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Para vos, Camila.
Espero que el mundo que habites se parezca más a ese que soñamos.
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MK
Dedico este libro a mi adorada abuela Betty (Titi).
A todas esas mujeres que aman por muchas razones ajenas al “envase” y que se quieren a sí mismas tal como son: imperfectas, incompletas, insatisfechas, pero sustancialmente únicas. Romi,
vos sos una de ellas, y te admiro.
Por último, este libro va dedicado a mis hijas, Sophía y Lucía, que viven en una época en la que “parecer” posee más valor que “ser”. Ojalá las ayude a encontrar razones válidas para correr el riesgo de pedalear contra las ráfagas de viento.
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VSG
Dedicatoria especial
Diez años después del primer No Dieta, volvemos a dedicar este libro especialmente a todas aquellas personas que se han sometido a innumerables y diferentes dietas; a los que han padecido privaciones, estrés y una sensación de no tener los mismos derechos que el resto del mundo; a los que recuperaron todo el peso perdido o alcanzaron uno aún mayor que el inicial, no sin la frustración y la convicción del “no poder”.
También lo hemos escrito para todos aquellos librepensadores, audaces y de mente amplia que todavía creen que la realidad puede ser distinta y que tener un peso cómodo y saludable es posible sin privarnos del placer primario del alimento.
Y para María Teresa (y todas las “María Teresa” del mundo), que luego de participar de una escapada No Dieta nos abrazó y nos dijo: “¡Gracias por cambiarme la vida!”.
Debo confesarte: ¡Estoy muy emocionada! Hace exactamente diez años, sentada frente a una computadora como la que tengo delante en este momento, escribí No Dieta. Puentes entre la alimentación y el placer. El primero de la serie, un libro que no pasa de moda, un long-seller.
Cuando hace algunos años me preguntaron cómo nació No Dieta, reconozco que no lo tenía muy claro. Luego de un tiempo, durante uno de esos largos vuelos que gracias al destino y a mi profesión suelo disfrutar, tomé conciencia de que surgió cuando me atreví a desafiar la práctica habitual de los años ochenta de prohibirles a los pacientes diabéticos los carbohidratos. Recuerdo mi audacia (creo en la medicina basada en la evidencia, pero también en la intuición y la creatividad) de prescribirles chocolate a personas con diabetes y también, su alivio y la evidente mejoría en su autorregulación alimentaria.
Me obsesionaba tratar de comprender por qué tanta gente se embarcaba una y otra vez en dietas extremas, mágicas. No soportaba el relato repetido de pacientes maltratados con dietas pasadas de boca en boca o aquellas indicadas por colegas que seguían creyendo en un paradigma ya perimido.
Venía escribiendo apuntes absolutamente caóticos, con ideas, experiencias con pacientes, preguntas y dudas que ni me animaba a plantear formalmente a mis colegas. En ocasiones me hacían ruido y eso me obligaba a revisar mis creencias. Pero llegó un momento en el que sentí que ya era hora de poner en orden mis propuestas, escribirlas y echarlas a volar. De esos actos y de esas ideas contraculturales nació aquel libro.
Me formé en la era de las dietas y de las verdaderas anfetaminas, esas que hoy ya no se comercializan. Una época en la que todavía creíamos en la magia de los tratamientos para perder kilos, en la velocidad del descenso y en el peso ideal. No pensábamos en las necesidades, los temores o las preferencias de la persona que teníamos enfrente. De hecho, si alguien no adelgazaba, le restringíamos aún más la comida. No por maldad, sino con la inocente —y muy naif— creencia de que el secreto del éxito consistía en ordenarle, decirle lo que debía hacer (como si no supiera nada) para que obedeciera. Comería menos, perdería peso, y todos seríamos felices y comeríamos perdices.
Los tiempos cambiaron… Cuando comencé mi formación, no pensábamos en la unicidad. Tampoco teníamos en cuenta que la consulta de personas con sobrepeso u obesidad debe ser un encuentro entre dos expertos: el profesional y el paciente. Que lo central es educar, empoderar. Porque las decisiones y las elecciones más importantes siempre ocurrirán fuera del consultorio, cuando el paciente se encuentre solo en su casa, frente a la heladera, sentado a la mesa con enormes fuentes de comidas tentadoras, en el mercado o a una cuadra de la panadería.
Mi vocación fue siempre la psicología. La historia argentina hizo que terminara estudiando Medicina. Cuando debía empezar la universidad, el gobierno militar había cerrado la Facultad de Ciencias Sociales, en la que se cursaban Psicología y Filosofía, entre otras carreras humanísticas, así que decidí recorrer otro camino. Comencé Medicina con pasión porque quería ayudar a la gente. Sabía que como médica iba a alcanzar mi objetivo. Pero nunca me olvidé de mi primer amor. ¿Cómo olvidarlo? Finalmente, como dicen las viejas lenguas, las vocaciones te encuentran.
Una mañana de hospital, mientras tomaba café entre paciente y paciente, la casualidad —o la sincronicidad jungiana— hizo que me encontrara con la licenciada María Teresa Panzitta, que trabajaba como psicóloga en la misma institución, en donde Nutrición y Psicopatología compartían piso. ¿Coincidencia? Nos pusimos a conversar y juntas nos dimos cuenta de que nadie atendía a los pacientes que tenían problemas con la comida (por defecto o por exceso). Más bien sospechamos que cierta intención parecía esconderse en aquella disposición arquitectónica. A decir verdad, no creo en las fuerzas divinas, pero sí en las causalidades. Evidentemente había llegado el momento de enfrentar las patologías relacionadas con la alimentación desde la interdisciplina. Empezamos a abrir los ojos para entender que los cuentos de hadas son fantasía pura y que para lograr eficacia en la pérdida de peso hacía falta mucho más que ingenuidad, autoritarismo o magia.
Así nació el Equipo de Trastornos Alimentarios del Hospital Carlos G. Durand. Corría la década del ochenta y yo acababa de ser mamá por primera vez: nacía Valeria, coautora de este libro.
Profesionales como Alicia Marenco, en el inicio, y Claudia Scharsman, más tarde, ambas psicólogas, se sumaron al equipo, convencidas de que un cambio era no solo necesario, sino urgente. Algunas son entrañables amigas, además de colegas. Seguimos trabajando juntas, buscando y debatiendo nuevas maneras de abordar las patologías de siempre, que hoy más que nunca requieren estrategias que funcionen y no dañen. Gracias a ellas y junto con ellas, me introduje en el fascinante mundo de las emociones y la mente. A veces pienso qué hubiera sido de mí si la Facultad de Psicología hubiera estado abierta.
Me di cuenta de que me maravilla acceder a lo más profundo de las emociones y de los pensamientos de las personas. Y que como médica necesito conocer además la anatomía neural de todos ellos. Me apasiona saber cómo funciona el cerebro, con sus escondites y sus complejas redes. Por suerte, los avances en las neurociencias han aportado una enorme cantidad de datos. Es así que aquello que para mí comenzó siendo intuitivo, un conocimiento basado en la observación y en la experiencia clínica, poco a poco va acumulando evidencia científica.
También realicé mis propias investigaciones en comportamiento alimentario. Y definitivamente fue fundamental mi experiencia en Londres, en un evento con integrantes del Behavioural Insights Team1, con toda la fuerza de las estrategias del nudge (empujar). Así entendí que era posible “empujar” a la gente, sin interferir con su libre albedrío, para diseñar un entorno en el que lo más saludable podía ser la fruta más a mano. O, dicho de otro modo, generar un espacio en el que la fruta estuviera tan a mano que resultara la opción más fácil, más conveniente y, por supuesto, también la más saludable. Recuerdo la conferencia del psicólogo israelí estadounidense Daniel Kahneman —premio Nobel de Economía 2002—, de quien aprendí cómo tomamos decisiones las personas y qué rol juega la incertidumbre en ese proceso. Era emocionante estar rodeada de mentes brillantes como la suya. Ahí descubrí la llave. No hacía falta dirigir, prohibir, ordenar. Otro paradigma era posible.
A partir de un proyecto de prevención de obesidad al que fui convocada hace algunos años, tuve que revisar la evidencia existente de los programas de prevención y tratamiento de la obesidad en aquel momento. Con sorpresa pude observar que la mayoría carecía de la dimensión emocional o que, al menos, estaba poco jerarquizada. Como si los humanos solo tuviéramos un cuerpo para mover y una boca para comer. Como si la psiquis no fuera un factor esencial de lo que somos, lo que hacemos o lo que decidimos.
Lamentablemente se sigue investigando y publicando cuál de las dietas genera mayor pérdida de peso o lo hace más velozmente. Pocos tienen en cuenta si son seguras para los pacientes o si son eficaces para adelgazar a largo plazo. En otras palabras, si un plan alimentario podrá ser sostenido en el tiempo o generará rebote. La mayoría pierde de vista que las personas no somos máquinas termodinámicas sino seres deseantes.
Estoy cansada de ver desfilar pacientes y conocidos que han invertido años, esfuerzo, batallas familiares y dinero en dietas de moda, y están más gordos que nunca. Es por eso que sigo preguntándome: ¿cómo podremos prevenir esta epidemia si solo apuntamos a la comida y a la actividad física? ¿Por qué no nos ocupamos de investigar y trabajar las emociones? ¿Por qué no instalamos el aprendizaje emocional desde la escuela e incluso en la universidad? Por más que reformulemos los alimentos, que regulemos su calidad, sus porciones, su publicidad, por más que mejoremos el acceso a la actividad física y al juego como derecho de grandes y chicos, si no enseñamos que las emociones son necesarias (por eso mismo no deberíamos taparlas con comida), seguiremos sin hallar soluciones.
Todos tenemos, de manera consciente o inconsciente, un mecenas. El mío fue un colega médico que había escuchado una de mis conferencias. Se me acercó y me propuso que escribiera. Según él, mis ideas acerca del tratamiento de la obesidad eran contraculturales. Por esa razón era importante difundirlas, pero yo estaba sola con mi rebelde propuesta. En otras partes del mundo surgían investigaciones y libros con ideas cercanas, aunque diferentes. En definitiva, cuestionaban los resultados poco satisfactorios de las dietas.
Saber que otros profesionales pensaban la problemática desde una perspectiva similar supuso un alivio. Tengo conciencia de que si una idea solo se le ocurre a uno, lo más probable es que sea un absoluto disparate. Pero que otras mentes del planeta comenzaran a darse cuenta del cambio de paradigma necesario fue, al menos, tranquilizador.
Escribir no es sencillo. Es siempre un trabajo íntimo e intenso. Es atrevido porque sabés que quedará plasmado en un papel para siempre. Es un desahogo y a la vez una forma de denuncia. Es hablar, pero sin voz, aunque sabiendo que hay otro, un ignoto lector, que leerá tus palabras y que tal vez pueda mejorarlas para que sigan su camino. Es lograr una receta de pastelería casi perfecta, esa que nadie quiere revelar. Implica desprenderte de ideas tuyas que ya no lo serán, viajarán sin dueño, recibirán críticas, te desafiarán al límite. Pero también pueden contribuir a cambiar el mundo. Debo reconocer que, al publicar ese primer libro, me sorprendía que muchos repetían mis palabras sin citarme siquiera. A veces me enojaba. Luego comprendí (crecí con la convicción de que el destino humano deseable es la sabiduría) que las ideas no le pertenecen a nadie. Que no son mías. Nacen cuando son necesarias. Surgen en diferentes mentes que pertenecen a un mismo campo de la ciencia. Luego fluyen, caminan o corren caprichosamente para formar parte de modelos globales de pensamiento.
La mano mágica del editor de Libros del Zorzal, Leopoldo Kulesz —a quien estaré eternamente agradecida por darme el impulso que todo escritor novel necesita—, me apoyó en eso de desestructurar mi cabeza académica tan habituada a manuales de estudio. Juntos decidimos que hubiera una parte teórica y otra con ejercicios, a la manera de un tradicional libro de matemáticas. Eso fue mágico. Así, en noviembre de 2008, salió No Dieta, y resultó todo un éxito. Comencé a darme cuenta de que tenía un poder especial: le cambiaba la vida a la gente. De pronto, personas de Chicago, Múnich o Tel Aviv me contaban que habían perdido peso luego de leerlo. También influía en la práctica de los profesionales que adherían a transformar el paradigma. Parece que mi deseo de modificar la realidad comenzaba a girar la rueda. No pueden imaginarse lo mágico y maravilloso que es para un autor que sus ideas no solo sean elegidas entre tantas de tantos libros que se publican, sino que ellas, como musas inspiradoras, sean las culpables de generar virajes en el destino de la gente.
Luego llegaron la traducción al italiano y la invitación para ir a la Feria del Libro de Frankfurt, una de las más importantes del mundo. Además, hubo una nueva edición con prólogo de Narda Lepes, una amiga ávida de saber.
Hoy entendí (más vieja, pero más sabia) que si quiero cambiar el mundo (en la milésima parte en la que puedo contribuir) debo tener presente que la mayor parte de la salud es autocuidado. Que las personas están a cargo de su bienestar y que solo quienes están enfermos son pacientes de alguien. La nutrición en general y la obesidad en particular continúan siendo las cenicientas de las especialidades médicas, pero a la vez tienen un privilegio: te permiten trabajar y acompañar gente sana para que puedan mejorar sus vidas.
Estoy convencida —como sostenía brillantemente el filósofo Thomas Kuhn en el tiempo en el que yo daba mis primeros traviesos pasos— de que siempre existen inconsistencias en algunos campos del saber, pero que cuando estas se acumulan e impactan en la vida de las personas se genera una “tensión esencial”. Ese es el momento de modificar el paradigma.
Hace diez años por esta razón me senté a escribir y aún hoy, una década después, ese cambio de paradigma no parece cercano. Al menos como modelo predominante para tratar el exceso de peso.
Sin embargo, cosas buenas han sucedido con este hijo pródigo. Muchas mentes jóvenes han acordado en la necesidad del cambio, han adoptado este tipo de abordaje, y me emociona cada vez que un rostro para mí desconocido se presenta y me relata que aplica No Dieta con sus pacientes y que la práctica es positiva.
Nos encontramos en un momento especial. Entre el primer No Dieta y este, pasaron muchas cosas, como el nacimiento de las redes sociales y la primacía de Internet. Por eso estoy segura de que será más sencillo que estas líneas lleguen a vos. Además, hace pocos años he descubierto dos cosas muy importantes en mi vida: nací para comunicar (escribir o hablar se me da naturalmente, a veces a mi pesar) y quiero cambiar el mundo. ¡Y sola no puedo!
Querido lector, esta obra tiene un valor muy especial: está escrita por dos mujeres que fueron una durante nueve meses. Te cuento una indiscreción: con mi hija Valeria, coautora de este libro, escribimos nuestros prólogos el mismo día —cada una el suyo—, y, sin ponernos de acuerdo, hicimos hincapié en el vínculo madre e hija que se trasluce en estas páginas.
Tantos años después de esa mañana en la que Valeria asomó su cabecita al mundo, mientras en la radio no se hablaba de otra cosa que de la Guerra de Malvinas, hemos decidido atravesar como autoras, juntas y a la par, este fascinante ejercicio intelectual de escribir. Por eso es que más que nunca espero que disfrutes de lo que vas a leer, que lo asimiles y, mi mayor ambición, que te apropies de nuestras ideas hasta hacerlas tuyas.
Abrazo,
Mónica Katz
1 El Behavioural Insights Team es una institución gubernamental inglesa que se dedica a mejorar los servicios públicos a partir de los conocimientos provenientes de las ciencias del comportamiento (www.behaviouralinsights.co.uk).
Hace muchos años, mientras escribía mi tesis de grado —un análisis del discurso de los personajes femeninos de la serie Sex and the City desde una perspectiva de género—, una docente y amiga me sugirió que leyera a Susan Faludi. “No podés escribir sobre la mujer sin leer a esta mujer”, recuerdo que me dijo.
Faludi es una periodista estadounidense que ganó un Premio Pulitzer en 1991 y que escribió, entre otros, el arriesgado y profundamente inspirador ensayo Reacción. La guerra no declarada contra la mujer americana. Su hipótesis es que, a lo largo de la historia de la humanidad, cada vez que la mujer cobra fuerza y protagonismo, surge un movimiento reaccionario que busca silenciarla y quitarle énfasis a su lucha.
Pasé meses buscando su libro (en esa época no existían las bondades de la compra online) hasta que un día, de vacaciones en Uruguay, entré a una librería de usados y lo vi. Tapa blanca, tipografía color lila y una imagen que connotaba mucho más que el literal significado de cualquier palabra: dos mujeres con la boca tapada por un barbijo que rezaba “censored” (censurada).
Me apasiona leer mujeres, y en mis treinta y seis años, vaya a saber cuántas páginas escritas por ellas he transitado. Pero ese texto me conmovió de una manera especial. Tal vez porque cuando lo leí no solo me encontraba en un momento de introspección respecto a mi condición de mujer y escribiendo sobre ello, sino también porque dentro de mí se estaba gestando una niña, futura mujer: mi primera hija, Sophía (años después llegaría Lucía). Pero había una tercera razón: ese año acompañé a mi mamá, Mónica Katz, gran médica y “mujeraza” —como me gusta llamar a las mujeres como ella—, en la gestación de No Dieta. Puentes entre la alimentación y el placer.
Durante toda su carrera, ella se había rebelado contra las dietas que censuraban el placer y contra las terroríficas recetas mágicas que sometían, sobre todo a las mujeres, a vivir en una cárcel sin libertad siquiera condicional. Su espíritu intrépido y a contracorriente la animaba a gritar a los cuatro vientos que era hora de derribar el statu quo. No hubiese podido lograrlo de no ser una librepensadora (gracias a mi abuelo José, lector, curioso, sabio, resiliente). Más tarde, me uní a su cruzada. Al principio, tal vez emulándola; más tarde, con mi formación como periodista y licenciada en Comunicación y como corolario de mi propia búsqueda: desacralizar el arquetipo empobrecedor de la mujer en los medios de comunicación.
Pronto nuestros encuentros se convirtieron en una excusa para discutir nuestras lecturas, compartir nuevos conocimientos y soñar juntas con un mundo mejor. Dos ilusas empedernidas confiadas en que cambiar lo establecido era posible.
Recuerdo nítidamente una tarde en la que, sentadas en el living de su casa, pensábamos qué nombre ponerle a la filosofía que estaba a punto de nacer. La antidieta, nada de dietas, basta de dietas, sin dietas, las dietas no sirven… ¡No Dieta! El nombre perfecto para ilustrar lo que queríamos proponer: un mundo sin dietas de hambre, ¡sin jaulas doradas!
Diez años después de aquella tarde en que bautizamos al abordaje del sobrepeso y la obesidad que mi madre plasmaba en su consultorio, No Dieta es mucho más que un libro. Tuve el honor de ayudarla a transformarlo en una marca, una corriente de pensamiento, un movimiento, una filosofía de vida. Hoy abarca cursos de capacitación, campañas de prevención en redes sociales, intervenciones saludables para empresas y organizaciones, eventos para concientizar acerca de la obesidad como enfermedad y un método que facilita la pérdida de peso sin renunciar al placer.
¿Cómo ofrecer como tratamiento médico la mísera porción de comida, la ración de guerra que había llevado a la desaparición física de nuestros abuelos y bisabuelos en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial? Es verdaderamente impensable. Y… ¿cómo sostener ese lugar tan pequeño para la mujer (el refugio de la belleza) cuando todas merecemos “un cuarto propio”, como decía Virginia Woolf?
A mí particularmente me conmociona aceptar que el hambre sea la solución a un problema de salud, sobre todo porque brindando apoyo escolar en barrios carenciados y en escuelas de la frontera argentina, he sido testigo de lo que es sentir hambre.
Por otro lado, debido a mi formación académica con perspectiva de género, me enoja ver cómo las mujeres somos partidarias y a la vez víctimas del hambre como modalidad terapéutica. ¿Por qué estamos dispuestas a sufrir con el único objetivo de lucir una panza más chata? ¿Para qué? ¿Para quién?
Recuerdo a Faludi y me doy cuenta de que hoy las dietas son la “reacción” a nuestra libertad. “Violencia simbólica de género”, parafraseando al pensador y filósofo francés Pierre Bourdieu. Como escribí en Mujeres liberadas (mucho, poquito, nada): “Cada vez que la mujer da un paso adelante en la lucha por ser y hacer lo que le da la gana, algo o alguien aparece para decirle: hasta acá podés llegar, ya hiciste demasiado, mujer”. Las dietas banalizan nuestros logros. Las dietas nos hacen sentir tan solo un número en la balanza. Las dietas nos reducen a un cuerpo cosificado. Las dietas minimizan nuestra existencia. Las dietas empobrecen nuestra autoestima. Las dietas confirman el mito machista de la mujer malhumorada, histérica, gataflora: con hambre nos volvemos insoportables, ladramos (¡pero con razón: tenemos hambre!). Las dietas no nos permiten pensar ni crear, tampoco trascender. Las dietas nos invisibilizan. Las dietas nos debilitan. Las dietas son una “reacción” frente a todo lo que como mujeres podemos ser y alcanzar.
“A fin de cuentas, ¿qué se puede esperar de una mujer estúpida (con un cerebro achicado por el hambre) que siempre corre al espejo para ver quién es?”, se pregunta Marilyn French, en su novela Solo para mujeres, al reflexionar acerca de la excesiva preocupación de las mujeres por su apariencia. Aunque disiento con ella en el adjetivo que utiliza para describirnos (no creo que seamos estúpidas, pienso que nos toca la ardua tarea de romper con un mandato que tenemos demasiado arraigado), esta pregunta me pone la piel de gallina. Porque no puede ser más cierta. Si ocupamos todo nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra creatividad en el “afuera”, ¿cuánto tiempo, energía y creatividad nos resta para todo lo demás: estudio, carrera, amistad, pasión, amor, reflexión, familia, aventura, solidaridad, espiritualidad?
En pleno auge del feminismo sorprende que muchas mujeres sigamos persiguiendo un ideal de belleza y delgadez que tira por la borda todo por lo que venimos luchando. Todo eso que se resume en una sola palabra: libertad.
Libertad para ser lo que queremos ser y como queremos ser.
Libertad para decidir qué camino seguir.
Libertad para elegir qué cuerpo queremos y lo que queremos hacer con él.
Libertad para decidir qué ponemos en nuestro cuerpo: qué comemos (porque como dice mi mamá: “Cuando no comés, te comés”), pero a la vez con qué estamos dispuestas a cargar.
También de esto se trata No Dieta.
Aunque escribo como la mujer que soy, no desoigo a los hombres. Ellos también sufren, en menor medida, los estragos de la dictadura de la apariencia y son acosados por otros mandatos: el poder, la fuerza, la ambición. Los que no padecen estas imposiciones son padres, tíos, esposos, abuelos, educadores y hermanos de mujeres que sí están acorraladas en este ideal arbitrario. Por eso, este libro es incluso para ellos.
Son estas ideas, ilusiones y broncas las que venimos acumulando mi madre y yo durante los últimos años. Y cuando digo “acumulando” me refiero a intercambiando y archivando en post-it, anotadores, mensajes y mails. Todo ese cúmulo de datos devino en lecturas, investigación y debate. Así surgió Más que un cuerpo, que impulsó una minirrevolución, la de la belleza real, y que es el preludio de este nuevo libro: El método No Dieta.
En Más que un cuerpo probamos cómo nos sentimos escribiendo juntas. Ya lo habíamos hecho, pero con roles fijos: una escribiendo, la otra editando. Acá dimos un paso más, y lo hicimos codo a codo. Como madre y como hija. Como médica, especialista en nutrición y académica (ella), y como periodista, docente universitaria y experta en comunicación y análisis discursivo (yo). Por momentos nuestros discursos se intercalan, a veces se funden en uno solo; en ocasiones se contraponen. Así somos, así estamos. Somos mujeres generacionalmente distintas, con formaciones dispares y miradas esencialmente únicas, pero unidas por un vínculo indestructible: alguna vez fuimos una. Tal vez esa sea la magia que tiene este libro que estás leyendo. Quizás vos encuentres aquí, en nuestra concatenación de ideas, tu propio hechizo. Ese que te impulse a “reaccionar” para ser tu mejor versión.
¡Hasta el próximo libro!
Valeria Sol Groisman
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(un homenaje a Julio Cortázar
y su manual de instrucciones)