CAPÍTULO 1
Fiesta

Imaginemos esto: somos adolescentes, nuestros padres se van de viaje y nos dejan al cuidado de la casa. Hay jardín, piscina y mucho espacio. Invitamos a todos: a nuestros amigos, a los amigos de nuestros amigos, a los amigos de los amigos de nuestros amigos. A todo aquel que se nos cruce en Instagram. Y a una cantidad de gente que ni siquiera sabíamos que invitamos.

¿El resultado? En esa noche de fiesta puede pasar de todo: desde destrozos hasta muertes.

Traslademos esa situación a una fiesta autogestionada que termina convocando a cinco millones de personas en una de las veinte áreas urbanas más grandes del planeta. Una celebración con los poderes políticos ausentes y una suerte de acuerdo tácito entre un grupo de deportistas y sus seguidores: vamos a recorrer las calles, vamos a celebrar juntos, vamos a vernos a los ojos.

Vamos a ser felices.

El acuerdo se incumple parcialmente, porque casi nadie puede ver a los deportistas, tampoco al trofeo conquistado.

Así y todo, en términos comparativos no pasa nada demasiado grave: dos delirantes saltan desde un puente al interior del autobús que transporta al equipo. Uno aterriza junto a los jugadores, en tanto que el otro falla y se estrella contra el asfalto.

Hay disturbios y destrozos en el final de la noche, el principal monumento de la ciudad es vandalizado, toneladas de basura cubren las calles y la policía se lleva un par de docenas de detenidos.

Qué éxito de fiesta, por favor.

Estamos hablando de Argentina, Lionel Messi y la selección de fútbol que se consagró tricampeona del mundo el 18 de diciembre de 2022 en Doha, Qatar.

¿Cómo es que la muy comprensible frustración de la gente no se tradujo aquel 20 de diciembre de luminoso inicio de verano en un estallido de rabia y violencia como tantas otras veces en la historia del país?

Alcanzaba con que el uno por ciento de cinco millones de personas perdiera el control para que se desatara una tragedia. Cinco millones de personas: más del diez por ciento de la población del país siguiendo a los campeones del mundo.

Por esa razón se puede decir que, en términos comparativos, no pasó nada. Y si no pasó nada, buena parte de la explicación pasa por Messi.

El estilo del capitán de la selección nacional, tan diferente al de Diego Maradona, implica una nueva era para Argentina. Una nación enloquecida por el fútbol, una sociedad que no se explica sin ese deporte.

El domingo 18 de diciembre y el martes 20, los dos días de festejos masivos en Buenos Aires, el ambiente era de pura alegría, de alegría sin límites, de gente que se alegraba de estar alegre, en una especie de “loop” autosustentable que se explica fácilmente en un país harto de crisis y de malas noticias.

Messi no le dijo a nadie que la tenía “adentro”, Messi no se cebó con el color de piel del hombre que le metió tres goles a Argentina y casi le quita el trofeo, Messi no tomó la capa que le regaló el emir de Qatar para hacerla un bollo y tirarla al costado del escenario.

Lo único extraño que hizo Messi fue lanzar un “bobo, andá payá”. Enternecedor. Pretender que eso lo “maradonizó” es solo comprensible desde la intensidad del deseo por sobre la realidad. Y desde la obsesión por creer que solo Maradona explica Argentina, que Argentina solo puede ser como Maradona. Sin Maradona es imposible (e indeseable) entender Argentina, pero la tercera década del tercer milenio confirmó que con Maradona solo ya no alcanza.

Ese Messi tranquilo, que abraza a sus hijos y juega con ellos, ese Messi que adora a su esposa, caló en el corazón y la psiquis de los argentinos: se puede ser un ídolo planetario en el deporte más popular del mundo y ser así. No hace falta pelearse con el Papa, George Bush y la FIFA, no hace falta idolatrar a Fidel Castro y a Hugo Chávez. Alcanza con ser un buen chico que juega al fútbol.

Sí, hubiera sido deseable que, desde su categoría de ídolo sin límites y de gigantesca influencia, Messi moviera algo públicamente en favor del futbolista iraní Amir Nasr-Azadani, condenado a 26 años de prisión por el régimen de Teherán. Al fin y al cabo, los dos acababan de competir en el mismo torneo. Messi también podría haber hecho algún gesto ante la fobia de los qataríes contra cualquier cosa que recordara a un arcoíris.

Sí, podría. Pero eso es, otra vez, probablemente pretender demasiado de Messi. Alejado de la idea de Argentina potencia que por décadas impregnó al octavo país más grande del mundo, y de la que Maradona era devoto, Messi es un hijo de la crisis del 2001 que intenta hacer lo que hace lo mejor posible. Y no mucho más. En su caso, una enormidad: nadie juega (¿jugó?) al fútbol como él.

Ese Messi tranquilo tuvo un efecto positivo en la fiesta de inexistente organización. Él no había prometido nada, no había arengado y encendido a las masas. Solo se subió al bus con el “viajero” (una botella plástica cortada por la mitad y con alcohol) en las manos y mostró reflejos rápidos en dos ocasiones para impedir que cables que cruzaban de lado a lado en los populosos suburbios de Buenos Aires se le clavaran en el cuello a él y a varios de sus compañeros.

Ese muy modesto autobús, indigno de la hazaña deportiva que se celebraba, vio a los futbolistas argentinos insolados y bastante más que entonados. Y a Claudio Tapia, el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), pasado de tragos, según señalaron varios testigos. En ese autobús sucedieron cosas extrañas: Alejandro “Papu” Gómez, uno de los campeones mundiales, arrojó billetes a los aficionados.

En otro momento, Emiliano “Dibu” Martínez, el arquero héroe de la final ganada por penales ante Francia, apareció con un muñeco con el rostro de Kylian Mbappé. Como si fuera un bebé, lo acunaba. Messi lo vio, pero no dijo nada. En Francia también lo vieron, y dijeron de todo. Martínez, un arquero que cualquier equipo querría tener en los momentos decisivos, es también el elemento más polémico de la selección: así como te salva de la derrota en una final del Mundial estirando una pierna, también te hunde en conflictos, con frecuentes e insólitas salidas de tono.

Lo interesante fue que pese a los billetes que volaban, al muñeco de Mbappé y al fracaso del recorrido del bus, los argentinos que tomaron las calles optaron por comportarse como ciudadanos razonables y entender que la fiesta, de tan grande, no podía ser perfecta.

Muchos niños lloraron y muchos padres se desesperaron, pero la conclusión, al final, fue que lo importante, más que ver el trofeo y a los jugadores, era estar ahí. Todos juntos siendo parte de una fiesta que reunía a gente muy diferente, pero con la camiseta argentina como prenda de unión.

No hacía falta que fuera una fiesta perfecta, alcanzaba con que fuera la fiesta de sus vidas.

Superados por el desborde popular, los jugadores no pudieron seguir con el desfile en el autobús descapotable y terminaron subiendo a dos helicópteros para recorrer durante unos minutos los cielos de la ciudad.

No era el plan, pero todas esas semanas fueron un aprendizaje para un pueblo que lleva décadas subido a la soberbia de creerse especial, reflejo de aquellos años dorados que se esfumaron. Por algo la Argentina no es, en América Latina, precisamente el pueblo más querido. Los aires de superioridad de su gente lo han impedido históricamente.

Pero claro que el argentino tiene algo especial. Pueblo afectuoso y apasionado, sacó adelante una fiesta que no entra en la historia de Argentina, sino del mundo: nunca antes un país celebró con tanta masividad, alegría y pasión un título de la Copa del Mundo.

La FIFA, maravillada, hizo buen uso de las históricas imágenes, que le sumaron valor y relevancia a su producto.

No es casual que Argentina obligue a escribir guiones y despierte admiración: además del mejor futbolista del mundo, los argentinos son “dueños” de un Papa (Francisco), de una reina (Máxima), e incluso de Rafael Grossi, el hombre que en ese 2022 sacudido por la guerra hablaba con Vladimir Putin y Volodímir Zelenski (muy pocos lo hacían) para evitar que la atroz guerra en Ucrania desembocara en un desastre nuclear.

Esa tierra en el sur de Sudamérica es lugar de pasiones sin límites, como bien sabe Chris Martin, el líder de Coldplay, que también en ese 2022 quedó boquiabierto con los argentinos: tocó diez veces en Buenos Aires. Ninguna otra ciudad se acercó siquiera a esa cifra.

Hubo otro fenómeno sorprendente que dejó Qatar 2022: brasileños, chilenos, uruguayos, paraguayos, mexicanos y muchos otros pueblos de la región estuvieron mayoritariamente a favor de Argentina y felices con el triunfo ante Francia. Aquellas palabras de Mbappé diciendo que el fútbol sudamericano es inferior al europeo dieron pie a un sentimiento de unión.

Todo hubiera sido probablemente más difícil de haberse tratado de la Argentina de Maradona, que como buen argentino hijo de su tiempo, crecía desde la mordacidad, la ironía y el enfrentamiento.

Messi crece desde un puñado de palabras y poco más. Lo saben también en el Morro do Dendê, una zona humilde de Salvador de Bahía, Brasil, donde antes de la final sus habitantes pintaron sus calles de celeste y blanco. Fue días antes de que Pelé, el primer gran ídolo planetario del fútbol, se despidiera a los ochenta y dos años. Dos años antes, Maradona lo había hecho a los sesenta.

Brasil albiceleste: impensable en la época del “rei” y de “D10s”. Algo solo reservado a un Messías.

Messiánico

CAPÍTULO 2
La sorpresa

Lionel Andrés Messi sonrió como suele hacerlo cuando a la sorpresa le suma algo de vergüenza: cabeza levemente gacha, ojos algo achinados, hoyuelos marcados, labios mordidos y un fugaz gesto de negación. Parado con los brazos pegados a la espalda y diminuto en el círculo central del impactante Camp Nou, Messi comprobó en esa calurosa noche de agosto que había un rosarino más astuto —¿más valiente?— que él de cara a la hinchada del Barcelona. Ahí tenía a un compatriota capaz de hacer lo que él había evitado durante media vida al borde del Mediterráneo. Gerardo “Tata” Martino acababa de hablar en catalán en público, detalle siempre apreciado en el complejo microcosmos de la segunda ciudad española. A Messi lo aman en Barcelona, y cuando se conoció una encuesta en la que un dos por ciento de los hinchas del Barça aseguró detestar al argentino, la hilaridad fue general en la ciudad. Un reportero de televisión pasó todo el día intentando encontrar algún representante de ese dos por ciento. Fracasó. ¿Odiar a Messi? Por Dios, si es gracias a él que el club vive sus mejores años. Eso sí, no le pidan a Messi que hable en catalán. Sólo una vez lo hizo, impulsado por la situación límite de estar completa e irremediablemente borracho.

El repertorio catalán de Martino fue modesto —“Bona nit” (buenas noches) y “moltes graciès a tots” (muchas gracias a todos)—, pero exacto y oportuno, porque se estaba presentando ante un club en el que muchos miraban con desconfianza a su nuevo entrenador. Por no conocerlo, claro, pero en buena parte también por llegar “de fuera”. Y, aunque suene extraño, por ser argentino.

Ajeno a las peculiaridades de la compleja realidad de los españoles y a los meandros identitarios catalanes, aquel 2 de agosto de 2013 el fútbol argentino celebraba un triunfo tan importante como sutil, una situación incomparable, porque tanto la gran estrella como el entrenador del mejor equipo del mundo eran propios. Es cierto que César Luis Menotti ya había dirigido treinta años antes a un Barcelona en el que la gran figura era un argentino, Diego Maradona. Pero hasta ahí llegan los paralelismos: Maradona no brilló con la azulgrana y Menotti no logró éxitos importantes con el equipo. En aquellos años ochenta en los que España vivía eufórica sus primeros tiempos de democracia y la novedad de un gobierno socialdemócrata, el Barcelona era un equipo aún acomplejado. No había Copas de Europa en sus vitrinas y el victimismo era su combustible vital desde hacía décadas. Nada que ver con el éxito y la atracción mundial del Barcelona en ese 2013 en el que los españoles, hundidos en una tremenda crisis, despreciaban a buena parte de su clase dirigente.

En la recta final hacia el Mundial de Brasil 2014, la cita de su vida, Messi era ya mejor jugador del planeta por cuarto año consecutivo y con perspectiva de varios más. Un ídolo sin fronteras. Si durante décadas el término “Maradona” saltaba automáticamente en los más apartados rincones del mundo ante la mención de “Argentina”, los taxistas de Moscú, los camareros de Sydney, los surfistas californianos y hasta los niños jugando al fútbol en las playas de Brasil habían modificado en los últimos años la ecuación: “¿Argentina? ¡Messi!”. Y todos sonreían al evocar al “10” del Barcelona y la selección albiceleste.

Tanto como sonreían Martino y Messi, tanto como celebraban los hinchas en esa dulce y cálida noche de felicidad en Barcelona, muy diferente de la dura, durísima, de apenas 17 días antes.

Una y media de la madrugada del miércoles 17 de julio de 2013 en el sombrío parking del Camp Nou. Sandro Rosell se vence ante el volante. El presidente del Barcelona estaba golpeado por lo que acababa de escuchar y abrumado por lo que se le venía encima. El entrenador de su equipo, Tito Vilanova, acababa de confirmarle que, a partir de ese momento, luchar contra el cáncer pasaba a ser su absoluta prioridad. El drama humano era innegable, la necesidad de conseguir un técnico de nivel a sólo tres semanas del inicio de la Liga española, también.

Sin embargo, Rosell no daría muchas vueltas: si la clave de su éxito era un argentino, la solución radicaba en traer otro más.

El nombre de Horacio Cartes no le dice nada, absolutamente nada, a los hinchas del Barcelona, pero en esos días de julio en que se preparaba para asumir como presidente de Paraguay tuvo algo de tiempo para ayudar también a cambiar la historia del club español.

“Presidente, quiero hablar con el Tata. Deme su teléfono, por favor”, sostiene Rosell que le dijo a Cartes.

Ambos estaban unidos por los negocios desde hacía años. Fue en 2001 que Rosell, por entonces director de Nike para Sudamérica, cedió a las insistentes llamadas de Cartes y lo visitó en Asunción. El futuro presidente de Paraguay quería que Nike vistiera a su equipo de fútbol, el modesto Libertad. Y arriesgó para convencer: “Si no ganamos nada en los próximos dos años te pago toda la ropa que hayan destinado al equipo”. Rosell no pudo negarse. Libertad ganó cinco títulos seguidos en tres años y a fines de 2013 seguía siendo el único equipo paraguayo vestido por la codiciada marca estadounidense.

Entre aquel Libertad de 2001 y el Barcelona de 2013, un entrenador como hilo conductor: Martino.

El gran momento había llegado. A sus espaldas, un Camp Nou rugiente, feliz de ver a su equipo por primera vez en la nueva temporada y con los espectadores aún felices en el final del verano. Al frente, un equipo de estrellas, un equipo con campeones de Europa y del mundo. Con Messi, y ahora también con Neymar.

El panorama del que disfrutaba Martino hubiera desestabilizado a más de uno. Cualquier mortal se regodearía unos cuantos segundos disfrutando de lo que la noche ofrecía en el inicio de ese amistoso por el Trofeo Joan Gamper ante un Santos que sería triturado por 8-0. Pero Martino es diferente. Lo primero que hizo el argentino en esa noche de calor intenso fue pisar la línea de cal con sólo uno de sus pies apenas se inició el partido y obsesionarse por unos instantes con quitar un papelito que bailaba al ritmo de una leve brisa dentro del campo de juego. Un rato antes había tocado esa misma línea de cal para santiguarse. El fútbol será trabajo, entrenamiento, planificación y talento, pero sigue teniendo sus ritos, su costado supersticioso e inexplicable.

Vestido con un pantalón azul oscuro y una chaqueta celeste, Martino había despejado ya la primera incógnita de muchos hinchas del Barça y periodistas que siguen al equipo.

“¡No ha venido con chándal!”, decían en las gradas del Camp Nou. “Chándal”, en España, es la palabra para lo que en la Argentina se define como buzo y pantalón deportivos. En un Barcelona que durante los cuatro años de Josep Guardiola al mando había transformado el área técnica en una pasarela de moda, el detalle no era menor.

En aquel partido Martino ya demostró que lo que dice, lo hace: si días antes había marcado la necesidad de recuperar cierta intensidad perdida por el equipo, esa noche —más allá de la endeblez del Santos— la “presión alta” funcionó a las mil maravillas. Y fue Messi, cómo no, quien le abrió el camino en el nuevo club al ex entrenador de Newell’s y de la selección paraguaya. A los siete ya había robado una pelota en el sector izquierdo del área y marcado el 1-0. Era el primer gol de una nueva y larga serie, la mejor forma en que Messi podía ayudar a su compatriota. Rosarinos ambos, contra lo que se pensó en un inicio, contra lo que el propio Martino dijo en Rosario antes de volar rumbo a España, el “10” no hizo lobby personal para que el ex técnico de Newell’s llegara al Barça. Lo que no quiere decir, claro, que no lo festejara.

Obsesionados con lo identitario, el “gen Barça”, el “ADN Barça” y las supuestas ventajas de que la mayor parte de los jugadores y el cuerpo técnico sean “de casa”, muchos integrantes de lo que en el Fútbol Club Barcelona se conoce como “el entorno” se quedaron pasmados al confirmarse que Martino dirigiría al Barcelona. Se quebraban los años de holandeses como Johan Cruyff, Louis van Gaal o Frank Rijkaard, de españoles-catalanes como Guardiola y Vilanova, y se entraba en terreno desconocido. Los temores entre muchos seguidores del Barcelona eran variados, e incluían la posibilidad de que el equipo perdiera “la identidad” y abjurara de su principal característica, la de ser el dueño de la pelota y hacer con ella hasta lo impensable. Paralelamente, los circunspectos catalanes estaban discretamente horrorizados ante la posibilidad de que un argentino se instalara en el centro de sus vidas y les propusiera el desafío de palabras nuevas, sintaxis arriesgada y reflexiones interminables día tras día. Y eso que Guardiola, a su manera, ya había intentado —y logrado— que se enamoraran de las palabras, del discurso, de la imagen. Pero Guardiola no era argentino, no los amenazaba con hablarles hasta el fin de los tiempos. Y buena parte de las veces se dirigía a ellos en catalán. Muchos recordaban aún a Menotti y a Maradona —argentinos hasta la médula ambos aunque mundos opuestos a la hora de hablar—, pero la referencia más cercana era la de Marcelo Bielsa, un técnico de moral casi calvinista, pero demasiado extenso, minucioso, profundo y enrevesado en su discurso para el gusto del español medio. Más allá de su fútbol, quizás ése sea otro detalle que suma para la devoción que los catalanes sienten por Messi: casi no habla, es el menos argentino de los argentinos.

Por eso Martino fue una grata sorpresa para todos aquellos que nunca lo habían escuchado. “Su discurso no tiene nada que ver con la prosa seductora y tan genuinamente argentina de Menotti, por ejemplo, y desde luego representa la antítesis de la muchas veces incomprensible verborrea de Bielsa”, comentó Mundo Deportivo que, con más de cien años, es uno de los periódicos deportivos más antiguos del mundo.

Martino, en efecto, tomó a todos con el paso cambiado: en su primera rueda de prensa sorprendió a un auditorio colmado respondiendo como si, en vez de argentino, fuera alemán. Rara vez llegó al minuto en sus respuestas, pero se preocupó siempre por analizar todo aquello que se le había preguntado y, si creía olvidarse de algo, se disculpaba y pedía que le repitieran parte de la pregunta. De esas primeras semanas en el nuevo puesto se destaca una frase que lo muestra conciso, claro y firme a la vez: “Soy nuevo en la Liga, no en el fútbol”. En semanas posteriores habría otras. “Soy un entrenador que no es de la casa ni es holandés”, dijo tras los primeros cuestionamientos de los medios. Lejos de asustarse, en su primer clásico ante el Real Madrid, que ganó 2-1, sacó a Andrés Iniesta en el segundo tiempo para poner a Alex Song. Y lo explicó sin anestesia: “Sí, fue un cambio defensivo, y si hace falta lo volveré a hacer”.

“El Tata habla muy claro”, admitiría Cesc Fábregas, que cuando llegó el argentino fantaseaba con dejar el Barcelona e irse al Manchester United. “Ni se me ocurre no contar con el jugador”, diría Martino tras aquel 8-0 sobre el Santos. “Tuvimos una charla, muy breve. Bah… charla. En realidad hablé yo.”

Cesc se quedaría en el Barcelona y se convertiría en uno de los mejores jugadores en los primeros compases de la “era Tata”, que sucedía a la “era Tito”. Unos primeros compases en los que el equipo conquistaría la Supercopa de España sufriendo ante el Atlético de Madrid de Diego Simeone y ganaría sus partidos con una mezcla de buen juego, vértigo, dudas y generosas dosis de angustia. Las alarmas se encendieron pronto en la conservadora Barcelona.

Jordi Costa, articulista de La Vanguardia, tomó una frase en la que Martino pedía a sus jugadores “hacerse fuerte en los balones divididos y las segundas jugadas”, y advirtió del peligro que se cernía. “Chirría que el entrenador de Xavi, Iniesta, Messi o Neymar espere de ellos que se conviertan en especialistas de la segunda jugada, porque va contra la naturaleza de la plantilla que tiene entre manos.”

Martino no pareció hacerle demasiado caso al consejo, porque su equipo, sin decirlo pero en los hechos, comenzó a alejarse de algunos dogmas de los cinco años previos. Dogmas llevados a extremos llamativos, como cuando la página web del club destacó en un titular que el equipo había tenido la pelota más tiempo que el Bayern… durante aquella derrota de 4-0 ante los alemanes en Munich en el partido de ida de la semifinal de la Liga de Campeones.

Y ni siquiera era cierto que todos estuviesen alarmados. Víctor Valdés, el notable arquero titular del Barcelona, admitió que durante años intentó convencer a Guardiola y Vilanova de la conveniencia de marcar al hombre en algunas jugadas de pelota parada. Martino llegó y le dio lo que quería, un sistema “mixto”, mucho más flexible y pragmático.

Lo mismo sucedió con Gerard Piqué, joven emblema del equipo que, pese a ser catalán al cien por ciento, se atrevió a rebatir que todo lo “de casa” sea mejor que lo que llega “de afuera”. Piqué, central de gran porte y esposo de Shakira, le apuntó nada menos que al “tiki-taka”, orgullo del Barcelona y de la selección española en el último lustro.

“Tras varios años con entrenadores de la casa, primero con Pep y después con Tito, quizás acabamos con exasperar nuestro estilo de juego hasta el punto en que nos encontramos siendo esclavos del sistema, de ese estilo”, le dijo Piqué a Filippo Ricci, corresponsal en España de La Gazzetta dello Sport. Y fue más allá: “Ahora ha llegado el Tata, que viene de afuera, que comparte la misma idea del fútbol, la de la posesión del balón, pero que nos está mostrando opciones diferentes. Se trata de algo muy positivo porque nos ofrece variantes. Cuando nos presionan, hacer un par de pases largos no es negativo, sirve para cambiar el juego, oxigenar, evitar que nos aplasten y nos dejen sin salida”. La conclusión fue obvia: “Es normal intentar desarrollar ideas nuevas, variaciones: después de tantos años los adversarios obviamente saben cómo atacas, cómo te mueves”.

Una semana después de las audaces reflexiones de Piqué, el fútbol le dio en cierta forma la razón, porque el Barcelona batió 4-0 al Rayo Vallecano y, por primera vez en 315 partidos —cinco años y cuatro meses—, no fue el dueño de la pelota. La web del Barcelona determinó que la posesión fue ganada por el Rayo por un ajustado 51-49, aunque la de la Liga de Fútbol Profesional invirtió el reparto en un 52-48 a favor de los catalanes. Lo cierto es que había que remontarse a la derrota por 4-1 del 7 de mayo de 2008 en el Santiago Bernabéu ante el Real Madrid para encontrar a un rival del Barcelona ganándole la pelota. Aquello fue con el holandés Frank Rijkaard al mando, antes del inicio de la “era Guardiola”.

Paco Jémez, técnico del Rayo, dijo entender las razones por las que Martino había decidido liberarse del dogma de la posesión: “Exime de hacer esfuerzos a determinados jugadores para que estén frescos cuando reciben: antes presionaban todos”. Jémez se refería a Messi y Neymar, las dos grandes estrellas en la ofensiva.

Martino llegó, sin dudas, con ideas claras y personalidad a Barcelona, aunque todo dependería, como casi siempre en el fútbol, del oxígeno que los resultados le dieran. El argentino conocía al dedillo las virtudes y defectos del Barcelona desde mucho antes de convertirse en su entrenador, pero ya no estaba en una mesa de café rosarino con los amigos, sino al mando de la nave. Eso sí: bien acompañado por dos de esos amigos de fútbol y café, su asistente Jorge Pautasso y el preparador físico Elvio Paolorosso.

En aquellas primeras semanas de vértigo, que incluyeron una gira por Noruega, Alemania, Palestina, Israel, Malasia y Tailandia, así como encuentros con primeros ministros, presidentes y princesas, Martino recibió un enfático apoyo de Josep María Casanovas, editor del diario Sport que semanas antes se había jugado a favor del ex futbolista Luis Enrique, un candidato que según Rosell nunca fue la primera opción para suceder a Vilanova. A esa altura, Casanovas era todo elogios para Martino: “Un tipo con personalidad que no tiene dos caras, que dice cosas razonables y que trata a los jugadores con naturalidad y respeto. Nada que ver con el estilo Guardiola. Viene de otra escuela y tiene su propio librillo. Tito Vilanova fue un continuador y el Tata es un renovador”. Y no era todo: “[Es un] soplo de aire nuevo en el vestuario. Messi ha dejado de ser intocable en las alineaciones. Las rotaciones son obligadas. Cesc tiene más libertad de movimientos. Neymar ha entrado en el equipo como uno más a pesar de su fama. De Martino nos gusta su naturalidad, su sencillez, su equilibrio. Les dice a los jugadores lo que luego dirá a la prensa y no pasa nada. Mejor dicho, sí que pasa, pasa que gana credibilidad, ya que estamos cansados de los técnicos que tienen un discurso de cara a la galería que no tiene nada que ver con lo que luego hacen en el vestuario”.

Algo receloso en el inicio ante tantas conferencias de prensa —entre tres y cuatro por semana, frecuencia habitual en Europa—, Martino se fue sintiendo progresivamente cómodo. Sin quererlo, redujo al mínimo la presencia del catalán en esos contactos con la prensa, imposibilitada ahora de hablar con uno de los “suyos” y obligada a preguntar en español y a recibir la respuesta en “argentino”. Así, a Martino le llevó un tiempo entender que el director deportivo del Barcelona, el hombre que lo llamó para ficharlo, se llamaba Andoni Zubizarreta, y no “Ándoni”, como se empeñó en decir durante días, con inexistente tilde en la “a”.

Así, pronto entendería que no siempre conviene hablar sin filtro, mucho menos si el objetivo es el archirrival Real Madrid. No conviene opinar que “los números que se mueven” en el fichaje del galés Gareth Bale, en torno a los cien millones de euros, son “una falta de respeto para el mundo en general”.

Martino iría aprendiendo cómo lidiar con los medios en un equipo donde cada palabra, cada gesto, cada detalle son analizados con microscopio en diarios, radio, televisión, blogs y redes sociales.

Por eso no opinaría sobre Cristiano Ronaldo, convertido en el jugador mejor pago del mundo —21 millones de euros netos al año, según El País—, ni mucho menos sobre el look a mitad de camino entre Zoolander y Clark Kent por el que optó el portugués en septiembre de 2013 para firmar el contrato que lo vincula hasta 2018 con el Real Madrid. Al menos en ese aspecto, Cristiano se situaba momentáneamente por encima de Lionel Messi, ese rival al que siempre tiene en la mira.

No, donde Martino —un fino “10” en sus años de jugador— está verdaderamente cómodo es en la cancha, con la visera de la gorra protegiéndole la nuca y el silbato colgando del cuello durante los entrenamientos. Tiene a Neymar, tiene a Iniesta, tiene a Xavi, tiene a Messi. Y, sobre todo, se tiene fe, mucha fe. Se lo dijo a Rosell una tarde disfrutando del aroma del Mediterráneo en el final del plácido verano catalán: “De aquí me sacarán con los pies para delante”. No fue con los pies para adelante, no se llegó a semejante circunstancia. Pero menos de un año más tarde, Martino estaba fuera del Barcelona. Se fue amargado, porque rozó un título de Liga que algunos de sus jugadores, por momentos, no parecían realmente querer. El Barcelona no había sido lo que Martino esperaba. Y Martino tampoco lo que quería era el Barcelona, suponiendo que el club realmente lo supiera.

Messiánico

CAPÍTULO 3
El shock

Molesto, quisquilloso. Messi tiene, a veces, esos días. Y el que los sufrió como nadie durante cuatro años fue Guardiola. Sentado, como siempre, en el primer asiento del autobús, el técnico escrutaba la pequeña pantalla con algo de desconcierto. Al lado, su íntimo amigo Manel Estiarte, oro olímpico y mundial en waterpolo y en esos años al frente de las relaciones externas del Fútbol Club Barcelona. La lectura del breve SMS le produjo a Estiarte el mismo efecto que al ex “4” del Barcelona: sacudida, desconcierto y una breve risa incrédula. Sin decirse nada, los dos amigos se dieron cuenta del peligro de ese mensaje de texto que acababa de enviar el mejor futbolista del mundo.

España vivía el otoño de 2009, segunda temporada de Guardiola al frente del equipo, y el autobús encaraba el camino de regreso tras un partido de la Liga. Los que relatan el momento difieren en cuanto a las palabras exactas, pero coinciden en el espíritu del mensaje que el argentino le envió a su entrenador: “Bueno, veo que ya no soy importante para el equipo, así que…”.

Una vez más, Messi se escudaba tras un teléfono móvil. Aunque en los últimos tiempos fue evolucionando, para él seguirá siendo más fácil ir a la pantalla que decir las cosas. La pelota y el teclado de su móvil son, en cierta forma, los dos universos más “messiánicos”. No importaba que estuviera en el mismo autobús y sólo unos pocos asientos más atrás de Guardiola y Estiarte. Que sea tímido, que le cueste comunicarse, no quiere decir que Messi no sea ambicioso, e incluso inconscientemente despótico a la hora de imponer su categoría. Y en esos días se sentía doblemente acorralado, incómodo en la errática selección argentina, pero también —y no era la primera vez— en el club español. En el vestuario del Barcelona hay una frase que define el modo en que se mueve el mejor futbolista del mundo: “No es dictador, pero sí se hace notar a su manera”. Messi sabe que no hay nadie mejor que él, sabe que influye en el equipo como ningún otro jugador. Y aquel día en el autobús volvió a hacerlo. La aparición del sueco Zlatan Ibrahimovic, un fichaje en el que Guardiola se había empecinado, había sido una mala noticia para él. Messi lo intuyó primero y lo confirmó después. Tenía una deuda de gratitud con Guardiola, un hombre al que en 2008 no conocía tanto, pero que se lo había ganado con una de las primeras decisiones que tomó como técnico: torcerle el brazo al club para que le permitiera al argentino jugar con la albiceleste los Juegos Olímpicos de Pekín, de los que se llevaría el oro. Sí, Messi le debía una a Guardiola, pero la sutil presión (¿amenaza?) viajó desde su teléfono móvil hacia el del técnico porque esta vez había peligro. Era claro. Messi venía de un par de partidos sin brillo e Ibrahimovic estaba jugando bien. Se complicaba el proyecto del argentino, esa vida plácida en el Barcelona en la que no debía luchar para ser el líder, y el centro de todas las cosas, porque todos se lo reconocían sin que lo tuviera que pedir. Con “Ibra”, no, con el sueco era diferente. El argentino se las arreglaría en la “era Guardiola” para imponerse como referencia del ataque ante depredadores del área como el camerunés Samuel Eto’o, un hombre con el que no tenía mala relación, y se fagocitaría amablemente a Bojan Krkic, que terminaría en la Roma muy enojado con el entrenador del Barcelona. Lo mismo que a Eto’o le sucedería en sus inicios al chileno Alexis Sánchez y al español David Villa un par de temporadas después. “No intentes competir con Messi”, fue el mensaje que le llegó a Villa desde las alturas del club. Y en la parcela deportiva se lo explicaron con más detalle: “Mira, David, si tú quieres triunfar en el Barça, sobre todo no te compares con Messi. En nada. Ni en regatear, ni en goles. No lo hagas”. Pese al consejo, Villa hizo en los primeros compases de su aventura en el Barça lo que le salía del alma, lo propio del muy buen futbolista que es. Hizo lo que no podía evitar: jugar como si fuera la gran figura del equipo. “Lo intentó, pero tras cuatro entrenamientos lo entendió”, recuerdan hoy satisfechos en el club, convencidos de que el lugar de Messi es único, de que el argentino es un intocable. Tiempo después, el propio Villa desmenuzó con minuciosidad su admiración por Messi durante una entrevista con Luis Martín, periodista de El País. “Es excepcional. El míster lo dijo: de Leo no se habla, hay que verlo. Yo no he visto en mi vida algo semejante: cada día crees que ya no se puede superar, que ya lo has visto todo, y a la mañana siguiente hace otra. Es un tipo muy humilde al que no se le ha subido el éxito a la cabeza […]. Hay un Messi compañero excepcional que se gana nuestro cariño no sólo por lo que nos da en el campo, sino también, y más importante, por cómo comparte en el vestuario, por cómo es.” El ex delantero del Valencia no duda en admitir que jugar con Messi no sólo facilita ciertas cosas: también las complica.

“Es un jugador que exige mucho al que está a su lado porque siempre tienes que estar atento. A veces, parece imposible que te vea y él te ha visto. Debes estar preparado para lo imposible cuando juegas con Leo porque, además, no es lo que él hace, es lo que hace hacer a los demás. Mete un montón de goles, pero genera muchísimas más cosas al equipo: baja, abre espacios, tiene un último pase sensacional, es generoso… Es una maravilla jugar a su lado. Sinceramente, jugar al lado de Leo me ha mejorado. Mire, yo sé que el día de mañana, cuando salgan imágenes de Leo y yo aparezca cerca, podré decir: ‘Yo jugué con Leo Messi’. Es un privilegio.”

Lo fue, seguramente, pero tampoco fueron años sencillos para Villa, que tras fracturarse la tibia de la pierna izquierda en la final del Mundial de Clubes de 2011 nunca volvió a ser el mismo en el Barcelona. A ciertas tensiones con Messi, que más de una vez le recriminó con ademanes claros que no le pasara la pelota, se le sumó la sensación de que en el club ya no lo querían. Si estuvo un año más fue como gesto a un hombre que había tenido mala fortuna. Pero al final se fue, y lo hizo de forma asombrosa: el Barcelona pagó cuarenta millones de euros para fichar a Villa —el máximo goleador histórico de la selección española— en 2010 y se desprendió de él por 2,1 millones y asegurándose cinco como máximo en función de la permanencia del delantero en el equipo de Diego Simeone. El Barcelona, eso sí, dejaba de pagar los diez millones de euros anuales de salario que iban a los bolsillos del “Guaje”. En cierta forma, un ahorro para financiar el sueldo de Neymar, el nuevo compañero de Messi en el ataque, el hombre del fichaje de cifras enigmáticas que entró al equipo cobrando 17 millones de euros. Más que Messi, aunque el desequilibrio fue corregido en cuestión de semanas.

¿Es un privilegio jugar con Messi? Ni siquiera es necesario plantear la pregunta, y el mismo Ibrahimovic terminaría reconociéndolo cuatro temporadas después de aquellos meses de tensión.

Pero en aquel 2009 el talentoso y potente gigante sueco de origen bosnio veía las cosas de otra manera, porque había llegado a Barcelona como el segundo mayor fichaje de la historia, 69 millones de euros. Con un ego proporcional a esa cifra y a su talento, el ariete estaba dispuesto a triunfar y se convirtió pronto en un cuerpo extraño en el vestuario del Barça. Había pedido cobrar lo mismo que Messi y quería jugar en el centro del ataque. “¡No tienes huevos! Te cagas con Mourinho”, asegura el delantero que le gritó a su técnico poco después de la derrota ante el Inter de Mourinho en las semifinales de la Champions League. La frase es de la autobiografía de Ibrahimovic, y el jugador la sitúa en un partido ante el Villarreal en mayo de 2010 en el que fue suplente y sólo jugó los minutos finales. Ibrahimovic admite abiertamente que el hecho de que Guardiola optara por Messi para el centro del ataque desencadenó su salida del club: “Prefería contentarlo a él, a mí no me valoraba”.

Guardiola no sólo sabe de fútbol: tampoco come vidrio. Teniendo a Messi, ¿iba a confiar en un jugador que admite haber ido con su auto a más de 300 kilómetros por hora para dejar atrás a la policía? El único detalle es que fue Guardiola quien se empecinó con el fichaje de “Ibra”. El sueco asegura que el francés Thierry Henry, que después del Barcelona se fue al New York Red Bulls, tampoco era feliz con Guardiola:

—Henry me dijo: “Hola, Zlatan, ¿te ha mirado hoy?”.

—No, ¡pero he visto su espalda!

—Enhorabuena, estás progresando.

En aquella autobiografía se burla, además, de algunos compañeros: “Messi, Iniesta y Xavi eran como estudiantes que iban a la escuela a obedecer sin protestar”. Ibrahimovic en estado puro, aunque con el tiempo él también cambiaría. “Ya no tengo problemas con Guardiola, he aprendido desde aquellos años en el Barcelona”, diría a la revista alemana 11 Freunde en febrero de 2013, ya como jugador del París St. Germain. “Aprendí a tener paciencia, antes lo quería todo de inmediato. Crecí, estoy casado y tengo dos niños maravillosos. Así, automáticamente, uno se tranquiliza”, aseguró el jugador que de adolescente robaba bicicletas para llegar a los entrenamientos. Pero Ibrahimovic tiene tantos centímetros de altura —195— como ego. Así, tras lamentarse de que el boxeo no forme parte del fútbol, confiesa su admiración por Muhammad Ali y deja una afirmación llamativa: “Yo soy el más grande después de Ali”. “¿Incluso por delante de Messi?”, le pregunta el periodista a un “Ibra” que toda su vida idolatró a Diego Maradona. “Eso, que lo digan los aficionados. Lo importante es que yo crea en mí mismo. Eso también lo aprendí de Ali.”

Sólo es cuestión de tiempo, el fútbol termina poniendo siempre a cada uno en su lugar. Y es probable que Xavi sea excesivamente elegante al asegurar que Messi no tuvo nunca ningún problema con los “9” que desfilaron por el Barça, pero así se lo explicó en 2011 al periodista chileno-alemán Javier Cáceres en una entrevista para el Süddeutsche Zeitung: “Ibra realmente no encajaba del todo. Un gran futbolista, bendecido por un talento brutal, pero quizás algo estático para nuestro juego”. Las cosas con Ibrahimovic fueron para Guardiola bastante más difíciles que con Eto’o, al que hizo jugar en una banda tanto en el histórico 2-6 del 2 de mayo de 2009 en el Bernabéu como en la final de la Liga de Campeones en Roma semanas después. Eto’o no dijo nada, aceptó la orden, aunque no le gustara. Tan poco le gustaba que en un partido ante el Betis se negó a obedecer la orden de Guardiola de jugar por la banda. El camerunés buscó el centro y encontró el gol. Fuera de sí, Eto’o fue al banco a gritarle el gol a su técnico, que entonces le bajó el pulgar. Tenía razones para exaltarse Eto’o, porque fue con dos goles suyos, uno a seis minutos del final, que el Barcelona remontó la desventaja de 2-0 en el campo del Betis. Pero el detalle de que uno de los primeros en celebrar con él fuera Bojan, otro de los “fagocitados” por la inabordable grandeza de Messi, fue una pequeña premonición. Era febrero de 2009 y el argentino recién entró a jugar en el minuto 57 en lugar del bielorruso Alexander Hleb, un mediocampista ofensivo que meses después se iría al Stuttgart y tres años más tarde jugaba en el Krylia Sovetov Samara de la Liga rusa. Hleb titular: eran otros tiempos. Pronto nadie dudaría de que la solución era Messi. Siempre.

Que aquel 6-2 para la historia sucediera un 2 de mayo tenía su costado paradójico: fue el mismo día en que, 201 años antes, los madrileños se levantaron contra José Bonaparte, conocido popularmente como “Pepe Botella” y hermano de Napoleón Bonaparte. Si en 1808 Madrid se liberó del dominio francés, aquel 2009 el club que encarna como ninguno la grandeza deportiva de la capital española se inclinó ante lo que durante un buen tiempo sería una verdadera “dictadura” futbolística por parte del archirrival catalán. En ese partido, que implicó una humillación de proporciones atómicas para el Real Madrid, Guardiola probó a Messi por primera vez en la opción de “falso 9” o “delantero falso”. La sorpresa fue mayúscula para el Madrid dirigido por Juande Ramos, un entrenador que quedó tan golpeado tras el partido, que buscó explicar lo inexplicable y salió aun peor parado: “No ha sido un baño”. Los dos goles de Messi, los dos de Henry, el de Puyol y el último, en el que un central como Piqué puso con una jugada de fantasía las cifras finales, le quitaban razón a Ramos: fue un baño de fútbol del Barcelona al Real Madrid. La libertad de Messi en el centro del ataque marcaría por siempre al Barça de Guardiola, pero en aquellos meses de 2009 el argentino como “falso 9” era sólo una excepción, un recurso puntual o sorpresa envenenada para el rival. Guardiola dudaba entre lo que le pedía el instinto y la razón —situar a Messi en una zona en la que recibiera más pelotas que “escondido” a la derecha, donde tampoco colaboraba en la recuperación del balón— y el hecho de que el hábil y potente Ibrahimovic estaba para ser aprovechado como ariete. Aquel SMS de Messi en el inicio de la temporada 2009-2010 le hizo ver al entrenador las luces rojas de peligro, aunque también le ayudara el hecho de que el sueco perdió rápidamente la paciencia y se convirtiera en el rebelde del grupo, aseguran aquellos con acceso al vestuario del club. “Yo sé jugar así, voy a jugar así, de delantero centro”, le dijo al entrenador, abriendo una distancia que ya nunca se achicaría. A la siguiente temporada Ibrahimovic estaba fuera del Barcelona. ¿Había vuelto Messi a ganar desde el silencio? El sueco cree que no. “Todo empezó bien, pero después él comenzó a hablar”, explicaría años más tarde el delantero durante una entrevista con la CNN. “Messi quería jugar en el medio, no de extremo, por lo que el sistema cambió de un 4-3-3 a un 4-5-1. Yo fui el jugador sacrificado y ya no dispuse de la libertad en el campo que necesito para tener éxito.” Ibrahimovic siempre podrá decir que durante un año formó parte del Barcelona de Messi, pero la experiencia fue para él más amarga de lo que hubiera imaginado. Guardiola, que insistió para que el Barça fichara al sueco, debió tragarse su orgullo, pero salió ganando. Ibrahimovic también se lo tragó, pero perdió. Por eso tuvo especial valor lo que dijo horas antes de medirse en abril de 2013 al Barcelona de Messi y Tito Vilanova por la ida de los cuartos de final de la Liga de Campeones: “Messi es el mejor jugador del mundo. Al Balón de Oro le deberían dar su nombre”.

Los grandes futbolistas saben cuándo hay otro aún más grande que ellos. Por eso también hay que darle crédito al gigante sueco: quizás sea cierto lo que dice, quizás Messi le ganó la partida con algo más que gestos y mensajes de texto, quizás habló claramente con Guardiola del tema. No se lo puede descartar, porque los años en los que Messi sólo hablaba a través de la pelota estaban llegando a su fin.