1

Los lunes son los días que lleva más tiempo entrar en el Club de Campo La Maravillosa. La cola de empleadas domésticas, jardineros, albañiles, plomeros, carpinteros, electricistas, gasistas y demás obreros de la construcción parece no terminar nunca. Gladys Varela lo sabe. Por eso se maldice, ahí donde está, parada frente a la barrera de la que cuelga el cartel “Personal y proveedores”, detrás de por lo menos otras quince o veinte personas que, igual que ella, intentan entrar. Se maldice por no haber cargado la tarjeta electrónica que le permitiría el acceso directo. Pero es que la tarjeta vence cada dos meses y los horarios en los que se puede hacer el trámite para recargarla coinciden con los horarios en los que ella trabaja para el señor Chazarreta. Y el señor Chazarreta no tiene buen carácter. O al menos no tiene buena cara y a Gladys, esa cara, la intimida. Aunque ella no sabe si el gesto con que él la mira se debe a que es hosco, o seco, o de poco hablar. Pero sea lo que fuere, ésa es la razón por la que no se atrevió hasta ahora a pedirle salir antes o tomarse un rato para ir a la guardia a recargar su tarjeta de ingreso. Por la cara con que la mira. O no la mira, porque en realidad rara vez el señor Chazarreta lo hace. Mirarla. Mirarla a ella. Mira en general, mira alrededor, mira hacia el jardín, o mira una pared en blanco. Siempre con mala cara, serio, como enojado. También, con todo lo que tuvo que pasar, se entiende. Por suerte ella tiene, al menos, el permiso de ingreso firmado, eso sí; entonces tendrá que hacer la cola, como de hecho la está haciendo, pero nadie va a llamar al señor Chazarreta para que autorice su entrada al barrio. Al señor Chazarreta no le gusta que lo despierten, y cada tanto él duerme hasta tarde. Cada tanto se acuesta a cualquier hora. Y toma. Mucho. Gladys cree, o sospecha. Porque ella con frecuencia encuentra un vaso y una botella de whisky en el lugar de la casa donde el señor Chazarreta cayó dormido la noche anterior. A veces es el dormitorio. Otras veces el living, o la galería, o el cine ese que tienen en la planta alta. Tienen no, tiene, porque el señor Chazarreta vive solo desde la muerte de su mujer. Pero de eso, de la muerte de su mujer, Gladys no pregunta, ni sabe, ni quiere saber. Con lo que vio en el noticiero le alcanza. Y lo que dicen algunos no le importa. Ella trabaja en la casa desde hace dos años, y la muerte de la señora fue hace dos años y medio o tres. Tres. Cree, eso le dijeron, no se acuerda la fecha justa. Ella le cumple al señor Chazarreta. Y él le paga bien, puntual, y no le hace problemas si se le rompe un vaso, o mancha alguna ropa con lavandina, o se le quema un poco una tarta. Una sola vez le hizo problema, mucho problema, cuando faltó algo, una foto, pero después el señor se dio cuenta de que no había sido ella, hasta se lo tuvo que reconocer. Perdón no pidió, pero le reconoció que ella no fue. Entonces Gladys Varela, aunque él no lo haya pedido, lo perdonó. Y además trata de no acordarse. Porque no sirve perdonar si uno no se saca la cosa de la cabeza, ella cree. Tiene mala cara, Chazarreta, es eso, pero quién puede pretender que su patrón no la tenga. Mucha desgracia alrededor para no tenerla.

La cola avanza. Una mujer se queja porque la patrona le impidió el acceso al barrio. ¿Por qué?, pregunta a los gritos. ¿Quién carajo se cree que es?, sigue gritando, ¿tanto lío por un queso de mierda? Pero Gladys no puede escuchar qué contesta el guardia de turno, desde el otro lado de la ventanilla, a las preguntas de la mujer que grita. Ella ahora pasa hecha una furia al lado de Gladys. Gladys se da cuenta de que la conoce, del colectivo interno, o de caminar juntas las primeras cuadras, no sabe, pero la conoce, la tiene vista. Todavía quedan tres hombres delante de ella, tres que parecen amigos entre sí, o que se conocen, o que trabajan juntos. A uno de los tres le lleva más tiempo el trámite porque no está registrado, entonces le piden el documento y le sacan una foto, y le precintan la bicicleta con un número de serie para que después salga con la misma bicicleta con la que entró. Y llaman al propietario para que autorice el ingreso. Antes de dejarlo pasar anotan la marca de la bicicleta, y el color, y el rodado, entonces Gladys se pregunta por qué además le precintan un número. ¿Será por si el que entra con la bicicleta encuentra una igualita pero más nueva, en mejor estado y sale con la otra? Demasiada suerte, piensa. Más que conseguir un boleto con número capicúa, o cantar cartón lleno en el bingo. Pero los hombres no se quejan del precinto, ni siquiera preguntan. Es lo que hay, reglas del juego. Aceptan. Y por un lado mejor, piensa Gladys, así uno puede demostrar cuando sale que no se llevó nada que no es suyo, que uno es decente. Mejor que anoten y que después no anden culpando porque sí. En eso está pensando Gladys, en que no anden culpando porque sí, cuando se le acerca la mujer que gritaba hasta hace unos minutos en la cola. Si sabés de algún trabajo, ¿me avisás?, le dice. Y ella le contesta que sí, que le avisa. La otra mujer le muestra su celular y le pide: Anotá. Gladys saca el suyo del bolsillo del buzo y marca los números que la otra le canta. La mujer le pide que marque su número y corte, así a ella también le queda grabado el suyo. Y le pregunta el nombre. Gladys, responde ella. Anabella, dice la otra, anotá: Anabella. Y ella graba ese nombre y ese número. La mujer ya no grita, la furia dio paso a alguna otra cosa. Una mezcla de rencor y resignación. Intercambia números de celular con otras mujeres de la cola; y después se va, callada.

Llega su turno, entonces Gladys Varela entrega el papel. El guardia ingresa sus datos en la computadora y ella ve, de inmediato, su cara en la pantalla. La sorprende la imagen, está más joven en esa foto, más flaca y con el pelo más rubio; se lo había decolorado el día anterior de que la ficharon, se acuerda. Pero eso no fue hace tanto. El guardia mira la pantalla y luego la mira a ella, lo hace dos veces, después le dice que pase. Unos metros más adelante otro guardia espera que abra la cartera. No hace falta que se lo pida, Gladys, y todos los que hacen la cola, conocen los pasos a seguir. Ella lo intenta, el cierre desliza mal y se traba, tira con un poco más de fuerza hasta que los dientes ceden. El guardia mueve las cosas dentro de la cartera de Gladys para ver qué hay. Ella le pide que anote en el formulario de ingreso de efectos personales el celular que trae en el bolsillo del buzo, el cargador del teléfono y un par de ojotas que lleva en la cartera. Se los muestra. El guardia anota. Lo demás no importa: pañuelos de papel; unos caramelos medio pegoteados; la billetera donde lleva el documento, un billete de cinco pesos y monedas para pagar el colectivo de vuelta; las llaves de su casa; dos toallitas higiénicas. Eso no hace falta que lo anote, pero el celular, el cargador y las ojotas, sí. Ella no quiere tener problemas a la salida, le dice. El guardia le entrega el formulario completo. Gladys guarda el papel en la billetera, junto con el documento, fuerza el cierre en sentido contrario y empieza a caminar.

Delante de ella van los tres hombres que hacían cola con ella. Se empujan unos a otros, haciendo bromas, se ríen. El nuevo lleva la bicicleta a mano, para poder ir junto a los otros, charlando. Ella apura el paso, la cola de ese lunes la retrasó más que otras veces. Los pasa. Uno de ellos le dice Hola, cómo estás. Gladys no lo conoce y él lo sabe, pero ella le devuelve el saludo. No es feo, piensa, y si está allí adentro es que trabajo tiene. No lo piensa por ella, porque ella casada ya está, lo piensa nomás. Nos vemos, le dice el hombre que ahora quedó detrás; nos vemos, repite Gladys, apura el paso otra vez y les saca más distancia.

Cuando llega a la cancha de golf dobla a la derecha, y unos metros más adelante dobla en el mismo sentido otra vez. La casa de Chazarreta es la quinta al fondo, sobre la izquierda, después del sauce. El camino lo conoce de memoria. Y también sabe qué puerta le deja abierta Chazarreta para que ella entre sin tocar timbre: la que da a la cocina desde la galería interna. Antes de hacerlo recoge los diarios que están en el hall de entrada, La Nación y Ámbito Financiero. Eso quiere decir que Chazarreta, efectivamente, duerme. Si no estuviera durmiendo, habría levantado los diarios él mismo para leerlos con el desayuno. Gladys mira la tapa de La Nación, saltea el titular principal que habla de la última declaración jurada de bienes del Presidente y va a una foto grande, en colores, debajo de la cual lee: dos colectivos chocaron en una esquina de Boedo, tres muertos y cuatro heridos graves. Se persigna, no sabe por qué, por los muertos supone. O por los heridos graves, para que no se mueran también ellos. Luego deja los dos diarios sobre la mesa de la cocina. Pasa al cuarto de planchado, cuelga sus cosas en el placard y se pone el uniforme. Le va a tener que decir al señor Chazarreta que le compre otro; ahora que engordó los botones del pecho le tiran y la sisa le corta la circulación de los brazos cuando los alza para tender la ropa en la soga. Si él quiere que ella use siempre uniforme, como le dijo el día en que la tomó, se va a tener que hacer cargo. Gladys mira en el canasto y nota que hay poco para planchar. Chazarreta es prolijo y suele entrar toda la ropa que queda tendida el fin de semana, pero ella igual va a ir al patio de atrás a revisar si falta descolgar algo, por las dudas. Después va a lavar los platos sucios que vio de reojo en la pileta de la cocina. Y va a seguir por los baños, lo que menos le gusta, así se los saca de encima.

Tal como suponía, Chazarreta entró toda la ropa. En la pileta de la cocina los platos sucios son pocos: o él lavó alguna cosa el fin de semana o comió afuera. Apoya los platos, el vaso y los cubiertos sobre un repasador para que se escurran sin resbalar por la mesada de mármol negro. Va al lavadero y vuelve con el secador de piso y con el balde que tiene adentro los productos de limpieza, el trapo y los guantes de goma. Cuando avanza por el corredor junto al living se da cuenta de que Chazarreta está sentado en el sillón de terciopelo verde, un sillón de un cuerpo, con respaldo alto, que, ella sospecha, es su preferido. Un sillón que mira al ventanal que da al parque. Pero esta mañana las cortinas aún están corridas, o sea que Chazarreta no se sentó allí a mirar el parque sino que está apoltronado en el sillón desde la noche anterior. Aunque el respaldo y la penumbra del ambiente no la dejan verlo, Gladys sabe que el señor Chazarreta está ahí porque su mano izquierda cuelga a un lado del sillón y, debajo de ella, sobre el piso de madera entarugada, el vaso caído y el último whisky derramado.

Buenos días, dice Gladys cuando pasa detrás de él de camino a la planta alta. Lo dice bajo, tanto como para que la escuche si está despierto y no se despierte si está dormido. Chazarreta no responde. Duerme la mona, piensa Gladys, y sigue. Pero antes de subir la escalera se arrepiente. Mejor secar el whisky porque si el líquido humedece el piso encerado durante demasiado tiempo, se va a formar una de esas manchas blancas tan difíciles de hacer desaparecer si no es a fuerza de pasar cera sobre cera. Y Gladys no tiene ganas de empezar la semana encerando el piso. Vuelve sobre sus pasos, saca el trapo del balde, se agacha, levanta el vaso, seca el whisky al costado del sillón de terciopelo y avanza un poco a tientas con el trapo hacia el frente. Pero en seguida el trapo se sumerge en otra mancha, un charco oscuro, ella no sabe qué es; suelta el trapo con rapidez para que la humedad de la que se impregna no llegue a su mano; en cambio toca el líquido, apenas, con la punta del dedo índice: es pegajoso. ¿Sangre?, se pregunta sin terminar de creerlo. Entonces levanta la vista y mira a Chazarreta. Chazarreta está ahí, frente a ella, degollado. Un tajo le atraviesa de lado a lado el cuello que se abre como dos labios casi perfectos. Gladys no sabe qué es lo que ve dentro de ese tajo porque la impresión que le produce la carne roja, la sangre y el amasijo de tejidos y tubos le provoca un gesto de asco que le hace cerrar los ojos, al tiempo que se lleva las manos a la cara como si cerrarlos no fuera suficiente para dejar de ver, mientras su boca se abre debajo de ellas sólo para dejar salir un gemido ahogado.

Sin embargo el asco dura poco, lo vence el miedo. Un miedo que no la paraliza sino que la pone en acción. Por eso Gladys Varela ahora saca las manos de su cara y abre los ojos, se obliga a hacerlo, levanta otra vez la cabeza, mira el cuello desgarrado, la ropa de Chazarreta manchada de sangre, el cuchillo en la mano derecha sobre su regazo y la botella de whisky vacía a un costado de su cuerpo, junto al apoyabrazos. Y no lo piensa dos veces, se levanta, sale corriendo a la calle y grita. Grita sin parar, dispuesta a hacerlo hasta que alguien la escuche.

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2

En el mismo momento en que Gladys Varela está gritando en una calle sin salida del Club de Campo La Maravillosa, Nurit Iscar intenta ordenar su casa. O mejor dicho, su departamento de tres ambientes en el Barrio Norte más pobre, o más venido a menos, French y Larrea. Todavía no sabe que Pedro Chazarreta está muerto. La noticia va a correr rápido, pero no tanto. Si lo supiera estaría con el televisor y la radio encendidos, atenta a las noticias de último momento. O se metería en Internet, en los diarios on line, para obtener detalles de lo que pasó. Pero Nurit Iscar no lo sabe. Aún. Lo va a saber unas horas después.

La casa está patas para arriba. Restos de vino en varias copas, los diarios del día anterior desarmados, algunas migas en el piso, puchos. Nurit Iscar no fuma, nunca fumó, odia el olor a cigarrillo y espera que permitir que otros lo hagan en su casa sea un acto de amor y no de sometimiento. Aunque a veces se lo cuestiona sin llegar a una conclusión definitiva: ¿amor o sometimiento? Y no sólo con respecto al cigarrillo. El día anterior estuvieron allí sus amigas Paula Sibona y Carmen Terrada —las dos fuman— para el encuentro mensual de cada tercer domingo de mes que desde hace unos años se convirtió en una ceremonia inexcusable. No es que no se encuentren en otros momentos para tomar un café, para ir al cine, para comer juntas o para las otras ceremonias que encubren lo que está oculto detrás de ellas: dejar que el tiempo pase, como irremediablemente pasa, pero en compañía. Sin embargo, el tercer domingo del mes es otra cosa. A veces se les une Viviana Mansini, pero no siempre, lo cual agradecen porque aunque Viviana Mansini se cree intensamente amiga de ellas, a las otras tres no les pasa lo mismo. Cuando Viviana se une al grupo, se habla, antes que nada, de ella; y siempre dice alguna frase que bajo un tono naif encubre una patada en los ovarios para alguna de las presentes. Como cuando Carmen se quejaba de que un pequeño bulto en una teta la había tenido a maltraer hasta que su médico comprobó que era sólo displasia, y Viviana Mansini con tono de ángel caído dijo: Te entiendo, yo me sentí igual hace un par de meses cuando me hicieron esa biopsia, no sé si te acordás, no, no te debés acordar porque sos la única que no me llamó para ver cómo me había dado el resultado. Y en medio del silencio que siguió a su frase, Carmen la miró con cara de “otra vez me la hiciste, hija de puta”, pero no dijo nada. En cambio fue Paula Sibona la que salió en su defensa e imitando con esfuerzo el tono angelical de la otra dijo: Es que es obvio que te dio bien, Vivi, si la teta se te ve intacta. Y reforzó lo dicho con sus dos manos imitando garras sobre su propio pecho, moviéndolas levemente hacia arriba y hacia abajo, a una distancia importante como para señalar la exuberancia de las tetas de Viviana Mansini. Pero más allá de librarse de sus ironías, lo que les permite la ausencia de “Vivi” es criticarla. Porque como dice Paula Sibona, criticar a Mansini me produce a esta edad casi tanta adrenalina como cojer. Y ese domingo anterior al lunes en que Pedro Chazarreta aparece degollado, la reunión mensual fue sólo para el círculo íntimo, sin Viviana Mansini, en casa de Nurit Iscar. Van rotando la casa todos los meses, pero la ceremonia es la misma. Se juntan antes del mediodía, la dueña de casa compra todos los diarios —y todos los diarios significa todos los diarios—; entonces, mientras ella cocina su especialidad —lo que para Nurit Iscar nunca va mucho más allá de bifes con ensalada o fideos con crema—, las otras desguazan los diarios y leen las noticias con el objetivo de seleccionar aquellas que van a compartir con las demás en voz alta. El intercambio es con el café de la sobremesa. Pero no se ocupan de cualquier noticia. Cada una, igual que con la comida, tiene su especialidad. Nurit Iscar las noticias policiales, no por nada era considerada hasta hace unos años “la dama negra de la literatura argentina”. Aunque eso para ella sea un pasado enterrado y prefiera olvidarlo, cuando sus amigas le reclaman “sangre y muerte” —y mientras no se trate de escribir ficción— ella no se resiste. Si hay sexo, mejor, suele pedirle Paula Sibona. La especialidad de Carmen son las noticias nacionales y su mayor placer encontrar en las declaraciones de los políticos incongruencias, errores de sintaxis y, por qué no, brutalidades. Con el que más se divierte es con el Intendente. No puede dirigir una ciudad alguien que no sabe hablar, repite sin cansarse. Y su comentario, lejos de ser elitista, se refiere al desprecio evidente de cierta clase social acomodada —a la que el Intendente pertenece— por el lenguaje (palabra, significado, sintaxis, conjugación verbal, uso de preposiciones, barbarismos), que ella, profesora de lengua y literatura en el secundario desde hace más de treinta años, se niega a aceptar. La elección de lectura de noticias de Paula Sibona —a diferencia de sus amigas y aunque ellas no lo sospechen— no tiene que ver tanto con sus intereses personales como con un acto de amor hacia Nurit Iscar: críticas teatrales, cinematográficas y de otras áreas del espectáculo. Es cierto que Paula es actriz —¿se sigue siendo actriz aunque desde hace casi dos años nadie la llama para ofrecerle un papel?—, una actriz conocida que con los años pasó de protagónicos en telenovelas a hacer de “la madre de”, y luego a un olvido injusto. Si hay algo que no le interesa en absoluto a Paula Sibona es leer los diarios. Me cargan mal, dice. Pero igual participa de la reunión con entusiasmo, sostenida por la íntima esperanza de que leer las noticias que ella elige la ayudará a su amiga Nurit a exorcizar un daño que Paula cree que le hicieron. Un dolor. Y aunque no sabe si lo logrará algún día, no se rinde. Porque Nurit Iscar, la dama negra de la literatura argentina, hasta hace cinco años atrás casada y con dos hijos varones terminando el secundario y entrando a la Universidad, se enamoró de otro hombre y, entonces, además de divorciarse, escribió por primera vez una novela de amor. Que para colmo no terminó bien. No terminó bien ni en cuanto a la trama, ni en cuanto a la crítica, ni en cuanto a su aceptación entre quienes esperan con entusiasmo cada nueva novela de Nurit Iscar. Como tampoco terminó bien su propia historia de amor, de la que también prefiere olvidarse. Algunos de sus muchos lectores la siguieron pero no todos, decepcionados por una novela muy diferente de las anteriores, en la que no encontraron lo que fueron a buscar: un muerto. Y entonces la crítica especializada, que hasta ese momento más que meterse con ella la había ignorado, la destrozó. “Intenta ser literaria y es lo que peor le sale.” “Debería haber seguido apostando a las tramas, lo que se supone que Iscar domina, y dejar las metáforas, las pretensiones poéticas y la experimentación con el lenguaje para quienes entienden de eso por formación, intuición o talento, algo que si ella tiene, no le luce.” “Una novela que ojalá pase inadvertida, una novela olvidable.” “Es incomprensible cómo Iscar, que había encontrado la fórmula mágica del best seller, se pone a hacer lo que no sabe: tratar de escribir en serio.” Y muchos otros ejemplos parecidos. Nurit tiene una caja llena de recortes periodísticos relacionados con su última novela: Sólo si me amas. Una caja blanca —muy grande, no como las cajas que se usan para guardar cartas de amor, o se usaban—, cruzada por una cinta de raso azul y atada con un moño que nunca más deshizo. Ni piensa deshacer. Conserva la caja, casi, como la prueba de un delito. Aunque no sabe qué delito es ese que cometió: si haber escrito lo que escribió, si haber leído las críticas, o si haberse dejado influir tanto por ellas. Las críticas, sumadas al fracaso de la relación amorosa que la llevó a escribir esa novela y al asesinato de Gloria Echagüe, la mujer de Chazarreta —que Nurit no quiso cubrir para el diario El Tribuno porque estaba absorbida por Sólo si me amas—, la llevaron a hacer la gran Salinger versión subdesarrollada, femenina y policial, y encerrarse para siempre lejos del mundo al que pertenecía hasta ese momento. Sin embargo, a diferencia de Salinger, ella no tenía ni tanta fama ni ahorros suficientes ni derechos por cobrar a repetición para que el encierro se autoabasteciera solo, así que tuvo que buscar un trabajo que le permitiera pagar la luz, el gas, hacer las compras en el supermercado y esas cosas para las cuales uno necesita tener un sueldo o dinero en la cuenta. O en la billetera. Y como lo único que sabe hacer es escribir —aunque ella sienta que después de las críticas su habilidad para la escritura también entró en contradicción—, eso hace. Pero a nombre de otros, como escritora fantasma. O ghost writer. Nurit prefiere el término en castellano, algo que aplaude su amiga Carmen Terrada, que aún hoy defiende el uso del idioma propio frente a la invasión angloparlante, una lucha que sabe perdida pero también romántica. Entonces, como Paula Sibona no se resigna a que su amiga no vuelva a hacer lo que le gusta —escribir novelas propias— intenta una y otra vez demostrarle la pequeñez de algunas críticas que parecen hechas más para halago y notoriedad de quien las escribe, que para ninguna otra cosa. Algo así como la fama que consiguieron Lee Harvey Oswald o Mark David Chapman. Y Carmen Terrada recurre a otra comparación más erudita: Que Jean Genet haya dejado de escribir cinco años por el prólogo/libro donde su amigo Sartre “lo desnudó”, usando sus mismas palabras, vaya y pase, pero ni ellos son Jean-Paul, ni vos Genet, querida amiga.

Ahora, después de vaciar los ceniceros y ventilar para que se vaya el olor a pucho, Nurit Iscar barre. Y luego lava algunos platos que quedaron de la noche anterior, pone el mantel dentro del lavarropas que va a encender más tarde, cuando se junte algo de ropa, y mete los desparramados diarios del domingo en una bolsa negra de consorcio que en unos minutos llevará al pasillo junto con la basura. Hace tareas idénticas a las que, nada más que un rato antes, Gladys Varela también hacía para su patrón, Pedro Chazarreta. Pero en este momento, mientras Nurit Iscar anuda la bolsa de plástico negra con los diarios, Gladys Varela no está haciendo nada. O sí, llora, sentada en el carrito a batería que condujo hasta ahí uno de los guardias de La Maravillosa, cinco minutos después de que un vecino llamó para advertir que una mujer —una doméstica, dijo— gritaba como loca en medio de la calle. Le ofrecieron subir a la camioneta que llegó un poco más tarde, con el encargado de Seguridad y tres guardias más y llevarla a la enfermería. Pero ella no piensa moverse hasta que no venga la policía en serio. La Bonaerense. No se va a mover ni medio milímetro, dice. Y esta vez los guardias también parecen más precavidos. El que se quemó con leche cuando ve una vaca llora, le contesta el encargado de Seguridad a un vecino que acaba de preguntarle por qué nadie está adentro con el muerto. Ninguno que tenga buena memoria, va a cometer los mismos errores que cometieron los guardias que asistieron a esa casa el día de la muerte de Gloria Echagüe, tres años atrás. No van a acercarse a la escena del crimen ni van a dejar que nadie se acerque, no van a mover ni un pelo que se encuentre a metros alrededor de donde está el degollado, mucho menos van a dejar que alguien limpie la sangre, ni acomode el cadáver sobre una cama, ni van a hacerle caso a ningún pedido de quien sea para que no avisen a la policía con el argumento de que todo fue “sólo un accidente”. Si es necesario, no van a dejar que nadie respire hasta que llegue el patrullero. Ese error ya lo cometieron antes. Y aunque nadie lo dice, aunque guardias, vecinos, algún jardinero, la empleada de la casa de enfrente y Gladys Varela apenas se miren en silencio mientras esperan que llegue la Policía Bonaerense y el fiscal, todos tienen la extraña sensación de que alguien les está dando la oportunidad de que, esta vez, hagan las cosas bien.

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3

Unas horas más tarde, cuando pasado el mediodía saca la bolsa con los diarios del domingo al palier para que se la lleve el portero junto con la basura, Nurit Iscar sigue sin saber que Pedro Chazarreta está muerto. Degollado. Sin embargo, lo sabrá pronto. En un par de horas más. En el momento en que haga un alto para tomar la merienda. Porque ahora, la noticia empieza a correr. Y un rato después de que Nurit da por terminada la limpieza de su departamento y se dispone a echarle un poco de agua a las macetas que decoran su balcón —nunca tuvo eso que llaman “mano verde”, pero sabe que esas plantas son el único ser vivo además de ella en ese hogar y no está dispuesta a dejar que se sequen—, suena el interno 3232 de la redacción del diario El Tribuno, el teléfono que está sobre el escritorio de Jaime Brena. O Brena a secas, como lo llaman los que lo conocen del periodismo policial, aunque él ya no está más en Policiales. Lo pasaron a Sociedad. No me pasaron, me degradaron, le gusta corregir a Brena. ¿Por qué te quejás?, le dijo en una de esas oportunidades su jefe y jefe de todos, Lorenzo Rinaldi; si trabajaras en otro diario estarías en Sociedad, ¿o todavía no te diste cuenta de que casi ningún diario de primera línea tiene sección Policiales? Las noticias policiales las meten en Sociedad o en Información general. Por eso, porque lo cambiaron de sección, cuando esa tarde hace apenas unos instantes comienza a sonar su interno, Brena no está escribiendo una crónica policial sino que revisa una encuesta que asegura que el 65% de las mujeres de raza blanca duerme boca arriba, y en cambio el 60% de los hombres de la misma raza duerme boca abajo. Lo que más allá de cualquier otra consideración le produce, como primer efecto, una molestia de tipo matemática: ¿por qué no haber dicho que el 65% de las mujeres duerme boca arriba, y sólo el 40% de los hombres duerme en la misma posición? O, el 60% de los hombres duerme boca abajo mientras sólo el 35% de las mujeres duerme en esa posición. La pregunta que se hace siempre cuando el pronóstico advierte: 30% de probabilidades de lluvia. Si sólo es el 30%, ¿no sería más adecuado enunciar: 70% de probabilidades de que no llueva? ¿Qué se resalta en cada uno de los casos?, ¿la diferencia, la coincidencia, la mayoría, la minoría, lo deseado, lo no deseado? Pero lo peor de todo, cree Jaime Brena, es que, al menos en el caso de la encuesta de cómo duermen hombres y mujeres de raza blanca, nadie se hizo estas preguntas antes de redactar el cable. Está convencido de que quien tituló de ese modo lo hizo porque así le vino la información. Ya casi no hay tiempo en las agencias ni en las redacciones para pensar en la sintaxis o en el vocabulario, apenas en la ortografía. Apenas. El cable de agencia con las conclusiones de la encuesta viene acompañado de declaraciones de investigadores de la Universidad de Massachusetts que aportan posibles razones sociológicas, culturales y hasta psicológicas que explicarían el hecho. ¿Es esto una noticia?, ¿a quién le puede importar qué porcentaje de gente duerme en qué posición?, se pregunta Jaime Brena. ¿Las otras razas no fueron incluidas en la encuesta porque quien investigó no pudo, no quiso o no le importó? Eso sí podría ser una noticia, saber por qué se incluye algunas razas, o una raza: la blanca, y otras no. ¿O no se incluyeron otras porque nadie que no fuera de raza blanca se prestó a semejante idiotez?, concluye mientras descuelga el teléfono que hasta hace un instante seguía sonando y dice Hola. Pero ya no hay nadie del otro lado, apenas un tono de ocupado. Brena aprovecha la interrupción para estirar los brazos por encima de su cabeza, entrelazar los dedos, girar las palmas hacia arriba como queriendo tocar el techo, hacer sonar los huesos, y relajar así la cintura que a sus sesenta y pico de años no soporta más tantas horas sobre una silla. A ver, ¿por qué el 65% de las mujeres duerme boca arriba y el 60% de los hombres boca abajo?, le pregunta a Karina Vives, la periodista de la sección Cultura que se sienta en el escritorio a su izquierda, junto a una de las pocas ventanas de la redacción, la que da al bulevar. Y Karina, que lo conoce desde que entró a trabajar al diario hace ocho años y que sabe lo que significa para Jaime Brena haber tenido que dejar Policiales para ocuparse de notas como ésa, lo mira con cara de tonta y arriesga: ¿Porque aplastarse las tetas duele más que aplastarse el pito?, y le mantiene la mirada esperando su respuesta. La pija, nena, la pija, le dice Brena y empieza a tipear con disgusto en su teclado el título y el copete que llevará la nota: Las mujeres boca arriba, los hombres boca abajo. Jaime Brena sabe que ese título va a confundir a los lectores, pero al menos se divierte con eso, con la fantasía que puede provocar el malentendido. ¿Hace cuánto lo pasaron a Sociedad? ¿Tres semanas? ¿Dos?, se pregunta mientras se rasca la cabeza con un lápiz negro sin que le haya picado. Ya no se acuerda. Demasiado. Y todo por decir en un programa de cable con escenografía de dos sillones y una lámpara: Trabajo en El Tribuno, pero leo a la competencia porque les creo más. Aún se lo reprocha. No estuvo bien, Jaime Brena lo reconoce. Pero venía de comer con un colega, había tomado vino, bastante vino. Mucho vino. Y por otra parte decía la verdad. Eso nadie lo discute. Varios de sus amigos se habían cambiado de diario en los últimos meses. Algunos compañeros de trabajo, también. Pero nadie es tan idiota como él para reconocerlo, eso es cierto. Y menos frente a una cámara de televisión, sea de cable o de aire. Tanta noticia acerca de los bienes del Presidente, de los exabruptos del Presidente, de los dientes del Presidente, de los negociados del Presidente, de los zapatos del Presidente, terminaron aburriéndolo. Los dientes y los zapatos del Presidente no le importan nada; y el resto, la primera vez es noticia, la segunda es repetición, y la tercera vez —si sale en la tapa a media página y ese mismo día la muerte en un accidente aéreo del presidente de un país de la Unión Europea y su comitiva oficial no está en esa misma tapa o está pero ocupa un lugar mínimo— es alguna otra cosa a la que no se atreve a ponerle nombre. Pero no noticia. O eso sospecha él. O eso cree. A él le gustaba cuando El Tribuno titulaba con noticias de Internacionales. O deportivas. O policiales, claro, porque entonces en ese título participaba él, Jaime Brena. Sin embargo, Brena lo sabe, ese tiempo quedó muy lejos, y lo que es peor, intuye que no será fácil que algún día vuelva. Al menos, no por el momento. Si vuelve, cree, él ya no lo verá.

Abre su cajón y saca los papeles del retiro voluntario. Tal vez sea el momento. Tal vez sea lo que tiene que hacer de una vez por todas: agarrar la guita e irse. Si fuera inteligente lo haría, se dice, pero yo siempre fui medio nabo. O nabo entero. Brena trabaja en El Tribuno desde los 18 años. Aprendió a trabajar ahí. Aunque se imagina leyendo otro diario cada mañana, de hecho lo hace, no se ve trabajando en otra redacción. A pesar de que mirarle la cara todos los días a Lorenzo Rinaldi lo tiene atravesado. Muy atravesado. No sabe cuánto tiempo va a pasar antes de que lo mande a la mierda. Pero que lo va a mandar, lo va a mandar. Es cuestión de tiempo. Y de espacio. Porque uno no puede mandar a la mierda a un fulano en cualquier lugar. En un ascensor lleno de gente, por ejemplo, uno no puede. Brena, me gustaría que cubrieras la Fiesta Nacional del Cordero Patagónico, en Puerto Madryn. Te vas dos, tres días. Salís de la ciudad, ¿fuiste alguna vez al avistaje de ballenas? Andá, te va a encantar. Y Jaime Brena que —Rinaldi lo sabe— detesta salir de la ciudad, y que las ballenas le importan muy poco y el cordero patagónico menos, le habría contestado con todo gusto, por qué no me chupás un huevo, Rinaldi, pero no había espacio suficiente. Porque después de una contestación de ese tipo, uno tiene que estar listo para la piña. Además eso habría sido el final, eso habría sido lo mismo que vaciar los cajones e irse. Y él, si se va, no se va a ir con lo poco que quede en los cajones de su escritorio. Gustavo Quiroz, de Internacionales, se llevó una torta, y Ana Horozki, de Viajes, otra. Hasta Chela Guerti, que desde hacía tres años estaba desterrada a la última página, dicen que se llevó una fortuna. Se sacan de encima empleados con sueldos que fueron ganando aumento a lo largo de años y los reemplazan con periodistas recién recibidos que contratan por la mitad. Por eso pagan, para que se vayan. No importa que los nuevos conjuguen mal los verbos, que no sepan cuándo tienen que escribir concejo y cuándo consejo, o que confundan a Tracy Austin con Jane Austen. Ya lo corregirá alguien en el camino. Y si no, mala suerte. Lo importante es que los viejos y caros se vayan, sin prisa pero sin pausa. Aunque Brena se juega doble contra sencillo que Rinaldi, a él, no le va a aprobar tanta guita, ni siquiera le va a dar una sombra de lo que les aprobó a los otros. Le va a dar el retiro, sí, pero con lo justo, o con menos de lo justo, con lo que diga la ley. Jaime Brena descuelga el auricular y llama a Personal, ¿hasta cuándo se puede firmar esta cosa del retiro voluntario, nena? Te podés acoger hasta fin de año, Brena, le contesta la mujer. No, yo acoger no me acojo ni me dejo acoger, la religión no me lo permite, pero a lo mejor me retiro voluntariamente eso sí, le dice él y ella le festeja el chiste desde el otro lado del teléfono: Vos siempre igual, Brena. Ojalá, le contesta él. Y lo dice en serio. Ojalá estuviera igual que siempre, pero desde hace un tiempo sabe que está más viejo. O que ya no puede hacerse el tonto como hasta hace unos años y fingir que tiene diez menos de los que tiene. Mejor que eso, fingir que no tiene edad. Él nunca tuvo edad. Raro, entonces, pero empezó a sentirse viejo. Viejo para todo: para el laburo, para viajar, hasta para las minas. No es sólo un sentimiento; su cuerpo, en el último año, envejeció. Lo nota en el abdomen que le sale justo debajo del pecho y se le hunde en el bajo vientre, ¿por qué, si él nunca fue gordo? Y en el pelo que todavía no se le cae en cantidad pero que se nota ralo donde algún día va a ser, irremediablemente, pelado. Y en los cachetes del culo, que aunque trata de mirarlos poco en el espejo, sabe caídos como dos peras. O dos lágrimas. Qué querés, tenés más de sesenta años, se dice a sí mismo para consolarse, pero inmediatamente se da cuenta de que el consuelo resulta todo lo contrario: no quiere tener más de sesenta años. Guarda otra vez los formularios en el cajón y se queda mirando, por encima del tabique que separa su escritorio del siguiente, al pibe que pusieron para reemplazarlo en las noticias que siempre fueron suyas: crímenes y asaltos violentos. Buen pibe, aunque muy pichón, piensa. Muy tierno. Generación Google: sin calle, todo teclado y pantalla, todo Internet. Ni birome usan. El pibe se esfuerza, eso hay que reconocérselo, llega primero, se va último, y Rinaldi le da cuerda para demostrar que la sección Policiales funciona bien sin él, sin Jaime Brena. Esas cosas a veces pasan, uno cae en un lugar a cumplir una función que va más allá del trabajo para el que fue contratado, una función con un objetivo final que desconoce. Uno cae a hacerle de títere a otro y eso, Brena cree, es lo que le está pasando al pibe de Policiales: que Lorenzo Rinaldi lo está usando para pisotearlo a él. Pero a pesar del aval del que manda, y a pesar de que el pibe ni sospecha los manejos que hay detrás de su nombramiento y del lugar que le dieron, parece muy asustado, casi aturdido, se le pasan cosas importantes, y aunque no comete los errores burdos de otros principiantes, en la redacción de las notas se le cuela una inseguridad, un titubeo, que a Brena no le pasa inadvertido. Por primera vez, en la competencia aparecen algunas noticias de crímenes y asaltos importantes antes que en El Tribuno. Preferí no sacarla, la fuente no era confiable, dicen que dice el pibe. O no me pareció relevante, o tenía poco espacio y mucha nota así que tuve que elegir. Pero él no le cree, Jaime Brena sospecha que el problema es que el pibe no tiene buenos contactos. Y un buen periodista de Policiales se apoya en eso, en los contactos que le pasan los datos que, tarde o temprano, se van a convertir en noticia. Y si ese dato es una primicia, mejor. Porque si tenés que esperar a que se levante el secreto de sumario, estás frito. No importa si los contactos son policías, fiscales, chorros, jueces o presos, sino que den el dato justo. Por momentos siente que lo tendría que ayudar. Al pibe. Pero al rato se pregunta por qué, si no lo pusieron a su cargo. Que lo entrene Rinaldi, que sin decirlo ni figurar como editor de Policiales, está funcionando como la cabeza de esa sección acéfala. Aunque Rinaldi, más que entrenarlo, Brena lo sabe, en cualquier momento le va a meter una patada en el culo. Cuando no le sirva más. Una patada que va a doler. Lo peor de todo es que aunque a Jaime Brena no le gusta reconocerlo, el pibe le genera una gran contradicción. No le termina de caer mal. Le hace acordar a cuando él daba los primeros pasos en la redacción hace más de cuarenta años. Cuarenta y cuatro años, una eternidad. Cómo no va a ser caro, cómo no le van a ofrecer el retiro voluntario. Pero la diferencia es que él entonces tenía maestros, en la redacción y en la calle, y como no estudió más que el bachillerato se salvó de la virgen petulancia de algunos que hoy vienen directo de la Universidad. Al pibe le sobra Google y Universidad, y le falta calle, piensa Brena. Trabajó en Policiales en otro diario, con Zippo, colega y amigo/enemigo íntimo de Jaime Brena. Trabajar con Zippo es hacerle de secretaria, Brena lo sabe, no mucho más que eso, porque no confía ni en la madre. En ese momento, cuando Brena piensa, “no confía ni en la madre”, el pibe levanta la vista y lo descubre mirándolo, lo saluda de lejos con un movimiento de cabeza y él le devuelve el saludo haciendo un gesto que imita a quien se saca un sombrero, aunque Jaime Brena no lleva nada sobre la cabeza. Desde su escritorio, Brena le dice: ¿Tenés algo para mañana? Nada de peso, le contesta el pibe. Nada de peso, repite él, averiguá qué hay en el resto de la redacción, le aconseja, ¿sabés qué es lo importante para definir si un hecho policial puede o no ser noticia? Al pibe le sorprende la pregunta y aunque Brena le está preguntando de qué color es el caballo blanco de San Martín, se abatata y no sabe qué contestar. Y si bien preferiría no hacerlo, como si el otro le estuviera tomando un examen sorpresa en el que él tuviese miedo de ser reprobado, el pibe de Policiales está a punto de contestarle cuando Brena le advierte: Y no me recites, “el lugar donde se comete un crimen, quién está involucrado, o la gravedad del hecho”, que no estás más en la Universidad. Jaime Brena espera. El pibe piensa. O intenta pensar. Brena no lo dice, pero sabe que si a pesar de la advertencia se abatata y para demostrar que sabe termina recitando “las 5 w, who, what, when, where, and how” —que estrictamente tiene una w al final y no al principio—, tendría que controlarse para no cachetearlo, por su error y por decirlo en inglés. ¿Por qué algunos agregan una sexta “w”, why, y otros no? Tal vez porque es la pregunta más difícil de responder, la más subjetiva, aquella que implica meterse en la cabeza del que comete un crimen: ¿por qué? Y dale, insiste Brena. No, no sé, no se me ocurre qué más, dice el pibe rendido. Brena se sonríe y luego sentencia: Las otras noticias que andan dando vueltas en la redacción ese día. Nunca te olvides, en épocas de calma puede salir un loco a último momento a pedirte lo que sea que pueda ir en tapa, y vos se lo vas a tener que dar. Me parece que la tapa de mañana está, le dice el pibe, las declaraciones juradas y el crecimiento patrimonial de un funcionario importante del área de Finanzas del Ministerio de Economía. Brena lo interrumpe: Ah, qué notición, dice sin ocultar la ironía, ¿eso no lo publicaron la semana pasada? Sí, pero ahora se confirmaron algunos datos más. Ah, mirá, y así esperan que no se les pianten más lectores, después le echan la culpa a Internet y los diarios on line. Si en este país, con Banelco o sin Banelco, afanaron todos, ¿desde cuándo el incremento patrimonial de un alto funcionario es una noticia tan destacada? Y menos noticia dos semanas seguidas. Jaime Brena mueve la cabeza y se calla, el tema lo tiene cansado, aburrido, no sabe por qué termina siempre enganchado despotricando acerca de en qué se convirtió el periodismo hoy. ¿Acaso él no es responsable también, por acción o por omisión?, se pregunta aunque no tiene una respuesta definitiva. Intenta cambiar de tema pero nada se le ocurre. Todavía se queda allí, mirando al pibe de Policiales unos instantes más, como si quisiera decirle algo, como si quisiera orientarlo. Pero su rapto de bonhomía pasa de largo y Jaime Brena vuelve a su encuesta de cómo duermen hombres y mujeres de raza blanca.

El teléfono suena otra vez y, ahora, Brena atiende a tiempo. Jaime Brena, quién habla, dice. Comisario Venturini, le contestan del otro lado. Comisario, repite Brena. ¿Cómo vas, querido? Yo bien pero pobre, mi comisario, ¿y usted? Igual que vos. A Jaime Brena le da gusto escuchar esa voz. Responde a algo parecido a un reflejo de Pavlov y su cuerpo se pone alerta, tenso pero excitado, casi feliz; alguna sustancia —¿adrenalina?— se dispara dentro de él. Tengo algo para vos, Brena, dice el comisario. ¿Algo que me va a costar un asado con tinto del mejor? Un asado con champán, te va a costar. Escucho, dice Brena. Aunque lo hace por gusto porque sabe que en Sociedad no va a entrar ninguna información que pueda pasarle hoy el comisario Venturini, ni ninguno de sus contactos. Todavía no les dijo, todavía no se atreve a desactivarlos, son contactos de toda la vida. Sus notas de Sociedad salen sin firma, así que más allá de la gente de la redacción, por ahora y para el resto él sigue siendo el periodista más destacado dentro de Policiales del diario. Lo escucho, comisario, dice, y toma un papelito rosa del taco para anotar lo que Venturini le está por decir. Apareció muerto alguien que vos conocés muy bien, pero no te asustes que no lo querés ni medio, Brena. ¿Quién? Chazarreta. ¿Chazarreta? Degollado. Qué coincidencia. Tal cual. ¿De buena fuente? Estoy parado frente al cadáver, mirando el tajo mientras llega la policía científica. ¿Dónde? En su casa, en La Maravillosa. ¿Y qué hace usted tan lejos de su jurisdicción? Una de esas casualidades de la vida que después te cuento, vos conocés esta casa, ¿no?, lo entrevistaste acá la última vez. Sí, conozco la casa. Lo encontró la mucama, la mujer habló veinte minutos corridos sin decir mucho que sirva y ahora está en shock. ¿Hipótesis? Muchas, pero nada que valga la pena, mucha carne podrida, estaba esperando que vos me dieras tu impresión, Brena. Es que me toma de sorpresa, comisario, déjeme digerir la noticia y en un rato lo llamo. Oka, querido, yo voy a seguir en la escena del crimen un rato más, llamame cualquier cosa, no te digo que te vengas porque el fiscal ya está por caer y acá no dejan pasar ni al loro, después de lo de la otra vez... Entiendo. Mirá que te di la exclusiva. Se agradece. Llamame. Lo llamo, comisario, ¿algo más? Sí, Dom Pérignon, Brena, tira, pechito, molleja, y Dom Pérignon. Así va a ser.

Jaime Brena cuelga y se queda mirando el papel. Se pregunta qué debe hacer. Sabe que lo que tiene entre manos es un notición. En un par de horas la información va a correr en todas las redacciones, pero en esto, como en todo, el que golpea primero golpea más fuerte. Aunque algunos digan —como dijo Rinaldi en una de las últimas reuniones de tapa en la que participó Brena— que a partir de la explosión de las noticias on line en Internet, el concepto de “primicia” es más efímero que el tiempo que demanda hacer un copy paste y reenviar. A los de la vieja escuela, y él, Jaime Brena, es uno de ésos, les sigue importando la primicia. La muerte de la mujer de Chazarreta, tres años atrás, tuvo en vilo a todo el país. Y a pesar de que no encontraron pruebas suficientes para culpar al viudo, el 99,99% de la gente cree que el asesino fue Pedro Chazarreta. Y ese 99,99% incluye a Jaime Brena, que no sólo tuvo a cargo la investigación periodística del caso para El Tribuno sino que se convirtió en un referente del asunto para otros medios, desde el asesinato hasta que se cerró la causa. Cuando mañana aparezca la noticia en los diarios la gente va a decir: se hizo justicia, Brena sabe, aunque uno nunca esté seguro de que es lo justo, ni de nada. Aunque la verdadera justicia para alguien que no debía haber muerto sea la resurrección y no que maten a su asesino. Pero Brena duda que esa justicia se la hayan concedido a nadie, ni siquiera a Jesucristo. Se acerca al escritorio del pibe con el papelito rosa en la mano. ¿Che, tenés un minuto?, le pregunta. Entonces se da cuenta de que el pibe minimiza la pantalla en la que escribe para que él no vea en qué asunto está trabajando, y aunque le dice: Sí, decime, Brena piensa: Fea actitud, pibe, hace un bollo con el papel rosa, lo tira al cesto junto a los pies del aprendiz de periodista policial y le dice: Nada, dejá. Y desde ahí mismo, se vuelve hacia el escritorio de Karina, le enseña la caja de Marlboro que acaba de sacar del bolsillo de su camisa, y le pregunta: ¿Me acompañás? Y la mujer se levanta y lo acompaña.

Cuando salen a la calle hay por lo menos otros tres compañeros fumando. La prohibición de fumar en lugares cerrados en Buenos Aires generó una rutina de vereda que a Jaime Brena no le cae tan mal. Se sientan en el cordón. ¿Cómo andás?, le pregunta Karina y, aunque duda, la mujer se sirve el cigarrillo que Brena le ofrece. Bien, dice él mientras enciende el suyo. ¿Qué vas a hacer con lo del retiro? Todavía no sé, por momentos estoy decidido y por momentos no me veo dejando de venir acá todos los días. Brena da una pitada profunda y luego larga el humo, lento. Además estoy seguro de que Rinaldi no me va a querer dar la guita que les dio a los otros. Te merecés que te la dé, vos más que nadie. ¿Y eso que tiene que ver?, ¿merecer es garantía de algo? Tenés razón, dice la chica y se pone el cigarrillo en la boca para que Brena lo encienda. ¿Y de amores? Ahí sí, ves, me acogí al retiro voluntario, dice, y la chica se ríe. Él chasquea el criquet hasta que sale la llama y ella entonces se acerca. Eso no te lo cree nadie, Brena. En serio, quiero vivir tranquilo. ¿Con Irina nunca más? No, Dios me proteja. Los dos fuman un rato en silencio mirando el bulevar. ¿Sabés?, dice Brena, el otro día a la noche bajé a comprar algo para comer y me crucé con un tipo que paseaba un perro, lindo, grande, un labrador debía ser. ¿Y quién era el tipo? El tipo no importa, lo que importa es el perro, sentí que a mí también me quedaría bien un perro así. A lo mejor me compro uno. Ay, Brena, estás loco, no tenés paciencia para perros vos. ¿Qué sabés? Te conozco, a los dos meses lo vas a querer devolver. Bueno, un perro no es para toda la vida como el matrimonio; si no va, no va. Para mí sería más fácil desarmar un matrimonio que devolver un perro, dice ella, ¿a quién se le devuelve un perro? Vos no sabés lo que es desarmar un matrimonio, dice él. Ni quiero saberlo. Brena da la última pitada y apaga la colilla en un hilo de agua que pasa junto al cordón de la vereda, por debajo de sus piernas y las de la chica. Ella, que hoy casi no fuma, aún tiene el cigarrillo encendido y juega con la ceniza. Él la mira y luego dice: Chazarreta acaba de aparecer muerto, degollado. ¿Pedro Chazarreta? Sí. No te creo. Me llamaron recién para avisarme. Mañana es tapa, dice Karina. ¿De El Tribuno?, si el pibe se aviva a tiempo, duda Brena, y yo no estaría tan seguro. Sí, si el pibe se aviva. Ahora es la chica la que apaga el cigarrillo a medio fumar en el agua que corre. Casi ni fumaste, le dice él. Sí, dos o tres pitadas nada más, me duele un poco la garganta, ¿vamos? ¿Sabés por qué creo yo que las mujeres duermen boca arriba?, le pregunta Brena. ¿Por qué? Él la mira, respira profundo, se sonríe y luego dice: Nada, dejá, nada. Se levanta y le da la mano para que ella haga lo mismo. ¿Vas para adentro? Sí, ¿vos no? Voy a dar una vuelta manzana y vuelvo, ¿me hacés un favor?, le pide Brena. Sí, claro. Cuando pases por el escritorio del pibe decile que en su tacho hay un papelito rosa abollado, que lo lea, de parte mía. Sí, le aviso. Karina le agarra la mano y se queda así un instante como si fuera a decir algo más. Pero sólo termina repitiendo: Dale, yo le aviso. Y se va.

Brena podría caminar en cualquier sentido porque —él es consciente de eso— no se dirige a ninguna parte. Entonces elige ir hacia el Este, para que el sol le pegue en la espalda y no en los ojos. No hace demasiado calor, pero el reflejo de la luz del sol en esa baldosa clara hace cuarenta y cuatro años que le hace fruncir la cara. Y hoy no tiene ganas de fruncirla. Gira la cabeza a un lado y al otro para aflojar las cervicales, llena los pulmones de aire, se acomoda el pantalón en la cintura. Luego mira detrás, por arriba de su hombro, y verifica que está solo, que nadie camina cerca de él. Entonces separa la mano derecha un poco hacia delante, con el brazo extendido y el puño cerrado, y sigue caminando en esa posición, como si lo llevara tirando de su correa. El perro a él.