Cuando en 1990 empecé la investigación que culminaría en la biografía de Alejandra Pizarnik publicada en la colección Mujeres Argentinas de Editorial Planeta, dirigida e inspirada por Félix Luna, tenía, a la vez, muchos recursos y una carencia casi absoluta de material.
En efecto, todavía estaban vivos muchos de los amigos y conocidos de Alejandra, a partir de cuyos testimonios armé la biografía, y contaba con una pequeña pero importante cantidad de material: la parte de su biblioteca que había quedado en la casa paterna de Montes de Oca —en ese momento en manos de Pablo Ingberg— y algunas cartas enviadas a sus amigos, reveladoras, tanto por su contenido como por sus aspectos gráfico-estéticos. Y, tal vez lo fundamental, el nítido recuerdo de su presencia en muchas personas que no habían pertenecido a su círculo más estrecho, lo que demostraba su peso en el ámbito de la literatura argentina de los años cincuenta a los setenta.
Sin embargo, me faltaban elementos capitales: los diarios, la correspondencia, sus “papeles” —cuadernos, borradores, cartas, anotaciones, dibujitos, etc.—; la parte sin duda fundamental de la biblioteca que tenía en su departamento de Montevideo 980 y, factor central, el testimonio de su familia, tanto argentina como francesa.
Aclaremos: no es que en su momento no haya hablado con su hermana, Myriam Pizarnik de Nesis, pero hubo una lógica reticencia de su parte, en tanto yo era alguien que, si bien no había conocido personalmente a su hermana —según, en cambio, era el caso de escritores como Olga Orozco, Ivonne Bordelois o Antonio Requeni—, venía a husmear en la vida poco convencional de Alejandra. Por cierto que Myriam gentilmente respondió a mis preguntas, pero sin facilitarme demasiados datos que ya no tuviera.
Felizmente, el paso del tiempo no deja solo las marcas del “ultraje de los años” del que hablaba Borges, sino que además aporta nuevas realidades. En el caso de Alejandra, esas realidades fueron, ante todo, una auténtica catarata de documentos tanto propios como de otros autores que, desde la década de los noventa, comenzaron a surgir. Para simplificar las cosas, me referiré primero a los de su autoría, que, por orden de aparición, comprenden la correspondencia que recogió su amiga Ivonne Bordelois en 1998; la edición de sus mal llamadas Poesía completa y Prosa completa en la editorial Lumen, así como de la exigua selección de sus Diarios —aparecidos entre 2000 y 2003, todos a cargo de Ana Becciu—; el depósito en la Biblioteca Nacional de Maestros de Buenos Aires de la parte de su biblioteca que estuvo en Montevideo 980 y que le habría dado la madre de Alejandra, Rejla (Rosa) Bromiker de Pizarnik, a Ana Becciu tras la muerte de la poeta; la ulterior publicación de la Nueva correspondencia Pizarnik que compilamos Ivonne Bordelois y yo (2012); las cartas intercambiadas entre ella y su analista, el Dr. León Ostrov, editadas ese mismo año por su hija Andrea Ostrov; y, finalmente, la versión 2013 de sus Diarios, con más del doble de páginas que la versión anterior, sin por ello llegar a ser completa, también realizada por Becciu.
Pero lo más importante es que si pudieron aparecer las ediciones a las que me refiero, se debió a que su familia depositó en la Biblioteca de la Universidad de Princeton la totalidad de sus “papeles”—diarios, cuadernos, borradores, inéditos, correspondencia, etc.— que estaban en manos de Aurora Bernárdez, en su carácter de albacea literaria de Julio Cortázar. Este, como es sabido, era un buen amigo de Alejandra y a él le llegaron en la década de los noventa. La historia de cómo terminaron esos papeles en manos de Cortázar está —como muchas circunstancias en la vida de Alejandra— enredada en versiones contradictorias donde no voy a detenerme: valga saber que, tras salir del país —donde estuvieron a cargo de Olga Orozco varios años—, quien los tenía terminó entregándoselos a Cortázar para que se depositaran en la Fundación Guggenheim, de la cual ambos escritores habían sido becarios. Pero la muerte le llegó a Cortázar antes de realizar ese traspaso, por lo cual tuvo que encargarse de ellos Aurora Bernárdez.
Esto en cuanto a los documentos de los que Pizarnik es autora; a los que es preciso sumar, en primer término, las diversas referencias a su persona que fueron surgiendo en textos de ficción, diarios y correspondencia de escritores de la época, entre los cuales cabe citar los diarios de Julio Cortázar, las novelas Inés, de Elena Garro, y La muerte me da, de Cristina Rivera Garza, un libro de poemas de Inés Malinow y una carta de Silvina Ocampo depositada también en Princeton.
En segundo —y capital— lugar, los libros y artículos de especialistas que visitaron Princeton y escribieron a partir de dicho material, como es el caso de la coautora de este libro, Patricia Venti, la especialista inglesa Fiona Mackintosh y Mariana Di Ció, argentina, doctorada en París, entre las más importantes.
Si ahora nos centramos en el aspecto más estrictamente personal del transcurso del tiempo, mi relación con Myriam Pizarnik se fue consolidando a partir de la mutua confianza, lo cual permitió, por un lado, que en largas conversaciones durante el verano de 2016 fuéramos completando múltiples aspectos desconocidos de la familia Pizarnik/Pozarnik (forma que adoptó en Francia el apellido de origen ucraniano). Y por el otro, que, junto con la fundamental intervención de Patricia Venti, llegáramos a conectarnos con la familia Pozarnik instalada en Francia y con la cual Alejandra residió alrededor de unos meses o un año1 durante su viaje a Francia de 1960-1964.
En este punto es imprescindible que señale el papel decisivo que tuvo y tiene Patricia Venti en esta biografía. Con ella nos conocemos desde hace largos años, cuando viajó a la Argentina para investigar sobre Alejandra a fin de redactar la tesis doctoral que preparaba para la Universidad Complutense de Madrid —que primero defendió con la máxima nota y luego publicó en forma de libro, uno de los más importantes dentro de la bibliografía crítica sobre Pizarnik—. Desde el comienzo, Patricia, que había investigado como una auténtica Sherlock Holmes en Europa y aquí, me manifestó su voluntad de hacer una nueva biografía: ella había estado dos veces en Princeton y se había quedado un mes en cada ocasión, motivo por el cual manejaba todo el material allí depositado así como el que recabó en revistas europeas. Tal empeño era absolutamente legítimo ya que mi biografía tenía —como yo bien lo sabía— falencias por desconocimiento de material y condicionamientos espacio-temporales, entre ellos el fundamental de no haber podido viajar a Europa antes de escribirla, por razones económicas obvias para la Argentina de fines de los ochenta, comienzos de los noventa.
Yo le manifesté mi total acuerdo porque no quería saber nada más con las cuestiones biográficas de Alejandra, que tantos dolores de cabeza me habían traído en su momento (no viene al caso señalarlos, pero hablar de ella fue como profanar el tótem de una secta secreta, despertando así reacciones totalmente disparatadas).
Sin embargo, pasaron los años, Patricia se volcó al mundo del cine —donde ha tenido y tiene una trayectoria sumamente rica e interesante— y el proyecto quedó en agua de borrajas.
Hasta que, cuando en 2013 viajé a Sevilla a dar un seminario sobre Pizarnik, Patricia bajó desde Madrid para visitarme y me propuso el proyecto que aquí se concreta: unir nuestras investigaciones, avanzar lo más que pudiéramos y escribir conjuntamente una biografía lo más cercana posible a la realidad.
Esta vez acepté encantada y, luego de investigar personalmente en París en 2014 y visitar Princeton en 2015, realizar juntas una estadía en París en marzo de 2016 y otra más breve en 2017 —tras mi viaje al Coloquio de la Universidad Hebrea de Jerusalén consagrado a Alejandra— para entrevistar a los Pozarnik, comenzamos a trabajar.
Como autora de la única biografía hasta ahora existente sobre Alejandra —el breve texto impertinente y tal vez de mala fe perpetrado por César Aira, publicado en España y sin circulación en la Argentina, pertenece más a las maniobras de construcción de la propia “figura de autor” del narrador que a la bibliografía sobre Pizarnik—, soy consciente de las graves falencias de aquella, al punto que yo misma la considero más un borrador que una indagación profunda en la vida de Alejandra.
Pero en este caso, Patricia y yo estamos convencidas de que sin ser la biografía —a esta altura de la historia sabemos que La Verdad no existe y que cada ser humano es diferente según con quién se relacione y la mirada que se le dirija—, será lo más fiel posible a las informaciones que tenemos sobre su vida, al margen de revelarnos aspectos de su existencia hasta ahora absolutamente desconocidos y que, para nosotras, son de capital importancia.
Entre ellos, quizá el más decisivo sea el aportado por la inclusión de fragmentos de su diario de 1950 en la nueva edición de los Diarios de 2013.
Nos encontramos allí con textos acerca de la experiencia de la división de la subjetividad de una madurez estremecedora y que resulta casi imposible atribuir a la chica de catorce años que en ese momento era Alejandra. Por cierto que, como señala de manera general Mariana Di Ció en su libro, es muy probable que se trate de una reescritura de su época adulta de apuntes de su adolescencia, lo cual, si bien tiene importancia para no sobrevalorar la escritura de esos fragmentos, en absoluto niega la lucidez espeluznante que sin duda aparecía en los textos originales.
Semejante revelación —cuya exclusión de la primera antología de sus Diarios resulta inexplicable e imperdonable— en cierta medida ha transformado nuestra visión de la autora, porque, al no responder, casi con seguridad —según la opinión de especialistas en psiquiatría a quienes consultamos—, a un brote esquizofrénico que daría cuenta de tal experiencia interior devastadora, nos enfrenta con una lucidez auténticamente prodigiosa respecto de ella, que parece remontarse, más allá de lo psicológico, a un plano casi ontológico.
Y como esa, muchas otras son las revelaciones aportadas por el material, lo que nos sitúa frente una nueva Alejandra, mucho más compleja, desgarradora, entrañable, transgresora e insufrible que la que conocíamos hasta ahora.
En otro sentido, si el acceso a su prehistoria familiar le quita algo del aura excepcional que adquiría su figura contra el trasfondo de una familia de inmigrantes sin formación universitaria, ya que tanto varios hermanos de Elías como de Rosa la tuvieron, hace que su pasión por la literatura arraigue sólidamente en el terreno de su familia, al ponernos en contacto con las figuras de singular cultura que encontramos en ambas ramas de su genealogía. Asimismo, conocer los horrores por los que pasaron tíos y primos a raíz de la presencia del nazismo en Ucrania y toda la zona del Báltico le da un asidero histórico a su profundo desgarramiento interior, tanto por la atmósfera de preocupación y tristeza que se vivió en su casa —destacada por Myriam— como por una cuestión de proyección transgeneracional de las experiencias de los antepasados.
Acerca de esto último, si bien no nos proponemos analizar transgeneracionalmente a Alejandra —ninguna de las dos tiene competencia profesional—, hay conceptos y aperturas que aporta ese enfoque que sin duda son útiles a la hora de examinar su personalidad.
Por fin, nos parece importante señalar que este libro no es una biografía ad usum, sino más bien un viaje a través de una vida breve y dolorosa, su travesía hacia el infierno, que finalmente terminó en suicidio, destino coherente con la vida que vivió y que, en rigor, era inevitable que sucediera.
Para esta nueva versión, tengo —tenemos— que agradecerles a mucha gente e instituciones. Ante todo, a su hermana Myriam Pizarnik de Nesis, quien, como dije antes, habló largas horas conmigo y compartió desde historias hasta fotos antiguas y algunas de sus delicias gastronómicas. En segundo término, a su familia francesa, entre quienes destacamos, por un lado, a Monique Pozarnik de Hochman, Florence Pozarnik, Pascale Pozarnik de Bettinger y Jean Pierre Hochman, y por otro, a Alain Pozarnik. En tercero, a las dos parientas de Alejandra que entrevisté, las hermanas Chela y Silvia Pozarnik, una en Buenos Aires y otra en Israel. En cuarto, a algunos amigos que entrevisté en Buenos Aires como Rubén Brahin y Antonio López Crespo. Por fin, al Dr. Patricio Ferrari, con quien fui a Princeton, donde actuó como Virgilio en lo relativo a la biblioteca, el lugar, etc., y que me facilitó lo que había anotado en su visita anterior.
En lo relativo a instituciones, en primer término agradezco al Fondo Nacional de las Artes, que me concedió una de las Becas del Bicentenario de 2016, gracias a la cual pude convertir en palabra escrita el enorme material que teníamos, en aquellas partes del libro cuya redacción asumí. Porque cada una de nosotras se ocupó de escribir algún o algunos capítulos, pero la redacción final, por una cuestión de unidad de estilo, la realicé yo, manteniendo el esquema de mi anterior biografía y los títulos de los capítulos —excepto el III, porque el nuevo material utilizado demostraba que París no fue “una fiesta”, como lo nombré remitiéndome al título del libro de Hemingway—. Sin embargo, Patricia revisó el borrador final y sugirió modificar aquello que le pareció pertinente, lo cual en este caso implicó transformar el título en “El barco ebrio: París y la construcción del personaje alejandrino”, para mantener el principio de darle a cada capítulo el título de un libro.
Es tiempo, asimismo, de volver a agradecerles a los amigos que, en su momento —1990—, me hicieron partícipe de sus recuerdos en largas entrevistas o textos que salvaban la distancia geográfica, como es el caso de Ivonne Bordelois, en ese período en Ámsterdam, y Edgardo Cozarinsky, en París. En Buenos Aires fueron muchos —algunos de los cuales han muerto—; y a los que paso a enumerar: Esmeralda Almonacid, Rodolfo Alonso, Elizabeth Azcona Cranwell, Diana Bellessi, Lía Boriani, Luisa Brodheim, Ana Calabrese, Arturo Carrera, Juana Ciesler, Ethel Noemí Cruz, Jorge da Fonseca, Elinor Franchi, Jorge García Sabal, Luis Gregorich, Juan José Hernández, Roberto Juarroz, Enrique Molina, Fernando Noy, Elvira Orphée, Eduardo Paz Leston, Federico Peltzer, Hebe Perazzo, Marcelo Pichon Rivière, Antonio Requeni, Víctor Richini, Perla y Enrique Rotzait, Betty Sapollnik de Wilner, Raúl Vera Ocampo, Oscar Hermes Villordo, Roberto Yahni y, fundamentalmente, Olga Orozco, quien pasó largas horas conmigo recordando a su amiga entrañable y fue como el hilo de Ariadna para guiarme por el laberinto de amigos a los que debía remitirme. En otro sentido, a Guillermo Fernández Jurado y Susana Estrugo, de la Cinemateca Argentina, quienes me ayudaron a encontrar los datos que me hacían falta del Primer Festival Cinematográfico de Mar del Plata de 1954; a Jorge Cruz, quien me abrió el archivo de La Nación para consultar el material de la autora con el que contaba el diario; y por fin a Silvia Manzini, quien no solo me asesoró con bibliografía psicoanalítica, sino que además leyó el manuscrito y me hizo valiosas sugerencias.
Pablo Ingberg, quien en ese momento tenía la biblioteca de Alejandra que había quedado en el departamento de Montes de Oca de sus padres y que ahora está en la Biblioteca Nacional, prácticamente se puso a mi disposición, durante largas horas y recién vuelto de un viaje, para consultar en su casa los libros marcados por Alejandra.
En relación con esa primera versión, no sería justo dejar de agradecerle a mi hija, Florencia Fernández Feijoó, quien, junto con Julieta Filloy —especie de hija postiza—, transcribió horas de entrevistas grabadas con infinita paciencia y dedicación.
Agradezco, por fin, y ya en relación con esta nueva versión, a todas las personas de mi entorno íntimo —hija, nietos, pareja, analista, amigos— por haberme secundado —cada uno a su manera— en esta tarea que, sin duda, fue grata pero compleja, debido, como he dicho, a la gran cantidad de información que tuvimos que coordinar, articular y convertir en un relato coherente que diera cuenta de una vida tan múltiple, compleja, dolorosa y rica como la de Alejandra Pizarnik.
Buenos Aires, 1 de noviembre, 2019
1 Como en el caso de muchos otros datos de la vida de Pizarnik, no hay certeza absoluta al respecto, ya que por un lado están las referencias de la propia Alejandra en sus diarios y sus cartas —que como veremos no son totalmente confiables— y por otro, la memoria de su familia francesa.
¿Quién fue realmente Alejandra Pizarnik? ¿La polígrafa de palabras “puras” y forjadora de su propia leyenda? ¿O la escritora existencial, pornográfica, tremendista, que se las ingenió para engañar y ocultar determinados episodios de su vida-obra? Cada año aparecen en el mercado correspondencias, recuerdos, testimonios, películas que ofrecen de ella la imagen de una poeta marginal y conflictiva, enfant terrible, fea, mala, incapaz de llevar adelante una vida adulta. En sus diarios íntimos se constata, por un lado, la vida que vivió y, por otro, la que contó. ¿Cómo distinguir la ficción de la realidad? En su caso, la escritura fue un espacio donde consolidar los sentimientos de orfandad, soledad, dolor y muerte, lo que ha servido para engañar a los críticos y biógrafos.
Han transcurrido treinta y cinco años desde que empezaron mis encuentros y desencuentros con Alejandra. El primer acercamiento ocurrió en una librería de segunda mano en Maracaibo, cuando su dueño me regaló un librito de poemas llamado Pequeños cantos. Varios meses después de aquel primer hallazgo, cuando ya me había olvidado de ella, revisando mi biblioteca, encontré una revista venezolana, Zona Franca, editada en 1972, que le dedicaba un dossier. Aquella coincidencia me sorprendió y por primera vez pude advertir que detrás de la poeta consagrada, existía una mujer que fue devorada por sus propios fantasmas. Pero los encuentros no terminaron aquí. En el año 1992 me fui a Alemania y al revisar el índice anual de Cuadernos2 descubrí que existía un conjunto de reseñas y artículos sumidos en el olvido. Emprendí un arduo trabajo de recopilación de ese material disperso y armé con ello un volumen de textos publicados en revistas y periódicos. Esta compilación me llevó seis años y posteriormente me estimuló a continuar una tesis doctoral sobre su obra. De forma que, desde los años ochenta hasta mediados de los dos mil, me consagré al estudio de su vida y obra. Posteriormente, estando ya en París, retomé el tema de la biografía de Pizarnik junto a Cristina Piña, estudiosa y académica argentina, quien ha sido pionera y gran especialista en su obra. Juntas decidimos reunir nuestros materiales para armar esta especie de tela de araña.
Así pues, esta biografía no es una novela ni un relato hagiográfico, es un documento que expone a la luz los momentos y las personas que marcaron la vida de Pizarnik. En su caso, existe un hecho fundamental que no podemos obviar: su suicidio. Ella se “despidió de este mundo” el 25 de septiembre de 1972, y los testigos de la desgracia se quedaron con la carga de haberla sobrevivido sin la posibilidad de subsanar los errores. Por ello, aquellos que la conocieron anhelan “contar la verdad de los hechos”, el porqué de una existencia signada por lo funesto. A cierto nivel, parientes y amigos envidian la valentía de su acto, el cual —por contradictorio que parezca— fue anhelado y esperado por todos. En cuanto a los lectores, sus poemas infectados de muerte les siguen fascinando, porque de antemano existe el conocimiento de que la autora real fundió vida y literatura. De forma que sus textos finales son percibidos como si hubieran sido escritos póstumamente:
Nunca, a través de esta poesía, logramos aprehender viva a Alejandra Pizarnik. Siempre sentimos como si nos hablara un cadáver, un expósito, un ser que no sabe que vive, que no ha conocido la vida sino que está habitando el mundo de los muertos […] Ella creía que estaba viva. De ahí que en sus pesadillas, al creerse viva, busque un puñal para suicidarse.3
La poeta se hizo eco de una figuración pública y durante una década se forjó un destino trágico. Al igual que los artistas románticos, ella estaba poseída por la sensación de su propia singularidad; sentía que el mundo a su alrededor no estaba a la altura de sus sueños. La experiencia real le parecía solo una “imitación de vida” y lograba satisfacer sus deseos eróticos únicamente a través de su “personaje” con tendencias masoquistas.
Con el paso del tiempo he comprendido un hecho fundamental: Pizarnik osciló entre un destino literario relegado a lo privado y otro expuesto a la esfera pública que contrasta intensamente con aquel primer registro. De manera que adentrarse en su existencia puede provocar una gama de sentimientos encontrados que seguramente ella, perpetua adolescente, se propuso de algún modo crear en quienes la rodeaban o en sus lectores. En mis investigaciones sobre su biografía “atormentada y conflictiva”, para algunos, y “genial y transgresora”, para otros, me he topado con mucho secretismo, eso sí, procurando cubrirlo todo bajo un manto de idealización, admiración y reverencia en torno a su persona. La primera vez que viajé a Buenos Aires tras las pistas de la “escritora suicida” fue en 1997, y debo confesar que me asustó la cantidad de “misterios” de los cuales nadie quería hablar. Una vez en la capital porteña, gracias a Mempo Giardinelli, pude localizar a ciertas personas cercanas a Pizarnik y empezar un peregrinaje de encuentros.
La primera reunión la tuve en una cafetería del centro. Una mujer de cuarenta y cinco años me esperaba sentada en una mesa del fondo. Antes del saludo me dijo: “Solo la vi una vez”. La miré algo sorprendida, encendió un cigarrillo y continuó: “Estaba postrada en una cama. Yo había ido a visitar a una amiga que también había intentado suicidarse. Ya sabés, en el psiquiátrico los tienen a todos dopados”. La reunión no se prolongó mucho tiempo y tuve la sensación de estar rozando una zona “prohibida” para aquellos que nos encontramos fuera de la historia. Después de este recibimiento a la vida/muerte de Alejandra, comenzó un cúmulo de casualidades, una detrás de otra, que objetivamente carecían de importancia pero que a mí me iban resultando cada vez más significativas. Un día, en una editorial argentina, conocí a una amiga de Alejandra. Conversamos sobre mis investigaciones filológicas y me invitó a su casa. Al entrar al piso, lo primero que observé fueron varios retratos de la “poeta” colgados en la pared. La señora me condujo hasta la sala y me ofreció un café. Mientras lo preparaba, fui al servicio, y al volver, los retratos habían desaparecido. No pregunté por qué los había quitado, pero me sentí inquieta. Al sentarnos a conversar, me dijo: “Ninguno de nosotros escribirá su biografía, está demasiado viva, y si te acercás, te destruirá”. A pesar de lo extraño de la situación anterior, quise seguir en mis “pesquisas” y le pedí a mi tío (un emigrante italiano que vino a Buenos Aires en los años cuarenta) que me acompañara al cementerio judío donde estaba enterrada. Cuando llegamos a su tumba, observamos que yacía junto a su padre y que tenía un retrato de ella en la lápida. Al querer sacarle una foto, el obturador de la cámara se bloqueó. En cuanto salimos de allí, el aparato funcionó como por arte de magia. De esta forma, se iba acrecentando esa serie de “contingencias” un tanto desconcertantes, que no sabía a dónde me conducían. Pasaron varios días de relativa calma, hasta que un hombre me llamó por teléfono y me dijo que quería verme. Vino a buscarme cerca de mi casa y estuvimos caminando casi media hora en silencio. De repente se detuvo frente a un portal y murmuró: “Aquí solía leer sus versos”. El edificio estaba en ruinas, nadie vivía en él. Luego tomamos un autobús y fuimos a una cafetería. Cuando entramos, el dueño lo saludó efusivamente. Pidió dos pizzas y, mientras esperábamos, extrajo de un sobre un manojo de hojas manuscritas; la primera página tenía escrito en letras de molde “Artaud, biografía” y lo firmaba Pizarnik. Quise leerlo pero no me dejó, se puso nervioso y, contrariado, lo guardó de nuevo. Comimos, hablamos de la “mafia literaria” argentina y después cada uno se fue por su lado. Nunca más volvía a verlo.
De aquella primera visita no pude sacar nada claro, solo que había estado en el ojo del huracán. Luego regresé a Europa y comencé un doctorado en España. Cuando estaba escribiendo mi tesis, apareció en el mercado editorial Poesía completa (2000), entonces descubrí, a través de una breve nota, que existía un material —tanto autobiográfico como ficcional— inédito depositado en la Universidad de Princeton4 que, tal vez, podía suscitar una revisión biográfica de la escritora judeo-argentina. Después de la lectura de sus diarios y manuscritos comprendí que estaba ante un gran descubrimiento. A medida que avanzaba en la investigación, iba comprendiendo que la ida a Estados Unidos era más que nunca necesaria. En la reducida sala de “libros raros y manuscritos” de la biblioteca de Princeton, me encontré con su voz, su letra, su vida contada en un tono sufriente. Las páginas que leí eran pensamientos repetitivos que volvían —una y otra vez— a mí. Al principio tuve miedo de invadir su intimidad, pero luego sentí que estaba haciendo lo correcto, ya que la única forma de acceder a su historia era a través de su propio discurso, ello sin olvidar que todo sujeto autobiográfico tiende a mitificar y glorificar su propia existencia.
En abril de 2006, volví a Buenos Aires por segunda vez, teniendo en mi poder mucha información que me permitió hablar sobre Alejandra como si la hubiera conocido personalmente; lo cual me otorgó la confianza y la complicidad de las personas a las que fui entrevistando día tras día. Muchos de los testimonios no concuerdan entre sí, ya que, como bien se sabe, la memoria suele jugarnos malas pasadas y acomoda los hechos a la conveniencia del interlocutor. Otros pecan de “semblanzas mitificadas”, y en la mayoría de los casos el narrador desea jugar un papel protagónico en la vida de Pizarnik. Por ello, en la medida de lo posible, mantuve varias conversaciones con sus allegados, y así alcancé a tener una idea más clara de dónde empezaba la realidad y acababa la ficción.
Asimismo, como cobiógrafa de este libro, afectivamente he procurado mantenerme al margen del personaje para no caer en la idealización de su vida. Ahora bien, al momento de sentarnos a escribir las diferentes etapas de su existencia, utilizamos principalmente dos fuentes: la primera y principal fueron sus diarios, manuscritos y cuadernos de notas; en segundo término, los recuerdos de quienes la conocieron, que recrean aquellos espacios donde el silencio de la autora nos impide visualizar la escena biográfica. Todo esto ha determinado el tono, el modo y los contenidos de nuestro discurso, es decir, una manera de pensar, de sentir y comprender mejor a Pizarnik y el contexto social que la rodeaba.
París, 1 de noviembre, 2019
2 Cuadernos por el Congreso de la Libertad de la Cultura. Editada en París y dirigida por Germán Arciniegas.
3 Rafael José Muñoz, “Alejandra Pizarnik: una muerta viva”, en Zona Franca 16, dic. 1972, p. 28.
4 “El presente volumen recoge la obra poética publicada en vida de Alejandra Pizarnik, los poemas póstumos reunidos por Olga Orozco y por mí […] y poemas que han permanecido inéditos hasta la fecha. […] Otro volumen recogerá su obra en prosa y un tercero, sus diarios. Todo este material, así como su correspondencia, las cajitas y sobrecitos en los que guardaba palabras o frases recogidas en lecturas o conversaciones, los cuadernos en los que anotaba poemas o fragmentos de otros autores […] irán ahora a constituir el Archivo Alejandra Pizarnik, en la Universidad de Princeton, Estados Unidos…” (Alejandra Pizarnik, Poesía completa, Barcelona, Lumen, 2000, p. 455).