Cuando me invitaron a escribir este prólogo, la idea me encantó. No sólo porque el libro encierra caros sentimientos para mí —el relato que narra la vida de una de las primeras maestras que tuvo el país recibió el Primer Premio de Novela Histórica y más tarde se forjó su propio lugar como texto de estudio en las aulas de los colegios secundarios—, sino, y sobre todo, porque desarrolla un tema que a mí, como mujer y argentina que soy, me enorgullece abordar: la valentía que demostraron aquellas docentes que se enfrentaron a la cerrada sociedad argentina del 1800, a la Iglesia católica a la que pertenecían y aun a sus propias familias. No les resultó cómodo ser fieles a su convicción en tiempos en los que se consideraba que las únicas vocaciones que una mujer podía abrazar eran las de ser madre o monja. En pos de sus ideales, ellas se levantaron diciendo que querían cambiar el país enseñando, porque eso era lo que tenían grabado en el corazón.
Durante aquellos años, tras regresar decepcionado de su recorrido por Europa, donde buscó un modelo educativo para implementar en la Argentina, Domingo Sarmiento viaja a Estados Unidos. Allí, encuentra lo que estaba buscando: la educación normal. Si bien el sistema tenía su origen en Francia, en el país del Norte había alcanzado gran desarrollo. El mandatario traerá estas ideas al país y, para implementarlas, entre 1869 y 1898, viajarán desde Estados Unidos a la Argentina sesenta y cinco docentes. Ellos —sesenta y una mujeres y cuatro hombres— serán, junto a las primeras mujeres argentinas con vocación de enseñar, los que fundarán en nuestro país las escuelas normales, primeras instituciones educativas no religiosas. Hasta ese momento, la educación había estado en manos de la Iglesia católica; y ahora, y por primera vez, la impartirían seculares empoderados por el gobierno. La iniciativa —aplaudida por el sector liberal de la nación y criticada por los tradicionales— trajo discusiones, revueltas y movilizaciones. En algunos lugares, como Córdoba, en donde transcurre la historia de esta novela, un grupo de fanáticos religiosos llegará a exorcizar los colegios por considerarlos diabólicos. El conflicto alcanzará el mayor punto de rispidez luego de la entrevista mantenida entre las directoras y las maestras del colegio normal con el enviado papal. El encuentro tuvo derivaciones de trascendencia política: irritado por la injerencia del nuncio, el presidente Roca le exigió la documentación y su rápido retiro del país; es decir, lo expulsó. Desde entonces y durante quince años, la República Argentina rompió relaciones diplomáticas con el Vaticano.
Sin embargo, en medio de las discusiones desatadas en un clima de beligerancia, las escuelas normales a cargo de las primeras maestras argentinas cumplieron su cometido marcando la educación, dejando en nuestro sistema educacional una impronta, una huella indeleble. Con los años, Argentina llegó a ser el país con mayor asistencia escolar de Latinoamérica, superando, incluso, la de algunos países europeos.
Esta novela trata de la vida de una de esas maestras que firma un contrato con el Estado argentino para ejercer el magisterio en un colegio normal. Por ese acuerdo se comprometía —como se le exigía a modo de sacerdocio— a usar vestidos que no mostraran sus tobillos, a no concurrir a las heladerías, a no subirse a un carruaje a solas con un hombre, a no maquillarse y a no tener novio ni casarse.
Pero allí, en ese flamante edificio escolar —foco de grandes revueltas y ámbito en el que se respiraban grandes ideales—, a la maestra Mercedes Castro la vida le deparará sorpresas. Y mientras se levanta el colegio normal de Córdoba —fundado en el año 1884, y que hoy se encuentra enhiesto y firme en la avenida Colón—, ella vivirá su vida de maestra y, también, de mujer.
Sin dudas, aquella labor que realizaron las mujeres señeras como Mercedes es el legado que disfrutan los alumnos de hoy.
Viviana Rivero
En política, los experimentos significan revoluciones.
BENJAMÍN DISRAELI
Ciudad de Córdoba, septiembre de 1884
Las dos jóvenes mujeres cruzaron la calle y comenzaron a escuchar la voz del rezador que cantaba trisagios en la casa de los Martínez. El sol de la tarde caía sobre las sencillas construcciones de la cuadra.
Ya en la vivienda, no necesitaron golpear; la puerta estaba abierta de par en par. Desde la entrada se alcanzaba a ver el cadáver del niño puesto sobre la mesa del humilde comedor; y a la gente, comiendo empanadas a su alrededor.
Mercedes observó de reojo a Frances Wall y, al ver su desazón frente a la imagen, decidió alertarla:
—No se asuste, miss, los velorios de los angelitos son así.
La norteamericana, que intentaba conservar su fortaleza, contestó con una seña de asentimiento y Mercedes la tomó del brazo con decisión para ingresar juntas a la morada.
La madre del niño las distinguió entre los demás. Sus cabellos claros y sus vestidos arreglados sobresalían:
—Maestra Frances… Maestra Mercedes…
—Pochita… —la saludó Mercedes.
—Señorita…, mi hijito se nos fue. Tres días luchó, pero se le acabaron las fuerzas… Todo fue sufrimiento… Debería haber visto su carita… pero ahora… ya es angelito.
Las maestras entendían su sufrimiento, sabían cuánto amaba la mujer a su único hijo varón, de sólo cuatro años; siempre les hablaba de él cuando las cruzaba en el colegio mientras limpiaba las aulas.
—Lo siento tanto, Pocha…, tanto —dijo miss Wall acongojada.
Mercedes, con los ojos llenos de lágrimas, miró a la madre, y, comprendiendo qué se esperaba que pronunciara en estos casos, exclamó:
—¡El angelito ya está en el cielo!
El semblante de Pocha se desdibujó de dolor, pero, a punto de comenzar el llanto, se contuvo: ella no debía llorar. Al fin y al cabo, esa era una noche de fiesta, su hijo era ahora un ángel.
Las tres se acercaron al cuerpo sin vida de Danielito. Llevaba ropa blanca y a su alrededor la mesa estaba cubierta de flores artificiales; a la altura de los brazos, dos pedazos de papel blanco semejaban las alas. Sobre él pendía del techo, a modo de cielo raso, una sábana blanca decorada con estrellitas de papel brillante.
Su madre lo miró con devoción y dijo:
—Mañana se lo prestamos a los Ramírez. Ellos lo necesitan, le pedirán al angelito un milagro para don Esteban. La sepultura se hará recién el jueves.
Frances Wall se escandalizó ante la idea de que el pequeño difunto fuera prestado a otra familia antes de ser enterrado. Mercedes, más acostumbrada a esta práctica de las clases bajas argentinas, le dijo a la madre:
—Cuente con nosotras para lo que necesite, Pocha.
—Sí, lo que sea —agregó miss Wall.
—Muchas gracias. Ahora pasen y únanse a nosotros. La madrina de Danielito hizo empanadas y el padrino trajo vino patero —dijo la madre señalando el patio de donde provenía el bullicio. Los padrinos, como era de esperar, se habían hecho cargo de la parte que les tocaba.
Por cortesía, fueron hacia el patio. Allí el clima era en verdad festivo; un músico preparaba su guitarra para comenzar con las canciones y, tal vez, si esa noche los ánimos acompañaban, hasta hubiera baile. La familia Martínez debía considerarse privilegiada al haber sido elegida por el destino para que su niño muriera antes de los siete años y pudiera convertirse en un ángel de Dios.
Los convidados comían y charlaban animadamente. Las dos maestras saludaron a algunos conocidos. Otros, de lejos, las miraron con desdén.
El colegio normal, recientemente inaugurado por el gobierno para formar maestras, que le quitaba preferencia a la Iglesia católica en la educación, más la ley 1420, que erradicaba por primera vez los contenidos religiosos de los programas escolares, tenían a los cordobeses divididos a muerte. El propio vicario Clara, por carta pastoral, había prohibido el envío de niñas católicas a esa escuela, lo que le había valido la suspensión en su cargo por parte del gobierno y hasta una inminente acción judicial.
El presidente Roca, continuando con la política de Sarmiento, había nombrado vicedirectora del colegio normal a miss Wall. Y desde su apertura, en junio, la maestra norteamericana se había convertido en uno de los blancos preferidos de la crítica.
Los cordobeses tradicionalistas se preguntaban: «¿Para qué necesitamos una maestra extranjera —para colmo de males, protestante— enseñando en nuestras escuelas? ¿No le bastaba al gobierno con haber sacado la enseñanza religiosa de los colegios?».
Los liberales, en cambio, festejaban con bombos y platillos la separación de la enseñanza y la religión, recientemente instaurada.
Hasta la joven Mercedes Castro, maestra y profesora argentina, católica de buena familia, caía en la volteada de las críticas. ¿Cómo era posible que una chica de cuidada educación apostólica romana apoyara este tipo de enseñanza nueva impuesta por el gobierno, y se aventurara a servir de apoyo a «las maestras de Sarmiento», tal como llamaban popularmente a las docentes norteamericanas traídas por idea del educador?
Esa era la razón por la cual muchos ojos escrutaban a las dos jóvenes en la colmada casa de la familia Martínez, en la ciudad de Córdoba.
Miss Wall no se amilanó y en la galería se dedicó a convencer a una de las mujeres para que enviara a su hija al colegio que regenteaba, explicándole que no había ningún peligro espiritual en sus claustros.
Mercedes decidió entrar una vez más al comedor; quería rezar un rosario por el pequeño.
Ya en la sala, pudo sentir la presencia de la muerte más allá del disfraz de festejo. Y en la mitad de sus plegarias, un recuerdo doloroso de su niñez la golpeó: la remembranza del velorio de sus padres, años atrás, se le hizo tan vívida que antes de terminar sus oraciones necesitó salir a tomar aire.
Mientras lo hacía, por la puerta del frente hizo su ingreso doña Teresa García, una de las máximas exponentes de las familias tradicionales de la ciudad de Córdoba, acompañada de dos sirvientas.
La sencilla Pocha Martínez y la aristocrática Teresa García se encontraban ligadas por un extraño vínculo. Dos años atrás, en el verano, durante una gran creciente del río Primero, el marido de Pocha había salvado la vida de uno de los hijos de doña Teresa. El niño, que jugaba distraído, no había visto venir la pared de agua proveniente de las lluvias en las sierras y el hombre, arriesgando su vida, lo pudo sacar de la correntada. Y ahora la señora García, como buena cristiana, venía a acompañar a la humilde mujer a pesar de las diferencias sociales que las separaban.
De lejos, Mercedes alcanzó a escuchar la exclamación de doña Teresa:
—Pocha querida…, ¡su hijo ya es un angelito! —Unas pocas palabras más en tono bajo y algunos murmullos dolorosos de la dueña de la casa completaron el encuentro.
Luego, doña Teresa pasó al patio, donde la recibió el señor Martínez. Mientras charlaba con él, descubrió a miss Wall y a Mercedes, a quienes miró durante un buen rato, hasta que, decidida, recogió sus faldas y se acercó a ellas.
—Buenas tardes, señoras.
—Buenas tardes —contestaron pasmadas y casi al unísono. Las dos maestras conocían muy bien a la señora García: era una de las principales oponentes a la escuela normal cordobesa donde ellas trabajaban. La mujer había enviado una extensa carta al colegio instándolas a que se retractaran de semejante obra. Al mismo tiempo, se había tomado el trabajo de ir casa por casa, visitando a las familias más importantes de la ciudad, para explicar que Dios no veía con agrado la existencia de una escuela sin enseñanza religiosa. Aseveraba, también, que nadie que se preciara de cristiano podía enviar allí a sus niños.
A más, cada tarde, a la hora del gallo, se hacía llevar por su cochero hasta la casona de la calle Alvear, donde funcionaba la escuela, y allí, frente a la construcción, rezaba un rosario, rogándole al Jesús bendito que expulsara a las huestes malignas de la ciudad, las que ella veía representadas en ese edificio. Durante los primeros días había llegado escoltada por tres —a veces, cuatro— señoras de igual pensamiento; pero la vagancia y la comodidad de las mujeres había primado, y ahora sólo la acompañaba una de sus sirvientas.
La voz de Teresa dirigiéndose a las maestras se escuchó con claridad en el patio:
—Señoras, no sé qué vínculo tienen ustedes con Pocha Martínez, pero la Providencia me ha hecho encontrarlas en este lugar, así que no ahorraré palabras para lo que tengo que decirles.
—El vínculo que nos une a la señora Martínez es laboral, ya que ella es la encargada de limpiar nuestra escuela. Y ya me imagino cuál es el tema que desea tratar, pero este no me parece el mejor lugar —contestó miss Wall, comenzando a impacientarse.
—Cualquier lugar es bueno cuando se trata de reparar un error, como es esa escuela sin principios religiosos que ustedes están llevando adelante… de la que ahora también es parte Pocha. ¿Y se puede saber a cuánta gente más piensan enredar en ese perverso proyecto? —exclamó irreverente.
Mercedes pensó que era hora de intervenir. Lo mejor era hablar de cordobesa a cordobesa porque a miss Wall, cuando estaba nerviosa, a veces se le mezclaba el inglés con el castellano.
—Señora García, no deseamos que nadie deje de lado sus creencias religiosas. Nuestro colegio es simplemente eso, un colegio. Un lugar de enseñanza. Para lo religioso está la casa, y la iglesia.
—No sea atrevida, señorita Castro. Las enseñanzas de Dios deben impartirse en todos lados: casa, iglesia y colegio.
—Creo que esta conversación no nos lleva a ningún lado —dijo miss Wall observando, incómoda, a su alrededor.
—No nos lleva a nada porque usted y sus maestras no entran en razones. Pero le digo una cosa, miss: ese colegio normal no tiene destino. Y yo misma trabajaré día y noche para que no progrese. Este país no necesita ese tipo de ridícula educación que ustedes pretenden: laica, gratuita y obligatoria.
Y sin permitir que las dos jóvenes le respondieran, la mujer dio media vuelta y se dirigió hacia la salida de la casa.
Tanto Mercedes como Frances Wall quedaron consternadas. Y al ver las miradas indiscretas que se posaban sobre ellas después de la charla subida de tono, decidieron que era el momento de retirarse del velorio del angelito, no sin antes saludar con rapidez.
Ya en la calle, volcaron en comentarios lo que saturaba sus corazones desde que habían comenzado las clases, unos meses atrás.
—¿Es que no logran entender que sólo perseguimos que esta ciudad tenga un buen colegio? —dijo la norteamericana.
—Ya lo entenderán. Hay que darles tiempo, miss. Ahora lo único que nos queda es continuar con nuestra tarea de enseñar.
Apuraron sus pasos. Pronto se haría de noche y dos mujeres no debían andar solas por la calle. Si lo hacían, corrían el riesgo de ser la comidilla de los chismes al día siguiente y ya bastante tendría la gente para comentar con la discusión sostenida con la señora García.
La marcha agitada las llevaba a ritmo impetuoso cuando, a la vuelta de una esquina, se toparon con Juan Manuel Urtiaga, hacendado y abogado porteño, instalado en Córdoba desde hacía unos meses por designación especial del presidente Roca.
La tesis universitaria de Ramón Cárcano denominada «La igualdad de los derechos de los hijos naturales, adulterinos, incestuosos y sacrílegos», que se oponía a los principios de la Iglesia católica, había hecho poner los ojos de todo el país en la universidad de Córdoba. En la misma carta pastoral en la que se mostraba contrario al funcionamiento del colegio normal, el vicario Clara había prohibido la lectura de la tesis. La Iglesia sentíase agredida por los vientos liberales que corrían. El presidente había enviado al doctor Urtiaga para que observara en qué terminaba el formidable jaleo y, de ser necesario, para que participara del debate. No quería que su gobierno, también liberal, quedase mal parado.
El elegante hombre, con su imponente metro ochenta, las miraba entre divertido y sorprendido ante el choque que acababan de tener en la esquina:
—Perdón, señoras… Buenas tardes.
—Buenas tardes, don Manuel —contestaron las dos.
Mercedes no pudo evitar ponerse nerviosa. Cada vez que se cruzaba con él, a la salida de misa o en algún evento social, los ojos de Urtiaga parecían traspasarla. Y no era fácil disimular. Él no era un muchacho; era un caballero hecho y derecho.
—¿Necesitan que las acompañe? Las veo presurosas y la tarde ya casi acaba.
—Venimos del velorio de Danielito Martínez, y se nos ha hecho tarde —indicó miss Frances—. Pero, por favor, no es necesario que se tome la molestia —añadió cuando sopesó que, si se dejaban acompañar por un hombre que no era familiar de ninguna de las dos, sería peor el remedio que la enfermedad.
Mercedes se limitó a asentir. La presencia de don Manuel la intimidaba.
—Como quieran, señoras. Seguramente vienen de un momento duro, pero aprovecho… Señorita Mercedes, la espero en la reunión que tendrá lugar en la universidad el día lunes… Uno de los temas que trataremos será el del colegio.
—Lo lamento, no creo que sea posible. La escuela se lleva buena parte de mi tiempo —dijo Mercedes, haciendo honor a la verdad.
Y miss Wall agregó:
—Sí, y los ánimos de los cordobeses están demasiado exaltados como para que vean a una de mis maestras en un mitin político. Sé que sus intenciones son buenas y agradezco su apoyo a nuestro establecimiento, pero entiéndanos.
—Claro que la comprendo, miss, pero recuerde que mi respaldo al colegio es incondicional; igual que hacia ustedes —agregó mirando fijamente a Mercedes—. No duden en hablarme, si me necesitan.
—Gracias… Y buenas noches, don Manuel.
—Señoras, ha sido un placer encontrarme con ustedes —dijo con un gesto galante de reverencia hacia las damas, y se despidieron.
Unas cuadras más adelante, miss Wall le comentó a Mercedes:
—Querida, me parece que don Manuel te mira con interés.
Aunque es un poco mayor para ti. ¿Qué crees?
La joven se tomó unos segundos para contestar. Claro que ya había notado cómo la miraba el hombre; también había percibido lo atractivo e instruido que era. Estaba en la cresta de la ola de los pensamientos liberales que mecían al país. Pero ella sólo tenía cabeza para su trabajo: el colegio normal. Además, recién acababa de cumplir los veintidós años, mientras que don Manuel —estaba segura— pasaba los treinta y ocho.
—Miss, yo no creo nada. Usted sabe que el proyecto del normal se lleva todas mis energías. No tengo lugar para pensamientos de otra naturaleza.
Miss Frances sonrió. Los casi diez años que le llevaba a Mercedes la hacían un poco más sabia en estos asuntos. Y la muchacha no la engañaba: Manuel Urtiaga no era el único interesado en una relación.
Luego de avanzar unas cuadras, miss Frances llegó a su casa, y Mercedes siguió sola unos metros más. Vivían muy cerca.
Ya en su hogar, sintiéndose al reparo de toda contienda, y feliz, saludó a su tía con un sonoro beso.
—Hola, tiíta. ¿Cómo sigue su pierna? —preguntó Mercedes refiriéndose a los dolores de hueso que la anciana venía sufriendo en el último tiempo.
—Hola, querida. Mi pierna sigue dolorida, pero hay cosas peores. ¿Cómo estaba Pocha? ¿Ha sido muy duro?
—Lo llevaba con entereza. La convicción de que es un angelito la tranquilizaba bastante.
—Me imagino… Pobre mujer… Ahora, come algo, que cada día estás más delgada, y así no conseguirás pretendiente —le dijo doña María en alusión a su figura, que distaba mucho de tener toda la carne que la moda exigía. Su cuerpo escuálido y sus piernas largas no conformaban, precisamente, el modelo femenino preferido por los hombres.
—Tía, deje ya de buscarme novio. Sabe que mi prioridad es la educación y en este momento la escuela normal ocupa el primer lugar en mi corazón.
—¡Cómo no lo voy a saber! ¡Si en misa todo el mundo me ha pedido que hable contigo para que desistas!
—Lamento decepcionar a esas viejas cascarrabias, pero no desistiré. Y no lo haré hasta que vea a este país lleno de escuelas, donde cada niño pueda estudiar sin importar cuál es su posición económica, social o su religión. A este país lo hacemos grande con educación para todos, como dijo el sanjuanino que no le quiero nombrar.
—Pues no me lo nombres, que él y yo aún tenemos nuestras diferencias por franquear —dijo aludiendo a la polémica figura del expresidente Sarmiento—. Ahora, cómete una humita en chala de las que hizo Eulogia y que te ha dejado al lado del fuego. ¡La pobre mujer ya no sabe qué cocinarte para que comas con ganas! —expresó refiriéndose a la criada que la acompañaba desde hacía años y señalando el brasero de cobre con brasas de leña que calentaba la casa y que, en los meses fríos, se ubicaba en las salas de cada familia acomodada de la ciudad.
—No tengo hambre; ya he comido algo en casa de los Martínez. Prefiero irme a dormir. Estoy cansadísima y mañana debo dar clases. —Y mientras lo decía, besó de nuevo a la mujer y se retiró en medio de sus quejas.
Ya en su habitación, comenzó a desvestirse. Se sacó el pantalonete de encaje, las tres enaguas de volados y el polisón. Y, al observarse con poca ropa, en el espejo reconoció que su tía tenía razón. Si bien su rostro era armonioso, y sus cabellos, claros y vistosos, estaba muy delgada. Recordó la frase de su tía —«No conseguirás pretendiente»— y concluyó que su silueta no era precisamente el peor de los problemas: el inconveniente principal era el susto que provocaba a los muchachos que ella trabajara como maestra y ganara su dinero. Se rio, no le importó. Y le vinieron a la mente el rostro anguloso y los ojos grises de don Manuel. Pero arrancó esa imagen pensando en su escuela. El deseo de extender la educación en el país se le había metido hasta la médula y se había transformado en su prioridad. Un hombre y esa prioridad, por ahora, eran incompatibles.
Tal vez, había sido por los cientos de libros que había leído; o por la soledad que sintió ante la muerte de sus padres durante aquella fatídica epidemia de cólera, cuando ella era sólo una niña y tuvo que irse a vivir con su tía… Pero lo cierto era que estudiar y enseñar se habían convertido en el centro de su vida. Y gracias a Dios, su tía María, la hermana mayor de su padre, apoyaba su aspiración como siempre lo había hecho en todo. Al recibirla en su casa, a pesar de su soltería y de no entender nada de niños, la mujer la había aceptado y amado. Y con el paso de los años, al día de hoy, se había convertido en su mayor sostén.
Todavía recordaba cuánto afán había puesto durante sus años de estudio junto a las monjas sabiendo que se preparaba para enseñar a otros. Nunca, ni aun de niña, por su cabeza había dejado de pasar la idea de que se dedicaría a educar.
Esa misma sed era la que la había llevado a vivir en Entre Ríos con una familia de conocidos durante un tiempo, hasta conseguir su título de profesora en la primera escuela normal de la República Argentina, que funcionaba en Paraná, fundada por inspiración de Sarmiento. En esa institución había conocido un nuevo concepto, fuerte y distinto, de la educación. Luego, había vuelto a su ciudad para el proyecto del normal cordobés. Y ahora estaba allí, embarcada hasta la coronilla, pero feliz y entusiasmada. Se dio una última mirada en el espejo y se tendió en la cama. Estaba exhausta. Con la bata de dormir puesta, apagó las velas del candelabro de su mesa de luz. Recordó el rostro de algunas de sus alumnas, a quienes quería profundamente y para las que tenía grandes planes, e inmediatamente se quedó dormida.