El hallazgo significaba una pésima publicidad. Después de años de especulación, no hacía ni dos semanas que por fin la constructora Arcadia Building había dado comienzo a las obras. La urbanización se levantaría en un enorme baldío, ubicado en el medio de San Fernando. Durante décadas funcionó como basural, pero ahora estaba rodeado por carteles que anunciaban un futuro de viviendas de alto rango, con servicios de todo tipo, instalaciones deportivas, amenities y la firme promesa de una calidad de vida inigualable. Pero ese futuro soñado, merecedor de una buena cantidad de inversores, acababa de recibir un mal augurio.
El cadáver yacía en el fondo de un enorme espacio cavado por debajo del nivel de la calle. Los policías habían reemplazado a los albañiles; los patrulleros, a las excavadoras, ahora ociosas. La camioneta del equipo forense llamaba la atención. Al curioso transeúnte que se asomara se le ofrecería un escenario animado de manera inusual: el enorme cráter con las máquinas detenidas y las pequeñas siluetas azules de los uniformados analizando la escena ¿del crimen? Aunque no todos iban de uniforme: también estaban allí los trabajadores que habían encontrado el cuerpo, los detectives encargados de la investigación y el encargado de la obra, cuyos patrones no dejaban de llamarlo al móvil para recordarle que evitara difundir el caso a los medios.
Lo que sí todos compartían, sin importar rangos u ocupaciones, eran los tapabocas que desde abril se habían convertido en un accesorio más de la vestimenta cotidiana. El detective Luis G. Fernández ya no lo toleraba, en cuanto encontraba un momento a solas aprovechaba para bajárselo hacia la papada.
—Es normal, jefe —explicaba a su interlocutor después de cortar—. ¿Sabe el dinero que hay invertido aquí?
El detective no había dormido bien ni ganaba tanto como para sentir mayor empatía por los inversores de Arcadia Building. Solo sentía asco. Le bastó una ojeada al muerto para sospechar un crimen violento.
—Lindo regalito para el forense —observó—. Nosotros somos discretos, pero, con semejante obra y el bombo que le dieron, no sé cómo van a manejar a los medios. ¿Dónde están los que encontraron el cuerpo?
Un vistazo le había bastado para advertir que el nivel socioeconómico del occiso no coincidía con aquel que se esperaba de los futuros habitantes de “Paradiso”, como habían bautizado al barrio privado en ciernes.
—Con su compañera, jefe —señaló el encargado—. Allá.
A unos veinte o treinta metros, la oficial Romina Lacase dialogaba con una cuadrilla de obreros. Fernández se acercó.
—Buenos días, oficial. Buenos días —repitió, dirigiéndose a la media docena de individuos aglomerados.
—Buenos días —murmuraron a coro los reunidos.
—¿Algo interesante, oficial?
—No sé si interesante… —le respondió Romina, con ironía.
—¿Pero?
—Los muchachos encontraron el cuerpo a las dos horas de estar cavando. Se llevaron un buen susto.
Fernández recordó su propia impresión.
—O dos, cuando vieron cómo estaba, ¿no? ¿Quién lo encontró?
Romina se subió el barbijo para ocultar la mala cara. ¿Por qué era desagradable?
Uno asumió el rol de portavoz:
—Todos —dijo—. Con la excavadora, ¿ve?
Señaló la máquina estacionada cerca de donde aún yacía el cuerpo. Fernández no necesitaba corroborarlo.
—Continúe.
—Se trabó con algo, pensamos que era una piedra, un ducto o algo así. Le dimos más fuerte y...
—Apareció el brazo de entre la tierra —interrumpió otro inesperadamente, persignándose—. Casi lo levanto en el aire, del susto solté la palanca.
—Manejaba él —explicó un tercero.
—Entiendo —dijo Fernández, procurando mostrarse amable—. Romina, por favor, tómeles declaración, nos vemos después en la comisaría. Buenos días —se despidió.
Mientras se alejaba, podía sentir la mirada de reprobación de Lacase sobre sus espaldas, aunque sabía que no duraría mucho: tenía órdenes que cumplir, incluso sabía perfectamente cuál era su papel. Sin embargo, algo acrecentaba su malhumor. La visión de la cara desfigurada de la víctima volvió a su mente con ímpetu morboso: lo que quedaba, ya avanzado el proceso de descomposición, de una cara apenas reconocible como tal, deshecha de manera natural por los elementos desde el apresurado entierro.
Quiso creer que se trataba de otro mal recuerdo típico de su profesión, una imagen que cuanto antes se borrara de su mente, mejor. Pero ya alguien había intentado enviar ese cuerpo al olvido y allí estaba de regreso, inoportuno, reclamando una verdad con la que seguramente nadie saldría beneficiado, cuyos perjuicios, por lo menos para los socios de Arcadia Building, ya se empezaban a notar.
A medida que se acercaba, el olor se acentuaba. Volvió a inspeccionar los alrededores. Junto a los policías estaba la excavadora, impertérrita como un testigo inútil.
Apartó la mirada de la máquina y se orientó, decidido, hacia el cadáver, abriéndose paso entre sus atareados compañeros. Quería analizar la escena una última vez, antes de que su cerebro la convirtiera en los datos de una ecuación. Sabía, por experiencia, que trabajaba mejor cuando la realidad lo acosaba, cuando la incógnita devenía una obsesión hasta resolverla.
Habían cubierto ya el cuerpo, sin retirarlo. Mejor. Le bastaba con saber, con sentir que estaba ahí abajo. El primero en dormir en Paradiso, donde alguien había querido darle su última morada.
¿Habría otros en ese inmenso baldío de tierras removidas perfecto para hacer desaparecer cadáveres? No le sorprendería demasiado.
Ahora, la constructora levantaría allí un Paradiso, por más muertos que encontrara. Solo se trataba de un intruso que desalojarían muy pronto. Pero… ¿cómo había llegado allí?
—Si pudieras elegir dónde vivir, cualquier ciudad del mundo, ¿dónde sería?
Nervioso en cuanto detuvo el coche, había dicho lo primero que le vino a la mente. Lo que fuera con tal de recuperar ese aire dichoso que habían compartido toda la noche. En el oscuro silencio, el semáforo rojo también parecía esperar respuesta.
Leticia frunció el ceño, curiosa.
—¿Y esa pregunta a qué viene?
—Qué sé yo —Miguel forzó una sonrisa—. Pregunto por preguntar.
Leticia se quedó pensando. Al cabo de unos segundos, se cruzó de brazos y dijo:
—París o Nueva York. No me puedo decidir.
—Tenés que elegir. Dos es trampa.
—Uh… Bueno. Okey. Dejame pensar… —decidió pronto—: creo que Nueva York.
—¿Creo? —preguntó Miguel.
—Estoy segura —confirmó—. Manhattan, para ser más específica. Un departamento con vista al Central Park. —Leticia hizo un ademán hollywoodense, como imaginando esa vida de ensueño—. Ahora te toca a vos.
El semáforo volvió a tornarse verde.
—Buenos Aires me alcanza y sobra —dijo, pisando el acelerador por la avenida.
No podía creer su suerte. Había pasado toda la noche temiendo cometer un error, el más mínimo, que rompiese esa escena onírica.
Contra todo pronóstico, lo había logrado.
Además, jamás había pensado poder ver un BMW M5 lo suficientemente de cerca como para poder tocarlo. Ahora maniobraba el volante de uno, como si fuera suyo. Y Leticia… ¿Cuánto había sufrido al intentar hacerse de suficiente valor como para invitarla a salir? De hecho, nunca pudo. Fue ella quien propuso la cita. Una invitación casual, a la salida de un examen, cuando sus compañeros ya habían dejado el aula atrás, y se encontraron repentinamente solos. Una sonrisa fácil, un ¿hacés algo el viernes a la noche?, que culminó en el restaurante Kasoa y en una velada larga, de conversación repleta de risas, como si ambos se conocieran de toda la vida.
—No seas tan aburrido —se burló Leticia.
—¿Aburrido? —soltó Miguel, fingiendo indignación.
—De todas las ciudades del mundo, ¿elegís Buenos Aires? Esa es la respuesta de una persona aburrida. Todo un planeta por conocer, y elegís la ciudad donde naciste…
Miguel se rio. Estuvo a punto de decir algo, pero ella se le adelantó:
—¿Sabés qué? No te creo.
—¿No me creés?
—Ni un poquito —le ofreció una sonrisa pícara, que lo desarmó.
Miguel dio un resoplido.
—No sé a dónde me iría.
—¿Entonces te quedarías en Buenos Aires?
—No —murmuró—. Buenos Aires, no. La verdad es que detesto Buenos Aires.
Ella alzó una ceja, curiosa.
—Detesto es una palabra bastante fuerte.
—Sí. Ya sé.
—¿Y por qué no te vas?
—No puedo… mis viejos… —empezó, pero en lugar de terminar la frase aceleró para adelantar a otro auto.
Leticia no insistió. Había escapado, pero de nuevo sentía la amenaza del silencio. Se concentró en el coche, en la sensación de dominio que le daba conducirlo. Y recordó lo que sentía cuando tocaba la guitarra: la misma confianza, el mismo control sobre un instrumento que respondía a cada toque de sus dedos. Como la palanca de cambios del M5.
Atravesaban juntos las calles de una Buenos Aires curiosamente silenciosa esa noche. Al otro lado del parabrisas, se sucedía una seguidilla de autos bañados en la luz amarillenta de los faroles que bordeaban la Avenida del Libertador. Tenía a Leticia a su lado, sentada en el asiento del acompañante. Sin embargo, el apoyabrazos de cuero parecía una frontera infranqueable. La miraba de reojo mientras ella escribía en su teléfono celular. Todo había ido tan bien, aunque…
Leticia soltó un gruñido, como frustrada. Dejó el celular de lado, se corrió un mechón rubio de la frente y se puso a mirar por su ventanilla.
—¿Todo bien? —preguntó Miguel.
—Sí.
Él se estremeció. ¿Acaso había hecho algo para hacerla enojar?
—¿Segura?
—Sí, segura. Mi mamá se puso un poco pesada, nada más.
—Ya casi llegamos. Digo, por si tu mamá está preocupada porque es tarde o algo así.
Leticia se encogió de hombros, su vista todavía perdida en el paisaje afuera. Miguel suspiró con alivio. “Menos mal”, pensó. El problema no era con él. Dobló la esquina para dejar Avenida del Libertador atrás y adentrarse en la zona de Palermo Chico.
—No es eso… Nada, nada. No importa —masculló, y giró para mirarlo—. La pasé espectacular. No quiero que se termine la noche.
Miguel se sonrojó, y escondió una sonrisa. Asintió con la cabeza, lentamente. Confiado, redujo la velocidad antes de tomar la calle a su derecha hasta adentrarse en la calle Juez Tedín. Una vez estacionado, puso el auto en neutral y se acercó a Leticia.
—Llegamos.
La joven levantó la mirada en dirección a la casa del otro lado de la vereda, pero se mantuvo inmóvil. Pasaron unos segundos en silencio. “¿Y ahora?”, se preguntó. De nuevo nervioso, bajó la cabeza. Se aclaró la garganta y volvió a mirarla.
—¿Te acompaño hasta la puerta? —preguntó inseguro.
—No hace falta.
Se quedaron inmóviles, sentados el uno frente al otro, los faroles de la calle salpicando sus mejillas con luz. Un silencio incómodo inundó el espacio que los separaba.
—¿No me vas a dar un beso? —se impacientó.
Miguel bajó la mirada, sonrojado. Antes de que pudiese responder, Leticia cruzó la corta distancia que los separaba y lo besó. La respiración de Miguel se aceleró de repente. Se quedó inmóvil por un momento, intentando ignorar sus palmas húmedas, el calor de la boca de Leticia junto a la suya, la fragancia de su cabello cobrizo. Respiró hondo y devolvió el beso. Leticia se mordió los labios.
Así, en silencio, sin decir nada, la muchacha rompió el beso y abrió la puerta del coche. Miguel, atónito, la observó cruzar la vereda a paso ligero, casi flotando, abrir las puertas de roble macizo y desaparecer dentro de esa casa de tres pisos sin mirar atrás.
Al rato, cuando dejó atrás Palermo, de camino a su casa, conducía con una sonrisa de oreja a oreja, de esas que no se dibujaban en su rostro desde que era chico. Le temblaban las manos, las piernas, los brazos, y sus dientes castañeteaban levemente.
La felicidad lo devolvió a la noche de su primer concierto. ¿Cuántos años tenía?
¿Nueve? ¿Diez? Recordaba los vítores, los aplausos, como si estuviese allí. Su familia, sus compañeros de la academia de guitarra, su profesor... Todos se habían reunido para escucharlo lucirse sobre el escenario.
Recordó, también, su primer beso. Un beso tardío. Ya había cumplido los dieciséis años. Había sido el último de sus compañeros de colegio en darse un beso con una chica —uno de adulto, “con lengua” como le indicaban sus compañeros—. Cuando sucedió, sintió como si alguien le hubiese sacado una mochila llena de piedras. Tanto tiempo a la espera, tanta presión. El beso en sí mismo había sido una desilusión. Mojado, incómodo, un beso borracho, con una chica de la cual ni recordaba el nombre. Con Leticia fue distinto. No del todo lo que se había esperado —todavía algo le sabía mal—, pero mucho mejor que el de ese entonces en esa fiesta adolescente.
Bajó las cuatro ventanillas y pisó el acelerador a fondo. El coche le dio un sacudón, como una montaña rusa. En un pestañeo alcanzó la velocidad de ciento cincuenta kilómetros por hora. Las casas, los árboles, las luces de los edificios, los otros coches se convirtieron en un simple borrón luminiscente. El viento comenzó a azotarle el rostro. Se aferró del volante, riendo con fuerza. “Esto es vida”.
Otro recuerdo le vino a la mente: luz cegadora y caleidoscópica, música ensordecedora. Otra boca tan cerca de la suya, esa mirada intensa...
Sacudió la cabeza para apartar el recuerdo de su mente. Hizo una mueca involuntaria; su lengua sabía a cobre y ceniza. Una vez salido de la autopista atrás, aminoró la marcha. Vicente López dio lugar a Martínez, Martínez a San Isidro. Al poco tiempo, el pavimento perdió su lisura y se tornó áspero, como corrugado. Miguel redujo la velocidad aún más y se concentró para evitar uno, dos, tres baches en el camino. Lo último que quería era dañar las cubiertas del BMW y tener que terminar la noche en un mecánico.
El sabor amargo de ese recuerdo no deseado se desvaneció de su boca. Las calles de su infancia, de toda su vida, lo rodeaban. San Fernando. Reconocía cada esquina, cada detalle —el bar de Ramiro, la mercería de doña Ruival—, a pesar de la oscuridad asfixiante de esa noche sin luna.
Transitó las últimas cuadras con calma y estacionó frente a su casa. Antes de cruzar las rejas que la protegían, se aseguró de que el BMW estuviera bien cerrado. Echó un último vistazo al coche, rezando por lo bajo para hallarlo intacto al día siguiente.
Cuando llegó a la cocina, encontró a su madre sentada en la pequeña mesa de fórmica, con sus gafas de alambre fino puestas y un cuaderno en la mano, preparando su próxima clase. Una copa de vino a medio terminar esperaba inquieta a un costado.
—Hey, mom —dijo Miguel, con ese acento perfecto producto de haber crecido con una profesora de Inglés como madre. La mujer alzó la vista del cuaderno y sonrió.
—¿Cómo te fue? —le preguntó después de que él le diese un beso en la mejilla—. Did you kiss her?
Miguel se sonrojó y bajó la mirada sin responder. Asintió con la cabeza y se acercó hasta la heladera. Su madre siguió observándolo en silencio.
¿Esperaba una respuesta? Buscaba una jarra de agua cuando escuchó un estallido.
—Shit! —gritó una voz seca, como el reverso de la anterior.
Se volvió hacia ella. Su madre intentaba levantar las astillas del suelo, entre el charco de vino sanguinolento.
—Soy una bruta…
Miguel se acercó a su madre y con delicadeza le tomó la mano derecha. No, no se había cortado.
—Dejá, dejá, lo limpio yo —dijo Natalia.
Fue al lavadero en busca de una toalla. Cuando volvió a la cocina, su madre todavía estaba allí, fregando las baldosas, enojada.
—No puedo ser tan pelotuda. Esa copa costó una fortuna…
—Ya está, ma, ya está —la reconfortó Miguel. Se puso de rodillas—. ¿Papá? —preguntó, mientras alzaba los pedazos de cristal más grandes con cuidado.
—At the hospital.
Echó un vistazo al reloj encima del microondas y frunció el ceño. Era casi medianoche.
—¿A esta hora? —preguntó.
Se puso de pie para enjuagar la toalla en la bacha.
—Lo llamaron de la guardia justo después de cenar. No creo que vuelva hasta la madrugada. ¿Qué necesitás?
Miguel se encogió de hombros.
—Nada, nada. Lo quería ver, nomás —bostezó. Echó un último vistazo al espacio donde la copa de vino había caído. Sin rastros del crimen. Sonrió satisfecho, y anunció—: Me voy a la cama.
—Good night, sweetheart —lo saludó con calidez y retornó la atención al cuaderno.
Miguel se dio vuelta y dejó la cocina atrás. La casa era muy distinta de la de Leticia. Un sola planta, típica con ladrillos a la vista y tejas, dos habitaciones y un solo baño para los tres, motivo de disputas todos los santos días. Los muebles estaban en buen estado, pero no los habían cambiado desde los años 90, el suelo siempre limpio, pero todo tenía ese lustre opaco propio de años de desgaste. Miguel soñaba con una vida sin preocupaciones monetarias. Con el paso de los años había tomado la costumbre de guardarse esos sueños para no incomodar a sus padres, que parecían avergonzarse cuando les preguntaba por qué no podía tener el robot superpoderoso con luces que quería, o unos botines de marca, o un televisor de pantalla plana, o una moto como la de su amigo Facundo.
“Tiene el tamaño perfecto”, solía decir Natalia cuando, de niño, le preguntaba por qué no se mudaban a una de esas casas en los nuevos barrios privados de San Isidro, con jardín y pileta, como las de algunos de sus compañeros de colegio. “No necesitamos más que esto. Una casa más grande daría demasiado trabajo, ¿quién la va a limpiar?, ¿vos?”, siempre la misma frasecita.
Miguel cruzó el estrecho living-comedor y entró en el pasillo, derecho hasta su habitación. Lo acompañaron las fotos inmovilizadas en las paredes. “Miguelito en su bici, 2003”, “Tarde con helado de frutilla en Olivos, 2005”, “Ostende, verano 2009”. La madre solía titular las fotos como sus clases. “¿Cuántos veranos habremos pasado en Ostende, sin poder alquilar nunca una casa en Pinamar?”, se preguntó.
La cama de una plaza lo esperaba contra la pared a su derecha. Dejó el celular en la primera repisa, en el único hueco que quedaba entre cómics, trofeos de fútbol y tenis. Le faltaba altura para un buen saque, pero tenía un buen drive. Su profesor siempre le decía lo mismo: “Altura, tigre, falta altura”. En fútbol, en cambio, ser bajo ayudaba para el medio campo.
“Tan bueno en tantas cosas, pero no me animo ni a darle un beso a una chica cuando la tengo pegada al lado”, pensó con desgana. No importaba. Leticia se había encargado ella misma de que el beso sucediera.
Miguel no pudo evitar un bostezo, esa noche le había drenado hasta la última gota de energía. Se sacó la campera de jean, la arrojó sobre la silla y se acercó hasta el escritorio contra la ventana. Del bolsillo de su pantalón sacó la llave del BMW y la apoyó con cuidado sobre la computadora. Hizo a un lado los libros de marketing digital —sin cerrarlos, los necesitaría a la mañana siguiente para estudiar— y el resumen de la facultad.
Descalzo, casi desnudo, caminó hasta la ducha. Cuando volvió a su habitación, con el pelo negro mojado y una toalla enrollada a su cintura, lo hizo con una extraña sensación de calma. Su madre seguía en la cocina, podía escuchar el rasgar de la lapicera sobre el papel.
Miguel cerró la puerta y caminó hasta el espejo. Dejó caer la toalla al piso y estudió su cuerpo desnudo por un momento. En comparación con la mayor fortaleza de sus piernas, gracias a los años de fútbol, bicicleta, tenis y otros deportes, su torso era delgado, encima lampiño. Veintitrés años, casi veinticuatro, y poco había cambiado desde que pegó el último estirón durante su adolescencia. La cicatriz de la operación de apendicitis se burlaba siempre de él. Suspiró insatisfecho. Aún parecía un niño.
“No entiendo cómo a Leticia puede gustarle esto”, pensó palmeándose la piel lechosa. Se alejó del espejo. Sacó del ropero una remera desteñida y boxers negros. Se acercó al rincón donde esperaba, siempre, su guitarra: una hermosa Seagull electroacústica que su padre le había regalado al egresar de la secundaria. “Miguelito, egresadito”, ironizó.
Estudió con cuidado la madera rojiza, esas cuerdas de acero resplandeciente, pero decidió no sacarla de su pie. Tenía un largo día de estudio por delante mañana, “las tiendas online captan en mayor flujo de clientes”, repitió obediente el power point que había presentado el profesor. Mejor irse a dormir. Apagó el velador, saludó al superhéroe que lo protegía desde su mesa de luz, como hacía siempre desde que tenía memoria, y se metió en la cama. Estaba a punto de cerrar los párpados cuando escuchó su teléfono celular vibrar sobre la mesa de luz. Un mensaje de WhatsApp de Leticia:
«Cuándo nos vemos de vuelta?», decía.
Miguel sonrió por lo bajo y se apresuró a responder.
Otra vez me cortó. “Esta es su manera de terminar las discusiones —pensó Fernández—. En el mismo punto en que las empieza: gritando y sin querer escuchar”. Su ex era terca, pero él mantenía sus convicciones inamovibles.
Aunque de poco le servían todos estos análisis, repetidos. Otra vez se encontraba frente a un muro, o —mejor dicho— frente a una puerta cerrada con la cerradura cambiada.
Manejaba su coche por las castigadas calles de San Fernando, donde prestaba sus servicios desde hacía tantos años, “toda la vida”.
Fernández de San Fernando, insistían los compañeros… los testigos, los sospechosos y otros policías, parecía el chiste obligado. Pero a él, más bien, en sus raros ataques de superstición, le parecía un destino: había crecido allí, se había casado con una chica de allí y había vivido al servicio de esa comunidad.
Podría haber tenido otros horizontes y sin embargo se limitaba a esos, resignado pero convencido.
* * *
Luis podía escuchar el débil chasis forcejear contra las calles empedradas del barrio y el motor próximo a fallar. Pero ambos ruidos, pertinaces, le resultaban tan reconocibles que le permitían conducir con confianza. El pequeño Hyundai siempre había sido así, desde que lo había comprado en esa casa de usados chapada a la antigua. Igual que él, según algunos de sus detractores. Pero sabía que su coche, contrariamente a ciertos individuos, jamás lo dejaría en la estacada aunque diera la impresión de estar en las últimas.
No podía decir lo mismo de Laura. Le había cortado la llamada en plena discusión, otra vez. ¿Cómo se suponía que podría arreglar su matrimonio si, cada vez que intentaba hablarle, Laura le gritaba y luego cortaba el teléfono?
Dobló la esquina y volvió a marcar el número. Sonó una y otra vez, luego escuchó el contestador. El detective lanzó el teléfono celular al asiento del acompañante, frustrado. ¿En qué momento, su vida se había desmoronado de esa manera? “No sos un buen padre, nunca lo fuiste”, lo había acusado Laura con una voz helada: “Cuando pidas disculpas por lo que hiciste, ese día vamos a poder hablar”. Ya le había pedido disculpas cientos de veces: “No es a mí a quien le tenés que pedir disculpas”.
—Ese pendejo de mierda —murmuró, apretando los dientes. No hacía falta ser detective para darse cuenta de que el derrumbe repentino de su matrimonio coincidía con el tiempo transcurrido desde ese día en que no pudo ignorar lo evidente.
Buscó la pastilla para la hipertensión, siempre se olvidaba la hora para tomarla. “Tiene que reducir 13 cm la circunferencia abdominal, Fernández”, había sentenciado su cardiólogo.
Antes de meterse en su oficina, pasó por el bar en la esquina, donde lo conocían bien. Bastaba un gesto distraído para saludar al mozo. Ni siquiera tenía que pedir el primer café: les bastaba verlo llegar para prepararlo.
—¿De grasa o manteca, oficial?
—Hoy nada, Mario —masculló tocándose los 13 cm de circunferencia.
Agradeció con un gesto de la cabeza cuando le trajeron el expreso, sintió el aroma incomparable con los del café de máquina: luego de quince años ya no tenía tolerancia para esa agua terrosa, que sabía a óxido a partir del tercer sorbo.
Sentado a la barra —un claro indicador de que no se quedaría mucho tiempo—, revisó mentalmente el caso. Cuando acabó, pidió otro. Superaba incluso mejor el de su propia máquina exprés.
—Gracias, oficial.
Dejó unas monedas sobre la barra, salió a la vereda y caminó bajo el sol los metros que lo separaban de la oficina.
El momentáneo bienestar desapareció en cuanto entró al edificio. La central, un antro de contradicciones: enorme pero estrecha; piso de granito del principio del siglo XX, atravesada de tubos fluorescentes, aun así lúgubre, poblada por sillas de caño y escritorios de fórmica. Los expedientes aguardaban cubiertos de moho en las estanterías de metal. Ningún cajón cerraba bien. Todavía estaba la foto del intendente del 87.
Pero, a la vez, bullía de movimiento, repleta de oficiales y secretarias luchando con los teclados sin letras que se gritaban de una punta a otra reclamándose expedientes o formularios. Los teléfonos sonaban sin dar respiro, solo destacaban eventuales palabras flotando casi a los gritos para hacerse entender.
Para Fernández, apenas era un ruido de fondo. Después de todo, en el océano de voces desembocaban ríos de sangre y los riachuelos de las pequeñas contrariedades habituales, desde trámites hasta delitos menores. Lo más grave convivía con lo más burocrático.
“El zoológico de San Fernando”: así había bautizado Romina a la central en su primer día. La mujer más inteligente que había conocido tenía tan solo veintidós años entonces. Habían pasado ocho años desde aquella mañana. Ocho años que ahora le parecían una vida entera.
Romina era una chica recién salida de la academia, lo bastante lúcida como para saber que no bastarían todos sus esfuerzos para asegurar cada vez el triunfo de la ley sobre el delito, pero lo bastante joven también para creer, cada vez, que lograrían hacer justicia. Con los años había tenido que encajar, como él, más de un golpe en esa fe inicial. Pero no había perdido entereza ni capacidad de lucha, por eso se había convertido en su mano derecha. No hacía falta explicarle cada cosa para que entendiera.
Cada vez que necesitaba apoyo, Romina acudía a su mente. ¿Por qué no la trataba mejor?, pensó, con un atisbo de remordimiento, mientras ocupaba su lugar detrás del escritorio. En realidad, no siempre había sido así. Afortunadamente, ella sabía por qué se le había estropeado el humor con los años.
Inspeccionó los papeles sobre su escritorio. Lo más urgente era el caso del “cadáver del Paradiso”.
Ni siquiera se había presentado nadie a reclamar al muerto, que ya era noticia pasada en los diarios, pero desde el punto de vista policial aún era un cadáver “fresco” sin identificar. Tal como se encontraba, no podía haber pasado demasiado tiempo desde que lo enterraron, sin duda convencidos de que nadie iría a encontrarlo dos metros bajo tierra en ese páramo olvidado de la mano de Dios, aunque no de la de los inversores.
“Primera pista”, se dijo, riéndose un poco de semejante indicio, que no descartaba a mucha gente. “El o los que lo hayan enterrado ahí no tenían idea de los planes de desarrollo de los constructores o de la municipalidad. Yo mismo podría haberlo hecho”, bromeó consigo mismo, lo que, al fin y al cabo, no dejaba de sentarle bien.
Sonó el teléfono. No el suyo, sino el de su oficina. “Afortunadamente”, pensó por un instante y atendió de inmediato.
—Fernández —dijo.
—Fernández de San Fernando —corrigió una voz que no le molestó, porque se conocían desde hacía años—. Aquí Ferraro. Tengo noticias para vos, pibe.
Ferraro era el forense.
—¿Algo interesante?
—Creo que sí. ¿Podés acercarte un momento?
Miguel esperaba frente a una puerta de madera reforzada con vigas de acero, el dedo aún apoyado en el timbre que acababa de tocar. Canturreaba una canción de las de antes: “There’s a town in north Ontario…”. En la otra mano llevaba el teléfono celular, las burbujas blancas de mensajes habían quedado intactas desde la noche anterior.
Leticia, increíblemente, todavía le hablaba. Podrían haberse quedado chateando hasta el amanecer si no fuese porque se quedó dormido con el celular en la mano y una mueca de enamorado en los labios.
Hubo un fuerte crujido. Miguel levantó la vista del celular para encontrarse con el metro noventa de Facundo.
—Qué hacés, Miguelito.
Apoyado contra el marco de la puerta, le ofreció el puño. Vestía una remera blanca, lisa y apretada, que le marcaba los músculos y un jean del color de sus ojos oscuros. Su cabeza llegaba casi al marco de la puerta.
Miguel guardó el celular en el bolsillo y chocó el puño de Facundo con el suyo.
—¿Cómo va?
—Igual que siempre —respondió y alzó la mirada por sobre el hombro de Miguel, en dirección a la calle—. ¿Sano y salvo?
Miguel se volvió, siguiendo la dirección de su mirada. El BMW esperaba estacionado del otro lado de la calle, inmaculado.
—Sano y salvo —dijo—. Gracias, capo. Mil gracias —insistió, entregándole las llaves.
—Olvidate… —respondió, haciendo girar el llavero en su dedo índice
—No, en serio. Un lujo manejar un coche así…
—Tranquilo. Para algo están los amigos. La próxima vez que lo necesites, avisame con más tiempo, ¿puede ser? Normalmente los viernes salgo y me lo llevo.
Miguel asintió obediente.
—¿Cómo estuvo la noche? ¿Bien? —preguntó Facundo.
—Bien.
—¿Muy bien?
—Increíble.
Facundo sonrió de oreja a oreja y dio un paso hacia adelante, saliendo a la vereda. Sacó un paquete de cigarrillos de su bolsillo derecho, mientras Miguel sentía vibrar el celular. Leticia le escribía y le escribía y le escribía. El último mensaje: «Podríamos ir al Temple Bar, ¿no? Tiene un Instagram que estalla. Hace mucho que me lo recomiendan y nunca fui».
Miguel sonrió por lo bajo. “¿Qué hice yo para merecerme esto?”. Facundo lo observaba divertido. Abrió la boca como para decir algo, pero la cerró segundos después. Sacó otro cigarrillo del paquete y se lo ofreció.
—No, no, gracias. Dejé hace un par de meses.
Facundo alzó una ceja, sorprendido.
—Qué bien que hacés… —volvió a guardar el cigarrillo en el paquete. Comenzó a caminar lentamente en dirección al BMW, seguido por Miguel.
—Impecable —dijo Facundo, inspeccionando el auto—. Todo parece estar okey.
—Te llené el tanque, también —señaló. Facundo le lanzó una mirada un tanto burlona. Le dio otra pitada a su cigarrillo, y se dio vuelta, apoyándose en el capó.
—Siempre tan correcto... Nos tenemos que ver más seguido.
—Sí, de una.
—¿Almorzamos? Hay una parrilla copada acá cerca.
—Hoy no puedo. ¿Mañana? —Facundo dejó escapar un suspiro, como decepcionado.
—¿Tenés que estudiar?
—Mañana rindo un final heavy. Corté para traerte el auto, nada más. Tengo que meterle hasta la noche.
—Seguro ya sabés todo.
—No, ni ahí —murmuró con timidez.
—Dale, almorzamos y después seguís. ¿Hace cuánto que no nos comemos una buena provoleta juntos? ¿Qué sentido tiene pasarse la vida estudiando?
Miguel pensó por un momento. Luego, sacudió la cabeza y levantó las manos a modo de disculpa.
—No, hoy no —trató de sonar decidido—. Tengo que estudiar.
Facundo hizo una mueca, pero no dijo nada. Se alejó del auto y caminó hasta la puerta de su casa. Miguel trotó hacia él, y dijo:
—Perdón, Facu, en serio. —Lo tomó de la mano para detenerlo; sin embargo, su amigo se apresuró a rechazar el contacto.
—Todo bien —le sacó la mano con un gesto brusco. Miguel dio otro paso hacia adelante, intentando interceptar a su amigo. Quiso decirle algo, pero Facundo ya le había cerrado la puerta en la cara.
* * *
Horas más tarde, Miguel cenaba en su casa, con desgana. Sus padres hablaban entre ellos, pero no les prestaba atención. Su boca sabía amarga, como todo el día desde que había partido de lo de Facundo. “Soy muy pelotudo…”, pensó mientras bebía agua. Había hecho lo correcto negándose al almuerzo.
¿Por qué le preocupaba tanto la desilusión de su amigo? Habría sido mucho más divertido pasar el día tomando cerveza con él, no estudiando. Sí, Facundo había sido muy generoso con él al prestarle el auto, pero aun así... Miguel soltó un insulto por lo bajo, y empujó su plato, casi lleno, hacia adelante. Se levantó de la silla.
—¿Pasa algo, Migue? —preguntó su padre.
—Cansado, nomás —forzó un bostezo.
—¿Mucho estudio? —se sumó su mamá.
—Demasiado.
—Dará sus frutos —vaticinó Julio—. Ya casi estás. ¿Cuántas materias te quedan? ¿Cuatro? ¿Cinco?
—Siete —murmuró por lo bajo, levantando su plato de la mesa—, dos este año y todas las del año que viene—. Hizo una pausa y luego continuó, como intentando convencerse a sí mismo—. Pero la de mañana es muy importante. Si no apruebo, no voy a poder cursar dos de cuarto que son correlativas.
—Con más razón, entonces —continuó Julio—. Seguí estudiando. Mucho mejor sufrir ahora un poco y no retrasarse como esos pibes que se demoran siete u ocho años en terminar la carrera.
“¿Por qué no se va bien a la mierda?”. El pensamiento lo sorprendió. Por un momento, temió haber pronunciado esas palabras. Pero se limitó a asentir. Se acercó a la cocina y puso su plato sucio en remojo dentro de la bacha de acero inoxidable. De inmediato, una oleada de vergüenza le recorrió el cuerpo. Sus padres habían sacrificado tanto por él ¿y era eso lo que se le venía a la mente? “Sos un desagradecido”.
Apretó sus dientes. Necesitaba terminar la carrera lo antes posible. La Universidad de San Andrés ofrecía una cartera de trabajos a los graduados. Era su única escapatoria, su boleto a un futuro de lujos y tranquilidad económica. La vida era así, ¿no? Al menos una bien vivida. Sacrificar el presente a cambio de un futuro mejor. Ese era el mantra de su padre, ¿qué otra opción tenía?
¿Qué sentido tiene pasarse la vida estudiando? La voz de Facundo resonaba en su cabeza, inesperada.
En cuanto entró a su habitación fue derecho a la silla, decidido a retomar los sistemas de métricas en plataformas digitales. Pero, al abrir el primer libro, recibió un mensaje de Leticia. Se forzó a ignorarlo. Se calzó los lentes que usaba solo para estudiar. Pasaron una, dos horas, y su determinación comenzó a flaquear. Centró la vista en el apunte, sin éxito. “El ROAS es el retorno de la inversión publicitaria, si invertiste 30 mil, pero facturaste 450 mil, entonces…”. Las letras y los números se habían vuelto un borrón incomprensible. ¿Esto era lo que quería hacer de su vida?
“No tengo opción”, se dijo. La última vez que había intentado hablar con su padre sobre abandonar la carrera… Dejó escapar un suspiro hacia la ventana entreabierta. La luna se filtraba, empalideciendo las estrellas a su alrededor. Saltó de la silla. “Un recreo corto, después sigo”. Levantó la guitarra de su pie con solemnidad y comenzó a tocar. Era tarde, pero sus padres nunca se habían quejado por el ruido. Les gustaba oírlo, aunque no seguía los lineamientos del conservatorio. “Un poco de rock, ma”, quiso explicarle cuando le pedían El concierto de Aranjuez. “No soy Paco de Lucía”.
Abandonado a lo que le saliera, la melodía brotó de él con fluidez. Sus dedos danzaban sobre las cuerdas. Cantaba en susurros, como siempre. Nadie sabía que cantaba, o que le hubiera gustado cantar, también. Dibujó una sonrisa involuntaria, vagamente melancólica. Imaginó un público invisible escuchándolo: le hubiera gustado cantar para ellos, aunque jamás se habría atrevido a enfrentarlos así.
Sin embargo, con la guitarra como escudo era otra cosa. Improvisaba sin dejar de asombrarse de la música que llevaba dentro. ¿Por qué no podía sentirse así más seguido?, pensó mientras enlazaba esa parte espontánea con el estribillo de Time waits for no one, que fue directamente a sus dedos sin pasar por su mente, con toda la agilidad y la destreza innata que le faltaban para otras cosas. ¿Por qué el resto de su vida no era tan simple, tan fácil, como su música?
Vibró su teléfono celular, escondido bajo una pila de apuntes, y Miguel dejó de tocar. El tiempo no espera a nadie. Dejó la guitarra, fue al escritorio y rescató el celular. La pantalla deletreaba el nombre de Facundo de Tomaso en letras blancas sobre un fondo negro.
—Ya estudiaste suficiente —lo saludó Facundo. No era una pregunta, sino una aserción.
—Facu, ¿qué pasa?
—Te estoy yendo a buscar —la voz sonaba un tanto extraña, pero resuelta, sin lugar para vacilaciones como las de esa mañana.
—¿Por?
—Hoy salimos.
Miguel soltó la guitarra de golpe.
—Loco, ya te dije que mañana tengo un fi…
—Ya te sabés todo, estoy seguro —interrumpió—. Tengo entradas VIP para Jet, toca un DJ de esos que te gustan a vos. Todo pago.
—Pero…
—Nada de “peros” —interrumpió enfáticamente—. En quince estoy ahí. Tenés hasta tiempo para bañarte. Te espero afuera —hizo una pausa—. Me debés una por haberte prestado el auto —agregó antes de cortar.
«Leti, pregunta», escribió Miguel minutos más tarde. Se mordió los labios, rogando que Leticia estuviese despierta.
Pasaron segundos y vibró el teléfono.
«¿Qué pasa?».
A toda prisa, con errores, lo escribió. Leticia no tardó en responder.
«Andá», decía el mensaje. «No rendís tipo 12? A las 2 tomate un taxi».
Pensó un largo rato antes de escribir:
«Sí, tenés razón. Como siempre. Gracias».
Una sensación de adrenalina, como una corriente eléctrica, le recorría el cuerpo. Sentía su mente como una olla a presión que acababa de ser destapada. Corrió hasta el baño, donde se duchó con rapidez. Luego eligió la camisa rosa, de cuello bajo. Se sintió sorpresivamente satisfecho con la imagen del espejo.
—Vuelvo en un rato —le dijo a su madre al pasar por la cocina—. ¿Dónde está papá?
—Se fue a dormir —respondió Natalia—. Tiene una cirugía a las cinco de la mañana. ¿Por?
—No le digas que me fui, ¿puede ser? Te prometo que no vuelvo tarde.
No quiso escuchar la respuesta. Salió a la vereda desierta. La adrenalina que había alimentado su cuerpo hasta ese momento se desvaneció de golpe. ¿Dónde estaba Facundo? De nuevo sintió miedo. ¿Qué pasaría si se presentaba a rendir, cansado, sabiendo que no había puesto el máximo de su esfuerzo para prepararse? ¿O si su papá descubría que había salido de noche, en vez de estudiar o dormir? Ya podía imaginarse la cara de desilusión. ¿Había hecho bien en pedirle a su mamá que no le dijera nada? Julio no se enojaría, ni siquiera le levantaría la voz, pero esa mirada de desazón superaba cualquier enojo. Tan solo pensarlo le produjo un escalofrío.
Estaba por mandar un mensaje para suspender el programa cuando un motor rugió a la distancia. Después de un momento, como una criatura siniestra, apareció un auto girando la esquina a toda velocidad. Miguel reculó involuntariamente, saliendo de la calle y volviendo a pisar la seguridad de la vereda. El BMW se detuvo a un solo paso. Facundo llevaba una campera de cuero a tono con los jeans y su auto. Obediente, Miguel subió a su lado. “Ya está —pensó mientras veía su casa alejarse a través del espejo retrovisor—. Ya te fuiste. Ahora, relajate y disfrutá”.
Una hora más tarde, estaba sentado en los sillones de cuero negro en el sector VIP, su espalda contra la pared, elevado un metro por sobre el resto. Solo. Hacía ya más de quince minutos que Facundo había desaparecido en algún rincón oscuro con su última conquista. Una modelo, seguramente. Actriz, quizás. Miguel apenas había compartido dos o tres palabras con ella. ¿Cómo había dicho que se llamaba? Vanesa.
Más allá, un mar de cuerpos empapados en luz roja y verde cubría la pista. Hombres y mujeres de distintas edades bailaban, solos o en pareja, moviendo los pies, los brazos y las cabezas al son de la música que parecía emanar de cada ángulo, cada centímetro del lugar. Miguel alternaba su atención entre ellos y la conversación por WhatsApp que mantenía con Leticia, que insistía en intentar librarlo de su culpa y su preocupación para que disfrutase de la noche con su amigo.
Siempre quería salir o, mejor dicho, siempre le gustaba la idea de ir a un boliche a bailar y emborracharse; pero cada vez que lo hacía, y aceptaba que Facundo lo pasase a buscar, se olvidaba del simple hecho de que, una vez en el boliche, jamás terminaba pasándola bien. No era un lugar para alguien como él. Demasiado tímido, demasiado introvertido, había diagnosticado la psicopedagoga del colegio. Pero a Facundo le gustaba salir. Si quería estar con él, tendría que salir, también.
Cuando le dio respiro al celular, advirtió que su amigo se acercaba a la entrada del VIP de la mano de Vanesa. Facundo hizo un gesto al patovica que protegía la entrada al sector, vestido todo de negro con un auricular en el oído; este escuchó con atención, asintió con la cabeza y le abrió paso entre la muchedumbre. Antes de cruzar, Facundo susurró algo al oído de Vanesa, que asintió tímidamente, se llevó la mano al bolsillo de su campera y sacó un fajo de billetes. La joven partió hacia la barra, seguida por la mirada de Facundo en su trasero. Entonces su amigo fue hacia él.
—Cómo te cuesta pasarla bien, ¿no? —Miguel abrió la boca, pero no alcanzó a responder—. Te conozco desde el jardín, Miguelito —dijo—. Estás pensando dos cosas: la primera, “Tengo que estudiar, qué hago acá, me van a bochar”, etcétera...
Miguel permaneció en silencio.
—La segunda —continuó— es: “¿Cómo carajo hizo Facu para conseguirse una mina como esta?”.
Miguel no pudo evitar soltar una carcajada suave.
Sacudió la cabeza.
—Le erraste —mintió, intentando sonar casual—. La estoy pasando bárbaro y también sé cómo hiciste para que la mina te diera bola.
—¿Sí? —alzó una ceja, divertido. Se sentó sobre la mesita redonda, a espaldas de la muchedumbre—. ¿Cómo hice?
—Igual que siempre. La chamuyaste hasta cansarla. Le quemaste la cabeza. No sé cómo, pero a vos siempre te funciona esa técnica. Bah, supongo que fue eso, porque está claro que no te la levantaste gracias a tu facha.
Facundo levantó ambas manos, como si rechazara un golpe y luego soltó una risotada larga.
—Ay… Miguelito, Miguelito —resopló—, cómo se nota que todavía no entendés nada. —Estiró el brazo, para alcanzar dos copas desde el otro extremo de la mesa y la botella de champán—. No importa, no importa. Ya vas a aprender. Mejor dicho: ya te voy a enseñar.
—¿Enseñar qué, loco? —preguntó, aflojándose.
—Todo.
Le ofreció una de las copas e hizo un ademán invitándolo a brindar.
Aceptó la copa, brindó con Facundo y bebió un sorbo. El líquido le produjo un cosquilleo en el interior de su boca, atravesó, helado, su garganta y sintió entonces como si el estómago se le llenase de luz. Abrió la boca para ponderar el Dom Pérignon, pero… su amigo giró de repente, como si una alarma sonara en su cabeza. Apoyó la copa en la mesa de un sobresalto.
—¿Facu? —preguntó, preocupado, pero él no le prestó atención. Lo vio alejarse hasta el límite entre el sector VIP y el resto del boliche, la baranda de metal pintada de negro alquitrán.
Allí lo esperaba un chico de no más de veinte años, alto y escuálido, vestido con una camisa búlgara multicolor y aros en cada oreja, haciendo señas con la mano. El joven sonrió ampliamente al verlo llegar, pero su amigo no compartía ni una pizca de esa alegría.
Mientras el joven lo invitaba a cruzar la baranda y unirse a él en la pista, Facundo mantenía estoicamente su distancia. Por fin se acercó y le dijo algo. Pero el chico, a diferencia de Vanesa, dio un paso atrás, como asustado, y enseguida empezó a hacer gestos de evidente disculpa con las manos.
Facundo, entonces, se acercó a él. Solo la baranda negra los separaba. De inmediato, se llevó la mano izquierda al interior de la campera y de allí sacó algo que le dio al chico. Después dio media vuelta y se alejó rápidamente de él, abriéndose paso entre el gentío ahora sin más ayuda que la de su propia y desigual potencia física. Tras un momento de desconcierto, el otro se guardó enseguida lo que fuera que Facundo le hubiera dado y no tardó en desaparecer.
—¿Quién era? —preguntó Miguel.
—Nadie.
—¿Seguro?
—Sí, sí, tranquilo —arrojó los lentes oscuros a la mesa—. Un pesado que quería que lo ayudara a entrar al VIP.
—Ah… —murmuró Miguel, sin atreverse a preguntar qué le había dado.
Facundo arrebató su copa de champán de la mesa y la bebió entera de un trago. “¿Dónde carajo está esa chica?”, murmuró por lo bajo, disgustado frente a la botella vacía.
—¿Quién? ¿Vanesa? No sé, nunca volvió.
—Se suponía que tenía que traer otra botella… Primera lección, Miguelito. Si querés que algo se haga bien, tenés que hacerlo vos. Nada de dejarlo en manos de otros. Menos, de una hueca como Vanesa. Vamos.
Miguel vaciló.
—Arriba, dale —ordenó.
Revisó que no hubiera ningún mensaje nuevo de Leticia mientras seguía los pasos de Facundo hasta la salida del VIP. El guardia esta vez se precipitó a abrirles paso, con el beneplácito de Facundo, que no se detuvo hasta llegar a la barra, donde con un gesto discreto pero imperioso llamó la atención de uno de los bartenders —una chica joven, tan bella como Vanesa, o más—, que enseguida se apartó del cliente con el que estaba. Facundo alzó cuatro dedos, la chica asintió y pronto tuvieron delante cuatro vasos del tamaño de un pulgar, llenos hasta el borde de un líquido dorado y resplandeciente.
—¿Cuatro? —preguntó Miguel.
—Dos para cada uno —explicó con una risita diabólica, y le entregó el primero de los vasos.
—¿Y el limón? ¿La sal?
—Nadadeesasputadas —chistó, acercando el vaso hasta la altura de sus labios—: Una, dos, y… ¡tres!
Miguel no tuvo otra opción que seguirlo. El tequila encendió su lengua y le quemó la garganta. Antes de que pudiera tomarse un respiro, Facundo comenzó la cuenta una vez más: “Uno, dos y…”. Miguel bebió el segundo vaso e inmediatamente su entorno empezó a tambalearse. Se volvió hacia su amigo, como buscando un punto de apoyo. Lo encontró con la mirada perdida en la pista.
—Vanesa debe de estar en la mesa —gritó para hacerse oír sobre la música—. ¿Vamos para allá?
—No —respondió, sin elevar la voz—. Ahora vamos a bailar, vos y yo.
Miguel sintió que se ahogaba. El trago había sido demasiado fuerte.
—Facu, escuchá, ya es tarde y mañana tengo que…
Facundo lo agarró del brazo, con la misma autoridad con que se había dirigido antes a la bartender.
—Bueno, bueno. Un tema, y después en serio me tengo que ir. ¿Okey?
Facundo lo arrastró como un niño juguetón hasta el centro mismo de la pista de baile. Miguel sintió que perdía el aliento entre los innumerables cuerpos que se apretaban contra el suyo. Parecían bailar todos con todos. También su amigo bailaba frenético entre los demás, a su lado, sin contenerse. ¿Y él? Sacudió la cabeza, intentando despejarse y a la vez dejándose llevar por el ruido, las luces, el movimiento colectivo.
Sí, eso debía hacer, se dijo, comprobando la alegría de los poseídos, que se agitaban a su alrededor. Empezó a sacudirse también él con esa salvaje intensidad, más y más rápido, como cuando con la guitarra redoblaba el ritmo y se iba cada vez más alto, más alto, olvidando cuanto dejaba abajo en su aspiración de ascender.
Ferraro era así. Le gustaba hablar las cosas personalmente, no por teléfono, mucho menos por mensaje de texto. Quizás era una compensación por los aspectos desagradables de su oficio: que los otros vieran lo que él tenía que ver todos los benditos días. Algunas de sus charlas más interesantes habían tenido lugar en la morgue, junto a la camilla donde yacía frío quien fuera que sirviera de pretexto.
Como sus datos solían ser útiles, Fernández se plegaba a sus costumbres. A menudo, Ferraro ilustraba sus conclusiones señalando con un puntero las magulladuras del cuerpo. Pero esa mañana, atento quizás a la condición particular del cadáver en cuestión, lo había citado en su oficina.
—Ya imaginarás que plantaron al muerto.
—¿Cuánto hace que lo enterraron?
Porque así eran sus conversaciones, a pesar del aprecio que Fernández y Ferraro se tenían. Era como un juego en el que se ponían a prueba o, más bien, Ferraro lo ponía a prueba a él.
—Unos ocho o nueve meses —respondió Ferraro—. Al revés que un parto, contra natura —agregó con su humor macabro—. Se ve que no era gente muy informada.
—¿Sabías que ya estaban los pliegos para construir?
—Saber, saber, no. Pero que semejante terreno no iba a seguir siendo siempre la jungla salvaje se podía sospechar. Parece que ya retomaron las obras, ¿no?
—Sí —confirmó Fernández—. Metieron una cautelar.
—Una gran contribución al partido de San Fernando, los muchachos de Arcadia Building —asintió Ferraro con burla—. Queremos atraer a los vecinos al Paradiso —ironizó repitiendo el eslogan.
—¿Qué más encontraste?
Le lanzó un sobre. Fotos, gráficos, lista de llamados, facturas, declaraciones testimoniales... Lo mismo de siempre. Prefería oír las impresiones del forense, sin tanto papelerío, pero a Ferraro le gustaba contar con material de apoyo.
—Fijate —señaló—. Un hematoma aquí —le indicó lo que parecía un punto en la cabeza, una mancha que él no acabó de ubicar— y otro aquí. Y varios más por todo el cuerpo —cambió de imagen—. En la espalda, en las piernas. Golpes y raspones. Como si hubiera rodado. Te lo dejo a vos, que sos el detective. Mirá —insistió—. Esto es decisivo. Traumatismo craneal. Grave —aclaró—. Daño axonal difuso de la materia blanca cerebral.
—En criollo.
—Esto viene de un golpe muy fuerte en la parte posterior del cráneo. Lo más probable es que sea lo que lo mató, o el tiro de gracia.
—¿Y lo demás?
—El cerebro presenta contusiones en un área difusa. Difícil de precisar. Todo el cuerpo está muy golpeado, pero me juego por la zona occipital.
—¿Una muerte instantánea?
—No necesariamente. Puede entrar en coma antes y durar así un tiempo. Nada seguro.
Fernández meditó un instante.
—¿Una paliza?
—No, no creo. Incluso son golpes demasiado fuertes, no como cuando a alguien lo golpean durante un rato y van subiendo la intensidad. Es un caso diferente.
—¿Hipótesis?
—Podría ser una caída desde altura.
—¿Sin testigos? Raro.
—Pero tiene golpes por todas partes. En una caída puede haber un rebote, pero en general las contusiones aparecen en el lado que haya recibido el golpe. Si alguien se tira de un balcón, por ejemplo.
—O lo tiran.
A Ferraro no le gustaba mezclar las evidencias con las hipótesis.
—De todos modos, no sucedió así el hecho —dijo, empezando a guardar el contenido del sobre otra vez en su sitio—. Después te mando el informe, pero ya estás al tanto.
Fernández asintió impaciente:
—¿Para esto me hiciste venir, che?
—Pensá, pibe —dijo Ferraro—. No le pegaron un tiro ni una cuchillada, ni los golpes coinciden con los de las peleas o las palizas. Es muy raro. Los golpes más brutales están localizados en la cabeza y la cadera, que te mostré primero. No tenemos autopsia por el grado de descomposición. Acá tenés en qué pensar. ¿Cómo se hizo todo eso? ¿Dónde? ¿Y de dónde salió él?
Por “interesante”, Fernández entendía informaciones que lo acercaran a respuestas y no la multiplicación de preguntas. Pero no manifestó su decepción. Tenía un mal pálpito con este caso. Por el modo en que había aparecido el cuerpo, su estado y el origen todavía oscuro de los golpes recibidos.
En su experiencia, eran estos casos inconexos los que a la larga se enredaban más, resultaba muy difícil aplicarles cualquier lógica. Una vez que se encontraba la punta del hilo, nunca se sabía hasta dónde se podía seguir tirando, si es que no se hacía un nudo en el medio.
Se despidió del forense y emprendió el regreso a su oficina. Le faltaban los resultados del ADN, para identificar el cuerpo.
Un hombre desaparecido hacía ocho o nueve meses, sin reclamo de paradero, un don nadie. Un pobre tipo, hundido en un páramo aguardando por el Paradiso donde edificar la felicidad de quienes pudieran pagársela.