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A todos aquellos que a lo largo de la vida han transformado su dolor en crecimiento y nos inspiran a seguir adelante.
Al hablar de pérdidas, nos referimos a varios tipos: las materiales, la pérdida de los seres queridos, de un amor, de la imagen, de la salud, del trabajo, del rol social, de un amigo… Pero a pesar de su diversidad, todas estas pérdidas tienen algo en común: el dolor que ocasionan.
No conozco ninguna persona a la que le agrade hablar sobre el dolor. Por lo general, preferimos evitar el tema o disfrazarlo de algún modo. Lo cierto es que, nos guste o no, todos tenemos que enfrentar el dolor en algún momento de nuestras vidas. El dolor es universal y nos hace iguales a todos los seres humanos sobre la faz de la tierra.
Uno no puede ir por la vida sin dolor. Lo que podemos hacer es elegir el dolor que la vida nos presenta.
Bernie S. Siegel
Pero ¿por qué sentimos dolor?
Por las pérdidas que experimentamos a lo largo de los años.
Existen distintos tipos de pérdidas:
a) Las pérdidas materiales. Podemos perder cosas, objetos. Quizás tu abuela te regaló una lapicera y la perdiste. Una lapicera tal vez para otro no es nada, pero ese objeto material para vos posee una carga afectiva, porque no es cualquier lapicera: es “la lapicera de la abuela”. Todos hemos perdido cosas materiales.
Lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos.
Helen Keller
b) La pérdida de seres queridos. Perder a un ser querido es el dolor de no poder interactuar más con esa persona que se fue de este mundo. Es verdad que el recuerdo queda dentro de nosotros y lo llevamos en el corazón, es cierto que nos sembró algo que está creciendo, pero esa persona no está más afuera, y esa pérdida nos impide interactuar, lo cual es un dolor enorme. Todos hemos perdido a seres queridos.
No ser amados es una simple desventura, la verdadera desgracia es no amar.
Albert Camus
c) La pérdida de un amor. Muchos han perdido un amor, lo cual a veces es peor que la muerte de un ser querido. ¿Por qué? Porque cuando un ser querido muere, no hay manera de que esa persona vuelva. Uno no tiene otra opción que hacer el duelo. Mientras que un amor que se fue y nos abandonó podría llegar a volver… o no. Eso es lo que hace que a algunas personas la pérdida de un amor les produzca tanto dolor.
d) La pérdida de nuestra propia imagen. Decimos, por ejemplo: “El lunes empiezo la dieta”, y el lunes no podemos dejar de comer. Además de la figura, también perdimos nuestra imagen. Todos hemos perdido nuestra imagen alguna vez.
e) La pérdida de la salud. Cuando superamos los cuarenta años aproximadamente, todo parece durar más. Incluso el dolor dura más. Nos duele la mano o la pierna, y sentimos que el dolor nunca se irá. Y ese es nuestro único tema de conversación. De esto hablamos cuando mencionamos la pérdida de la salud, una pérdida que todos experimentamos.
El dolor ni se debe buscar ni se debe rehuir.
Ramón de Campoamor
f) La pérdida del rol social. Esta pérdida se da, por ejemplo, cuando nos jubilamos y dejamos de tener el rol social de trabajadores. Podemos trabajar e interactuar con otros durante años, pero cuando dejamos el mundo laboral, tal vez ya nadie nos llama. Eso es perder un rol importante en la vida, y la razón por la cual muchas personas que se jubilan después se encierran en su casa. Todos hemos perdido algún tipo de rol social.
Estas son las variables más comunes de las pérdidas:
Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años.
Abraham Lincoln
Dad palabra al dolor: el dolor que no habla gime en el corazón hasta que lo rompe.
William Shakespeare
Las pérdidas, sean del tipo que sean, siempre duelen. Por ese motivo es que tratamos de mantener el dolor lejos de nosotros. No obstante, por mucho que lo intentemos, esto es imposible. El dolor siempre debe ser expresado. ¿Por qué? Porque es hablando y estando juntos que nos curamos. En los momentos más duros, donde el dolor es intenso, también nos ayuda la fe, la creencia en un ser superior que nos acompaña allí donde parece que la razón nos ha abandonado.
A lo largo del libro trataremos los distintos tipos de pérdida para poder transformarlas en fortalezas.
Más allá de cuál sea el disparador externo de nuestro dolor —una separación, una enfermedad, un conflicto laboral— lo fundamental es la reacción interior, es decir, la actitud personal que tomamos cuando estamos sufriendo. Nuestra actitud debería ser “hacer algo” para que ese dolor no se mantenga vivo en nosotros. Siempre podemos llevar a cabo alguna acción que nos ayude a gastar dicha emoción.
Adormecer el dolor por un momento simplemente lo empeorará cuando finalmente lo sientas.
J. K. Rowling
Nunca es aconsejable ignorar el dolor. Por el contrario, lo más sano es atrevernos a experimentarlo durante el tiempo que sea necesario hasta que desaparezca completamente. Todos compartimos la necesidad de hallar un significado o un sentido para nuestro dolor.
El escritor español Jorge Ordeig Corsini, en su libro El Dios de la alegría y el problema del dolor, dice:
“Ante los hechos de lo sucedido, las personas quieren entender y comprender el porqué del dolor de lo que nos sucede, encontrarle un sentido. El término sentido es sinónimo de explicación. Ante muchos sucesos, los hombres
reclamamos una explicación, saber el porqué de ese suceso. Cuando esto se produce, surgen dos preguntas: la causa agente, qué lo origina; y la causa final, su finalidad. Podemos comprender que un incendio se produce por una causa ya sea un fuego mal apagado o alguna otra razón; pero cuando se trata de un hecho humano, se trata más bien de una finalidad.
El hombre es el ser que con su inteligencia descubre las distintas finalidades posibles y con su voluntad decide cuál elegir entre todas ellas”.1
Todas nuestras acciones poseen una trascendencia y todas las personas perseguimos un sentido. Ese sentido que buscamos no es otra cosa que una explicación de cada acción que realizamos, que nos brindamos a nosotros mismos. Todos poseemos la habilidad de darle a cada acción una finalidad específica. Esto implica determinar para qué resulta útil.
La finalidad de todo lo que existe debe ser creada por nosotros a través de la voluntad. Los humanos podemos otorgarle un sentido de trascendencia a todo.
El lenguaje nos ayuda a darle un significado a todo. La metáfora “si está en el mapa, está en el territorio” es un símbolo de nuestro mundo interno. Cuando somos capaces de percibir una cierta creencia que tenemos, muy probablemente logremos hacer que eso exista en el mundo externo. Si alguien dice que la vida es muy dura, es muy posible que eso sea justo lo que encuentre a su alrededor. Y si alguien más dice —y cree— que posee las capacidades necesarias para afrontar todo lo que sucede en su vida, verá desarrollarse sus propias capacidades. Tal como es el mapa, es el territorio. Y el lenguaje es el origen de todo lo que tiene existencia. Por esa razón, cada uno puede hallarle un significado a lo que ve y percibe. Este significado es el motor para convertir las circunstancias difíciles y dolorosas en algo que posea trascendencia.
El gran arte de vivir radica en el sentir, sentir que existimos, incluso en dolor.
Lord Byron
Si estás tomando un café con una amiga y mirás hacia el frente, verás a tu acompañante y, a sus espaldas, a la gente que se encuentra en el lugar. Tu amiga es la figura y los demás son el fondo. Ahora, si te concentrás en la gente que está detrás de tu amiga, el fondo pasa a ser la figura y tu amiga, el fondo. Lo mismo ocurriría si te ponés a mirar, por ejemplo, al cajero del bar: él sería la figura y todo lo demás, incluyendo a tu amiga que está sentada frente a vos, el fondo. Ante un acontecimiento, siempre hay una estructura de “figura-fondo” porque no somos conscientes de nuestra habilidad de observar el mundo y darle un sentido distinto a todo lo negativo que vivimos para escribir nuevas historias propias.
Te invito a analizar tres mitos o ideas equivocadas sobre el dolor:
1) Tengo que encontrarle una solución al dolor
El dolor no es un problema que necesita solución, sino una emoción que a veces nos toca experimentar. Si lo percibimos como un problema a resolver, con toda seguridad le aconsejaremos a alguien que está sufriendo: “Tenés que hacer algo para olvidarte” o, con la mejor de las intenciones para ayudarlo a sentirse mejor, le diremos: “Te entiendo, porque yo viví lo mismo”. Es un error intentar hacer que el doliente salga del estado en que se encuentra, pues el dolor tiene que ser transitado. Una persona que ha perdido a un ser querido solamente necesita que permanezcamos a su lado en silencio para acompañarla y contenerla.
2) Tengo que superar esta etapa del dolor
El dolor no es una etapa a superar, no es un obstáculo; es más bien un camino que debemos transitar. Al final del recorrido, el dolor siempre termina por agotarse y transformarnos. Para que eso ocurra debemos expresar el dolor sin reprimirlo en un ambiente donde nos sintamos a salvo. Nunca se supera, pero es fundamental expresarlo para gastarlo y agotarlo. Solo así, con el tiempo, nos ayudará a evolucionar y ser mejores personas. No hay que apurar a nadie en el proceso del dolor, porque cada persona lo experimenta a su manera. A veces será un túnel muy oscuro y nuestra colaboración consistirá en ayudar a la persona a atravesarlo.
3) Tengo que encontrar la respuesta a la pregunta: “¿Por qué me ocurrió esto precisamente a mí?”
El dolor es una pregunta que no tiene respuesta. Aunque resulte normal preguntarse: “¿Por qué?” —y pese a que en ocasiones algo o alguien nos pueda brindar una posible razón de lo sucedido—, nadie tiene la certeza de “por qué pasó lo que pasó de la forma que pasó”. Solo cuando nos determinamos a aceptar lo sucedido logramos sentirnos aliviados y el dolor agudo e intenso cesa.
Al igual que el amor, el dolor forma parte de nuestra vida, ya sea que lo deseemos o no. Y con el tiempo se produce una mutación. Por eso, tratar de que una pérdida importante no nos duela es similar a tratar de no sentir dolor si nos pegan en un dedo con un martillo. No hay que hacer nada frente al dolor, solo ir a su encuentro, pero sin emitir juicio alguno.
Cuando elegimos entrar en guerra contra el dolor, este se vuelve sufrimiento.
El dolor y el sufrimiento han sido desde siempre una gran preocupación en la vida de los seres humanos, porque, desde que nacemos hasta que morimos, todos atravesaremos en algún momento dolor, sufrimiento y muerte. Ahora bien, este tema tiene dos variables: la intelectual y la emocional. Cuando estamos sufriendo no nos interesa obtener una repuesta intelectual. Sentimos que nos duele la vida, y la cuestión es puramente emocional. Pero cuando no estamos sufriendo podemos hacernos un planteo intelectual. Es decir, podemos responder al tema tanto intelectual como emocionalmente, porque, al no estar experimentando el sufrimiento, tenemos una respuesta lógica. Sin embargo, en medio del sufrimiento, sobre todo cuando este es más intenso, no hay repuesta lógica que valga. Nos duele el alma y nos preguntamos: “¡¿Por qué me está pasando esto a mí?!”.
Si hay algo que nos iguala a los seres humanos es el dolor: todos alguna vez lo hemos experimentado. No obstante, cada uno decide si este se convertirá en sufrimiento o no. Esto significa que “dolor” es aquello que sentimos frente a un hecho negativo, pero “sufrimiento” es la interpretación individual y única de lo sucedido y de cómo nos sentimos al respecto. Cuando a toda costa intentamos evadir el dolor, lo transformamos en sufrimiento. Pero cuando tenemos la valentía suficiente de observarlo a los ojos y “dejarlo ser” en nuestra vida, entonces somos capaces de aceptarlo y de descansar.
El dolor viene a anunciarnos que estamos vivos, pero ¿qué actitud deberíamos asumir cuando sentimos un dolor intenso que no podemos explicar?
• Cuando el dolor sea tan profundo que nos resulte imposible explicarlo, debemos refugiarnos en nuestros afectos
¿Sabes lo que hace que desaparezca la cárcel? Cada afecto genuino y profundo. Ser amigo, hermano, amante es lo que nos libera de la prisión. Sin estos afectos, uno está muerto. Pero cada vez que se reviven estos afectos, la vida renace.
Vincent van Gogh
Cuando el dolor es desgarrador, lo ideal es procurar la compañía de personas amadas que nos ayuden a sobrellevarlo y, sobre todo, a no perder la fe.
• Cuando nuestro dolor no tenga explicación, necesitamos mirarlo desde otra perspectiva
Esto significa que frente a la adversidad todos podemos desarrollar la capacidad de esperar algo extraordinario en nuestra vida.
El verdadero dolor es incompatible con la esperanza. Por muy grande que sea ese dolor, la esperanza aún se alza cien codos más arriba.
Conde de Lautréamont
Cuando sufrimos, también es sumamente importante tratarnos bien a nosotros mismos. Es decir, debemos ser amables y comprensivos con nosotros mismos, evitando criticarnos y hacernos reproches inútiles. El dolor de cada ser humano es único, y nadie, por más empatía que posea, puede comprender al otro en su situación específica. Se trata del proceso personal de cada individuo, y debe ser respetado. A veces, en especial en situaciones de enfermedades terminales, llega lo que se conoce como “pérdida liberadora”, y aquel que sobrevive se siente dolorido, pero a la vez aliviado. Esto jamás debería ser juzgado o criticado, pues es una emoción más del duelo que esa persona debe atravesar.
Para concluir, lo mejor que podemos hacer frente al dolor por la pérdida de alguien que amamos es hallar la “semilla” que nos dejó al partir. Por “semilla” entendemos la “huella” que quedó dentro de nosotros y nos brinda la fuerza para seguir adelante, a pesar del vacío. Toda pérdida ya sea de personas, de cosas e incluso de mascotas, siempre esconde en sí misma una lección que nos transforma. Sin negar lo que sentimos, animémonos a tener en cuenta lo que nos ha quedado como herencia y podremos utilizar para mejorar nuestra vida y la de muchos otros.
1. Jorge Ordeig Corsini, El Dios de la alegría y el problema del dolor, Rialp, Madrid, 2015.