Durante el tiempo que me llevó escribir este libro me dediqué a buscar en mi casa y en la casa de mi madre y hermanos el primer libro que publicó mi padre, Pedro Adrián Rivero, en 1969. Era una novela corta, titulada El movimiento. Yo había intentado leerla a los doce años y la había abandonado después de unas páginas “por difícil”. Luego nunca más lo intenté. Esos desaires que nos permite hacer nuestra calidad de hijos, y por los que el amor de padres no les permite a ellos ofenderse. Pero como la vida tiene su propio sentido del humor, sucedió que, al escribir Los colores de la felicidad (que transcurre en la década de los 60), sentí la necesidad de leer aquella novela de mi padre. Al tratarse de un libro editado hacía tantos años y con una tirada corta, parecía que al último ejemplar de la familia se lo había tragado la tierra.
La mañana que terminé de escribir mi libro, más precisamente una hora después de haber puesto la palabra “fin”, llegó a mis manos el ejemplar perdido de El movimiento. Ansiosa, abrí la primera página y sólo fue necesario leer dos para comprender con emoción que mi padre (en 1969) y yo (en 2015), sin haber hablado nunca ni una palabra sobre el asunto, habíamos elegido y tratado el mismo tema. Claro que él lo hizo a su manera, con otro argumento, pero es el mismo tema: el hecho de que siempre hubo y habrá hombres dispuestos a luchar para hacer del mundo un lugar mejor; no importa el país ni las creencias, siempre estarán dispuestos a invertir horas, días y hasta sus vidas completas en luchar por lo que creen, aun cuando a veces parezca una quimera. Porque a lo peor del hombre siempre se le podrá oponer lo mejor: su bondad.
Descubrir esta coincidencia con mi padre me impresionó y me conmovió hasta las lágrimas por muchas razones. Porque Pedro, a sus veintitantos años, creía lo mismo que yo ahora. Porque descubrí esto hoy, que él ya no está para hablarlo conmigo. Pero por sobre todo porque entiendo que la literatura borda con hilos de seda y amor las relaciones familiares, las amistades, el cariño, y crea algunas benditas coincidencias para hacernos ver que no todo está perdido mientras en el corazón de alguien habite la bondad.
Porque, más allá de los cargos de una persona, de sus títulos académicos o de otra clase, más allá de las posiciones sociales y económicas, al final de todo lo único que nos hace importantes en esta vida es ocupar, con amor y bondad, el lugar que nos toca en el mundo. Personas importantes, porque esparcen su perfume allí donde fueron plantadas, ya sea el jardín más bonito y sofisticado o una rústica y ventosa montaña.
Non rinunciare mai a qualcosa di bello se ti rende felice anche a costo di andare contra il mondo intero.
Quizá sea porque soy un hombre que ama los colores desde que tengo uso de razón. El motivo, tal vez, se encuentre en que vivo en un país lleno de matices: el turquesa del mar cubano, el rojo y el naranja de las frutas, el verde de las palmeras, o el dorado del sol cayendo sobre el Malecón. Quizá, también, porque los colores nunca han dejado de ser importantes para mí, porque ellos siempre han logrado despertar en mi interior la llama creativa y me han hecho sentir vivo de una u otra manera, aun en los momentos más duros, esos en los que creía que moriría de tristeza o de dolor, porque no hay una vez que no haya untado el pincel en la paleta de colores o que mis dedos no hayan asido mis lápices con pasión y poniéndome a dibujar o pintar no me haya emocionado. Tal vez, por todo esto, la vida siempre se me ha antojado un vaso de vidrio lleno de agua límpida, un recipiente repleto de líquido transparente donde cada tanto una mano extraña y poderosa sumerge un pincel cargado de pintura, a veces amarilla, otras roja, o azul, o verde, y de tantas otras gamas como uno pueda imaginarse. Por momentos, a veces efímeros, esa mano tiñe nuestra existencia de diversas tonalidades y la carga de colores inimaginables. En algunas ocasiones, son bellos y luminosos, como una naranja recién cortada; y en otras, oscuros, tenebrosos, como nubes de negras tormentas. Porque así son los momentos que nos tocan vivir en esta vida: a veces, resplandecientes como mañana de verano en la playa, dulces como miel, y otros, oscuros como tarde lluviosa y amargos como hiel. Pero por suerte, aun en los tiempos en que el susto nos embarga por lo negro del tinte que impregna nuestra existencia, y durante el terror más espantoso por lo oscuro de ese colorante, descubrimos justo a tiempo que, mientras estemos vivos, siempre habrá esperanza de que el pincel, tomado por la mano poderosa, se sumerja en la paleta para sorprendernos con una hermosa y mágica tonalidad que transforme nuestro mundo en claro, colorido y vivaz.
Amo los colores aunque ahora haga años, más precisamente desde 1959, que sólo los mire y ya no los use. Muchos comienzos de año han pasado desde que toqué mis lápices y mis pinturas por última vez. Tantos que ya ni sé bien dónde han ido a parar los elementos que me mostraban como el artista plástico que fui. Poco queda de esas épocas en que me consideraba un creativo. Tal vez haya alguna escultura hermoseando un paseo público, o algún que otro cuadro expuesto; ahora, por estos tiempos, he aprendido a desquitarme con mis otras pasiones, esas que me siguen acompañando desde siempre: la música y mis escritos. Por las noches, cuando regreso a casa, me zambullo en ellas y en la más completa soledad doy rienda suelta a lo que tengo dentro. Mi máquina de escribir me acompaña, y en ella dejo fluir mis ideas. Esas que se plasman en la carpeta verde repleta de hojas, hojas que algún día serán un libro, como ese que ya escribí, también, hace varios años. Nada ha sido fácil en los últimos tiempos, pero algunas noches, aquellas en las que llego más cansado, o aquellas en las que me arrastro por la casa herido de melancolía, tomo mi guitarra y mis manos la acarician como si fuera la mujer querida que alguna vez tuve.
Entonces, allí, en medio de los acordes, me siento viejo aunque en mi cabello castaño recién hayan aparecido mis primeras canas y aún no cumpla los treinta y seis. Me pesan todas las vidas que he tenido y las que no pude tener: la del artista que dejé en suspenso, la del revolucionario que soy pese a tener un corazón demasiado blando para cargar un fusil; la del padre que no fui, aunque tenga un hijo; y la del hombre enamorado que dejó a partir a su amor. Ahora, cada día me levanto y me centro en la lucha que me trajo hasta donde he llegado, esa que he llevado adelante buscando cambiar mi país, transformar la sociedad para hacerla más justa. Pongo mis ojos en esta cruzada y así siento placer y fuerza; pienso sólo en ella y vuelvo a sentirme invencible.
De esta forma escapo del peligro de ser atacado mortalmente por mis recuerdos; porque, es justo decirlo, en la revolución no hay lugar para ellos.
Ensimismado como estoy, sentado frente a mi escritorio, leyendo la lista de los cien artistas e intelectuales más selectos del mundo, algunos a los cuales he admirado por mucho tiempo, y teniendo ahora la oportunidad de verlos en vivo, y en mi país, no alcanzo a decidirme si esta vez la mano poderosa ha untado uno de los colores luminosos o sólo es un morado muy oscuro. Porque sé que verlos en acción y en mi tierra será una de las más grandes experiencias en mi vida; pero no sé qué traerá el reencuentro con Brisa. Sólo de una cosa estoy seguro: de que con sólo ver su nombre en la lista ha puesto mi rutinario mundo cubano patas arriba. Al final de la página, junto a otros nombres rutilantes, leo: «JEAN SCHUSTER, escritor, poeta y periodista francés; LASSE SÖDERBERG, escritor y poeta sueco; MARGUERITE DURAS, novelista francesa; MICHELINE CATTY, pintor y escultor francés; PIOTR KOWALSKI, arquitecto y escultor polaco; BRISA GIULI, fotógrafa y poeta francesa».
Ese nombre de mujer fulgura ante mis ojos: «Brisa». Brisa… Shika, para mí.
Sé que es ella, aunque se hayan tragado una ele y diga «Giuli» y no «Giulli». Sé que es ella aunque diga «francesa», y Brisa sea más argentina que el Che… Claro, hace ya más de cinco años que vive en París, y habrá adoptado esa ciudadanía.
—Shika, Brisa… —repito en voz alta.
Nombre suave para designar el ciclón que ella significó en mi vida. Aunque buena parte de la decisión de que vengan los cien artistas pesa sobre mí, no son los noventa y nueve nombres selectos los que me ponen ansioso, sino la posibilidad de que me reencuentre con Brisa.
Resolver si todos esos famosos entrarán a mi tierra se supone que es el botín que me ha quedado por ser el artista que alguna vez he sido en este país.
La voz del cabo Daniel López me saca de mi mundo.
—¿Y…, señor ministro? ¿Qué hago?
Levanto la vista. Sus palabras no logran penetrar en mi cerebro.
Mis espesos pensamientos no me lo permiten. Sólo lo miro.
López observa mis perdidos ojos, e insiste:
—Oiga, ministro, pregunta el comandante Castro si ya estudió los nombres.
El hombre pone énfasis en el apellido y de inmediato logra su cometido.
—Llévele mi informe —le digo extendiendo una carpeta. Allí, con palabras sencillas, explico las razones por las cuales yo acepto que el grupo de los cien intelectuales que propone Wifredo Lam venga a La Habana para participar del Salón de Mai.
Me pongo de pie y saco del archivo otra carpeta más gruesa.
—Entréguele esto también; dígale que son los antecedentes de todas las personas que están propuestas. Sólo faltan dos… Recién los tendré mañana.
Daniel López se cuadra, me saluda con la mano en la sien y se marcha contento. Lleva en sus manos lo que ha pedido «el Comandante». Yo me quedo absorto en mis pensamientos. La siesta calurosa de La Habana ha tomado la forma del rostro de Shika, su cabello claro, sedoso y lacio lo llena todo. Sus enormes ojos marrones parecen mirarme y su sonrisa dulce, perseguirme.
Historia del Salón de Mai
En 1967, el Salón de Mai, la gran exposición de arte moderno y contemporáneo que tiene lugar anualmente en París desde 1945, se celebraría en Cuba. La muestra de arte ya había sido invitada a Suecia, Suiza, Yugoslavia y Japón, pero esta era la primera vez que se realizaría en América.
Wifredo Lam, artista plástico cubano radicado en Europa, había sido su entusiasta gestor. Lam había estado representado en el Salón de Mai desde 1954 y tenía excelente contacto con su presidente, Gastón Diehl, y con las autoridades de su país. En 1963 fue invitado para celebrar el Día Internacional de los Trabajadores, y en la Plaza de la Revolución, ante una multitud que lo aclama, Lam es promovido como pintor nacional. Su contacto con la isla se vuelve regular hasta que, en 1966, tras una larga estadía en la que creó la pintura El tercer mundo, nace la idea de que La Habana reciba al Salón de Mai durante el año siguiente.
Desde un principio, en París, el plan entusiasmó a todos los artistas e intelectuales, ya que existía un gran interés en la Revolución cubana. La admiración iba en aumento tras la publicación de los artículos en los que Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre relataban sus experiencias durante la estadía en Cuba, en 1960.
Luego de aceptar la realización del Salón de Mai, el gobierno cubano aprobó íntegramente la lista de los cien intelectuales que participarían del evento. Lo hizo a pesar de que esos pintores, escultores, escritores, periodistas, fotógrafos, editores y especialistas museísticos profesaran las más variadas tendencias artísticas e inclinaciones políticas.
«Clic», dispara la Kodak y el lente capta la imagen de una mujer de treinta y cuatro años que lleva minifalda a cuadros y botas altas de cuero blanco. El cabello rubio le llega a la cintura, como dicta la moda, y en su regazo tiene un sobre que le quema las manos y el corazón. La delatan la expresión de su rostro y el temblor de sus dedos al abrirlo. Un segundo y sus ojos marrones quedan prendados en las letras de la carta.
Esa soy yo, hoy, ahora, y esa es mi cámara; pero no hay foto, sólo la imagino, como siempre, como casi siempre me gusta hacer con mi propia imagen cuando algo importante sucede en mi vida.
Quizá sea porque las fotografías siempre me han atraído. O, quizá, porque los retratos jamás han dejado de ser importantes para mí. Mi máquina me permite plasmar en imágenes el mundo de sentimientos que mis ojos descubren. Al revelar la película, puedo mostrarlo, compartirlo, que otros vean el universo —mi pequeño mundo— a través de mi cámara. Y eso me da un inconmensurable placer.
La vida siempre se me ha antojado como un enorme álbum de fotos, un libraco con muchas hojas en blanco que, a medida que pasan los años, cubrimos con imágenes memorables, las instantáneas que conforman nuestra existencia. Páginas y páginas vacías que, desde nuestro nacimiento, esperan quedar atiborradas de imágenes. Pero lo más tremendo de esta idea que tengo desde muy niña, lo más grandioso de esta conjetura, es que pienso que, sumadas a las fotos propias que pegamos en nuestro álbum de vida, también se van sumando otras que son colocadas por las manos de personas ajenas, hombres y mujeres que comienzan a aparecer y a cobrar importancia en el álbum de nuestra existencia. Y esas fotografías armarán, junto con las propias, nuestro álbum de vida.
Y hoy, que mis manos sostienen el sobre que contiene la invitación para participar en el Salón de Mai que se realizará por primera vez en Cuba, siento que una fotografía extraña acaba de colarse en las páginas de mi álbum, porque alguien que yo casi no conozco ha planeado realizar el Salón de Mai en la isla y ha decidido que yo debo estar allí. Dicen que fue Wifredo Lam; sin embargo, con él sólo he charlado dos palabras la mañana que me lo presentaron en el barcito de Montmartre donde suelo desayunar. Me emociona que una de las expresiones más importantes del arte mundial se haga por primera vez en América y no en Europa porque, a pesar de vivir hace varios años en París, las capas más profundas de mi corazón siguen siendo latinoamericanas y argentinas hasta el dolor, hasta no terminar nunca de extrañar y de añorar, hasta soñar con volver a vivir allá, aunque sea de vieja. Pero, sobre todo, me emociona saber que el Salón de Mai se hará en la isla, porque ese lugar ha sido el país más importante para mí.
Leo nuevamente la invitación y el nombre del país donde se realizará el salón vuelve a saltar a mi vista llenándome de las más variadas y fuertes emociones: Cuba… Cuba…
—¡Cuba…! —digo en voz alta y la boca se me llena con la palabra de gusto dulce y amargo al mismo tiempo. Y esa ambigüedad rebasa mis pensamientos y mi alma porque no puedo terminar de decidir si esta fotografía que hoy acaba de agregarse al álbum de mi vida y que tiene forma de invitación al Salón de Mai es una de las felices y luminosas o una gris y dramática. Las ideas se me confunden y no puedo saberlo. Ese país encierra sentimientos y recuerdos demasiado caros para mí.
Camino hasta mi equipo de música, donde suenan los Beatles y lo apago. Hoy necesito silencio.
A través de la ventana de mi departamento veo a mi hijo Doménico de ocho años, que está en la vereda jugando con otros niños a lanzarse bolas de nieve. Es que en este invierno ha caído una nevada tras otra y París está blanco desde hace semanas. Observo su carita roja de frío y sus manos en alto lanzando nieve mientras les grita algo a sus amigos. Con la bola en el aire, pienso que él, sin lugar a dudas, es la más bella y luminosa imagen que ha ingresado al libro de mi vida. Mi calidad de madre sola me permite pensar esto y mucho más.
Porque Doménico es mío, y yo lo crío. Su padre está, vive, pero muy lejos de este frío de nieve y muy cerca del sol rasante de La Habana, ese lugar que hace años mis pies no pisan. Y que, tal vez, pronto pisarán.
Tras el golpe de Estado perpetrado por Fulgencio Batista el día 10 marzo de 1952 en Cuba se instauró una dictadura cruenta.
Caridad Fernández puso en la mesa de la galería un enorme florero repleto de rosas chinas. Almorzarían al resguardo del techo pero frente al verde exuberante del parque de su imponente casa. Se ubicarían junto a la fuente de piedra con forma de Neptuno que su marido había hecho colocar especialmente para ella sobre los baldosones rojos de la galería cuando cumplieron los treinta años de casados. El detalle había sido un gusto que le había querido dar a Caridad, a quien siempre le había atraído el rumor que hacía el agua al caer. La fuente, que le daba un toque distinguido al parque, combinaba a la perfección con el estilo clásico de la casona de la finca.
Pepa, la criada que más años tenía en la casa, terminó de poner los cubiertos.
—No, Pepita; esos, no. Pon los de plata, por favor —le indicó Caridad.
La mujer movió la cabeza, cerró los ojos, frunció el ceño y exclamó:
—¡Cierto, mi señó! Me había olvidado de que hay invitados.
Cada domingo, la familia Fernández a pleno almorzaba en la enorme galería. Ese día se reunían todos: Caridad y su esposo Luis; Lázaro, el hijo mayor que llegaba con su esposa y sus suegros; y los otros tres: Joel, Pedro y Rosa. A veces, participaban algunos buenos amigos o los enamorados que se volvían importantes para sus hijos.
En esta ocasión, Paula, la joven que desde hacía unos meses noviaba con Joel, por primera vez compartiría la mesa dominical. La visita indicaba que la relación comenzaba a tomar carácter formal, algo que a Caridad le complacía. Era una buena chica; tal vez, demasiado tranquila para su hijo Joel, que era el más entusiasta y vehemente de los cuatro. Sin embargo, a ojos de Caridad, Paula tenía un punto favorable: su familia, al igual que los Fernández, poseía una finca tabacalera. Lo que significaba que, si la pareja llegaba al altar, terminarían uniéndose el poder y la fortuna de ambas familias.
Caridad había compartido los almuerzos con muchas enamoradas de sus varones y algunos pretendientes que presentó su hija, pero hasta ahora sólo la novia de Lázaro, el primogénito, se había integrado a la familia. Tras casarse, y para su alegría, pronto la haría abuela.
Ese domingo, justamente, esperaban para comer a sus consuegros, quienes llegarían de un momento a otro porque Milena, la esposa de Lázaro, había ido a buscarlos con su automóvil. También estaba invitado a almorzar un amigo de la niñez de Joel, Marcos Fabre, asiduo comensal de los domingos.
La casa bullía de preparativos a la espera de los invitados.
Caridad, al ver que se aproximaba la hora, se apresuró y terminó de darle instrucciones a Pepita sobre qué vino servirían y qué copas usarían. Sonrió al darse cuenta de que pronto tendría que poner vasos de plástico en la mesa porque habría un niño en la familia.
En minutos, la mesa estuvo completamente lista: mantel de lino, platos blancos y flores rojas. Esa era una combinación que a Caridad le agradaba repetir, una de las tantas que le habían enseñado en las clases de buenos modales que tomó siendo muy joven, antes de contraer matrimonio. «Cómo está servida la mesa muestra de cuerpo entero cómo es la señora de la casa», fue una de las tantas sentencias que recibió. Y ella, solícita, había aprendido esa lección y otras que la habían convertido en la mujer refinada que era y que le habían permitido casarse con un Fernández. Porque en su familia nunca habían sido millonarios, pero sí distinguidos y cultos, cualidades que le habían valido para aspirar a casarse con Luis, uno de los herederos de la tabacalera Fernández.
Su padre había sido uno de los norteamericanos que había llegado a la isla para ejercer la profesión liberal y que terminó quedándose a vivir, enamorado del sol y de una cubana, su madre. Siendo un joven abogado ambicioso, llegó de Oregon para atender asuntos de importación y exportación de mercancías. Así, cuando la tabacalera de la familia Fernández decidió embarcar sus habanos hacia nuevos destinos, el hombre condujo el negocio de la exportación de un producto que no dejaba de tener compradores por doquier. Su trato regular con los Fernández lo terminó emparentando políticamente a través del casamiento de su hija Caridad con Luis. De manera tal que los millones y los cabellos oscuros de los Fernández se unieron con los sofisticados gustos sajones y los ojos claros que ahora se repetían en ella y en sus tres hijos varones que, al igual que el padre y el abuelo materno, ostentaban títulos de abogados. A su niña, que había llegado cuando creían que sólo concebirían varones, la educaron en el arte y los idiomas, y ahora manejaba varios a la perfección. Los rasgos físicos de Rosa se parecían a los de Luis Fernández: morena y de grandes ojos oscuros.
Al principio, Caridad no estuvo de acuerdo con el noviazgo que su padre había concertado con Luis Fernández y que terminó en matrimonio porque la imposición paterna había llegado cuando era muy jovencita. Sin embargo, hoy podía reconocer que, al cabo de tantos años, su esposo la había convertido en una mujer muy feliz. Porque Luis había resultado un marido amoroso y un padre dedicado.
—Señó, la cocinera pregunta a qué hora hay que servir la comida.
La pregunta de Pepa que esperaba pronta respuesta la volvió a la realidad.
—Avísale que comeremos a la una en punto.
La criada asintió con la cabeza y mientras se marchaba comenzaron a aparecer los comensales: primero, Luis, su marido, que, dándole un beso en la mejilla, le avisó que la novia de Joel acababa de estacionar su vehículo en la entrada. Se lo dijo justo cuando su hija Rosa y una amiga se asomaron riendo a carcajadas.
—¿Qué es lo tan divertido?
—Ay, mamá, si supieras lo que pasó anoche… —dijo Rosa buscando sentarse para comenzar un largo y animado relato de esos que a ella le gustaban.
—Después me contarán. Ahora ayúdenme a que vengan sus hermanos, que Paula ya está en la entrada. Rosita, por favor, avísales a tus hermanos que deben bajar a comer…
—Mamá, los he visto a los tres a punto de encerrarse en la biblioteca.
Caridad hizo mala cara. Al percibir el halo de contrariedad, su marido intentó apañarlos:
—Tal vez necesitan decidir para mañana algo urgente relacionado con el trabajo.
—Luis, no lo permitas; llámalos. Es domingo; no hay necesidad de trabajar.
—Nosotras nos encargamos… —dijo Rosa tomando del brazo a su amiga.
Caridad notaba que en el último tiempo había algo que tenía nerviosos y preocupados a sus hijos varones. Al punto de verlos al límite del malhumor entre sí. No era difícil darse cuenta de que esto debía estar relacionado con los momentos que atravesaba el país. Los Fernández eran miembros de una familia propietaria de una gran empresa tabacalera y, a veces, cuando la política no acompañaba o el poder estaba demasiado revuelto, como en esos días, el trabajo y hasta la vida cotidiana se complicaban. Una razón más para perdonarles a sus hijos que un domingo quisieran encerrarse a tomar una decisión urgente de trabajo. El presidente Fulgencio Batista, que había asumido mediante un golpe de Estado, atravesaba una de sus mayores crisis. Y el malestar social, claro, afectaba directamente el negocio.
Por eso, cuando Rosita entró en la galería, Caridad no dudó en pedirle que fuera por sus hermanos. Si alguien podía lograr que ellos bajaran pronto, esa era Rosita, la más consentida de la casa y la más mimada e irreverente. Sobre todo, en contraposición a Lázaro, el mayor, quien le imponía coherencia al grupo cuando en cualquier área este se tornaba demasiado desfachatado.
Caridad conocía a la perfección a sus hijos: Lázaro, responsable en exceso; Joel, arrebatado, puro corazón y pasión; Pedro, inocencia y audacia. Eran sus bebés aunque el casado ya tuviera treinta y uno; Joel, veintiséis; y Pedro, veinticuatro.
Con tanto cambio político dando vueltas y tantas nuevas ideas insurgentes de moda, ella albergaba algunos temores en su interior respecto a sus hijos. Algo extraño estaba sucediendo en la sociedad cubana. Gente que por años había pensado de una manera, ahora cambiaba y se inclinaba hacia ideas peligrosas. La radicalización de las posturas provocaba que los amigos se volvieran enemigos y los parientes, desconocidos. Lo asombroso, para Caridad, consistía en que la filiación a un bando determinado no necesariamente estaba emparentada con la clase social a la que cada uno pertenecía. Sobraban ejemplos de miembros de familias acomodadas que hacían carne los ideales revolucionarios y se enfrentaban al gobierno de Batista, que defendía a la clase alta.
Por la manera de pensar de Lázaro, Caridad no se preocupaba. Él ya estaba encaminado en la vida; y más ahora, que sería padre.
Pero por las de Joel y Pedro, sí.
El benjamín era demasiado inmaduro y cualquier viento podía convencerlo. Aunque hacía poco se había recibido de abogado, justo antes de que el presidente cerrara la Universidad de La Habana a raíz de los disturbios y protestas realizadas en su contra, ella, como madre, aún lo veía maleable y se sentía responsable por su destino.
También se inquietaba por Joel, ya que era un idealista por naturaleza. Un apasionado que tenía una forma de ver la vida muy particular; su inclinación al arte y su carácter indómito hacían que Caridad temiera por él. Asumía sus posiciones con tanta vehemencia que, cuando abrazaba una creencia, era capaz de dar la vida por ella, de enfrentar lo que fuese, si lo guiaba su corazón. Caridad solía pensar que, si Joel se entregaba a las nuevas ideas, la familia Fernández se encontraría en un grave problema porque su hijo iría hasta las últimas consecuencias. Él se había recibido de abogado e iba todas las mañanas a las oficinas de la tabacalera sólo por darle el gusto a su padre. Estaba claro que el negocio familiar no era lo suyo; él era un artista de alma: un dibujante y un pintor talentoso, un músico excelente y hasta un filósofo que, casi en secreto, había escrito y publicado un ensayo denominado El ser del hombre. Del texto, que obtuvo bastante repercusión en el mundo intelectual habanero, Luis y ella sólo se enteraron tiempo después por las albricias que los diarios le prodigaron al libro, porque su hijo ni siquiera lo había comentado en la casa. De hecho, cuando lo increparon acerca de por qué no había contado algo tan importante, respondió muy suelto: «Pero, mamá, el libro no es lo determinante, sino las ideas que están en él. Y tú me las escuchas decir todos los días».
Joel era así: siempre se salía de las convenciones, estaba fuera de los cánones de la normalidad. Y Pedro, en su inocencia, lo admiraba. Lázaro, pese a esos dos hermanos que parecían volverlo loco, trataba de llevar la empresa a buen puerto; sobre todo, desde que la cabeza de la familia, poco a poco, se retiraba del ruedo para darles paso en los negocios a sus muchachos.
De Rosa y su posible interés en las ideas revolucionarias no se preocupaba. Caridad presumía que ella era una señorita más interesada en encontrar marido y estrenar vestidos, que en entrometerse en la política. A pesar de que había concurrido a la universidad hasta el momento en que fue clausurada, hacía poco más de un año, jamás la había escuchado debatir estos temas. Por eso, creía que estaba fuera de peligro; no así los varones, a quienes había escuchado trabarse en discusión un par de veces hablando sobre la necesidad de una revolución.
Caridad, ensimismada en estas cavilaciones, comenzaba a preocuparse hasta que un pensamiento sobrevoló su mente y se tranquilizó: ellos siempre habían conformado un verdadero clan, el clan Fernández, donde todos eran para uno y uno para todos. Y mientras sonreía al recordar el día que había escuchado a Rosa decir por primera vez esta frase —que se había transformado en el lema de su familia—, vio que, caminando por el parque, llegaba la novia de Joel. Enfundada con un elegantísimo vestido rosa y con el cabello oscuro recogido en un rodete alto, conforme era el grito de la moda, se acercaba a su encuentro.
—Paula querida, adelante… —invitó alentándola a que subiera las escaleras de la galería.
En minutos, ella y su marido Luis saludaban a la muchacha con un beso y le pedían que se acomodara, mientras Caridad se preguntaba dónde diablos estaba el novio, que no venía a recibir a Paula.
—Mamá…, acá estamos, deja de preocuparte —escuchó decir divertido a Joel tal como si le hubiera adivinado sus pensamientos.
El muchacho llegó desde el interior de la casa tomado del brazo de su hermana y de Sonia, la amiga. Lázaro y Pedro venían detrás, conversando. Los tres varones vestían trajes de colores tostados, todos eran muy altos y de piel trigueña, como su marido. Los tres tenían los mismos ojos claros de ella; aunque los de Joel eran verdes grisáceos y entre su cabello castaño brillaban algunos mechones más claros que parecían haberse equivocado de cabeza. Caridad los observó objetivamente y estuvo segura de que eran lindos hombres. Pero, lo más importante: eran hombres buenos. Así los habían criado. Y allí, junto a su hermana, conformaban una hermosa imagen de cariño fraternal.
—¿Cómo está la mujer más hermosa de La Habana? —dijo Joel saludando a su novia, dándole al menos cuatro besos, como lo hacía siempre. Paula se ruborizó y sonrió. Pero él, que no se daba por enterado, giró y, mirando a su madre, agregó—: Aunque en esta casa, Paula querida, tienes una fuerte competencia. Mírala… ¿no es linda como una flor? La belleza le sale por cada poro… Tengo que reconocer que me ha ganado de mano don Luis… por muchos años… ¡Y lo bien que hizo! Si no, yo no estaría aquí, ni ninguno de estos tres pánfilos —dijo Joel riendo mientras miraba a sus hermanos y tomaba a su padre por los hombros, estampándole un sonoro beso en la frente.
—Vamos, hijo…, vamos a la mesa —respondió Luis y agregó—: Paula, tendrás que tomar control de Joel, que molesta a mi novia… —dijo extendiéndole la mano a su mujer para conducirla rumbo a la mesa. La muchacha sólo sonrió; no estaba acostumbrada a estar en medio de los Fernández, ni a ser parte de sus conversaciones llenas de bromas y de muestras de amor filial. Los miraba y descubría que era una familia mucho más cariñosa que la suya. Entre los Fernández todo era una excusa para besarse, gastarse bromas y reír con desenfado.
Ellos formaban una típica familia cubana donde el trato cariñoso predominaba en todo momento.
Comenzaban a ubicarse en la mesa cuando se unió al grupo Marcos Fabre, quien, tras los saludos de rigor, a tono con el clima de algarabía que rodeaba a los comensales, bromeó:
—Ya veo que mi amigo me ha cambiado por su novia —dijo al ver que Joel acomodaba a Paula en la silla que casi siempre ocupaba él los domingos. Desde que los padres de Marcos habían fallecido, solía compartir con los Fernández el almuerzo dominical. Ambas familias habían sido amigas y Joel y él gozaban de una estrecha afinidad desde niños.
—Cállate, desagradecido, deja de meter brete. Ven aquí —respondió Joel al chiste y, tomándolo por detrás, desde los hombros, lo empujó hasta ubicarlo en la silla de la punta. Luego, se agachó y se saludaron con un abrazo, lo que dio pie para ponerse al día con las actividades que compartirían esa semana, como el partido de baloncesto que jugarían con los que fueran compañeros en la universidad.
—¿Cantas hoy en El Guateque? —le preguntó Marcos.
—Sí, claro, ya sabes que aunque no me pagaran un peso, lo haría por puro gusto.
—Mi amigo el músico… —dijo con afecto Marcos, quien, mirando a Paula, le preguntó—: ¿Irás esta noche?
—No, Marcos, fui ayer y ya sabes la locura que hay en cada velada.
¿Tu novia va?
—No, ella está de viaje.
—¡Ajá! ¡Con razón te acuerdas de mí y me invitas a tomar un trago! —se quejó Joel.
—No, de veras que quería tomar algo contigo. Hace mucho que no nos reunimos y charlamos tranquilos.
—Mira que terminaré tarde —le aclaró Joel.
—No importa; te esperaré.
—Es perfecto que me acompañes porque acabo de enterarme de que mi novia no irá. Parece que la ha aburrido mi repertorio… —deslizó Joel.
—Lo importante es que no me aburra del músico —respondió Paula y agregó—: Y eso jamás sucederá; él es verdaderamente apasionante.
La charla era animada cuando llegó Milena junto a sus padres y la atención y la conversación se centraron en su panza de seis meses de embarazo. Sentada junto a Lázaro, se dedicó a explicar con lujo de detalles los movimientos de la criatura.
A la una en punto, con una conversación risueña de fondo, se sirvió el arroz congrí, que fue recibido con respetuoso jolgorio por los varones de la casa. Al verlos parlotear animadamente, nadie hubiera pensado que momentos antes, encerrados en la biblioteca, los tres hermanos habían discutido por primera vez en su vida de una manera fuerte y violenta.
El aire de Cuba pedía libertad y, cargado de esta exigencia, se enrarecía día a día. La casa de la familia Fernández no quedaba al margen de los sucesos que alteraban la cotidianidad ni de los deseos libertarios que abrazaban muchos cubanos. Los últimos acontecimientos de insurrección contra el gobierno de Batista no dejaban espacio para pensar de manera conciliadora: o se estaba en un extremo o se hallaba en el otro. No había lugar para el equilibrio, las dudas o las medias tintas. La moderación no se aceptaba en ninguno de los dos bandos. La mesura, la sensatez y la prudencia eran virtudes a las que, en estos tiempos turbulentos, no estaba permitido recurrir.
La conversación que los tres hermanos habían iniciado un rato atrás y que había alcanzado un tono virulento tuvo que dejarse en suspenso cuando Rosa, al hallarlos en pleno alboroto, gritándose como desconocidos, los conminó a que entraran en razones y bajaran a comer. Su pedido surtió efecto: los hermanos acordaron que seguirían la discusión pasada la sobremesa. Volverían al asunto inconcluso, aunque, a pesar del cariño que se tenían, no creían alcanzar un acuerdo.
Luis Fernández levantó su copa y con la mano en alto propuso un brindis:
—Por la familia…
Y todos respondieron al unísono:
—¡Por la familia!
Las copas aún tintineaban cuando Pedro agregó:
—¡Y por Cuba, nuestro país lindo, libre y querido!
Y todos brindaron sonriendo, salvo Caridad, que se quedó seria, pensativa. El brindis de su hijo le había llamado la atención. ¿Qué pasaba por la cabeza de alguien de veinticuatro años para pedir ese brindis? ¿Debía preocuparse? ¿O es que ella estaba demasiado sensible? Con la mirada clavada en Pedro, semblanteándolo para desentrañar sus dudas, vio cómo Joel le tomaba la cabeza a su hermano en un claro gesto de cariño. Entonces, sintiéndose complacida con la imagen, se olvidó de toda preocupación.
* * *
Cuatro horas después, en la biblioteca y a puertas cerradas, los tres hijos de Luis Fernández caminaban nerviosos por la habitación. Sobre el escritorio fulguraba un alto de panfletos de color rosa y la charla inconclusa se reanudaba:
—¡No me interesa saber de dónde salieron todos esos volantes…! Sólo deshazte hoy mismo de ellos —le ordenó Lázaro a Pedro—. ¿Acaso quieres ponernos en la mira del SIM? —insistió de mala manera haciendo referencia al Servicio de Inteligencia Militar que por orden de Batista se encargaba de vigilar a todo el mundo, y de otras cosas más terribles.
Pedro, que ya había hecho dos veces el intento de explicar para qué y por qué tenía esos papeles que llevaban por título —escrito en grandes letras negras— «Revolución ahora», volvió a arremeter en un nuevo ensayo de explicación:
—Lázaro, es importante comprometerse… La revolución es un mal necesario.
—Cállate… No quiero ni que nombres esa palabra —exigió y, con ímpetu, tomó asiento.
—Lázaro, no puedes ser tan cerrado —intervino Joel que, hasta el momento, había hablado muy poco.
—Tú, también, ¡cállate! Y no lo defiendas. Sólo haz entrar en razón a tu hermano, métele en la cabeza que debe tirar toda esa basura y abandonar las ridículas ideas de revolución que no nos llevarán a ninguna parte.
—¡Claro que nos llevarán…! Son las que cambiarán el país —aguijoneó una vez más Pedro.
—¿Es que no has oído? —reclamó Lázaro, quien, tras pegar con fuerza en el escritorio, se levantó con violencia de la silla y, con los brazos en alto, se dirigió en dirección a Pedro.
—¡Basta, Lázaro! ¡Acábala! —intervino Joel poniéndose en el medio por temor a que las cosas terminaran mal. Y agregó—: Vete a tomar el café con Milena, que te espera hace largo rato… Yo me encargo de arreglar este asunto con Pedro.
Lázaro lo miró con los ojos centelleantes. Luego, moviendo la cabeza negativamente, abrió la puerta con la misma energía con la que le había hablado a su hermano menor y dijo:
—¡Habla con él, a ver si entra en razón! —rezongó y, dando un portazo, abandonó la biblioteca.
—No puedo creer que Lázaro piense de esa forma —dijo Pedro refregándose nervioso el pelo con las manos.
—Siempre ha sido así. No tiene por qué llamarte la atención.
—¡Es que en algún momento tendrá que entender!
—La revolución no se le mete por la fuerza a nadie —sentenció Joel.
—Me enoja, me desespera que no entienda… —se lamentó Pedro, colapsado y con los ojos llenos de lágrimas.
Joel, al ver el estado de su hermano, le dio pena. Para algunas cosas, todavía era un niño grande.
—Pedro, a estas ideas las entienden los que quieren entender, los que están preparados para aceptarlas… Y Lázaro no lo está. Ahora, saca ya mismo esto de acá. Aprovecha que todo el mundo está entretenido. Cárgalas en el auto y llévalas al sótano de El Guateque.
Joel sabía que allí se reunía uno de los principales grupos de revolucionarios. Su hermano Pedro participaba activamente en él, al igual que varios de sus amigos más cercanos, incluido Marcos.
El Guateque era el club donde Joel una o dos veces a la semana cantaba y se sacaba el gusto por la música. El lugar llevaba varios meses siendo el centro de reuniones clandestinas que apoyaban la revolución buscando derrocar al presidente Fulgencio Batista, a quien gran parte del pueblo consideraba un dictador tirano. La lucha contra el gobierno comprendía desde simples marchas hasta atentados cada vez más arriesgados. El club, a simple vista, era un lugar de moda donde tomar una copa, bailar o escuchar música, una boîte típica que gustaba tanto a los turistas como a los habaneros. Un sitio en el que, justamente por ser tan conocido y estar tan expuesto, a nadie se le ocurriría pensar que en su sótano se tomaban crudas decisiones que atañían al país entero. A Joel lo habían invitado en un par de oportunidades y él había aceptado. Si bien con este grupo compartía la necesidad de promover un cambio radical en la sociedad y en el gobierno, todavía no se sentía tan seguro de que el fin que perseguían justificara los medios que usaban.
—¿Por qué no vienes a la reunión de hoy? —le preguntó Pedro, que soñaba con que su hermano se comprometiera con la causa. En su inocencia, creía que, si lo hacía, él sería el artífice de grandes y decisivos cambios en La Habana.
—No sé hasta qué hora se quedará Paula en casa —se justificó Joel.
—Pero la reunión es más tarde; puedes venir un rato antes de que comiences a cantar.
—Lo pensaré.
—Ven. Hoy se hablará de lo que haremos con los volantes. Joel suspiró resignado.
—Está bien; me has ganado por cansancio. Iré, aunque sólo sea para controlarte.
—Deja de actuar como hermano mayor, que comienzas a parecerte a Lázaro.
—¿Ah, sí? Entonces no iré.
—No, no; ven. Hoy tendremos un orador especial, alguien que mandan de Sierra Maestra. Es a las ocho de la noche.
—Te veré allí antes de cantar. Ahora, vamos, que nos esperan abajo —dijo Joel pasándole el brazo por los hombros a su hermano y saliendo del cuarto.
El Guateque, con el transcurso del tiempo, se volvería cada vez más importante en las vidas de Joel Fernández y su hermano.
La revolución no se lleva en los labios para vivir de ella. Se lleva en el corazón para morir por ella.
CHE GUEVARA
Historia del Servicio de Inteligencia Militar
El SIM (Servicio de Inteligencia Militar) tenía por función informar sobre asuntos relacionados con la seguridad de Estado; y por su carácter secreto, realizaba tareas de vigilancia sobre los miembros del Ejército cubano, pero, con el tiempo, extendió sus redes sobre la vida de los civiles. A partir de 1951, contó con el asesoramiento de Estados Unidos, lo cual trajo su profesionalización y un aumento del control sobre la población. Sus miembros, tanto civiles como militares, actuaban como «policías judiciales» y mantenían constantemente informado al presidente de la República.
El SIM infiltró delatores e informantes en todas las organizaciones existentes en la isla, como la Universidad de La Habana y el Partido Socialista Cubano, entre otras. Estudiantes y trabajadores eran espiados y sus actividades, celosamente inventariadas en el registro que el cuerpo secreto tenía organizado por provincias, municipios y barrios. Los integrantes del SIM —hombres de extrema confianza de Batista, al punto de que conformaban su guardia personal— controlaban los movimientos de los ciudadanos para conocer quiénes promovían y adherían a las protestas y las huelgas.
El SIM trabajaba en relación directa con el Buró para la Represión de las Actividades Comunistas, organización que encarcelaba, torturaba y asesinaba a los disidentes. «Que hagan el interrogatorio fuerte, duro y sin contemplaciones», era la orden emanada para los represores que conducían las pesquisas.
Durante su existencia, el SIM tuvo varios directores. Algunos son recordados por su estirpe sanguinaria y otros, por la forma cruenta en que murieron.
Ese domingo, a las cinco de la tarde, después del almuerzo familiar, Joel cargó la guitarra en su Ford Thunderbird blanco. Con el vehículo en marcha y a punto de partir, vio que su hermana Rosita se acercaba.
—¿Te vas al club? —le preguntó ella.
—Sí.
—Entonces, entrégale esto a Pedro. Me lo dieron en la iglesia cuando fui a la misa de las cinco. Llévaselo, por favor —pidió extendiéndole el brazo y pasándole por la ventanilla un sobre marrón.
—Rosa, ¿sabes qué hay dentro? Debes tener cuidado —la previno tomándole la mano junto con el sobre. Las ideas revolucionarias se extendían como reguero de pólvora entre los universitarios enojados por el cierre de su casa de estudio. Y él sabía que su hermana, además de simpatizar con el cambio social, realizaba pequeñas tareas de colaboración, como la entrega de este sobre para Pedro.
—No sé qué contiene, salvo que es un simple papel con palabras escritas. Y, por favor, no me retes, que tú también haces cosas peligrosas.
—¿Ah, sí? ¿Como qué?
—Como ir a las reuniones de El Guateque.
—Sólo voy de oyente.
—Cállate, Joel, que ya tienes las ideas de la revolución a flor de piel. Se te nota en la cara.
—No lo creo, pero de algo muy importante estoy seguro: esto no es un juego y es lo que temo que tú no entiendes.
—¡Claro que lo entiendo! —protestó—. Hoy escuché cómo se puso Lázaro cuando vio los panfletos. ¿No hay posibilidades de que apoye la causa? Es espantoso que él esté del otro bando. Me duele; somos familia.
—A mí también, pero imagínate que si Lázaro, que es un Fernández, se puso así por los volantes… ¿qué harían los del SIM si se enteraran de que Pedro trae propaganda a casa? Ustedes dos deben ser más cuidadosos.
—Quédate tranquilo, hermanito. Lo único que yo hago, cada tanto, es recibir algunos sobres en la iglesia —explicó e, inclinándose sobre la frente de Joel, le dio un beso sonoro. Luego, juguetona, le despeinó el cabello con la mano.
—Terriblita que eres, ya verás… —la amenazó al arrancar el vehículo.
Mientras manejaba por el sendero que unía el casco de la finca con la ruta, Joel se acomodó el cabello en el espejo retrovisor. Lo llevaba largo adelante, pero peinado para atrás y muy cortito a los costados. Era lacio como el de su padre, aunque unos mechones claros lo hacían llamativo. Su piel trigueña también era marca Fernández. Únicamente sus ojos verdes lo delataban como hijo de Caridad, y algo de su amplia sonrisa de labios gruesos.
Al contemplarse animado, reconoció que, pese a los tiempos peligrosos y caóticos que le tocaba afrontar, y que incluían discusiones como las que había tenido esa tarde con sus hermanos, él nunca perdía el buen humor. «Es que soy cubano —meditó—. Y los cubanos somos alegres por naturaleza. Nadie, ni siquiera un dictador, nos podrá quitar la alegría… Nunca». Se prometió a sí mismo que nada, jamás, lo lograría, sencillamente porque él no lo permitiría. Disfrutaba demasiado de la vida para volverse gris por luchar contra un opresor. Amaba el sol de Cuba, adoraba leer y escribir, cantar y pintar. Le gustaba hacerle el amor a Paula con pasión, meterse en el mar azul durante una mañana luminosa y comerse un buen pescado asado. ¿Qué más se podía pedir a la vida? Y por defender estas cosas simples, muchas veces se sentía tentado de luchar más abiertamente contra el régimen de Fulgencio Batista.
Joel, como todos los Fernández, no sufría carencias de ninguna clase. Su vida era buena en muchos sentidos pero justamente por eso creía que cargaba con la responsabilidad de defender los derechos de aquellos que no gozaban de las mismas condiciones, de los que no sabían leer, de los que pasaban hambre, de los que no tenían medicina al alcance de la mano, de los que no tenían voz para opinar porque no tenían opinión, ya que nadie les había enseñado a expresarla. «¡Maldito imperialismo extranjero que nos corroe! ¡Y que viene de la mano de uno de los nuestros! ¡Batista, maldito tirano! A este régimen vetusto y maligno ya le queda poco», pensó. Estaba seguro, lo sabía, lo presentía. Meditaba y maldecía sin imaginar que en ese mismo momento, no muy lejos de donde se encontraba, cinco personas que sentían que el final de la dictadura era inminente acababan de decidir que esa semana, más precisamente el 13 de marzo, se realizaría el ataque al Palacio Presidencial con el propósito de derrocar al presidente Batista. Aunque Joel no lo supiera, del ataque participarían su hermano Pedro y su amigo Marcos Fabre, junto a otros de sus conocidos.
En minutos, Joel Fernández estacionó su auto en el Malecón, frente a la puerta de El Guateque. Con la guitarra en la mano, se dirigió al sótano del club para escuchar al orador del que tan bien le había hablado Pedro. Las palabras que planteaban la necesidad de actuar para llevar adelante el imperioso cambio iban calando hondo en su corazón. El discurso lo embargaba, una plenitud inconmensurable rellenaba cada rincón de su interior y le reclamaba acción. Pero, sabedor de su inclinación pasional, de su fiereza para abrazar las causas nobles, trató de endurecerse, porque, si aceptaba el reto, lo tomaría con ardor. Él no entendía las medias tintas, ni la moderación. Y reconoció que así como esta actitud era buena, también podía ser mala. Porque era capaz de dejar la vida por lo que creía y de olvidarse de todo, de absolutamente todo.
Historia del ataque al Palacio Presidencial
El día 13 de marzo de 1957 el presidente Fulgencio Batista se hallaba instalado en su despacho presidencial cuando un comando revolucionario de cincuenta hombres equipado con armas automáticas irrumpió en el palacio.
Tras mantenerse agazapados en una combi camuflada con una leyenda comercial y dos automóviles estacionados en la puerta del edificio, los hombres entraron en acción cuando el comandante dio la orden de avanzar al percibir que los soldados apostados junto a la reja estaban distraídos. La tropa de asalto descendió y, luego de un corto tiroteo, logró ingresar por la fuerza a la casa gubernamental. El plan contemplaba que, tras la ocupación, un grupo de cien hombres apoyara al primero. El refuerzo disponía de ametralladoras, fusiles automáticos y una metralleta calibre 50 instalada en el eje de un camión que debía encargarse de dominar los edificios altos de la zona y de disparar contra la guarnición del palacio, ubicada en la azotea. Al mismo tiempo, otros comandos llevarían a cabo el copamiento de varios cuarteles militares para asegurarse el arsenal, el cierre de las comunicaciones y la toma de la Universidad de La Habana, donde se instalaría un cuartel general. Otro comando, a cargo del secretario de la Federación Estudiantil Universitaria, José Antonio Echeverría, tomaría posesión de Radio Reloj para difundir la noticia de la muerte de Batista.
Pero la planificación, a veces, puede fallar.
Esa siesta, apenas pasadas las quince, la puerta del palacio cedió ante el grupo de los cincuenta revolucionarios comandado por Carlos Gutiérrez Menoyo y Faure Chomón Mediavilla. El primero murió de inmediato y el segundo resultó herido aunque pudo escapar. Los asaltantes coparon la primera planta y avanzaron sobre la segunda, sede del despacho de Batista. Pero el dictador ya se había fugado por una escalera que conducía al piso superior, donde estaba apostada la guarnición del palacio, la que se trenzó en un duro combate de recio fuego con los rebeldes.
Con varios muertos desperdigados por el suelo, Faure Chomón ordenó emprender la retirada luego de comprender que los refuerzos nunca llegarían.
Mientras sólo veintiséis compañeros de armas escapaban por el parque con las balas silbando y picando cerca, en los estudios de Radio Reloj José Antonio Echeverría informaba de los sucesos a través de un texto redactado con antelación. Con voz exultante, el líder estudiantil aseveró: «Pueblo de Cuba, en estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el tirano Fulgencio Batista. En su propia madriguera del Palacio Presidencial, el pueblo de Cuba ha ido a ajustarle cuentas. Y somos nosotros, el Directorio Revolucionario, los que en nombre de la Revolución cubana hemos dado el tiro de gracia a este régimen de oprobio. Cubanos que me escuchan, acaba de ser eliminado…».
Sin embargo, la realidad era otra. El grupo comando había fallado en la concreción de su principal objetivo: decapitar al dictador. Y, diezmado, debió replegarse y huir ante la falta de refuerzos. Los demás copamientos también fallaron y Echeverría, que se había quedado hablando solo porque la transmisión radial fue cortada, murió en combate cuando regresaba a la sede de la federación.
Más tarde, tras fugarse y poner su vida a salvo, el presidente Fulgencio Batista se presentaba ante las cámaras y ofrecía una conferencia de prensa para informar que se encontraba en perfecto estado de salud y que sería implacable con los rebeldes. Pero el anuncio redobló el deseo de derrocarlo.
Eran las ocho de la noche cuando el doctor Juan de Gracia recién pudo comenzar a enyesar a uno de los hijos de Luis Fernández. Y Caridad, a su lado, respiró aliviada. El muchacho se había quebrado la pierna haciendo deporte. Varias horas atrás le habían avisado que la radiografía mostraba una fractura. Por esa razón, convocaron con urgencia al facultativo que desde hacía años atendía a los Fernández cuando la salud de un miembro lo requería.
Pese al aprecio que mantenía por la familia y al carácter urgente del requerimiento, la jornada laboral —una de las peores de su vida— lo había retenido hasta tarde en el hospital a raíz de los luctuosos acontecimientos del día. El ataque al Palacio había dejado un gran saldo de muertos y heridos y si bien De Gracia no los había atendido personalmente, el gobierno le había asignado la tarea de controlar a los médicos que debían curar a quienes habían participado en el atentado. Las autoridades temían que los revolucionarios heridos —ahora presos y bajo vigilancia policial— recibieran ayuda de parte del personal sanitario. Por eso le habían encomendado que controlara a los facultativos, que estuviera alerta a cualquier gesto de camaradería o solidaridad hacia los rebeldes. Que los curen; esa era la orden. «Aunque después, quién sabe qué harán con ellos… Nada bueno, seguramente», se dijo. Pero esto no era de su incumbencia… «Mejor saber lo menos posible», remató cuando al fin le abrieron las puertas de la finca y lo condujeron hacia la habitación donde se encontraba el herido.
Con destreza, el doctor De Gracia comenzó su trabajo en la pierna de Pedro, que, tendido en su cama, mantenía los ojos cerrados con fuerza. Si los abría, quizá, una catarata los inundaría porque esa tarde había perdido a varios amigos en combate. Las bajas habían sido más de veinte y él, que sólo se había roto la pierna al saltar hacia una terraza durante la fuga, podía considerarse un afortunado.
Pero en el cuarto de al lado Joel no se controlaba, sino que daba rienda suelta a sus sentimientos y un llanto silencioso le nublaba la vista y le hacía un nudo en la garganta. Acababa de enterarse de que Marcos Fabre, su amigo de toda la vida, había fallecido en el ataque. Durante la tarde, lo había escuchado como un secreto a voces y no lo había creído, pero ahora que su nombre estaba en las noticias, era un hecho irremediable. Marcos había muerto. Pensaba en la copa que su amigo tanto le había insistido para que tomaran juntos. «¿Había presentido que algo saldría mal y quería despedirse, tomar la última copa?», se preguntó. Y ahora, al darse cuenta de que no habría más botellas de ron compartidas, ni canciones cantadas al amanecer, no podía soportar la idea de su partida porque con él no sólo se iban todos los brindis y noches de parranda, sino también cada uno de los buenos momentos de una entrañable amistad. Con Marcos se marchaban, también, las tardes que pasaron nadando en el mar de Varadero, los años de estudio en la facultad y las conquistas de mujeres en noches de juerga. Con Marcos, además, se esfumaba una parte de su futuro inmediato e idílico, ese que incluía un viaje por el mundo hacia fines de año. Al pensar en cada detalle del pasado y en los del futuro que ya no habría, su corazón dolido lloraba la ausencia interminable de su amigo.
Aunque agradecía que a Pedro no le hubiera pasado nada, Joel sentía que un pedazo suyo moría. Se había encargado de buscar a su hermano en el tugurio de la periferia desde donde lo había mandado llamar. Cargando a Pedro en el auto, lo había tenido que calmar porque no había parado de llorar hasta que llegaron a hacerle la radiografía, donde tuvieron que decir que el accidente había sido fruto de una caída producida durante el match de tenis que disputaban juntos en la cancha de la finca.
A Joel esa noche lo ahogaba una angustia; los interrogantes insondables se repetían una y otra vez en su interior. «¿Acaso esta lucha no acabaría nunca?» «¿Y si la balanza no terminaba jamás de inclinarse hacia el lado que deseaban?» «¿Y si este ridículo equilibrio que mantenía la situación sin victoria para ninguno de los dos bandos continuaba llevándose más y más vidas queridas?» Pensaba que tal vez iba llegando el tiempo de comprometerse. Actuar para que este sinsentido acabara pronto. «Si hay más gente luchando —analizaba—, más rápido se torcerá el rumbo. Y habrá menos riesgos de perder vidas queridas.»
Suspiró. Sentado en el borde de su cama, con los codos sobre sus rodillas y las manos en la cabeza, sintió cómo lo asediaban la amargura y el dolor… «¡Por Dios, si yo no nací para lidiar con la pena!» No, él no había nacido para estar triste; él había nacido para cantar abrazado a su guitarra, para reír a carcajadas, para bailar con una bella mujer, para pintar cuadros de colores y escribir sobre el alma del hombre. Todas cosas que él necesitaba volver a hacer.
Él precisaba que su vida se encaminara hacia lo sublime; no quería quedarse encerrado en ese sufrimiento; no lo soportaba. Si seguía inmerso en el pesar que le provocaba la pérdida de Marcos, se desmoronaría. Era la forma de sufrir y de sentir el dolor que tenían los alegres: no soportarlo.
Esa noche, en medio del ramalazo y el desconsuelo, recordaba la promesa que se había hecho a sí mismo sobre no perder la alegría y, abrazándose a ella, reafirmó su deseo de seguir adelante. Su país lo necesitaba, la sociedad cubana lo precisaba; hasta su propia familia y la memoria de Marcos así lo requerían. Al pensarlo, apretaba más fuerte los párpados porque sus ojos estaban anegados de lágrimas. Y cuando lo hacía, más fuerte se le plantaba adentro la semilla de pelear por lo que creía. La resolución de hacerlo se le metía por cada recoveco del alma, hasta impregnársela por completo. Él haría lo que tenía que hacer.
Por su parte, mientras Caridad de Fernández miraba cómo el médico terminaba su tarea, meditó, uno por uno, en los sucesos acaecidos durante la jornada. Entonces, cuando armó la cronología de los episodios recientes que afectaron tanto a sus hijos como al país, la piel de la espalda se le erizó. No se animó a poner en preguntas sus ideas por temor a que fuera verdad lo que imaginaba; tampoco se animó a compartirlo con su marido. Además de contrariarlo, podía despertar enojos imposibles de contener o llevarse la salud de alguien mayor.
Para ser fotógrafo se necesita leer, viajar, enamorarse y odiar.
Básicamente… vivir.
LUIS SANDOVAL
El teléfono negro sonaba incesantemente en el departamentito de la avenida Santa Fe, el sol de la tarde se colaba por la ventana y Brisa Giulli, con su pelo rubio revuelto, vestida de pijama blanco con flores azules y descalza, se prometía a sí misma volverse más ordenada. En medio del gran cúmulo de revistas y fotografías desparramadas por el piso, los sillones y la mesa, no lograba encontrarlo.
—¡¡Carajo!! ¿Dónde está? —exclamó tomando el cable con la mano y, siguiéndolo hasta la base del aparato, logró levantar el tubo justo a tiempo.
—Hola… —se escuchó del otro lado. En esa simple palabra pudo reconocer a Carlos e imaginó su rostro con barba y su cabeza entrecana. Un saludo, dos palabras. Brisa se sentó en el suelo, junto a un plato con restos de sandía y, atenta, cruzó las piernas para oír mejor lo que él tenía para decirle.
La voz de hombre grande, enamorado, daba en la línea una larga explicación y los ojos marrones de ella se encendían a cada palabra. No porque ella sintiera amor por él, sino porque lo que le proponía la llenaba de emoción de los pies a la cabeza.
—Me encanta, Carlos, me encanta… Claro que puedo organizarme. ¿Saldríamos la semana que viene, entonces? ¿Qué me dices que quieren…? ¡Ah…! ¡Sí…, sí…! Tengo en orden el pasaporte… Lo usé para viajar a París —dijo recordando su primera vez en Europa, cuando había sido enviada para cubrir como fotógrafa la primera cumbre de la OTAN.
Brisa escuchaba los requerimientos de la propuesta laboral que le hacía Carlos, su amigovio, y cada exigencia que él nombraba a ella le sonaba a música. La paga era exigua, pero no le importaba. La propuesta era excepcional: en la editorial querían que se trasladara a Cuba para realizar una completa cobertura fotográfica del viaje de Fangio, quien disputaría el Gran Premio de La Habana. Pero la idea no era sólo retratar la performance del piloto en la competición, también querían que hiciera un seguimiento de su estadía en la isla. Carlos le habló de armar una exposición de «fotos estéticas». Había utilizado esas palabras para describir las posibilidades que se le abrirían y Brisa se entusiasmó más.
«Además de la cobertura periodística convencional haremos un reportaje fotográfico del personaje y su contacto con la cultura cubana. ¿Qué te parece?» Brisa no lo podía creer. Carlos le explicó que integraría la comitiva que acompañaría al automovilista durante el Grand Prix que se correría en Cuba en los próximos días. «Es una excelente oportunidad profesional, Brisa», remató como si todavía tuviera que ofrecer más argumentos para convencerla. Mientras Carlos hablaba, ella pensaba que, al fin, visitaría un país que siempre había querido conocer. Cortó, dio un saltito y, con la mano en alto, exclamó en voz alta:
—¡Yes, yes, sííí! ¡Cubaaaaa!
Ella, a sus veinticinco años, comenzaba a tener un lugar en el mundo de la fotografía. Venía exponiendo tímidamente y mal no le había ido. Había sido una buena decisión comenzar a vivir sola. Lo había hecho cuando su madre, después de muchos cambios de pareja —pero nunca de trabajo porque, desde que tenía memoria, ella diseñaba ropa—, finalmente había decidido convivir con un hombre, hacía ya un par de años.
Ese fue el detonante para buscar su lugar y, llena de miedos, había alquilado su primer departamento. Pero ahora se sentía una privilegiada en muchos aspectos: trabajaba de lo que le gustaba y vivía una vida independiente. Claro que para esa vida tan diferente a la que llevaban casi todas las chicas de su edad —algunas ya estaban casadas o continuaban viviendo en la casa paterna— ella había tenido que sufrir una infancia difícil, diferente a la de la mayoría de los niños. Sus padres se habían separado en épocas en que casi nadie lo hacía, cuando ella era muy pequeña. Su madre, con el embarazo incipiente a cuestas, se casó y dejó a un lado su carrera de modelo para dedicarse a su crianza y a ese marido con el que en muy poco tiempo se terminarían dejando.
Los años habían permitido que sus padres retomaran una relación civilizada. Sin embargo, había tenido que pasar mucha agua bajo el puente para recomponerla y perdonarse los impulsos juveniles. Ahora, los dos habían rehecho sus vidas con otras parejas y Brisa era el único punto de unión entre ellos.
Durante algunos años de su infancia —los más tranquilos de su niñez—, Brisa había vivido con sus abuelos paternos Doménico y Alma. Luego, en un rapto de rebeldía adolescente, había regresado a la casa de su madre, con la que le resultaba imposible sostener una relación normal. Su padre, Marcelo Giulli, era quien la había introducido en el mundo de la fotografía. Cuando ella era sólo una jovencita, le había regalado su primera cámara y Brisa, en medio de los conflictos de la adolescencia, encontró en esa Kodak su modo de hacer catarsis en las crisis. Y, también, su gran pasión. Mirar la vida a través de la lente, captar cosas invisibles para los ojos de los mortales y tratar de que las vieran reflejadas en sus fotografías se habían vuelto, para ella, sus mayores placeres.
Su padre era periodista. Por sus venas corría el pulso de la escritura y la fotografía, dos pasiones que debió relegar por la vida y las responsabilidades —incluida la de solventar las necesidades de los dos hijos pequeños que había tenido con su tercera mujer (amén de los tres que había concebido con la segunda)— que lo mantenían ocupado, corriendo de un trabajo a otro en diarios y revistas, tal como si tuviera treinta años, cuando, en realidad, hacía rato que había pasado los cincuenta. Sus responsabilidades eran más urgentes que realizar lo que más le gustaba: escribir y fotografiar.
Para Brisa, su padre era un bohemio que no podía hacer la vida que deseaba por las decisiones que había tomado. La caótica familia atiborrada de hijos que había engendrado su padre —niños para los que Brisa tenía un lugar en su corazón pese a que las reuniones familiares amplias no eran comunes y los veía poco—, más la errante vida amorosa que descubrió en su madre, hicieron de Brisa una mujer descreída de las relaciones formales. Incluso, hasta del matrimonio. Por eso, sus enamoramientos no llegaban a nada serio.
Y la relación con Carlos Echegoyen no era la excepción. Podía verlo como amigo, pero cada vez le costaba más aceptarlo como pareja. Se habían conocido durante el cóctel que la editorial Abril había ofrecido para el lanzamiento de la revista Claudia. Carlos, integrante del directorio de la empresa y subdirector de la publicación mensual, entusiasmado por la pujante juventud de esta fotógrafa en ascenso, de inmediato la invitó a sumarse al staff. Y, al poco tiempo, insistió con galanterías hasta convencerla de iniciar una relación amorosa. Brisa se vio atrapada por ese periodista audaz que le llevaba diecisiete años, mentor de una publicación que interpelaba a la mujer argentina. Y eso, al principio, a Brisa la encandiló.
Sin embargo, compartían muchas actividades laborales, pero pocas de enamorados. Sobre todo, porque a Brisa la acompañaba un fuerte sentimiento: las relaciones debían terminar donde empezaba su carrera. Ella era joven, independiente, profesional y no estaba dispuesta a ceder ni a relegar nada de su trabajo por un hombre. Por lo menos, por ninguno de los que habían aparecido hasta ese momento en su vida, incluido Carlos.
Las vidas de sus padres eran una muestra cabal y perfecta de lo que podía sucederle si postergaba sus intereses personales por un romance. Y no estaba dispuesta a ceder ni un ápice. Así vivía feliz, como lo estaba en ese momento en que se le presentaba la oportunidad de viajar a Cuba.
Pensó cuán inminente era la partida y se dio cuenta de que tenía mucho por organizar si quería irse la semana siguiente. El departamentito exigía orden, pero prefirió controlar que su pasaporte estuviera en regla. Luego, volvió al teléfono y llamó a sus padres para contarles la noticia.
Discó el número de su madre. Del otro lado le avisaron que estaba en el atelier, encerrada con las modelos, y decidió no molestarla. Probó con Giulli; tampoco: en el diario le informaron que todavía estaba en la calle y que volvería para la hora del cierre.
Sintió una punzada de soledad, la misma que la había acompañado desde chica. Fue a la cocina y se consintió haciéndose un café cargado como le gustaba; decidió hablarle por teléfono a Eugenia, su amiga de toda la vida. Si sus padres estaban inmersos en sus mundos, al menos, festejaría con ella la noticia.
* * *
Para la noche, Brisa preparaba sus tres vestidos más arreglados a fin de enviarlos a la tintorería y tenerlos listos para el viaje; asistiría a varios cócteles y cenas. Pensó también que necesitaba comprarse una malla porque Cuba, al fin y al cabo, significaba mar y playa. O, al menos, una piscina de hotel. Esa misma tarde iría a la calle Florida para comprarla; elegiría una de dos piezas, como la que había visto lucir a Brigitte Bardot en Y Dios creó a la mujer, un bikini, como le llamaban a ese estilo nuevo y provocador que ella estaba dispuesta a usar por esa misma rebelde razón y porque su cuerpo quedaría perfecto en él. Además, aprovecharía para comprar los champúes y cremas de violeta que usaba y unos zapatos bajos; los necesitaría; en Cuba, los días de trabajo serían intensos.
Miró los vestidos uno al lado del otro sobre la cama: el azul de satén, el blanco sin breteles, y uno rojo con florcitas pequeñas. Eran sus colores preferidos desde niña; casi siempre elegía esos tonos para su ropa. Gustándole la imagen que conformaban las tres prendas, buscó su cámara para hacer lo que siempre hacía: captarla con su Kodak. Mientras disparaba su máquina, supo que usaría el blanco para la principal recepción que le brindaran a Fangio. Una sonrisa se dibujó en su boca al pensar: «Mucho trabajo y en un lugar bello». Eso era lo que más le gustaba. Lo hizo sin suponer que la estadía incluiría mucho más que trabajo, sin imaginar que en ese lugar idílico debería tomar las decisiones más importantes de su vida.
El último «clic» de su Kodak sonó dentro del pequeño cuarto. Al mismo tiempo y a miles de kilómetros de la avenida Santa Fe, otra cámara idéntica era disparada por las manos grandes de un hombre que, como buen guitarrista, las movía de forma hábil.
En la galería de la finca de la familia Fernández, Joel fotografiaba a todos los presentes con su cámara reluciente. Hacía foco, sobre todo, en el nuevo integrante del clan: el bebé de Lázaro, que dormía plácidamente en su cunita. Tenía que admitir que, si a él le alcanzara el tiempo, la fotografía podría convertirse en una de las tantas actividades artísticas que practicaba con deleite, como pintar, escribir o hacer música.
Esa siesta, el numeroso grupo disfrutaba de una agradable sobremesa después de un opíparo almuerzo al que no había faltado nadie, ni siquiera los padres de su novia, porque la reunión tenía un propósito especial: planear los detalles de la boda entre Paula Parra y Joel Fernández.
El «clic» de la máquina era incesante. Las fotos eran tomadas una tras otra, en medio del bullicio de la conversación y de las risas.
—Joel, pobre criatura, deja tranquilo al niño. Ya bastante tiene con el ruido, que ahora le sumas el flash —le dijo Caridad con intenciones de reprenderlo.
—Es que justo se ha puesto la mano sobre la cabeza… Con ese gesto se parece a papá… Y quiero fotografiarlo…
—Estará pensando que su tío es un loco —bromeó Paula apoyándose en el hombro de su novio mientras reía con soltura. La tímida jovencita que Joel había presentado como su novia, en los últimos meses había ido cobrando confianza en las reuniones familiares y comenzaba a sentirse a gusto con los miembros de su inminente familia política.
—Usted, señorita Parra, deje de faltarle el respeto a su novio… Ella le besó la mejilla y le respondió mirándole el perfil:
—Peor aún: a mi futuro esposo.
Joel giró y la observó. Era verdad: sólo les faltaban unas pocas semanas y estarían casados; la idea lo impresionó. Ya tenían fecha pedida en la iglesia y planeaban una gran fiesta. Si bien lo de ellos dos no era la pasión del siglo, él estaba contento. Paula era una hermosa chica que lo entendía en casi todas las áreas de su vida: apoyaba su trabajo en la tabacalera y disfrutaba de las facetas artísticas que le ofrecía. Era parte del público que admiraba al cantante y al escritor; era su más ferviente admiradora sin dejar de ser una novia dócil. Así, formaban una buena dupla.
Pero Joel, para seguridad de su entorno, no le contaba a nadie de las actividades revolucionarias en las que participaba junto con el grupo que se reunía en El Guateque. Con una dictadura vengativa, los movimientos insurgentes se volvían cada vez más peligrosos y la mejor manera de mantener a salvo a los suyos consistía en que no supieran cuán involucrado estaba con la causa revolucionaria. Salvo Pedro, que pertenecía al mismo movimiento que se reunía en el sótano del club, ningún familiar sabía de su labor clandestina.
—Te dije que lo ibas a despertar. ¡No lo dejan descansar! —reclamó Caridad al escuchar los grititos de llanto de su nieto—. Milena, llévalo a alguno de los cuartos para que pueda dormir tranquilo y pídele a Pepita que lo cuide.
—Yo me encargo —dijo Lázaro poniéndose de pie y, tomando a su hijo en brazos, se marchó rumbo a la sala.
—¿Y cómo van con los vestidos para el casamiento? —preguntó la madre de Paula a Caridad.
—Con un poco de atraso… Pero esta semana tengo planeado hacer un viaje relámpago a Miami para elegir los atuendos… Ya sabes la variedad que tienen allí.
—En casa hemos optado por algo tradicional. Nuestra modista tiene casi todo listo, incluido el de la novia.
La madre de Paula comenzó a relatarle a su consuegra detalles de la fiesta y las dos mujeres se entretuvieron repasando la lista de invitados hasta que Lázaro reapareció en la galería con su bebé en brazos y se lo entregó a Milena. Con el rostro desencajado, le dijo a su esposa:
—No quiere dormir.
Ella, sorprendida, lo tomó en su regazo. Lázaro caminó hasta quedar de pie junto a la silla de su hermano menor. Su voz sonó ofuscada:
—Pedro, ¿puedes venir conmigo?
—¿Ahora? —dijo levantando la vista, extrañado.
—Sí, ahora —respondió terminante.
Joel, que se encontraba sentado en la otra punta de la mesa, observó a sus hermanos y, aunque no escuchó qué decían, percibió la contrariedad del mayor.
Pedro se levantó y siguió a Lázaro. Atravesaron la sala, caminaron por el pasillo hasta llegar al cuarto de Pedro y, luego de transponer el umbral de la puerta, se encerraron.
—¿Se puede saber qué pasa que me traes hasta aquí? —preguntó Pedro desconcertado.
—¿Qué pasa? ¿Tienes el tupé de preguntarlo? ¿Qué coño hacen esas dos armas en tu cuarto? —interrogó Lázaro señalando debajo de la cama—. ¡Una cosa son papeles y otra, armas! ¿Estás loco o qué? Respóndeme.
—No tendrías que haber entrado sin mi permiso. Es mi cuarto.
—No seas ridículo. Esta también es mi casa.
Pedro respiró largo, lanzó el aire con fuerza y expuso sus razones:
—Ya que has entrado, hermano, te lo diré… La revolución se llevará a cabo por las buenas o por las malas.
—Pendejo que eres…
—Prefiero ser un pendejo y no un burgués que sólo piensa en sí mismo y en el dinero, como tú.
—¡Puta madre! ¡Es que expones a toda la familia! ¡Arriesgas nuestra posición!
Las voces iban caldeándose cuando Joel entró al cuarto.
—¿Qué es este jaleo?
—Mira… —dijo señalando las armas que asomaban bajo el acolchado de la cama—. Dime si no es para matarlo.
Joel las empujó con el pie y las hizo desaparecer bajo el cubrecama.
Luego, le echó una mirada furibunda a su hermano menor.
—Vete, Pedro, yo hablaré con Lázaro —ordenó Joel.
—No es necesario. Lázaro no debería haber entrado a mi… —balbuceó Pedro.
—¡Que te vayas, digo! —insistió Joel.
Pedro lo miró durante unos segundos y le hizo caso. Tras el portazo, se escucharon sus pasos por el corredor.
—¿Por qué lo has echado? Yo pretendía que lo habláramos juntos para advertirle que debe dejar esas actividades en las que está metido.
—Lázaro, estoy de acuerdo en que no está bien que Pedro haya traído armas a casa. Hablaré con él sobre esta vaina.
—Dile lo estúpido que es al creer en la revolución.
—No, Lázaro…, no lo haré —repuso Joel. La frase desconcertó a su hermano.
—No me digas que tú también… —dijo Lázaro pasando de la sorpresa a la contrariedad.
—Sí…
—¡No puedo creerlo!
—Y a ti no te vendría mal abrir tu mente. Porque, nos guste o no, la revolución vendrá.
—¿Abrirme a esta barbaridad que algunos quieren hacer? ¡Carajo, Joel! ¡Déjate de pendejadas! —exclamó turbado—. ¡Pedro es un niño que cree en esos idealismos…! ¿Pero tú…? Tenemos una tabacalera, vivimos de ella y no permitiré que nada la ponga en peligro.
—Te repito: no estoy de acuerdo en que haya traído armas… ¡Pero, Lázaro…! ¡Despierta! ¡Hay cosas superiores a una tabacalera…! Cosas sin las cuales en este mundo no se podría vivir.
—¿Y cuáles son, me puedes decir? Porque… que yo sepa, es la empresa la que nos permite vivir. Dime una, por favor…
—¡La libertad, Lázaro! ¡La libertad! Sin ella no podrías siquiera pensar en tener una tabacalera, ni una profesión, ni siquiera un hijo como el que tienes.
—¿La libertad? ¡No seas quijote! Aquí lo que vale para comer todos los días es que los pedidos salgan a tiempo para Estados Unidos. Lo demás es pura cháchara. Sin eso no se come, por más libertad que haya.
—¿Ves que no crees en nada…? ¡Ni siquiera en la libertad! ¡Sólo te importan los billetes!
—¡Claro! ¡Es que con ellos le daré de comer a mi hijo! Y si papá no hubiera pensado igual, hoy tú no disfrutarías de esta casa, ni serías abogado… ¡Y ahora estaríamos trabajando al sol recogiendo tabaco como lo hacen esos pobres infelices!
—Lo sé, Lázaro, pero ya no vivimos como en la época de papá. La normalidad de las cosas buenas de esos tiempos se ha perdido y tenemos la obligación de restaurarla.
—¿Ya te has olvidado de lo que le pasó a Marcos por pelear en contra del gobierno?
La frase fue un mazazo para Joel.
—Por él hago esto. Hay que apoyar la revolución para que la oprobiosa dictadura de Batista acabe de una vez y no se lleve más vidas.
—Escúchame, no permitas que Pedro haga algo que ponga en riesgo la empresa, ni nuestra posición. Hazme caso… No se metan en nada porque hasta sus propias vidas pueden correr peligro.
—Con mi vida haré lo que me plazca, como lo harás tú, que no has oído lo que te he dicho. Mas luego, Lázaro, no digas que no te advertí de que tus ideas están acabadas, y que la revolución es lo que viene. Y tú te quedarás afuera.
—¡Pero que eres ambientoso! ¡Deja de hablar de revolución! Para los patrones, esa es una mala palabra… ¡Y nosotros somos eso…! ¡Date cuenta! —dijo tomándolo con fuerza por los hombros.
Joel le sacó las manos con violencia y se puso en guardia para dar pelea.
Sus ojos verdes estaban en llamas y la tensión, al punto máximo cuando la puerta se abrió de golpe y Caridad apareció con el rostro preocupado. Apoyada en el marco de la puerta y con la mano aún en el picaporte, exclamó:
—¡Se puede saber qué está pasando! ¡Los gritos se oyen desde abajo! Un minuto de sorpresa y ambos intentaron explicaciones:
—Sólo hemos tenido un malentendido…
—No te preocupes, mamá, ya bajamos…
—Los suegros de ambos todavía están en la casa y ustedes aquí, montando esta escenita. Debería darles vergüenza —dijo hablándoles como cuando eran niños y los retaba por pelear. Luego agregó—: Los espero abajo ya mismo y compuestos.
Caridad se retiró cerrando la puerta con suavidad.
Lázaro miró a su hermano y, mientras se acomodaba la ropa, recordó haber visto a Joel hablar con Rosita de algo que en ese momento no entendió. Pero ahora, tras la defensa que ensayó su hermano, temió que ella también estuviera envuelta entre los revoltosos.
—¡Por Dios, Joel…! ¿No habrán metido a Rosita…? —Lo único que faltaba era que sus tres hermanos fueran revolucionarios.
—Yo no he metido a nadie en nada. ¿No te he dicho que yo creo en la libertad más allá de todo? Cada uno puede elegir su camino.
Lázaro lo miró con desaprobación; pero, sobre todo, con desconcierto. ¿Qué estaba pasando en su país? ¿Es que acaso todos estaban volviéndose locos, incluidos sus propios hermanos? ¿No se daban cuenta de que perseguían una quimera sediciosa?
Con el rostro tenso, abrió la puerta. Al oír que la voz de Milena lo reclamaba desde abajo, ablandó la mirada y fue a su encuentro. Unos minutos más tarde, Joel salió del cuarto y en el pasillo se topó con Pedro, que lo aguardaba ansioso.
—¿Qué dijo Lázaro? ¡Pasó a mi lado y ni me miró!
—¡Mierda, Pedro…! ¿Es que te has vuelto loco? ¿Cómo traes armas a la casa? ¡Tienes que sacarlas ya mismo! Mira cómo se ha puesto Lázaro, y con razón. Imagina si las ve mamá. ¿Quieres partirle el corazón?
—Lo sé; fue una emergencia.
—Como sea, me has hecho entrar en una inútil discusión con Lázaro.
—Lo siento…
—Jamás debes traer armas a la casa, jamás. Pones en peligro a toda la familia. Y ellos no tienen nada que ver. Esta, hermano, es nuestra elección.
—Son las armas que se usarán mañana y ya no había tiempo de llevarlas al sótano de El Guateque.
—¡Carajo! ¿Para qué quieren usarlas?
—Para la operación del banco.
—¡Pero si habíamos acordado que no se usarían armas!
—Machito ha dicho que es imposible ingresar por la fuerza a un banco sin un arma. No dispararemos; sólo las exhibiremos para intimidar.
La idea era realizar un audaz golpe contra el Banco Nacional de Cuba sin robar un centavo. Simplemente, prenderían fuego los cheques y los billetes atesorados en la bóveda. Incendiar millones de pesos cubanos era uno de los tantos actos de sabotaje que se repetían a diario.
—Temo que con armas de por medio algo se vaya de las manos —se preocupó Joel en voz alta.
—Si te deja más tranquilo, háblalo en la reunión de hoy.
—No creo que hoy se reúnan… La planificación del secuestro de Fangio los mantiene muy ocupados… Te anticipo, Pedro, que tampoco estoy de acuerdo con esta operación —sentenció Joel.
—No habrá violencia. Sólo lo secuestraremos para llamar la atención y que el mundo se entere de lo que sucede en Cuba —relató Pedro, que ya estaba al corriente de ciertos detalles—. Al cabo de dos días, después de haber captado el interés mundial, lo devolveremos sano y salvo.
—Se corren riesgos innecesarios, hermano. Si algo sale mal, el hombre puede morir.
—¡No te preocupes tanto!
—Armas, copamiento del banco, secuestro… Demasiados riesgos, Pedro, demasiados… —sopesó Joel, abrumado por los próximos operativos en los que participarían su hermano y algunos miembros del movimiento—. Ahora, vamos, que tengo a Paula esperando.
—¡Y a tus suegros! ¡Te casas, Joel! ¡Te casas! ¿Estás seguro de lo que estás por hacer?
—Sí, claro —dijo sin pensarlo.
* * *
Joel se daba cuenta de que durante los últimos tiempos la revolución había ocupado un lugar cada vez más importante en su vida y todo había pasado a segundo plano, incluido los planes de boda que, en gran parte, había dejado en manos de su novia. A las mujeres les gustaba decidir esos detalles molestos. Al fin y al cabo, harían lo que Paula quisiera con la fiesta y esas menudencias. Su trabajo en la empresa lo seguía cumpliendo porque no deseaba dejar solos a su padre y a su hermano. Además, conservar la rutina era una manera de no llamar la atención. Pero lo cierto era que, cuando él hizo suyas las ideas de la revolución, se dedicó a ella con pasión; sobre todo, le interesaba la concepción filosófica, pensar la historia de su país y ponerla en un contexto, encontrar y entender las causas sociales que volvía inexorable la acción revolucionaria. Él ponía en palabras escritas los fundamentos que sustentaban la lucha del hombre nuevo. Joel Fernández había aplicado su llama de escritor a la causa; la esclarecía y la volvía accesible para los trabajadores. Sus escritos se esparcían por La Habana y le habían dado talla de intelectual y granjeado el respeto de los diferentes grupos rebeldes. A pesar de participar activamente en el Movimiento Revolucionario 26 de Julio, le costaba entender la violencia que abrazaban sus camaradas. Su arma más convincente era la palabra. Su sensibilidad artística le permitía ofrecer una mirada diferente acerca de la lucha y concebir el ascenso al poder por vías pacíficas. Su posición, que chocaba con la de los grupos más radicalizados, lo obligaba a trabarse en acaloradas discusiones.
* * *
En la finca La Mariposa, una hora después y a pesar del altercado sostenido por los hermanos, los ánimos se habían aplacado para dar lugar al café servido con brownies de chocolate. Entre los presentes, reinaba la paz cuando un comentario de Luis Fernández vino a romperla haciendo que Joel y su hermano Pedro se miraran estupefactos.
—¡Ah, por favor, familia, les pido que el sábado por la tarde estén en casa! He invitado al campeón del mundo Juan Manuel Fangio. Vendrán su comitiva, gente del gobierno y algunos corresponsales de prensa.
—Ay, Luis, deberías haberme avisado antes —se quejó Caridad moviendo la cabeza y agregó—: Imagina que tenemos que pensar qué serviremos.
—No es necesario, cariño, sólo será una pequeña recepción con un brindis.
—Hummm, ya veremos si es tan pequeña… —señaló su mujer, que ya conocía qué clase de recepciones le gustaba ofrecer a Fernández.
Él sonrió y le habló a su hijo:
—Joel, quiero pedirte que esa tarde estés en casa… Apreciaría mucho que cantaras para nosotros. Sería un buen detalle de cortesía y bienvenida.
Joel, que no salía de su asombro, se demoró en responder.
—¿Podrás? —insistió su padre.
—Sí… sí —fue lo único que atinó a decir.
—Querido, si te parece, ese día podríamos servir el ágape en el parque —sugirió Caridad.
—¡Me parece perfecto! —aceptó Luis e inquirió al mayor—: ¿Estarás, Lázaro?
—Supongo que sí —respondió sin pensar mucho.
La conversación giró un rato más sobre la reunión de la que serían anfitriones y sobre el Grand Prix, sus corredores y el interés que concitaría el evento. Luego, la charla se desvió hacia otros tópicos, pero para Joel y para su hermano Pedro la mención del piloto argentino los puso en alerta. Ellos sabían cuánto buscaba el Movimiento 26 de Julio una oportunidad para secuestrar a Fangio y los Fernández lo recibirían en su propia casa.
Los hermanos se miraron; no hacía falta decir nada para saber que ambos estaban de acuerdo con que no revelarían que su padre brindaría en la finca un cóctel en honor al corredor. Por muchas razones, allí nunca se concretaría el rapto. La principal, claro, era que ellos no arriesgarían a su familia.
* * *
Esa noche, un grupo de seis personas se hallaba reunido en el sótano de El Guateque; entre ellos, Joel Fernández. El secuestro de Fangio los mantenía en vilo, pero el meollo era el mismo: la revolución, la libertad, la necesidad de lograr una sociedad más justa, un gobierno sin injerencia de Estados Unidos. Por momentos, la charla se tornaba discusión; no siempre el grupo estaba de acuerdo con los medios que debían usarse para lograr el final del presidente Batista.
Para revertir su imagen negativa y la falta de apoyo popular, el año pasado el gobierno había organizado el Primer Gran Premio de Cuba, una carrera de autos sport. Al concretarse una nueva edición, Batista, quien enfrentaba la peor crisis de todo su mandato, daba un manotazo para mostrarse fuerte ante la opinión internacional y demostrar que en la isla «no pasaba nada».
Los muchachos del 26 de Julio pensaban que el secuestro de Fangio desmentiría la aparente normalidad en la que vivía el pueblo y atraería el interés de la prensa mundial. Con Fangio raptado antes de la carrera, el grupo revolucionario daría a conocer qué clase de tiranía encarnaba un presidente de facto que no era más que un títere de Estados Unidos. Luego de la acción comando, devolverían al piloto sano y salvo. Un golpe para denunciar las terribles condiciones de vida a las que eran sometidos los cubanos.
Esa noche, la conversación de los hombres revolucionarios llegó a su clímax:
—Es importante que no haya violencia. La integridad física del corredor se cuidará con nuestra propia vida. Porque si algo malo le pasa, la publicidad que buscamos se nos volverá en contra.
—Recuerden que una vez que apresemos a Fangio, atraeremos a los corresponsales que se encuentren en la isla y de inmediato las agencias de noticias difundirán nuestro reclamo por todo el planeta —dijo Óscar Lucero, quien tenía a su cargo la operación, conforme se lo había pedido Faustino Pérez, el hombre de Fidel Castro en La Habana.
—Fangio arribará el viernes por la mañana. Según su mánager, ya pactó un reportaje en la televisión. Y a la noche participará de la recepción oficial que ofrecerá Batista en el Hotel Nacional. Lo ideal sería hacerlo luego de la entrevista. Los custodios estarán distraídos.
—¿Y si el panorama se complica?
—Si hay riesgos, aguardaremos el momento propicio. Tendremos que estar atentos.
—¿Dónde se alojará?
—Elio asegura que la comitiva argentina se hospedará en el Hotel Lincoln.
Elio Constantín Alfonso, periodista deportivo de la revista Carteles, había trabado amistad con el italiano Marcelo Giambertone, representante del corredor. Su actividad profesional le permitía conocer con antelación los movimientos que el argentino haría en la capital cubana.
—¿La Pichona sabe que podemos llegar en cualquier momento? —preguntó refiriéndose a la dueña de la casa de El Nuevo Vedado, un escondite alternativo por si el lugar previsto se encontraba rodeado.
—Está al corriente. Se lo hemos anticipado para que se organice con sus dos hijas.
—La Pichona, ante todo, es una compañera y sabrá organizarse si le toca acogerlo —afirmó Óscar Lucero.
A pesar de que todos parecían estar de acuerdo sobre cómo se haría el secuestro y daban muestras suficientes de que el corredor resultaría ileso, Joel Fernández seguía preocupado. Con Batista al mando y con armas en el poder de los dos bandos, podía pasar lo peor. Pero qué hacer, si así estaban echadas las cartas. Él, un artista que amaba la pintura, los libros y la música, se hallaba en ese sótano escuchando cómo se planeaba secuestrar al corredor argentino. Por un momento, le pareció un acto descabellado, y para no volverse loco decidió no pensar más. Tenían una meta y había que luchar por ella. El día que murió su amigo Marcos —lo recordaba muy bien— se había prometido a sí mismo que lucharía para que el régimen batistiano acabara pronto y el conflicto no se llevara más vidas queridas.