Tengo una carta de la señora Edith Allred, de Mount Airy, Carolina del Norte. Esta carta dice: “Cuando era niña, era sensible y tímida en extremo. Siempre pesaba demasiado y mis mejillas me hacían parecer todavía más gruesa de lo que era. Tenía una madre chapada a la antigua que creía que era una locura procurar que las ropas embellecieran. Decía siempre: ‘La casquivana cosecha lágrimas’. Y me vestía en consecuencia. Yo nunca iba a fiestas, nunca me divertía y, cuando fui al colegio, nunca me reunía con otros niños en actividades exteriores, ni siquiera deportivas. Era tremendamente tímida. Sentía que era ‘distinta’ de todos los demás y que no gozaba de ninguna simpatía.
”Cuando llegué a mayor, me casé con un hombre que me llevaba varios años. Pero no cambié. Mi familia política era muy equilibrada y dueña de sí misma. Era todo lo que yo debía haber sido y no era. Hice lo posible para parecerme a ellos, pero no pude. Cualquier intento de salir de mi cascarón no hacía más que meterme más en él. Me convertí en un ser nervioso e irritable. Huía de los amigos. Llegué a estar tan mal que temblaba en cuanto sonaba el timbre de la puerta. Era un fracaso. Lo sabía y tenía miedo de que mi esposo lo comprendiera. Siempre que estábamos en público procuraba mostrarme alegre y exageraba mi papel. Me daba cuenta de ello y pasaba después unos días muy tristes. Finalmente, me sentí tan desdichada que no veía motivo para prolongar mi existencia. Comencé a pensar en el suicidio.”
¿Qué sucedió para que cambiara la vida de esta desgraciada mujer? ¡Una simple observación casual!
La señora Allred prosigue: “Una observación casual transformó toda mi vida. Mi suegra hablaba un día de cómo había educado a sus hijos y dijo: ‘Sucediera lo que sucediera, yo siempre insistía en que fueran ellos mismos.’ ¡Que fueran ellos mismos! Esta observación realizó la obra. En un relámpago, comprendí que me había hecho una desgraciada por tratar de adaptarme a un patrón que no me servía.
”¡Cambié de la noche a la mañana! Comencé a ser yo misma. Traté de estudiar mi propia personalidad. Traté de averiguar qué era. Estudié mis puntos fuertes. Aprendí cuanto pude acerca de colores y estilos y me vestí de un modo que comprendía que me sentaba bien. Salí en busca de amigos. Ingresé en una sociedad —en una pequeña al principio—, y quedé aterrada cuando me incluyeron en un programa. Pero cada vez que hablaba mi valor aumentaba un poco. Hizo falta bastante tiempo, pero mi felicidad es hoy mayor de la que juzgué posible jamás. Al educar a mis propios hijos, siempre les he enseñado la lección que aprendí a tanta costa: suceda lo que suceda, tenemos que ser siempre nosotros mismos”.
El Dr. James Gordon Gilkey dice que este problema de querer ser uno mismo es “viejo como la historia y tan universal como la vida humana”. Y este problema de no estar dispuesto a ser uno mismo es la fuente oculta de infinidad de neurosis, psicosis y complejos. Angelo Patri ha escrito trece libros y miles de artículos para periódicos sindicados sobre el tema de la educación infantil y escribe: “Nadie es tan desgraciado como el que aspira a ser alguien y algo distinto de la persona que es en cuerpo y en alma”.
El ansia de ser algo que no se es se manifiesta de modo muy acentuado en Hollywood. Sam Wood, uno de los directores de Hollywood más conocidos, dice que el mayor quebradero de cabeza que tiene con los jóvenes actores aspirantes es exactamente este problema: hacerles ser ellos mismos. Todos quieren ser una Lana Turner de segunda o un Clark Gable de tercera. Y Sam Wood les dice una y otra vez: “El público ya conoce eso; ahora quiere otra cosa”.
Antes de que comenzara a dirigir películas como Adiós, Mr. Chips y Por quién doblan las campanas, Sam Wood pasó varios años en el negocio de inmuebles, desarrollando personalidades de vendedores. Declara que ha de aplicarse en el mundo del cine el mismo principio que en el mundo de los negocios. No se va a ninguna parte con el espíritu de imitación. No se puede ser un papagayo. Sam Wood dice: “La experiencia me ha enseñado que lo más seguro es abandonar cuanto antes a las personas que tratan de ser lo que no son”.
Pregunté a Paul Boynton, jefe de personal de la Socony Vacuum Company, cuál es el error más grave que cometen los que solicitan trabajo. Es un hombre que debe saberlo; ha atendido a más de sesenta mil solicitantes y ha escrito un libro titulado Six Ways to Get a Job (Seis modos de obtener un empleo). Y este hombre me contestó: “El error más grave que cometen las personas que solicitan trabajo es no ser ellas mismas. En lugar de dejar las cosas al natural y ser completamente francas, frecuentemente dan las contestaciones que ellas creen que uno quiere”. Pero esto no da resultados, porque nadie quiere un farsantón. Nadie quiere nunca moneda falsa.
La hija de un tranviario tuvo que aprender esta lección de un modo muy duro. Quería ser cantante. Pero su rostro era su desdicha. Tenía una boca muy grande y dientes salientes. Cuando cantó por primera vez en público —en un club nocturno de Nueva Jersey—, trató de bajar el labio superior para ocultar sus dientes. Trató de estar “encantadora”. ¿Cuál fue el resultado? Que hizo el ridículo. Iba directamente al fracaso.
Sin embargo, había en aquel club nocturno un hombre que oyó cantar a la joven y que dijo que allí había talento. De modo liso y llano encaró a la joven y le dijo: “Mire, he estado observando su actuación y me doy cuenta de lo que trata de ocultar. ¡Usted tiene vergüenza de sus dientes!”. La joven quedó muy turbada, pero el hombre aquel continuó: “¿Qué le importa? ¿Es un crimen acaso tener dientes salientes? ¡No trate de ocultarlos! Abra la boca y el público le tendrá simpatía cuando vea que usted no se avergüenza”. Y añadió sagazmente: “Además, esos dientes que trata usted de ocultar pueden ser su fortuna”.
Cass Daley aceptó el consejo y se olvidó de sus dientes. Desde entonces, sólo pensó en los auditorios. Abrió la boca sin miedo y cantó con tanto gusto y placer que llegó a ser una de las grandes estrellas del cine y de la radio. ¡Y muchos artistas trataron de imitarla!
El famoso William James hablaba de hombres que nunca se habían encontrado a sí mismos cuando declaró que el hombre medio desarrolla únicamente el diez por ciento de su capacidad mental latente. Escribió esto: “Comparados con lo que deberíamos ser, estamos sólo despiertos a medias. Hacemos uso sólo de una pequeña parte de nuestros recursos físicos y mentales. Para hablar en un sentido amplio, diremos que el individuo humano vive muy lejos de sus límites. Posee facultades de diversa índole que generalmente no utiliza”.
Usted y yo tenemos esas facultades, por lo que no debemos preocuparnos a causa de no ser como otros. Usted es algo nuevo en el mundo. Nunca antes, desde los comienzos del tiempo, ha habido nadie exactamente como usted y nunca después, a través de todas las épocas por venir, habrá nadie en el que usted se repita. La nueva ciencia de la genética nos dice que usted es quien es como resultado en gran parte de veintitrés cromosomas que ha aportado su padre y otros veintitrés cromosomas que ha aportado su madre. Estos cuarenta y seis cromosomas comprenden todo lo que determina su herencia de usted. Amram Scheinfeld dice que en cada cromosoma hay “de docenas a cientos de genes, de los que uno solo es capaz, en algunos casos, de cambiar toda la vida de un individuo”. Verdaderamente, estamos hechos de un modo que “asusta y maravilla”.
Incluso después de la unión de sus padres, sólo había una oportunidad contra 300 billones de que naciera una persona que fuera específicamente usted. En otros términos, si usted tuviera 300 billones de hermanos y hermanas, todos podrían ser distintos de lo que usted es. ¿Es esto una adivinanza? No, es un hecho científico. Si quiere usted leer algo más acerca del asunto, vaya a una biblioteca pública y pida un libro titulado Usted y la herencia, de Amram Scheinfeld.
Puedo hablar de este tema con convicción porque lo siento profundamente. Sé de qué estoy hablando. Lo sé por amarga y costosa experiencia. Cuando vine por primera vez a Nueva York desde los maizales de Missouri, me inscribí en la Academia Norteamericana de Artes Dramáticas. Aspiraba a ser actor. Había tenido lo que creía que era una idea brillante, un atajo hacia el triunfo; era una idea tan sencilla y tan clara que no comprendía cómo no la habían descubierto tantos miles de personas ambiciosas que pululan por el mundo. Consistía en esto: estudiaría cómo los actores famosos de la época —John Drew, Walter Hampden y Otis Skianer— conseguían sus efectos. Después imitaría lo mejor de cada uno y me convertiría en una brillante y triunfal combinación de todos ellos. ¡Qué tonto! ¡Qué absurdo! Tuve que malgastar años; después me puse a escribir lo que yo suponía que iba a ser yo mismo y que no podía ser otro cualquiera.
Esta lamentable experiencia debió enseñarme una lección duradera. Pero no fue así. No me la enseñó. Yo era demasiado torpe. Tuve que pasar por una segunda prueba. Varios años después, me puse a escribir lo que yo suponía que iba a ser el mejor libro sobre oratoria para la gente de negocios que jamás se hubiera escrito. Tuve para escribir este libro la misma estúpida idea que había tenido acerca de la profesión teatral; iba a sacar ideas de toda una serie de escritores e incluirlas en un libro, en un libro que lo contendría todo. Para esto, obtuve docenas y docenas de libros sobre oratoria y pasé un año incorporando sus ideas a mi manuscrito. Pero llegó el momento en que comprendí que estaba haciendo una vez más el tonto. Aquella mezcolanza de las ideas de los demás que había escrito era tan sintética y tan aburrida, que no habría persona de negocios que la soportara. Eché, pues, al cesto el trabajo de todo un año y comencé de nuevo. Esta vez me dije: “Vas a ser Dale Carnegie, con todos sus defectos y limitaciones. No puedes ser otra persona”. Así abandoné la idea de ser una combinación de otra gente, me arremangué e hice lo que debí hacer desde el principio: escribir un libro de texto sobre oratoria, sacado de mis propias experiencias, observaciones y convicciones como orador y maestro de declamación. Aprendí —para siempre, espero— la lección que aprendió Sir Walter Raleigh. (No estoy hablando del Sir Walter que arrojó su capa al barro para que pasara la Reina. Estoy hablando del Sir Walter Raleigh que fue profesor de literatura inglesa en Oxford en 1904.) Este profesor dijo: “No puedo escribir un libro con la medida de Shakespeare, pero puedo escribir un libro por mi cuenta”.
Sea usted mismo. Siga el sabio consejo que Irving Berlin dio al extinto George Gershwin. Cuando Berlin y Gershwin se conocieron, Berlin era famoso, pero Gershwin era un joven compositor que luchaba por abrirse camino y ganaba treinta y cinco dólares semanales en Tin Pan Alley. Berlin, impresionado por la capacidad de Gershwin, ofreció a éste un puesto como su secretario musical, con un salario casi triple del anterior. Pero Berlin aconsejó: “Sin embargo, no acepte el puesto. Si lo hace, puede llegar a ser un Berlin de segunda. En cambio, si insiste en ser usted mismo, llegará un día a ser un Gershwin de primera”.
Gershwin siguió el consejo y se transformó lentamente en uno de los más famosos compositores de su época.
Charlie Chaplin, Will Rogers, Mary Margaret McBride, Gene Autry y millones más tuvieron que aprender la lección que trato de enseñar en este capítulo. Tuvieron que aprenderla a mucho costo, como me pasó a mí.
Cuando Charlie Chaplin comenzó a hacer películas, el director insistió en que imitara a un popular comediante alemán de la época. Charlie Chaplin no llegó a ninguna parte hasta que actuó con su propia personalidad. Bob Hope tuvo una experiencia análoga; pasó varios años actuando en espectáculos de canto y baile y no hizo nada de fundamento hasta que fue él mismo. Will Rogers hizo girar una cuerda en un vaudeville durante años, sin pronunciar una palabra. Así continuó hasta que descubrió su don humorístico de carácter único y comenzó a hablar mientras hacía girar su cuerda.
Cuando Mary Margaret McBride actuó por primera vez en la radio, trató de ser una comediante irlandesa y fracasó. Cuando se limitó a ser lo que era —una sencilla campesina de Missouri— se transformó en una de las más populares estrellas de la radio de Nueva York.
Cuando Gene Autry quiso desprenderse de su acento de Texas, se vistió como los jóvenes de la ciudad y afirmó ser de Nueva York, las gentes se reían de él a sus espaldas. Pero cuando comenzó a tocar su banjo y a cantar tonadas de vaquero, Gene Autry inició una carrera que hizo de él el cowboy más popular del cine y de la radio.
Usted es algo nuevo en este mundo. Alégrese de ello. Saque el máximo provecho de lo que la naturaleza le ha procurado. En última instancia, todo arte es autobiográfico. Usted sólo puede cantar lo que es. Usted sólo puede pintar lo que es. Usted debe ser lo que sus experiencias, su ambiente y su herencia le han hecho. Para bien o para mal, usted debe cultivar su propio jardín. Para bien o para mal, usted debe tocar su propio instrumento en la orquesta de la vida.
Como dijo Emerson en su ensayo sobre la “Confianza en sí mismo”: “Llega un momento en la educación de todo hombre en que se llega a la convicción de que la envidia es ignorancia; de que la imitación es un suicidio; de que el hombre debe tomarse a sí mismo, para bien o para mal, como a su parte; de que, aunque el vasto universo está lleno de riquezas, ningún grano nutritivo puede llegar hasta uno si no es a través del trabajo en la parcela de tierra que le ha sido asignada. El poder que reside en cada hombre es de naturaleza nueva y sólo él sabe lo que puede hacer y, por otra parte, sólo puede saberlo cuando lo haya intentado”.
Éste es el modo que Emerson tuvo de decirlo. Pero he aquí el modo en que lo dijo un poeta, el extinto Douglas Malloch:
Si no puedes ser pino de la cumbre,
sé la mata del valle, la más linda
de las matas que van junto al arroyo;
sé el arbusto, si el árbol está arriba.
Si no llegas a arbusto, sé la hierba
que al camino feliz y humilde vista;
de no ser almizcleña, sé la atocha
que entre todas el lago más estima.
Tripulantes, si no los capitanes,
que un lugar siempre guárdanos la vida;
hay que hacer cosas grandes y pequeñas,
pero siempre ha de hacerse la más chica.
De no ser el camino, sé el sendero;
si no sol, sé la estrella que titila;
no busquemos tamaño en la pelea,
sino ser lo mejor en nuestras filas.
Para cultivar la actitud mental que nos procurará paz y nos liberará de la preocupación, recordemos:
No imitemos a los demás. Encontrémonos
y seamos nosotros mismos.
Buen Hábito de Trabajo N° 1:
Despeje su mesa de todo papel que no se refiera al problema inmediato que tiene entre manos.
Roland L. Williams, presidente del Chicago and Northwestern Railway, dice: “Una persona con su mesa llena de papeles sobre diversos asuntos verá que su trabajo es mucho más fácil y preciso si despeja esa mesa de cuanto no se refiera al problema inmediato que tiene entre manos. Llamo a esto buena administración y es el primer paso hacia la eficacia”.
Si usted visita la Biblioteca del Congreso en Washington, D. C., verá cinco palabras dibujadas en el techo; son cinco palabras escritas por el poeta Pope:
Order is Heaven’s first law (“El orden es la primera ley del Cielo”).
El orden debería ser también la primera ley de los negocios. Pero ¿lo es? No. La mesa de trabajo del ejecutivo está atestada de papeles que no se han mirado desde hace semanas. El editor de un diario de Nueva Orleans me dijo en una ocasión que su secretaria despejó una de sus mesas y encontró una máquina de escribir que faltaba desde hacía dos años.
El mero espectáculo de una mesa atestada de correspondencia no contestada, informes y escritos diversos es suficiente para provocar la confusión, la tensión y las preocupaciones. Y es algo mucho peor que esto. El constante recuerdo de “un millón de cosas que hay que hacer y de la falta de tiempo para hacerlas” puede provocar, no solamente tensión y fatiga, sino también alta presión sanguínea, desarreglos cardíacos y úlceras de estómago.
El Dr. John H. Stokes, profesor de la Escuela de Medicina para Graduados de la Universidad de Pensilvania, leyó un informe ante la Convención Nacional de la Asociación Médica Norteamericana que se titulaba Neurosis funcionales como complicaciones de una enfermedad orgánica. En este informe, el Dr. Stokes enumeró once condiciones bajo el título: Qué hay que buscar en el estado de ánimo del paciente. He aquí la primera partida de la vista:
“La sensación de deber u obligación; la interminable sucesión de cosas que tienen necesariamente que hacerse.”
Pero ¿cómo algo tan elemental como despejar la mesa y tomar decisiones puede ayudar a evitar esta alta presión, esta sensación de debo hacerlo, esta sensación de una “interminable sucesión de cosas que tienen necesariamente que hacerse”? El Dr. William L. Sadler, el famoso psiquiatra, habla de un paciente que, utilizando este sencillo procedimiento, evitó un derrumbe nervioso. El hombre era directivo de una importante firma de Chicago. Cuando llegó a la consulta del Dr. Sadler, estaba tenso, nervioso, preocupado. Sabía que iba derechamente a la pérdida de la salud, pero no podía abandonar el trabajo. Necesitaba ayuda.
El Dr. Sadler dice: “Mientras este hombre me contaba su historia, sonó el teléfono. Era una llamada del hospital. Y, en lugar de posponer el asunto, me tomé el tiempo necesario para llegar a una decisión. Yo siempre arreglo las cuestiones, en la medida de lo posible, en el acto. Apenas lo colgué, el teléfono volvió a sonar. Era otra vez un asunto urgente y me tomé de nuevo el tiempo necesario para estudiarlo. La tercera interrupción se produjo cuando un colega mío vino a la consulta para pedirme consejo en relación con un paciente que estaba muy enfermo. Cuando acabé con mi colega, me volví hacia el visitante y comencé a excusarme por hacerle esperar así. Pero mi visitante se había animado mucho. Tenía en su rostro una expresión completamente distinta”.
—¡No necesita excusarse, doctor! —dijo este hombre a Sadler—. En estos diez minutos últimos creo que he adivinado lo que anda mal en mi persona. Voy a volver a mi oficina y a revisar mis hábitos de trabajo... Pero, antes de que me marche, ¿me permite usted que eche un vistazo a su mesa?
El Dr. Sadler abrió los cajones de su mesa. Estaban todos vacíos, si se exceptúan algunos útiles.
—Dígame —dijo el paciente—, ¿dónde guarda sus asuntos no terminados?
—Están terminados —dijo Sadler.
—Y ¿dónde guarda su correspondencia pendiente de contestación?
—Está contestada —le manifestó Sadler—. Mi norma es no dejar una carta que tenga que ser contestada sin contestar. Dicto la respuesta a mi secretaria inmediatamente.
Seis semanas después, el mismo hombre de negocios invitó al Dr. Sadler a ir a su oficina. El hombre había cambiado y otro tanto sucedía con su mesa. Abrió los cajones para que se viera que allí no había ningún asunto pendiente.
—Hace seis semanas —dijo a Sadler— tenía tres mesas diferentes en dos oficinas distintas y estaba abrumado de trabajo. Nunca acababa. Después de hablar con usted volví aquí y despejé una carretada de informes y viejos papeles. Ahora trabajo en una sola mesa, arreglo los asuntos en cuanto se me presentan y no tengo una montaña de trabajo pendiente agobiándome, poniéndome en tensión y preocupándome. Pero lo más asombroso es que me he restablecido por completo. ¡Ya no observo la menor falla en mi salud!
Charles Evans Hughes, antiguo presidente de la Suprema Corte de los Estados Unidos, dijo: “Los hombres no mueren de exceso de trabajo. Mueren de disipación y de preocupación”. Sí, de derrochar sus energías y de preocuparse porque nunca consiguen ponerse al día con su trabajo.
Buen Hábito de Trabajo N° 2:
Hacer las cosas según el orden de su importancia.
Henry L. Doherty, fundador de la Cities Service Company, una empresa de amplitud nacional, dijo que, con independencia de los salarios que pagaba, había dos capacidades que le resultaban casi imposibles de encontrar.
Estas dos capacidades sin precio son: primeramente la capacidad de pensar. En segundo lugar, la capacidad de hacer las cosas por el orden de su importancia.
Charles Luckman, el muchacho que, comenzando desde abajo, subió en doce años hasta la presidencia de la empresa dentífrica Pepsodent Company, obtuvo un salario de cien mil dólares anuales y ganó un millón de dólares además, declaró que debe buena parte de sus triunfos a haber desarrollado las dos capacidades que Henry L. Doherty entiende que son tan difíciles de encontrar. Charles Luckman manifestó: “Que yo recuerde, nunca me he levantado después de las cinco de la madrugada, porque creo que a esa hora puedo pensar mejor que a cualquier otra. Puedo pensar mejor y establecer mi plan para el día, el plan de hacer las cosas según el orden de su importancia”.
Frank Bettger, uno de los vendedores de seguros más afortunados de Norteamérica, no esperaba a las cinco de la madrugada para establecer su plan. Lo establecía la noche anterior; se fijaba una meta, la de vender determinada cantidad de seguros durante el día. Si fracasaba, agregaba la cantidad que correspondía a la tarea del día siguiente, y así sucesivamente.
Sé por larga experiencia que no siempre cabe pensar en las cosas por el orden de su importancia, pero sé también que un plan de una u otra clase, para hacer en primer lugar las cosas principales, vale infinitamente más que improvisar en el camino.
Si George Bernard Shaw no se hubiese establecido como rígida norma hacer en primer lugar las cosas principales, es probable que hubiera fracasado como escritor y continuado toda su vida como cajero de banco. Su plan consistía en escribir cinco páginas diarias. Este plan y su firme determinación de cumplirlo lo salvaron. Este plan le inspiró para escribir esas cinco páginas diarias durante nueve angustiosos años en que sólo obtuvo treinta dólares, es decir, apenas un centavo por día. Hasta Robinson Crusoe escribía un plan de lo que haría cada hora del día.
Buen Hábito de Trabajo N° 3:
Cuando tenga un problema, resuélvalo inmediatamente. Si tiene los datos necesarios para tomar una decisión, no vaya posponiendo las decisiones.
Uno de mis antiguos alumnos, el extinto H. P. Howell, me dijo que, cuando era miembro de la junta directiva de la empresa de acero U. S. Steel, las reuniones de este organismo trataban frecuentemente de asuntos muy demorados; se discutían muchos problemas, pero se tomaban pocas decisiones. El resultado era que cada directivo tenía que llevarse a su casa un montón de informes para estudiar.
Al fin, el señor Howell persuadió a la junta directiva de que abordara los problemas uno a uno y tomara una decisión. Nada de dejar los asuntos sobre la mesa, nada de demoras. La decisión podía consistir en pedir más información; podía consistir en hacer algo o no hacer nada. Pero siempre se tomaba una decisión sobre el problema antes de pasar al siguiente. El señor Howell me manifestó que los resultados fueron muy notables; el orden del día quedó muy despejado. Ya no era necesario que cada miembro del organismo se llevara a casa un montón de informes. Ya no existía esa sensación fastidiosa que causan los problemas pendientes.
Es una buena norma, no solamente para los miembros de la junta directiva de la U. S. Steel, sino también para usted y para mí.
Buen Hábito de Trabajo N° 4:
Aprender a organizar, delegar y supervisar.
Muchas personas de negocios van a una muerte prematura porque nunca han aprendido a delegar la responsabilidad en otros e insisten en hacerlo todo por sí mismos. Resultado: los detalles y la confusión los avasallan. Se sienten impulsados por una sensación de prisa, preocupación, ansiedad y tensión. Es duro aprender a delegar responsabilidades. Lo sé. Fue duro para mí, terriblemente duro. También sé por experiencia los desastres que pueden ocurrir por delegar la autoridad en quien no reúne condiciones.
Pero, por difícil que sea delegar la autoridad, el jefe debe hacerlo para evitar la preocupación, la tensión y la fatiga.
La persona que crea una gran empresa y no aprende a organizar, delegar y supervisar acaba generalmente con desarreglos cardíacos a los cincuenta años de edad o no bien cumple los sesenta. Son desarreglos causados por la tensión y las preocupaciones. ¿Quieren un ejemplo concreto? Fíjense en las noticias necrológicas del diario local.
Para evitar la fatiga y la preocupación:
1. Despeje su escritorio de todos los papeles excepto aquéllos relativos al problema inmediato a resolver.
2. Haga las cosas según su orden de importancia.
3. Cuando usted enfrenta un problema, resuélvalo inmediatamente, si tiene los datos necesarios para tomar una decisión.
4. Aprenda a organizar, delegar y supervisar.