécquer, José María de Heredia… Una sola cosa segura: la preferencia —forzada por la del antólogo— por la poesía rimada y ritmada, tempranísimo descubrimiento del soneto, de las décimas, de las octavas reales. Y una facilidad inquietante (no para mí, para mi madre que imaginaba plagios disimulados) a la hora de escribir poemas perfectamente medidos y de impecables rimas, por lo demás signifying nothing más allá de la cursilería romántica de un niño frente a amores imaginarios y cumpleaños de tías o de maestras.
Otra ráfaga: recuerdo haber amado un eco interno en una elegía escrita después de la lectura de El cuervo, sin sospechar que eso se llamaba aliteración:
¡Pobre poeta, desdichado Poe!
Y un final de soneto, escrito después de haber visto Buenos Aires de noche, desde el balcón de un décimo piso:
Y la ciudad parece así, dormida,
Una pradera nocturnal, florida
Por un millón de blancas margaritas.
Bonito ¿no? Nocturnal… el pibe ya no le tenía miedo a las palabras, aunque todavía no supiera qué hacer con ellas.
Poeta
Antipoeta
Culto
Anticulto
Animal metafísico cargado de congojas
Animal espontáneo sangrando sus problemas
VICENTE HUIDOBRO, Altazor
Es increíble pensar que hace doce años
cumplí cincuenta, nada menos.
¿Cómo podía ser tan viejo
hace doce años?
Ya pronto serán trece desde el día
en que cumplí cincuenta. No parece
posible.
El cielo es más y más azul,
y vos más y más linda.
¿No son acaso pruebas
de que algo anda estropeado en los relojes?
El tabaco y el whisky se pasean
por mi cuarto, les gusta
estar conmigo. Sin embargo
es increíble pensar que hace doce años
cumplí dos veces veinticinco.
Cuando tu mano viaja por mi pelo
sé que busca las canas, vagamente
asombrada. Hay diez o doce,
tendrás un premio si las encontrás.
Voy a empezar a leer todos los clásicos
que me perdí de viejo. Hay que apurarse,
esto no te lo dan de arriba, falta poco
para cumplir trece años desde
que cumplí los cincuenta.
A los catorce pienso
que voy a tener miedo,
catorce es una cifra
que no me gusta nada
para decirte la verdad.
Nairobi, 1976
1
Como una carretilla de pedruscos
cayéndole en la espalda, vomitándole
su peso insoportable,
así le cae el tiempo a cada despertar.
Se quedó atrás, seguro, ya no puede
equiparar las cosas y los días,
cuando consigue contestar las cartas
y alarga el brazo hacia ese libro o ese disco,
suena el teléfono: a las nueve esta noche,
llegaron compañeros con noticias,
tenés que estar sin falta, viejo,
o es Claudine que reclama su salida o su almohada,
o Roberto con depre, hay que ayudarlo,
o simplemente las camisas sucias
amontonándose en la bañadera
como los diarios, las revistas, y ese
ensayo de Foucault, y la novela
de Erica Jong y esos poemas
de Sigifredo sin hablar de mil
trescientos grosso modo libros discos y películas,
más el deseo subrepticio de releer Tristram Shandy,
Zama, La vida breve, el Quijote, Sandokán,
y escuchar otra vez todo Mahler o Delius
todo Chopin todo Alban Berg,
y en la cinemateca Metrópolis, King Kong,
La barquera María, La edad de oro —Carajo,
la carretilla de la vida
con carga para cinco décadas, con sed
de viñedos enteros, con amores
que inevitablemente superponen
tres, cinco, siete mundos
que debieran latir consecutivos
y en cambio se combaten simultáneos
en lo que llaman poligamia y que tan sólo
es el miedo a perder tantas ventanas
sobre tantos paisajes, la esperanza
de un horizonte entero—
2
Hablo de mí, cualquiera se da cuenta,
pero ya llevo tiempo (siempre tiempo)
sabiendo que en el mí estás vos también,
y entonces:
No nos alcanza el tiempo,
o nosotros a él,
nos quedamos atrás por correr demasiado,
ya no nos basta el día
para vivir apenas media hora.
3
El futuro se escinde, maquiavelo:
el más lejano tiene un nombre, muerte,
y el otro, el inmediato, carretilla.
¿Cómo puede vivirse en un presente
apedreado de lejos? No te queda
más que fingir capacidad de aguante:
agenda hora por hora, la memoria
almacenando en marzo los pagarés de junio,
la conferencia prometida,
el viaje a Costa Rica, la planilla de impuestos,
Laura que llega el doce,
un hotel para Ernesto,
no olvidarse de ver al oftalmólogo,
se acabó el detergente,
habrá que reunirse
con los que llegan fugitivos
de Uruguay y Argentina,
darle una mano a esa chiquita
que no conoce a nadie en Amsterdam,
buscarle algún laburo a Pedro Sáenz,
escucharle su historia a Paula Flores
que necesita repetir y repetir
cómo acabaron con su hijo en Santa Fe.
Así se te va el hoy
en nombre de mañana o de pasado,
así perdés el centro
en una despiadada excentración
a veces útil, claro,
útil para algún otro, y está bien.
Pero vos, de este lado de tu tiempo,
¿cómo vivís, poeta?,
¿cuánta nafta te queda para el viaje
que querías tan lleno de gaviotas?
4
No se me queje, amigo,
las cosas son así y no hay vuelta.
Métale a este poema tan prosaico
que unos comprenderán y otros tu abuela,
dese al menos el gusto
de la sinceridad y al mismo tiempo
conteste esa llamada, sí, de acuerdo,
el jueves a las cuatro,
de acuerdo, amigo Ariel,
hay que hacer algo por los refugiados.
5
Pero pasa que el tipo es un poeta
y un cronopio a sus horas,
que a cada vuelta de la esquina
le salta encima el tigre azul,
un nuevo laberinto que reclama
ser relato o novela o viaje a Islandia
(ha de ser tan translúcida la alborada en Islandia,
se dice el pobre punto en un café de barrio).
Le debe cartas necesarias a Ana Svensson,
le debe un cuarto de hora a Eduardo, y un paseo
a Cristina, como el otro
murió debiéndole a Esculapio un gallo,
como Chénier en la guillotina,
tanta vida esperándolo, y el tiempo
de un triángulo de fierro solamente
y ya la nada. Así, el absurdo
de que el deseo se adelante
sin que puedas seguirlo, pies de plomo,
la recurrente pesadilla diurna
del que quiere avanzar y lo detiene
el pegajoso cazamoscas del deber,
la rémora del diario
con las noticias de Santiago mar de sangre,
con la muerte de Paco en la Argentina,
con la muerte de Orlando, con la muerte
y la necesidad de denunciar la muerte
cuando es la sucia negación, cuando se llama
Pinochet y López Rega y Henry Kissinger.
(Escribiremos otro día el poema,
vayamos ahora a la reunión, juntemos unos pesos,
llegaron compañeros con noticias,
tenés que estar sin falta, viejo).
6
Vendrán y te dirán (ya mismo, en esta página)
sucio individualista,
tu obligación es darte sin protestas,
escribir para el hoy para el mañana
sin nostalgias de Chaucer o Rig Veda,
sin darle tiempo a Raymond Chandler o Duke Ellington,
basta de babosadas de pequeñoburgués,
hay que luchar contra la alienación ya mismo,
dejate de pavadas,
elegí entre el trabajo partidario
o cantarle a Gardel.
7
Dirás, ya sé, que es lamentarse al cuete
y tendrás la razón más objetiva.
Pero no es para vos que escribo este prosema,
lo hago pensando en el que arrima el hombro
mientras se acuerda de Rubén Darío
o silba un blues de Big Bill Broonzy.
Así era Roque Dalton, que ojalá
me mirara escribir por sobre el hombro
con su sonrisa pajarera,
sus gestos de cachorro, la segura
bella inseguridad del que ha elegido
guardar la fuerza para la ternura
y tiernamente gobernar su fuerza.
Así era el Che con sus poemas de bolsillo,
su Jack London llenándole el vivac
de buscadores de oro y esquimales,
y eran también así
los muchachos nocturnos que en La Habana
me pidieron hablar, Marcia Leiseca
llevándome en la sombra hasta un balcón
donde dos o tres manos apretaron la mía
y bocas invisibles me dijeron amigo,
cuando allá donde estamos nos dan tregua,
nos hacen bien tus cuentos de cronopios,
nomás queríamos decírtelo, hasta pronto—
8
Esto va derivando hacia otra cosa,
es tiempo de ajustarse el cinturón:
zona de turbulencia.
Nairobi, 1976
A ver ustedes, con la mano en el corazón
díganme, digan si no es hora que
nos juguemos la piel a cara o ceca
para que el pueblo saque la sortija,
antes que suenen las sirenas y el
caballo ciego empiece de nuevo.
JULIO HUASI,
Increíble de la suerte