
Timothy inspiró con fuerza y retuvo el aire. Las mejillas se le hincharon. Sacó pecho mientras levantaba los brazos como hacían los forzudos. Tenía los ojos achinados por aguantar la risa. Recordó que su papá hacía lo mismo antes de comenzar una jornada larga de trabajo, siempre los sábados. Miró a su aprendiz, James, de 14 años, que estaba parado en el medio del negocio y observaba divertido a su patrón. Timothy exhaló con fuerza y su pecho y sus mejillas se desinflaron. Bajó los brazos fingiendo que estaba extenuado. Tenían delante de ellos las telas que debían ordenar en una jornada de casi catorce horas de trabajo.
El comercio de Timothy Marr, ubicado en la parte delantera de su casa, estaba en el número 29 de Ratcliffe Highway, en el lado sur de la calle, entre Artichoke Hill y Cannon Street, justo en la punta de un codo que hace el río Támesis. Pertenecía a la parroquia St. George-in-the-East junto con el barrio de Shadwell y Wapping, todos unidos hacia el sur por el propio Támesis. De hecho, en Wapping el río forma otra esquina y se angosta hacia el corazón de Londres. Al norte de Wapping está el barrio de Whitechapel. Todo el East End (extremo este) de Londres era muy pobre, olvidado y peligroso. Ratcliffe Highway era el viejo nombre que había recibido la carretera, después llamada simplemente “The Highway”.
Timothy y James comenzaron con el trabajo. Plegar y guardar, plegar y guardar, estambre, lino de diversos colores, pieles, pantalones de lona para marineros, sarga para blazers, rollos de algodón, fardos de seda y gasa. Era el 7 de diciembre de 1811. A las ocho en punto el dependiente James Gowen abrió el negocio. Hasta la medianoche o la madrugada del domingo no se irían de allí. Para Timothy era mejor que el trabajo de marinero que había realizado hasta 1808. Durante mucho tiempo había tenido en mente terminar con sus viajes en el buque Dover Castle, casarse con Celia y abrir el negocio de telas con el dinero que había ahorrado.
La vida en la ribera no era muy segura que digamos, como no podía ser de otra manera en un lugar donde se reunían marineros de diferentes nacionalidades con ganas de beber y tener sexo luego de largos viajes —para ellos era mucho menos peligroso que las travesías marinas—. Por otra parte, esa carretera siempre había tenido mala reputación, incluso desde que los romanos abandonaron el lugar. La grava rojiza llegaba hasta el mar, de ahí el nombre de red cliff o acantilado rojo. Hacía cientos de años que era un sitio sucio, sacudido por la actividad de estibadores, barqueros, lavanderas, panaderos, vendedores de correas y poleas, carpinteros, herreros, cazadores de ratas, dueños de pensiones y burdeles, prestamistas, estafadores, supuestos caballeros, traidores, piratas, prostitutas, tuertos, mancos, cojos, emprendedores, fanfarrones, venidos a menos y fugitivos de toda ralea. La viruela, los piojos, el tétanos, la sífilis y la tisis campeaban a sus anchas. Lo único que no había, o escaseaba mucho, era la vigilancia. En fin, un lugar de porquería, pero muy bullicioso y violento, donde las peleas entre marineros ingleses y extranjeros —irlandeses, escoceses, portugueses, griegos, holandeses— eran permanentes. Las edificaciones de la zona, casi todas casuchas, no estaban reunidas sino esparcidas. Allí, en el terreno pantanoso que se descubría durante el punto más bajo de la marea, ahorcaban a piratas y corsarios.
¿Qué persona decente querría vivir todo el tiempo con el ruido del mar y del viento en sus oídos, en medio de cabezas rotas, gritos, insultos y una hilera de cadáveres colgados ahí donde se posaba la vista? Timothy Marr conocía muy bien el lugar y lo que ocurría allí, pero tanto se había acostumbrado que nada de eso le interesaba ahora. Era lo que le había tocado, y haría su vida lo más confortable que pudiera. Apenas atracó su barco, el Dover Castle, en Wapping, Timothy corrió a buscar a Celia y a trabajar en el negocio para lograr fortuna. Sus clientes serían, claro está, los marineros, pero con ellos no pensaba hacerse millonario; también contaba con los pudientes de la plaza Wellclose y Spitalfields.
Tenía 24 años y estaba dispuesto a cualquier sacrificio para salir adelante, pese a ese comienzo modesto en el bloque de casas descuidadas frente a Ratcliffe Highway. Emprendió la remodelación del comercio con la ayuda de un carpintero de apellido Pugh. Amplió la vidriera, lo pintó de verde oliva, mejoró la fachada y exhibió sus productos de manera destacada. El negocio ocupaba toda la planta inferior y detrás del mostrador se abrían dos pasillos que daban a dos escaleras, una que descendía hacia la cocina y otra que subía hacia un rellano y los dormitorios. Otra planta en un piso superior servía de depósito de mercaderías. La construcción era de ladrillo, levantada a nuevo luego de que un incendio, ocurrido unos años antes, se llevara la edificación de madera, cuando aún Timothy no era el propietario.
Timothy era considerado un hombre honesto y trabajador. El 29 de agosto nació su primer hijo. Él y Celia tocaron el cielo con las manos, por el bebé y porque las reformas en el negocio estaban dando resultado a pesar de la mala situación política y económica debida al bloqueo a los puertos continentales dispuesto por Napoleón, que había casi paralizado el comercio. La época no era la mejor para nuevos emprendimientos, pero Timothy, alejado de análisis geopolíticos, se había embarcado en una empresa y estaba convencido de que tendría futuro. Solía repetir: “Mar siempre habrá, y si hay mar habrá buques y marineros”. Pero la situación empeoraba: la cosecha de ese año había sido calamitosa y, si algo le faltaba a Gran Bretaña en ese desgraciado 1811, el rey Jorge III había sido declarado insano incurable y su hijo Jorge IV —un loquito que hasta entonces solo había correteado chicas, verdadera pesadilla para políticos y ministros— había asumido como regente del reino.
Ninguna de esas cosas estaba en la cabeza de Marr cuando finalizaba el sábado 7 de diciembre. Al contrario, sus preocupaciones eran encontrar un escoplo que el carpintero le había pedido prestado a un vecino, y se había perdido; la salud de su mujer, Celia, que se recuperaba de un parto que la había dejado extremadamente débil, y su estómago vacío. Esto último podía remediarlo de inmediato. Llamó a su criada, la joven Margaret Jewell, y le dio una libra para que le pagara al panadero y comprara ostras. Eran las 23:50. Un día de semana hubiera sido extraño encargar algo a esa hora, pero los sábados era otra cosa. Todos sabían que los posaderos y tenderos se quedaban hasta tarde. Con esa libra, a Margaret le sobraba. En las barcazas ostreras las vendían a un penique la docena. Además, le daría una sorpresa a Celia, que tampoco había probado bocado desde el desayuno y estaba en la cocina del sótano alimentando al bebé de tres meses y medio.
La joven Margaret salió rumbo a Ratcliffe Highway. No tenía miedo porque las parroquias del lugar se habían encargado de pavimentar las calles, colocar lámparas de aceite y hasta contratar vigilantes o serenos. Los negocios estaban abiertos hasta tarde, como todos los sábados, y los hombres gastaban su dinero en las tabernas hasta salir bamboleándose ya entrada la noche. Y esa noche era nublada y fría. Margaret no se dirigió a una barcaza, sino al local de ostras, pero lo encontró cerrado. Volvió y vio a su patrón trabajando detrás del mostrador. Eran las doce de la noche. No entró en el negocio, sino que se dirigió a la calle John’s Hill, un lugar no tan seguro, donde estaba la panadería. También la encontró cerrada, entonces fue a otro lugar para comprar ostras. Tampoco tuvo suerte. Llevaría fuera del negocio de su patrón alrededor de veinte minutos. Podía ir más hacia el sur, hacia Wapping y la orilla del Támesis, pero no se atrevió a tanto y volvió hacia Ratcliffe Highway. Ya era bastante tarde, las tabernas iban cerrando, al igual que otros negocios, y ella empezó a escuchar con claridad el ruido de sus propios pasos y a ver su sombra en el empedrado cada vez que se acercaba a una de las lámparas alimentadas con aceite de pescado.
Cuando llegó al negocio de su patrón, también lo encontró cerrado. Ella pensó que Marr la esperaría, pero no había nadie a simple vista. Se sentía frustrada. No había conseguido pagarle al panadero ni comprar las ostras, y ahora estaba sola en la calle y su jefe se había ido. ¡Si al menos hubiese dejado a James para esperarla! Tiró de la puerta, pero estaba cerrada. No tenía el hábito de maldecir, pero sentía muchas ganas de hacerlo. Hizo sonar la aldaba mientras miraba hacia uno y otro lado. Hasta donde alcanzaba su vista —que no era mucho— no vio nada. Esperó. De pronto, por la vereda opuesta apareció una figura que se acercaba. La niebla solo le permitió distinguir la silueta de un hombre.
Margaret intuía que ese hombre que se aproximaba muy despacio la estaba mirando. Golpeó otra vez la aldaba, más nerviosa, y cuando volvió la vista advirtió, para su desgracia, que eran dos hombres, uno de andar más seguro y el otro, un tanto vacilante. Pegó su cuerpo contra la puerta, las manos juntas y heladas, quieta como una estatua. Los hombres ya estaban cerca; pudo escuchar sus pasos detrás. Seguían en la vereda opuesta, pero la muchacha esperaba que cruzaran en cualquier momento. Nada podía hacer contra uno, menos contra dos. Temblaba y cerró los ojos. Esperó. Dentro del negocio, todo permanecía en silencio. Los segundos se hacían eternos. Los pasos le indicaron que los dos hombres seguían su camino. Entonces se dio vuelta e identificó a uno de ellos.
Era el vigilante George Olney, que llevaba a un hombre que parecía borracho. Olney la miró mientras se alejaba y le hizo una inclinación de cabeza. El alma le volvió al cuerpo a Margaret, que sin embargo no olvidaba que estaba en la calle y nadie en la casa respondía sus llamados. Golpeó la aldaba otra vez y pegó una oreja a la puerta, con la esperanza de percibir algún sonido del interior. Era imposible que se hubieran olvidado de ella y menos aún de sus estómagos vacíos. Pensó de todo en esos instantes de silencio. Tal vez, Timothy y Celia estaban en el sótano con el bebé. Quizá ya se habían acostado; no sería la primera vez que se fueran a dormir sin cenar. ¿Debía golpear otra vez la aldaba? Enfrentaba el dilema de despertar a su patrón y que él la regañara por haber estado tanto tiempo afuera, encima sin haber cumplido ninguno de los encargos. Pero no podía permanecer en la calle.
Volvió a llamar, con la oreja pegada a la puerta. Esta vez escuchó un sonido. Ahora sí. Bueno, al fin, dentro de poco disfrutaría del calor y la seguridad de la casa. Escuchó pasos en la escalera; alguien bajaba muy despacio. Pensó que Timothy se acercaba medio dormido para abrirle. Enseguida escuchó al bebé dar un gritito amortiguado o apagado. Nada, hasta ahora, que la hiciera preocupar. De un momento a otro le abrirían. Pero luego de un rato de espera, solo había silencio en el lugar. Ningún otro ruido, salvo el del viento. “¿Cómo es posible?”, pensó Margaret con inquietud, si después de todo no había tardado tanto. El silencio comenzó a envolverla y tuvo una sensación desagradable. Estaba aterrada. Hizo un gran esfuerzo para moverse y alcanzó otra vez la aldaba. Nada.
Su expresión esta vez cambió por completo. Tenía que salir de esa situación, tenía que salvarse, pensaba mientras casi sin darse cuenta comenzó a pegar patadas a la puerta. Hacía sonar la aldaba y pegaba patadas; esa era su manera de sobrellevar el pavor. De pronto, un hombre se acercó. Era un borracho enojado por el ruido. Ella se detuvo, lo miró y pensó que su única salvación era que apareciera el vigilante que había pasado un rato antes. El borracho, molesto porque los ruidos lo habían sacado de su sopor, la llenó de insultos antes de alejarse. Margaret se puso de espaldas contra la puerta. ¿Qué hacer? Solo podía esperar. Y lo hizo, durante media hora, hasta que finalmente vio venir a George Olney cantando la hora.
El vigilante, que no la conocía, le ordenó que se alejara de la puerta. Ella le explicó casi llorando que era de la casa y que la habían dejado afuera. Olney le dijo que seguramente la familia estaba adentro, porque él había pasado por allí para dar las doce y había visto al dueño en el negocio. Que un rato después volvió a pasar y como notó que los postigos de la vidriera no estaban bien colocados llamó para advertir, y una voz desde adentro le respondió: “Ya lo sabemos”. Ahora frente a Margaret, el vigilante enfocó el haz de la linterna hacia las contraventanas y advirtieron que el pasador estaba sin colocar. Olney pateó la puerta, golpeó con fuerza y llamó con voz de trueno a través de la cerradura. Nada.
Tanto alboroto despertó al vecino, el prestamista John Murray. Él y su mujer ya habían escuchado los ruidos que había hecho Margaret, y se disponían a dormir cuando Olney empezó a golpear. Murray finalmente salió, y Margaret y el vigilante le explicaron la situación. Él les dijo que poco después de las doce había escuchado ruidos en lo de su vecino, pero que no les había dado importancia. La caída de una silla, lo que le pareció el grito de un muchacho o de una mujer. Pensó que tal vez se trataba de una reprimenda del patrón a su empleado, o algo por el estilo. Les propuso a Margaret y al vigilante que siguieran llamando desde el frente mientras él iría por el patio trasero de su casa para intentar que la familia Marr lo escuchara. Era la 1:30 pasada.
Llamaron desde el frente y el patio, pero no hubo respuesta. El prestamista vio en la parte de atrás una luz encendida. Decidió entonces entrar en la casa. Era facilísimo. Saltó una cerca que dividía su propiedad de la de los Marr y enseguida estuvo en el patio de su vecino. La puerta trasera estaba abierta, Murray entró por allí y al asomarse divisó la lucecita de una vela en el rellano del primer piso. Subió con tanta cautela que sus pasos no se escuchaban. Cerca de la puerta del dormitorio de los Marr tuvo una duda. ¿Y si estaban durmiendo y él se aparecía? Pero si con todo el ruido no se habían despertado… De pronto, a dos metros, próximo a la escalera que llevaba al negocio, vio el cuerpo del aprendiz James Gowan. Su cara estaba irreconocible, destrozada a golpes, con el cráneo aplastado. Había sido tal la violencia que la sangre había salpicado hacia abajo hasta el propio mostrador. Partes de su cerebro colgaban del bajo techo. Murray se quedó inmóvil. La luz de la vela que tenía en la mano no dejaba de temblar, pero en el lugar no había corrientes de aire. El espanto la hacía vibrar. Gimió y dio vuelta la cabeza para dirigirse al dormitorio de los Marr, pero apenas avanzó, vacilante, horrorizado por la imagen del pobre James, la punta de su pie chocó con la señora Marr. Estaba boca abajo, con la cara aplastada contra la puerta del dormitorio y el cuello vilmente doblado hacia atrás; de su cabeza salía mucha sangre y estaba tan destrozada como la de su empleado James. Fue suficiente para el vecino.
—¡Asesinato! ¡Asesinato! ¡Vengan a ver lo que han hecho aquí!
Así gritaba el prestamista Murray cuando salió por donde había ingresado. En la puerta del negocio ya se había agolpado un pequeño número de vecinos, que crecía a medida que los gritos los despertaban. También llegó otro vigilante. Cuando Murray dio algunos detalles de lo que había visto, hubo gemidos y llantos; Margaret chillaba con desesperación. Entraron todos en la casa por la parte trasera y encontraron en el mostrador, adelante, boca abajo y con la cabeza destrozada orientada hacia la vidriera, al dueño, Timothy Marr. Alguien gritó: “¿Dónde está el bebé?”. Se precipitaron hacia el sótano y lo encontraron en su cuna, abierto un costado de la boca y la parte izquierda molida por un golpe. Lo habían degollado y la cabeza apenas se sostenía sobre el tronco.
La casa ahora estaba iluminada por muchas velas. Los vecinos se movían en grupo como si se protegieran de un mal invisible que, quién sabe, aún podía estar escondido. Afuera también se reunían más personas. En un sector de la planta baja, cerca de la parte del mostrador donde no había restos del cerebro de James, encontraron un escoplo de carpintero. Estaba limpio.
El primer policía que llegó fue el agente Charles Horton, de la comisaría del río Támesis, en Wapping. Mientras Margaret les comentaba a los vecinos, entre gemidos, que se veía a ella misma tirada en algún lugar de la casa con la cabeza rota, la mujer del prestamista la abrazaba tratando de consolarla. Ella repetía que le debía la vida a su patrón, que la había mandado a comprar ostras. Horton, con su débil linterna, examinó los cadáveres. Algunos vecinos salían ya de la casa porque se hacía cada vez más penetrante el olor a sangre y a ese otro más difícil de identificar, el de los sesos desparramados. Aunque los ambientes eran grandes, su disposición dificultaba el ingreso de aire. Horton buscó por todos lados alguna pista. No parecía que hubieran robado nada. En el bolsillo del pantalón de Marr halló cinco libras y había dinero en la caja. Bajó luego a la cocina y se topó con la cuna que chorreaba sangre. Buscó por todos lados el cuchillo con el cual habían atacado a la criatura, pero no lo encontró. Se lo llevaron, dedujo.
Le pidió al vigilante Olney que lo ayudase con la inspección del piso superior. La puerta del dormitorio estaba semiabierta, y Horton se detuvo al tiempo que se señalaba los ojos indicándole al vigilante que estuviese atento. Esperó unos segundos, apretó su cachiporra y entró de golpe. A primera vista no encontró nada de interés. Dio unos pasos y advirtió que la cama estaba sin un pliegue. Al lado había una silla y sobre ella, un pesado mazo de hierro, de los que usan los carpinteros en los buques, con el mango hacia arriba, ensangrentado; en la cabeza de hierro la sangre no se había secado aún y tenía una maraña de cabellos adheridos. En ese lugar tampoco habían robado nada. Había 152 libras en monedas dentro de un cajón.
El policía Horton tomó el mazo y bajó. Cuando lo vieron, los vecinos, que seguían colmando el lugar a pesar de todo, se apartaron con una exclamación de espanto. Todos entendían que esa había sido el arma con la cual habían asesinado a los Marr. Horton la revisó con detenimiento. La cabeza de hierro tenía forma de yunque, era gruesa y aplanada para golpear los voluminosos clavos contra la madera de los barcos. Tenía un extremo estrecho, alargado y puntiagudo, que estaba roto. Mientras Horton observaba estos detalles, un vecino vio en la parte trasera dos hileras de huellas con rastros de sangre y aserrín que salían de la casa. Le llamó la atención que una de las pisadas fuera irregular, como la de un rengo. Los carpinteros habían trabajado en el negocio ese día y por eso el aserrín. Otro vecino que se había despertado después de la primera alarma escuchó al lado de su casa, donde había una propiedad vacía —sobre Pennington Street—, un gran estruendo, se asomó a la calle y vio salir corriendo a unos diez o doce hombres. Parecía una mera casualidad, a menos que entre ellos estuviera camuflado el asesino de los Marr.
Cuando Horton volvió a la comisaría se encontró con tres detenidos por este caso. Se trataba de tres marineros griegos que, según se decía, habían sido vistos merodeando cerca de la casa de la familia Marr. También se decía que uno tenía manchas de sangre en sus pantalones, pero Horton no las vio. El juez del Támesis, John Harriott, los interrogó, y los griegos pudieron demostrar que habían estado en otro lado; de hecho, acababan de llegar a la ciudad. Los dejaron libres pese a la presión de los vecinos. El asesinato del bebé era insoportable, y los residentes querían que se detuviera a los autores de inmediato.
¿Qué más? ¿Cómo seguir? No había “fuerza policial”. Los vigilantes realizaban su tarea gratis y por un tiempo determinado. Desde hacía cientos de años, la junta parroquial del distrito de St. George-in-the-East nombraba cada año a los altos agentes y a los alguaciles, que podían llegar a ser doce. Se trataba de vecinos comunes, comerciantes, artesanos, que, además de sus tareas durante el día, debían ocuparse de la vigilancia nocturna, pensar cómo se harían las rondas, detener a sospechosos y llevarlos ante el juez por la mañana. Era una tarea de noctámbulo. Había dos maneras de desligarse de este deber: pagar una multa al distrito o pagarle a un sustituto. Muchos de estos últimos eran buenos para nada que dormían toda la noche.
Además de este “cuerpo policial”, el distrito contrataba treinta y cinco vigilantes o serenos nocturnos. A esos sí les pagaban, dos chelines por noche. Empleaban a un encargado para que los supervisase. Las tareas de estos vigilantes eran vocear la media hora desde las nueve de la noche hasta las cuatro del día siguiente y arrestar a todos los ladrones, borrachos, sospechosos de tener malas intenciones, vagos o cualquiera que tuviera comportamientos indebidos. Como la ley no definía este tipo de conducta inapropiada, quedaba a criterio del vigilante. Estos eran hombres viejos en su mayoría, que venían de cumplir su trabajo durante el día y lo único que los motivaba era terminar la semana con algo de dinero extra. Ninguno tenía la conciencia de estar cumpliendo un deber. Lo hacían sin ganas y sin fuerzas, solo para llenar sus flacos bolsillos. Pasaban las noches, casi siempre neblinosas y lluviosas, en unas destartaladas y míseras casillas de madera poco dignas hasta para los perros vagabundos. ¿Por qué elegían a personas de edad para ser vigilantes? Habían probado con hombres jóvenes, pero todo se había ido al demonio por la relación que establecieron con las prostitutas del lugar. Los mayores tampoco eran una gran solución porque, aunque no frecuentaran a las rameras, tampoco representaban una gran oposición para los delincuentes y, además, eran tan proclives al soborno como los más jóvenes. La bebida era otro problema. Las medias horas pasaban y la mayoría dormía la mona en aquellas casuchas destartaladas.
Había, por otro lado, un tribunal público con tres jueces en el distrito de Shadwell, pegado a Ratcliffe, que no escapaba a la corrupción general, es decir, recibían dinero para liberar a ladrones o, mejor aún, abrían junto al tribunal sus propios locales para reducir los objetos robados por los delincuentes, pagando entre 20 y 30 por ciento del valor real. Es cierto que no todos caían en estas prácticas, pero hablar de jueces o de justicia en Londres era lo mismo que referirse a una calaña tan despreciable como la de aquellos que se dedicaban al delito como oficio de vida. El dato interesante es que este juzgado tenía jurisdicción y competencia sobre los distritos de Shadwell, Wapping, St. Anne, St. George-in-the-East, Ratcliffe y Poplar. Los jueces tenían la potestad de disponer de manera exclusiva de no más de ocho agentes de policía, que no llevaban uniforme ni placa. Estas eran las fuerzas que debían resolver la masacre de la familia Marr y de su empleado James Gowen.
El policía Horton, que había registrado la casa de los Marr y había encontrado el mazo con el cual los habían asesinado, no pertenecía a la organización del juzgado de Shadwell, sino a la Policía del río Támesis, una agrupación más reciente, con asiento en Wapping New Stairs. Había sido creada recién en 1800 y no tenía como objetivo cuidar a los ciudadanos sino a los buques y su mercadería, a tal punto que estaba autorizada a utilizar cinco hombres en tierra y cuarenta y tres en el mar. Su jefe era John Harriott, un aventurero que navegó hacia América, participó en la toma de La Habana con la flota del almirante George Pocock en 1762 —la ciudad fue inglesa durante once meses— y en la de Terranova, se convirtió en marinero mercante, vivió con los indios norteamericanos, apareció como militar en Oriente, fue policía, ayudante de un juez, abogado, regresó a Gran Bretaña, comerció con vinos, fue granjero y luego juez. Volvió a Norteamérica, donde estuvo cinco años. De vuelta en su país, ayudó a organizar la flota fluvial. Se atrevió a denunciar los males de los asilos privados para enfermos mentales, discutía de teología, se había casado dos veces y tenía hijos, pero no recordaba cuántos. En 1811, a los 66 años, se enfrentaba al enigma de la matanza de la familia Marr. Quiso romper la antiquísima tradición de no compartir información entre comisarías. Esta costumbre estaba tan arraigada que cuando se le preguntó en una audiencia parlamentaria a John Gifford, juez de Worship, si compartía información con otras comisarías respondió: “Por supuesto que no. Las diferentes comisarías se guardan para sí las informaciones y no las comparten con nadie para evitar que otros puedan tener el crédito de atrapar a algún delincuente”.
En síntesis, para encontrar a los asesinos de los Marr se disponía de un encargado supervisor, un alguacil mayor, un alguacil, treinta y cinco vigilantes nocturnos viejos, tres jueces del juzgado de Shadwell y sus ocho policías, más Harriott y su fuerza fluvial. Había que empezar recogiendo información, pero esta se pagaba y la parroquia de St. George-in-the-East era muy pobre. De todas formas, la enormidad de la matanza hizo caer las pocas monedas que se guardaban. Se dispuso una recompensa de cincuenta libras por información sobre los asesinatos de la familia Marr y del empleado James Biggs, que en realidad era James Gowen. El error se corrigió cuando semanas después llegó una carta al Ministerio del Interior.
Desde el momento de los asesinatos, todos los juzgados de Londres se llenaron de sospechosos, empezando por los borrachos, los extranjeros, los vagos, algunos marineros y todo aquel que no gozara de consideración en su barrio. Era posible, debido a la ausencia de comunicación entre tribunales o comisarías, que alguien saliera libre de una y cayera preso en otra. Pero también había liberaciones masivas por falta absoluta de pruebas. Mientras tanto, el gobierno aceptó el caso como uno más, sin darle mayor trascendencia. Todos los días había crímenes; que las víctimas fueran una, dos, cuatro… pues bien, así eran las cosas en este mundo y en Gran Bretaña, más preocupada por la guerra napoleónica y los sucesos que se desarrollaban en España.
Harriott escribió una carta a los funcionarios nacionales poniendo en el papel las palabras de la empleada Margaret Jewell. La emoción no es sentimiento de burócratas. De repente, Harriott se enteró de una versión que hablaba de testigos que habían visto a tres personas instantes previos a los crímenes, de pie frente al negocio de Marr, y que uno de ellos, en lugar de ir hacia un lado y hacia el otro como hacían sus dos compañeros, fijaba su vista en la vidriera. Hasta habían obtenido una descripción de esos tres misteriosos personajes. Uno era alto y robusto y usaba un saco de color claro; otro tenía un abrigo azul, pero con las mangas hechas jirones y un sombrero de ala estrecha. Del tercer hombre no había descripción alguna. ¿De dónde procedía esa información? ¿Quién había visto a esos tres?
Fue el 9 de diciembre cuando los crímenes dejaron de ser un asunto local para convertirse en tema nacional. El disparador, como siempre, fue la aparición de la noticia en la prensa, tanto en The Morning Chronicle como en The Times. Sin embargo, en los hechos nada ocurrió, no hubo otros sospechosos y hasta los reportes que se enviaban al Ministerio del Interior eran bastante pesimistas: “No tenemos ninguna pista que permita llevar a un descubrimiento”. En la investigación criminal de esos años, cuando se referían a pistas, no se estaba hablando del mazo con cabeza de hierro ensangrentado, con uno de sus extremos roto y con cabellos de las víctimas, ni de las pisadas ensangrentadas ni del escoplo de carpintero, sino de información que delatara a los autores. Y esa información, de acuerdo con la tradicional y ancestral costumbre, era la que se compraba. No había otra manera de resolver casos criminales más que con la delación.
El único movimiento que se producía en la investigación era el de las incesantes visitas a la casa de los Marr. Los cuerpos de las víctimas seguían allí, aunque habían sido cambiados de lugar: los del matrimonio y su bebé estaban en la planta superior y el de James, en la habitación que ocupaba normalmente Margaret Jewell. Los visitantes venían de los alrededores y hasta de Londres; los señores con sus señoras, los marineros con las suyas, los clientes con sus prostitutas, pasaban por las habitaciones de la casa observando las heridas abiertas, la sangre seca y las manchas en este y en aquel lugar. Las mujeres levantaban apenas sus faldas para no mancharse, no con la sangre pues ya estaba seca, sino con la suciedad. Pañuelo en la nariz, un poco de fragancia para los más pudientes y un recorrido que era usual cuando había asesinatos. Más vecinos que volvían y volvían, curiosos, morbosos. Los lugares de los crímenes eran visitados como si se tratara de un paseo, hábito irrebatible en esos años al menos en Wapping, aunque esta vez tenía el morbo adicional del pequeño cadáver del bebé. ¿Por qué no los enterraban? Era costumbre que las inhumaciones se realizaran una vez que los vecinos reunieran la suma de dinero suficiente para costear la comida y la bebida de los concurrentes al velatorio, que terminaba, invariablemente, en peleas entre borrachos y hasta en algún herido grave —o muerto— o en algunos enfermos, según el tipo de muerte de que se tratara. En ese lapso, si los cuerpos habían sido hallados en sus casas, permanecían allí. El entierro de los Marr se produjo una semana después, en una ceremonia que reunió a una multitud.
El 10 de diciembre se realizó en la taberna Jolly Sailor, ubicada casi frente al negocio de los Marr, una audiencia con el juez de instrucción para tratar el caso. Como era de esperar, había más personas fuera de la taberna que las que habían podido ingresar. A la tarde, primero el jurado —porque llegó antes— y luego el juez John Urwin fueron a la casa de los Marr a inspeccionar y a ver los cadáveres. Cumplido el trámite, visiblemente conmovidos, cruzaron y se metieron en la taberna. El primer testigo al que llamó el juez fue el cirujano Walter Salter, que había realizado un examen de los cuerpos. En The Times se informó que, según el médico, el pequeño Timothy Marr, Jr., tenía seccionado el lado izquierdo el cuello; su madre, Celia, había recibido un golpe mortal en la sien izquierda, que dejaba ver el hueso, y tenía sobre la mandíbula otra herida de cinco centímetros que llegaba hasta la oreja izquierda; el dueño de casa, Timothy Marr, tenía la nariz rota, un golpe violento sobre el ojo derecho y el hueso posterior del cráneo (el occipital) fracturado, y James Gowen, fracturas en la frente y en la nariz, y la cabeza “triturada con los sesos esparcidos”. Luego fueron declarando Margaret Jewell, el vecino John Murray, el vigilante George Olney. No había más pruebas que esas. Tras unas breves palabras del juez expresando su confianza en que la Policía pudiera encontrar a los responsables, el jurado deliberó con rapidez y declaró que se había tratado de un homicidio voluntario cometido por persona o personas desconocidas.
Este veredicto provocó pánico entre los pobres, ignorantes y olvidados habitantes del East End y reforzó en muchos la creencia de que ese lugar, justo ese, había sido definitivamente olvidado por Dios. Hasta que el miércoles 11 de diciembre, de manera inesperada, hubo una novedad: apresaron a un carpintero que había sido contratado para trabajar en el local de los Marr. La clave de su detención era el escoplo de cincuenta centímetros de longitud encontrado en el lugar. El carpintero Pugh, encargado de las reformas en la vidriera, había contratado a su vez a otro carpintero que necesitaba un escoplo. Pugh no tenía uno y se lo pidió prestado a un vecino. Cuando el carpintero contratado terminó su trabajo, se fue y no lo devolvió. Pugh le reclamó la herramienta, y el carpintero dijo que la había olvidado en lo de los Marr. Pugh se comunicó con Marr y le pidió que revisara su negocio para ver si encontraba el escoplo. A los pocos días, Timothy Marr le dijo a Pugh que no había encontrado nada. El escoplo apareció, limpio —¿lo habían limpiado?—, el día de los asesinatos. Si bien ese carpintero quedó preso, no había muchas esperanzas de que el caso se resolviera con él. De hecho, al menos cinco personas se presentaron para hablar bien del carpintero, lo cual era un elemento de prueba muy valioso a su favor, además de una coartada que suministró, que se sumó a las pruebas favorables aunque sin verificar. Finalmente fue liberado.
La presión de los periódicos, sobre todo la de The Times, provocó que el gobierno ofreciera una recompensa por un caso de homicidio.
Whitehall, 12 de diciembre de 1811. Al haberse referido humildemente a Su Alteza Real el Príncipe Regente que la vivienda del señor Timothy Marr, en el número 29 de Ratcliffe Highway, en la parroquia de St. George, Middlesex, comerciante de telas para hombre, fue allanada el pasado domingo por la mañana entre las doce y las dos horas por alguna persona o personas desconocidas, y que el citado señor Marr, la señora Celia Marr, su esposa, Timothy, su hijito todavía en la cuna, y James Gowen, un mozo a su servicio, fueron todos ellos asesinados de la manera más inhumana y bárbara. Su Alteza Real, para facilitar la aprehensión y la comparecencia ante la Justicia de las personas implicadas en los atroces crímenes, se complace en ofrecer una recompensa de 100 libras a cualquiera (excepto a la persona o personas que perpetraron en realidad dichos asesinatos) que delate a su o sus cómplices, pagaderas al ser declarados convictos el o los delincuentes por los Muy Honorables Lores Comisionados de la Hacienda de Su Majestad.
Días después hubo quien volvió sobre el empleado de carpintería que había sido contratado por el señor Pugh. Cuando se lo liberó, se dijo que el escoplo había sido hallado en el sótano de la casa de Marr, aunque en verdad se lo había encontrado en la planta baja, sobre el mostrador. Había algo que no cuadraba con el escoplo. Marr lo había buscado infructuosamente. Cuando lo mataron con su familia, apareció en el lugar más visible de todos. Como estaba limpio, pudo haber sido usado para forzar alguna entrada. Es cierto que los asesinos pudieron haber entrado por la parte de atrás con facilidad, pero el escoplo era una de esas pistas que quedaban en el aire porque no encajaba con nada. Tal vez por este motivo ni los vigilantes ni la Policía ni el juez le dieron importancia. Sin embargo, cuando Margaret Jewell salió a comprar ostras, esa herramienta no estaba sobre el mostrador. ¿Por qué The Times no citó el nombre de ese carpintero? Para el señor Pugh trabajaban Cornelius Hart, un tal Towler o Trotter y Jeremiah Fitzpatrick. El más nervioso de todos era Cornelius Hart, y a él le faltaba un escoplo.
La recompensa ofrecida por el gobierno fue aumentada a los pocos días de cien a quinientas libras, una suma que no tenía antecedentes. A ello había que agregar cincuenta libras de los supervisores de St. George-in-the-East, más veinte libras de la Policía del Támesis. Era una pequeña fortuna, si se tiene en cuenta que un artesano ganaba una libra a la semana.
Las autoridades interrogaron a cuanto marinero irlandés o portugués se cruzara con algún vigilante o policía, bajo la firme sospecha de ser irlandés o portugués. Ni hablar de los navegantes griegos. A decir verdad, también se detuvo a algunos ingleses delatados por las dueñas de sus pensiones por lavar su ropa con mayor frecuencia que lo habitual o por irse sin informar su destino. Otros fueron al calabozo por dar a entender en las cantinas que algo sabían sobre lo ocurrido con los Marr, pero invariablemente se trataba de beodos y mentirosos. La investigación apostaba a un testimonio salvador. No entraba en la cabeza de nadie encarar de otra forma un asunto criminal, por más pistas falsas y decepciones que se acumularan.
El Buen Señor, a pesar de todo, no estaba mirando hacia otro lado. El jueves 19 de diciembre, el mazo seguía en la comisaría del Támesis en poder de Harriott. Nunca se sabrá cuál fue el policía que lo tomó para hacer algo muy sencillo: con un pañuelo comenzó a limpiarlo, pues estaba tal como lo habían dejado luego de los asesinatos. Con cuidado fue sacando los pelos y removiendo la sangre seca hasta que de golpe se produjo una revelación extraordinaria. Aparecieron las iniciales “JP”. Lo primero que se resolvió fue hacer una nueva descripción de la herramienta y, además, que se anunciara que cualquier persona podía ir hasta la comisaría a examinarla a fin de aportar algún dato sobre su propietario. La descripción ahora decía que el mango del mazo tenía una longitud de 58 centímetros y la cabeza, desde la parte posterior hasta el extremo de punta, unos 22 centímetros. Que el extremo puntiagudo estaba astillado. Que estaba marcado débilmente con las letras “JP” en el remate cerca del extremo inferior y que la inscripción podría haber sido realizada con un punzón para trabajar el cobre.
Este descubrimiento animó a uno de los jueces de Bow Street, un tal Aaron Graham. Tal vez se tratara de un hombre con llegada a funcionarios del gobierno, pues tenía vínculos con el propio Ministerio del Interior. El asunto, era de esperar, estaría centrado en saber quién era “JP”. Pues no. Graham comenzó a revisar el caso desde la conducta de Timothy Marr, la víctima. Se preguntaba por qué había mandado a Margaret a comprar ostras y a pagarle al panadero a las doce de la noche, cuando era muy probable que todo estuviese cerrado. ¿Era posible que Marr hubiera alejado del negocio a su sirvienta a propósito porque esperaba a alguien que no quería que ella viese? ¿Cuánto tiempo pensaba Marr que Margaret estaría afuera, media hora? ¿Quién era Marr? Lo que se sabía era que llevaba ocho meses en Ratcliffe, después de haber pasado mucho tiempo más en el mar.
Sin embargo, había algo que no cuadraba en esta sospecha: si quería alejar por un tiempo a Margaret del negocio, lo mismo debería haber hecho con su mozo James Gowen. Bien podría haberle dicho al muchacho que acompañara a Margaret, sobre todo a esas horas de la noche. Pero no lo hizo. ¿Por quién se conocen todos los detalles de este caso? Graham se preguntó por qué tenía que creerle a Margaret Jewell. Ella sostuvo que fue el señor Marr quien le había ordenado salir, pero en una declaración por escrito aseguró que fue la señora Marr. ¿Se fue Margaret con alguna excusa justo en esos momentos de la medianoche? Podría ser que alguien la instruyera para que lo hiciera. En ese caso, alguien quería eliminar a los Marr pero salvar a la muchacha. ¿Tendría algo que ver en esto el hermano de Timothy Marr, acaso envidioso de su hermano y enamorado de Margaret? No, era una pérdida de tiempo ir por ese camino, pensó Graham apenas recordó la consternación de la muchacha cuando se descubrieron los cadáveres y su deplorable estado de ánimo al declarar. En fin, se estaba desviando demasiado en elucubraciones cuando tenía un objeto concreto que investigar, el mazo.
Pero como en el mundo de los policías y de los jueces ningún objeto podía darles la solución, sino un ser parlante, Graham se detuvo en la declaración del vecino John Murray, quien había descubierto los cuerpos. Dijo haber escuchado el ruido de una silla que empujaron y un grito de miedo a las 0:10. Margaret había salido minutos antes de las 12 y estuvo afuera unos veinte minutos. Entonces, si Margaret salió a las 11:55 y volvió a las 0:15 era posible que los delincuentes todavía se encontraran en el negocio. No habrían podido cometer semejante masacre en tan poco tiempo. O sí. Acaso estaban esperando que ella saliera. Graham, con la fuerza de sus reflexiones, mandó arrestar al hermano de Marr y lo interrogó durante dos días. La defensa del acusado fue contundente, presentó una decena de personas que habían estado con él esa noche, a la hora de los crímenes, bien lejos de Ratcliffe. Tampoco tenía interés en Margaret porque no la conocía, lo cual fue confirmado por la propia muchacha. Toda la construcción de Graham saltó por los aires. Los periódicos ya hablaban de este desfile de sospechosos poco consistentes. No una ni dos ni diez, sino cuarenta y cinco fueron las personas detenidas sin prueba alguna en este caso. No era muy grave mantenerlos bajo custodia; después de todo, los sindicados eran en su mayoría marinos extranjeros, es decir, personas sacrificables.
Algunos más despabilados advertían en esta lacerante pérdida de tiempo un problema muy grave. Si la eliminación de la familia Marr no se debía a ninguna circunstancia personal —problemas de familia, amoríos ocultos, deudas impagas ni nada que involucrase a las víctimas ni a sus parientes—, la posibilidad de que barbaridades como esas se repitieran era muy alta. Thomas de Quincey, el autor, entre otras obras, de Del asesinato considerado como una de las bellas artes, lo vio con gran lucidez. Escribió:
Imagine pues el lector el vivo frenesí de horror cuando en esta pausa de expectación, acechando, e incluso esperando que el brazo desconocido golpeara una vez más… en la duodécima noche a partir del asesinato de los Marr, un segundo caso de la misma misteriosa naturaleza, un asesinato del mismo cariz exterminador, cometido en el mismo barrio.
Nueve mil personas vivían en el distrito de St. Paul, contiguo a St. George-in-the-East, en Shadwell, pegado a Ratcliffe. Eran carpinteros navales, marineros y estibadores, prestamistas, prostitutas, ladrones, nada diferente de la comunidad donde vivían los Marr. Un lugar repleto de tabernas, siempre abarrotadas, a punto tal que había un pub cada ocho casas. Estaban amontonados entre Ratcliffe Highway y las inmediaciones del río. Un lugar deplorable.
Pero siempre hay una mosca blanca; en este caso, se trataba de una familia respetable, los Williamson. Hacía quince años que se ocupaban de su emprendimiento, la taberna King’s Arms en el número 81 de New Gravel Lane. Todo el mundo en la zona los conocía. El señor Williamson tenía 56 años y su mujer, Elizabeth, 60. Con ellos vivía su nieta, Kitty Stillwell, de 14 años, y Bridget Harrington, una sirvienta de 50 años. Los Williamson le habían dado alojamiento en los últimos meses a un joven de nombre John Turner.
Había dos cosas que Williamson no permitía en su taberna, los juegos de dados o naipes y las riñas de gallos. Esto quería decir que el negocio cerraba temprano. A eso de las once de la noche el dueño comenzaba a cerrar, y los que quedaban debían retirarse. No había vueltas. Si algún borracho hacía lío, Williamson tenía la corpulencia necesaria para echarlo de un empujón afuera. Además, el hombre estaba protegido pues frente a su taberna había una caseta de guardia y a dos casas vivía uno de los alguaciles de la zona, amigo de él. La edificación tenía dos plantas, en la inferior estaba la taberna, la cocina —en la parte posterior— y una salita. Y en la planta superior estaba el dormitorio de los dueños, el de su nieta y un par de desvanes ocupados por Bridget y por el huésped Turner. En el sótano estaba la bodega donde se almacenaban los barriles de cerveza.
El 19 de diciembre fue jueves. Ya al ocultarse el sol, en las calles había poco movimiento. Hacía doce días de los asesinatos de los Marr; los vecinos estaban inquietos y las autoridades, desorientadas. La parroquia de St. Paul había contratado trece vigilantes para que hicieran las rondas cada media hora, pero la verdad era que cada media hora salían borrachos de las casetas de guardia y gritaban penosamente la hora antes de volver a meterse para seguir bebiendo o dormir. Bebían porque tenían miedo, confesaban por lo bajo. Los pocos sobrios, de vez en cuando, salían a hacer rondas. Esto pasaba en Ratcliffe, en Shadwell y en Wapping. Unas sesenta mil personas protegidas por vigilantes temerosos o borrachos. Era mejor colocar cerrojos y poner barras en las entradas delanteras y traseras.
Eran las once menos diez de la noche cuando el alguacil Anderson fue caminando unos pocos pasos hasta la taberna King’s Arms para buscar una jarra de cerveza. El propio Williamson le dijo que de ninguna manera la bebería en el local, se la alcanzaría a su casa, y mientras su mujer escanciaba la cerveza, él le advirtió a Anderson que había visto a un tipo de sacón marrón escuchando detrás de la puerta. Que si lo llegaba a ver lo arrestara. ¿Cómo era? Llevaba un sacón de color marrón. Cuando la jarra estuvo lista, Bridget la llevó a la casa de Anderson y regresó de inmediato al King’s Arms. El problema del alguacil era que una jarra de cerveza, por más buena voluntad que le pusiera, no le duraba más de veinte minutos, al cabo de los cuales la sed volvía como una hechicera que lo llevaba de las narices a desear otra jarra. Su buen amigo Williamson cerraba a las once, pero hasta que no se iba a dormir tenía siempre un buen gesto para un amigo sediento, así que salió de su casa y fue otra vez hacia el King’s Arms a buscar su segunda jarra.
No hizo más que poner un pie fuera de su casa cuando escuchó un grito aterrador: “¡Asesinato!”. Anderson vio que una pequeña multitud estaba mirando la taberna de su amigo y se sumó de inmediato. Un hombre bajaba por unas sábanas anudadas desde el desván a la vez que lloraba y gemía. Había allí, entre la gente, un vigilante, Shadrick Newhall, que solo miraba petrificado el espectáculo del hombre que descendía por la soga improvisada. Anderson volvió a su casa a buscar su espada y su bastón y regresó justo para ver cómo ese hombre se dejaba caer faltando dos metros para el suelo y el vigilante Newhall lo contenía con los brazos. Se trataba del huésped John Turner. Estaba semidesnudo.
La gente pareció enloquecer repentinamente y fue contra la puerta de entrada para abrirla a los golpes. Había un hombre con un atizador y el carnicero de la cuadra tenía un hacha. Mientras, Anderson y dos o tres más buscaron abrir la trampilla de la calle que daba a la bodega de la taberna. Lograron entrar y, a pesar de la oscuridad, se encontraron con el cuerpo de Williamson, boca abajo con las piernas sobre la escalerita. A su lado, una barra de hierro ensangrentada de 80 centímetros de largo. Era parecida a la barra encontrada sobre el mostrador de los Marr. El tabernero tenía la cabeza muy golpeada, el cuello rebanado y una de las piernas fracturada. En una mano tenía varios cortes, como si hubiera tratado de defenderse de un ataque que lo superaba. Un pulgar colgaba casi desprendido. Había mucha sangre.
Los primeros minutos de estupor y parálisis fueron seguidos por un movimiento casi automático cuando escucharon que desde arriba alguien gritaba: “¿Dónde está el viejo?”. El grupo, con Anderson a la cabeza, saltó literalmente el cuerpo destrozado de Williamson y llegó hasta la cocina, donde estaba el cadáver de la señora Elizabeth apoyado sobre su lado izquierdo, también con la cabeza aplastada y la garganta cortada. La sangre salía sin parar de semejante herida. Cerca estaba el cuerpo de Bridget, boca arriba. Al igual que los demás, la cabeza estaba destrozada, pero la visión de la garganta era espeluznante pues tenía un corte que llegaba hasta las vértebras.
Todos los que habían entrado estaban armados con algún tipo de elemento —palos, atizadores, cuchillos, hachas— y revisaban la casa, pero los asesinos ya habían huido. ¿Y la nieta de los Williamson? Fueron hasta su cuarto, y allí estaba Kitty Stillwell, sin un solo rasguño, dormida. A diferencia de la matanza de la familia Marr, esta vez los vecinos, los alguaciles y los vigilantes recorrieron las inmediaciones, se metieron en callejones, revisaron esquinas. Estaban furiosos. Dos veces lo mismo no, repetían. La Policía registró casa por casa, se detenía a todos y todo, incluso los carros y las diligencias que pasaban por la zona eran revisados. Se cerró el puente de Londres. Había pocos policías, pero esta tarea ahora la hacían los propios vecinos.
A la mañana siguiente, los cuerpos de las víctimas fueron lavados y colocados en la habitación matrimonial. Esta vez tenían un testigo privilegiado y con mucha suerte, el huésped Turner, que se había descolgado por las sábanas anudadas. El muchacho casi no podía hablar del susto. Pasaron las horas y, tartamudeando, contó que vio a un hombre alto con un abrigo largo y amplio. Poco más. Los policías sospecharon de Turner y quedó detenido.
En la parte trasera encontraron una ventana abierta con manchas de sangre. Afuera había un talud de arcilla con la huella de una pisada. Si el asesino escapó por allí, debió dejarse caer casi tres metros sobre el talud y habría quedado arcilla húmeda en su ropa. A diferencia de lo ocurrido en la casa de los Marr, donde no habían robado nada, aquí faltaba el reloj de Williamson. ¿Por qué solo el reloj y no el dinero que había en la casa? Lo primero que se decidió entre los administradores y supervisores del lugar, reunidos en la parroquia St. Paul, fue echar a todos los vigilantes. Los que estaban allí reunidos conocían a los Williamson desde hacía muchos años. Enseguida ofrecieron una recompensa de 100 guineas (una guinea, moneda de oro que dejaría de usarse pocos años después, equivalía a una libra y un chelín).
En menos de dos semanas habían matado a siete personas, tres de la familia Marr más su empleado y dos de la Williamson más su empleada. Se buscó una relación entre ambas familias, pero no encontraron nada. ¿A quién buscar, a un demente o a una banda de maniáticos? Tenía que haber un motivo. No se concebía homicidio sin un motivo. ¿Robo? No. ¿Venganza? No. ¿Amores no correspondidos o descubiertos? No. ¿Locura? Tampoco. En este asunto radicaba la desorientación. Esta era la novedad de los crímenes de Ratcliffe Highway: ¿cuál era el motivo?
Finalmente, ya más tranquilo, declaró el huésped Turner. Dijo que la última vez que vio con vida a la señora Williamson fue cuando ella se retiró a su dormitorio. Que él se acostó y no llevaba ni cinco minutos en la cama cuando sintió un golpe muy fuerte en la puerta de entrada. Después escuchó a Bridget, la criada, exclamar: “¡Nos asesinan a todos!”, o “¡Nos asesinarán!”, y que esta expresión la repitió dos o tres veces. Escuchó dos o tres golpes, pero no podía determinar con qué objeto habían sido dados. Después oyó a Williamson gritar: “¡Soy hombre muerto!”. Turner dijo que se quedó en la cama y que al rato se levantó. Todo estaba en silencio hasta que escuchó tres suspiros y el rumor de alguien que recorría la planta baja con cautela. Bajó, semidesnudo como estaba. Vio la puerta entreabierta y, a la luz de una vela, a un hombre de un metro ochenta con un gran abrigo largo hasta los talones y amplio, oscuro. Estaba de espaldas a él y parecía inclinado revisando los bolsillos de alguien. Escuchó el ruido de monedas y al hombre que se metía algo en el abrigo. Turner aseguró que volvió a su cama y se le ocurrió la idea de esconderse debajo de ella, pero tuvo miedo de que lo descubrieran. Entonces anudó dos sábanas y se descolgó por la ventana. Tenía el gorro de dormir, una camisa y un chaleco. Cuando le preguntaron sobre la barra de hierro, respondió que en la casa no había visto ninguna. A Turner le creyeron y lo dejaron libre solo pensando que durante todo su relato no había hecho mención a la nieta de los Williamson.
Como siempre, se hizo la descripción de las lesiones de cada víctima. John Williamson tenía una herida que iba desde la oreja izquierda hasta la derecha y había seccionado la tráquea y el esófago, llegando hasta las vértebras del cuello. Tenía la pierna fracturada por encima del tobillo, acaso por una caída escaleras abajo. A su mujer le habían fracturado la cabeza del lado derecho y había sido degollada. Las mismas lesiones tenía la sirvienta, Bridget Anna Harrington. Nuevamente, el jurado determinó que los homicidios habían sido intencionales y cometidos por persona o personas desconocidas. Los Williamson y Bridget fueron enterrados a las doce del mediodía del domingo 22 de diciembre en la iglesia St. Paul, en Shadwell.
Como había sucedido con el caso de la masacre de los Marr, hubo a continuación decenas de detenciones de extranjeros y marineros. Uno de estos fue John Williams, de 27 años, que se hospedaba con el matrimonio de Robert Vermilloe y su esposa Sarah en la taberna The Pear Tree de Old Wapping. Los dos policías que lo arrestaron lo hicieron —según dijeron— por información confidencial que habían recibido. Cuando lo revisaron, llevaba encima dos papeles de empeño de ocho y doce chelines por zapatos, catorce chelines en plata y un billete de una libra. La única relación que tenía con los casos era que cierta vez había navegado junto con Marr en el buque Dover Castle. Al regreso de su último viaje se dirigió a su lugar habitual de alojamiento en The Pear Tree. Luego de cada viaje le entregaba sus ganancias al señor Vermilloe para que se las guardara. Tenía buen trato con los dueños, era afable, limpio, y el matrimonio Vermilloe lo definía como honrado. Compartía su cuarto con otros dos marineros en ese momento, John (o Michael) Cuthperson (o Colberg), John Peterson, John Frederick Richter y el fabricante de velas John Harrison. No era ese el lugar donde Williams hubiese deseado vivir, pero era lo que le permitían sus ingresos. Williams era estilizado, elegante, casi no parecía un marinero, de buenos modales, cabellos rubios rizados. Su interrogatorio tenía tan poco sustento como el de los demás sospechosos. Finalmente le informaron que lo detuvieron porque lo habían visto con frecuencia en la taberna de Williamson y justamente había estado por allí a las siete de la tarde del día de los crímenes, cuando volvió a su alojamiento a la medianoche.
Pero había otras sospechas: era irlandés y antes de los crímenes no tenía mucho dinero. Las respuestas de Williams fueron que sí había ido a la taberna de Williamson el jueves, como otros días también, pues hacía bastante que conocía tanto a John como a su mujer. Que el jueves la señora Williamson le había servido un poco de licor y que se lo consideraba un amigo más que un cliente. Cuando se fue de la taberna, visitó a un cirujano de Shadwell para que le diera un consejo para curar su pierna porque hacía años que no podía caminar bien a causa de una vieja herida. Pero como los honorarios del cirujano eran abultados, fue a ver a una cirujana que cobraba menos en el mismo barrio. Luego se encontró con una amiga y tras visitar varias tabernas volvió a su alojamiento y se acostó. Le dijo a uno de sus compañeros de cuarto, el marinero alemán Richter, que tuviera cuidado y apagara la vela que tenía en una mano, porque además tenía la pipa y en la otra mano sostenía un libro, es decir, con un descuido podría quemar todo allí.
Acerca del dinero que le encontraron encima, aseguró que se debía a que había empeñado algunas prendas. Sus explicaciones sirvieron de poco. Lo mandaron a la prisión de Coldbath Fields, donde también estaba preso otro irlandés, Sylvester Driscoll. La conmoción era tal que los jueces no estaban dispuestos a soltar a nadie por más que las pruebas que tenían no fuesen más que meras suspicacias. Mientras esto ocurría, los magistrados del distrito de Whitechapel seguían indagando a marineros portugueses y fueron agregando más sospechosos, pues a los dos que mantenían detenidos se les sumó un amigo de ellos.
La tarde del 24 de diciembre, John Williams fue llevado al juzgado de Shadwell, donde lo esperaban los jueces George Story, Edward Markland y Robert Capper. Se iba a realizar un reconocimiento por parte de testigos a la luz de las velas. Los magistrados tenían poder discrecional sobre el caso. Ningún veredicto se basaba en pruebas, sino en la opinión de los jueces, y sus interrogatorios estaban siempre dirigidos a arrancar una confesión. Los rumores o prejuicios, como el ser extranjero, eran admitidos. Las informaciones no probadas eran consideradas pruebas, de mayor solidez si esos datos los suministraba una persona de buena reputación u honorable oficio, y a los prisioneros se los alentaba a que declararan contra sí mismos. En esta situación, no es de extrañar que el acusado no fuese representado por nadie, no ya un abogado sino por lo menos un amigo. Tampoco se le permitía escuchar en qué se basaban los alegatos en su contra, con lo cual no sabía de qué defenderse. Y de acuerdo con la opinión de los jueces, era posible que un testigo fuera interrogado en su casa y su testimonio llevado luego en un acta al tribunal. Este panorama no describe un ambiente de corrupción judicial. Así se hacía porque así se creía que se debía hacer para llegar a la verdad y hacer justicia. Los prejuicios como la extranjería eran un medio para eso.
La autoridad tenía un testigo estrella que esperaba resolviese la cuestión: el huésped Turner, que había visto a un hombre en la taberna en el momento de los crímenes de los Williamson. Lo que esperaban era que identificase a Williams, pero Turner no pudo hacerlo. No pudo afirmar que fuese el hombre que había visto, aunque aclaró que sí se trataba de un cliente de la taberna y que no sabía si había estado allí el jueves a la noche. Un empujoncito más y los magistrados podrían tener lo que tanto deseaban. El asesino que había cometido esos salvajes actos seguramente se había manchado con sangre. Era evidente que no andaría con la ropa ensangrentada, sino que habría mandado lavarla. Entonces llamaron a la lavandera que hacía más de tres años lavaba la ropa de Williams, Mary Rice, la cuñada de Sarah Vermilloe, dueña de la taberna donde él se alojaba. Lo primero que dijo fue que no había lavado ropa de Williams en los últimos quince días. Sin embargo, afirmó que había visto sangre en una de las camisas del marinero, cerca del cuello, como si se tratara de las señales de dos dedos. Y agregó que la camisa estaba desgarrada en su frente. Le preguntaron cuándo había visto esa camisa sin desgarrar, y ella respondió “el último jueves”. Los jueces siguieron por ese camino, y Mary Rice agregó que también había visto sangre en las mangas y salpicaduras en otros lados. Que había lavado la camisa y la había dejado sin mácula alguna. Se refirió a otras prendas que había lavado para el prisionero y señaló que solía usar pañuelos negros al cuello (en el momento de la declaración de Mary, Williams tenía un pañuelo blanco al cuello).
Según esas declaraciones, la situación de Williams era comprometida, pero la señora Rice había hablado de dos camisas: una, desgarrada en el cuello y en la pechera y con sangre en las mangas y el cuello, creyó que se encontraba en esa condición como producto de una pelea y la lavó antes del asesinato de la familia Marr, y la segunda camisa la había lavado cuatro o cinco días más tarde. La segunda estaba igualmente rota y manchada con sangre y también pensó que era el resultado de una riña, y recordó que Williams había peleado en su casa con otro huésped y que la camisa había quedado maltrecha, pero que eso había ocurrido “hacía semanas”. Los jueces hicieron preguntas confundiendo los dos crímenes, el de los Marr con el de los Williamson. En fin, la camisa manchada con sangre que interesaba era la segunda porque la primera la había lavado antes de los primeros crímenes, los de la familia Marr. La segunda camisa, que tenía que ver con el motivo de su arresto, la había lavado antes de las muertes de los Williamson. ¿Podía tener que ver con los homicidios de los Marr? Ni en la escena ni en los cuerpos se habían hallado señales de defensa de las víctimas o indicios de lucha. En las dos masacres se había actuado con velocidad y eficacia. Por otro lado, surgía esta pregunta: ¿un asesino mandaría lavar su ropa ensangrentada a su propia lavandera?
La dueña de The Pear Tree declaró a continuación. Como todos los testigos, estaba de pie. Ella tenía las manos entrelazadas adelante. Lo primero que comunicó fue que su marido estaba preso por una deuda de veinte libras. Le preguntaron si tenía una caja de herramientas. Ella respondió afirmativamente y dijo que esa caja era de una persona que no estaba en el país. Nunca había visto qué contenía, pero sabía que tenía dos o tres mazos y que uno de ellos lo usaba a veces su marido. La caja estaba en el patio de su casa. Los jueces le preguntaron si había visto en los mazos algunas marcas o señales, y ella respondió que sí, la marca “JP”, las iniciales de su huésped que estaba en el extranjero desde febrero, John Peterson.
—¿Supo usted que faltaban los mazos?
—No, hasta el lunes, cuando se hicieron averiguaciones.
—¿Podría identificar el mazo si lo viera?
—No lo sé.
La mujer miró para todos lados, se restregó las manos y sufrió un leve temblor. Se puso tan nerviosa que le permitieron tomar asiento. Empezó a llorar. Cuando trajeron el mazo con el cual habían asesinado a los Marr, la mujer respondió que no podía decir si era el mismo de la caja de herramientas, pero que era bastante parecido. Resultaba que la caja de herramientas estaba siempre abierta, informó la señora, y cualquiera podía tener acceso a ella, a tal punto que en ese momento, cuando más sufría la señora Vermilloe, su cuñada, la lavandera Mary Rice, se levantó y dijo que sus hijos jugaban con el mazo y que con frecuencia los había oído decir que tenía una de sus puntas rota. Los jueces mandaron buscar a los hijos de la señora Rice. El primero en aparecer fue el de 11 años. Era el chico que había descubierto el mazo con la punta rota. Entonces le mostraron el que habían encontrado. El chico lo agarró, lo pasó de una mano a otra con total naturalidad. Le preguntaron si era el mazo con el que él y su hermano jugaban, y el jovencito dijo, convencido, que sí. Que hacía un mes que no lo veía.
El día de Navidad algunos periódicos no se dedicaron a los siete crímenes de Ratcliffe. Era una cuestión que para los editores no se correspondía con un día de recogimiento espiritual, aunque para muchos era de embriaguez bien material. Pero el deber ser se imponía. Otros diarios hicieron someros repasos de lo ocurrido hasta ese momento subrayando la mala posición en la que se encontraba Williams, porque si no lo soltaban significaba que no había que apostar ni un céntimo por su suerte. The London Chronicle se dedicó a comentar lo que habían revelado estas masacres, es decir, el deficiente sistema de vigilancia, investigación y juzgamiento de los delitos. No les echaba la culpa a la Policía ni a los jueces, sino que su planteo consistía en que todos eran víctimas de un sistema absurdamente inadecuado para una gran ciudad.
Ya había personas en aquella Gran Bretaña que estaban pensando en mejorar el sistema judicial, pero por el momento existía una preocupación más importante. Williams, de quien casi daban por hecho que había participado en los siete asesinatos, aunque nadie conociera los motivos, no podía haber actuado solo. Lo que hicieron entonces fue echar mano de lo que tenían más cerca, el mismo procedimiento que habían usado hasta entonces, fueron a la taberna The Pear Tree a detener a John Frederick Richter, uno de los compañeros de cuarto del principal sospechoso, marinero, alemán. La sospecha nacía de unos pantalones azules que se habían encontrado bajo su cama con la característica de estar húmedos y mal lavados, porque aún quedaba barro de las rodillas para abajo. Richter aseguró que los pantalones no eran suyos, sino de otro marinero que ya se había embarcado, y como nadie los había reclamado, él se los había puesto. No sabía nada de las manchas de barro, solamente los había cepillado, pero no lavado, ni se los había dado a nadie para que lo hiciera. Sobre su relación con Williams, dijo que no bebía con él fuera de la casa y que lo conocía desde hacía doce semanas. Cuando le mostraron el mazo hallado en la casa de los Marr, reconoció que era como el que estaba en la caja de herramientas que había dejado el marinero Peterson, y que fue el mismo Peterson el que había marcado sus herramientas con las iniciales “JP”. Williams tenía libre acceso a esa caja de herramientas (todos lo tenían). Con relación al asesinato de los Marr, lo que recordaba era que él estaba en su cama y que a eso de la una había escuchado un golpe en la puerta y que luego le habían dicho que había sido Williams que entraba.
Otros que fueron interrogados también, pues lo importante entonces era encontrar a los cómplices de Williams, fueron Cornelius Hart y Jeremiah Fitzpatrick, dos irlandeses, carpintero y ebanista, respectivamente. Cada vez que se presentaba un testigo o sospechoso, la sensación era la misma, tanto en los policías como en los vigilantes y los magistrados: al horror de las gargantas abiertas, los cráneos aplastados y hasta un bebé desfigurado se sumaba el porqué. No cabía en la cabeza de nadie que hubiese habido siete muertes porque sí, era sencillamente inconcebible. Por eso se empecinaban en hallar tanto a los autores como el motivo. El carpintero Hart, según dijo, conocía a Williams desde hacía quince días y no era amigo ni mucho menos porque jamás había bebido cerveza con él, que era la forma de charlar y crear cierta confianza. Por el contario, habían tomado alguna vez dos ginebras. “¿Entonces por qué fue a visitarlo a la cárcel?”, le preguntaron los jueces. Hart lo negó, y decía la verdad. Había mandado a su mujer para averiguar si Williams era sospechoso o no. En cambio, Fitzpatrick sí reconoció haber bebido algunas cervezas con Williams, incluso una Sampson, que era una cerveza fuerte.
Los interrogatorios no fueron más exhaustivos, al menos no como el de John Cuthperson, otro inquilino de The Pear Tree. Dijo que la mañana siguiente a los asesinatos de los Williamson al despertarse había encontrado sus medias detrás de la cómoda. Estaban embarradas y húmedas. Bajó a la taberna y al encontrar a Williams le preguntó por qué las había ensuciado; él le contestó que eran suyas y entonces se produjo una disputa acerca de quién era el propietario de esas prendas, hasta que Williams las agarró, fue al patio, las lavó y se las dio a Cuthperson.
El último hombre que los magistrados tenían en la mira era uno alto, que solía usar un abrigo amplio y largo hasta los tobillos y cojeaba de una pierna. Era marinero y se llamaba William Ablas, le decían Long Billy. Nadie tuvo nada que decir de él, al contrario, era Ablas quien aportaba datos que nunca llevaban a nada. A esta altura, los jueces entendieron que era inútil ir por los compinches de Williams y que mejor sería insistir con él porque acaso el peso de su conciencia y la desventaja de cargar solo con esas salvajes muertes podrían motivarlo a confesar. Habían preparado todo para que eso ocurriera, que no era más que darle la puntada final a lo que ya tenían decidido. Lo que los jueces en verdad querían era aliviar su propia inquietud si lo condenaban sin una confesión, una manera de desligarse de las consecuencias morales de semejante dictamen.
Esa fría mañana de invierno los tres jueces llegaron temprano al juzgado de Shadwell, pero encontraron que había personas que estaban allí antes que ellos. Se trataba de los invitados especiales, autoridades de los distritos vecinos, Whitechapel, Wapping, Ratcliffe, donde habían ocurrido los asesinatos. Cada vez que entraba alguien en la sala, todas las cabezas giraban para mirar. Estaban a punto de desfallecer, pero no por el olor de tanta gente poco acostumbrada a la higiene personal amontonada en un lugar cerrado, sino porque esperaban que esta vez el interrogatorio a Williams fuera el espectáculo que ansiaban desde su arresto. Un ayudante colocó en una mesa, cerca de los jueces, el mazo, dos escoplos y una barra de hierro. Obviamente, el cuchillo utilizado para desgarrar gargantas lo tenían el asesino o sus probables cómplices. Afuera nevaba, y la gente que no había podido entrar se amontonaba esperando el carruaje que traería al irlandés John Williams desde la prisión de Coldbath Fields.
Los rumores y cuchicheos eran incesantes, como que había tomado el mazo con las dos manos y lo había dejado caer sobre las cabezas de Marr y de Williamson, o los había degollado primero. No, debió dejarlos semimuertos y después cortarles las gargantas… Hasta que un murmullo desde el exterior anunció que algo pasaba. La puerta se abrió y entró un hombre que daba la impresión de traer una muy mala noticia, a juzgar por la expresión sombría de su cara figuradamente alargada. Con nerviosa parsimonia caminó hasta el estrado. Todos callaron. El hombre se detuvo y permaneció unos instantes duro como una estatua. Los jueces lo miraron aún sorprendidos y, en vez de interrogarlo sobre su presencia en el lugar, esperaron a que el hombre, que no tenía ninguna insignia, hablase.
—Señores magistrados, John Williams está muerto.
La cara de asombro de los jueces se replicó en todos los presentes, que abrieron grandes la boca o los ojos. Varias mujeres se agarraban la cabeza sosteniendo sus sombreros. El murmullo fue inevitable, infinito, lastimero, como si hubiese muerto algún familiar. ¡Ohhh! ¡Nooo! ¡Uhhh! ¡Mmm!
—¿Cómo murió el señor Williams? —preguntó uno de los magistrados.
—El prisionero se dio muerte por propia mano…
—Pero usted sabe las circunstancias…
—Cuando el carcelero ingresó en la celda, halló al prisionero colgado por el cuello de una barra de hierro que atravesaba el lugar y que era utilizada por los detenidos para colgar la ropa. El cuerpo, según el guardia, estaba ya frío. Antes se había quitado el saco y los zapatos. Nadie pensó que esto pudiera ocurrir.
—¿El prisionero Williams estaba de un humor apagado?
—No, me dijeron que cuando habló por última vez con el carcelero Joseph Beckett estaba de buen ánimo y hasta había dicho que tenía confianza en que sería puesto en libertad muy pronto.
Los jueces deliberaron en voz baja mientras el público rumoreaba. La decisión del tribunal fue que la difícil cuestión de los asesinatos de la familia Marr y de la familia Williamson había quedado resuelta con la muerte voluntaria de Williams, que significaba una lisa y llana confesión de ambas masacres. Pero que habían quedado detalles que aclarar y, en consecuencia, los interrogatorios continuarían. The Times comentó al día siguiente que de esa manera los jueces buscaron justificar su trabajo.
Las cosas no fueron, para colmo, muy fáciles que digamos para ellos. La primera testigo fue otra vez la señora Vermilloe, dueña de la taberna donde vivía Williams. El interés estaba en la identificación del mazo del marinero John Peterson. Su reconocimiento inicial ahora quedaba en duda. La interrogaron en la prisión de Newgate, donde estaba detenido su marido por deudas; de hecho, lo hicieron junto con él. La mujer ahora dudó de que el mazo hallado con sangre y pelos y las iniciales “JP” fuera efectivamente de John Peterson. No solo no reconoció el mazo, sino que tampoco echó pestes sobre la reputación y la conducta de Williams. Lo mismo hicieron los testigos que declararon después; es decir, nadie habló mal de Williams. También quedaron interrogantes sobre actitudes o dichos no corroborados ni controvertidos, porque la persona que podía haber puesto algo de luz sobre ellos había muerto. Los jueces concluyeron que John Williams había matado a las dos familias e incluso que solo él había sido el responsable.
El criminal que se suicidaba era considerado un “burlador de la justicia”. Las instituciones no tenían compasión hacia él, al contrario. Que el propio reo ejecutara el ojo por ojo y que le hiciera ahorrar dinero al Estado, con el cumplimiento siempre oneroso de la pena capital, no tenían importancia alguna. Todos los reos, vivos o muertos, debían sufrir la pena como manda la ley, porque era la ley. En este caso no se trataba de la memoria de las víctimas o del sufrimiento de sus familiares, quienes habían sido estafados por Williams, sino que el condenado se había burlado de todos. La ley era para todos, y todos habían sido engañados por este aparente escape del culpable.
El primer ministro Spencer Perceval dijo en la Cámara de los Comunes el 18 de enero de 1812: “El villano Williams […] ha frustrado la justa venganza de la nación soslayando violentamente en su persona el castigo que le esperaba”. Percival sería asesinado a tiros por un comerciante en la antesala de la Cámara de los Comunes en mayo de ese mismo año. Fue el único primer ministro británico asesinado en toda la historia. Su matador fue colgado poco después.
Las víctimas de Ratcliff debían ser vengadas en público y la mejor venganza era la pena de muerte, por los efectos beneficiosos que la ejecución pública tenía como medio de prevención. Pero Williams ya se había matado. La solución que se encontró a esta encrucijada fue, paradójicamente, otra encrucijada. El Ministerio del Interior le fue dando forma a una idea que dejaría a todos en paz. John Williams sería enterrado en Shadwell. Antes, el cuerpo sería exhibido cerca del lugar del entierro, siempre que no hubiera peligro de que las cosas se fueran de las manos y se produjera alguna revuelta o alboroto. La ceremonia debía realizarse un lunes.
Lo enterrarían antes de que saliera el sol, en un lugar que debía ser la intersección de cuatro caminos, y su cuerpo tenía que ser atravesado con una estaca. Estas cuestiones no estaban en la ley sino en la superstición, que a la larga se convirtió en ley no escrita. Solamente clavando una estaca en el cuerpo de los muertos se podía impedir que el espíritu de los condenados volviera a este mundo para perturbar a los vivos. ¿Por qué una encrucijada? No había una respuesta segura. Tal vez porque el signo de la cruz era sinónimo de santidad. No obstante, la creencia más común era que si el espíritu maligno lograba quitarse la estaca que lo atravesaba, tendría dudas de cuál de las cuatro direcciones tomar, y esa duda podía quedar en él por toda la eternidad, impidiéndole cualquier movimiento. Los ingleses tenían todo: la decisión, el procedimiento y las razones. Lo que no tenían era un condenado a muerte, porque Williams no había sido declarado culpable ni condenado. No había sido siquiera procesado ni se le había otorgado el derecho de ser escuchado por sus conocidos, que se le concede hasta a un irlandés.
El 30 de diciembre de 1812, un lunes, a las diez de la noche, un grupo de funcionarios fue hasta la prisión de Coldbath Fields a retirar el cadáver de John Williams, muerto hacía cuatro días. Lo pusieron en un carruaje cerrado. El cochero hizo salir a los caballos al trote. Solo uno de los funcionarios viajó en el carruaje mortuorio, los demás fueron en otro, por las calles empedradas, en dirección a Ratcliffe. El cuerpo se bamboleaba porque no estaba sujeto a nada. Una muchedumbre se reunió finalmente durante el trayecto formando una hilera humana a cada lado del camino. Los carruajes se detuvieron ante la Watch House de St. George. Sacaron el cuerpo como si fuese una bolsa, lo tiraron en un pozo negro y allí lo dejaron para esperar la ceremonia final que se desarrollaría al día siguiente. A las nueve de la mañana del martes llegaron los funcionarios. Venía con ellos una carreta casi desvencijada tirada por un solo caballo, en la que se había levantado una plataforma de tablas formando un plano inclinado. Levantaron el cuerpo y lo apoyaron allí, con los pies en una barra transversal y el torso atado con cuerdas.
Las versiones difundidas luego hablaban de un cadáver que no tenía signos evidentes de putrefacción, con los cabellos que caían sobre el rostro. Estaba vestido con pantalones azules de marinero y una camisa blanca abierta en el cuello, con las mangas arriba de los codos. No tenía chaleco ni sacón. Los brazos, desde los codos hacia los dedos, estaban negros. El grillete que le habían puesto en prisión y atenazaba la pierna izquierda seguía allí. A la izquierda de la cabeza se colgó el mazo con sangre, a la derecha, también de modo perpendicular, el escoplo. Sobre la cabeza, la palanca de hierro y, paralela a ella, una estaca con uno de sus extremos muy puntiagudo. A las diez y media la comitiva se dirigió hacia Watch House. La muchedumbre permaneció todo el tiempo en un silencio contundente. Los vigilantes llevaban machetes desenvainados, como si esperasen que el cadáver milagrosamente cobrara vida y saliera a agredir a la gente. O que el vulgo hiciera lo mismo con el cadáver, lo cual no tenía nada de portentoso. Pero los temores fueron infundados. Ni un insulto ni un grito. Nada. Y eso que ya nadie dudaba de que Williams había sido el autor de las matanzas de los Marr y de los Williamson. ¿Valía la pena buscarle una explicación a ese silencio? Los vigilantes más bien les habían echado el ojo a algunos ladrones de conocida fama y dedos muy hábiles, que también tenían preocupada a la gente. Algunos fueron descubiertos, pero recién más adelante, cuando todo hubo terminado y la gente se desconcentraba.
El desfile siguió por Ratcliffe Highway hasta el local de los Marr y allí se detuvo. En ese momento, la cabeza de Williams se inclinó hacia el lado opuesto al negocio, como si no quisiera ver el lugar de la masacre. Un hombre subió al carruaje y acomodó el cuerpo, dejando su cara en dirección a la taberna. Diez minutos estuvieron allí hasta que retomaron el camino, esta vez por callejuelas de mala muerte de Wapping. Los periódicos de la época calcularon en diez mil las personas que siguieron esta siniestra procesión, más aquellas que veían al muerto camino a su sepulcro desde las puertas o ventanas de sus casas o tabernas. No eran sitios que el difunto jamás hubiera visto estando en vida, al contrario. Por esas calles y en esos lugares había estado muchas veces y conocía a mucha gente que ahora miraba pasar sus despojos.
Después de la casa de los Marr, la peregrinación se dirigió hacia el muro del muelle de Londres hasta Cinnamon Street, de allí a Pear Tree Alley y se detuvo otro rato cerca de la taberna de los Vermilloe, donde Williams había vivido. Luego dieron algunas vueltas, porque había callejones y calles muy estrechas, hasta llegar a la taberna de los Williamson, King’s Arms. Fue ese el único momento en que se escuchó algo más que los cascos de los caballos o sus relinchos esporádicos. Un cochero, que también formaba parte de la procesión, se levantó blandiendo su látigo y descargó tres latigazos en la cara de Williams. El ruido fue brusco y fiero.
Volvieron a Ratcliffe Highway hasta la encrucijada donde coincidían cuatro caminos, el del norte hacia Whitechapel, el de la calle Cable, Sun Tavern Field y Cannon Street. Ya había sido excavado un hoyo de un metro y medio de profundidad, un metro de largo y sesenta centímetros de ancho. Se lo hizo deliberadamente pequeño para que no descansara en paz. Lo sacaron de la carreta y lo metieron a la fuerza en el pozo. Un escolta le atravesó el corazón con la estaca. Fue entonces cuando el silencio desapareció, reemplazado por insultos y gritos de furia. Cubrieron la fosa con barro y tierra y colocaron encima piedras del pavimento.
A ese lugar se lo conoce como la esquina de Cable y Cannon en Ratcliffe o la encrucijada de New Cannon Road. Muchos años después se encontró allí un cráneo. Lo primero que hicieron fue llevarlo a una taberna que está en esa misma esquina, como adorno. Esa construcción se convirtió con el tiempo en un edificio de departamentos. El cráneo de Williams se perdió o lo robaron.
A esta altura de las cosas era apenas una digresión, digamos un inciso, preguntarse quién era el hombre alto al que habían visto inclinado sobre el cuerpo de la señora Williamson en su taberna King’s Arms. Igual que preguntarse de quién eran las dos hileras de pisadas en el patio trasero de los Marr. Además, ¿no habían visto a un hombre cojo escapar de una de las escenas de las masacres? Los jueces de Shadwell seguían pensando que Williams solo no habría podido cometer todos los homicidios. Tal vez fuese el organizador o jefe de la pandilla, pero no el único culpable. También faltaban el cuchillo con el que le habían cortado el cuello a las víctimas y el precioso reloj de Williamson. Se decidió buscar de nuevo en The Pear Tree, pero esta vez en las letrinas.
El 4 de enero de 1812 fue un día común y corriente para todos allí hasta que llegaron los vigilantes. No encontraron el cuchillo ni el reloj, pero sí un neceser con unas tijeras y, bien metidos en el fondo de la letrina, seguramente con el palo de una escoba, unos pantalones azules. Cuando fueron limpiados, se vio con claridad que habían estado empapados de sangre. Estos objetos nunca fueron identificados. Hubo quien dijo haber visto a Williams con un cuchillo francés con mango de marfil. La taberna The Pear Tree fue nuevamente revisada, esta vez durante una hora y media. De un armario donde hallaron medias sucias y otras prendas, en el fondo, sobresalía un pedazo de madera. Era el mango de un cuchillo que estaba sucio de lo que sería sangre seca. Era el cuchillo francés que le habían visto a Williams. Pero ¿quién había visto a Williams con ese cuchillo? A pesar de todo lo ocurrido con el marino, las miradas seguían puestas en dos hombres que habían estado presos, pero recuperaron la libertad en su momento: el carpintero Hart, el último en utilizar el punzón encontrado en el mostrador del negocio de los Marr, y el marinero Ablas, el alto, con abrigo largo, y cojo.
Los crímenes de Ratcliffe Highway y el espantoso espectáculo del escarnio público al cadáver de Williams provocaron dos efectos en el gobierno de Londres. Uno estaba relacionado con el miedo de que crímenes atroces se extendieran a toda la ciudad si no se hacía algo con rapidez, y el otro, con la posibilidad de concretar la tan hablada y debatida reforma en el sistema de vigilancia; en una palabra, tener una policía profesional y no ya un cuerpo de vigilantes, aunque esta cuestión dividía a los integrantes de la Cámara de los Comunes. Lo que ellos venían debatiendo desde hacía por lo menos cincuenta años era cómo conciliar una policía eficiente con las tradicionales libertades inglesas. Uno de los miembros más destacados de la Cámara, por ejemplo, John William Ward —que luego sería ministro de Relaciones Exteriores—, en pleno horror por las masacres de The Highway le escribió a un amigo: “En París tienen una policía admirable, pero la pagan muy cara. Prefiero que cada tres o cuatro años se corten media docena de gargantas en Ratcliffe antes que estar sometido a visitas domiciliarias, espías y todo el resto del aparato policial de Fouché” (refiriéndose al tenebroso político francés Joseph Fouché, que llegó a ser ministro de Policía).
Pero el impacto de aquellos asesinatos de Ratcliffe fue muy grande, y mucho más resultó en manos de la prensa, que clamaba por las dos cuestiones: el peligro que se vivía en la ciudad a causa de homicidios insólitamente sin motivo y la reforma policial. Extraordinario fue escuchar a los políticos referirse en el Parlamento a los crímenes de Ratcliffe, pues sus puntos de vista poco tenían que ver con lo que pensaban los magistrados del distrito de Shadwell.
El 8 de enero de 1812 se solicitó la creación de un comité para estudiar y analizar el estado de vigilancia nocturna en la ciudad. Cuando habló el liberal William Smith, colocó el caso en el lugar donde debía estar, es decir, en veremos. Aseguró que a causa de los asesinatos de Ratcliffe la ciudad estaba en alarma perpetua y que los autores de los crímenes de la familia Marr no habían sido hasta ahora descubiertos. La guardia nocturna era deplorable y debía reformarse. Pero ¡el marinero John Williams se había colgado porque iban a sentenciarlo por los crímenes de los Marr! El primer ministro Perceval se mostró dudoso de que Williams fuera el autor de esa matanza. “El particular ultraje que había levantado sentimientos de horror y repulsa en la ciudad, y sus autores —dijo el primer ministro— seguían envueltos en el misterio. Sin duda parecía extraño que un solo individuo pudiera ejercer tanta violencia. Probablemente fuese incapaz de hacerlo”. Perceval era el mismo que poco tiempo antes se había quejado porque Williams, al suicidarse, había privado a la sociedad de aplicar un justo castigo. Parece que en el lapso entre un discurso y otro repensó las cosas o le llegó mejor información acerca de la forma en que se había desarrollado el proceso de investigación. Lo más destacado era que el primer ministro, además de dudar de la culpa de Williams, pensara que habían sido varios los asesinos, pues entonces el peligro no había desaparecido.
A Perceval lo siguió el honorable James Abercromby, de la oposición, que presentó estadísticas que señalaban un alto índice de delitos, lo cual demostraba que la Policía era inadecuada para enfrentar el fenómeno. A continuación se escuchó el alegato más vibrante de todos, pronunciado por Richard Brinsley Sheridan, contra la indolencia con la cual el gobierno tomaba estas masacres y contra el mal juicio de los magistrados de Shadwell. Era de los que pensaban que no era cuestión de mejorar la vigilancia nocturna para dar seguridad a Londres, sino de fundar una policía profesional, es decir, capacitada y bien paga, con reglas para actuar que no avasallaran las libertades de nadie, pero que tampoco impidieran descubrir a los autores de hechos salvajes como el cometido en Ratcliffe Highway. Estas palabras estaban dirigidas a Richard Ryder, el secretario de Interior, que poco antes había propuesto solamente mejorar la condición física de los vigilantes nocturnos haciéndolos correr un poco más. Sheridan recordó las reacciones vergonzosas culpando a los extranjeros que se habían producido en la Cámara de los Comunes cuando se conocieron las masacres. Rememoró que de los primeros que se habló fue de los marineros portugueses Le Silvoe y Bernard Govoe. “¡¿Quién podría haberlo hecho, sino unos portugueses?!”, recordó Sheridan. Y no conformes con los portugueses, dijo, la siguiente comunidad en ser arbitrariamente atacada fue la irlandesa, y entre los irlandeses tenían de entrada muchos más sospechosos, incluyendo al propio John Williams. Todos, especificó Sheridan, conocieron la cárcel sin motivo alguno. Los parlamentarios se rieron. El propio Sheridan era irlandés. “A los magistrados de Shadwell (que ninguna preparación tienen) no les importó actuar con toda la mezquindad y el fanatismo, contemplando los asesinatos bajo una luz que no distaba de ser la de una conspiración papista. Iniciaron una cacería indiscriminada de irlandeses.”
¿Por qué John Williams? Porque su compañero de habitación, el fabricante de velas John Harrison, aseguró que siempre había tenido una impresión desfavorable de él. La detención de Williams sirvió como resorte para que todos los que recordaban algo de él, por banal que fuese, lo interpretaran ahora como indicio de culpabilidad, cualquier cosa, un desplante, un pantalón sucio, una contestación desconsiderada. Todo ello fue formando un perfil de criminal brutal. ¿Lo era? Solamente dimes y diretes. Nunca se probó que alguna de las tres armas hubiera estado en manos de Williams. Algunas de ellas estaban en la taberna donde se alojaba el marinero, pero allí también se alojaban otros cuatro marinos y un vendedor de velas y había otros que tenían vía libre para andar por el lugar. Cuthperson y el bocón de John Harrison, el vendedor de velas, sabían dónde estaban las herramientas de John Peterson, el de las iniciales “JP”. Otro que iba seguido a The Pear Tree era el carpintero Hart. El propio dueño Vermilloe usaba el mazo para romper madera, hasta sus sobrinos jugaban con esa herramienta. Todo en la taberna estaba al alcance de quien ingresara y recorriera un poco, pues no se podía decir que los dueños eran muy cuidadosos que digamos. El hijo de la señora Rice, la cuñada de los Vermilloe, le dijo a los jueces de Shadwell que el mazo faltaba desde hacía un mes, es decir, desde una semana antes de la primera matanza, la de los Marr. Y en el supuesto caso de que John Williams se lo hubiera llevado, ¿dónde lo había escondido durante una semana? Lo más probable era que quien tuviera el mazo lo hubiera obtenido de alguien que vivía en The Pear Tree.
Ahora bien, planear semejante matanza durante una semana contra personas con las cuales apenas se tenía relación parece raro, más que raro, imposible. Es decir que tal vez el escoplo y el mazo que faltaban no fueron tomados siete días antes para cometer asesinatos. ¿Y el cuchillo? El fabricante de velas Harrison fue el que habló del cuchillo, pues antes se pensaba en una navaja, y fue él quien dirigió la búsqueda. Al hallarlo, como era de esperar, estaba manchado con sangre seca. ¿Era el cuchillo utilizado en los homicidios? Williams no tenía navaja y acudía al barbero a afeitarse. Queda el último sospechoso, el marinero Ablas. Si fuese por la descripción física de quienes vieron huir al asesino de la escena del crimen de Williamson, encajaba perfectamente con él, un tipo alto, robusto, con un largo capote, que cojeaba. No fue investigado.
El cirujano que analizó los cuerpos, Walter Salter, no dijo que el arma había sido un cuchillo, sino un instrumento mucho más afilado, una navaja. Nada que fuera menos afilado hubiera podido cortar hasta el hueso, aseguró. ¿Quién se equivocaba, el cirujano o el fabricante de velas y los jueces de Shadwell? La polémica duró siglos. El escritor Thomas de Quincey sostuvo que se trató de un cuchillo y, en una revisión del caso doscientos años después, la escritora Phyllis Dorothy James (P. D. James) se mostró de acuerdo con el dictamen del cirujano Salter.
El chaleco encontrado en la habitación de la taberna The Pear Tree tenía el bolsillo pegado por la sangre seca. Allí estaba el cuchillo. Todos dijeron que era de Williams. Y encima él había perdido un cuchillo francés de gran tamaño. Desde entonces no hubo dudas en su contra. Pero en Ratcliffe hubo dos multiples homicidios, ¿dónde quedó el cuchillo (suponiendo que se hubiera usado un cuchillo y no una navaja) entre los primeros crímenes de los Marr y los últimos de los Williamson? Se supone que si el asesino no lo limpió al guardarlo la segunda vez, no tenía por qué haberlo hecho la primera. Es decir que ese cuchillo estuvo ensangrentado durante los doce días que van de un ataque al otro. Debió haber sido limpiado para cortar el grueso cuello de Williamson. A lo mejor fueron dos cuchillos… Pero si tiró el primero, ¿por qué no tiró el segundo? En fin, si las armas no pueden atribuirse con certeza a Williams, lo mismo sucede con las prendas. Ninguna de las dos cuestiones son decisivas, sino, al contrario, meramente circunstanciales y dudosas.
Si Williams era inocente, ¿por qué se mató? Ni siquiera había sido acusado. Su coartada podía ser probada. La mayoría dijo en su momento, sin mayor análisis, que los asesinatos fueron cometidos por más de una persona —¿cuántas?, ¿dos, tres, cuatro?—. Entonces, Williams pudo haber sido uno de ellos o conocer a uno de ellos. El marinero irlandés no tenía amistades íntimas, así que si ese hubiera sido el caso, poco le habría importado delatar al otro o a los otros. Es decir que a sus hipotéticos cómplices lo que más les convenía era que Williams no hablase. Y si Williams no era de la banda ni conocía a sus integrantes, si fuese inocente de toda inocencia, ¿a quién mejor que a los verdaderos asesinos les hubiera venido como anillo al dedo la muerte de alguien considerado por todos culpable?, ¿se mató o lo mataron? Llama la atención eso de que era más bien un solitario sin fuertes lazos de amistad con nadie. Ahora bien, para cometer semejantes homicidios, no una vez sino dos veces, hace falta una sólida amistad o un botín fabuloso. Ni una cosa ni la otra habían sido parte de los dos casos.
Pudo ser un solo hombre quien matara a las dos familias en Ratcliffe. En verdad, la sorpresa, clave en crímenes como esos, pudo haberla provocado un solo hombre, con una ira incontrolable, cruel, fuerte, tan robusto como para que el tabernero Williamson no pudiera con él. Es posible que fuera un marinero con bastante tiempo en tierra, por su furia descontrolada, que en alta mar hubiese aplacado con las penosas tareas de la navegación o en la pelea contra los enemigos franceses de Napoleón. En vistas del sistema judicial inglés de entonces era probable que los crímenes quedaran impunes o que un pobre infeliz fuera martirizado por ellos. Fue esto último.
La Policía de Londres fue modificada años después de los asesinatos de Ratcliffe Highway. En 1829, Robert Peel creó la Policía Metropolitana de Londres, con jurisdicción en el Gran Londres, y en la ciudad propiamente dicha se estableció la Policía de la Ciudad de Londres. Las cosas parecieron encaminarse durante casi ochenta años, hasta el 31 de agosto de 1888, cuando apareció muerta y destripada Mary Anne “Polly” Nichols, otra vez en el East End de Londres, en un callejón del vecino barrio de Whitechapel, al norte de Ratcliffe Highway. Fue el primero de los crímenes atribuidos a quien los medios bautizaron como el primer asesino serial de la era moderna. Fue la aparición de un criminal que tampoco tenía motivo, Jack el Destripador, al cual la Policía londinense, reiterando viejos errores y prejuicios, nunca pudo atrapar.
De él no se sabe casi nada, sin embargo se convirtió en primus inter pares. Peter Kürten, el asesino alemán conocido como el Vampiro de Düsseldorf, afirmó que Jack había sido una gran inspiración para él, una especie de maestro; David Bercovich, el Hijo de Sam, se consideraba un experto en los crímenes de Jack; Albert DeSalvo, el llamado estrangulador de Boston, le dijo a la Policía que aún iba a hacer algo muy grande como Jack el Destripador, y Ted Bundy se consideraba a sí mismo el Jack el Destripador estadounidense.
Hubo cinco asesinatos acreditados fuera de toda duda en la cuenta de Jack el Destripador, el asesino en serie más famoso. Todo lo demás es discutible, pues hubo más crímenes de los cuales se dijo que llevaban su firma, pero quedaron en el sótano de la historia. Fueron cinco, vale repetirlo. Todos ocurrieron en 1888 en un mismo barrio, Whitechapel, y en un sector muy pequeño. Ocho periódicos siguieron día a día la historia desde que comenzó, es decir que fue el primer asesino serial mediático; además gustaba de enviar cartas a la Policía desafiándola a que lo atrapase, aunque con los años se comprobó que en su mayoría resultaron ser falsas, escritas por periodistas para mantener la atención en el caso. También las revistas y los pasquines hablaban de los casos amplificando sus ecos.
A pesar del alboroto que provocaron en su momento, lo que popularizó al Destripador fue The Lodger (El huésped), el libro que Marie Adelaide Belloc Lowndes publicó muchos años después de los hechos, en 1913, que se convirtió en un éxito de ventas, dejó 31 ediciones, la traducción a 18 idiomas y 5 películas, la primera dirigida por Alfred Hitchcock en 1927. Marie cumplió 20 años el 5 de agosto de 1888. Ese mismo mes, el 31, Jack cometió su primer asesinato: la pobre Mary Anne “Polly” Nichols. Cuando publicó The Lodger, Marie tenía 45 años. Siempre se ha dicho que las cinco víctimas del Destripador eran prostitutas, pero con las décadas y las investigaciones de periodistas y novelistas —porque la Policía hacía rato que había abandonado caso, digamos que poco después de la última muerte— surgió una polémica sobre esa condición. Hay quien dice que tal vez solo dos de ellas lo hayan sido, pero la Policía, como antes con los crímenes de Ratcliffe, seguía guiándose por prejuicios a pesar de las reformas que hubo entre 1812 y 1888. Como las encontraron al amanecer tiradas en callejones de mala muerte, eran prostitutas. No se hicieron mayores averiguaciones sobre las vidas de esas mujeres. Es lo que pasa en muchos casos: hay una historia que se acerca a la verdad y suele permanecer desconocida, y está la historia de la Policía.
Pues bien, ¿qué se sabe de Jack el Destripador? Después de matar a Nichols esperó una semana y destripó a Annie Chapman el 8 de septiembre. Dejó pasar casi todo el mes para reaparecer con su bisturí el 30 de septiembre en un doble homicidio, el de Elizabeth Stride y el de Catherine Eddowes. El acto final se produjo recién el 9 de noviembre cuando destripó a Mary Jane Kelly. Todos los crímenes se cometieron en un radio de 400 metros cuadrados. Todas las víctimas eran pobres. De las cinco, Stride y Kelly eran prostitutas. El marido de Polly tenía una aventura con la vecina, y ella se fue de la casa; Annie Chapman era alcohólica y estaba desnutrida, enfermedades que le habían afectado las membranas de los pulmones; Elizabeth Stride padecía sífilis y escapó de un hospital. Se hallaron restos de semen, por ejemplo, en un chal junto al cuerpo de Catherine Eddowes, aunque se cree que si bien el asesino mantuvo relaciones sexuales, no hubo agresión de ese tipo, una de las tantas deducciones que se tejieron teniendo en cuenta lo que les hizo a los cuerpos.
Los rumores y las habladurías que identificaban al Destripador con algún miembro de la realeza británica, con los masones, con abogados de nota, con médicos —a causa de la habilidad para seccionar órganos— y cualquier imagen de prostíbulos lujosos deben colocarse junto a la miseria absoluta de la zona. Las prostitutas cobraban dos peniques por su trabajo. La pobreza no solo las alcanzaba a ellas. Las mujeres eran las más desprotegidas, y todo lo que tenían en esta vida lo llevaban encima: un pedacito de franela roja para sus alfileres, una cajita para el té y otra para el azúcar. En los refugios para pobres de la zona dormían ochenta personas en una habitación. Las casas públicas cerraban a las tres y abrían a las seis para servir un desayuno líquido.
Dos características del Destripador eran tenebrosas e inéditas para la época. No tenía motivo, ni el sexual si se habla de prostitutas, y en lugar de ocultar sus asesinatos los exhibía de manera obscena, dejando en la calle los cuerpos abiertos de las mujeres, rodeados de objetos que colocaba ritualmente y que solían pertenecer a la propia víctima: anillos baratos, monedas, píldoras envueltas en papel. Y se llevaba algunos órganos. ¿Cuál era la finalidad de semejantes asesinatos? The Times publicó que la Policía se estaba enfrentando a un asesino que no poseía las características habituales, que no actuaba por celos, venganza o robo. El doble asesinato del 30 de septiembre demostró que la malicia no iba dirigida contra ningún individuo en particular y evidenció un salto exponencial en el horror. Se trataba de un individuo que salía a matar. El estremecimiento social residía en el estado en que dejaba los cuerpos. La autopsia de Mary Jane Kelly dice: “Las vísceras estaban dispersas por el cuerpo, es decir, el útero y los riñones. Un pecho se hallaba debajo de la cabeza y el otro junto al pie derecho; el hígado entre los pies; los intestinos a la derecha y el bazo a la izquierda del cuerpo. Habían arrancado la superficie del abdomen y de los muslos y la cavidad abdominal estaba vacía, le habían sacado las vísceras. Los brazos mutilados por varias heridas dentadas y el rostro acuchillado, lo cual hacía que los rasgos resultasen irreconocibles. Los tejidos del cuello estaban desgarrados hasta el hueso […] El pericardio se encontraba abierto por debajo y el corazón estaba ausente”. Estas atrocidades no se realizan en diez minutos, es decir que Jack tuvo todo el tiempo del mundo para hacer esa animalada. Además, el salvajismo era una novedad, excedía con creces cualquier requisito para matar a una persona y superaba las altas dosis de violencia gratuita que se habían registrado en los homicidios de Ratcliffe Highway, a un kilómetro y medio del lugar donde mató Jack.
El término “destripador” o “navajero” ya era usado por la prensa inglesa antes de esos asesinatos, aplicado a casos de agresión sexual en los cuales los cortes o puñaladas se habían dado en los pechos, los genitales o las nalgas de las víctimas. Pero la versión de Jack era absolutamente distinta. Se especuló que, para cometer los crímenes, el asesino se paraba frente a la víctima en la posición habitual del coito de pie y luego la tomaba por el cuello. Aquellos que sostienen que no todas sus víctimas eran rameras no descartan que igualmente la manera de acercarse del asesino haya sido de frente. De esa forma evitaba que gritaran y las conducía a la inconsciencia. Dejaba a la mujer en el suelo con la cabeza hacia la izquierda y recién entonces le cortaba la garganta, empezando por el extremo opuesto para que la sangre no se encharcara.
La ciencia forense no había avanzado gran cosa y no era tenida en cuenta en las investigaciones criminales. En este sentido, a pesar de los ochenta años transcurridos, todo era igual que en ocasión de los crímenes de Ratcliffe Highway. El único adelanto fue la aplicación de la optografía. Resulta ser que en 1881, el profesor Wilhelm Kühne, de la universidad alemana de Heidelberg, examinó los ojos de una rana muerta y distinguió en la retina una impresión casi imperceptible del mechero del laboratorio. Dedujo que antes de morir la rana había mirado fijamente la llama, y Kühne pudo observar la imagen de lo último que vio el animal. ¿Qué pasaría si las retinas de las víctimas mantuvieran grabada la última imagen que hubieran visto antes de morir? Kühne creía que era posible que los ojos del muerto “fotografiaran”, por ejemplo, a su asesino. Por esta razón, la Policía inglesa tomó una optografía de la última víctima de Jack el Destripador. No hubo resultado.
Todos los medios de Londres hablaban del caso de Jack. Hasta la reina Victoria se ocupó del tema. Llegó a decirle a su primer ministro palabras propias de un detective: “¿Se ha llevado a cabo una indagatoria para determinar el número de hombres que viven en habitaciones individuales? Las ropas del asesino deben estar saturadas de sangre y tienen que estar escondidas en alguna parte”. Con el tiempo y la falta de resultados, Victoria escribió: “La reina teme que el departamento de detectives no sea todo lo eficaz que debiera”.
El dramaturgo y escritor irlandés George Bernard Shaw hizo una cruda e irónica crítica en una carta dirigida al periódico Star publicada el 24 de septiembre de 1888: “Mientras nosotros, convencionales socialdemócratas, desperdiciábamos nuestro tiempo en educación, agitación y organización [de las clases bajas], cierto genio independiente tomó el asunto en sus manos y mediante el simple asesinato y destripamiento de cuatro mujeres convirtió a la prensa propietaria en una forma inepta de comunismo”. Shaw hablaba con mordacidad, pero en el fondo no le faltaba cierta razón; lastimosamente, tuvieron que ocurrir estas muertes para que la sociedad británica comprendiera la enorme gravedad del drama instalado en sus regiones marginales, al punto de dejar a la vista la miseria y la promiscuidad de los arrabales de Londres.
Jack mataba y dañaba aun donde no se presentaba. El pánico era tal que el propietario de La Estrella y la Jarretera, un local instalado cerca de Comercial Road, quebró alegando que su debacle financiera se la debía a Jack el Destripador. Cuando debió responder las demandas civiles que le entablaron, su defensa fue: “La gente ya no sale por las noches. Desde los asesinatos es muy difícil que por la noche entre un alma en mi establecimiento. Incluso en las tranquilas plazoletas arboladas de South Kensington, las cortinas estaban completamente corridas en todas las ventanas y balcones, y las amas de casa no podían convencer a las sirvientas para que fuesen ni siquiera a echar una carta al buzón después de ponerse el sol”.
Al sur del Támesis, en Blackfriars Road, la señora Mary Burridge, una mujer que hacía la limpieza en una casa, quedó tan sobrecogida de espanto ante la lectura de una de las crónicas del Star referente a uno de